Capítulo 36: Comienzos y finales
Diciembre, 1979
—Estoy buscando a… —jadeó Remus, deslizándose para detenerse en frente del mostrador de recepción—... Sirius Black.
La recepcionista (Tabitha Williams, decía su etiqueta) parpadeó, sorprendida por la repentina aparición de Remus.
—Ehm… espera un minuto —dijo en su mejor voz profesional, para gran irritación de Remus, y se inclinó para ver los registros hospitalarios—. Ah, está abajo en la segunda izquierda, habitación doscientos ocho.
Remus musitó un gracias antes de retirarse y correr como nunca antes lo hizo en su vida, chocando con los hombros de los sanadores y otros visitantes al apresurarse en pasarlos. Su corazón latía a un ritmo frenético; su mente conjuraba imágenes mentales de lo que podía haberle pasado a Sirius. Nunca escuchó lo que Dumbledore dijo después de su breve reunión con respecto a la misión de los hombres lobo, a la cual Remus había asistido tan pronto llegó a Londres. Simplemente había logrado escuchar las palabras "Sirius","herido", y "San Mungo" antes de dirigirse apresurado hacia la chimenea.
—Doscientos cinco, doscientos seis —contó Remus mientras pasaba cada habitación—. Doscientos siete, doscientos…
Se detuvo cuando notó a una medimaga y medimago salir de la puerta de la habitación. La medimaga llevaba una bandeja llena de pociones (una, la cual Remus notó, era una Poción de sueño sin sueño), y miraba al medimago con preocupación mientras este cojeaba a su lado. El hombre se veía como si le hubieran pateado en las bolas.
Remus dejó que pasaran antes de atravesar apresuradamente la puerta.
—¡Sirius!
Remus reconocería esa cabeza de cortos cabellos negros en cualquier lugar, incluso si gran parte de ella estuviera escondida debajo de rígidas sábanas blancas al igual que el resto de su cuerpo.
Sirius se levantó adormilado al escuchar su nombre, sus sábanas se deslizaron de sus hombros y cayeron a su regazo.
—¿Lunático?
Parpadeó un par de veces antes de frotarse los ojos con sus puños.
Los ojos de Remus rápidamente escanearon el cuerpo de Sirius, buscando cualquier tipo de herida o cicatriz que le indicara lo que sucedió; si es que estaba bien, o si es que realmente estaba tan herido como la mente mórbida de Remus había imaginado. Algo satisfecho cuando no encontró nada, Remus se apresuró en ir al lado de Sirius, descuidadamente moviendo las cortinas que separaban la cama de Sirius de la del otro paciente.
—Hola, Canuto —murmuró Remus con suavidad y cariño, mientras acariciaba la mejilla de Sirius con el dorso de su mano.
Sirius sonrió contento, apoyándose en la caricia de Remus.
—Lunático.
Su voz sonaba cansada y complementaba la suave caída de sus ojos.
—Sabía que vendrías. Nadie me creía, pero yo lo sabía…
Las cortinas azules detrás de Remus se abrieron ruidosamente.
—Está diciendo la verdad, ¿sabes? Estuvo muy inquieto hoy; no quiso tomar sus pociones, y cuando trataron de forzarlo pateó a uno de ellos en las bolas.
Por un segundo, la mente de Remus dejó de funcionar por la sobrecarga sensorial y el dolor que le ocasionaba procesar tanta información al mismo tiempo. Estiró la mano para tocar la figura que ahora estaba sentada verticalmente frente a él, con las piernas balanceándose alegremente.
—¿Cornamenta? ¿Qué demonios?
James sonrió con alegría.
—Buenas tardes, Lunático.
—Dumbledore no me dijo que tú… ¡Mierda!
Remus se puso de pie rápidamente y abrazó a James.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó, separándose pero manteniendo un brazo ansioso alrededor de los hombros de James—. ¿Cómo es que…? ¿Están bien?
Un repentino pensamiento apareció en su cabeza.
—¿Lily está bien? Mierda, James, el bebé…
James sostuvo sus antebrazos y los sacudió.
—Cálmate, Lunático, todos están bien, te lo prometo. Lily está un poco exhausta, pero más allá de eso a salvo. Está en casa de mi madre.
Remus soltó un suspiro de alivio, sintiéndose vergonzosamente sensible y atrajo a James en otro abrazo. James rió, pero no dijo nada. Aunque su agarre se volvió ligeramente más apretado, traicionando la despreocupación que había en su voz.
—Lo conocimos, Lunático —dijo James en voz baja en el hombro de Remus—. Lily y yo, lo conocimos. Voldemort.
Remus sintió que su puño se tensó alrededor de la túnica de James, en una mezcla de furia, miedo y odio extremo.
—¿Les hizo algo a alguno de ustedes? —preguntó, repentinamente posesivo y protector por todos ellos. Eran sus amigos, su familia, eran…—. ¿Te hirió?
James sonrió de modo tranquilizador.
—No fue tan malo. Un par de moretones y maldiciones inevitables. Éramos muchos, así que nos salvamos por los pelos. Aunque no puedo decir que no fue terrorífico.
—Lunático —gimoteó Sirius de repente, llamando la atención de Remus, quien en toda su preocupación había casi olvidado que Sirius estaba justo a su lado—. Lunático —dijo de nuevo, esta vez haciendo un puchero y tratando de mantener sus ojos caídos el tiempo suficiente para verse supremamente patético—. Cornamenta es estúpido —dijo, abriendo sus brazos hacia Remus como un niño.
Remus se dio cuenta de que aún tenía a James en una especie de abrazo de un brazo y frunció el ceño por la expresión petulante y posesiva de Sirius. James, sin embargo, simplemente sonrió a propósito, y apretó a Remus una vez más antes de plantarle un beso baboso en la mejilla.
—¡Lunático!
Sirius abrió más sus brazos, abriendo y cerrando las manos en un gesto llamativo.
Remus, asqueado por la cantidad de saliva sobrante que James le había dejado en la cara y muy desconectado por la actitud de su amante, se presionó el puente de su nariz. Finalmente, se encogió de hombros y consintió a Sirius cuando la sonrisa de James amenazaba con caer de su cara y los gimoteos de Sirius amenazaban con hacer sangrar sus oídos hasta dejarlo sordo.
—¿Qué le pasa? —preguntó Remus a James cuando Sirius lo acercó con fuerza y se acurrucó en él, haciendo sonidos felices y suaves que sonaban más como un perro que como un humano—. Está actuando más raro de lo normal.
—Ah —dijo James en un fingido tono sombrío—. Toma cinco tipos distintos de pociones todos los días… eso lo hacen un poco…
James cruzó los ojos como explicación.
—¡Eso no es verdad! —exclamó Sirius tan vehemente que casi hace caer de la cama al pobre Remus. Atrajo nuevamente a Remus antes de volver a su insistente posición—. Yo no… yo no…
Sirius trató de cruzar sus ojos, arrugando su rostro y pareciendo notablemente estreñido.
James miró a Sirius intencionadamente.
—¿Ves a qué me refiero?
Remus no supo qué decir cuando vio a Sirius rendirse y descansar su cabeza contra su pecho, dibujando patrones en su camisa que se sentían perfectamente como flores y corazones.
—Me picas —comentó perezosamente, alzando la mano para rascar la barba de un día de Remus en vez de la suya.
—No te preocupes; se dormirá en un segundo o dos.
Como respondiendo, Sirius soltó un largo ronquido antes de acurrucarse en la camisa de Remus.
—Bueno, eso es un alivio —comentó Remus, empujando suavemente la boca de Sirius hasta cerrarla antes de que su baba mojara su camisa por completo. De pura costumbre, frotó la espalda de Sirius con dulzura, su mano deslizándose por debajo de la ropa del hospital y encontrando un conjunto de muchas vendas cubriendo la conocida piel suave—. ¿Qué sucedió, Cornamenta? —preguntó con preocupación nuevamente en su voz, mientras tocaba el área de los vendajes que cubrían la espalda baja, el estómago y parte del pecho de Sirius—. ¿Qué les pasó a todos?
—Ya sabes que pasó, Lunático, eres lo suficientemente inteligente como para darte cuenta.
James alzó una mano cuando Remus trató de protestar.
—No puedo decirte todos los detalles, no aquí, no ahora.
Remus asintió de mala gana.
—Perdimos un par de hombres —continuó James solemnemente—. El sanador dice que podré irme esta noche o mañana en la mañana. Te lo explicaré todo entonces.
—¿Qué hay de Canuto? —preguntó, moviendo distraídamente los mechones de sus ojos.
James se encogió de hombros.
—No lo sé. Canuto estaba muy grave, Lunático. Si hubieras venido un día antes te volvías loco; tenía las piernas rotas, los brazos sangrando, y eso ni siquiera era lo peor. De hecho, curaron todo eso con facilidad; fue su espalda la que realmente sufrió daño. Su piel estaba completamente quemada y habían rastros de magia negra debajo de su piel, y no sabían cómo…
—No creo que quiera escuchar más, James —dijo Remus, sintiendo náuseas—. Realmente no quiero. Sólo me alegro que estén todos bien, eso es suficiente por ahora.
James lo miró como pidiendo disculpas.
—No creo que compartas los detalles más importantes de tu misión con nosotros, ¿eh? —preguntó, obviamente tratando de cambiar el tema a algo un poco más cómodo.
Remus elevó un poco a Sirius para que su cabeza se situara cómodamente en la curva de su cuello.
—No creo que pueda, Cornamenta. Quiero decir, Dumbledore dijo que...
La conversación fue interrumpida por un fuerte ruido, y Remus sólo fue capaz de ver un destello de cabello rubio platinado antes de que la puerta fuera cerrada de golpe.
—¿Ese era Elf? —dijo Remus mirando a James, quien simplemente se encogió de hombros. Remus volvió la mirada hacia la puerta pensativamente. Decidido, acostó con suavidad a Sirius sobre la almohada—. Vuelvo en un momento.
—¡Elf!
A Remus no se le ocurría porque el muchacho se escapaba de él, y aceleró sólo por pura curiosidad.
—Elphias, ¿podrías detenerte por favor?
Finalmente alcanzó al muchacho en la entrada de San Mungo, y colocó un firme brazo sobre el hombro de Elphias, haciendo que se volteé con rapidez.
—¡Lo siento mucho, Remy! —gritó Elphias de repente, desconcertando a Remus—. ¡Realmente traté!
Se veía en verdad desesperadamente arrepentido, y Remus lo hubiera tenido en cuenta si hubiera sabido exactamente que había hecho Elphias para lamentarse.
—¿De qué hablas? Elf, que…
Elphias se jaló el cabello con fuerza.
—Se suponía que tenía que vigilar la espalda del Sr. Black, pero...
Remus agarró a Elphias de los antebrazos y lo apretó con fuerza.
—¡Cállate! ¿No sabes bien que no se puede hablar de estas cosas aquí?
Elphias se veía más asustado que nunca, y Remus se dio cuenta de que estaba sosteniendo al pobre muchacho con demasiada fuerza. En forma de disculpa, frotó los antebrazos de Elphias antes de soltarlo.
—Lo siento; mira, ¿por qué no vienes a mi apartamento a tomar una taza de té y hablamos allí? ¿Te parece bien?
—Pero…
—Vamos, aún nadie me ha contado nada y me gustaría saber qué es lo que está pasando —dijo sonriendo con tranquilidad—. Te ves como si quisieras comer algo.
—N-no sé dónde tendría que aparecerme —dijo Elphias nerviosamente—. No quiero causar ningún problema o algo.
Remus hizo un gesto desinteresado con la mano, agarrando a Elphias de la muñeca antes de que pudiera protestar y apareciéndolos en frente de la puerta de su apartamento.
—Siéntate y ponte cómodo mientras hago el té —dijo Remus, entrando y colgando sus llaves en un gancho—. Puedes dejar tu abrigo en una de las sillas si deseas.
Elphias negó con la cabeza, envolviéndose con los brazos por el frío.
—Tienes un hogar muy bonito —comentó cortésmente, sentándose en el sofá.
Remus alzó una sarcástica ceja mientras veía a su alrededor pilas de ropa sucia, platos sucios en el fregadero, y algo que se veía sospechosamente como pelo negro de perro esparcido en el suelo. Ambos eran bastante desordenados cuando Remus estaba en casa, pero Sirius parecía haber pasado el límite de asquerosidad este par de días que estuvo sólo. Remus negó irremediablemente la cabeza y puso la tetera en el fuego.
—Dime que sucedió, Elf.
Elphias asintió, mirando brevemente a Remus, y luego bajó la mirada con rapidez.
—Por favor, Remy, no te enojes.
—No me enojaré —dijo Remus con suavidad mientras rebuscaba dentro del refrigerador para encontrar algo comestible—. Disculpa si es que fui un poco impulsivo antes, Elf. Recién acabo de llegar a casa hoy y todo es un completo lío. Espero que lo comprendas.
Salvó un par de pedazos de salchicha de bolonia y un paquete de pan con salvado.
Elphias se movió incómodamente en su asiento.
—Estaba acompañando al Sr. Black a casa cuando vimos a los mortifagos. Traté de detenerlo, realmente lo hice, lo juro, pero me dijo que fuera por ayuda y que él lucharía. Corrí lo más rápido que pude para ayudarlo, y fue entonces que vi a uno de ellos conjurar el Kedavra, ya sabe.
—¿La maldición de la muerte? —preguntó Remus aterrorizado, casi soltando el plato que tenía en sus manos. James le había dicho que había sido malo, pero no se le ocurrió en ningún momento que el Avada Kedavra había sido usado.
—Esa misma. Y el Sr. Black no se podía mover tampoco porque estaba atrapado debajo de su motocicleta y estaba tratando de conjurar hechizos todo el rato.
Los puños de Remus se abrieron y cerraron; necesitaba un cigarrillo.
—Merlín. ¿Cómo escapó?
—¡Fue jodidamente increíble, Remy! ¡Se transformó! ¡En un perro!
Los ojos de Elphias se encendieron con la emoción de un niño.
—La maldición sólo rozó un poco su pelaje.
Remus recordó lo que James había dicho sobre la herida en la espalda de Sirius y sintió que su garganta se cerraba. Fue un fallo cercano, por pura suerte; si la maldición hubiera tocado piel en vez de pelaje, Sirius estaría muerto en este momento. Un centímetro más abajo y Remus se hubiera encontrado viendo el cadáver de la única persona de la que se había enamorado.
—Elphias —dijo Remus con seriedad, mientras servía el té en dos tazas individuales—. Necesito preguntarte algo y quiero que me des una respuesta sincera, ¿está bien?
Elphias asintió, mostrándose un poco intimidado por el repentino tono severo en la voz de Remus.
—¿Alguien más vio a Sirius transformarse?
—No —respondió Elphias con seguridad, sentándose derecho—. Nadie más que yo.
Remus cerró sus ojos con alivio.
—Bien. ¿Una o dos de azúcar, Elf?
—Cinco.
Remus echó la azúcar en la taza, moviéndola distraídamente. Su mano estaba temblando por la pura necesidad de un cigarrillo, pero logró controlarla.
—¿Remy?
Elphias miró a Remus con inseguridad cuando colocó el té y los sándwich en una bandeja.
—Había un mortífago. No creo que haya visto al Sr. Black, pero… pero creo que estaba tratando de ayudarnos… o algo así.
La cabeza de Remus se levantó de golpe y sus ojos se enfocaron en él.
—Hizo explotar los tubos de la motocicleta justo cuando el Sr. Black se transformó. Quiero decir, pudo haber apuntado mal, pero pareció intencionado a mis ojos. Puedo que me equivoque.
Remus recordó al mortífago que había ayudado a su padre y a él durante su primer ataque.
—¿Lo viste, Elf? —preguntó, con el corazón latiendole por la espera a la respuesta que iba a venir, mientras acomodaba la bandeja en la mesita de café y se sentaba al lado del muchacho—. ¿Viste como era?
Elphias negó la cabeza con arrepentimiento.
—Llevaban máscaras, Remy. No vi a ninguno de ellos.
Mordió uno de los sandwich y tragó rápidamente.
—Aunque era un poco bajo y algo redondo también, ahora que lo pienso.
Remus frunció el ceño; no era la misma persona. Esto significaba que había más de un mortífago que estaba de su lado. ¿Quienes eran? ¿Conocían a la Orden o ya trabajaban para ella? Dumbledore, dentro de todo, era un viejo reservado; ¿quizás eran espías suyos? O quizás… quizás se arrepentían de su decisión; quizás estaban bajo un Imperio y luchando contra ella; quizás… había demasiados quizás.
—Joder —exclamó Remus, bebiendo su té con rapidez y quemándose la lengua.
—No sé qué sucedió después de eso. Los otros vinieron y el Sr. Potter me dijo que llevara al Sr. Black a San Mungo. Me dijo que no regresara a luchar junto a ellos y que no me alejara del lado del Sr. Black.
Remus asintió. Eso sonaba mucho a algo que James diría.
—Necesito pedirte un favor, Elf, es uno muy importante. ¿Está bien?
—Cualquier cosa, Remy —respondió Elphias con sinceridad, colocando una mano sobre la de Remus.
Remus sonrió con inquietud.
—Necesito que mantengas en secreto que Sirius es un animago. No está registrado, y si alguien se llegara a enterar sería un gran problema para él. No se lo has contado a nadie, ¿verdad?
Elphias negó la cabeza con energía.
Remus dejó escapar un largo suspiro de alivio, sintiendo que una carga era sacada de sus hombros.
—Gracias. Muchísimas gracias por todo.
—Realmente lo amas, ¿no es así? —preguntó Elphias de repente, su mano envolviendo la de Remus con fuerza mientras miraba al hombre lobo con una expresión imposible de leer.
Remus, tomado desprevenido por la pregunta directa, simplemente parpadeó por un momento.
—Sí, así es —respondió, no viendo sentido el ocultarlo o negarlo.
Elphias asintió con tristeza, retirando su mano de la de Remus.
—Entonces estoy muy arrepentido por toda la preocupación que te he causado. No fue…
—¡Elphias, ¿podrías callarte?! —espetó Remus—. Todo el rato has estado divagando que todo es culpa tuya y de lo mucho que lo sientes cuando, por lo que veo, ni siquiera estás en falta aquí. Por el amor de Dios, si no hubiera sido por ti, Sirius ni siquiera estaría vivo ahora.
Elphias parpadeó rápidamente, bajando la mirada hacia la alfombra.
—Eres el único que piensa así, Remy. Todos los demás…
La voz de Elf se rompió inesperadamente, y tomó aliento para tranquilizarse.
—Todos los demás dicen que nada de esto hubiera sucedido si otra persona hubiera estado con el Sr. Black. Dicen que Dumbledore jamás debió traer a un niño como yo.
—Sólo están…
—Los Prewetts murieron, ¿sabes? —reveló Elphias con tristeza, aún sin despegar los ojos del suelo—. En una pelea contra cinco mortífagos.
El cuerpo de Remus se tensó por la conmoción. ¿Los Prewetts? ¿Los dos hermanos con los cuales Remus y Sirius siempre coqueteaban y siempre se divertían y reían? Eran los dos luchadores más brillantes de la Orden, y también los más valientes. Remus sintió una repentina sensación de pérdida por su muerte, y al mismo tiempo, una parte traicionera de él estaba agradecido de que no había sido James, o Lily, o Peter, o Sirius.
—Tuvieron un funeral ayer —dijo Elphias sorbiendo su nariz—. Mary… Marlene… dijo que no podía ir porque la Sra. Weasley estaba muy molesta y no le haría bien verme allí.
Remus frunció el ceño, preguntándose porque alguien como Marlene, quien siempre había sido tan amable en la escuela diría algo como eso. Remus colocó una mano reconfortante en el medio de la espalda de Elphias.
—Mira, Elf…
—Voy a renunciar, Remy —dijo Elphias, y Remus se sorprendió al ver caer grandes lágrimas caer de sus ojos—. Voy a renunciar a la Orden.
Se limpió la nariz con la manga de su chaqueta.
—No me anoté para esto… ni para estas matanzas y peleas sin sentido. No sirvo para nada de esto, así que debería simplemente quedarme en casa. Estaba mejor allí de todos modos.
Remus frotó la espalda de Elphias en forma de consuelo, sintiéndose terriblemente apenado por el pobre muchacho.
—Escucha, oye, escúchame. Sólo estás asustado, Elf, y está bien estar asustado, pero no está bien rendirse tan fácilmente. Viste ese ataque, ¿verdad? Lo viste, y ese fue sólo uno de ellos. Estas personas… esos mortífagos hacen ese tipo de cosas todos los días… matan gente sin motivo, causan problemas, hieren a las personas sólo porque creen que son superiores al resto de nosotros.
Remus sonrió amablemente cuando Elphias alzó la mirada para verlo.
—Mataron a mi padre también, ¿sabes? Y me rendí por un tiempo… justo como tú.
Elphias lo miró con ojos llorosos y llenos de admiración.
—¿Pero volviste? —preguntó en voz baja.
Remus sonrió y lo abofeteó suavemente en la mejilla.
—Volví.
—¿Por qué?
¿Por qué? A veces Remus se preguntaba a sí mismo la misma pregunta, y la respuesta era demasiado complicada, demasiado vasta para ponerla en simples palabras. Así que dijo la mejor cosa:
—Encontré mis propias razones para luchar, y también lo harás tú…
De repente, Elphias abrazó a Remus con fuerza, sollozando ligeramente y frotando sus ojos en el hombro de Remus. Remus palmeó su espalda con incomodidad, sin saber que otra cosa hacer.
—¿Tengo que encontrarlas ahora? —preguntó Elphias, su voz aún era pequeña, pero tenía un poco de su característica insolencia.
Remus rió con fuerza, alborotando el cabello de Elphias.
—Llegará con el tiempo. Mira, gracias por todo. Desearía que pudiéramos hablar más tiempo, pero le prometí a Corna… James que volvería al hospital. Ha pasado mucho tiempo y no he visto a ninguno de mis amigos como debe ser.
—No hay problema. Tengo que trabajar; la Sra. Shuman sólo me dio un par de minutos de descanso para visitar al Sr. Black. Estará furiosa si no regreso pronto.
Remus se liberó del prolongado abrazo de Elphias.
—Sé bueno, trata de no follartela, ¿eh?
Elphias rió, pero no hizo ningún comentario más mientras se acomodaba su bufanda y gorro.
—Hasta luego, Remy —susurró, inclinándose hacia adelante y presionando un ligero beso en la mejilla de Remus antes de salir por la puerta.
Remus vio la puerta cerrarse tras de él, con una mano sorprendida en la mejilla donde Elphias lo había besado. Sonrió y negó con la cabeza exasperadamente.
—Nunca cambiarás.
XxxxX
Sirius salió de la ducha para encontrar a Remus sentado en la mesa, encorvado sobre una pila de periódicos, escribiendo a una velocidad furiosa. Momentáneamente fue regresado a los años pasados en Hogwarts justo antes de un examen. Sirius hizo a un lado la inesperada ola de nostalgia y caminó hacia el lado de su amante, poniendo ambos brazos alrededor de sus hombros y besándolo en la mejilla.
—Ven a la cama, Lunático —susurró Sirius contra la piel de Remus, haciendo un camino de suaves besos hacia su barbilla.
Remus besó brevemente los labios de Sirius antes de volver a su escritura.
—¿Tomaste tus pociones?
Sirius hizo un puchero.
—Las tomé después de cenar frente a ti, ¿recuerdas?
Remus alzó una ceja, sorprendido de que Sirius aún estuviera despierto. La cena había sido hace dos horas; ¿había tenido una siesta en el baño?
Sirius acarició la mejilla de Remus insistentemente con su nariz.
—Sólo dame cinco minutos, Canuto. Ya casi acabo.
Sirius frunció el ceño, suavemente sacando la pluma de la mano de Remus y colocandola a un lado.
—No más trabajo, Lunático, recién acabas de volver.
—Canuto —protestó Remus débilmente, un mechón de cabello ya enredándose en la húmeda cabellera de Sirius cuando el animago mordió su oreja—. Espera.
—Te extrañé ridículamente, ¿sabes? —susurró Sirius con una mano ahora deslizándose para levantar la camisa de Remus en busca de piel—. Te has vuelto como una enfermedad ahora… más que nunca... como una plaga o algo así.
—Gracias por el cumplido. Yo también te extrañe… es sólo que…
La mano mojada de Sirius fue más hacia abajo y Remus perdió coherencia en su habla por un momento. Le tomó todas sus fuerzas mover la mano de Sirius de su entrepierna.
—Mira, sólo ve a la cama que ya voy, te lo prometo. Sólo necesito que…
Sirius, disgustado, sacó sus manos de él y las ocupó en revisar los periódicos de Remus.
—¿Qué es todo esto? El Profeta, El Guardián, Telégrafo… ¿Qué estás haciendo, Lunático?
Remus acomodó los periódicos cuidadosamente en su lugar. Tomar una ventaja en mi próxima misión. No lo creerías, pero este tipo de cosas son más común de encontrar en artículos muggle que…
—¿Te irás de nuevo? —preguntó Sirius con el rostro rápidamente volviéndose una expresión de decepción e incredulidad.
Remus asintió.
—Pronto, sí; Dumbledore cree que los hombres lobo se unirán a nuestro lado; no parecen muy entusiasmados de unirse a Voldemort de todas formas.
Sirius lo miró incrédulo, como si Remus acabara de decir la cosa más ridícula del mundo.
—¡Pero recién acabas de volver, Lunático! ¡No te puedes ir de nuevo!
Remus frunció el ceño, volteándose en la silla para ver correctamente a Sirius.
—Estaré aquí durante otro mes o algo así, Canuto, y sólo me iré por un par de semanas. No es tan grave.
—Yo… No, Lunático —dijo Sirius obsbtinadamente, cruzándose de brazos—. No quiero que te vayas.
Remus rodó los ojos con exasperación.
—Sabes que me iré, Canuto, no importa lo que digas.
—¡Soy tu amante, tu mejor amigo; estoy seguro que mis palabras significan algo para ti! —gritó Sirius, golpeando la mesa con el puño con furia.
Remus suspiró, tomando las manos de Sirius en las suyas.
—Canuto, esta es mi oportunidad… esto es lo que he querido durante tanto tiempo… una oportunidad de realmente significar algo.
Entrelazó sus dedos con los suyos, apretándolos con fuerza, dispuesto a que su amante lo entendiera.
—¿Te das cuenta que cualquier cosa que diga puede determinar si nuestras fuerzas se pueden expandir; que cada palabra es influyente?
Alzó la mirada para ver los desafiantes ojos grises.
—Esta es mi oportunidad de hacerme un lugar en esta guerra. Nadie más puede hacer esto.
—¿Qué hay de mí? —preguntó Sirius en voz baja, tirando ligeramente de las manos de Remus—. ¿Qué hay de lo que yo quiero?
—Pensé que querías luchar, Canuto. Pensé que, de todas las personas, serías tú quien me animaría a seguir adelante y de hacer mi mejor esfuerzo.
—Lo hago —respondió Sirius, completamente en conflicto—, pero quería que lo hiciéramos juntos… todos nosotros… pero siempre pareces estar buscando ventaja para ti mismo… alejándote de nosotros… de mí.
Remus inhaló profundamente, acercando más a Sirius, de tal forma que quedó de pie entre las rodillas de Remus.
—Canuto, no me estoy alejando de nadie. Mira, tus prácticas comenzaran pronto también. Serás mandado a algún país lejano, y lucharás tus propias batallas. No me estoy quejando; esto es lo que cada uno debe hacer. Y estarás tan ocupado que ni siquiera notarás que me habré ido.
Sirius apartó la mirada.
—Me gustaría que estés aquí cuando regrese a casa…
Remus miró a su amado inquisitivamente, notando la forma en la que evitaba los ojos de Remus, la forma en la que su mandíbula se tensaba cada cierto tiempo, y su agarre en las manos de Remus se apretaba y luego aflojaba.
—Sirius, esa no es la verdadera razón, ¿verdad? Puedo ver que estás buscando excusas. ¿De qué se trata todo esto?
Sirius se encogió de hombros, sin negar la acusación de Remus.
—No es nada. Sólo te quiero aquí conmigo. No estoy pidiendo mucho, ¿o sí?
Remus frunció el ceño pensativamente.
—Estás asustado de que me lastimen, ¿es eso? Te lo dije, Canuto, estas personas; no son nada de lo que has imaginado. Son…
—Consideradas, y amables, y acogedoras —recitó Sirius con voz cansina—. Ya lo sé. Y aún así no me gustan.
—Canuto, estás siendo absurdo.
Remus se preguntó si las pociones esas estaban haciendo delirar a Sirius o volviéndolo simplemente estúpido
Los ojos de Sirius brillaban cuando miró a Remus con dureza.
—Dime, Lunático, ¿te comprenden? ¿Te cuidan mejor? ¿Conocen cómo te sientes y lo horrible que es la mitad del tiempo para ti? Son…
Titubeó aquí, y continuó en un tono más suave.
—¿Son tus amigos? ¿Tus iguales?
Remus sacudió su cabeza con desconcierto.
—Realmente no comprendo lo que tratas de decir.
—Te haces sentir como en casa, ¿verdad? —resopló Sirius—. Como si pertenecieras a un lugar.
—Supongo —contestó Remus, aún confundido—. Canuto, te estás comportando realmente raro y oh…
Remus se quedó en silencio cuando la comprensión finalmente llegó a él.
—Oh. ¡Oh, por Dios! ¡No te lo puedo creer! ¡Estás celoso!
—¡No lo estoy! —exclamó defendiéndose Sirius, tratando de zafarse del agarre de Remus en sus manos.
Remus soltó una risita, por alivio o incredulidad, no lo podía saber.
—Lo estás. ¡Lo puedo saber! Crees que quizás encuentre a alguien más parecido a mí y te deje por él, ¿no?
—No —respondió Sirius con altanería—. No, ¿sé que no me abandonarías?
Su respuesta salió más como una pregunta que como una declaración, causando que Remus riera con mucha más fuerza y sentara a Sirius en su regazo.
Remus lo besó sonoramente en los labios.
—Tonto, chucho inseguro. ¡No puedo creer que estés más asustado de que te deje en vez de que me muera!
—¡Tampoco quiero que te mueras! —dijo Sirius con los ojos muy abiertos con sinceridad y sorpresa de que algo como eso hubiera sido siquiera insinuado.
Remus sonrió, acariciando el cabello fuera del rostro de Sirius con cariño, y besándolo en la mejilla.
—Están más adaptados a ti que yo, Remus. Son como tú y no importa cuánto me esfuerce, nunca podré verte de la misma forma que ellos a ti —dijo Sirius con tristeza, descansando su cabeza contra el hombro de Remus—. Nunca podré comprender lo que estás pasando.
—No me gustaría que lo hicieses. Es horrible.
Sirius resopló contra el cuello desnudo de Remus.
—Ellos sabrían eso, ¿no? Ellos saben todo sobre ti… todos tus deseos, todas tus ambiciones, todas tus necesidades… ellos saben todo eso. Y luego te darás cuenta de que estás mejor con ellos que con nosotros, y…
Remus rodó los ojos.
—Canuto, cállate ahora mismo antes de que te golpee.
—Puede suceder; yo dejé a mi familia para estar con personas que me comprendían. Te puedes ir por la misma razón. Tú…
—¿Cuál es mi cosa más favorita en el mundo, Canuto? —interrumpió Remus
Sirius alzó la mirada por el repentino cambio de tema.
—No lo sé. ¿Pene?
Remus golpeó su frente.
—Olvídalo. Lo que estaba tratando de decir es que estoy feliz como estamos ahora. Estoy feliz contigo, y Cornamenta, y Lily, y Colagusano.
Descansó sus manos en la espalda baja de Sirius, dibujando pequeños círculos con su pulgar.
—Ustedes cuatro significan todo para mí, y preferiría matarme antes de dejarlos a todos ustedes voluntariamente.
Sirius sonrió, aparentemente satisfecho con la respuesta de Remus, y descansó su cabeza nuevamente en el hombro de su amado.
—Te amo —murmuró suavemente.
Remus sacudió la cabeza, a duras penas conteniendo su risa para no alimentar nuevamente el temperamento volátil de Sirius. Las pociones que le fueron prescritas parecían acentuar cada aspecto de la naturaleza de Sirius, especialmente el melodrama.
—Has estado viendo demasiadas novelas, Canuto. Poniéndote sentimental por cosas triviales y arrastrándome contigo. Vamos, llévame a la cama, maldito maricón.
—Mm —contestó Sirius, frotando su nariz contra el cuello de Remus para luego besarlo.
—Y no te quedes dormido encima mío.
Remus le dio una ligera nalgada a Sirius.
—La última vez te dormiste en pleno sexo y me quedé en la posición más incómoda.
—Trata tú de quedarte despierto con esa mierda en tu sistema —respondió Sirius, enterrando su nariz en el cabello de Remus—. Mm, hueles bien.
Por suerte para Remus, Sirius mantuvo su palabra y no se quedó dormido en medio del sexo. No, como si los Dioses de la ironía lo hubieran escuchado, se quedó dormido antes con Remus debajo de él y aún sentado en la silla. Aparentemente, la discusión le había costado una cantidad de energía valiosa que pudo haber sido usada en tener algo de sexo maravilloso, o por el estado constantemente agotado de Sirius, algo de sexo aceptable.
Remus suspiró, frustrado y más que un poco excitado. Echando la cabeza hacia atrás, miró hacia el cielo y maldijo.
—Te estás burlando de esto, ¿no? Maldito bastardo enfermo.
Era simplemente uno de esos días, supuso Remus, en los cuales prefería no cuestionar la sanidad del mundo y simplemente llevar en brazos a la cama a su amado.
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Lo mejor de la víspera de Año Nuevo era que siempre habían programas especiales en cada canal. Podías pasar horas viendo la televisión y nunca aburrirte porque siempre había algo que ver, siempre algo con que entretenerse. Para dos chicos aburridos como Remus y Sirius, la televisión era el único santuario.
Así que a eso de las seis, cuando se quedaron sin cosas que hacer en la casa, ambos se acostaron en el sofá con el control remoto; Remus quedando completamente recostado sobre su espalda con un poco de ayuda de un hechizo expansor, y Sirius encima suyo, con la parte baja de su cuerpo descansando entre las piernas de Remus y con la cabeza apoyada en su pecho. Las botellas de cerveza se balanceaban precariamente sobre el borde de la mesita de café, prácticamente suplicando que alguien les hiciera caer.
Habían empezado su pequeña maratón de TV a las seis en punto, con el especial de dos horas del Show Mágico de Paul Daniels, donde los chicos reían entre ellos estúpidamente cuando la audiencia exclamaba "oohh" y "aahh" con asombro ante los pobres intentos de magia. Sirius lo acuñó como el mejor show de televisión, poniéndolo por encima de su anterior clasificación para Los jóvenes y los inquietos. Luego continuaron con El Show de los Muppets (por pura insistencia de Sirius; ¡en serio!), Superestrellas, Calle Coronación (donde a Sirius le gustaba Kevin Webster y estuvo completamente decepcionado cuando no apareció en el episodio), y así sucesivamente.
—Eso aún duele, ¿sabes? —comentó Sirius cuando la mano de Remus se deslizó por debajo de la camiseta de Sirius para trazar el largo pedazo de piel extrañamente suave donde el hechizo había caído.
—¿Fue divertido conseguirla? —preguntó Remus, dejando su fría mano descansar ahí, y sintiéndose extrañamente bien—. Corriendo por allí en tu motocicleta hechizando a todos.
—Sí —admitió Sirius—. Pero sólo hasta la parte en la que pensé que iba a morir.
La comisura del labio de Remus se alzó.
—¿Viste pasar tu vida enfrente de tus ojos, entonces?
Sirius negó con la cabeza, mostrándose ligeramente abatido.
—No mucho, pero tuve un par de pensamientos por aquí y por allá.
—Bueno, eso es nuevo.
Sirius golpeó a Remus en la cabeza.
—Pensé que estarías decepcionado de mí por haber ido y hecho algo estúpido después de que explícitamente me dijiste que no lo haga.
—Bueno, si te hace sentir un poco mejor, personalmente no creo que meterse de cabeza al peligro siendo sobrepasado en número es estúpido en absoluto —dijo Remus tranquilamente, resumiendo las caricias en la espalda de Sirius.
Sirius sonrió y se movió un poco para estar más cómodo.
—Gracias.
—Creo que es jodidamente de idiota.
—¿Y valiente? —preguntó Sirius, mirándolo con grandes y esperanzados ojos.
—Y estúpido —dijo Remus inexpresivamente.
—¡Ahora te estás contradiciendo! —exclamó Sirius con vehemencia, levantándose para sentarse en el estómago de Remus.
Remus se encogió de hombros mientras sonreía.
—No puedo evitarlo. Tu estupidez es contagiosa.
—Cruel, Lunático, eres tan cruel.
Sirius agarró su corazón, fingiendo un extremo dolor.
—Me hieres con tus palabras, atravesando y apuñalando mi lisiado cuerpo...
Remus jaló la pretina de los boxer de Sirius.
—¿Debería besarlo mejor?
—Y luego me sobornas con tu sensualidad. Eso es bajo, amor, me haces sentir como una ramera.
Sirius se inclinó más cerca, de tal forma que su rostro quedó sólo a centímetros del de Remus cuando exhaló las siguientes palabras.
—Una ramera barata a tus servicios.
Remus alzó una ceja.
—No pensé que eso era un problema. Por lo que he podido ver…
Acunó la entrepierna de Sirius ilustrativamente.
—Pareces disfrutarlo bastante.
—Ese no es el punto, ¿no? El punto es que…
Sirius perdió el hilo de la conversación cuando la mano de Remus le hizo cosas innombrables.
—¿Sí? —preguntó Remus, sin tomarse la molestia de detenerse y sonriendo con arrogancia.
—Bueno, joder… ehm… el punto es que mi proceso de pensar está un tanto desnutrido.
Sirius con gran renuencia y determinación para ganar la pequeña y ocurrente batalla removió las manos de Remus.
—Lunático, sé un buen tío y hazme un sándwich, ¿podrías? —dijo despreocupadamente—. Alimenta mi hambrienta mente.
Las cejas de Remus se fruncieron y sus brazos se cruzaron sobre su pecho.
—Háztelo tu mismo. No soy tu esposa.
—Lo serías si el destino no fuera tan cruel —murmuró Sirius lo suficientemente fuerte como para que Remus lo escuchara.
—¿Qué significa eso?
Sirius se encogió de hombros.
—Sólo digo que si uno de nosotros tuviera que ser una mujer en nuestra próxima vida, serías tú.
Remus lanzó dagas con los ojos a su amante.
—¿Estás loco? ¡A menos que no lo hayas notado en tu culo las suficientes veces, mi pene es más grande que el tuyo!
—¡Sólo porque eres más alto! —exclamó Sirius, sintiendo sus genitales muy insultados y a la defensiva—. Mira tu cabello; largo y sedoso, y siempre oliendo a shampoo u otra cosa.
Remus se sentó bruscamente, tirando a Sirius del sofá.
—Se llama ser aseado, hijo de puta, pero tú no lo sabrías por todas esas pulgas que tienes encima.
—¡Eso fue sólo una vez, idiota! —gritó Sirius como en la guerra, mientras tiraba a Remus al suelo.
—¿Por qué mier…?
Remus se sentó a horcajadas en las caderas de Sirius, empujándolo con fuerza contra el suelo, mientras sostenía al animago de las muñecas. Sirius soltó un quejido de dolor en el instante que su espalda colisionó con el suelo, y Remus lo soltó rápidamente, horrorizado y maldiciéndose a sí mismo por haberse olvidado de las heridas de Sirius.
—Joder, Canuto, amigo, ¿estás bien? Joder, lo siento mucho, no fue mi intención…
Sirius aprovechó la oportunidad para darle la vuelta, de tal forma que Remus quedó ahora debajo de él con ambas manos ancladas a sus costados.
—Eres demasiado fácil, Lunático —comentó, lamiendo el labio inferior de Remus.
La boca de Remus se abrió con sorpresa.
—¡Pedazo de idiota! ¡Casi me muero!
—Te preocupas mucho por mí, ¿no? —preguntó Sirius, sonriendo y usando una mano para acariciar la barbilla de Remus.
—¡Joder, estúpido imbécil, te mataré! Voy a...
Remus liberó ambas manos del agarre de Sirius e hizo la única cosa que sabía que volvería loco a Sirius; le hizo cosquillas.
Sirius se echó a reír incluso antes de que los dedos de Remus tocaran su piel, rodando en el piso, agarrándose el estómago y tratando de protegerse de los dedos de Remus.
—Jajaja… Lunático, detente… Jajaja…
Cayó de costado con Remus aún encima de él, sus lágrimas corría por su rostro y su aliento salía en dificultosos jadeos.
—Sabes que tengo muchas cosquillas allí… oh dios, para… Jajaja… te amo… jejeje… te adoro…
—Oh por el amor de Merlín, corten el juego previo y follen de una vez por todas.
Tanto Remus como Sirius se levantaron tan rápido que sus cabezas se golpearon una contra otra. Remus gritó:
—¡Cornamenta!
Al mismo tiempo que Sirius gritó:
—¡Lily!
Y ambos se apresuraron en ponerse de pie y arreglarse. Sirius, cuyos boxer ya se habían bajado alarmantemente, se sonrojó y sonrió pícaramente hacia Lily mientras se los subía. Era una cosa realmente rara lo incómodos que Sirius y Remus se sentían cuando mostraban su afecto incluso en frente de sus mejores amigos, quienes siempre habían apoyado su relación, incluso alentado. De hecho, Sirius y Remus nunca habían ido más lejos que tomarse de las manos o darse un beso casto en la mejilla cuando estaban presentes.
—Que raro, James —dijo Lily, golpeteando su labio con un dedo pensativamente mientras veía a Remus y Sirius enderezarse—. Por alguna razón, siempre pensé que Sirius la tendría más grande.
Ladeó su mejilla para que le dieran sus habituales besos de saludo.
—Nah —dijo James, acercándose para abrazarlos a los dos con un sólo brazo—. Desafortunadamente, entre los cuatro de nosotros, Remus es el más bendecido.
Remus rodó los ojos.
—Sí, bueno, Dios tuvo lástima de mi licantropía, por eso me dio un pene grande.
—Amén —dijo Sirius sonriendo mientras le daba unas ligeras palmadas a Remus en el estómago, e incluso Lily miró hacia abajo con admiración.
James sonrió y se frotó las manos.
—Bueno, vístanse; vamos a salir. No puedo creer que caminen con esas mierdas que llevan puestas, estando en casa o no.
—¿Qué tiene de malo lo que estoy vistiendo? —preguntó Sirius, recogiendo un par de jeans de debajo del sofá y poniéndoselos para gran disgusto de Lily.
James los miró con énfasis. Sirius llevaba puesto un par de boxers y una desaliñada camiseta que James sabía que le pertenecía a Remus desde quinto año, mientras que Remus llevaba medias puestas, calzoncillos y una camisa de manga larga que cubría su modestia o bendición, dependiendo de como lo mirases.
—Para empezar, tu camiseta está rota en uno de los codos. Y Lunático, si le pones un par de flecos a esos pantalones se verían como los que solía usar mi abuela.
Sirius bufó.
—Que seguidor de la moda que es Cornamenta. Uno pensaría que él es el marica.
James arrojó la chaqueta de Sirius a su cara.
—¿A dónde iremos, entonces?
—Es víspera de Año Nuevo, ¿o lo han olvidado? —preguntó Lily con arrogancia—. Cenaremos juntos en ese pequeño café calle abajo. Colagusano traerá a una cita, así que necesito que ustedes tres se comporten. No quiero que se espante de él incluso antes de que comiencen a salir.
—¿No nos puedes dar una tarea más fácil, querida Lily? —preguntó James con picardía, ganándose una mirada fulminante de su esposa.
—Canuto, ponte la bufanda. No me importa que no combine con tu chaqueta de cuero —amonestó Remus, mientras se ponía un suéter azul y seguía a Lily y James hacia afuera.
Sirius casi agarra las llaves de su motocicleta antes de recordar que estaba en el garaje en reparación.
—¡Apresúrate, vamos!
—¡Cálmate! ¡Mantén puestos tus pantalones! —gruñó Sirius, cerrando la puerta tras de él.
—¿Cuáles? ¿Los de flecos de abuela?
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Remus deslizó la soda de Lily hacia el otro lado de la mesa cuando se sentó en la silla que estaba al lado de ella.
—¿Cómo has estado sintiéndote? Ya sabes, con el bebé y todo eso.
—Podrida —respondió Lily, tomando un trago generoso de su lata—. ¡James no me deja hacer nada en casa! ¡No ha pasado ni siquiera un mes y ya me está volviendo loca!
—Bueno, es el primer hijo de los merodeadores —explicó Remus—. Está obligado a ser sobreprotegido. Me sorprende que Canuto aún no te ha contratado un guardaespaldas.
Lily gruñó con molestia.
—No le des ideas a ese hombre. Ya es lo suficientemente malo estar en casa todo el día.
Remus bajó su bebida con sorpresa.
—¿Casa? ¿Cornamenta te hizo dejar tu trabajo?
—¡Já! —exclamó Lily con insolencia—. ¡Ni se atrevería! Me despidieron.
—¿Qué? ¿Por qué? Siempre pensé que sobresalías en preparar pociones.
—Oh, sí, así es, pero soy hija de muggles, ¿no? —respondió Lily con amargura—. Es un poco peligroso tenerme alrededor con todos los ataques que están sucediendo. Voldemort podría decidir matarme y atarme al laboratorio.
Remus soltó una risita
—De alguna forma siento que estoy teniendo un deja vu con esto. No te tomes eso mal, Lily, a mi me pasa todo el tiempo. La única diferencia es que están asustados de que los haré pedazos antes de que Voldemort tenga oportunidad de hacerlo.
Tomó lo que quedaba de su bebida de un último trago, sintiendo un burbujeo desagradable en su nariz.
—¿Qué es lo que dijo mi último jefe? Ah, sí, que un leopardo nunca cambia sus manchas, y que un hombre lobo nunca decide volverse vegetariano.
—Esa es pura mierda —espetó Lily.
Remus sonrió.
—No, es verdad. Tengo este inusual fetiche por la carne que vuelve loco a Sirius.
Lily le dio un golpe en el brazo.
—Oh, cállate, ya sabes que no estoy hablando de eso.
—Mira, Lily, olvídalo —dijo Remus, haciendo a un lado su preocupación y simpatía. No le gustaba que nadie sintiera lástima por él, y estaba más que acostumbrado a que la gente le tuviera miedo—. Te quería preguntar un par de cosas. ¿Te molestaría que nos alejáramos un poco mientras los otros aún están ocupados?
Lily miró por encima del hombro de Remus, donde James y Sirius estaban acosando a la cita de Peter, Patricia. Lily casi sentía lástima por ella; casi, pero sintió que se lo merecía. Durante toda la conversación que tuvieron, había sido altanera, irrespetuosa y muy molesta. En otras palabras, había sido un engendro puramente de Slytherin, algo muy atractivo para el lado travieso de James y Sirius. Por primera vez en su vida, Lily los había dejado ser.
Volvió su mirada a Remus. Al ver su rostro ansioso, permitió que la guiara a una de las mesas más aisladas.
—¿Qué sucede? —preguntó Lily una vez que se sentaron.
—Es esta cosa que me pasó durante mi viaje de vuelta a casa —susurró Remus, inclinándose más cerca a ella para que la conversación quedara solamente entre ellos dos—. No le encuentro explicación, y lo he buscado en una tonelada de libros, pero no hay nada parecido. Es este...
Hizo un gesto con las manos, buscando la palabra correcta.
—...sentimiento que tengo cada vez que Canuto esta cerca.
—¿Qué? ¿Amor? —preguntó Lily, sonriendo pícaramente.
La expresión de Remus le dijo que la broma no era bien recibida.
—Mira, no sé como explicarlo porque ni yo lo entiendo. Yo…
Frunció sus labios, dudando entre continuar o no.
—Tuve un ataque cardíaco en la víspera de Navidad. O al menos se sintió como un ataque cardíaco, en verdad. Tengo diecinueve años; no creo que sea posible tener uno a esta edad.
Lily alzó una incrédula ceja.
—¿A qué te refieres?
Remus suspiró con frustración.
—Lily, tuve un ataque cardíaco a eso de las seis o siete, ¿comprendes lo que estoy diciendo?
Lily se mostró confundida.
—No, creo que no.
—Canuto… Sirius fue atacado como a la misma hora, y si mis suposiciones son correctas, entonces ese Avada Kedavra que lo rozó sucedió exactamente al mismo tiempo que yo colapsé.
—¿Colapsaste? Remus, ¿estás seguro? —dijo Lily mirándolo incrédula—. Quiero decir, mira, todo el mundo siente un tirón de preocupación por la gente a la que ama. Es una especie de instinto que hemos aprendido a ignorar con el paso de los años, ya sabes, pero juro que cada vez que James se mete en problemas es como si una alarma sonara dentro de mi cabeza. Al igual que con mi mamá… ella siempre sabe si mentimos o si algo está mal.
—No lo creo —respondió Remus con seguridad—. No.
—Tal vez tus instintos son más fuertes porque eres un hombre lobo —dijo Lily, tratando de explicarlo—. Es decir, tu magia es completamente distinta a la de nosotros, ¿verdad?
—No, mira, no es tan simple. Es sólo que…
Remus se agarró el pecho, moviendo la boca pero sin encontrar las palabras adecuadas para expresar su mensaje.
—Sirius también lo siente. Al principio pensé que solamente era yo, pero cuando llegué al hospital para verlo, me dijo que sabía que iba a venir.
—Sirius estaba drogado, Remus, él...
—Lo sabía antes de estar drogado —insistió Remus, poniendo sus manos sobre la mesa—. Empezó una pelea, porque quería verme. Lo sabía, Lily, y no tengo idea de cómo.
A Lily no se le ocurría cómo habría podido saberlo; la simple idea era ridícula.
—Solamente es intuición, Remus. Cuando amas a alguien con fuerza, generalmente te atas a esa persona. Como si hubiera un lazo invisible que los mantiene unidos, ¿comprendes?
Remus se veía escéptico.
—El dolor, Lily; ¿cómo explicarías eso? Pensé que me iba a morir, era así de intenso, joder. Nunca tuve un episodio como ese. Quiero decir, con Canuto, siempre lo he sentido.
Descansó su cabeza en sus manos, masajeando ligeramente sus sienes.
—Ese sexto sentido del que hablabas: ya sabes, ser capaz de saber cuando alguien está cerca o en problemas. Eso está bien; mis padres también lo tenían a veces. Pero esto, esto es imposible, ¿verdad?
Lily bajó la mirada a sus manos pensativamente, tratando de encontrar alguna explicación a tal comportamiento. Cualquier cosa que quizás señalara una razón de lo que estaba sucediendo. Para ser honesta, nunca había escuchado de algo como eso, y aún dudaba que Remus hubiera interpretado lo que sintió correctamente. Aún así, el hombre lobo casi nunca se equivocaba.
—Remus —dijo finalmente, colocando una mano preocupada sobre la suya—. Esto puede que suene como una pregunta estúpida, pero ¿alguna vez junto a Sirius hiciste un juramento inquebrantable? Ya sabes, quizás un experimento divertido cuando estaban ebrios o algo por el estilo.
—¿Qué? —dijo Remus haciendo una cara extraña—. No, sabemos bien que no debemos tratar de hacer cosas como esas.
—Sólo comentaba… es que suena mucho como eso.
Remus negó con la cabeza.
—No, los inquebrantables son distintos. La composición es distinta; no sientes el dolor o presencia de tu pareja. Solamente estás obligado hacia él con un trato de muerte —dijo con la confianza de un hombre que había estudiado mucho para sus EXTASIS—. No pasaría nada si uno de los dos muere; siempre y cuando hagas lo que precisamente juraste, tu vida está a salvo.
—¿Crees que hubieras muerto? —preguntó Lily nerviosamente—. ¿Si Sirius hubiera muerto la otra noche?
No le gustaba la idea. Si esta cosa que Remus estaba sintiendo era verdad, podría hacer más mal que bien.
—No, no, no lo creo.
Remus pasó una mano por su cabello, haciendo a un lado su largo flequillo de sus ojos.
—Probablemente lo hubiera sentido o compartido parte del dolor, pero creo que es más una conexión mental que una física, ¿comprendes?
Lily frunció el ceño.
—Entonces, lo que estás tratando de decir es que siempre y cuando este lazo… de amistad o amor… entre ustedes se mantenga igual de fuerte en ambos lados, tu conexión se mantendría intacta, ¿como una alarma o quizás un alma compartida?
Remus rió débilmente.
—No sé ni lo que estoy diciendo. Nunca me encontré con algo como esto antes, y lo haces sonar tan asquerosamente romántico.
Lily sonrió.
—Lo buscaré por ti en la biblioteca o algo. El padre de James tiene buenos libros; libros prohibidos; quizás encuentre algo allí.
Remus asintió, pellizcándole ligeramente la mejilla.
—Te lo debo, entonces.
—Sabes, tú y Sirius nunca dejan de sorprenderme.
—Oh, lo sé —dijo Remus, sonriendo ampliamente—. A veces me encuentro a mí mismo de espaldas por la sorpresa.
—¿Estás seguro que no te encuentras así cuando Canuto trata de mamartela, Lunático? —preguntó James, uniéndose a la conversación y pasando un brazo por encima de Remus.
El rostro de Remus se tornó de un tono extrañamente rojo.
—No seas grosero, James —regañó Lily, a lo cual James simplemente sonrió y movió sus cejas sugestivamente.
—¿Entonces qué han estado haciendo ustedes dos solos? ¿Estabas conquistando a mi esposa, Lunático? —bromeó James, golpeando ligeramente a Remus en la mandíbula.
—Ya me conoces, Cornamenta, siempre un Casanova.
—¿Quién es ese otro Casanova del que he escuchado? —preguntó Sirius, apareciendo por detrás de Lily y descansando su barbilla en su hombro—. ¿Está disponible? ¿Cuál es su número?
—¿Ya terminaron de molestar a Patricia, entonces? —preguntó Lily, dándole un apretón a la nariz de Sirius.
—Se volvió aburrida —dijo James con alegría—. Uno solamente puede soportar su voz por un cierto tiempo.
—Y también tiene un vocabulario limitado —continuó Sirius—. Siempre dice la misma cosa.
—¡Bueno, yo nunca! —exclamaron Sirius y James en una octava más alta antes de echarse a reír.
—Cállense, los escuchará —corrigió Lily—. Al menos podrían intentar ser amables con ella, por el bien de Peter.
—Pft —dijo Sirius con un gesto de la mano—. Lunático, Colagusano está reservando una mesa de pool para nosotros. ¿Te gustaría ser mi pareja? ¿O quieres encontrar tu lado femenino y seguir hablando con Lily de maquillaje?
Remus rodó los ojos.
—Canuto, ni tú ni James saben como jugar al pool.
Sirius se encogió de hombros con despreocupación.
—Es un juego de palos y pelotas; creo que tengo familiaridad con los conceptos generales.
Le guiñó el ojo a Remus y le mandó un beso volado.
—Además, ¿supongo que tú eres bastante experto?
—Lily, no te importaría quedarte con Patricia por un rato, ¿verdad? —preguntó James con una mano en la mejilla de Lily; su tono cambiando repentinamente de joven bromista a esposo dedicado—. Es sólo por un rato mientras los chicos y yo jugamos sólo una partida.
—Te enferma, ¿no? —comentó Sirius, asqueado por la muestra de cariño.
—Excesivamente —finalizó Remus, poniéndose de pie.
Lily levantó dos dedos.
—Estaré bien, amor. Vayan y diviértanse chicos. Yo lidiaré con ella.
A un cuarto para las doce, Lily estaba exhausta y francamente molesta de ser amable con Patricia, de escuchar sus maravillosas historias de lo muy rica que era su familia, de lo mucho que creían en la herencia de la sangre pura y etc, etc, con queso podido gratinado encima. Ocasionalmente, escuchaba fragmentos de las conversaciones de los chicos y se echaba a reír, rápidamente disculpándose cuando Patricia la miraba con rareza.
Los que más se divertían parecían ser Remus y Sirius, cuya dinámica nunca había notado hasta que tuvo esta noche aquella conversación con Remus. Realmente era muy cercanos y no importaba lo mucho que trataban ocultarlo, su relación era más que obvia al ojo atento. Era encantadora la forma en la que contrastaban el uno con el otro y encajaban como piezas de un rompecabezas. Para Lily, lo que hacía completamente única la relación de Remus y Sirius era que eran simplemente dos mejores amigos que vivían juntos, después de todo: se cuidaban el uno al otro; se peleaban con la misma pasión con la que se amaban; se ayudaban y apoyaban a través de tiempos difíciles; y se molestaban el uno al otro sin piedad.
Lily observó a Remus esforzarse en enseñar a James y Sirius como golpear en el ángulo correcto. Sirius estaba siendo insufrible a propósito, lo podía ver, y lo hacía probablemente sólo para irritar a Remus. Se rió con fuerza cuando Sirius le preguntó si estaba seguro de que si los palos no se suponían que tenían que ir en los agujeros.
—Son muy cercanos, ¿no? —comentó Patricia, mirando a los chicos con asco—. Prácticamente maricones.
—¡James! —gritó Lily en una enfermiza voz dulce, alimentada por la arrogante mujer que tenía al lado—. Ven aquí un segundo, ¿puedes, cariño?
James la miró intrigado, pero corrió hacia donde estaba su esposa.
—¿Qué sucede?
—Vayámonos todos de aquí —susurró de tal forma que Patricia no pudiera oírla.
—¿Por qué? ¡La fiesta no empieza hasta las doce!
James hizo un gesto hacia la pequeña multitud que estaba alrededor de la televisión, todos esperando a que la cuenta regresiva empezara.
—Pensé que querías bailar.
Lily negó con la cabeza.
—Vayamos a un lugar tranquilo y miremos los fuegos artificiales. ¿No suena eso más romántico? —dijo acariciando amorosamente sus brazos.
La resolución de James ya estaba debilitándose.
—Sí, pero…
—James —suspiró Lily, mirando fijamente hacia adelante.
James siguió su mirada hacia la mesa de pool, donde Remus se había agachado para recoger una de las bolas (la cual Sirius había "accidentalmente" golpeado con mucha fuerza y tirado), su trasero enfrente de una entrada de esquina. Sirius tomó la oportunidad para hacer un tiro perfecto, exclamando:
—¡Bolas profundas, eh, Lunático!
Cuando la última bola amarilla y la número ocho rodaron hacia la entrada correcta.
James gruñó.
—Va a lograr que nos echen a todos, simplemente lo sé. Ha estado haciendo pésimas insinuaciones a Lunático toda la noche.
Lily rió con suavidad.
—La verdad es que creo que es un poco tierno.
—Yo creo que está demente. Lunático dice que es por esas pociones que ha estado tomando. Yo digo que usa eso como excusa para hacer lo que quiera.
—Sirius simplemente esta tratando de estar junto a Remus de la mejor forma, James. Quiero decir, es víspera de Año Nuevo. No es justo que todos los demás tengan una cita y ellos supuestamente no. Realmente quiero llevarlos a un lugar donde puedan ser ellos mismos junto a nosotros.
—Los engries —respondió James, pero había un indicio de adoración en su voz—. Bueno, si eso es lo que quieres… finge dolor.
Lily parpadeó, confundida.
—¿Qué?
—Pretende que tienes dolores por el embarazo. Podremos dejar a Patricia y Colagusano de esa forma, y pedirles ayuda a Remus y Sirius.
Lily inmediatamente soltó un alarido de agonía, apretándose el estómago.
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—¡No puedo creer que hayas hecho eso! —gritó Sirius cuando los cuatro cruzaron la calle corriendo, mano con mano, ignorando los gritos enfurecidos de "¡Rufianes!", "¡Malditos adolescentes!", mientras las bocinas sonaban—. ¡Perra escurridiza, nos tuviste preocupados por un minuto allí!
Lily rió mientras los empujaba hacia un callejón.
—Todo fue idea de James. ¡Pueden golpearlo después por ello!
—¡Lily quería que los cuatro mirasemos los fuegos artificiales a medianoche! —gritó James como defendía cuando Remus y Sirius lo miraron.
—¡Fuegos artificiales! —chilló Remus, de pura ira o porque chocó con un contenedor de basura, uno nunca lo sabría—. ¿Hicieron todo eso para poder ver los fuegos artificiales? ¿Están completamente locos?
—James, tu lleva a Sirius, yo llevaré a Remus —ordenó Lily cuando llegaron al final sin salida del callejón
—Espera, ¿a dónde nos llevan? —gritó Remus cuando Lily lo sostuvo del brazo y aparecieron en…
—El valle de Godric —presentó James, abriendo sus brazos.
Sirius y Remus observaron con asombro la inmensa expansión de prado y flores. Apenas se podía ver el contorno de los pequeños vecindarios suburbanos, brillando con todas las decoraciones navideñas. El lugar en el que habían aparecido estaba relativamente vacío, la casa más cercana situándose a unos veinte kilómetros de distancia y la única fuente de luz eran las luciérnagas que deambulaban a sus pies.
Lily respiró con alegría y de dejó caer al suelo.
—Es hermoso, ¿no lo creen?
—Nunca he estado aquí antes —dijo Sirius, sentándose también—. Mi madre no lo aprobaba demasiado. Decía que estaba lleno de sangre sucias y amantes de los muggles.
—Lily y yo estamos planeando comprar una casa aquí cuando el bebé nazca, para darle un buen ambiente mágico —dijo James en voz baja—. No estamos muy seguros, pero si ganamos las finales de Quidditch de este año, puede que tengamos dinero suficiente como para hacerlo.
—Wow —susurró Remus cuando la cabeza de Sirius descansó en su hombro.
Los fuegos artificiales estallaron en el cielo nocturno con un gran "bang" cuando el reloj dio las doce y empezaron a sonar las campanadas en medio de la calle; los cuatro vieron el despliegue de distintos colores atravesar el cielo en misteriosos patrones. Se sentía maravilloso estar allí, aún vivo; y Lily sintió un pinchazo de dolor por los hermanos Prewett, y se preguntó si la guerra acabaría algún dia; si algún día todo esto sólo se hablaría en libros y novelas. Miró al cielo nuevamente, arrullada cuando las palabras "Feliz año nuevo" se escribieron en frente de ellos sincronizadamente con la última campanada del reloj.
Cuidadosamente, Lily desvío la mirada de Remus y Sirius, y miró a los brillantes ojos avellana de su esposo mientras sonreía. Lo besó, envolviéndolo con sus brazos en un abrazo cariñoso.
—Te amo —dijo en voz baja, y supo que a su lado hubo un eco de la misma declaración.
Era el comienzo de una nueva era, y estaban dispuestos a cambiar el mundo.
