Gracias a: setsuna17, ClauGazz, haru10, Marlene Vasquez, MuSaa, yuli, Cindy-chan10, Neri Dark, Elvi, María, Camilia, guardiana, Mari Yuki Taishō, marianazavi89, MimiJean.
Hola nenas, estamos por las últimas y mis dedos lo saben… T.T' acá les traigo otro capítulo. Creo que esto será algo diferente a lo que han esperado, así que espero que lo acepten, también espero que me comenten sus pensamientos más sinceros acerca de lo que opinan de lo que van a leer. Escuchen I love you de VV Brown. Qué más… gracias a todas las chicas que comentan y se ríen, lloran, se divierten, se entretienen, sufren y quieren más. Espero saber mucho de todas ustedes en estos últimos capítulos, no sé cuántos quedarán, tal vez mmm… diez más, (para mí son pocos, voy a sufrir, esta historia es mi bebé U.U) Pero sí, las amo más que al mundo. ¡Profanen sus sentimientos de este capítulo! Besos.
36.
― ¿Estás bien? ―preguntó InuYasha.
Kagome veía a la nada.
―No ―negó apenas, sin verlo.
― ¿Qué pasa? ―se acercó a ella.
Ella se encogió.
―No me siento a gusto contigo ―confesó―. Necesito espacio.
InuYasha la vio confundido.
― ¿Qué? ¿Fue por lo de Kikyō?
―No… si, no lo sé ―meneó la cabeza―. Ha sido todo esto, es difícil ―dejó caer su cabeza, mientras veía el paisaje vespertino de Las Vegas―. Yo… no quiero lidiar con esto, ya no, no me siento capaz.
―Pero… estábamos bien, Kagome.
Ella negó.
―No es cierto. Yo me iría, hasta donde recuerdo ―sonrió con ironía―. Y ahora más que nunca se por qué lo hago. Eres tu InuYasha, somos nosotros, soy yo sintiéndome de esta forma hacia ti.
―Yo también…
Ella negó de inmediato.
―No, no lo digas. Yo fui la única durante años… siempre fui solo yo. Estuve sola amándote como una tonta, y después de mucho tiempo, decidí que había sido suficiente. Pero tú… ―lo vio con enojo―. Si, tu ―lo apuntó con un dedo― tuviste que arruinarlo todo. ¡Todo! Diciéndome que habías sentido algo por mí pero que no habías sabido manejarlo y por eso te habías portado así de mal conmigo.
―Es cierto.
―Fue muy tarde para que lo hicieras ―lo apunto con enojo―. Después de diez años o más decidiste hacerlo. Si hubiera sabido que mi partida te iba a poner en ese estado, entonces me hubiera ido hace mucho.
―Te quiero ―confesó él, haciéndola de piedra en el sofá en el que estaba sentada―. Siempre te he querido. Siempre te he amado.
Kagome parpadeó dos, tres, cinco veces, InuYasha seguía ahí… era InuYasha ¿cierto?
― ¿Qué?
―Es cierto ―asintió él, avanzando hasta ella―. Pensé que dentro de ti lo sabías, yo lo he sabido toda mi vida pero nunca lo súper manejar, no podía ni siquiera pensarlo, no podía aceptarlo, ni siquiera a mí mismo.
Kagome no decía nada, su corazón latía desbocado como nunca lo había hecho. Esas habían sido las palabras que había querido escuchar durante años, ¡años! Y ahora… ¿Qué?
―Yo… ―no supo que decir.
―Todo lo que hemos hecho… todas las veces que te he besado, incluso todos los insultos que te he dedicado solo a ti ―la vio con intensidad― han sido porque te he amado, y si, suena loco, estúpido, sadista… pero eras mía, Kagome ―la tomó de los brazos―. Siempre fuiste mía, de nadie más, y lo sigues siendo. Sigues siendo mía, a pesar de todo lo que ha pasado ―ella no quería llorar, no después de haberlo hecho ya tanta veces―. Daría mi vida por ti, por nosotros, para que le dieras una oportunidad a esto, haré lo que sea necesario, lo que me pidas. He cambiado, Kagome, estoy arrepentido, quiero un futuro junto a ti. ¿Tú no?
Ella derramaba lágrimas silenciosas, no se permitió hipar ni hacer ningún tipo de ruido. InuYasha se había arrodillado frente a ella, le había tomado las manos y masajeaba con lentitud sus muñecas.
―Yo… no quiero que te vayas, quiero que te quedes a mi lado por siempre. Pero ahora comprendo ―asintió para sí mismo―, necesitas irte, alejarte de mí.
Ella tembló ante aquellas palabras, él la estaba dejando ir, él no le suplicaba, él comprendía.
―Mírate, siempre has sido tan hermosa ―le dijo con voz ronca―. Ahora mismo podría hacerte el amor, hasta con lágrimas en los ojos te ves perfecta.
Ella rio y lloró al mismo tiempo, dejando un sonido lastimero salir de sus labios. Él casi nunca la elogiaba, y cuando lo hacía, era a manera de burla, escuchar esas palabras salir de su boca era exquisito.
Él sonrió al verla, era la imagen más perfecta que jamás había tenido de ella. Por una vez en su vida, ella le sonreía desde el fondo de su corazón, él lo sabía.
―Escúchame, Kagome… tal vez mis palabras no tengan valor para ti, pero te hablo la verdad… tenemos años para poder pasar diez y más años juntos en donde espero me trates tan mal como yo te traté. Es más, hasta te doy permiso de golpearme si así quieres ―sonrió como canalla. Ella no pudo evitar soltar una risa contagiosa―. Y te doy permiso de usar todos los insultos que quieras, pero no delante de los niños, tendremos que saber comportarnos delante de ellos.
Ella se sonrojó.
― ¿Quieres hijos?
InuYasha la miró incrédulo.
― ¿Tú no? ¿Sabes cuantos niños pueden salir de ti? ¡Sabes cuántas vidas podemos crear! ―exclamó con emoción. Ella abrió los ojos como platos, ¿acaso quería convertirla en una maquina hace―bebés?―. Por los Dioses, quiero tomarte todos los días sin protección y dejarte embarazada hasta que ambos quedemos vacíos.
― ¡No voy a estar pariendo cada año! ―le pegó un manotazo.
Él sonrió.
―Claro que no, cariño.
Ella sonrió, lo hizo con sinceridad. Se sentía plena y feliz por una vez en más de diez años.
―InuYasha… ¿Qué estás haciendo? ―susurró.
―Arreglando las cosas, porque te amo y mereces saberlo. Merecías escuchar todo esto hacía mucho, pero mi miedo… mi desconfianza no me dejaban hacerlo. Todo lo que te hice, todo lo que dije, te lo dije con cada fibra de mí ser, amándote hasta en el peor de los insultos.
―Estúpido.
―Sí, sí, déjalo salir.
―Idiota.
―Aja, sigue ―la incitó.
― ¡Bastardo mal nacido! ―dijo enfurecida, recordando cada una de las cosas que él le había hecho y dicho, o por lo menos las más hirientes―. ¡Desgraciado, mal parido, baboso, imbécil, canalla!
Él se reía, no quería hacerlo pero ver su carita roja era tierno.
― ¡Tonto! ―terminó con un insulto suave, algo que lo hizo doblarse de la risa―. ¡Oye! ¡No te rías! ―dijo dándole manotazos, su ceño estaba fruncido y estaba decidida a hacerle daño de verdad. Los manotazos pasaron a ser jalones de pelo en donde él se quejaba pero sin dejar de reír y después retorcijones en los pezones haciéndolo gritar. Ella rió como maníaca―. ¡Te mereces eso y más! ¡Te voy a hacer la vida de cuadritos! ¡No te la vas a acabar conmigo como esposa! ―gritó como loca pateándolo sin cesar.
Aquello se había vuelto violento e InuYasha había visto las lágrimas salir de aquellos ojitos.
― ¿Qué sucede? Sigue golpeándome ―dijo con sinceridad.
Ella negó.
―No puedo… me siento como una loca. Así no voy a arreglar mis problemas, tienes razón, necesito alejarme de ti. Necesito perdonarte estando lejos... me has hecho mucho daño, necesito sanar.
Ella suspiró, tumbándose en el piso junto a él.
―Lo siento, nena.
Ella sonrió como tonta.
―Nena. ¿Qué no fue como me llamaste esa noche que estábamos ebrios?
InuYasha se rió.
―Creo que lo hice… un par de veces ―se encogió.
―Fueron más, me decías: oh nena, eres tan hermosa, oh nena, carajo que sí, nena ―imitó una voz grave y ridícula―. Ah sí, y luego en los votos dijiste: te amo, nena ―terminó carcajeándose.
Él la vio con seriedad.
―Era verdad, mi borrachera habló por sí misma. Me delató y ninguno de los dos lo supo.
Ella asintió.
―Recuerdo haber pensado que lo decías para molestarme… pero no me importaba porque pensaba que era el día más feliz de mi vida.
―También fue el mío, no podía creer que estuviéramos haciendo eso.
― ¿Recuerdas más?
Él asintió.
―Recuerdo haber pensado que te veías hermosa aun con ese vestido barato y ese velo de juguete. Cuando dijiste tus votos… y te vi parada frente a mí, pensé que era el hombre más afortunado de todo el puto mundo ―se encogió―. Todavía lo pienso ―le sonrió.
Kagome podría acostumbrarse a aquellas sonrisas. Ambos se habían quedado sentados en el suelo, ella recargada contra el sofá y él contra la mesita cafetera que estaba frente. Viéndose cara a cara, estudiando todas sus expresiones y viendo cada detalle de sus rostros.
―Todavía no te perdono ―le dejó aclarado.
Él asintió.
―No puedo hacerlo ―habló de nuevo―. Quiero hacerlo, pero…
―No puedes ―repitió él.
Ella asintió.
―Lo sé, está bien.
Kagome se mordió los labios y suspiró.
―Comoquiera te amo, nena.
