Capítulo [35]
Continuación…
P.D. = Este capítulo se lo dedico al anterior anónimo (5-Nov-14/Cap.32) tras su petición como regalo de cumpleaños (Nov. 28). ¡Muchas felicidades y que cumplas muchos pero muchos más!
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DISCLAIMER:
La serie de Xena: Warrior Princess o como comúnmente le oíamos mencionar en nuestra lengua castellana, Xena: La Princesa Guerrera, fue creada para el año 1995 por los ingeniosos directores y productores Robert Tapert y John Schulian, con el respaldo de los igualmente productores Sam Raimi y R.J. Stewart. Por lo que no se necesita comentar que tal memorable producción, junto con todos los personajes que presentó en su trama, no han de pertenecerme. Que yo en este fanfic sólo les tomo para la elaboración de una secuela sin fines de lucro.
~Eterna Obsesión~
~o~
Por la senda del destino II
Después de la inesperada detonación, el fuego se hacía reinar por todas partes. Ahora no sólo el mástil mayor estaba incendiado, sino también la mesana. Que más que tener sus velas completamente forradas por el fuego, amenazaba con caerse en cualquier momento.
Llamas en el centro del barco, llamas en los mástiles y llamas hasta en los inicios de la popa. Clara observación para Perla y sus compañeras en el bote.
―¡Mis hermanos están allá adentro! ―gimió con angustia una de las que había apoyado a la otra en no regresar. Cambiando de parecer ante lo presenciado.
―Pero no podemos arriesgarnos tan poco por ellos y…
Cansada de su cobardía, la que fue raptada con amenazantes palabras que le dice:
―Calla y rema de vuelta, o continúa con tus negativas en medio de las aguas.
En el otro barco romano dedicado más a la carga, apenas a pocos pies del de su general, la tripulación se preparaba para tirar la rampa que les permitiría el traslado y la propia entrega de su ayuda.
En el incendiado barco, la tripulación pasó a enfocarse en el desarrollado incendio. Olvidando por unos momentos a la fugitiva en las alturas que lo había provocado.
―¡Salven la nave!
Llegando al fin al barco incendiado, la tripulación del intacto que se traslada a saltos y carreras para socorrer a sus compañeros. Los gritos y el desespero era tal, que difícilmente se podía precisar de que lado exactamente venían. Aunque no tanto para Xena. Que desde lo alto del mástil capta las muy distintas de los jóvenes cautivos bajo la ancha rejilla por la que estiraban sus manos. Alguien tenía que liberarles. Y ya por el incendiado mástil no era muy recomendable que bajara. Miró por ende a su alrededor en búsqueda de otro escape directo. Fue cuando la desplegada vela a su alrededor capta su atención.
Sin pensarlo, se arroja a una raída parte libre de llamas de la gran vela incendiada. Que al recibir su peso, se culmina de rasgar según se le tiraba al descenso. En cuestión de quince segundos, ya Xena se encontraba en el enmaderado suelo. De costado y con unos gestos de haberse dado más que duro contra el piso. Pues pese a no haber sido una caída estrepitosa al vacío y sin frenos de velocidad como la de los anteriores desafortunados romanos, de todas formas su precio tenía.
Sin tiempo para atender sus dolores, se levanta completamente invisible para dos soldados romanos que le pasaron a carrera a meros pies ―al parecer, de la nueva tripulación―, y aligera sus pasos hacia la gran rejilla desde donde gritaban los cautivos.
―¡Auxilio!
―¡Socorro!
―¡Ayuda, nos estamos asfixiando!
Sin que se lo esperara, al fondo de la interna prisión, exactamente por donde se accedía desde el interior del barco, Xena vio claras llamas y denso humo proveniente de la explosión superior.
―No se preocupen ―les dijo examinando la cerradura de la rejilla―. Los sacaré de aquí ―promete desviando su mirada a todas partes en búsqueda de las poco probables accesibles llaves. Fue entonces, cuando en medio de su rápido recorrido con la mirada, a pocos pies de distancia pudo ver clavada en la madera a la gruesa espada de su último oponente en las alturas del mástil. Acudiendo ante ésta en seguida para darle alcance.
De un solo tirón, ya tenía la pesada arma en sus brazos.
―¡Ey, maldita desgraciada! ―le grita un romano y propio tripulante del barco incendiado tras sorprenderla por su espalda―. ¡¿Decidiste unirte al infierno de acá abajo?!
Anteponiendo su recién obtenida espada con la rapidez y la destreza que le caracterizaba, Xena bloquea el ataque del airado romano para mayor incremento de su ira. Y con la fuerza que de su ser brotaba cuando su espíritu de guerrera despertaba, se va levantando del suelo manteniendo en alza su espada contra la de su incrédulo rival. Que por concentrarse en que de sus manos su arma no saliese volando, se olvida de las fuertes patadas que la fugitiva era capaz de dar. Recibiendo una en su mismo pecho que le envía fuera contra el borde de la borda en el que aparte de golpearse de espaldas, se va impulsado hacia atrás cayendo al agua.
Regresando ante la rejilla, Xena introduce la gruesa espada entre la hendija del cierre. Forzándola con toda la fuerza de sus brazos hasta darle encaje. Y luego, con un fuerte pisón en el mango, la ruptura del seguro en la madera que se hace escuchar y junto a su salvadora, los apresados jóvenes que comienzan a empujar la pesada rejilla para escapar.
―Rápido, vayan todos a un bote ―les indica Xena llevando al primer montón afuera ante el lado estribor del barco en el que al igual corta las sogas que ataban al segundo bote de ahí para permitirle su bajada al agua. En cuestión de segundos, ya habían unos quince jóvenes abordándolo y corriendo las cuerdas de descenso para alcanzar las aguas.
Un segundo grupo de similar cantidad ya bregaba con el tercer bote del lado estribor. Aligerándole la tarea Xena con el uso de su espada. Dos botes más que se desataran, y podía decirse que los secuestrados jóvenes iban a lograr llegar hasta la costa.
―¡Se escapan los prisioneros!
La alerta que se estaba demorando en llegar, terminó escuchándose.
Desde la popa, en medio de las ordenes que daba, Lucius desvió la mirada para comprobar lo que escuchaba. Enseriando sus ojos al ver como su botín escapaba ayudado por la ya insoportable ante sus ojos, Princesa Guerrera.
Interponiéndose entre los tres romanos que vinieron a entrometerse, Xena le dio oportunidad a los jóvenes a que descendieran sin problemas por el bote elegido. Como también a la masa restante de ese lado estribor, y en otro del lado babor.
Sin la misericordia que no le impulsaban a tener, Xena acabó con puras estocadas con los entrometidos romanos. Desde su posición, Lucius se clavó sus propias uñas en las palmas en medio del fuerte cierre de sus puños. Ignorando los concejos de sus soldados que le sugerían que se apartase de las llamas por las que se dirigió de largo.
El último grupo que restaba por bajar, tenía problemas con un atasque de las cuerdas. Solucionándoles Xena con unos simples cortes de su espada que enviaron estrepitosamente el bote sobre las aguas.
―Vamos, son hijos de pescadores. Todos deben saber remar y nadar más que bien. A saltar todos ―les incitó y a buen momento. Porque justo ahí, la voz de Lucius que suena a su espalda.
―¿A dónde vas, maldita zorra? ―le sorprende tomándola por uno de sus brazos y lanzándola contra el duro suelo a más al centro.
Sin ganas de ser alcanzada en el mismo suelo, Xena que se levanta para hacerle frente en cuanto se le arroja encima con la espada alzada. Usando la de ella para bloquearle y responderle a todos sus siguientes golpes con los que se acercaban y alejaban. Igual a dos jueyes que chocan sobre la arena.
Lo que respectaba al resto de los romanos, ya comenzaban en darse por vencidos de poder salvar la nave a meros cubos de agua. El incendiado mástil mayor amenazaba con caer dentro de poco. Cómo único aquel barco podía apagarse, era que se hundiera.
―Tenemos que abandonar la nave ―gritó uno haciendo a un lado el cubo de agua que acaba de subir por la borda con una cuerda―. Si el fuego alcanza la pólvora de la bodega, estamos muertos.
Ignorantes del evidente peligro, Xena y Lucius continuaban batallándose uno contra el otro sin tener cabeza para una necesaria huída. Si no lograban matarse entre ellos, una tremenda catastrófica explosión desde el interior del barco lo haría por ambos. Aunque primero, el destino continuaría jugando con el peso de la balanza en ellos. Primeramente en Xena. A quien el cansancio acumulado desde mucho antes de llegar a ese barco, y el sumo peso de la espada que empuñaba, le hicieron perder las fuerzas para retener a la misma. Viéndola salir por los aires al interponerla nuevamente entre la de Lucius. Endemoniado general que le apunta con la suya directo a su pecho. Ella, por su parte, se niega a aceptar un destino en sus manos buscando por todos lados algo con lo qué poder salvarse.
―Se te acabó el juego, maldita―. Ya no tienes armas ni mucho menos fuego que escupir por tu boca.
Caminando hacia atrás en la proa, Xena distingue un resplandor a su lado. Una lámpara de aceite colgaba del trinquete o pequeño mástil de la proa. Girándose de inmediato para darle agarre a tiempo que le decía:
―No del todo. ―Y sin que Lucius se lo esperara, ve venir a su frente una encendida lámpara que Xena le avienta contra un lado de su cuello en donde el aceite sale expedido prendiéndose en llamas al instante.
En el centro del barco, los que buscaban a su capitán, lo encontraron por tan vociferantes gritos.
Sin tiempo para ver como su enemigo daba vueltas de lado a lado sobre el suelo, Xena que entiende que ya era tiempo de abandonar aquel barco.
―¡Princesa Guerrera! ―escucha una conocida voz llamarle desde las aguas―. ¡Princesa Guerrera!
Al asomarse por el barandal, ve a Perla en el primer bote echado al agua. Ahora lleno de más jóvenes según se fueron encontrando.
Próximos a abandonar el barco y trasladarse el intacto, romanos corrían con su cubierto general hacia la rampla que les permitiría el traslado. Una vez cruzada y adentrados todos con un gran salto que les llevó al suelo, Lucius que se descubre del húmedo manto que le habían colocado en su cabeza para apagarle las llamas. Dejando expuesto el resultado de un encuentro con el fuego. Una dolorosa quemadura que iniciaba desde lo bajo del lado izquierdo de su cara, siguiendo cuello abajo y hombro mismo. La palpitante carne de esas zonas le decía por sí sola lo horrible de la quemadura.
―Señor, más malas noticias. Los prisioneros de éste barco también lograron escapar.
Escuchada la noticia con la que fue recibido, Lucius se olvida del ardor que sentía en su quemadura al clavar de nuevo sus uñas en las palmas y prácticamente rugirle a todos. La noticia ira le provocaba pero no más que la que ya tenía con la causa de todas las pérdidas de esa noche.
―Olvídense de esos apestosos hijos de pescadores, y pongan éste maldito barco en marcha para atrapar a la maldita que causó todo este infierno. ¡Avancen!
Quien estaba a cargo del timón, y ya había puesto distancia entre el incendiado barco, tuvo que dar un completo giro a estribor para volver a poner la nave en dirección hacia la costa. Procurando, desde luego, no acercarse al desalojado barco de su general. Que tras la caída de su alto mástil, tanto allí en las aguas como en el pueblo costero, con gran violencia le vieron estallar. Y no sólo ahí en la región. Como se entendería, desde lo alto de los cielos también. Pues con un efímero relámpago entre las densas y altas nubes, demostrado quedaba que para los dioses tal suceso entre las aguas no les era desapercibido.
Estando ya sobre el bote en el que desde un principio pudo haber escapado, Xena ayudaba en la tarea de los remos al lado de su sonriente admiradora ―Perla, la joven que le debía doblemente la vida―, que muy agraciada se sentía que pudiese haberse salvado.
Las aguas estaban sumamente tranquilas para numerosas embarcaciones pequeñas como en la que Xena estaba y demás fugados jóvenes. Si seguían con la energía que tenían, estarían llegando a la playa mucho antes de que se cumpliera una hora. Eso si los romanos no lograban alcanzarles antes.
―¡Rápido, nos persiguen! ―alertó uno de los jóvenes de otro bote al ver como la nave romana restante giraba hacia ellos.
En el bote en el que estaba, Xena sabía perfectamente que era a ella a quien realmente perseguían. Y como si no le fuese suficiente problema el saberlo, las olas en las que flotaba el bote que compartía, de repente que se tornan bravías. Tan repentinamente enfurecidas, que separaron el bote en el que iba del resto de los demás fugados.
―¡¿Qué sucede?! ―se inquietó una de las jóvenes.
―¡¿Por qué vamos en retroceso?! ―le siguió otra.
Aquello, más que raro, claramente atentaba en su contra. Ni hablar cuando una fuerte e inesperada ola volteó el bote.
―Calma, todo debe de haber sido cosa de alguna corriente ―planteó Xena sin poder creerse ni ella misma sus palabras.
Como pudieron, se apegaron al bote para intentar girarle.
A varios metros de distancia, otros en los suyos se enteraron de la mala suerte del último.
Tratando de mantenerse en flote y al mismo tiempo lidiar con la tarea de volcar el bote, Xena sintió una extraña presión entre sus piernas que le impedían moverlas adecuadamente. Pareciéndole más que nadaba en el lodo que en la misma agua. Y sin más ni más, se hunde por completo por obra de alguna fuerza que tiró de ella bajo las aguas. Alejándola propiamente del bote en el que estaba. Aquello había sido algo más que una corriente.
Cuando pensó que se ahogaría, recobra la voluntad de sus extremidades para salir a flote y tomar aire. Viendo notablemente lo distante que se encontraba del bote de las jóvenes. Que luego de haberlo regresado a su posición correspondiente, comenzaban a echarle de menos dentro de él. Mirando para todos lados.
Poco podían hacer a su favor si divisaban en donde se encontraba y decidían regresar por ella. Mucho más cuando la luz de un farol la alumbró entre las aguas. Anunciándole quienes se encontraban tras de ella.
―¡Ahí está! ―avisó a los suyos uno desde el barandal de la borda―. ¡Rápido, echen la red!
No podía creer que su suerte acabase tan pronto. Y que pasara a sentir lo que siente un mismo pez en las redes. Porque por más que nadó y hasta se hundió para intentar perderse de vista, la gran red que le echaron encima se abrió como una bolsa dentro de las aguas. Atrapándola en su interior y sin una buena cuchilla con la que poder cortar sus trenzadas cuerdas.
―La tenemos. Sí, la tenemos ―festejaba quien primero la vio entre la red.
―General, la hemos atrapado.
Sin necesidad de haber tenido que escuchar a sus hombres, Lucius se dio personalmente por enterado observándolo todo desde el barandal. Llenándose sus adentros de un sumo deleite que no demostraba en su sería mirada mientras vio como era subida en la red que le contenía. Como forcejeaba y en vano insistía en luchar.
La arrojaron sobre el suelo con todo y red como si se tratara de la gloriosa pesca de la temporada.
―Vengan todos a ver la sirena que pescamos.
―Jaja, sí.
―¿Por qué esa cara, muñeca?
Abriéndose paso entre todos, Lucius se presentó ante una descontrolada Xena que se le quedó mirando de rodillas con tremenda mala cara. Como si conociese lo siguiente a venir sobre ella. En efecto, no se equivocó. Lucius le atestó un fuerte puñetazo seguido de una violenta patada en su vientre que la tumbó de pecho al suelo con tremendo jadeo. Demostrando todavía que se negaba a rendirse como querían, siente llegar uno tras otro, fuertes golpes con un palo sobre su espalda. Después de eso, apenas tuvo consciencia para ver a Lucius con el objeto agresor en sus manos, y luego caer presa de un inevitable desmayo.
…
Cabalgando sin detenerse, rumbo al pueblo costero iba toda una tropa del campamento principal. Unos sesenta hombres liderados por Bastián quien no dejaba de presentir que en peligro se hallaba la vida de su respetable y futura reina.
―¡Aligeren el paso, van muy lentos!
No terminando Bastián de dar esa orden, cuando uno de los caballos que conducía un soldado suyo, cae de lado sumamente agotado. Llevándose con él a su jinete que se estampa fuertemente contra el suelo. La tropa se detiene, y hacia él y al caballo acuden los más cercanos.
―Señor, ya es de medio día. Y llevamos a todo trote sin parar desde la noche. Los caballos y nosotros debemos de descansar o no llegaremos completos a la costa.
Sin poder debatirle la razón a su soldado, Bastián accede así no fuese lo que quisiese.
―Una hora de descanso para todos ―informa en voz alta―. Ni más ni menos. Al amanecer deberíamos de haber llagado a la costa. ―Se baja de su corcel al que le permite pastar, y se queda mirando hacia el sur donde le esperaba a todos la costa.
…
Con todo su cuerpo adolorido, en especial su espalda, Xena fue despertando de la inconsciencia en la que violentamente había caído. Diciéndole la mugrienta celda en la que estaba, que todo lo que tenía en la cabeza había sido real y no la deseada pesadilla. Y que ahí, rodeada de barrotes ―por lo que entendía, la prisión de un barco―, no tenía más que pensar que los hados no estaban muy de su parte en esos días.
Unos pasos descendiendo por alguna escalera le hacen incorporarse y recibir a quien fuera con la frente en alto. Bastante en alto tratándose de quien era, Lucius.
―Tanto nadar para morir en la orilla, ¿no es así? ―le dice éste sin dar muestras del evidente coraje que sentía hacia ella. Sino con la actitud de todo un orgulloso romano que no se rebajaba ante aquello que consideraba inferior.
Lo primero que hace Xena al verle, es mirar la quemadura que ella misma le provocó. Lamentándose de no haberle dado en el mismo centro de su cara para arruinarle la mirada de prepotencia con la que a todos por costumbre miraba.
―Mi corazón todavía palpita, Lucius ―le indica ésta acercándose hacia los barrotes―. Y mi cabeza aún sujeta a mi cuerpo, me lleva a preguntarte porque no lo has perforado o arrancado como es de esperarse.
―Te dije que contigo he de tener tratos especiales. Unos muy buenos como los que en un principio quería darte. U otros tan inhumanos a los que tú misma has decidido entregarte. Ante los que te arrepentirías de haber nacido. Por qué esto ―se señala la quemadura que se extendía desde lo bajo de un lado de su rostro hasta el hombro conducente―, lo que le hiciste a mi barco, a mucho de mis hombres, y con ello a Roma misma, simple y sencillamente merece algo mucho peor que la muerte. Y ten por seguro que lo tendrás.
―Hablas mucho y haces poco, Lucius. ¿Por qué si tanto me odias, no entras a esta celda e intentas despedazarme? ¿eh?
―Porque deseo compartir tu destrucción, maldita. Quiero que vean tu espíritu quebrarse antes de que abandone tu cuerpo.
―O temes que en un enfrentamiento a solas sea el tuyo el que se quiebre y salga primero. No eres más que un desgraciado que no puede vengarse por su propia mano.
―Venganza es venganza sin importar como se haga. Y yo ya te la tengo más que jurada. Lenta y llena de dolor para así poder disfrutarla. ―Se le ríe en la cara para continuar―. A no ser, claro, que me supliques que te perdone. Sí, arrodíllate ante mí implorando clemencia y puede que desista de matarte. ¿Qué dices?
Xena se le queda mirando con la más enseriada de sus miradas. Para después sonreírle ella también al responderle:
―¿Sabes? Si tú hombría fuese tan habilosa y larga como tu lengua, tendrías a todo un imperio de mujeres a tus pies. Pero ya has de ver lo poco que me atrajiste como hombre y profesional en tu camarote. No eres más que un caprichoso que por vez primera no obtendrá lo que desea. A mí.
Con semejantes crudas palabras, Lucius casi partía sus dientes de tanto comprimirlos uno contra el otro en su apretada mandíbula. Y sus palmas, éstas volvían a ser perforadas por sus uñas en medio de un inevitable cierre de sus puños.
―Debería hacerte tragar esas palabras ahora mismo, maldita. Pero dicen que después de un gran acto de placer, los sentidos y el coraje en un hombre amenguan. Y yo quiero tenerlos a todos para cuando te escuche gritar y gritar en medio de tu tortuosa agonía mañana al alba cuando te llegue la hora. Mientras, aprovecha tus últimas horas de vida para prepararte a los tormentos del Tártaro en donde seguramente serás recibida.
Sacudiendo su capa de uno de sus hombros, Lucius se da la vuelta por donde mismo vino. En el interior de la celda, Xena también se gira sumamente pensativa ante el destino que podía esperarle. Delante del romano demostró bravía, pero aceptaba que en el fondo temía volver a sufrir una insoportable agonía.
…
El tramo continuaba para la tropa liderada por Bastián. Al menos, era en descenso y no cuesta arriba. Aunque de todas formas resultaba fuerte cuando apenas habían tenido meras horas de descanso. Ni hablar de los agotados corceles. Cuyas patas amenazaban con fallarles en cualquier momento.
―Ya falta poco ―animaba Bastián entre los suyos bajo un cielo de madrugada―. El olor a mar se percibe cada vez más.
Entre la tropa, muchos coincidían en que así era. Pero sólo cuando viesen el ancho mar con sus ojos, es que creerían que habían llegado de veras.
El trote de los caballos corrompía el silencio del bosque por el que cruzaban. Ensordeciendo cualquier otro sonido en los alrededores. Tanto, que de no ser porque les cruzaron por el frente, no se hubiesen percatado de lo alborotadas que se habían puesto unas golondrinas esa mañana. Sin detener sus caballos, todos continuaban al veloz trote algo extrañados. Entre todos, Bastián lo estuvo mucho más. Las aves parecían fuera de sí a esas horas. Algo andaba mal y no tardó en rebelárseles.
Sin que lo esperaran, la tierra comenzó a temblar.
―¡Alto! ―gritó Bastián alzando una de sus manos―. Todos deténganse.
No era necesario que gastase saliva en tal orden. Sus hombres habían tirado de las riendas de sus corceles presintiendo el peligro que se avecinaba en medio de aquel incesable temblor que ya iba alcanzando el minuto. Razón por la que, siguiendo el instinto innato, una gran cantidad de corceles se detiene por su cuenta, y hasta se dan un giro cuesta arriba por donde mismo habían venido. ¿La razón? Sin explicación alguna, la tierra se abría horizontalmente ante ellos.
―¡Retrocedan! ―avisó uno de los soldados a la cabeza de la tropa antes que su líder mismo―. ¡Todo el mundo de vuelta!
El temblor duró hasta que la tierra dejó de abrirse durante algunos tres minutos más. Un tiempo que era toda una eternidad cuando apenas se podía desplazar sobre el terreno y a medida que se iba abriendo éste en una ancha zanja, la solides cercana a ésta que se iba desmoronando. Amenazando con llevarse consigo a todo aquel que la estuviese pisando. De milagro, ningún hombre fue tragado al poder clavar bien sus uñas sobre la tierra. Pena que no se pudiese decir lo mismo de los corceles de algunos cinco soldados que no pudieron cabalgar tan rápido como el resto.
Un gran percance se había presentado. Y ver cómo superarle era ahora la prioridad más grande. Pues la zanja formada sus metros de anchura tenía y su largo fuera de precisión quedaba. Lo único que podían apostar, es que se trataba de una grieta muy extensa.
…
Artemisa y Hefesto entraban a la antesala del Olimpo luego de ver más que en curso el destino que ansiaban para la Princesa Guerrera.
―Es que ni planeado nos hubiesen salido las cosas así ―decía Artemisa con una reluciente sonrisa. Los hados al fin se inclinan hacia nosotros, enviándole a la maldita mortal sus más grandes enemigos. Los romanos.
―Sí, así parece. De todas formas, yo me abstengo de brindar todavía. Los hados son como la brisa del mar, uno nunca sabe hacia dónde y por cuánto han de soplar.
―Así es ―se suma a la conversación un Hermes que se adentra en la sala desde un lado lateral entre columnas y arcos―. Por si no lo han presentido, Ares ya se ha presentado en la costa. Pero lo que nos ha dejado pensando, es que no ha movido ni un dedo para liberar a la guerrera.
―Habrá tenido alguna de sus tantas peleas de gatos y perros con ella. Esperando por alguna disculpa de rodillas para salvarle ―supone Artemisa sin recurrir a un tedioso análisis. No estando lejos de una verdad, de hecho―. Es Ares al fin al cabo. Obsesionado con la Princesa Guerrera para que se espere todo entre ambos. El punto es que enlazados o cabreados, nos perjudican por igual.
―Y por igual Ares siempre termina olvidándose hasta del Olimpo en donde nació por salvarla ―recuerda Hefesto―. Eso que has dicho, o cualquiera que sea la razón realmente, no lo contendrá por mucho. En cuando escuche los gritos de esa maldita…
―Se arrepentirá de no haberla salvado antes ―le finaliza Artemisa con ojos airados―. Porque si no has caído en cuenta, los hados nos prohíben intervenir abiertamente como en antaño entre los mortales. Revelándonos y relacionándonos para bien o mal sobre la tierra. Pero… nadie dijo nada de no hacerle un frente a otra divinidad como nosotros ―culmina sonriendo. Copiando su semblante, Hermes y Hefesto reconocen una gran verdad en ello.
Unos pasos levantan la mirada de todos y ven acercarse desde el iluminado umbral de la entrada a la prominente figura de Poseidón.
―Comparto tu pensamiento, Artemisa ―dice éste―. Como también espero que tú y todos entiendan que después de esto, Ares no puede continuar en su libre albedrío.
―Hundido en Tártaro es donde debería estar ―desea Hefesto―. Por traidor.
―Ya veremos que decide hacer mi padre con él ―prosigue Artemisa―. Mientras, permíteme felicitarte, tío de los mares―. Tú oleaje en contra de la Princesa Guerrera, y el quiebre de la tierra que obstaculizó a la tropa que se aproximaba para salvarle… La verdad es que te hacen digno de tu apodo como el que Bate la Tierra.
Poseidón se quedó inmóvil con su tridente en mano. La cara que de pronto tenía era la de no entender en absoluto lo que le decían.
―¿De qué hablas? Yo no he abandonado las profundidades hasta ahora que he venido a hablar con mi hermano.
Artemisa y Hefesto se intercambiaron miradas. Estaban completamente seguros de no haber alucinado lo que vieron desde variados puntos.
―Si no fuiste tú… ―se queda a medias Hefesto mirando dudoso a Artemisa.
―Está claro ―habla Hermes―. Tuvo que haber sido Deméter ―hace caer a todos en cuenta―. Quien más para controlar las aguas y abrir la tierra como Poseidón.
Los cuatro se miran concordando en que la diosa terrenal tenía que ser la autora de todo.
―Sí, tiene que ser ―acepta Artemisa recobrando los pasos junto con todos―. Si llega a ser nuestro tío Poseidón aquí presente, de seguro se le hubiese ido la mano ahogándola. ―Todos se ríen menos el cerúleo dios de los mares―. ¿No es así, tío? Con eso de que una vez acabó contigo de una sola lanzada.
Poseidón simplemente adelanta el paso ignorando lo que era una prueba a su paciencia.
…
Bajo un rosáceo cielo en pleno amanecer, y sobre unas altas rocas golpeadas continuamente por las olas, se encontraba Ares cruzado de brazos y muy pensativo en lo que sus ojos observaban en la distancia. La embarcación romana en la que yacía aprisionada su valiosa gema.
«La hora se acerca, Xena ―dijo en sus adentros―. Y tu orgullo no te permite llamarme. ¿Qué estarás esperando?»
―¿Qué estarás esperando? ―se repite en voz alta―. ¿Sentir los primeros golpes de la agonía que te espera para entonces sí llamarme? No juegues, querida. Ni quieras pasarte de lista. Porque con tal de que aprendas la lección de tus errores, puedo ser capaz de verte sufrir por el tiempo que sea preciso.
…
De vuelta en la antesala del Olimpo, ahora con cada olímpico en sus respectivos asientos ―al menos los que todavía habitaban en las alturas―, un recibimiento se llevaba a cabo. Todos miraron hacia el iluminado umbral del fondo donde la figura de la divinidad esperada se iba acercando. Distinguiéndose cada vez más entre su escolta a ambos lados, el titán Cratos y su hermana titánide Bía. Ambos representativos de la fuerza y el poder en el universo. Ambos atacando la más reciente encomienda dada por Zeus. Regresar a las puertas del Olimpo a la ausentada de Atenea. Que con su frente en alto solamente reservó su mirada hacia aquél a quien sólo debía rendirle cuentas. Su padre Zeus.
Tanto ella como en el Olimpo entero conocían los motivos de su ausencia. Había sido enviada a cumplir una sentencia varios meses atrás. Y ahí, en medio de cada paso, los revivía en su mente como un recordatorio a sí misma de su error y consecuencias.
Su tormento vivido vino desde el día en el que tuvo la osadía de descender por propia voluntad al mundo de los mortales e intentar aniquilar a la detestada Princesa Guerrera. Ganándose la antipatía de los hados al interferir en sus cursos ―o eso concluyen―, quienes la destinan a caer bajo la mano de su medio hermano Ares, y a un dictado castigo por su padre Zeus.
Sin que hubiese podido poner resistencia alguna, fue llevada por Cratos y Bía a un lejano territorio que, como muchos otros, parece ser el fin del mundo. Encadenada a unas altas rocas como Andrómeda o Prometeo al margen de un precipicio sin fin, donde sufriría las penas de los mortales sin poder morir jamás. Visitándole diariamente la insoportable Limos (el hambre) y el maldito Algos, (el dolor). Y sobre todo, Ate (la insensatez). Privándole de paz mental por su error cometido.
Nunca tuvo constancia de un pesar tan grande como el que tuvo encadenada en esa tierra del olvido. Deseando poder escapar como cualquiera en su lugar. Pero con las dos personificaciones de la fuerza universal como sus guardianes, eso habría estado por verse.
―Acepta y cumple con tu condena, hija de Zeus ―le dictó Bía en uno de esos días―. Y no intentes escapar que para ello tendrías que pasar sobre nosotros.
―Mirar que no ha sido nada grato el tener que arrastrar hasta aquí a la única hija de Metis ―se sumó Cratos―. Se prudente entonces, para que no tengamos que levantar nuestras manos contra ti, y a cambio te compasaremos por el pesar al que se nos ha ordenado entregarte.
―Una gema roja portamos los dos en nuestros anillos ―prosigue Bía extendiendo una de sus manos al lado de un Cratos que la copia―. No nos obligues a proceder más en tu contra, y ambas gemas serán tuyas. Para que con ellas puedas invocarnos cuando necesites de nuestra ayuda.
Muy sentidos debían de haber estado tales hijos de la respetable Estigia como para proceder de ese modo. Puede porque fuese Atenea la hija de la maravillosa titánide que fue Metis. O la que llevaba la elegida después de Zeus. Por lo que fuese, una promesa a cambio de su cumplimiento le habían hecho. Todo quedó en ella si merecer o no el don que le ofrecieron.
―Bienvenida, hija mía ―le saluda la voz de su padre para cuando estuvo a su cercano frente. A su lado, ve a Hera mirarle como si de un insecto se tratase―. Dime, ¿tuviste tiempo para meditar y arrepentirte de tus actos?
En sus asientos, todos esperaron por una respuesta.
―Así es, padre ―responde Atenea serenamente.
―Entonces has de estar preparada para recuperar tu honor y tu posición a mi lado. ¿Lo estás?
―Sí, padre.
―¿Bajo conciencia de lo que tienes que hacer para ello?
―Totalmente.
…
El sol ya se había levantado por el horizonte este. Era cuestión de nada para ver a su eterna obsesión dirigirse al martirio que le esperaba. Y él, Ares, continuaba de brazos cruzados sin dar muestras de cambiar el destino que se veía venir. Limitándose nada más que a mirar la embarcación en donde Xena seguía retenida. Podía verla salir atada y empujada por romanos en cualquier momento. Pero mientras ese momento llegaba, algo en las alturas atrajo su atención.
«No importa cuán privado hagas un evento ―pensó en sus adentros descruzándose de brazos y trincando sus manos―. Los chismosos siempre buscarán como colarse.»
Desapareció de su posición en medio de su resplandor azulado. Yendo a tener a esas alturas a las que se había quedado observando. Materializándose en medio de la densidad de las nubes que allí flotaban. Igual a quien camina sobre un sólido terreno repleto de neblina, así se movió hacia adelante en búsqueda de lo que su instinto divino le dictaba.
Sin que se entendiera por qué razón, crea entre la palma de una de sus manos la ardiente esfera de fuego de siempre, y la lanza velozmente a una densa y oscura capa de nube (puro vapor). Desasiéndola e impactando en el blanco elegido. Un Hermes que tarde lo pensó para desaparecer o al menos levantar el vuelo.
―Hermes, que "sorpresa". El chismoso mayor del Olimpo espiando mis asuntos en la tierra.
Apagando las llamas que amenazaban con consumir las pequeñas alas que poseía en sus sienes y tobillos, tosiendo por el hollín que se le colaba a sus fosas nasales, y muy desorbitado por el impacto; no tuvo tiempo para ver venir la comprimente mano de Ares que le atrapó su cuello.
―¿Qué rayos se te ha perdido a ti y al Olimpo entero en esta zona? ―le interroga entre dientes sin medir sus fuerzas―. ¿Ah?
―Siempre tan bruto y salvaje, Ares ―le dice entrecortadamente―. Suéltame…
―Te acabo preguntar algo, maldito plumífero. ¿Qué se les ha perdido por aquí?
―¿De cuándo acá tienes comprado cada lugar que pisas?
Ares respiró hondo. Y tocando una de las alas de la cabeza de Hermes, continúa:
―Siempre me he preguntado de dónde carajos sacaste estos injertos de pajarraco. Como también, siempre he sentido ganas de darle arranque y ver que tan veloz son tus chismes después de eso.
Hermes comenzó a sudar.
―Sólo cumplía con la vigilia que siempre me pide nuestro padre ―dice a medias.
―Así que una simple ronda de siempre. ―Tomando una creíble expresión, da una mirada al abierto cielo que tenía delante. Y retomando su típica enfurecida mirada, tira de una de las alas de la cabeza de su medio hermano y le grita―: ¡Acaba y escupe lo que realmente observabas!
―¡Sólo estamos extrañados! ―afloja de pronto Hermes. Incitándole Ares a continuar con otro amenazante tirón de la misma ala―. De que tu mortal peligre y no la hayas salvado aún.
Sin sorprenderse mucho de que fuese esa la razón, Ares presiente una más.
―Sí, muy extrañados. Y muy fascinados de que haya venido a parar donde está. ¿No? ―Al no recibir respuesta, lo arroja contra las nubes a las que atraviesa para recuperar el vuelo y elevarse entre éstas―. Piérdete ahora mismo de mi vista, Hermes. Y dile al Olimpo entero que pierden su tiempo esperando que Xena perezca en la tierra. ¡Porque me la he jurado hacerla una diosa! ―Y sin darle tiempo a su medio hermano de captar sus palabras, que le lanza otra esfera de fuego muchísimo más grande y flameante que la anterior. Recibiéndola en parte el pobre antes de acabar de desaparecerse por competo.
…
Muy apurada, en el Olimpo Artemisa ayudaba a Atenea con las últimas piezas de su característico atuendo. Con la diferencia que sus brazaletes acababan de ser rediseñados por la mano de Hefesto. También su espada. Recalentada en el candente fuego donde se le pronunció su filo y fortaleció el metal que la componía.
―Ya estás lista. Llevas tus armas y la bendición de nuestro padre.
Artemisa sólo se limitó a asentir.
En los jardines del Olimpo, Hefesto las esperaba a tiempo que espiaba a las tres Gracias en las cercanías de un claro estanque en donde se refrescaban. Todas sumamente hermosas, pero para él, ninguna más que a Aglaya, la menor de todas y la que hasta los tiempos de la Guerra de Troya mantuvo como su esposa.
―¿Tratando de volver al pasado?
Sacado de su viaje mental, Hefesto se giró de un golpe ante la autora de esa interrogante, Deméter.
―Ah, hasta que apareces tiita ―se le dirige ignorándole su interrogante―. ¿Muy ocupada con tus artes naturales? Debo de admitir que hiciste estupendo trabajo con la manipulación de las olas que arrastró a la guerrera, y el quiebre de la tierra que aún tiene dando vueltas a la tropa que venía socorrerle.
Como según se había quedado Poseidón, así también de quedó Deméter.
Justo ahí se reaparecen Artemisa y una muy enseriada de Atenea.
―¿Te nos unes? ―le pregunta la primera―. No nos vendría nada mal que volvieras a quebrar la tierra y la cerraras luego de dejar a Ares atrapado en ella.
―Si la lluvia que estuve llevando de este a oeste causó eso que cuentan, dejar saberles que no fue bajo mis intensiones. Porque es todo cuanto he hecho en el mundo de los mortales desde que nos vimos por última vez.
―¿Entonces tú tan poco…? ―se queda a medias Hefesto.
―La tierra a la que se me ha encargado nutrir y fertilizar no ha sido herida en estos días como para desatar mi ira. Y ya deben saber que es lo único que me impulsa a batallar. No soy una diosa afiliada a lo bélico, como ustedes. Si unos campos o bosques se incendian por culpa de Ares y su mortal, avísenme. Pero lo demás, eso se lo dejo al curso de los hados.
Y sin más que decir tras dejar claro que por el momento no intervendría en lo que respectase al problema que era Ares y Xena, siguió con su paso como quien acaba de llegar a su casa y sólo quiere descanso. Viéndola irse, se quedaron al menos Hefesto y Artemisa con una confusión en sus cabezas.
…
Abajo, en la tierra, habiendo sentido el llamado de su padre, Fobos se reaparece al lado de un Ares que continuaba en la permanente espera de ver caminar a su guerrera directo al calvario que le aguardaba.
―Caché a Hermes en los aires. Y no debe ser el único que ande metiendo sus narices en lo que no le importa. Algo me dice que Artemisa y Hefesto llevaban vagando por las regiones del bosque hace par de días. Quiero que vayas y me avises si les interceptas. No quiero que nada se interponga en la decisión que tome Xena. Ni ellos como perfectos metiches, ni la tropa que casi hundo en las entrañas de la tierra.
"Difícilmente" se imaginaba, que había estado también detrás de las olas.
Habiéndolo entendido más que todo, Fobos se marchó a cumplir con lo pedido en medio de su resplandor escarlata.
Sin apartar la mirada del muelle en donde ya se había acercado el barco romano, Ares ve en el horizonte la posible razón que explicara la demora del bien ya conocido Lucius ante sus ojos, de condenar a muerte a la Princesa Guerrera. Un nuevo barco romano se aproximaba.
«Nunca falta un gran público para cualquier acto en honor a Roma», se dijo Ares en sus adentros. Sin estar lejos de lo cierto en absoluto.
Transcurridos unos siguientes minutos, permaneció pacientemente en igual posición, cruzado de brazos. Completamente invisibles para todo mortal que mirase hacia la alta roca de arrecife en la que estaba posicionado, y sin embargo él, con toda nitidez que observaba esa región costera esa mañana. Como romanos iban y venían en el muelle donde varado estaba su barco. Como en la playa se valían de corceles y lugareños para cumplir con las órdenes encomendadas. Resaltando entre todas las labores el traslado de unos pesados troncos sobre los hombros de varios hombres hasta una alta loma. También el acarreo de otros tantos más pequeños sobre dos carretas tiradas por un caballo.
Levantando la mirada hacia el acantilado más arriba, Ares le dedicó una mirada a las inútiles muertes de todos los crucificados.
Unos cuernos sonaron. Quien no quiso ir por su cuenta, fue prácticamente empujado a punta de filo de espada a esa alta loma. Entre éstos, la mayoría de las mujeres, niños, y hombres de juicio. Muy diferente a los que se ajoraban por la primera fila. Timon, sus hombres de siempre, y aquellos que seguían creyendo en la palabra romana.
―Pronto se acabará todo esto ―le decía uno de estos tantos inconscientes a otro―. En cuanto muera, los romanos se sentirán satisfechos y nos dejarán en paz.
―Tienen que hacerlo, nosotros mismos se la entregamos.
Ya el lomar prácticamente poblado estaba. Lo único que restaba, era esa desgraciada alma que allí iba a ser desgraciada.
Muy incrédulo, sorprendido y extrañado de que su padre permitiese que su mortal sufriese lo que le esperaba, Fobos se entretenía pateando piedras bajo la arboleada del bosque. En una de esas, se percata de que no estaba sólo. Artemisa se le aparecía detrás de un tronco.
―Con que cierto es que están aquí ―le salió Fobos con bravía deteniéndose de repente―. Ahora mismo le diré a papá.
―No tan rápido, sobrinito ―le sorprende a su espalda la áspera voz de Hefesto. Quien por medio de una resplandeciente cadena semejante al bronce, le apresa por brazos y tronco―. Primero debes recibir un mensajito que te mandamos todos desde el Olimpo.
Lo único que pudo ver Fobos después de eso, fue a Artemisa apuntarle con una flecha muchísimo más resplandeciente que las otras.
A la altura de las copas de los más altos pinos del bosque, un centellante destello salió entre éstas. Llegando hasta las nubes donde se perdió de vista. Pero no antes de llegar a ser detectado por Ares. Que suponiendo lo que significaba, no tuvo inconvenientes en gastar unos meros minutos en averiguarle, y desde luego, deshacerse del problema que seguramente representaba.
Al trasladarse al bosque en meros intervalos de segundos, se topó con un tirado de Fobos cuya apariencia era la de todo aquél que acaba de sobrevivir a una gran explosión.
Sin explicarse qué tipo de poderoso ataque había sido lanzado sobre su hijo, una veloz flecha hacia su pecho que por él lo hace. O intenta junto con la autora que le envió, Artemisa. Revelándose ante Ares con su reciente postura de ofensiva. Algo airada al ver como éste pudo detener la flecha y descubría lo anormal de su dorada punta. Muy resplandeciente y ardiente al contacto.
En esos instantes de observación, se ve obligado a dar un alto salto hacia atrás en vista de una Artemisa que pasó a sonreír de lado y un celaje que sintió venir a su misma espalda. Aterrizando unos cuantos metros más atrás y ver a quien faltaba dentro de sus intuidos. Y no sólo eso, también como su martillo ―con lo que pretendió atacarle― ocasionó tremendo cráter en el suelo. Donde la tierra flameaba llamas en diversas partes como si se tratase del impacto de un mismo meteorito.
Posicionados uno al lado del otro, Artemisa y Hefesto le sonrieron a Ares como quienes se deleitan por la ira que provocan en otros.
―¿Curioso por el nuevo poder de nuestras armas, hermano?
―Medio hermano ―le corrige Ares a Artemisa.
―Una pequeña innovación surgida de las entrañas del Etna ―explica Hefesto―. Para que veas que no sólo tú te actualizas en la vida.
Las armas, Ares las veía aprobatorias. Pero hasta ahí. Nada como para sorprenderse o atemorizarse.
―No sabía que habías despertado tus antiguas fraguas ahí, Hefesto ―le dice―. Ni tan poco tratos con los famosos y hábiles Cíclopes y demás gigantes. Los que han de llevarse el verdadero crédito en esas armas. Porque, tú, Hefesto, hace tiempo que no haces otra cosa que cojear y llorar las infidelidades de Afrodita.
―¡Calla, infeliz! ¡Que ganas no me faltan para volarte esos dientes!
―Desde luego. Como si pudieras. En fin, par de idiotas. Sí lo que buscaban era agriarme con sus malditas presciencias, pueden largarse sonrientes porque lo lograron. No más no se tarden. Porque al que de pronto le han entrado ganas de romper dientes y caras enteras, es a mí.
―Eso suena perfecto ―opinó Artemisa materializando una lanza entre sus manos―. Porque nosotros también hemos venido con ganas de pelear.
Al verla prepararse para atacarle, Ares soltó un suspiro de paciencia mientras dejaba caer su cabeza de un lado. Optando de pronto una igual posición ofensiva para recibir a la media hermana que se le venía encima.
Entre tanto Ares se ocupaba en los interiores del bosque, en la playa el alboroto y el gentío reinaban camino a los muelles, pueblo y preparado lomar. Algunos horrorizados, otros deseosos de que se cumpliera la condena. Destino al que llamaban más de la mitad del pueblo y la total masa de romanos. Incrementados en su número por el último barco arribado. Muy ansiosos del sádico acto que a continuación se ejecutaría. Sobre todo, por tener conocimiento de en quien se llevaría acabo. En la nombrada y renombrada, legendaria Princesa Guerrera.
Portando prácticamente un pobre trapo pardo olivo como vestido, fue sacada a empujones y alones una Xena que parecía haber sido arrastrada por las olas del mar. Pues aquél ropaje atado con un cordón a la cintura, estaba tan desgastado y raído como todo atuendo de quien ha sobrevivido a un naufragio. O que había sido construido con los despojos de algún viejo mantel, desmerecida cortina o sábana. Como fuese, con el tono ―el verde siempre simbolizaba al plebeyo― y el estado, los romanos se encargaban de ridiculizarle como la desgraciada que era ante todos.
Atada fuertemente de sus muñecas a la espalda, y completamente descalza, fue prácticamente arrojada del barco romano. Rodando unas tres veces por la rampla que se unía al muelle y sufriendo por ende sus primeros golpes en el trayecto que le esperaba.
―Levántate, zorra griega ―le ordena un romano tirándole por sus cabellos y obligándole a posicionarse de pie. Ahí le atan una larga soga por su cuello como un mismo animal, y prácticamente pasan a arrastrarle si no lograba apurar el paso de sus pies. El otro extremo de la cuerda se encontraba atado a la silla de un caballo conducido por un romano más, que aunque no le echaba a carrera, le llevaba apurado el paso.
Por todo el muelle así fue conducida entre insultos y más empujones por parte de los romanos que le velaban. Algunos entre los cuales, se atrevieron a bañarle con el ron de sus tazones que tempranamente en ese día bebían.
―¡Eso es para que le sepas mejor a la muerte! ―le gritó uno de ellos.
Con parte de su cabello, rostro y vestido mismo escurriendo gotas de tan alcohólica bebida, continuó tratando de seguir el rápido paso del cuadrúpedo animal al frente suyo. Parpadeando fuertemente varias veces en un intento de quitarse el ardor que le había provocado el contacto del ron en sus ojos. Distrayéndose en ello por unos segundos en los que no vio unos tres escalones al terminar del muelle. Pisando mal el primero y yendo a parar de frente al arenoso terreno. Las risas y los abucheos no faltaron. Ahora aparte de ron, tenía adherida la arena que tanto detestaba. Y como si fuera poco, docenas y docenas de ojos de los pobladores de ese pueblo. Hombres y mujeres que hasta semanas atrás anduvo ayudando y defendiendo, y que ahora le veían marchar directo a su muerte sin mostrar el menor intento de querer salvarla. Todo lo contrario, comenzaban a lanzarle podridas verduras y sobrantes de pesca como indicativo del desprecio que habían terminado sintiéndole.
Creyendo haber despachado el problema que Artemisa y Hefesto representaban, Ares regresó a la costa tras haberle rebotado a ambos al mismo tiempo sus últimos poderosos ataques. Mandándolos ambos a varios metros contra troncos y gruesas ramas del bosque. Reapareciéndose esta vez en medio de la masa de gente que mostraba sus desprecios hacia su preciada guerrera. Completamente invisibles para ellos, pero no para una Xena que llegó a verle por unos segundos entre dos pescadores. Desapareciéndosele luego de que un romano cruzara ante su vista, y al salirse, ya no se hallara. Pero estaba segura de que seguía ahí.
En efecto, Ares continuaba cerca de ella. Viéndole como le reventaban tomates pasados de maduros, junto a tripas y cabezas de pescados.
―¿Qué tal te sabe ahora nuestra comida, guerrera?
Reconociendo la voz del dueño de tan burlona interrogante, Xena de inmediato se giró para ver sonreír a su espalda un Timon que le lanza todo un pescado a su cara. Quedándose riendo entre los suyos mientras que ella era obligada a seguir con su paso.
Sólo cuando pasó cerca de la entrada del pueblo es que pudo decirse que vio a ciertos rostros que se lamentaban por lo que vivía. Entre ellos, Perla en compañía de su madre. Obligadas a echar andada rumbo a la loma junto con otras tantas mujeres y más jóvenes.
―¡Todo el mundo a ver morir a la reina de los tracios! ―vociferó un romano ajorando a punta de lanza a los que todavía se negaban a abandonar el pueblo. Encerrándose en sus casas o acudiendo a la espesura del bosque como hicieron algunas pequeñas cifras que desaprobaban lo que sucedía. Entre estos, alguno de los jóvenes que ella misma había liberado y que sus padres se negaban a creer tal verdad.
―Sí, merece morir ―se sumó a los gritos uno de estos padres reacios a creer la verdad que le dijo su progenie―. Con tal de escapar, se atrevió a incendiar el barco en el que estaban todos nuestros hijos. De no ser porque los romanos le liberaron a tiempo y les cedieron sus botes, a estas horas estaríamos arrojando flores al mar para despedirnos de sus almas.
―Así es ―apoyó uno a su lado a todo lo alto―. Los que aún muestran lástima por esta guerrera, que sin importar cuán cierta pudieron haber sido sus intenciones para con nosotros, vean que siempre seguirá siendo una gran asesina. Y que después de poner en riesgo la vida de nuestros jóvenes, no merece ni la más mínima piedad de nuestra parte. ¡Qué la maten!
―¡Y qué jamás nos de cargos de conciencia el haberla entregado! ―añadió el primero.
―Nunca ha sido la bondadosa mujer que se nos presentó. Cuentan que el año pasado atacó aldeas en persona. Y que actualmente sus seguidores continúan haciéndolo por ella en todo territorio ―contó uno más entre tantos.
―Trató de defendernos del mal, pero no nos dijo que ella es el mismo mal encarnado.
―No podemos permitir que nuestros hijos crezcan bajo su influencia ―alzó la voz entre todos una madre.
―Mucho más con lo que se cuenta de ella ―se hizo escuchar entre la masa de presentes un supersticioso sujeto con nerviosa mirada―. Que a cuesta de vender su alma, logró regresar a la vida y revivir así el bélico y diabólico ser que fue en el pasado.
Muchos mostraron terror ante lo escuchado. En especial las mujeres ancianas del pueblo. Pero lo que respectaba a los romanos, ellos simplemente no estaban para semejantes cuentos. Golpeado uno la parte trasera del caballo para que llevase más rápido a la sentenciada. Como consecuencia, Xena cayó nuevamente al suelo ―ahora más sólido y pedregoso―, al no esperarse el repentino jalón de su cuello. Cayendo primeramente de rodillas y luego de pecho. Logrando al menos voltear su rostro para no terminar con el tabique de su nariz partido. Aprovechando que estaba en tan vulnerable posición, los pobladores volvieron a lanzarle más putrefactos alimentos.
―Sigue caminando, desgraciada ―le dice un romano tomándola por uno de sus antebrazos y poniéndola de pie de un solo alón―. Que ya falta poco para que te despidas de este mundo.
―¡No es más que una bruja! ―gritaban a coro pescadores y sus mujeres atrás luego de quedarse pensando en lo que había dictado el más supersticioso entre los suyos.
―¡Y morirá como tal!
El terreno empezó a elevarse a sus pies. Ya comenzaba a subir la alta loma en donde otra masa de espectadores le esperaba. El momento de su muerte ya estaba al dobles de la esquina. Y como si quisiera recordárselo, Ares que se le deja ver de nuevo.
―Ya sabes lo que tienes que hacer ―le transmite mentalmente―. Sólo pronuncia mi nombre, y te arrancaré de las asquerosas manos de toda esta miserable masa de mortales.
Xena le miró en medio de la agonía que apenas comenzaba. Y justo cuando Ares juraba que iba a pronunciar su nombre, ella que regresa la mirada hacia su frente y prosigue con su camino.
Si Ares realmente deseaba salvarla, por lo que iba entendiendo, la decisión de hacerlo le recaería totalmente sobre sus hombros.
En el bosque, Hefesto y Artemisa recuperaban la compostura como bien las fuerzas le daban. Con todo lo que les dolía, estaban seguros de haber dejado toda una recta de árboles caídos en buena parte del bosque.
―Ya lo teníamos ―protesta Hefesto.
El rechinar de un ave en los aires les hace subir la mirada. Reconociendo de quien realmente se trataba al ver tan majestuosa lechuza cara de luna en medio de su dorada aura.
―Es Atenea ―le nombra llena de júbilo Artemisa.
―A buen momento le da con llegar. Cuando ya Ares se nos escapa.
En efecto, sí era Atenea. Retomando su forma personificada en cuanto aterriza en una parte del acantilado. No sin antes haber sobrevolado bajo las nubes del lomar, y rechinar nuevamente como la lechuza con la que se presentaba. Inevitablemente, fue escuchada por Ares. Ganándose su completa e inmediata atención.
Como si no hubiese sido suficiente exhibición, de la nada misma, unos truenos y relámpagos que quiebran el cielo. Chocando consecutivamente contra el invisible campo que Ares aún mantenía activado sobre el pueblo.
Para la población y los romanos, todo no era más que un repentino cambio de clima.
―Apresurémonos. Amenaza con llover ―exhortó un romano entre los suyos.
Para Ares, aquello era más que un acto de la naturaleza. Aquello era un mensaje de su padre. Y de paso, una invitación a la lucha.
«Maldita familia la que me gasto ―se dijo en sus adentros―. ¿Qué no saben hacer otra cosa más que joderme la existencia?»
Miró a su preciada guerrera en medio de su desgracia. Aún le restaba demasiado para llegar al tope de la loma. Un buen cuarto de hora en el que le dejaría en claro a Atenea lo mismo que le dejó en claro a Hermes, Hefesto y Artemisa.
«Imagino que enloquecen por atravesar mis barreras. Que aunque poderosas son, no estoy para dármelas de confiado.»
Desapareció de la loma para reaparecer en la parte del acantilado donde le esperaba Atenea. Donde le saluda:
―Iban meses que no veía tus narices en mis asuntos, Atenea. ¿Estabas de vacaciones? ¿En algún muy pero muy lejano lugar? ―Como muchos en su lugar, Ares podía imaginarse lo obvio. Burlándose de su media hermana con tales interrogantes―. Dime, ¿qué cosa se te perdió aquí como para que me interrumpieras y vinieras a colocar la gota que colmó el cuenco de mi paciencia? ―Más que alterado, Ares fue preparando una de sus esferas de fuego. Desde su posición, Atenea continuaba tan inmóvil como muda. Y dado a que tiempo era lo que le escaseaba en esos momentos, como para darles larga a su encuentro, se apuró en ahuyentarla de allí lanzándole tan candente ataque. Suponiendo que su detestable media hermana daría muestras de locomoción para librarse del ataque. Y así fue. Pero no de la forma en la que él lo esperaba. Atenea nunca se movió de su lugar. A lo único que se limitó fue a levantar su espada y usar su hoja como un poderoso escudo que esparció el candente ataque. Y no sólo eso, sino que también lo disolvió al contacto. Algo que Ares nunca había dado por visto en la espada de su media hermana de la sabiduría y la guerra.
―La remodelación de armas es la nueva moda de estos días, por lo que veo ―dijo admitiendo un poco de impresión en el asunto. Regresando luego a su despreocupado temperamento de siempre por todo aquello que veía inferior a él―. Bueno, ya era tiempo de que se pusieran al día en medio de las nubes en las que viven. De todas formas, perfectamente saben que les seguiré superando en poder y fuerza.
―Nunca has sido invencible, Ares.
―Cierto es. Pero al menos poseo más sentido de permanencia que ustedes. ―Se cruza de brazos e inclina el peso de su cabeza hacia un lado―. Me encuentro algo ocupado, ¿sabes? Y tu presencia me es un completo estorbo que no puedo atender. Así que, o te desapareces en este mismo instante, o te verás arrastradas por las mismas greñas hacia el Tártaro.
―No sin antes ver lo que hoy acontece. Los hados en este día han destinado a la muerte a tu Princesa Guerrera ―comenta tomando una pose de ofensiva―. Sea por la mano de esos mortales, o con el apoyo de la nuestra, así lo veremos.
―Ya quisieran ustedes que así fuera. ―Ares le corresponde con igual posición―. Pero saben qué, se van a quedar con las ganas. ―Asegurado esto, se avienta contra ella. Espada divina contra espada divina. Centellando ambas hojas la típica descarga azulada en la de Ares, y la dorada en Atenea.
Completamente ignorantes de esta batalla de deidades, en la loma, el pueblo y los romanos veían a Xena completar la mitad de su trayecto a puras andas. Flaqueando cuando le tocaba cumplir con la otra mitad a causa del agotamiento acumulado en su cuerpo. Pero más que nada, por los golpes que iba recibiendo a cada paso. Cuando no le atacaban con alguna piedra directo a su pecho por un habitante, sentía un latigazo de un romano en su misma espalda. Que al juzgar por el estado de la raída y ensangrentada tela, más de diez ya debía de haber recibido.
Una vez más en su existencia, le tocaba vivir y pasar por los duros golpes que solía destinar la vida misma. Sufriendo un deprimente estado que le recordaba todos sus males vividos. Principalmente aquellos en los que la muerte le rondó muy cerca, y hasta se la llevó.
Desdichada y desgraciada al parecer seguía siendo. Y en ese día que vivía, se lo confirmaba una vez más. Siendo apedreada y azotada como una escoria. Con la sangre bajándole por un lado de su frente a causa del fuerte impacto de alguna roca. Más golpes por sus hombros y vientre mismo. Y los mencionados latigazos que ya debían de ir por el número quince. Amenazando con incrementarse si no se apuraba en llegar a la cima.
―No tenemos todo el día, mal nacida ―le insulta un romano tirándole por el cinto de su destruido vestuario de mera esclava―. ¡Avanza!
Como pudo, volvió a poner un pie delante del otro para retomar la andada. Muerta de sed y de cansancio. Tanto, que no estaba segura de no durar mucho en la agonía que le esperaba. Una que creía imaginar.
«¿Me atarán o me clavarán a la cruz? ―se preguntó en sus adentros suponiendo lo más obvio por esperarse. Una crucifixión.
Próxima a llegar a la cima, Ares ―que así lo veía― se dispuso a culminar con la estúpida riña que Atenea se había planeado depararle por ese día. Engañándola con una falsa ofensiva que ella se ocupa en detener, sin imaginar que la sorprendería velozmente con una patada en su abdomen. Enviándola de espaldas contra el suelo y pateándole también su dorada espada del alcance de la mano empuñadora. Dejándola desarmada y vencida a sus pies. Con el filo de su propia espada directo a su garganta.
―Si quisiera, ahora mismo te arrebataría lo poco de orgullo que te quedó tras el Ocaso de los Dioses. Pero para tu suerte, el tiempo que en estos momentos corre es de vital importancia para mí. No pudiendo darme el lujo de malgastarlo en una decadencia como tú. Lárgate ahora mismo, o te juro que volverás a ver las cadenas que te arrastrarán hacia el Tártaro.
Confiando que dado a su agotado aspecto, se marcharía, Ares le da la espalda para dejarle en medio de su derrota. Suponiendo que no sería tan estúpida para atacarle porque con ello no obtendría más que el resultado de su estupidez.
―No tan rápido, Ares.
Dándole el frente para ver qué pretendía esta vez, no ve venir la rápida estocada que Atenea le da en lo bajo de su pecho. Atreviéndose a clavarle más la hoja de su dorada espada después de eso. Con todo y perfecto odio en la mirada.
Saber que no era la primera vez que era atravesado por el arma divina de uno igual, de un dios como él. Con la de Atenea misma en medio de disputas que venían desde siglos atrás. Sufriendo la inevitable pérdida de energía que en agresiones con sus armas sólo ellos sabían provocar. Notándose en ese resplandor que tras una incisión se hacía brotar.
―Maldita hija del más maldito Zeus ―articula entre dientes. Sintiéndose arder por dentro con el contacto de la resplandeciente espada de Atenea en su cuerpo―. Te arrepentirás de esta estupidez por buenos siglos, estúpida. ―Jurado esto, coloca sus manos en la hoja de la clavada espada , y así le ardiese el contacto en sus palmas, la va retirando de su cuerpo aún cuando Atenea trataba de impedirlo. Ya libre del malestar que le atravesaba, miró a los ojos a Atenea como quien desea pagarle con la misma moneda. Nada más que ésta volvió a aventajarle en velocidad al aventarse contra él con todo el peso de su cuerpo.
De batallarse con sus espaldas, ahora lo hacían mano con mano. Rodando uno sobre el otro en el suelo en medio de un intercambio de inacabables golpes. Tanta era la obstinación en cada uno por agredirse, que no vieron que el suelo bajo sus espaldas se acaba y lo que le esperaba era el vacío directo hacia afiladas rocas entre las olas que descuartizarían a cualquier mortal.
Como dos fieras agarradas una de la otra, así se vieron en los aires sin dejar de girar uno sobre el otro. Recibiéndoles las mencionadas rocas, muchas semejantes a colmillos gigantes, en las que fueron separados y esparcidos cada cual a un lado bajo las aguas. Quien les observara desde la superficie, no pudo saber a ciencia cierta qué fue de ellos bajo las aguas. Lo que sí se podía narrar con certeza, es que más allá del pueblo se llegó a sentir un nuevo temblor en esos días. Uno que acabó con un gran derrumbe de buena parte del acantilado. Desprendiéndose roca tras roca que iban a parar una detrás de la otra en el fondo de las aguas. Acabando en una montaña sobresaliente a los pies de la zona del derrumbe.
―¡Por Gaia! ―se expresó un romano por varios a su alrededor.
―¡¿Qué diablos fue eso?! ―le siguió otro más al lado.
Hasta el caballo que prácticamente arrastraba a Xena, sufrió un sobresalto. Teniendo que echársele encima algunos tres para calmarle. Caída una vez más en el suelo, y habiendo sentido o no el temblor, Xena sólo daba muestras de dejar de existir allí mismo.
Un pequeño revuelo se había levantado, y aprovechándose de ello, una de las pocas almas que sí sentían piedad hacia Xena, que se le acerca con una vasija de agua. Al levantar la mirada, Xena ve a Perla. Bebiendo de inmediato de la fresca agua que le vertía en sus labios. Queriendo sonreírle luego en medio de su desgracia. Viniéndole tarde las palabras cuando un romano se percata del gesto y pone distancias entre ambas.
―Aléjate de la condenada, mocosa. A no ser que quieras acompañarla en su muerte ―le amenaza sacándola del camino.
Averiguado lo ocurrido, se retorna a la marcha.
―Fue sólo un derrumbe en el acantilado ―informa uno de los que pudieron presenciar parte del desprendimiento―. Continuemos.
Entre los pobladores, se aclaraba lo mismo. Todos echándole un vistazo al derrumbe en la distancia para comprobarle. Viendo como había sido interrumpida la hilera de crucificados al ceder el terreno en el que se clavaron sus cruces. Esparciéndose sus restos con todo y maderos entre las amontonadas rocas y olas mismas.
Todo se mostraba como un acto natural. Pero para algunos pobladores…
―¡Matarle ya! ―gritó una mujer adentrada en edad. Señalando a Xena con acusadora mirada―. Esto pudo haber sido obra de ella.
―Cierto es. Es una bruja ―le apoya otro hombre a su lado―. ¿Qué mujer puede tener a sus pies todo un ejército? ¡Ninguna! ¡Sólo una bruja puede!
Mientras un pequeño escándalo se levantaba entre los pobladores, los romanos más allegados a Xena cortaban la soga atada al caballo en vista de que el animal se negaba a proseguir.
―¿Ven? Ha hechizado al caballo para que detenga su marcha.
Tomando como puros disparates todo cuanto comenzaban a decir los pescadores, los romanos giraron sus ojos o bien terminaron riéndose.
―¿Oyes lo que dicen de ti, puta traciana? ―le pregunta a Xena un romano que tirándole de la cuerda a la que estaba atada la obliga a levantarse―. Si es cierto, ¿por qué no usas tu poder para salvarte?
Más risas aún salieron entre el grupo que le rodeaba.
―¡Soldados! ―les interrumpe el tiempo de ocio un romano con más autoridad en el borde de la cima―. El general los espera.
Y como si el destino no quisiera atrasar su tiempo en esa colina, Xena se ve obligada a caminar lo que le restaba de su calvario. La peor parte. Detrás le siguieron los pobladores que siempre se mantuvieron en la cola. Entre éstos, el supersticioso pescador.
―Debemos tener cuidado todos ―aconsejaba entre los suyos―. Dicen que esta mujer le tiene entregada su alma a un malvado dios que le da poder y le protege. Será mejor que dejemos su muerte en manos de los romanos o una gran desgracia podría caer sobre nosotros.
Algunos que le escucharon, se tomaron en serio sus palabras deteniéndose a su lado confundidos. En cambio otros, siguieron de largo riéndose del más supersticioso de todo el pueblo.
Sobre la cima, la masa de espectadores que se habían adelantado, alzaban sus cabezas para ver llegar al fin a la esperada sentenciada. Como en un principio dentro de los pobladores, muchos deseosos de ver la condena, otros lamentándose de que ocurriera.
Era todo un público a la redonda en aquella cima. Haciéndose a un lado los cercanos al trayecto por el que era conducida Xena. Que levantando la mirada entre tantas que tenía sobre ella, descubre cuál sería la forma en la que allí le matarían. Quedándose sin aire y abriendo los ojos ante lo que veía. Un alto poste de madera entre un elevado montículo de leña. La iban a quemar viva.
Sin salir de la negra sorpresa que le deparó el destino, fue arrojada fuertemente contra el suelo ante la vista de todos. El mismo escándalo con el que fue sacada del barco revivía en esa cima. Gritos e insultos brotaban nuevamente de las bocas de muchos. Ahí, sintiéndose como un acorralado concejo en una manada de lobos, subió la mirada hacia donde se encendería una hoguera con ella adentro sin poder creer todavía que así moriría. Como tan poco creía que hubiese podido llegar a la situación en la que se encontraba.
Bloqueándole la vista, el perfectamente reconocido de Lucius que se le posiciona a su frente. Mirándola a sus pies y regocijándose por así tenerla. Completamente destruida según veía. Apartando sus ojos sobre los fijos de ella para dirigirse al público que requirió para ese día.
―He aquí la reina de todos los rebeldes. ―Todo el mundo hizo silencio―. Vencida y próxima a morir junto con todos los ideales que en contra de Roma se atrevió a levantar. Porque quien ofende al imperio, se condena a sí mismo a muerte. ¡Porque Roma es y seguirá siendo… el gran imperio!
―¡Sí! ―aceptaban los mismos romanos.
―¡Larga vida para Roma! ―aclamaban otros a su nación.
―Y hoy ―prosigue Lucius volteándose para señalar a una Xena que había dejado a sus pies―, esta guerrera pagará con la peor de las muertes por su insensata osadía de desafiar a Roma. Para que así sirva de ejemplo a todo aquellos que pretendan seguir sus pasos.
Mientras Lucius iba, decía y venía, entre la multitud y bajo su capucha negra estaba Ares con sus oscurecidos ojos sobre una caída de rodillas de Xena. Contemplándola una vez más en medio de su desgracia mientras que a su alrededor no se escuchaban más que coros que apoyaban al que se las había dado de juez en ese día.
«Ya sabes lo que te espera, Xena ―se decía entre sus pensamientos―. ¿Qué pasa que aún no te escucho pronunciar mi nombre?»
No terminando de preguntarse a sí mismo, y su hijo Fobos que se reaparece a su lado.
―Hefesto y Artemisa pretenden… ―Al ver el estado de Xena, se le olvidan las palabras. Y cuando pasa la mirada al tronco entre la apilada leña, más aún. Traga profundo ante lo que era obvio. Recobrando nuevamente la voluntad del habla con tal de saber que tenía en mente su padre―. ¿Vas a permitir que la…?
Notando la seriedad que su padre tenía, no se atrevió a completar su interrogante. Tragando profundo una vez más. No le tenía el más mínimo aprecio a la mortal con la que se había obsesionado su padre, Xena. Pero como cualquier otro, no le gustaría para nada estar en su lugar como un humano igual.
Entre tanto, mientras los minutos a Xena se le iban restando, de la marea cercana al acantilado, una incandescencia dorada que se ve surgir desde las profundidades a la misma superficie. Brotando de las aguas tan rápida como una misma estrella fugaz para el ojo humano que le viera. Para Ares y Fobos que le sintieron venir, vieron al instante que se trataba de una poderosa lanza. Que sobrevuela las alturas para quedar clavada entre la barrera creada por Ares. Quebrándole el contorno como si de un cristal se tratase.
Posiblemente, entre los mortales allí presentes, si le vieron acercarse por los cielos, a lo sumo le captaron como un rápido destello. Pero luego de impactar contra el campo y emitir una sonora onda junto con un brillo igual a un relámpago y trueno juntos, ahí sí que fueron muchos los que le dedicaron una mirada a las alturas completamente extrañados. Desde su posición, la luminosidad de la lanza se confundía con la del sol cercano ya al medio día. Lo que comenzó a traer preocupación, fue todo un estruendoso y verdadero rayo que vino a caer sobre ese punto. Sobre la lanza de un perfecto y lustroso bronce que Ares distinguió. Si más ni más, esa soleada mañana de pronto pasa a ser acosada por grises nubes.
Entre la gente pueblerina, los malos augurios comenzaron a comentarse. Para Lucius y el resto de los romanos, a lo único que temían era a que lloviese y se arruinara el sádico espectáculo deparado. Para Ares, él simplemente no tuvo tiempo de maldecir nuevamente a su divina familia. Porque tras ese estruendoso y duradero relámpago enviado por quien estaba demás mencionar, el mismo Zeus, la barrera que tenía puesta sobre la zona se debilitó permitiendo la penetración de quienes quería mantener a raya.
Antes de que lo llegase a intuir, una resplandeciente y gruesa cadena que sale lanzada directo hacia él, enroscándosele en su mismo cuello, y tirándole hacia su punto de partida. Llevándose en el proceso a varios mortales que no supieron explicar qué fuerza invisible los iba haciendo a un lado tan violentamente. Ganándose todos en esa parte una buena reprenda de romanos que no quedaron conformes ante las explicaciones del desorden formado.
Retomado un aparente orden, Lucius prosiguió con lo que ya era todo un discurso de terror y muerte. Completamente ignorante como todos, de las divinidades que les rodeaban o se encontraban entre ellos. Como un Fobos que acabando de ver a su padre ser capturado, y la forma, no supo ni cómo reaccionar al respecto. Sí su padre, el dios de la guerra, no daba muestra de poder hacer algo al respecto, ¿qué podría hacer él como una entidad menor?
Arrojado contra una pared de roca que quiebra y desprende al contacto, Ares apenas tuvo tiempo también para ver quiénes le interrumpían en uno de los momentos más decisivos de su vida. Sin tener tiempo tan poco a que se levantara del todo, siente como es tirado nuevamente de la cadena que tenía enrollada en su cuello. Yendo a parar esta vez contra el fuerte martillazo de quien era de esperarse que dominara dicha cadena. El propio Hefesto. Dios del fuego, la metalurgia y la herrería. Quien lo llevó de vuelta al impactado muro de un terreno elevado con un segundo golpe del martillo en la misma cabeza. Algo mareado, desde luego, Ares logra ponerse de pie y se prepara para defenderse con una de sus candentes lanzadas pero entonces Artemisa le interrumpe atravesándole la palma de su mano con una de sus flechas. Oportunidad que aprovecha Hefesto para otorgarle un tercer golpe sobre uno de sus hombros. Que le manda de boca al suelo para sufrir un cuarto en su misma espalda.
Desde la loma, inmóvil y sin saber cómo proceder, Fobos dibujaba una mueca de dolor por cada golpe que recibía su padre en menos del minuto que acontecía. Y como si no fueran de por sí bastante fuertes, la cadena similar a un látigo que dominaba Hefestos, va y resplandece enviándole grandes descargas rojizas de electrizante poder que acaban de imposibilitar más de la cuenta a su padre.
«¿Qué hago? ―se preguntaba estúpidamente a sí mismo―. Si vencen a papá, yo que soy su progenie me iré linchado también. Pero si él es quien vence, y yo seguí aquí parado hablando conmigo mismo, de seguro que también saldré linchado, pero por su mano al no haberle ayudado.»
Sin pensarlo más, se reapareció en la zona de lucha. Una planicie entre el lomar y el alto acantilado que daba a la zona este del pueblo. Como era de esperarse, Ares había recobrado un poco de ventaja al rodar por el suelo antes de que Hefesto le arrematara con su martillo. Poniéndose de pie y tirando de la cadena con la que el dios de la metalurgia le apresaba. Atrayéndole de un solo tirón hacia su frente y arremetiéndole con unos buenos puñetazos que le hicieron retroceder de nuevo. Entonces, viendo Artemisa como la cabeza de Hefesto se movía de lado a lado por las agresiones de Ares, prepara su arco para intervenir con otras de sus flechas. Momento justo en el que Fobos la sorprende por su espalda al arrojársele encima y rápido imposibilitarla por las manos.
―¡La tengo! ―gritó jubiloso para que su padre le escuchara. Pero si lo hizo o no, Ares estaba demasiado ocupado con Hefesto como para brindarle aunque fuese una mirada.
―Muévete de encima, estúpido ―exigía Artemisa removiéndose bajo el peso de Fobos.
―Ah, estúpido y todo lo que quieras, pero te atrapé. ¿Cómo te sientes al respecto, olímpica orgullosa?
―Arggg… ¡Maldito engendro de tu padre! ¡Muévete!
Pasando a las aguas de donde había salido la veloz lanza, otra incandescente y dorada luz que se ve venir del mismo punto. Quien le había lanzado desde las profundidades sale y se eleva a los cielos como su misma arma. Envuelta en toda una aura dorada con la que se dirige justamente a donde se realizaba la lucha entre dioses. Donde Ares se había logrado zafar de la cadena con la que lo limitaba Hefesto y habiéndole mandado a volar su pesado martillo, ahora le hacía ver lo que era la ira de sus puños y patadas. Viéndolo todo desde las alturas, quien se aproximaba con dorada aura aterriza sobre los hombros de Ares. Estampándole contra el suelo donde se deshace de su brillo y se revela como la esperada de Atenea.
―Te dije que no eres invencible ―le dice a éste apegada a su nuca―. Ni tú, ni nada que provenga de ti―. Señalado esto, le arroja una descarga de poder a un Fobos que no acabando de identificarla como Atenea en la nube de polvo que se levantó, ve venir directo hacia él un poderoso ataque que lo aparta del cuerpo de Artemisa y le saca fuera del cuadro de batalla. Mandándole al mismo mar abierto de donde ella había salido.
Recuperando sus armas, Hefesto y Artemisa se plantan sonrientes ante lo que veían sus ojos. Un Ares al borde de la inconsciencia y dominado por Atenea. Que al sentir que trataba de incorporarse, le "ayuda" en la tarea tirándole de los cabellos para colocarle de rodillas. (Curiosamente, igual posición que Xena en esos momentos.) Y sin más ni más, le clava la hoja de su espada por la misma alta espalda. Saliéndole ésta por el mismo centro del pecho en donde se situaba el corazón. Emitiendo todo un alarido de dolor que sería lo último que transmitiría un mortal en su lugar. Pero él, poseedor de una naturaleza inmortal, no continuó conservando la vida para sentir el quebranto de sus últimas fuerzas en ese día.
Habiéndole extraído la devastadora espada, Atenea se movió de su lado y con un indicativo hacia Artemisa y Hefesto, éstos rápidamente se hicieron de un agotado de Ares. Arrebatándole su poderosa espada y tomándolo por sus antebrazos en no que Atenea le otorgaba lo siguiente que le tenía deparado.
Levantando y cruzando sus brazos al cielo, con las abiertas palmas de sus manos hacia su rostro, y lo decorativa parte superior de sus brazaletes hacia las alturas, pronuncia lo siguiente:
―Hijos de Estigia y titanes de las fuerzas, invoco la grata ayuda que en mi amarga estadía prometieron darme. Basto será que sólo usen uno de sus fuertes brazos, para mantener apresado a quien ha sido motivo de ofensa en el gran Olimpo.
Sin tener que añadir una sola cosa más, dos rojas gemas incrustadas en sus dorados brazaletes que se enciende en una poderosa luz que resplandece hasta el alto cielo. Donde un remolino entre las nubes grises se forma. Centelleando un rojizo resplandor al igual que las gemas. La visión era de un infierno que se había abierto en el mismo cielo. Donde las nubes adquirieron también unos matices rojos y naranjas. Para finalmente salir de entre éstas a dos serpentinas corrientes de energía que al ir descendiendo, fueron tomando la forma aparente de dos mismos brazos.
Mostrando un evidente temor ante lo que veía, Artemisa y Hefesto se hicieron a un lado en cuanto descritas formas se fueron acercando hacia ellos. Dejándole al alcance de sus ansiosas manos, a un Ares que poco le valió resistirse cuando ya se vio tomado entre sus garras. Fuertemente sujetado y tirado por sus brazos por esas serpentinas formas que acabaron transformándose en unas gruesas cadenas que con unos grilletes se cerraron alrededor de sus muñecas.
Despertando del letargo en el que se vio envuelto, y comprendiendo perfectamente en lo que había caído…
―¡Por un demonio! ¡¿No tienen nada más importante que hacer que joderme la existencia?! ¡Libérenme ahora mismo antes de que consiga hacerlo yo y los deje colgando a todos de cabeza en el mismo centro del Tártaro!
―Maldice y amenaza todo lo que quieras, hermano ―le dice Atenea―. Como también intenta escapar si puedes. Más que estar encadenado, estás apresado por las propias personificaciones de la fuerza del universo. El titán Cratos y la titánide Bía ―explica señalando primero a la cadena izquierda y luego a la derecha.
Con un resplandor como el que emite el bronce o el mismo oro, esas cadenas que le ataban demostraban su poder en cuanto Ares las fuerza o tira de ellas para liberarse. Obteniendo unas inmediatas descargas de rojizo poder que lo obligaban a encorvarse rendido y agotado.
Muy satisfecho por el resultado obtenido en menos de un minuto, Artemisa y Hefesto mostraban su total regocijo en sus caras.
―Tarde, pero segura ―le transmite Artemisa a Atenea―. Esto te ha quedado de relato. Y tú ―cambia a Ares―, debiste de usar primero esa con la que pretendiste meses atrás atraparla a ella ―indica a Atenea―. Una cadena muy semejante a las que se usan para mantener aprisionados a los titanes en Tártaro. ¿Se puede saber a qué guardián de las profundidades sobornaste para obtenerla? ¿O acaso te la robaste y como siempre Hades te encubre?
Ignorando el parloteo que eran todas y cada una de las palabras de su media hermana de la caza y el terreno virgen, Ares vuelve a forzar las cadenas para liberarse. No logrando otra cosa que una nueva descarga mucho más fuerte sobre su cuerpo. Al grado de que las cadenas se pusieran al rojo vivo por el exceso calorífico expedido.
―Sigue así y termina por entregar las escasas fuerzas que te quedan, Ares ―le dice Atenea.
―¿Quiénes están en decadencia ahora, hermano? ―se burla Hefesto.
―¿Dónde ha quedado tu asombroso poder? ―le copia Artemisa.
Esa era una interrogante que precisamente él también se preguntaba.
―¿Te sientes débil? ―le atormentaba ahora Atenea―. No es para menos. Con esas descargas y el veneno que impregné en la hoja de mi espada ―confesado esto, que se la muestra ante su mirada― milagro es el que aún sigas consciente.
Escuchado ese dato del veneno, Ares cayó en la seguida cuenta del malestar sentido tras la primera batalla con ella. Aceptando que tan ingeniosa bajeza le había caído como total sorpresa. Preguntándose internamente de cuál veneno podía tratarse.
―Pero que bueno que lo sigas estando ―prosigue Atenea acercándose a su pecho en donde le posiciona un dedo y luego se lo sube por todo su cuello hasta el mentón. Al que gira hacia la izquierda para desviarle toda su mirada hacia la distanciada loma―. Lúcido y bien alerta para ver morir a tu amada mortal sin poder hacer nada al respecto. Verla arder y gritar entre las llamas sin poder interferir en su atroz destino.
Todo el tiempo lo estuvieron acosando sólo para capturarlo. Ninguno quería entrometerse en un suceso que claramente les convenía. Y él siguió su juego hasta caer en la trampa.
―¡No! ―gritó negándose a que las palabras de Atenea fueran un hecho―. ¡No, maldita sea! ¡No permitiré que se les cumpla ese deseo! ―seguía tirando de las cadenas que le respondían con más descargas.
―Sí querías realmente salvarla, debiste de haber actuado desde un principio. Pero por cual sea la razón por la que te demoraste, vela aquí con sus fatales consecuencias, Ares.
―¡Cierra esa maldita boca, Atenea! ¡Y libérame antes que los ahorque a todos con estas misma cade…!
Otra descarga más.
Atenea no se equivocaba en que tiempo demás tuvo para rescatarla. Desde mucho antes que enfilara hacia una devastadora muerte. Como la que en esa loma le tenían destinada. Donde la masa de mortales que de público servía, poco conscientes estaban de la desatada batalla de dioses que se anduvo dando en la colindante planicie. Donde tanto las divinidades como sus armas les eran completamente invisibles. No pudiéndose decir lo mismo del extraño cúmulo de nubes que se conglomeró al este. Todo un portal del que no tenían la más mínima idea. Enfocándose nada más que en las rojizas y extrañas nubes que para muchos no pasaron desapercibidas. Llenándose de inquietudes y miedos aquellos que sospechaban que alguna relación había de tener con la que pronto iba a ser quemada viva.
Mientras Ares era apresado por sus medios hermanos, Xena había tenido que soportar más y más desprecios de todos los que ansiaban verla arder en la hoguera. Un completo tormento donde romanos se la pasaron de mano en mano repartiéndole golpes y empujones contra el suelo en medio de un jolgorio de risas y burlas. Le tiraron de sus largos cabellos y de vez en cuando se colaban piedras y más putrefactos restos de pescas que le arrojaban hombres y mujeres del pueblo.
―¿Dónde está la famosa Princesa Guerrera? ―preguntaba abiertamente Lucius bien complacido por lo que veía―. ¡La respetada y futura reina que muchos aclaman! ¡La hasta disque diosa y mano derecha de Marte! ¿Por qué no se libra de nuestras manos si en verdad es tan poderosa? ―Tirada en el suelo, con su sudado y ensangrentado cabello cubriéndole todo un lado de la cara, Xena le mantuvo la más rencorosas de las miradas―. Claro, porque jamás ha sido nada de lo que cuentan. Ni una leyenda del pasado, ni una renacida para la guerra. Lo que tenemos aquí presente, no es más que una estúpida rebelde con aires de conquista. Una causa perdida entre las tantas y tantas que han pretendido vencer al gran Imperio Romano.
―¡Quemémosla ya! ―pedía un romano.
―¡Que arda en la hoguera! ―bramaba otro.
―Se lo merece por todas las bajas que le causó a Roma en los últimos meses ―plantaba venganza uno más.
Correspondiéndole esa mirada de completo rencor, Lucius que se pasa una mano en la gran cicatriz que por siempre tendría a causa de ella.
―Una manera de cobrarme con creces lo que me hiciste a mí y a mi barco ―le dice desde meros pies de distancia―. Quemándote viva. ―Sin tener fuerzas ni para hablar, Xena sólo pudo concentrarse en seguir enviándole la más odiosas de sus miradas―. Encadénenla al poste ―pasa a ordenarle Lucius a los suyos rompiendo el odioso contacto visual.
El momento esperado al fin llegaba. Siguiendo el mandato de su general, dos romanos tomaron por los brazos a Xena para obligarle a caminar hacia su horrorosa muerte. Algo para lo que ella, y cualquiera en su lugar, jamás estaría preparado para aceptar. Poniendo la resistencia esperada que tendría todo con su fuerza y carácter. Esos minutos en los que la habían dejado tirada en el suelo, le sirvieron para recuperar el aliento que ya había dado casi por desaparecido. Cierto era que continuaba con sus manos atadas a la espalda. Pero sus poderosas piernas estaban libres. Girándose hacia el que la tenía tomada por su brazo izquierdo para propinarle una buena patada en la espinilla. Librándose de su agarre para así poder desenvolverse mejor con el que tenía a la derecha. Aventándole una bastante certera en su entrepierna.
Quién sabe si de haber tenido sus manos libres hubiese podido escapar. Lo que era seguro, es que la ventaja para lograrlo habría sido más alta. Pero allí, atada de manos y rodeada por romanos armados, poco le duró su valiente y osado levantamiento.
Dos o tres romanos más vinieron a intentar inmovilizarle. Tirándose al piso para evitar que uno se arrojase encima. Sobrevolándole el desgraciado y yendo a tener sobre el duro terreno. En cuanto se levanta, uno siguiente la sorprende por la espalda tomándole por sus antebrazos. Para que así otro que se acercara la tuviese inmóvil para poder golpearla. Pobre desgraciado que no se imaginó que ésta podría llegar a patearle en su misma mandíbula y mandarle de espaldas al suelo con una muy probable dentadura afectada. Lo mismo que quien la sujetaba de espaldas. Poco esperaría que la mujer que apresaba iba a levantar una de sus piernas tan recta y rápida hacia su misma cara.
Gran sentido de permanencia el que tenía. Fuerte y habilosa hasta cuando no tenía sentido serlo. Porque para su lamento, fue atrapada como bien se veía venir. Unos cuatro romanos se le echaron encima imposibilitándola Dos tirándole de sus antebrazos como los primero, otro de sus cabellos y el restante de la cuerda que todavía tenía atada a su cuello. Arrastrándola hacia el montículo de leña que le obligaron a trepar.
Fue precisamente durante esta escena de arrastre en la que Ares le volvió a ver, allí, en medio de su encadenamiento en la abierta planicie. Enloqueciendo terriblemente por no poder rescatarle. Forzando nuevamente las cadenas para no ver venir otra cosa que su dolorosa descarga.
―¡Xena!
―Creo que no puede oírte, Ares ―le mortificaba Atenea―. La distancia es algo extensa para su oído mortal. Y el barrunto que tiene a su alrededor menos probabilidades proveen.
―Maldita seas una y mil veces, Atenea. Maldita seas entre todo lo existente.
―Eso es. Sufre sin medida. Sufre sabiendo que nada puedes hacer.
―Si sabes lo que te conviene, libérame y no te irá peor a como realmente te iría si a Xena le pasa algo.
―Todo sería por tu culpa, ¿no crees? ―interviene Artemisa cortando el contacto visual que tenía sobre la loma―. Como se dijo, sí realmente la querías salvar, debiste haber actuado antes. No ahora que camina directo hacia un infierno en vida.
Sin poder, o tal vez no querer, contradecir a Artemisa, Ares regresa su desesperada mirada hacia una Xena que ya estaba siendo encadenada al alto poste. Pudiendo verla como si la tuviese de frente gracias a su poderosa visión de dios. Notando cada detalle de su tormento. La sangre que le corría por su rostro y demás cuerpo. El brilloso sudor de toda su piel. El trapo que llevaba por ropa. Y más que nada, el claro terror que brotaba de sus ojos al ser quemada viva dentro de poco. Un terror que el también compartía al saber que tendría que verla morir así sin poder hacer nada. Gran oleada de arrepentimientos que le golpearon su mente.
«La maldita elfa de Artemisa tiene razón ―aceptó lleno de ira consigo mismo―. ¿Qué rayos fue lo que hice?»
―Y sabes que va ser lo peor de todo ―le trae de vuelta Atenea como si supiese en lo que pensaba―. La pobre va a morirá creyendo que la abandonaste. Porque aunque grite tu nombre con todas sus fuerzas, tú continuarás encadenado aquí viéndola arder.
Con todo el descaro del que podían darse el lujo en esos momentos, los tres se echan a reír.
Completamente aterrado ante lo que significaba aquello, Ares traga tan hondo que se le pudo notar una misma fosa en el medio de su cuello. Si antes se sentía el más maldito por haber permitido que Xena caminara directo hacia la muerte, ahora con lo dicho por Atenea, no sabía ni qué pensar de sí mismo. Nada más que, desde luego, nada bueno sería.
Ya encadenada, Xena vio desde el alto montículo de leña en el que fue trepada, a toda la apilada multitud que gritaba que le quemasen. Sí, a muchos los había ayudado en sus hogares. Y mirar cómo se la pagaban. Queriendo que ardiera viva.
―Permíteme quitarte la soga del cuello, querida ―le dice un Lucius que había trepado hasta ella―. No quiero que tengas ningún problema con los seguros gritos que vas a lanzar hasta los cielos. ¿O sí? ―Corta la soga que le daba la vuelta a su cuello con una pequeña cuchilla. Y volviendo a lo de la noche anterior, que le da con paseársela por el cuello y centro del pecho―. Que completo desperdicio. Entregar este cuerpo a las abrazadoras llamas. No creas, por siempre tendré algún pequeño cargo de conciencia por haberlo hecho. ―Xena le transmite ahora la más repugnante de las miradas―. A no ser, claro, que quieras librarme de ese peso en mi mente. ¿Qué dices? Aún la hoguera no ha sido encendida. Y jamás lo será si me suplicas que te perdone. No suelo darle segundas oportunidades a nadie. Pero tú… Bastará que me supliques con esos labios para desencadenarte ahora mismo. Para que así seas completamente mía, y no de las llamas que prenderán en esta hoguera. ¿Qué me respondes?
Se le quedó mirando, como se le quedaría mirando a todo aquel que le propusiera semejante cosa. Y antes de que pareciera que demorara en alguna respuesta, la da. Clara y directa como la saliva que le escupe en su misma cara. Tal cual fue su respuesta. Limpiándose y sin creer que prefiriera la muerte, Lucius le sonríe de lado y le dice:
―Como tú quieras, perla mía. ―Se gira, y baja por la amontonada leña ordenando―: ¡Enciéndanla!
Desde la distancia, perfectamente escucha Ares el mandato del general romano. Sintiendo una terrible presión en su pecho ante lo que eso significaba.
Unas cinco o seis antorchas fueron prendidas y lanzadas por romanos con un claro sádico gozo en sus miradas. La leña alrededor de Xena no tardó en prenderse y con las primeras llamas, el asfixiante humo que comienza a levantarse.
―¡Que arda! ¡Que arda! ¡Que arda! ―repetían a coro la mayoría de los romanos que intentaron capturarle en el incendiado barco.
―¡Que muera como la bruja que es! ―gritó un pescador por todos que seguían en el mismo plan.
―Que padezca el sufrimiento que casi le destina a muchos de nuestros jóvenes ―repetía la misma injusta acusación otro.
En la planicie, muy diferente al deseo que en la loma reinaba, Ares gritaba en contra de lo que vivía. Tirando cada vez más seguido de unas cadenas que jamás se cansarían de responderle con lo mismo. Una fuerte descarga.
―¡No! ¡Xena! ¡Xena!
―Nada puedes hacer, Ares. Sólo verla morir ―le seguía mortificando una jactanciosa de Atenea a su lado―. Los hados así lo han querido y así debes tú de aceptarlo.
―¡Xena!
―No te preocupes, hermano. Dentro de un siglo o dos te olvidarás de ella ―disque le consuela Hefesto―. Mujeres es lo que sobra en este mundo.
―¡Libérenme, maldita sea! ¡Libérenme!
―Aish ―se queja Artemisa cubriéndose sus oídos―. Ni que fuese la primera vez que se muere la muy desgraciada. Ya debe de estar acostumbrada a la muerte. ¿Por qué te preocupa tanto? ―le inquiere neciamente.
―¡Cállense los tres! Les juro que ésta me la van a pagar. ¡Me la van a pagar! ¡Xenaaaaaaaa!
Encadenada al alto tronco, la nombrada de Xena daba sus primeras muestras de asfixie. Con par de tosidas y unos enrojecidos ojos a causa del intenso humo que se levantaba. En su aterrado ser no existía cabida alguna para la calma. Removiéndose entre las apretadas cadenas como una oruga en el interior de su crisálida. Logrando apenas alzarse de puntillas para alejarse del contacto de las peligrosas llamas que ya trepaban hasta sus pies.
―¡Miren a la supuesta diosa de la guerra morir entre las llamas! ―escuchó desde alguna parte a Lucius―. ¿Dónde esta toda la gloria y poder con la que se atrevió a desafiar a Roma?
Con tanto humo, ya casi no veía a su alrededor. Sólo rostros pasajeros de quienes querían verla hecha cenizas. Como Timon, por ejemplo. Quien le dedicaba la más satisfactoria de las miradas en esos momentos.
Quienes no querían verle perecer, también le miraban. O al menos en un principio. Porque cuando las llamas pasaron a colonizar la leña bajo sus pies, la expresión y grito de dolor era algo que no estaban para soportar.
―¡Que injusticia es las que comenten! ―gritó una mujer entre jóvenes que le apoyaban. Los mismos que había liberado Xena.
―Esa mujer no merece morir de esa forma. ―defendía un poblador por otro lado.
―¡Cierto es! ―afirmó con toda la fuerza de su voz Perla―. Esa mujer me salvó la vida dos veces. ¡No merece ni esa muerte ni ninguna otra!
Todo un conjunto de palabras llenas de justicia pero de poca importancia para todos los que de un correcto juicio allí carecían. Acabando aplastadas antes de que llegasen a levantarse.
―Cierren la boca todos ustedes, metiches ―les calló un romano en compañía de otros que les obligaron a retroceder a punta de lanzas y espadas―. Cállense ahora mismo a no ser que quieran hacerle compañía a la sentenciada en medio de su infierno.
Empujada por uno de sus hombros por un romano, Perla perdió el equilibrio yéndose de espaldas al suelo donde fue golpeada por el salvaje andar de mismos pobladores que querían colarse hacia la fila primera. Ahí le socorre su madre y juntas se van más atrás a sollozar una abrazada de la otra la suerte de la condenada guerrera.
En la hoguera, esa condenada guerrera que era Xena, estaba ya al punto del asfixie. Entrando en un grave y esperado mareo para todos los que no han aspirado otra cosa más que humo. Oh, muy conveniente hubiese sido perder el conocimiento allí mismo. Pero el terrible dolor que provocaba el contacto con el ardiente fuego, traída de vuelta al plano de los despiertos a cualquiera. Volviéndole la total y completa alerta a Xena en cuanto sintió sobre sus pies los salpicones de las chispas que brotaban de la leña ardiente. Parándose más de puntilla de lo que ya estaba al comenzar a sentir también la madera calentarse bajo sus pies.
La desesperación y el miedo terminaron por invadirle. Era cuestión de segundos para empezar a sentir el dolor de los dolores. El terrible ardor que el fuego provocaba. Listo y acechante para trepar por sus pies en cualquier momento. Enviando primeramente una pequeña llamita que trepó al leño en donde estaba posicionada. Creciendo a medida que iba ganando terreno hacia los pies de una Xena que más que estar bañada en sudor, lo estaba también de terror. Mostrándose en su enrojecido y contraído rostro ante lo que pronto su cuerpo empezaría a devorarle.
La inevitable y primera llama a sus pies ya había llegado. Trepándose por la carne que aflojó la incontenible oscura sangre al contacto. Y con ello también, el primer grito de dolor de Xena.
―¡Ahahahahahahahah!
No conforme con colonizar sus pies, ahora las llamas le daban con trepar por su vestido.
―¡Oh, maldita agonía! ―gritó aún más alto con aguados ojos ante el ardor que se pasaba a sentir en sus piernas―. ¡Maldita mi vida!
Sus gritos eran todo un canto para los que disfrutaban de su dolor. En cambio, para los pocos que no, sus manos no le eran suficientes al momento de querer cubrirse. Como la solloza de Perla entre los brazos de su madre.
Un verdadero infierno en vida. Eso o más era lo que estaba viviendo en esos momentos. Sometida a tan insoportable dolor que sólo acababa en la muerte. Y que eterna se veía poder entregarse a ella en esos momentos. A la muerte. Cada segundo era un completo martirio cuando algo como las llamas devoran la carne. Provocándole más agónicos gritos que se alzaban tan altos como el mismo humo que le rodeaba.
En la antesala del Olimpo, muy atentos ante lo que veían en el lustre suelo de mármol transformado en un gran miradero, olímpicos como Dioniso y Poseidón creían ver ya el fin de la Princesa Guerrera. Deméter se veía igual de atenta aunque no con un gozo en la mirada. Si algo tenía en claro es que no tenía ninguna que cobrarle a la Princesa Guerrera. Lo único que entendía era que había que ponerle un alto al dios que la amaba, a Ares. Y arrebatándole la pieza angular de sus planes en la tierra era la mejor forma de proteger al mundo mismo. Parecida visión que compartía un serio de Apolo en su asiento. Sabía que su medio hermano se encontraba en total descontrol, pero a diferencia de su melliza Artemisa, el odio y la venganza hacia él y Xena como pareja no era algo que le corría por las venas. Ni qué decir de Hera. Quien una vez permitió la salvación de la que ardía en las llamas en esos momentos. Sin embargo, ahora nada que hacía para salvarle. Pero cualquiera que fuese la razón para no interferir y limitarse a una mera expectante por esta vez, no podía evitar sentir alguna inexplicable lástima por su hijo y amor en esos momentos. Nada más que su indiferente y agriada actitud le dificultaban percatarse de ello. Una amargura que se la debía a su soberano e infiel esposo Zeus. Atento igual que todos en su colosal asiento, pero jamás dando por seguro algo hasta que lo viera con sus propios ojos. Sólo cuando viera echa cenizas a la Princesa Guerrera, es que creería realmente que muerta estaría.
Ah, con qué gran diferencia lo veía todo el propio Ares. Que sin dejar de gritar el nombre de Xena y maldecir a los suyos por lo que le hicieron, proseguía en sus fallidos intentos de liberarse de su encadenamiento.
―Con todas las descargas que recibes, y lo que presencias, seguro quedas mal de la cabeza ―le transmite Hefesto en medio de los agónicos gritos que escuchaba de Xena.
Entre tanto desespero por no querer verla morir, podría decirse que Ares compartía una igual o peor expresión que la que mantenía Xena en medio de su calvario. Enrojecido y también sudado como un mortal estaba. Con todas las venas de su cuerpo brotadas por la fuerza que cada vez ejercía cuando tiraba de las poderosas cadenas. Comprimiendo su mandíbula cuando su cuerpo pagaba su rebeldía con otra descarga. Cerrando sus abiertos y bien brotados ojos por obra del intenso dolor que a su ser venía.
Nada diferente, o incluso peor, se veía Xena en el poste al que estaba encadenada. Moviendo su cabeza de lado a lado y tirándola hacia atrás entre gritos y alaridos de dolor cada vez más fuertes. Las incontenibles lágrimas le bajaban ya por sus mejillas, y al verlas Ares, a él también se le aflojaron las suyas.
―¡Xenaaaaaaaaa!
Sin poder escuchar y saber que su dios sufría por ella, Xena se sentía completamente hundida en la más grande perdición. Fue ahí, en medio de su total agonía, que a su mente le llegan varias verdades respecto a la vida. O eso entendía ella. Viéndose a sí misma como una completa miserable.
Ni pensar que el sufrimiento que vivía a apenas iba por medio camino. El fuego que comenzó a trepar por sus piernas hacía menos de medio minuto atrás sólo era una prueba de lo que sentiría cuando todo su cuerpo estuviese incendiado. Incendiado y consumiéndose hasta que no pudiese sostenerse vivo y se entregara a la muerte. Misma que pese a lo cercana y acechante que estaba, al mismo tiempo parecía tan distante y lejana. Como los mismos segundos que ahí pasaban y que sólo la agonía en una completa eternidad les transformaba.
Para cuando las llamas tocaron la parte lateral de sus muslos, más que gritos lo que Xena profería era todo un llanto entre incoherencia que liberaba al aire. Su agonía a medio camino la estaba llevando de paso a la locura.
―¡Ah, ya basta! ¡Basta! ―gritaba entre ruidoso llanto―. ¡Ya no puedo más!
Escuchándola, Ares acaba de enloquecerse más de la cuenta. Maldiciéndose una y mil veces más por lo que sucedía. Sintiéndose el principal culpable del sufrir de su adorada princesa de la guerra.
―¡Maldito sea el mundo entero si te mueres, Xena! ¡Maldito sea por siempre si te pierdo! ¡Xenaaaaaa!
Con más que lágrimas corriéndole por su rostro y bajándole por todo su cuello, Xena ya no daba un tono fijo a sus gritos y llantos.
― ¡Ah, qué dolor! Me arde. ―pronunciaba entre gemidos―. Ya no más. Por favor, ya no más. ¡Ya no más! ―El llanto que volvía a dominarle―. Ya sé, ya sentí, ya aprendí ―continuaba diciendo en una aparente incoherencia―. Ven. Por favor, si estás ahí, ven ―llamaba con sus ojos cerrados sin tener ya fuerzas para girar su cabeza y mucho menos para removerse entre las cadenas.
Ares, que podía seguir escuchándole con toda claridad, sabía perfectamente que era a él a quien se refería. Deseando poder entrar en su aturdida mente y decirle que ahí estaba. Queriendo salvarla Y que…
«De verdad nunca necesitaba que me llamaras para querer salvarte, Xena ―juraba en sus adentros tirando una incontable vez más de las cadenas para terminar cediendo ante su descarga―. Nunca podría haberte dejado morir así sin hacer nada. Nunca»
―Ah, me muero. Sí, me quiero morir ―gemía la sufrida de Xena―. Pero la muerte no llega rápido. ¡Maldita mi pena. ¡Maldita mi vida! ¡Ah! Ven… Te lo suplico, ven. Tenías razón, ya lo sé. Ya aprendí. ―Tirando su cabeza nuevamente hacia atrás, profiere un alto grito más hacia el cielo. Abriendo sus ojos para volver a dirigírsele―. Te lo juro que ya no puedo más ―aseguraba con un contraído rostro de dolor―. Ven, sálvame. ¡Sálvame, Ares!
Al escuchar que pronunciaba su nombre por vez primera, y que él no podía acudir ante ella como le prometió, Ares se quedó congelado y sintiéndose más bastardo, maldito y desgraciado de lo que ya era o suponía.
―¡Sálvame, Ares! ¡Areeeeeeeeeeeees!
Seguir escuchando como gritaba su nombre, como aclamaba por su persona y divinidad misma, acabó por traer a su ser la más fuerte de las desesperaciones. Mira, maldice y fuerza una vez más las cadenas que le contenían. Observando detenidamente por vez primera el rojo vivo que adquirían al producir la descarga. Igual a todo metal que en las brazas se funde.
―¡Xenaaaaaaaaaaaaaaa! ―grita esta vez como quien quiere o desea que le escuchen más allá de los cielos. E inclinando todo su peso hacia adelante, y brotando todos los músculos de sus brazos y espalda, empieza a forzar como nunca las cadenas que le retenían. Recibiendo más de sus poderosas descargas sin dejar de tirar de ellas como siempre acababa haciendo.
A su frente, Hefesto, Artemisa y Atenea les pareció algo alarmante que no se rindiera ni cediera como siempre ante el intenso dolor que le penetraba como millones de agujas en todo su cuerpo.
―¿Qué haces? No puedes escapar ni salvarla. Acepta su muerte, Ares ―trataba de destruirle los ánimos Atenea.
Al rojo vivo estaban ya ambas cadenas. Al rojo vivo y bajo los efectos de sus propias descargas.
―¿Piensas colapsar como una misma estrella acaso? ―pregunta un Hefesto con prudentes pasos hacia atrás. Más que un semejante suyo, un dios, lo que le parecía estar viendo era a toda una furiosa bestia rugiendo por liberarse.
En cuanto a Artemisa, con su arco en mano y completamente incrédula ante lo que veía, preparada estaba para desaparecer de allí en caso de lo que imposible pareciera, posible se volviera.
―¡XENAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!
Ante éste aún más sonoro grito, el ruido del metal al quebrarse que le acompaña. Unos eslabones de las resistentes y gruesas cadenas terminaron cediendo ante el intenso calor que les envolvía y la misma fuerza de Ares. Que al sentirse libre, despegó todo su cuerpo como un mismo rayo en dirección a una agonizante de Xena.
Repartidos por el suelo por obra de la sacudida recibida por Ares al partir, Hefesto, Artemisa y Atenea se le quedaron viendo incrédulos y con la mandíbula caída.
Libre para salvarle, Xena no tuvo que volver a gritar su nombre cuando las llamas que le abrazaban se extinguieron en medio de una inexplicable ventisca que rodeó la hoguera. El fuego se había desaparecido ante sus ojos y ante el de todos los que allí estaban presentes. Ella, dejó caer su cabeza completamente agraciada pese al latiente dolor que continuaba sintiendo en sus numerosas quemaduras. En cuanto a los demás… Sus azorados rostros hablaban por sí solos. En especial el de Lucius.
Levantando sus lanzas o espadas, los romanos que rodeaban la hoguera comenzaron a intercambiarse miradas con total confusión. Jamás una hoguera se extinguía así porque sí y eso lo tenían bien claro. Al igual que la gente del pueblo. Levantándose entre ellos los malos augurios que algunos advirtieron.
―¿Vieron eso? ―se le escuchó preguntar por una esquina a un pescador.
―El fuego se apagó solo ―habló otro cerca de él.
Nadie podía creer que eso fuese cierto. Y por ello, el cuchicheo y el escándalo empezó a levantarse como el pasado humo.
Habiendo visto lo sucedido, el supersticioso pescador que no duda en darle incremento al desconcierto con una locura que no estaba lejos de la verdad.
―Se los dije, que debíamos tener cuidado procediendo con ella. Más que una bruja, tiene a todo un poderoso dios de su lado.
Gran verdad salida de la aparente demencia de tal supersticioso pescador. Porque aunque no le vieran o creyeran, ese dios que era Ares se encontraba ante una ida en el desmayo de Xena. Apoderándose de él una inmensa pena al verle la mayor parte de sus piernas en sangrante carne viva. Casi o igual cuando creyó haberla ahogado en el pasado tras haber sido poseído por las Erinias. Gran lamentable pena la que ahí volvía apoderarse de su acorazado corazón de dios de la guerra. Extendiendo una de sus manos lenta y algo temblorosa hacia su caído rostro como si temiese que se le deshiciera al contacto.
Concentrados solamente en lo sucedido, o eso trataban, los romanos esperaban alguna mera palabra de un completo enseriado de Lucius. Y llegó.
―¿Por qué se quedan todos ahí embelesados? ¡Enciéndanla de nuevo!
Al escucharlos, Ares enseria su mirada y permite que el odio y la ira que venía sintiendo se apoderen de él por completo.
Intercambiándose miradas, un soldado romano que da un paso al frente para hablar por todos.
―Pero señor, ¿no escucha lo que dicen los pescadores?
―¡Qué enciendan la maldita hoguera ahora!
Sin más remedio que obedecerles, los mismos anteriores romanos van por nuevas antorchas a las que prenden con el fuego presente en un cuenco de aceite. Dirigiéndose después de eso con paso tembloroso hacia la misteriosamente apagada hoguera. Ya tenían sus brazos alzados para arrojarlas todos al mismo tiempo. Pero en eso, la antorcha del que se encontraba en el centro que se apaga. Y no sin todos deparar en ello, las restantes que también se les extingue su llama en medio de un sonoro vacío.
La preocupación se incrementaba de nuevo en todos los presentes. Incluso en Lucius. Que entrecerrando un poco los ojos trató de asegurarse si lo que acababa de ver era cierto y no un fallo de su vista. Evidentemente no lo era. Permitiéndose sentirse tan azorado como el resto de los allí presentes.
El episodio que vivían iba más allá de lo anormal. Pero si ver como el fuego se apagaba sin ninguna causa aparente no les era suficiente espanto para muchos, ver como se rompían de repente las cadenas que ataban a Xena tal vez les fue incitando a que ya se estaban demorando en una posible huída. Ni hablar cuando de la nada resultaba que se aparecía una esférica llamarada al frente de todos. Incrementándose como una misma bola de cañón para venir y estallar mandando a muchos cercanos hacia atrás.
El caos y el terror se apoderaron de todos. Poco tiempo quedaba para gritar o espantarse. Si se quería salir con vida de allí, lo mejor era correr sin detenerse. Porque detrás de esa misteriosa esfera de fuego, vinieron muchas más. Lanzadas por todas partes y dando alcance a quien menos se las esperaba. En cuestión de nada, Lucius vio como docenas de sus hombres habían terminado hechos cenizas. En cambio para uno como Timon que ya corría junto a los demás pescadores directo al pueblo, la ausencia de varios de los suyos era algo para lo que no estaba para pensar.
Todo el mundo corría por sus vidas. Todos excepto el conmocionado de Lucius. Quien no tenía la menor idea de lo que pudiese estar pasando. Pero tan poco le interesaba averiguarle. Bastándole que fuera lo que fuera lo que todo un caos causaba, le acaba de interrumpir su venganza. La muerte de la Princesa Guerrera. Prioridad que ansiaba ver cumplida a como diera lugar. Desenvainando su espada para ello y yendo directo hacia la hoguera donde tumbada sobre la leña yacía Xena. Apenas unos dos metros le restaban para trepar por la leña cuando alguna fuerza invisible le sujeta por uno de sus hombros y le lanza de espaldas contra el pisoteado suelo. Fuera de gente espantada, nada que justificara su caída veía. No, hasta que una negra figura encapuchada se le materializó a su frente. Con una gran y llamativa espada con la que pensaba atravesarle el cuerpo. Sin poder creer lo que estaba viendo, Lucius permaneció de espaldas al suelo como quien sabe que se encuentra en sus últimos instantes de vida. Pero para su fortuna, el encapuchado ser que pretendía asesinarle, es atacado por alguna otra fuerza misteriosa por su espalda. Buen momento para ponerse de pie y salir corriendo como todos los demás.
Mirando de reojo, Ares ve a Atenea desafiándole desde la llanura. Más que colmado de paciencia, Ares se desprende de un solo jalón de su negra capucha, y no terminando de desvanecerse ésta al quitársela de su cuerpo, ve por su izquierda a Artemisa lanzarle una flecha entre la alocada multitud. Atrapándola meramente con una de sus manos y dejarla caer al suelo partida por su centro. Entonces, por su derecha, siente la rápida aproximación de otro ataque. Tal cual detiene esta vez con el uso de su espada con una mano. Revelándose al momento Hefesto con su martillo en mano. Retrocediendo instintivamente hacia atrás y bastante sorprendido por haber sido presentido. Regresando junto con Artemisa al lado de Atenea.
―Me van a pagar la baja jugada que me hicieron ―les dice Ares saliendo a su encuentro para atacarles.
Entre tanto una nueva batalla divina se daba, una desmallada de Xena que recobraba el conocimiento. El latiente ardor de sus quemaduras le impedían permanecer en la inconsciencia por mucho tiempo. Levantándose a medias sobre la todavía humeante leña para comprobar que todo seguía siendo una realidad y no una espantosa pesadilla como cualquiera en su lugar hubiese deseado. Gimiendo y hasta sollozando de dolor mientras se recostaba del tronco en el que le habían atado. Mirando sin apenas atreverse a tocar el horror que eran sus pies y piernas. Como la guerrera que era, intentó ponerse de pie para no lograr otra cosa que ceder ante el intenso dolor y acabar rodando hacia abajo por toda la montaña de leña.
No muy lejos, e ignorado el desesperado llamado de su madre, Perla se atrevía a regresar por la alta loma con toda la intención de saber qué había sido de su salvadora. Viéndola tirada sobre la pisoteada tierra, imposible no se le hizo ir a ayudarle.
…
Un par de horas más tarde, en el escandalizado pueblo pesquero, un poco escarmentado de Lucius volcaba y destrozaba todo cuanto tenía delante en esa pasada sala en donde tuvo ante sus ojos por primera vez a una inconsciente de Xena.
―¡¿Cómo es que no la encuentran?! ―le reclamaba a sus hombres.
―La hemos buscado por todos lados, señor ―explicó uno―. Al parecer, simplemente desapareció.
―¡¿Desapareció?!
―Señor, usted mismo vio lo que sucedió hoy ―interviene un segundo―. Tal vez si sea cierto que esa guerrera se encuentre bajo el respaldo de alguna poderosa fuerza.
―De Marte ―se atreve a nombrar un tercero.
Lucius se les queda mirando a todos. Tanto como a los que le hablaron como a los que simplemente apoyaron con sus caras. Tenía un ojo mas entrecerrado que el otro a causa del incontenible coraje que sentía en su interior.
―¡Y a mí que me importa sí la protege el cielo o el infierno entero! ¡Quiero muerta a esa maldita mujer a costa de lo que sea!
Sin más que otra que ir a cumplir lo ordenado, los seis u siete romanos que estaban allí presentes, le dieron apuro a sus piernas antes de que su líder descargara la ira que poseía contra ellos.
Un minuto después, la puerta que se cerraró tras salir fue tocada de nuevo.
―¿Ya hora qué? ―pregunta de mala gana Lucius.
Sin responder, Timon que entra. Se aproxima a una mesa y ahí desparrama las armas de Xena envueltas en un manto marrón.
―Aquí las tienes ―le dice haciéndose a un lado para que Lucius se acercara―. Su espada y la extraña navaja circular que sólo ella domina.
Tomando la espada primero y luego el Chakram, a Lucius se le enciende más el odio en su mirada.
―Dime, Timon. ¿Por qué una mujer con poder, una denominada bruja, usaría semejantes armas para defenderse?
―Yo qué sé.
―Sencillo. Nada ni nadie está excepto de los estragos del destino ―concluye devolviendo las armas a la mesa―. Ni siquiera los que pueden estar protegidos por los dioses, ni los dioses mismos de los que ya el mundo ni se acuerda.
―Lógica conclusión, Lucius ―admite Timon con poco interés―. Ahora, y aprovechando que me encuentro sin mis hombres―, paso a decirte que ya sé lo que piensas hacer antes de marcharte.
―Es inevitable, Timon. Mi estadía en tu miserable pueblo me provocó más pérdidas de las que hubiese podido tener en toda una guerra. De alguna forma tengo que recompensar lo perdido antes de regresar a Roma. ¿Vas a reclamarme por ello?
―Para nada. Después de lo de hoy, está claro que este pueblo se ha quedado sin futuro.
―Bien, porque no tengo nada que discutir contigo. Ahora, lárgate ―le ordena tomando una copa de la mesa antes de darle la espalda.
―Yo creo que sí, Lucius ―asegura negándose a irse―. Mi ciudadanía. Ya es tiempo que me la entregues en un maldito pergamino con el sello de Roma.
―¡Ja! No tengo tiempo para tus ridiculeces. Después de todas las maldiciones que me trajo tu maldito pueblo, conforme has de ser con que le haya dicho a mis soldados que no te maten.
Timon entrecierra sus puños y comprime sus dientes.
―Sinceramente, me vale todo lo que hayas o no pasado. Ya yo cumplí con todo lo que me pediste. Y si al final, la Princesa Guerrera se te escapó, no es culpa mía.
―Que te largues he dicho. Un miserable bastardo como tú, hijo de una pescadora, no merece poseer la ciudadanía romana. Ya es hora de que lo vengas teniendo en claro ―le dice colocando fuertemente la copa sobre la mesa para volver a darle la espalda.
Sumamente chocado por lo escuchado, Timon se niega a quedarse de brazos cruzados. Entonces, observa que Lucius no estaba armado.
―Sí, tal vez lo comprenda ―suelta al aire tomando la espada de Xena en sus manos―. Pero no antes de verte muerto. ―Y no terminando de decir esto, que se arroja con todo y espada hacia Lucius con el fin de clavársela en su espalda. Sin reparar en que el general le superaba en agilidad. Esquivando su ataque con un rápido movimiento hacia la izquierda, y torcerle un brazo en el proceso para arrebatarle la espada de Xena al mismo tiempo. No captando como Lucius pudo haber sido tan rápido, Timon ve venir la espada que segundos atrás empuñaba directo a su pecho.
―Simplemente fuiste muy predecible ―le dicta Lucius antes de dejarlo caer con todo y espada clavada al suelo. Marchándose de la sala con una segunda copa de vino completamente hastiado.
…
Muy distante del pueblo de pescadores, en el interior de una cueva costera, Xena abría sus ojos después de largas horas de inconsciencia. Avistando un techo rocoso con variadas estalactitas y murciélagos pescadores entre las oscuras esquinas buscando acomodo entre los suyos. Huyendo todos de la luz de una fogata a la que desvía su mirada con sorpresiva alarma. Sí existía algo de lo que no quería ni acordarse eso lo era el fuego. Entrando en un desespero que la llevó a incorporarse del improvisado lecho en el que le tenían recostada.
―Calma, todo está bien ―le tranquiliza la voz de Perla. Soltando los pescados que envaraba para el fuego e ir hacia ella―. Estás a salvo, Xena.
Su cabeza era un mar de tormentos y confusiones. Lo último que recordaba era haber estado ardiendo entre las llamas. Difícilmente estaría libre de pesadillas después de eso. Más cuando el ardiente sentir en sus piernas le recordaba todo su sufrimiento. Profiriendo toda una mueca de dolor y pasar a descubrirse de la manta granate con la que le arropaban para ver el estado de las mismas. Completamente vendadas desde los pies hasta lo alto de sus muslos como según vio al levantarse el camisón de lino con el que la tenían vestida.
Viendo las expresiones de su rostro, Perla no sabía ni como proseguir.
―Mi madre y yo te hemos atendido como mejor pudimos. Aplicamos muchas de las hierbas medicinales que tú misma nos inculcaste en el pueblo y entre otras atenciones heredadas por mis abuelos. Ahora lo que resta es el tedioso proceso de cicatrización y… ―Iba a decir algo como que pudiese volver a caminar, pero se calló. Se le hizo imposible proseguir al ver tan estimada y fuerte mujer ante sus ojos rozar con ambas manos toda la longitud de sus vendadas piernas y expresar en el proceso una clara mirada de completa desaprobación.
Enfrentarse a la cruda realidad era algo que le acontecía a Xena. Quien no necesitaba que nadie se lo dijera para saber como realmente debían de lucir sus piernas. Pero luego de haber sido incendiada en una hoguera, suerte la suya el que aún conservara sus piernas y más aún, la vida misma.
Sin todavía pronunciar una palabra, ya se había propuesto intentar ponerse de pie. Apoyándose primeramente sobre sus brazos y luego agarrándose de una alta estalagmita a su lado.
―Escucha, todavía es algo temprano para que comiences a caminar ―le advertía Perla sin casi atreverse a tocarle. El semblante que mostraba Xena al tratar se incorporarse y casi no poder, era uno de gran enojo y frustración―. Si vieras el estado de tus pies, no te atreverías ni dar un solo paso sobre ellos.
Después de eso, Perla no necesitó decirle nada más ni mucho menos Xena tener que desvendar sus pies para creer en sus palabras. En cuanto le ejerció presión a uno contra el suelo, una siguiente mueca de dolor acompañada de un corto grito lo dejaron confirmado.
―¿Ves? Te lo dije.
―¿Cómo dices que puedo estar a salvo si ni siquiera puedo moverme por mi cuenta?
Perla se lo medita un poco antes de responder.
―Estamos al otro lado de la playa. No fue fácil, pesas mucho, ¿sabías? Pregúntaselo a Duky si no lo crees ―sugiere señalando a nada más y nada menos que un dormido asno en la entrada de la cueva―. El pobre cargó contigo desde la tarde de ayer en la que te auxiliamos, hasta el alba de hoy en la que llegamos aquí.
Como si entendiera el lenguaje humano, el asno que levanta una de sus orejas, abre sus ojos y emite un resoplido con su hocico antes de volverse a dormir.
Regresando su mirada a Perla, Xena no alcanzó a imaginarse cómo pudieron lidiárselas para cargar con ella hasta esa cueva sin ser vistas. Aunque claro, si algo comenzaba a recordar, era que todo se había vuelto un completo caos luego de que se apagaran las llamas que la abrazaban. De todas formas, el hecho de haberla socorrido sin haber sido vista continuaba implicando sus consecuencias.
―¿Por qué me ayudaron?
―Yo no podía dejarte ahí. Ni mi madre tan poco.
―¿Sabrán ambas que no han hecho más que arriesgar sus vidas? ―les cuestiona como si Perla así ya no lo supiese―. Podrían venir por mí en cualquier momento. Cualquiera que valorara su vida no se hubiese tomado la molestia de cargar conmigo hasta este enorme agujero o lo que sea.
―Sólo hicimos lo que creímos que era lo correcto.
Xena deja escapar un resoplido al escuchar tal juicio.
―Lo correcto, claro ―pronuncia desganadamente.
―Como tú cuando quisiste defendernos. Malo que mi pueblo no merecía tu ayuda. En cambio, tú si la nuestra. Me salvaste dos veces de un horrible destino como la esclavitud e incluso la muerte.
―¿Pretendes pagarme al salvarme?
―No, sólo seguí lo que me dictaba mi corazón. Y eso era traerte con nosotras hasta aquí. Huir hasta esta caverna ya venía estando en nuestras mentes. El pueblo ya no es seguro para nadie que como dices, valore su vida. Bien claro que lo escuché de unos romanos. El general Lucius tenía en planes un segundo saqueo después de quemarte. Y esta vez se asegurarían de llevarse todo cuanto les fuera útil, y destruir todo cuanto no fuese así. A estas horas, supongo que ya deben de haber comenzado.
Xena miró a la claridad que se colaba en la entrada de la cueva. Donde se veían las olas del mar romperse contra unas rocas que servían de barrera. Pensando en lo último dicho por Perla. Y no extrañándose para nada de que fuese un hecho.
―¿Qué hay de tus compañeras y demás jóvenes que liberé en el barco? ¿Te marchaste sin decirles?
―Muchos de ellos estaban conmigo cuando escuchamos a los romanos. Incluso, los pocos que pudieron convencer a sus familias de la verdad, ya estaban escapando para cuando comenzaron a conducirte hacia la loma. Pero en cuanto a la población en sí… ―No se necesitaba decir lo obvio―. ¿Te interesa a caso la desgracia del pueblo entero? De una gente que permitió que te condenaran a la máxima de las penas.
Xena no le contesta al momento. Sentada con las piernas flexionadas, se sacude su espesa melena hacia atrás como indicativo que no le interesaba dar alguna respuesta. O que simplemente no sabía cuál ofrecer.
―¿Necesitas que te responda?
Perla permanece callada por unos segundos pero al fin contesta.
―La verdad, no. Lo único que quiero de ti es ver que te repongas. Y que sepas, que tú no fuiste la que te equivocaste, sino los que se atrevieron a traicionarte entregándote a los romanos.
Sintiéndose como si le estuviesen leyendo la mente, Xena le desvía la mirada por unos mementos. Tal vez pensando nuevamente en qué responderle. Volviéndosela a dirigir al cabo de unos largos segundos cuando ya aparentaba tener una.
―Perla ―se escucha a la madre de ésta llamarle―. No me huele a que esos pescados se están asando.
La mujer entra a la cueva sacudiéndose el vestido por ello de alguna poca arena que traía. Y con la leña que cargaba entre sus brazos, entiende la razón del no estar listos los pescados.
―Ah, se ha despertado ya ―comenta dejando la leña alrededor de la fogata donde toma un cuenco para dirigírsele ante Xena diciendo―: Me parece bien. Así comerás de lo que preparemos. Pero antes, tu medicina.
Extrañada como ella sola, Xena se queda inmóvil preguntándose qué cosa era esa supuesta medicina que le tendían.
―Tómala, Xena ―le exhorta algo sonriente Perla―. Ni que fuera veneno para que pusieras esa cara.
―¿Qué es? ―se interesa ésta tomando el cuenco entre sus manos con algo de desconfianza.
―Es un brebaje para amenguar el dolor. Tal vez lo conozcas.
Ciertamente así era. Con sólo aspirar el vapor que aflojaba, ya le había llegado a la memoria el tipo de planta utilizada. Atreviéndose a beber el contenido más confiada.
―Muchas gracias ―dice devolviendo el cuenco―. Por ayudarme. Pero realmente no quiero que se sientan en deuda conmigo.
―No es cuestión de deuda, muchacha. Sino de tender la mano a quien lo necesita.
Por obra del brebaje posiblemente, o del cansancio que seguía teniendo, Xena se sintió un poco mareada o soñolienta. Llevándose una mano a la cabeza y luego dejar que su cuerpo se recostara sobre la manta de lana en la que reposaba.
―Dejémosla descansar un rato más. Ya habrá vuelto en sí para cuando esté lista la cena. Porque por lo visto, aún ni se asan los pescados.
―Xena despertó algo desesperada para cuando los envarada, mamá ―se excusa Perla―. Creo que el fuego de la fogata la espantó o algo así.
―Después de casi ser quemada viva, no es para menos.
Los pescados se pusieron al fuego, en compañía de un par de cangrejos con igual mala suerte en ese día. Serían el plato principal de la comida. Sumados más tarde unos panes y quesos que bien supieron ambas féminas añadir en sus reservas antes de partir hasta allí. Lo mismo que el par de lanzas recostadas en la entrada junto con una pequeña red de pesca. La sangre de pescadoras corría por las venas de ambas y semejantes objetos eran parte de sus vidas.
―¿Qué haremos con nuestras vidas ahora, mamá? ―le pregunta Perla para cuando los pescados estaban más que asados―. Sin papá y sin el pueblo.
―Tú padre, que en paz descanse, siempre estará con nosotras. Ahora, el pueblo, ese sí que debemos de dejarle bien atrás. Esta cueva en la que de niña jugabas, sólo es una temporera parada en no que ella se recupera ―comenta refiriéndose claramente a Xena―. Lo mejor es que nos continuemos alejando lo más que podamos. Siempre cerca de la costa de la que podremos subsistir. Y luego, tal vez demos con algún otro pueblo o aldea que no se encuentre frecuentada por los romanos o cualquier otra problemática militar.
―¿Vendrá ella con nosotros?
Cortándole la cabeza a uno de los pescados, la planificadora madre que le echa un vistazo al dormido cuerpo de Xena.
―Ella no es como nosotras, Perla. Lo normal es que desee reunirse con los suyos en cuanto tenga la oportunidad. Pero… mientras eso se decide o no, no veo porque una tercera compañía nos venga mal ―culmina sonriéndole a su hermosa hija de ojos turquesa.
―¡Gracias, mamá! Eres la mejor madre del mundo ―asegura dándole un abrazo.
―Ajá…
―Siempre quise tener una hermana. En especial una mayor ―confiesa la chica muy alegre. Y tú y papá nunca me dieron ni un gato.
―Te tuvimos a ti y suerte, querida.
La cordial conversación entre ellas continúo mientras desprendían de su casco a los cangrejos. Recostada en su lecho, Xena abría los ojos por un momento como indicativo de que nunca estuvo realmente dormida. Habiendo escuchado toda la conversación con perfecta claridad. Mostrando una pensativa mirada por ello. Lo oído le trajo una marejada de confusas emociones al respecto.
Cuando todo estuvo al fin listo, se dividieron la cena en considerables porciones y fue Perla quien le llevó su cuenco con el alimento a Xena.
―Ey, despierta. Aquí está tu comida ―le indica entusiasmada.
Haciéndose la que había estado dormida, Xena tarda un poco en reaccionar. Incorporándose luego de la cintura para arriba para aceptar la comida que se le servía.
―Te lo comes todo. Ya quiero que te recuperes para que podamos echar a andar por la playa. ¿Qué te parece?
Sinceramente, la arena era algo con lo que no se llevaba. Pero con tal de ver a Perla con ese brillo en su mirada, estaba dispuesta a tolerarla.
―Me parece bien ―le responde con una leve sonrisa antes de hincarle el diente al asado pescado. Sonriéndole más abiertamente Perla por su respuesta.
Sintiéndose algo olvidado, el asno en la entrada que emite un bramido a sus amas.
―Ay, cielos. Me he olvidado de ti, Duky ―dice Perla levantándose de su agache y yendo por un pan en uno de los bultos de carga.
Viendo Xena como el cuadrúpedo animal comenzó a olisquearle todo el vestido antes de dar con el pan en sus manos, y como relamía en busca de más en las palmas, va y le entra una pequeña gracia al respecto. Ahogándose en el momento tras reírse mientras tragaba. Empezando a toser como natural era, pero sin tener nada líquido con que aliviarse. Al escucharla la madre de Perla, va enseguida a cederle del tazón de agua que bebía.
―Ten, bebe rápido. ¿Qué fue? ¿Se te atoró una espina?
Ya algo más relajada, Xena la despreocupa.
―No, sólo no tragué bien. No fue nada.
―Bien, si necesitas algo más. Sólo dime.
Levantándose sobre sus rodillas, la madre que se dispone a volver ante la fogata. Pero en eso, Xena le detiene.
―Espere, quería preguntarle algo cuya respuesta me la puedo imaginar.
―Pregunta lo que quieras.
―Creo recordar bien que usted tenía un esposo y Perla un padre. Y ya no les acompaña. ¿Qué fue de él?
Ciertamente no se imaginaba que esa fuese la pregunta. Pero no teniendo por qué negarle la respuesta, se la transmite al cabo de unos instantes.
―Sus cenizas fueron esparcidas en el mar como todo pescador tras su muerte. Los romanos le asesinaron cuando intentó impedir que se llevaran a Perla de nuestra casa. Fue el único que se atrevió a luchar.
Xena permanece callada por un cuarto de minuto hasta que al fin dice:
―Lamento que haya tenido ese destino. Siento que ha sido por mi culpa.
―Decir que no existió relación entre ti y el hecho sería querer engañarnos. Pero decir que es tu culpa es como decir también que es culpa de mi esposo por haber luchado. Soy una mujer objetiva. Y sé que de no haber sido ese día y por esa excusa de intercambiarte a ti, los romanos tarde o temprano les habrían arrebatado los jóvenes al pueblo por todas nuestras deudas. Y mi esposo siempre habría estado dispuesto a luchar sin importar el día o la razón.
―Es usted una mujer muy comprensiva por lo que veo.
―La vida me ha enseñado a serlo. ―Sin resentimiento alguno, la sabia madre que se termina de incorporar diciendo―: Bueno, ahora que hemos dejado eso en claro, mandaré a Perla por más agua. Hay que lavarte las heridas que también tienes en la espalda ―indicó refiriéndose a los latigazos que recibió camino a la loma. Sanarán más rápido que tus piernas pero no por ello hay que desentenderlas. Perla ―pasa a dirigirse a ésta como dijo―. ¿Recuerdas donde quedaba el manantial más arriba? Dale ejercicio a esas piernas y trae toda la que puedas. Llévate al burro para que te ayude y se estire de paso.
Muy obediente, Perla que ataca lo pedido.
―Ven, Duky. Acompáñame a buscar fresca y cristalina agua.
―Yo iré a echar la red a ver si atrapo algo nuevo ―anuncia la madre―. ¿No tienes ningún inconveniente en quedarte sola?
―Para nada ―responde Xena dejándola marchar.
…
En el camerino de su nuevo barco, un impaciente de Lucius no veía la hora en la que le confirmasen la muerte de la Princesa Guerrera. Admirando el filo de su recuperada daga ardido de ira en sus adentros.
La puerta le es tocada interrumpiéndole sus más oscuros y rencorosos pensamientos.
―Adelante.
Uno de sus hombres se adentra y tragando profundo antes de hablar, dice:
―Seguimos sin saber rastro de ella, señor.
―Esa no es la respuesta que esperaba, soldado ―le transmite Lucius con una furiosa mirada―. Más cuando sabe de la orden de partida mañana al medio día. Así que escúchame. Sí tú y toda esa tropa no desean ser destituidos de sus rangos o algo peor, más le vale a todos que para antes de esa hora tenga noticias de esa guerrera ―le amenaza dándose a sí mismo pequeños toques en la palma con el filo de su daga―. ¿Te ha quedado claro?
―Sí, señor ―responde nerviosamente el poco agraciado romano.
…
El alto despejado cielo azul y el mar turquesa bajo él cubrían todo el horizonte. Sobrevolando entre medio de ambos ruidosas gaviotas en búsqueda de despistados peses entre las olas. O bien los que eran sacados por Perla y su madre de una red sobre la arena.
―Tomemos sólo los que comeremos hoy ―decía la madre―. Los otros devuélvelos al mar que mal sería matarles en vano.
Atacando lo dicho y muy acorde con ello, Perla liberó a los suertudos peses que no morirían ese día. Quedándose con algunos tres que se repetirían en la cena de ese segundo día que llevaban refugiándose en la cueva. En cuanto entraron a ésta, vieron a una Xena que como siempre, aprovechaba de la ausencia de ambas para intentar caminar.
―¿Otra vez haciendo desarreglos, muchacha?
―No puedo estar tranquila sabiendo que soy una carga para ustedes ―le responde Xena sujetándose de las paredes.
―No eres una carga para nosotras ―asegura Perla algo sentida.
―Como digan. Pero yo ya no puedo seguir más tiempo acostada. O camino, o…
Se cae.
―¿Estás bien? ―se preocupó enseguida Perla acudiendo hacia ella junto con su madre.
―Muchacha terca. ¿Qué no ves que lo que te pasó no fue cualquier cosa?
Entre las dos le ayudan a pararle y llevarle de vuelta a su lecho.
―¿Te siguen doliendo demasiado las quemaduras? ¿Verdad? ―supone Perla más allá de preguntar.
―Sólo cuando intento moverme así con todo mi peso.
―Poco a poco la molestia será menos ―asegura la madre―. Sólo hay que ser paciente.
Quedándosele mirando, Perla se levanta de repente y tomando una pequeña daga de pesca cerca de la fogata, sale a toda prisa de la cueva.
―¿Y tú a dónde vas?
―¡Vuelvo enseguida!
Enseguida fue que se tomó casi una hora en regresar. Un tiempo en el que Xena compartió con la madre ayudándole a pelar almejas para una sopa que comenzaba a prepararse junto con los pescados capturados.
―Para no ser una mujer del mar, te ves sumamente diestra abriendo y pelando esas almejas ―comenta la madre.
―Digamos que he tenido que aprender de todo para sobrevivir.
―¿En serio? ¿Y qué tal coser una prenda?
Xena le mira y luego sonríe.
―Sí, coser prendas también.
―Pues qué sorpresa. Porque con eso de que eres una guerrera…
Xena vuelve a sonreír para decirle:
―Ser una guerrera es lo que me ha ayudado a aprender de todo en la vida.
―Tiene sentido.
Rápidos pasos sobre la roca se escuchan y al mirar ambas hacia la entrada de la cueva, ven a una Perla con respiración agitada pero con una sonrisa muy abierta en su rostro. Ocultaba algo a su espalda y al presentarlo de momento, su sonrisa fue aún más grande. Aunque no se pudo decir lo mismo en Xena. A quien la idea de llevar lo que se le ofrecía, un bastón, no era algo que a cualquiera le resultara grato. Menos si se era demasiado joven.
―Ten, te ayudará a nivelar tu peso y a equilibrarte ―le dijo Perla tendiéndoselo enseguida―. Es de muy buena madera. La sal del mar se ha encargado de endurecerla y hacer de él un estupendo bastón con el que podrás caminar mejor. ¿Qué te parece?
Teniéndolo en sus manos, Xena no pudo ni despegar sus labios. De pronto se trasladó a los días en los que viajaba con Borias y un mismo bastón a causa de la lesión en sus piernas que tanto le debía a César. Mientras que ahora en ese presente, se lo debería a Lucius.
«Una vez más me veo condenada por otro general romano a caminar con un bastón en pleno camino de mi vida ―se dijo en sus adentros a tiempo que apretaba el duro palo entre sus manos―. Es como si el destino me estuviese jugando las mismas oscuras y pesadas bromas de antaño.»
―¿Todo bien? ―procura Perla notándole algo tensa.
―Sí, no pasa nada ―demora en responderle Xena―. Gracias por este gesto ―le dice dedicándole una detallada mirada al bastón entre sus manos. De clara madera por obra del salitre del mar. Con unos cinco y medio pies de largo con los que igual le podía usar como un cayado para defenderse. Y con unos buenos nudos en la parte superior para facilitar un mejor agarre. Sobre todo el mayor y redondeado de la punta que producía el aspecto de una especie de cetro―. Con esto, de seguro que caminaré mejor. ―Y no terminando de decirlo, que ya volvía a ponerse de pie nuevamente. Ambas mujeres iban a ponerle una protesta pero al ver que mostró dominio en sus pasos, le permitieron continuar.
―¿A dónde vas?
―A tomar aire ―le responde a Perla―. Y si pudiera, de largo hacia un nuevo camino. No es seguro que permanezcamos más tiempo aquí.
Madre e hija se miran conscientes de esa posible certeza.
―Perla y yo sabemos que debemos irnos. Pero no podemos marcharnos sin que tú seas capaz de seguirnos o al menos valerte por tu cuenta.
―Se están sacrificando demasiado por mí ―les dice contemplando las olas del mar―. Ya creo que han hecho más que suficiente.
―De acuerdo, haremos algo ―propone la madre acercándose a Xena. De tras le sigue Perla muy interesada―. Si en lo que queda de tarde demuestras total dominio con ese bastón, mañana al alba podremos partir. Tenemos al asno que nos ayudará con nuestras cosas y a ti en caso de que estés cansada. ¿Les parece bien a las dos?
Perla sonríe aprobando la idea.
―Me parece bien ―acepta Xena sonriendo también aunque fuese un poco.
―Estupendo. A ver si así disminuyen las preocupaciones en el ambiente ―finaliza la madre regresando a su labor con la cena. En no que Perla se queda a velar por Xena y sus pasos ante las olas como en lo que se habían transformado en tan corto tiempo, dos hermanas.
…
Moviéndose entre rutas alternas para poder llegar a la costa, iban Bastián junto con la tropa que lideraba y el pesar de saber que más que tarde se les hizo el poder dar con el pueblo pesquero. Todo por causa de aquella repentina y terrorífica separación de terreno que casi se los lleva enredados a buena parte de ellos. No obstante, rodear la zona les había servido para dar con otro trayecto hacia la destinada playa. Donde temían toparse con lo que ya se había visto venir.
―¡Miren, son gaviotas! ―avistó uno señalando hacia los espacios de cielo que se colaban entre el espeso follaje que les cubría a todos esa tarde en la que ya el sol iniciaba su descenso en el horizonte.
―Donde hay gaviotas hay mar ―dice entonces Bastián―. Sigamos descendiendo. Cabe la posibilidad de que la Princesa Guerrea nos necesite. ¡Andando!
Algo más animados por que no habían estado dando vueltas en vano, la tropa le da rienda suelta a sus caballos para seguir al comprometido general hasta el mar abierto si era preciso.
…
Caída ya la noche, y con ello las energías que les quedaban en sus cuerpos, Perla y su madre lo preparaban todo para el día siguiente en el que partirían. Sintiéndose algo inútil, Xena les miraba recostada de una roca sin poder hacer nada más. Unas viejas, usadas y húmedas vendas amontonadas en una esquina hablaban acerca de un reciente cambio de sus vendajes en las piernas. Evidenciándose en las blancas y nuevas que ahora tenía.
―¿Sabes? ―le pasa a hablar la madre de Perla―. Lo bueno de haber sido bañada por esa ola, es que la sal del mar te ayudará mucho en la curación de tu piel. Así te haya ardido el contacto como te ardió.
Xena apenas le sonrió de lado. Ahora por eso la tenían ahí prácticamente como una misma lisiada a causa de que también se hubiese dado un pequeño golpe en la cabeza cuando dicha ola la arrastró contra una roca.
―Y también para darte el baño que no te habías dado en días ―se burla entre risas Perla. Pasando a servir en tres cuencos la sopa de almejas que aún no se habían podido comer. Llevándole uno a Xena y sentándose a comer a su frente de paso―. ¿Te gusta?
Con un leve movimiento de su cabeza, Xena tuvo que aceptar que sí estaba buena.
―Pues que bueno ―dice la autora de la sopa tomando asiento al lado de su hija―. Porque la sopa de almejas será un platillo que veremos frecuentemente en la semana. Las almejas son lo que más abunda en estas playas.
―Yo pienso que con Xena de nuestro lado, la gran Princesa Guerrera, nada nos faltará mientras viajemos. ―Xena levanta sus cejas queriendo imaginarse por qué Perla daba por seguro lo dicho―. Está claro que la vida reconoce que es una buena persona y que nosotras también.
―De ustedes no lo dudo, pero de mí, no lo crean. No hecho otra cosa que cometer un error tras otro. Más cuando la ira me empuja a hacerlos ―asegura con una seria mirada mientras apretaba el cuenco servido entre sus manos.
―Todos cometemos errores ―continúa Perla―. Pero lo bueno que tengamos siempre sobresale entre ellos. Estando en nosotros incrementar esa parte virtuosa para que sea más grande que nuestros defectos.
―Muchas veces ser demasiado virtuoso puede convertirse también en un defecto ―comenta Xena removiendo algo torpe su sopa―. El defecto de la debilidad.
―Ah, pero la debilidad se divide en dos muy distintas. Esa que nos hace unos cobardes ante la vida, y la otra que nos sensibiliza y nos hace amar mientras la vivamos. Última que debemos de llevar en nuestros corazones para que el odio nunca no los transforme en piedra. Como lo están todos esos que sí cometen grandes errores en la vida.
―Aparte de pescadora, resulta que también tienes aire de filósofa ―indica ya teniendo más un puré que sopa en su cuenco.
―Sólo digo lo que me parece cierto. Y lo que me parece cierto sobre ti, es que no eres una mala persona. De lo contrario, por qué otra cosa más el destino te libró de tan agónica muerte entre las llamas. ―Al escucharle, Xena se quedó a medio llevar con el cucharón que no se daba en buen rato―. Entre el caos formado gritaban que habías sido tú con algún acto de brujería. Pero está claro que debiste de haber recibido ayuda del cielo para librarte de ese martirio.
Xena regresó el cucharón al cuenco dudando mucho que pudiese tomarle de nuevo para acabarse lo que le quedaba de sopa.
―Yo pienso que debes de estar bendecida o algo así.
―¿Bendecida? No sabes lo que dices.
―Perla, permite que Xena termine su sopa y tú la tuya. Durante la comida no se habla y ya tú estás hablando de más.
―Decir la verdad nunca es hablar de más, mamá.
―Ya habíamos hablado de esto, niña.
―Xena ―prosigue ignorando a su madre―. ¿Es cierto que es el dios de la guerra griego quien te protege?
―¡Perla!
―Sólo siento curiosidad, mamá.
―¡Y no sabías que puede ser peligrosa sentirla hacia algo que no te incumbe!
―¿Qué de malo podría haber en qué sepa?
―Escucha ―le pedía la madre a una Xena que ya tenía su cuenco sobre el suelo―, no tienes que responder nada. Tenemos en claro que no es de nuestra incumbencia tu vida, tus creencias y relaciones.
―No es nada. Sólo, cálmense las dos. No quiero convertirme en el tema de una fuerte discusión entre ambas.
Ante ello, ambas se tranquilizaron.
―Lo siento ―se disculpa Perla ante Xena―. Nada más quería saber si era cierto o no. Que conoces a un dios.
―Pues sí. Sí lo conozco ―afloja Xena con una media sonrisa que luego se contrae junto con los dígitos de su mano―. Digamos que demasiado para mi desgracia ―añade a lo bajito pero aun así fue escuchada.
―¿Desgracia? ¿Pero no fue él quien te salvó?
―Sí. Eso parece. Ha de estar riéndose de mí el muy maldito por ello―vuelve y añade a lo bajo.
―Hablas como si estuvieses hablando de cualquier persona.
―Realmente no existe mucha diferencia entre los dioses y las personas. Son igual de inconformes, inconclusos e imperfectos. Al menos todos los dioses que he conocido son así.
―¿Cara a cara?
―Más que eso, querida.
―¡Wao! Sí que tienes una vida de lo más interesante.
Aclarando su garganta, la autoritaria madre del grupo que las interrumpe.
―Bueno, basta de charlas las dos ―interviene recogiendo los cuencos de sopa―. Ya se nos pasó la hora de dormir.
Perla gira los ojos.
Por su lado, Xena se levanta apoyándose de su bastón acorde con que así era. Pero justo cuando lo hace, el adormecido dolor de sus quemaduras que se despierta.
―Aish…
Aún con la molestia, le siguió de largo a su lecho.
―Parece que también se nos pasó la hora de tu brebaje para el dolor.
―Cierto es. Olvidamos dártelo ―se lamenta Perla acudiendo con éste en un tazón hasta Xena―.Con varios sorbos de esto, dormirás tranquila y sin molestias.
Realmente no le gustaba eso de tener que drogarse pero con tal de recuperarse lo más pronto posible, estaba dispuesta a beberse todo ese cuenco y muchos más si así se requería.
―Gracias.
―No hay nada que agradecer. Ahora duerme ―le indicaba empujándola por el pecho para que eso hiciese―, que mañana nos espera todo un maratón sobre la arena. ―Como si se tratase de esa hermana que siempre deseó, y que en su convalecencia ahí atendía, le arropa hasta el pecho y despidiéndose de ella, le da un beso en una mejilla―. Buenas noches.
―Igual tú ―le transmite Xena tras unos segundos de desconcierto.
El fuego de la fogata fue disminuyendo a medida que las horas fueron pasando y con ellas la intensidad del sueño en el que cayeron todas. La noche se veía clara y las olas en el mar tranquilas. La fresca brisa que llegaba junto con la marea exhortaba a cobijarse más de la cuenta bajo las cálidas mantas, y el sonido del mar a soñar con lugares lejanos. Era toda una noche de completa paz. Pero el caos llegó a destruirla.
Tres romanos se adentraron en la cueva silenciosos como tigres que acechan a sus presas. Empuñando sus armas en mano atraídos por el refugio con el que se habían topado en lo más lejano de esa playa. No siendo sus sospechas en vano cuando al iluminar el interior con una antorcha, identificaron el rostro de aquella a quien buscaban. Aquella a quien debían de asesinar en cuanto la vieran.
De los tres, dos pasaron al frente empuñando uno una espada y otro su lanza. A sus espaldas les iluminaba el restante con antorcha en mano pero no por ello desprovisto también de un arma. Un arco y otra espada. Armas que no mostraban necesidad de uso dado al vulnerable estado en el que se encontraba la que debía de ser asesinada. Completamente ignorante del peligro mortal que se le acercaba.
El acto a acontecer se veía sumamente fácil para los romanos. Mostrando los tres una media y maliciosa sonrisa al saberse los únicos que habían podido dar con la buscada fugitiva. Tal eran sus gozosos pensamientos sobre lo recompensados que podrían llegar a ser por eso, que uno no vio que otro no reparó a tiempo en que lo que se levantaba ante su paso sólo era un alertado asno. El animal había intuido el peligro en ellos en cuanto se adentraron a la cueva. Moviéndose hacia sus amas como habría de esperarse. Mas no fue el primero que las despertara porque de ello se encargó el distraído romano. Que echándose hacia atrás bruscamente ante lo que de primera instancia le pareció una misma roca cobrando vida, acabó por empujar al que le seguía con la antorcha que no chocó en otra parte más que en unos amontonados calderos y cuencos que dieron el aviso de alarma en esa cueva.
Ligero siendo el sueño a su madura edad, fue la madre de Perla la que en ese caso tuvo la mala suerte de ser la primera en despertar. Viendo como a su hija, la segunda en hacerlo, rápidamente se levantaba para proferir un grito que se le fue silenciado al romano que llevaba la espada taparle la boca y amenazarle con el filo de tal arma.
―¡No, suéltenla! ―gritó la desesperada madre acudiendo al instante con un cuchillo de pesca que en el trayecto rápidamente tomó cerca de la apagada fogata. Ya había visto como su hija se le fue arrancada de los brazos por mismos romanos y no estaba dispuesta a permitir que el hecho se repitiera. Llenándose de la misma valentía que tuvo su esposo al decidir luchar. Yendo directo con el cuchillo en mano hacia la espalda de ese romano que más allá de amenazar a su hija, prácticamente daba muestras de querer deshacerse de ella en esos mismos instantes. Estando dispuesto a correr el filo de su espada por la frágil piel del cuello de la chica cuando…
―¡Ah, maldición! ―gritó de sumo dolor el desgraciado romano al sentir como el cuchillo le atravesó entre la parte posterior de su hombro y mismo omoplato. Dejando caer enseguida a la que poco más y era su víctima, Perla. Quien en vano se arrastró por el suelo aterrada para terminar siendo atrapada de nuevo por el romano que empuñaba la lanza. No sin llegar a ver antes que su propia madre había sido su salvadora. Gran terror para sus ojos cuando en medio de su forcejeo al ser atrapada de nuevo, vio como el romano que llevaba la antorcha, tomaba violentamente a su madre por uno de los brazos y la estampaba contra una alta estalagmita de la que luego pasa inerte al suelo tras haberla dejado manchada con la sangre de su cráneo.
Entre tanto ruido y gritos, Xena se libera del pesado sueño que poseía dado al poderoso brebaje. Agudizando sus sentidos en el proceso para primero identificar voces y luego definir con sus ojos lo que daba muestras de ser una completa pesadilla. La madre de Perla en el suelo con sus claros ojos inexpresivos, y a Perla misma en manos de un romano que hastiado del sollozo y el forcejeo que le hacía entre sus brazos, va y la arroja fuertemente contra el suelo donde ella no pierde tiempo para arrastrarse hacia su asesinada madre entre gritos y sollozos.
―¡Mamá! ¡Oh, mamá!
Como era de esperarse, la que realmente importaba era ella, Xena. Que en medio de todo lo que acaban de captar sus ojos en cuestión de segundos, ya se había logrado poner de pie gracias a su bastón. Mismo con el que estaba dispuesta a plantear una ofensiva hacia el romano de la lanza que muy sonriente con la afilada punta se le acercaba. Dispuesto a clavársela y obtener todo el mérito que eso le aconteciera. Golpeando de primera instancia el bastón con el que Xena se equilibraba y luego a sus heridas piernas que enseguida le dejaron caer. Teniéndola tendida en el suelo, el romano no vio razón para demorar más y pasó a descender la punta de la lanza directo a su pecho. Pero según de adolorida y casi sedada como estaba, Xena rotó hacia un lado en el momento justo en el que descendía la lanza. Clavándose su filo contra las cobijas y suelo mismo mientras que ella recuperaba su bastón y con el grueso nudo de su parte superior, arremetía contra el estómago del romano cuando justamente se proponía a intentar matarle de nuevo.
Sin apenas poder moverse bajo sus dolorosas piernas, el herido romano de la espada que ya se le echaba encima. Usando Xena enseguida su bastón para repeler el golpe de la afilada hoja que iba directo a su garganta. Pateando enseguida al romano en su pecho tras su fracaso y poder así garantizarse unos instantes más de vida. Tan cortos como en cualquier enfrentamiento al ver como el romano que hasta hace poco sostenía la antorcha ―arrojada por éste mismo a la fogata― hacía uso de su arma de dominio, el arco. Habiéndole apuntado con una flecha que ahora volaba por los aires directo hacia ella.
Tarde para reaccionar arrojándose al suelo o hacia un lado, no le quedó de otra que confiar en las habilidades que bien tenía guardadas en su memoria. Logrando atrapar la flecha entre sus manos cuando la punta ya estuvo a meros centímetros de tocarle el pecho. No existiendo tiempo para meditar acerca de la fatalidad de la que se libró, una segunda flecha más que ya venía directo a su vientre. Aflojando el bastón que sostenía y deteniéndola esta vez a mayor distancia de su cuerpo. Y sin permitir que una tercera se le fuese lanzada, viene y utiliza una de esas mismas flechas como dardo en contra del arquero. Lanzándosela justamente en la mano que sostenía la tercera flecha a enviar, arruinándole el tiro.
Apoderada del terror y la más amargas de las angustias, sobre el cuerpo de su madre Perla vivía otro caótico momento de los que ya vivido tenía en esos momentos. Primero fue su padre, ahora su madre. A su ver, ya no le quedaba a nada. Sólo su vida y la de aquella que en tan poco tiempo llegó a ver como una hermana. Y que en ese par de minutos que acontecían, luchaba con todas sus fuerzas para vencer a esos romanos. Donde precisamente ahora, lanzaba la flecha restante al romano de la lanza. Manteniéndole al margen mientras se ocupaba en arrancarse la impactada flecha en su brazo, y así poder ella enfrentarse al de la espada que nuevamente tenía sobre ella.
Para esta vez, la madera de su bastón no resistió más y terminó cediendo bajo el segundo golpe que recibía en su mismo centro. Librándose Xena al menos de esa segunda estocada a cuesta de ya no poseer nada más con qué detener un golpe siguiente.
―Estás muerta, traciana ―le dicta el romano pisándole en la espinilla de una de sus piernas a sabiendas del doble dolor que sentiría dado a sus quemaduras. Queriendo provocarle el mayor dolor posible antes de darle muerte tirada en el suelo como la tenía. Pisándole más fuerte ahora el muslo de su otra pierna como un mismo abusivo.
A meros ocho o diez pies de distancia, Perla se negó a ver morir también a quien apenas llegaba a ver como una hermana. Despegándose del cuerpo de su madre para extraer una flecha del carcaj del arquero que precisamente dándole la espalda yacía mientras rápidamente vendaba su mano. Yendo de seguido después de eso hacia las espaldas del espadista que ya estaba a punto de darle muerte a Xena. Clavándosela por el costado derecho cuando ya tenía pensado descender la mortal espada.
―¡Maldita engendra! ―rugió el espadita tras resultar ahora herido por la hija. Procurando ser el mismo quien se cobrara su venganza. Empujándola contra el piso en donde pretendía clavarle su espada. Algo que aún con todo el dolor que sentía, Xena no estaba dispuesta a permitir. Ignorando todas sus molestias al incorporarse con rapidez y golpear al romano en la espalda con la parte superior de su partido bastón. Dejándolo sin respiración por largos segundos en el suelo mientras Perla ya se levantaba pero no con la agraciada mirada que debía de tener todo aquél que se ve librado de la muerte.
En los cortos segundos en los que Xena miró hacia Perla para procurar por su estado, el romano de la lanza ya venía preparándose para impactarle con el filo de tal arma en su mismo abdomen. Perla, que lo divisa, en un acto reflejo, impulsivo y sacrificado, se arroja contra Xena para protegerla.
―¡Cuidado! ―Tal fue lo único que Perla alcanzó a decir antes de ser ella quien recibirá el impacto y se fuera al suelo junto con Xena.
Quedando tendidas ambas de costado, una vio el sentir en los abiertos ojos de la otra. Mismo que Perla luego suaviza junto con una leve sonrisa de despedida hacia Xena. Guerrera que la vio partir como mismo había visto despedirse muchísimo tiempo atrás a la propia M'Lila luego de que igualmente se sacrificara por ella. De nuevo, su antiguo pasado cobraba vida en su presente.
Cuán lamento y pena inundó su ser por lo que le acaba de suceder. Una vez más, alguien que se había ganado su aprecio en tan corto tiempo, alguien que ya le había salvado la vida, moría al volvérsela a salvar. Y como cuando pasó con la gala M'Lila, el sentir del oscuro odio y la ardiente ira que se apoderan de su alma. Profiriendo un alto y retumbante grito que llenó toda la cueva mientras que al mismo tiempo encaraba al romano de la espada que en medio de su sufrir se aprovechaba para estacarle de una vez con su espada. Anteponiendo esta vez Xena la parte inferior de su ya descrito roto bastón para detener el golpe. Y de paso, volver a arremeterle con la otra parte superior más engrosada. Esta vez, en el lado lateral izquierdo de la misma cabeza. Tan fuerte y violento que la sangre del fracturado cráneo le llegó a salpicar encima.
No cayendo al suelo tal primera venganza, cuando ya el romano arquero ―en vista de no poder usar más su arco por la mano herida― corría hacia Xena con una espada en mano que le pretendía clavar. Lanzándose a su rápido encuentro la enardecida de Xena con lo que ya se había convertido en todo un garrote en sus manos ―el extremo ancho y superior de su roto bastón― y venir y deslizarse sobre sus rodillas cuando ya prácticamente le tenía a unos cuatro pies de distancia. Escapando del ataque de la espada y al mismo tiempo ser ella quien le perforase la carne con la astillada y rota zona del ya definido garrote. Estacándole en su mismo estómago antes de mandarlo sobre ella debido a la velocidad con la que éste se había arrojado.
Quien faltaba de atacarle, el responsable de la muerte de Perla, no se hizo de esperar abalanzándose esta vez contra Xena sin ninguna otra cosa para asesinarle que sus propias manos. Logrando ponerse sobre ella enseguida y apretarle por el cuello con todo su peso y fuerzas para estrangularle. Sin tener mucha ventaja bajo su pesado cuerpo, al igual que él, Xena solamente dependía de sus manos para defenderse en esa lucha. Sirviéndole poco intentar despegar con las suyas las prensadas del romano sobre su cuello. Viniéndosele enseguida la falta de aire y el fatal mareo que acabaría por quebrarle las fuerzas. Cualquiera en su lugar estaría más que perdida. Pero ella, era quien era. Y trayendo de vueltas esas habilidades que apenas revivía en esa segunda vida que tenía, actuó una vez más tan instintivamente como hizo con Lucius. Nada más que ahora con ambas manos. Hincando con los dos dígitos generales entre el cuello y la clavícula del romano. Desgraciado que pierde la voluntad de movimiento enseguida permitiendo que fuese ella quien pasara a estar sobre su cuerpo. Manteniéndole sus dígitos hundidos en tales puntos del cuerpo donde la circulación y varios nervios al parecer se cortaban.
El cuerpo del romano convulsó bajo su peso pero ella jamás dejó de presionarle en el latiente pulso. Ni cuando puso los ojos en blanco, ni cuando comenzó a sangrar por nariz y boca. En vez de ello, sonreía macabramente ante los resultados de su obra. Llenándose de paso del placer interno que le provocaba la lenta muerte del romano bajo su cuerpo y dominio. Manteniéndolo agónico bajo sus abiertas piernas para luego terminar de sentarse sobre su vientre y reírse desquiciadamente de lo que hacía. Echando su cabeza y melena hacia atrás en retumbantes carcajadas repletas de total satisfacción.
El lado más oscuro y demoniaco que alguna vez sepultó, volvía a resurgir en su alma de la misma forma en la que nació en su pasado.
…
Al alba, Bastián y su tropa se adentraban en el buscado pueblo costero. O en ese caso, lo que quedaba de él. Rara era la infraestructura que se encontrara en pie y milagrosa la calle que no mostrase el cuerpo de algún desafortunado. Las casas, mercados y tabernas no eran ahora más que humeantes escombros. Obra de los estragos de un gran saqueo. En definitiva el panorama se presentaba mucho peor de lo que esperaban. Dividiéndose en grupos en búsqueda de sobrevivientes. Sí es que los había. Pero más que nada, alguna pista de la Princesa Guerrera. Tarea en la que más enfocado se encontraba Bastián.
―General ―se dirige ante Bastián uno de sus hombres a toda prisa en una de las calles.
―¿Alguna señal de la Princesa Guerrera?
―Eso parece, señor.
Interesado como natural era, Bastián sigue a su informante hasta uno de las pocas infraestructuras que todavía se mantenían de pie. Ahí, en los altos de lo que se veía una de las más favorecidas casas del pueblo, le esperan más de sus hombres en una amplia sala. Donde uno se le acerca con el conocido Chakram de Xena.
―Estaba puesto en ésta mesa ―indica el guerrero tendiéndole la circular arma a su general luego de señalarle dicho mueble. Y antes de que Bastián pensara en algo concreto, moviéndose a un lado el soldado continúa―: En cuanto a su espada…
Bastián no necesitó que le dirigieran la mirada. En cuanto había entrado a la sala el fatal olor de la descomposición le había llegado hasta sus fosas nasales. Dirigiendo su mirada al fondo de la sala en donde reconoce la espada de Xena clavada sobre el cadáver de un todavía reconocible de Timon.
…
Calentado el sol, quienes también buscaban a la Princesa Guerrera hallaron también señales de ellas. Sin nada más que obtener del devastado pueblo pesquero, durante la noche los barcos fueron trasladados más al oeste por eso de que era la única parte que restaba en ser verificada.
―Espero que me tengan noticas de la fugitiva, soldado ―le dice Lucius al frente de la proa sin molestarse en voltearse ante su informante. El mismo que acudió ante él en su camerino.
―No estamos seguros de tenerlas o no.
―¿Cómo dices? ―Con la clara intolerancia en su mirada, Lucius se gira ante su nervioso informante.
―Siguiendo la extraña humeada que vimos desde el baro, terminamos dando con una pila fúnebre frente a una cueva ―explica―. Al parecer, la de dos cuerpos reducidos a cenizas. En cuanto al interior de dicha cueva, hallamos enteros los cuerpos de un grupo de buscadores que no se presentaron en toda la noche. Desconocemos totalmente qué motivo les llevó a adentrarse en esa cueva y bajo qué manos perecieron. Pero si en el hecho estuvo implicada la Princesa Guerrera, evidentemente volvió a escapar sin dejar rastros.
La total ira que llenó los ojos de Lucius, hablaron más que todas las maldiciones que seguramente lanzó a los cuatro vientos antes de verse en la obligación de partir directo hacia Roma.
…
Como una hoja caída. Como un alma desgraciada y hundida en el Aqueronte. Como una condenada al inagotable lamento. Así y más se sentía Xena caminando a duras penas sobre la arena. Horas atrás se había encargado de despedir a Perla y a su madre del mundo de los vivos. Preparándoles una hermosa pila fúnebre con la leña y florares ramas que con mucho esfuerzo reunió en lo que restó de la pasada trágica noche. Repitiendo en su memoria el momento en el que le depositó un beso en la fría y pálida frente de Perla y deseó que se reuniera junto con su madre y padre donde el mar y el cielo siempre parecen tocarse. Un grabado instante para el torbellino de perturbadas emociones que colapsaban en su interior.
Caminaba sin importarle toparse con la muerte por una vez y por todas. Valiéndose apenas con una lanza de pescar cuando tuvo la oportunidad de usar al asno para moverse. Animal que, tras saber lo especial que fue para Perla, no pudo dejar olvidado en aquella cueva. Llevándole a un vasto terreno de yerbas con el que se topó no muy lejos de dicha cueva mientras reunía la mencionada leña. Después de eso y de encender la pila fúnebre, no hizo otra cosa más que caminar y caminar hacia el oeste de esa playa donde deseaba perderse en su lejanía.
Naturalmente, y debido a su estado, sus piernas no pudieron llevarle tan lejos como deseaba. Cayendo exhausta sobre la arena que tanto detestaba, e importándole poco si ahí la muerte la atrapaba. Bajo un intenso sol que le sonrojó la expuesta piel y le condujo a la inevitable deshidratación que ya venía teniendo de ante mano. Allí, las hambrientas gaviotas ―los buitres del mar― no tardaron en sobrevolar sobre ella y hasta acercársele y picotearle en una que otra ocasión la piel en espera de desgarrarla como cualquier cadáver que las olas de vez en cuando les regalaban.
Las horas pasaron y el naranja atardecer llegó mientras que Xena seguía en medio de su inconsciencia. Ignorante de los pasos de varios caminantes que con pesadas botas de guerreros se acercaban. Y que al verla, se echaron a toda carrera hacia ella. Teniéndola completamente a su merced para acabar con lo que le quedaba de vida. Pero para su fortuna, esa acción estaba lejos de las mentes de esos recién llegados que no hicieron otra cosa que pasar a socorrerle.
―¡Está viva! ―exclamó uno al verificarle el puso.
―Tenemos que llevarla de prisa ante Bastián.
―¿Qué le pasó en sus piernas? ―pregunta con espanto un segundo.
Un coro de voces se mesclaron en cuestión de segundos y de tal modo llegaron a los oídos de Xena. Alertándola de la cerca compañía y llevándola a reaccionar como cualquier otro sorprendido. Empujando a ése que más cerca de su cuerpo tenía y levantándose sobre sus rodillas con una amenazante lanza en vano.
―Princesa Guerrera, somos sus hombres, tranquila.
―Le estábamos buscando. ¿Qué le ha sucedido?
Observándoles en contra de la luz del sol, apenas había podido identificarles sus atuendos de guerreros de primera instancia. Pero ya que los escuchó hablar y pudo observar mejor en cuanto su vista se adaptó, no vio por qué continuar manteniendo una defensiva para la que ya no tenía ni fuerzas. Dejándose caer sobre la arena en medio de otro desmayo.
Cuando volvió en sí, el rostro que identificó fue el de su fiel general Bastián.
―Me alegra que esté dando signos de mejoría, princesa ―le transmite éste. Y sin poder contener una mirada a sus vendadas piernas, le pregunta―: ¿Qué fue lo que pasó?
―Lo que tenía que pasar para abrir los ojos, general ―responde ésta incorporándose del colchón bajo una tienda en la que la recostaron.
―Por boca de los pocos sobrevivientes del pueblo pesquero, nos enteramos de que los romanos intentaron quemarle viva. Y usted dice que algo así tenía que pasar.
―No quiero hablar de nada del asunto por el momento, Bastián.
Comprendiéndolo el general, cambia al momento de tema.
―Comprendo. Y bien, creo que estas son sus armas ―le dice tomando las mismas del suelo y colocándoselas sobre su regazo―. La espada se encontraba clavada sobre un hombre. ¿Acaso lo mató usted antes de que la capturaran? ―Preguntado esto, Bastián se contrae un poco al percatarse tardíamente de que acababa de desobedecer la orden de su líder de no hablar sobre lo ocurrido.
―Cuando me capturaron no tuve tiempo ni de empuñar mi espada ―relata Xena sin una aparente molestia. Todo lo contrario, ahora que tenía recuperadas sus armas, se notaba más relajada y hasta interesada en lo que Bastián le informaba―. No tengo idea de qué hombre hablas. ¿Me lo describes?
En cuanto Bastián le describe el físico de Timon, Xena no hace otra cosa que sonreír abiertamente ante su espada.
…
En el templo traciano elevado en su nombre, Ares daba muestras de no ser otra cosa más que un inerte cuerpo sobre el lecho de una fría habitación en la que le habían colocado. Ésa construida para compartirla con la mujer que gobernaría a su lado. Nada más que hasta al momento, la única compañía con la que la compartía no era otra que la de una atenta de Perséfone que una vez más le visitaba en medio de su letargo. Quedándose en silencio por largos minutos antes de marcharse como según había venido.
―Sigue luchando, Ares ―le suelta al aire ésta antes de desaparecerse―. Nadie mejor que tú para saber hacerlo.
REVIEWS
Ya sé lo que por ahí varias mentecitas estarán pensando de mí. Que soy una sádica despiadada que me pasé a lo grande con nuestra querida Xena. Pero la verdad es que en comparación a como le fue en la serie, yo apenas la he acariciado con una pluma. Bueno, que se me ocurriera encadenarla y prenderle fuego sí fue tremendo castigo. Pero ya ven que Ares logró salvarle antes de que el fuego la envolviera y ustedes me deseasen un mismo fin por haberle causado semejante pesar tanto a ella como a él. Como ya habrán visto el oscuro pasado de Xena se le está revelando en su presente de una forma u otra. Y éste traumático episodio en su vida no ha sido otra cosa más que la antigua chispa tras lo de César que acabó por transformarla en el diabólico ser que una vez fue. Uno que por lo visto, amenaza con regresar al presente en el que vive. De ser así… ¿Será sólo por una etapa de su vida? ¿O por siempre y para siempre? Si quieren saber la respuesta, sigan ahí al pendiente que ahora es cuando la historia se volverá todo ese volcán que a venido queriendo estallar desde un principio.
Para despedirme, les deseo lo mejor en lo que reste de año pues la verdad es que no estoy muy segura de volver a publicar algo hasta el nuevo año. Esté era el último capítulo que me quedaba escrito y ahora me toca reanudar la tarea en la redacción de los siguientes. Un fuerte abrazo les mando con el viento y que el interés en esta historia continúe perdurando en sus mentes y corazones.
Respuestas a Reviews
~GilNar
Y una vez más, muchas gracias por tomar tu tiempo para comentar. Sobre todo el transmitir opiniones y exponer observaciones sobre detalles y aspectos de la trama que a muchos les pasarían por desapercibidos. Y tras haber respondido a tu review por PM como siempre, no me queda más que esperar a un nuevo comentario tuyo con el que podamos comunicarnos nuevamente.
¡Un abrazo!
