Hola! Como he tenido un fin de semana bastante light (ligth teniendo en cuenta que estoy de finales), he decidido hacer un nuevo capi. Creo que el viernes tendréis uno nuevo ;). Este es larguito porque tiene un poco de todo... y con todo me refiero a que hay lemmon o algo por el estilo, así que avisados quedáis. ¡Gracias a las nuevas incorporaciones por leer, y a mi Fabulosa-Magnífica-rollera-y-muy-amada prometida Littlemacca por bautizar a nuestra pareja protagónica bajo el nombre de Lummon! Ambas coincidimos en que es un buen nombre ya que recuerda mucho a lemmon... ;)

Y dicho esto... ¡os dejo disfrutar!


La mente liberada

Jace dejó las bolsas de armas de nuevo en la armería, y con un suspiro, se dispuso a devolverlas todas a su lugar. No era que hubieran asaltado por completo las reservas de artilugios letales del Instituto cuando se marcharon para ayudar a Simon, pero casi.

Tras volver de Italia, Jace y Clary le habían preguntado a Isabelle cómo habían ido las cosas durante su ausencia. La Lightwood les explicó que no había habido grandes migraciones demoníacas, y ningún aviso por ataque. Tampoco había hecho las rondas para no dejar el refugio nefilim sin un mayor de edad que lo vigilara, así que no había manera de saber si había algún demonio menor suelto armando gresca sin que lo superan. Pero era de día, y hasta la caída del sol no habría actividad que registrar.

Mientras Clary revisaba el correo, las llamadas y los mensajes de fuego que llegaban en tandas constantes al Instituto –Jace no había sido consciente de lo laborioso y aburrido que era llevar la dirección de un Instituto hasta que se encontró con las manos en la masa. Ahora entendía por qué algunos cazadores de sombras preferían residir en Idris en lugar de estar a cargo de un enclave de ciudad, donde el papeleo, aburrido e infinito, comía la mayor parte del día-, él había decidido organizar las armas. Isabelle había sugerido que podía acompañarle a hacer la ronda de la noche, tras enterarse del nuevo estado de Clary y felicitarla debidamente.

El Herondale estaba colocando una cimitarra persa en sus enganches de pared, cuando unos toques en la puerta le hicieron perder la concentración.

- Henry, ¿eres tú? ¿Quieres ayudarme con esto? –preguntó, sin girarse. Aquellos enganches estaban viejos y mal collados, y tenía que estabilizar el peso del arma de forma que no se cayeran, o Clary le haría arreglarlo en cuanto se diera cuenta de que estaban rotos. Y a Jace no le apetecía coger un martillo y bajar a una ferretería mundana a por unos cuantos soportes de pared que sirvieran para la espada.

- La verdad, Jace, es que solo soy yo. Pero si puedo echarte una mano…

Jace se volvió, olvidando por un momento la espalda, y miró a su hermana en el umbral de la sala de armas. Llevaba un chándal dos tallas más grande que ella, el pelo enredado recogido en una coleta descuidada, y el muñón cubierto por su funda de piel. Jace podía ver la laca de uñas despintada desde allí, y cómo se las había mordido hasta casi hacerse sangre.

Cuando llegaron al Intituto y vieron a Izz, Jace pensó que su hermana se había intoxicado, o que estaba envenenada. Tenía un aspecto terrible, descuidado, y estaba sola. Le extrañaba que Brian no estuviera con ella en el Instituto. Era cierto que la pareja no tenía la típica relación melosa y pegajosa de "a dónde tú vas yo voy" (que a ambos les resultaba asfixiante), y se daban su espacio, pero una cosa era darse espacio personal y la otra ese abandono tan descarado.

El chico había preferido no sacar el tema. Se veía que su hermana no estaba bien. Y era posible que hacía unos años no se hubiera dado cuenta, pero la ausencia del marido de Isabelle y su estado de dejadez eran cosas fáciles de relacionar. Además de la extraña mueca que hizo ella al enterarse del embarazo de Clary, justo antes de controlar la expresión y forzar una sonrisa que casi acabó por convencer a Jace. Pero él simplemente ató cabos. Algo pasaba con Brian e Izz, y no iba por el buen camino.

- Claro. Tengo que repoblar la armería. Me iría bien una mano amiga – dijo, con una pequeña sonrisa torcida.

Isabelle se acercó y se rió sin ganas.

- Ja, ja. Muy gracioso, Jace. Súper original, en serio –ironizó, golpeándole en el hombro. Cuando llegó a su lado con un montón de pistolas y granadas aseguradas en los brazos para poner el las vitrinas, Jace volvió a concentrarse en la cimitarra - ¿Cómo lo haces?

- Genética –respondió él, encogiéndose de hombros.

- Claro que sí-replicó, dándole unas palmaditas en la espalda.

Pasaron mucho rato así, colocando armas en sus correspondientes lugares, y ninguno de los dos habló. Jace ansiaba saber qué angustiaba a su hermana, pero no quería presionarla. De vez en cuando la miraba, esperando que se rindiera y le explicara todo, pero era Isabelle. Ella era capaz de callarse hasta una muela atravesada si lo consideraba necesario. El silencio se veía ora interrumpido por el chocar de los aceros de las espadas en las bolsas, ora por los disparos de comprobación que hacían para asegurarse de que las armas de fuego estuvieran con el seguro puesto y descargadas. Muchas de ellas, tras apretar el gatillo, disparaban.

Cuando el sol empezó a ponerse, Isabelle se puso la mano en la cadera, y observó su trabajo. La armería volvía a ser el refugio letal que había sido antes de que sus hermanos la desvalijaran para irse a pelear con Simon.

Ugh. Simon. Pensar en el vampiro despertaba sentimientos contradictorios en ella, y eso la ponía nerviosa. Llevaba días intentando decidir qué era lo que sentía ahora por el vampiro diurno, pero era incapaz de llegar a una conclusión. Ya no sabía si le quería, le odiaba, le era indiferente… era tan molesto no tener una idea clara sobre él…

- Parece que todo está en su sitio – aprobó Jace, mirando también desde el centro del cuarto. Luego su mirada se dirigió a las altas ventanas, a través de las cuales se distinguía el contorno perfilado en rojo de las nubes sobre Nueva York, anunciando la llegada de la noche, y por último, sus ojos cayeron en su hermana -. Está anocheciendo. Los demonios pronto saldrán a armar jaleo. Creo que tendríamos que hacer una patrulla.

Isabelle asintió.

- Deja que me ponga el equipo y te acompaño. Que Clary se quede aquí con Henry. Luego podemos traer un poco de cena de ese restaurante tailandés tan bueno de la sexta…

Jace asintió. Si había algo con lo que tanto Isabelle como él despejaban la mente, era con las partidas de caza, con la adrenalina. No iba a negarle ese pequeño placer.

- Izz… -empezó. Ya no podía aguantarse más. Quería que le contara qué le pasaba.

Ella meneó la cabeza y alzó el muñón entre ella y Jace, haciéndole callar.

- No. Ya he tenido suficiente autocompasión para todo un año cuando Alec vino a verme. Tú también no.

Jace se cruzó de brazos, ignorando el hecho de que Alec había ido a ver a Isabelle.

- Izzy, no me tomes por idiota. Sé sumar dos más dos. Tú no estás bien. Y entiendo que haya cosas que no quieras contarme, lo respeto. Pero solo quiero que sepas que, pase lo que pase, estoy aquí, ¿vale? Para lo que sea: escapar de la Clave, nuevas identidades, robo de un banco, asesinato discreto de marido cornudo, asesinato discreto de marido pesado, asesinato discreto de…

- A ver si lo adivino: ¿marido necrófilo? –inquirió ella con una pequeña sonrisa y una ceja alzada.

- ¿Marido necrófilo? ¿Qué clase de esposo tienes, Isabelle? –preguntó Jace, estupefacto. Aún así, sonreía.

Ella suspiró.

- Eso es algo que me pregunto mucho últimamente.


Simon despertó, parpadeando, con el estómago rugiendo y pidiendo sangre, los colmillos extendidos. Alargó un brazo hacia la mesilla en busca de la bolsa de sangre que había dejado allí cuando Lucie regresó, pero no fue capaz de encontrarla. De pronto, una mano apareció frente a sus ojos, una mano de piel morena, color caramelo, que le tendía el paquete transparente.

- Toma. Aún hay otras tres, si quieres más.

Simon alzó la mirada, y sus ojos se centraron en Lucie. Y podía ver mucho mejor, su vista de vampiro ya curada casi por completo, y apreció las suaves arrugas de preocupación, imperceptibles para el ojo humano, que se le hacían a la chica en el entrecejo. Se incorporó en la cama, y descubrió, estupefacto, que estaba en su habitación. Miró alrededor. Todo estaba en su lugar, las paredes estaban limpias, y ya no había rastros de sangre o de icor. La puerta, que había saltado en pedazos, volvía a estar en su lugar, cerrada y recompuesta. Los tropecientos mil cachitos en los que se había roto ya no estaban allí.

- ¿Qué hago aquí? -preguntó, mientras destapaba la bolsa y empezaba a beber.

Lucie se sentó a su lado en la cama, y el colchón se hundió ligeramente, los muelles chirriando en una baja protesta.

- Te trajimos. La enfermería me ponía... nerviosa. Demasiado blanco, ya sabes... -respondió ella, haciendo una mueca -. Lo siento si te molesta...

- Que va. Además, enseguida saldré de la cama. Empieza a estresarme estar aquí tumbado sin hacer nada productivo -replicó.

Cuando acabó la bolsa de sangre, apurándola al máximo, la dejó sobre la mesilla. Luego dejó caer las manos sobre el regazo, y la miró fijamente. Los colmillos ya se le habían retraído, volviendo a sus fundas, y su hambriento estómago había quedado parcialmente satisfecho, pero el olor de la dulce sangre de Lucie hacía que las aletas de su nariz se dilataran para percibir el aroma en mayor profundidad. Un peso descendió sobre su estómago, haciéndole un fuerte nudo en la parte baja, y sintió la tentación de abrazarla y morder ese largo y esbelto cuello, clavar los colmillos sobre aquellas punciones en la piel y saborear la sangre de la nefilim, sentirla recorriéndole las venas...

- ¿En qué piensas? -preguntó ella, sacándole de sus pensamientos.

Simon sacudió la cabeza, intentando expulsar de su cabeza aquel arrollador deseo. No podía beber la sangre de Lucie. No podía arriesgarse. No hasta que Amasa le dijera algo. Y aún así...

- Pensaba en ti -respondió. Técnicamente, no era una mentira -. Siempre estoy pensando en ti.

Lucie se ruborizó ligeramente, la sangre subiéndole a las mejillas, calentándole la cara.

- Oh.

El vampiro sonrió y le acarició la mejilla, con aire pensativo.

- Me encanta cuando te pones colorada -dijo, apreciativo, a lo que ella se ruborizó más aún.

Simon vio sus brazos, las manchas secas de sangre que tenía sobre la piel, y chasqueó la lengua. Se separó de ella, apartó las sábanas, y sacó las piernas de la cama, apoyando los pies descalzos en el suelo. Lucie se apartó y se puso de pie, preparada para ayudarle si se caía. Simon se mareó un poco (demasiado tiempo en la cama), pero se puso en pie sin ayuda. Cuando lo hizo, el colchón crujió con fuerza y estruendo, de forma escandalosa, y arqueó una ceja. Su colchón no hacía eso.

- Lo siento. Se manchó de icor y Viktor creyó que lo mejor era quemarlo y poner otro. Este fue todo lo que encontramos. No es que aquí abajo os preocupéis mucho por la calidad que tienen -se disculpó ella-. ¿A dónde vas, por cierto?

Simon se estiró, oyendo como los músculos agarrotados se desenganchaban, y se dobló como un gato.

- Voy a ducharme. Estoy cubierto de sangre. No creo que salir así al mundo sea lo más apropiado. A menos que estemos en Halloween, pero no es el caso.

Lucie sonrió, y se le adelantó.

- ¿Qué haces? -preguntó Simon, cuando la vio entrar en el baño. Empezó a oír el agua de la ducha correr.

Recordó aquella mañana en la que la había visto desde el otro lado de la mampara, y millones de mariposas de anticipación y deseo le llenaron el estómago y le oprimieron la garganta. ¿Y si se quería duchar con él? Solo de pensarlo, le recorrió un estremecimiento de arriba abajo.

- Calentar el agua, ¿qué crees? ¿Te preocupa que te vea desnudo? -inquirió, divertida -Porque ya es un poco tarde para eso, ¿no crees?

Simon meneó la cabeza, intentando ignorar el tirón en la parte baja de su estómago, y la siguió. Cuando llegó allí, la vio agachada, probando el agua con los dedos. Los shorts que llevaba dejaban a la vista la mayor parte de sus largas piernas morenas, cubiertas de Marcas y cicatrices, y el pelo, recogido en un moño mal hecho, le dejaba caer algunos mechones rebeldes, como espinas rojas alrededor de su cabeza, disparadas en todas direcciones en bucles perfectos. Simon se encontró deseando besar cada centímetro de piel, y explorar todas aquellas zonas que le habían quedado pendientes tras esa primera noche. Quería saberse de memoria su cuerpo, conocer cada pequeño detalle. Tuvo que resistir la tentación de arrodillarse frente a ella, y besar la suave piel expuesta, acariciarla con los dedos. Suspirando, cogió el borde de la camiseta, y tiró de ella hacia arriba, sacándosela por la cabeza.

- ¿Quién me ha cambiado de ropa? -preguntó, curioso. Siseó cuando el músculo del brazo derecho protestó por la extraña postura (la cabeza no le salía por el agujero de la camiseta, y se había quedado atrapado. Lucie se giró al oírle, y se rió al verle.

- ¿Qué haces? Anda, espera, que te ayudo.

Simon se quedó quieto, viendo que aquello no iba a ninguna parte, con los brazos doblados colgando por encima de la cabeza, enredados en la tela de la camiseta, y las manos de Lucie, finas, de dedos largos y delgados, le sacaron con cuidado el cuello de la prenda, hasta dejarla cubriéndole los ojos, descubriendo la nariz y la boca.

Ella le pasó las yemas de los dedos por la barbilla, y luego descendió por su cuello, acariciando la piel blanca como el marfil del pecho. Sus manos recorrieron sus hombros y pasaron a los pectorales, antes de detenerse. Su mano derecha descansando sobre su corazón congelado.

El vampiro estaba a punto de preguntar si estaba disfrutando de las vistas, cuando los labios de la cazadora de sombras se posaron sobre los suyos. Simon quiso rodearle la cintura con los brazos para atraerla hacia sí, pero aún los tenía atrapados por la camiseta. Forcejeó, tratando de liberarlos sin romper la tela, y cuando gruñó, frustrado, Lucie sonrió contra su boca.

- ¿No te gusta estar inmovilizado?

Simon sonrió a su vez.

- Conque ese era tu plan, eh, Herondale. La próxima vez, puedes incluso intentar pedírmelo. Descubrirás que soy un chico bastante versátil al que le gusta complacer.

Ella sacó las manos de su pecho, y cogió el cuello de la camiseta, liberándolo por fin. Una vez consiguió sacarle la dichosa prenda de la cabeza, ésta se deslizó fuera de sus brazos. Simon los deslizó por su cintura, y entrelazó los dedos, dejando las manos apoyadas en la parte baja de su espalda, acercando su cuerpo al de él.

Lucie le rodeó el cuello con los suyos, y jugueteó con su pelo, tirando con suavidad de los mechones que le crecían en la nuca, sabiendo que eso le encantaba. Él ronroneó.

- ¿Me dejarías atarte?

Simon le rozó la nariz con la suya.

- Usted puede atarme las veces que considere oportuno, señorita Herondale -murmuró, su aliento rozándole las mejillas.

De pronto, el corazón de Lucie se aceleró, latiendo desenfrenado. Simon bajó la cabeza y atrapó su boca rápidamente. Con las manos ya libres, cubrió la espalda descubierta de la chica, y la apretó contra su pecho desnudo. Ella abrió los labios, suspirando, y enganchó con los dientes el inferior de Simon, tirando de él hacia atrás. El vampiro gruñó y, bajando las manos por su cintura, las pasó por debajo de sus muslos, y la alzó, sujetándole en el aire. Ella enredó las piernas alrededor de su cintura, sosteniéndose con fuerza de su cuello, e inclinó la cabeza a un lado, con un gemido ahogado, mordiéndose el labio cuando la boca de Simon le perfiló la mandíbula, y empezó a dejar un camino de besos por su cuello y su hombro. Cuando volvió a subir, jugueteó con su oreja, lamiendo, chupando y mordiendo, saboreando.

Mientras, los pulgares trazaban suaves círculos sobre la piel desnuda de los muslos, las manos le recorrían las piernas cuanto le era posible sin dejar que se cayera. Cuando pasó la lengua por debajo de la oreja de Lucie, ésta gimió y clavó los talones en la parte baja de la espalda de Simon, que se arqueó y trastabilló, hasta que se dio con la pared lisa y pulida que tenían detrás. Ambos estallaron en carcajadas, sin dejar de besarse, el vapor envolviéndoles.

- ¿Quieres... quieres ducharte conmigo? -preguntó Simon, jadeando, sobre su boca.

Ella afianzó la presa de sus piernas en su cintura, y con una agilidad digna de una gimnasta, desabrochó el lazo de los pantalones de chandal que llevaba Simon, haciendo que cayeran en un montón de tela gris arrugada alrededor de sus pies. Luego volvió a besarle, jugueteando con su lengua, y masculló:

- Creía que nunca me lo pedirías, Lewis.

Luego, se soltó, y apoyando los pies en el suelo, desató el nudo que cerraba la camiseta sin espalda que llevaba, y la tela cayó junto a los pantalones del vampiro diurno. Simon se quedó estático admirándola durante un rato, mientras el pecho de ella subía y bajaba rápidamente, su respiración acelerada, y luego se agachó frente a ella, arrodillado. Lentamente, posó los labios sobre su estómago, justo encima del ombligo, y Lucie cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás, su boca abriéndose al sentir el frío tacto de la de Simon sobre su piel febril. Le llevó las manos a la cabeza y hundió los dedos en su pelo, sintiendo como lentamente las piernas se le volvían gelatina.

Las manos de Simon bajaron por la curva de sus caderas, y luego pasaron al frente. Con cuidado y una deliberada lentitud, desabrochó el botón de los shorts, y bajó la cremallera, dejando al descubierto la pequeña pieza de ropa interior de encaje que allí había, roja como la sangre arterial. Los colmillos empezaron a dolerle, presos de la excitación, pero se obligó a contenerse. Las manos, temblorosas, bajaron la prenda blanca con cuidado por sus piernas, y le alzó los pies para pasar los pantalones. Luego, volvió arriba, rozando con los labios la piel de las piernas (era tan suave como había imaginado que sería), y cuando llegó a la última pieza de ropa, la enganchó con los dientes, con cuidado de no rozar la piel, y la hizo deslizarse por sus muslos hasta que cayó al suelo, uniéndose al resto. Un punto de color sobre los grises del resto de la ropa.

- Simon... -suspiró Lucie, llamándole. No era capaz de hablar más alto. No le salía la voz.

El vampiro la ignoró, y, sujetándole las caderas, hundió la cara en aquella zona inexplorada del cuerpo de Lucie. Ella jadeó al sentir su lengua jugar en esa zona, y sus ojos se abrieron, la pupilas dilatadas como pozos negros engullendo el fuego de sus iris en un eclipse de placer, cuando los dientes afilados del vampiro dieron con algo que la hizo casi gritar.

Sin poder aguantarse, obligó a Simon a levantarse, y lo besó con furia y pasión, estampando su boca con violencia contra la de él. Paladeó el sabor de su excitación en la lengua, y eso hizo que el estomago se le contrajera como una pelota.

Con cuidado, Simon los llevó hasta la ducha, donde el agua caía sin tregua sobre ellos. Gruñó en su boca cuando movió sus caderas para encontrarse con las suyas, y continuaron besándose, piel contra piel, el agua deslizándose por sus cuerpos unidos como si fuera el codicioso tercero en discordia. Lentamente, las prisas se fueron diluyendo, como si la ducha se las estuviera quitando de la piel, y Simon la abrazó temblando. Ella lo apretó con fuerza, y enterró la cara en su hombro, oliendo su aroma. Las preocupaciones, el miedo y la tensión que la chica se había estado guardando, salieron a flote entonces.

- Creía que te había perdido. Cuando te vi allí tirado... - murmuró ella. Le picaban los ojos, y no sabría decir si estaba llorando, porque sus lagrimas se confundían con el agua de la ducha.

Él le acarició las espalda, resiguiendo con un dedo la línea de su columna una y otra vez.

- Shh. Estoy aquí, y estoy bien. No vas a perderme, nena. Te lo prometo.

- No sé que me pasó, Simon. Estaba ardiendo. Y casi te mato... No sé que es esto. Viktor dijo que era el Fuego Celestial, y no entiendo como... no sé como controlarlo -dijo, con voz temblorosa. Simon la sentía sollozar en silencio, su cuerpo temblando casi tanto como el suyo propio -. Estoy asustada, Simon.

Simon apoyó la barbilla en su cabeza, y le acarició el pelo mojado, liberándolo del moño, y la abrazó con más fuerza. Que Lucie reconociera que tenía miedo era que tenía mucho miedo. Realmente lo estaba pasando fatal. Por un momento se sintió como un capullo por no contarle lo que Jace le dijo, y consideró seriamente explicárselo. Pero el Herondale le había dicho que no lo hiciera, y sería por una razón.

- No te preocupes. Encontraremos una solución. Siempre hay una solución.

El vampiro se separó de ella cuando los sollozos remitieron, y alargó una mano para coger el champú. Echándoselo en las manos, pidió a la cazadora de sombras que se diera la vuelta, y cuando estuvo de espaldas a él, empezó a masajearle el cuero cabelludo con cuidado y dedicación, haciendo espuma en el pelo. Una vez estuvo aclarado y limpio, tomó una esponja, vertió un poco de gel de olor a pino, y fue lavándole la piel a la nefilim, despacio, disfrutando de los sonidos de aprobación que hacía en según qué zonas. Y aunque el deseo seguía estando allí, ansiando arrollarlo, tomar el control, y liberarse, también estaba ese lado romántico empedernido que tenía el vampiro, que le instaba a ir despacio, a adorar cada parte de ella con devoción.

Cuando bajó por las piernas, se concentró en los pies, y luego subió por detrás, besando la curva tras las rodillas, y luego subiendo por la espalda. Cuando aclaró con el agua, la besó en el hombro, y la abrazó, apoyando allí la cabeza. Lucie le cogió las manos, entrelazó sus dedos con los suyos, y giró la cabeza para poder besarle. Y no fue un beso pasional y necesitado. Fue un roce de labios, suave y sencillo. Luego, después de descansar la cabeza en su frente, ella le pidió la esponja.

- Mi turno.

Simon se la entregó, y se mantuvo quieto mientras ella le pasaba la esponja con más jabón por el pecho, frotando para eliminar los restos de sangre. Lucie besó las cicatrices que tenía, y las marcas rosadas que habían quedado donde las garras del demonio lo habían atravesado, y se recreó en sus finos músculos. Luego bajó por la V de sus caderas, y pasó a las piernas, como él había hecho. Cuando acabó allí, volvió a subir por detrás, centrándose en su espalda, en los hoyuelos que se le hacían al final, y la curva de los omóplatos. También allí había cicatrices. Luego, lo mandó sentarse, y le lavó el pelo, viendo como el flequillo le caía sobre los ojos, tapando las largas pestañas de las que caían gotitas de agua.

Finalmente, el chico salió de la ducha, apagando el agua, cogió una toalla, y ayudó a salir a Lucie antes de envolverla el la suave tela. La secó con cuidado, y luego le envolvió el pelo con otra. Mientras, Lucie tomó otra, de color marrón del cajón, y empezó a secarle a su vez.

Luego, se quedaron mirándose, ambos envueltos en sus respectivas toallas, y luego empezaron a reírse, sin venir a cuento. Simon la cogió de la mano, la atrajo hacia si de un tirón, y la alzó en volandas, llevándola hasta la cama.

- Estás muy guapo con falda, Simon -se burló ella, cuando él la dejó tumbada sobre el colchón, cerniéndose sobre ella.

- ¿Sabes? Ayer la cagué estrepitosamente -dijo de pronto, ignorándola. Pasó los labios por su mejilla, y bajó hacia la oreja.

Ella le pasó las manos por el pelo.

- ¿Ah, sí? ¿Por qué?

Simon bajó la cabeza, y la besó en la clavícula.

- Me propuse hacerte sonreír cada día, pasara lo que pasara. Y ayer no lo hice.

Mientras con una mano se apoyaba en el colchón para no aplastarla con su peso, al otra descendía por encima de la toalla blanca que envolvía a la nefilim, hasta que se coló por una pequeña abertura. Simon bajó por la piel de su estómago, hasta que llegó al vértice de sus muslos. Acarició aquel punto explosivo con el pulgar, mientras con un dedo se abría paso, y entraba en ella de golpe, haciendo que gimiera y arqueara la espalda, buscando más contacto, pegándose a él.

- Creo que quedas... dispensado... -gimió ella, con toda su atención centrada en los movimientos de Simon por debajo de su cintura. El vampiro rió entre dientes, y sumó otro dedo.

El colchón crujió, los muelles gimiendo con fuerza bajo el peso de ambos con cada movimiento que hacían, y el vampiro sonrió de medio lado mientras se inclinaba para besarla en los labios. Las manos de Lucie, con las yemas de los dedos arrugadas de estar tanto tiempo bajo el agua, le subieron por el estómago desnudo hasta el pecho, acariciando la piel ya seca, y sonrió mientras enredaba las piernas en su cintura, colgándose de él. Luego, el vampiro se medio incorporó como pudo, y alargó una mano hacia la mesilla, mientras con la otra continuaba provocando a la nefilim con los dedos, buscando un paquetito plateado que tenía en el cajón. Cuando dio con él, lo rasgó con los dientes.

- Vamos a comprobar la resistencia de este viejo colchón, ¿te parece?


Tras despedir a Simon y Lucie de la enfermería, y verlos juntos, uno al lado del otro, Magnus tuvo que reprimir las ganas de shippearlos allí mismo. No tenía palabras para describir lo mucho que le gustaba la pareja que hacían. Mientras acompañaba a Brianna a una sala donde Alec le había dicho que los hermanos habían llevado a Benedict desde la Ciudad Silenciosa, fue inevitable que fuera pensando en posibles nombres para la pareja: Sicie, Simcie, Munlo, Heronwis... y ninguno le resultó apropiado hasta que llegó a Lumon. Lumon le gustaba. Tenía algo... que hacía que se te retorcieran las entrañas. Que mal. Tenía que dejar de visitar las webs mundanas de fanfcition, o la cosa no acabaría bien.

Cuando llegaron a la sala donde los esperaban los Hermanos, con un Benedict sentado en una silla, y encadenado al suelo por esposas flamígeras, Brianna le cogió la mano por instinto. Tenía que admitir que la visión de los Hermanos era muy perturbadora, sobretodo si no sabías a qué venían.

Cuando la bruja lo agarró con fuerza, Alec miró en su dirección, a las manos unidas, con el ceño fruncido. Luego sus ojos se dirigieron a Magnus, y éste se encogió de hombros, desentendiéndose del asunto. Le preocupaba un poco que el hecho de que la bruja solo confiara en él, que hubiera sido su maestra tiempo atrás, y que también hubieran sido amantes en una ocasión, pudiera resucitar los celos de su novio, pero la expresión de este se mantuvo imperturbable, y se encogió de hombros a su vez. El brujo suspiró. Tendría que hablar con Alec más tarde. Su nefilim estúpido...

Los Hermanos le dijeron a Brianna lo que había pasado, y juraron por Raziel que no le harían daño, y que no tomarían represalias contra ella por haber puesto el bloqueo en el chico, entendiendo que la habían obligado a hacerlo, prometiendo que los culpables serían severamente castigados. Además de que lo único que querían de ella era que retirara el hechizo. De todas formas, la bruja no se fió, y pidió que Magnus permaneciera en la sala mientras deshacía el bloqueo, como seguro de que los Hermanos cumplirían su palabra. Sí que se había vuelto desconfiada.

Magnus quiso hablar con Alec entonces, pero un vampiro llegó, y le dijo algo al oído, que hizo que el nefilim asintiera, se acercara al brujo, le diera un suave beso en la mejilla con un "nos vemos luego", y se marchara de allí con el vampiro. Magnus suspiró. Odiaba los celos de Alexander, pero tenía que admitir que cuando estaba celoso se ponía adorable. Y la mejor parte era demostrarle lo mucho que le quería. Toda cosa mala tenia su parte buena, si se sabía buscar.

Cuando terminaron, casi dos horas más tarde, Benedict estaba en una especie de letargo, y Brianna, exhausta.

- Ha funcionado. El bloqueo se ha retirado, pero no puedo asegurar cuánto tardarán los recuerdos en ser claros. La mente es compleja, y tiene su propio ritmo de recuperación. Aunque eso vosotros -añadió, dirigiéndose a los Hermanos Silenciosos -, ya lo sabéis. Así que ya he cumplido con mi parte. Ahora, si me disculpáis, me gustaría volver a casa.

Los Hermanos inclinaron las cabezas bajo las capuchas, y cogieron a Benedict.

- Nos lo llevaremos a la Ciudad Silenciosa para esperar a que su mente se aclare - le dijo uno de los Hermanos a Mangus -. Es posible que para esta noche ya se le pueda interrogar. Mañana le llevaremos a Idris, para que sea juzgado ante la Clave por la Espada Mortal, y para que revele todo lo que sabe. Sugiero que, si Simon desea mantener algo en secreto al Consejo, venga esta noche para hablar con nosotros tras interrogar personalmente a Benedict por la Espada. No tenemos necesidad de ocultarle secretos a la Clave, pero tampoco de divulgar una información que se nos ha pedido guardar. Así que, si no se presenta, asumiremos que es algo que puede ser compartido con el Consejo.

Mangus asintió. Debía avisar a Simon de que Bennie estaría listo por la noche.

Vio como todos los hermanos abandonaban la estancia, salvo uno. Arqueó una ceja.

- Magnus Bane -dijo, con un fuerte acento africano-. Necesito que me hagas un favor.

- ¿Qué puedo hacer por ti? -preguntó, intrigado. Los Hermanos Silenciosos no solían pedir favores.

- Necesito hablar con Simon Lewis. Es urgente. ¿Podrías avisarle de que el Hermano Amasa ha venido? Le estaré esperando en la enfermería.

Magnus inclinó cabeza, preguntándose en qué momento se había colgado el cartel de chico de los recados, y se giró de camino a la salida. Brianna le esperaba en la puerta.

- Necesitaré que me abras tú el Portal. No me quedan fuerzas -dijo, bostezando.

- No hay problema.

Caminaron en silencio por los pasillos, despacio, sin prisa, y a medio camino, Brianna le miró.

- Ese cazador de sombras... el de los ojos azules... -empezó ella -. Es muy guapo.

Magnus sonrió como un idiota. Le pasaba cada vez que pensaba en Alec, no importaba el tiempo que pasara. Cada vez que le mencionaban actuaba igual que un adolescente recién enamorado.

- Mucho. Y es increíble. En todos los sentidos.

La bruja se rió.

- Vaya. Esto es algo que nunca habría esperado ver. ¡Magnus Bane, el Gran Brujo de Brooklyn, enamorado de un Cazador de Sombras!

- ¿Es algo tan raro? Ya sabes que yo siempre he sido muy liberal.

- Eso no tienes que jurármelo.

Ella le puso una mano en el hombro, y él se zafó educadamente, sabiendo que para la bruja marina, aquel no era más que un primer paso para conseguir un fin. Placentero, pero en este caso, no deseado. Magnus, normalmente, no se negaba los caprichos, pero si algo era seguro, era monógamo. Y fiel. Jamás pondría los cuernos a sus parejas, y menos a Alexander.

- Lo siento -se disculpó ella, aunque no había un arrepentimiento real en su voz.

Magnus suspiró mientras abría el Portal. ya habían llegado a la sala principal.

- Ambos sabemos que eso no es cierto. Bri, aún recuerdo el tiempo que pasamos juntos, y fue fantástico, pero entre tú y yo solo había... física. Nada más. Y yo ahora estoy en una relación, y soy feliz. Por favor, intenta respetar eso. Para mí es muy importante.

El Portal se abrió con un destello, y Brianna lo miró con sus brillantes ojos azules de doble párpado. Le pasó una larga uña por el pecho, y él se mantuvo estático, poniendo los ojos en blanco. Brianna era tan predecible...

- Es una lástima. Aún guardo los juguetes con los que solíamos pasar el rato- susurró, y a Magnus le vinieron recuerdos de otra época, de cuerdas de seda y tiras de cuero, de otros tiempos en los que ese tipo de "divertimentos" estaban mal vistos en las élites sociales, pero por los que el submundo y las alcobas nocturnas clamaban, en los lugares donde la perversión y el dinero se juntaban en una combinación excitante y explosiva. Algo parecido a los años veinte americanos, pero mucho más desenfrenado, y mucho más placentero. También más antiguo, sobre el siglo XVII... El brujo tragó con fuerza, manteniendo la expresión impasible, llenándose la cabeza de imágenes de Alec. La cosa fue bastante efectiva. Recuerda a quién quieres. Piensa en Alexander -. Si cambias de opinión...

Ocupado como estaba en focalizar sus pensamientos, no se dio cuenta de como la bruja se había acercado a su boca, hasta casi rozar sus labios. Parpadeando, se echó hacia atrás, la cogió por los hombros, y la apartó de sí con cierta brusquedad.

- Adiós, Brianna. Un placer volver a verte después de todo este tiempo -despidió él, un tanto malhumorado por el intento de invasión de la que una vez fue su mejor amiga y su amante.

Ella hizo una mueca, claramente contrariada por no haber podido cumplir con su objetivo, y se acercó al Portal.

- Adiós, Bondaje Bane -dijo, como último recurso. Le guiñó un ojo en un fallido intento de coquetería, y al ver que no surtía efecto, se encogió de hombros -. Sabes dónde encontrarme.

Dicho esto, desapareció.

Magnus, dejando que sus músculos se relajaran tras toda aquella súbita tensión, meneó la cabeza, y se dirigió a la habitación de Simon a buscarle. Si el Hermano Amasa, que lo había estado tratando, había dicho que lo esperaba en la enfermería, sería porque ya sabía que el vampiro no estaba allí.

Mientras iba pensando, y dándole vueltas a cómo explicaría lo de la bruja a Alec, llegó a la puerta del cuarto. Estaba cerrada, pero no parecía que tuviera el pestillo corrido. Afinó el oído, y escuchó el sonido de un par de voces resonar en el interior. Sin poder evitarlo, su lado voyeur le empujó a apoyar la oreja en el listón de la puerta y espiar la conversación entre su ahijada y su novio vampiro.

- ¡Eres idiota! -oyó que reía Lucie - ¡No se spoilea a la gente!

Escuchó también la risa más grave de Simon al otro lado.

- Estoy de acuerdo. ¿Hay alguna manera de redimirme?

El tono de voz que puso, casi ronroneante, hizo que a Magnus se le pusieran los pelos de los brazos de punta, solo de imaginar lo que venía después. Esta parejita era incorregible.

Se irguió, y se encontró sonriendo como un idiota. De nuevo, tuvo que reprimir el tremendo impulso de shippearlos. Maldito amor.

Tocó a la puerta rápidamente cuando empezó a escuchar la cama crujir al otro lado, y el roce de las sábanas.

- ¡Tortolitos! ¡Más os vale estar vestidos, porque entro!

Y sin avisar, el brujo abrió la puerta de par en par, entrando en la habitación.

- Hola, Magnus. Qué oportuno eres, de verdad -saludó Simon.

Magnus sonrió cual pervertido satisfecho.

Su ahijada estaba tumbada bajo las sábanas sobre el pecho del vampiro, con una mano posada sobre su corazón y la cabeza apoyada en el hueco de su clavícula. Lucie miró al brujo y le sacó la lengua, colorada pero feliz, y Simon, medio sentado, la rodeaba con un brazo y la cubría con las mantas rojas. Ambos tenían el pelo medio mojado y completamente revuelto. Al brujo no le hacía falta ver las toallas en el suelo, y las prendas desparramadas para saber qué habían estado haciendo. No estaban vestidos, pero le valía.

- Espero que lo estuvierais pasando bien, al menos. Simon, veo que ya estás completamente recuperado -observó Magnus. Esta vez sí, cotilleó la anatomía del vampiro que le era visible, que era bastante. La mayor parte del pecho estaba destapada, y una de sus piernas también. Lo único cubierto era su entrepierna, protegida por un pequeño trozo de tela. Parecía despreocupado ante el hecho de que el brujo le viera desnudo. Interesante.

Aprovechando esa situación, Magnus apreció que su ahijada realmente tenía buen gusto. Los músculos no estaban excesivamente trabajados, pero tampoco eran inexistentes. Los brazos eran fuertes, las manos grandes y seguras, y bueno, el tamaño de los pies era considerable, pero nada que ver con su Alexander. Aunque claro, su novio era un fuera de serie.

- No te ofendas, pero, ¿has venido aquí para algo más que verme desnudo, Magnus? -preguntó Simon, con las cejas alzadas.

- ¿Tan evidente soy?- inquirió el brujo, siguiéndole el juego.

Simon se rió.

- Sabía que estabas por mi ¿Al menos te gusta lo que ves? -tentó, haciendo posturitas mientras explotaba en carcajadas. Lucie le dio un golpe con la mano, y luego le lanzó un cojín a Magnus, que lo desvió con un poco de magia hasta que cayó al suelo.

- ¡Chicos! -se quejó Lucie, meneando la cabeza.

Magnus carraspeó, ya pasadas las bromas, y se cruzó de brazos.

- Está bien. Brianna ya ha conseguido retirarle el bloqueo a Benedict. Los Hermanos se lo han llevado de vuelta a la Ciudad de Hueso. Han dicho que si quieres interrogarle por la Espada , y conseguir información sobre Ángelo antes del juicio de mañana que se celebrará en Idris ante el Consejo, debes bajar esta noche -dijo, poniéndose serio. Simon frunció el ceño, y asintió. Le cogió la mano a Lucie, y se la apretó -. Y un tal Amasa me ha dicho que quiere verte urgentemente. Te espera en la enfermería.

Simon dejó caer la cabeza en las almohadas, y se pasó una mano por la cara, apretándose el puente de la nariz y cerrando los ojos con fuerza. Suspiró.

- Está bien. Habrá que llamar a Jace y Clary para avisarles de que vamos a interrogar a Benedict. Tal vez quieran estar presentes y ayudar a buscar a Ángelo -dijo. No era capaz de llamar al líder de la ciudad por su nombre real. Simplemente le sonaba demasiado raro. Se inclinó, y buscando en uno de los cajones, sacó unos pantalones cortos de hilo. Los pasó bajo las mantas, y se los puso. Impelido por un interés morboso, Magnus estuvo atento por si atisbaba algo nuevo, pero el vampiro fue demasiado rápido. Cuando salió de la cama, ya tenía los pantalones puestos. Luego, se puso unas chanclas, y abriendo el armario, se pasó por la cabeza una camiseta gris con el emblema de la casa Stark, la cabeza del lobo huargo, de Juego de Tronos y la famosa frase "Winter is coming" en negro.

Luego, el vampiro se acercó a la cama, y le dio un suave beso en los labios a Lucie, que se incorporó, sujetándose las sábanas contra el pecho para cubrirse.

- Volveré a buscarte en media hora para bajar a la Ciudad Silenciosa. Ya sabes dónde está todo -susurró. Ella sintió y le dio otro beso.

- Te quiero.

- Y yo a ti -despidió Simon, alzando una mano y sonriendo. Al pasar junto a Magnus, le dio una palmada en el hombro, y luego se fue corriendo hacia la enfermería.

Magnus, por el contrario, se quedó mirando a su ahijada, que tenía una sonrisa enamorada en la cara, y las mejillas coloradas, además de los ojos brillantes y los labios hinchados.

Lo único que le salió a Magnus decir en ese momento, y que hizo que Lucie le tirara un nuevo cojín, fue:

- Pues la tiene bastante grande.


Muajajajaj, nuestro brujo cotilla... XD

espero que os haya gustado, aunque no pase mucha cosa. Como ya he dicho antes, creo que el viernes conseguiré subir el siguiente ;)

Nos vemos, criaturas!

Ave atque Vale!

MHG