HISTORIAS DE QUIDDITCH IV
Estadio del Herensuge de Navarra. Octubre de 2005.
La pitada fue tan fuerte que Alina sintió la imperiosa necesidad de taparse los oídos. McLaggen acababa de encajar un nuevo gol y el equipo iba perdiendo. El hecho de que el rival fueran las Águilas de Toledo, un equipo recién ascendido y de los más flojos de todo el campeonato, no ayudaba a que el público se sintiera precisamente satisfecho. Alina sabía que la mayor parte de los pitidos iban dirigidos precisamente a McLaggen, pero se sintió herida en orgullo igualmente. Desde que llegara al equipo en el mes de agosto, el nuevo guardián no estaba mostrando su mejor cara precisamente.
Alina apretó con fuerza el palo de su escoba y pidió que le pasaran la quaffle. Estaba tan enfadada que surcó el aire a toda velocidad y logró marcar tres tantos en menos de cinco minutos. Sonrió internamente cuando el público aplaudió su hazaña, pero no era suficiente. No podían permitir que les ganase el peor equipo de la liga. Tenían que ganar sí o sí.
—¡María! —Gritó con todas sus fuerzas—. Tienes que coger la snitch ahora mismo, ¿entiendes? La cosa está muy fea.
Lo estaba. McLaggen fue incapaz de detener un lanzamiento bastante flojo y Alina gruñó de frustración. Sabía que el muy idiota acostumbraba a salir de marcha bastante a menudo y se preguntó si lo habría hecho la noche anterior. Conociéndolo como empezaba a conocerlo, no le extrañaría nada.
—¡Espabila, McLaggen! —Vociferó. Estaba a punto de sufrir un ataque de nervios—. ¡Vamos, vamos!
Pero McLaggen no pareció entender lo que le decía porque su juego no mejoró ni un poco. María Belmonte buscaba la snitch con energías renovadas, pero la pelota se estaba mostrando de lo más esquiva ese día. Iban a perder. Alina tenía la certeza de que no tardarían en ser derrotados e intercambió una mirada con sus cazadores. Había que marchar más goles y, ante todo, debían parar la buena racha de los cazadores rivales.
—¡Guillermo! ¡Niko! Haced lo que tengáis que hacer, pero que no marquen más.
—Tenemos que controlar al buscador y a los golpeadores.
—Que no hagan más goles. No os preocupéis por nosotros.
Suárez asintió, pero no se le veía demasiado convencido con la estrategia. Alina y sus compañeros tendrían que esquivar las bludgers y controlar la quaffle sin ayuda y no les resultaría sencillo, pero dada la inutilidad de McLaggen, no les quedaba más remedio que correr el riesgo. Por desgracia, menos de un minuto después, el buscador de las Águilas se hizo con la snitch y el campo entero enmudeció. Después, Alina sintió el lamento general como propio y supo lo que iba a ocurrir a continuación.
La pitada de antes no fue nada comparada con la que vino después. La gente, ofuscada por la derrota, comenzó a insultar a McLaggen y a culparlo por todos los males del equipo. Y aunque Alina no acostumbraba a acusar a nadie en concreto cuando perdían un partido, en esa ocasión tuvo que darle la razón a los aficionados: McLaggen les había llevado directos al desastre.
A pesar de que le apetecía desaparecer, Alina se despidió del público. Su madre le había dicho una vez que los hinchas eran lo más importante antes, durante y después de los partidos y siempre les decía adiós antes de marcharse al vestuario. Definitivamente prefería hacerlo tras de una victoria.
Cuando cumplió con su deber, se fue directa a la ducha. Necesitaba relajarse un poco antes de hablar con el resto de miembros del equipo y el agua caliente acostumbraba a templar sus nervios. Una vez limpia y con el pelo un poco húmedo, se sentó junto a su taquilla y esperó a que los demás terminaran. Ana de Lebrón estaba allí, mirando la pared con seriedad, y los reservas organizaban sus bolsas de deportes y limpiaban los palos de sus escobas.
—No se habrá ido McLaggen —Dijo Alina con los labios apretados.
—Tengo que hablar muy seriamente con él antes de que se largue —Ana de Lebrón tenía pinta de querer matar a alguien—. Y contigo.
—¿Conmigo?
—Estás haciendo una gran labor como capitana, pero los cambios de estrategia los organizo yo, ¿te enteras?
Alina entendió su enfado y tuvo que darle la razón. En el campo ni siquiera había pensado en ello, pero se había extralimitado en sus funciones y a Ana de Lebrón no le gustaba que la sacaran de su rol de entrenadora.
—Tienes razón, lo siento —Empleó su tono de voz más suave y apaciguador—. No debí dar esas órdenes, pero McLaggen me estaba sacando de quicio. Hubiera sido mejor poner a María de guardiana y prescindir de buscador. Seguro que ella lo hubiera hecho mejor.
—Por más desquiciante que te resulte McLaggen, aquí mando yo. Espero que no vuelva a repetirse.
—Lo sé, entrenadora. No se repetirá.
Por un segundo, Alina pensó que volvería a echarle la bronca, pero Ana pareció satisfecha y siguió mirando la pared. Se notaba que estaba muy enfadada y Alina supuso que se debía no sólo al partido, sino a la actitud de McLaggen en general. Sin duda consideraba que cualquier otro guardián del mundo lo hubiera hecho mejor que él y ya se había quejado a la directiva en una ocasión, pero ellos le habían dicho que debían dejar que el brujo se adaptara a su nueva vida. ¡Ja! Pues a lo mejor no terminaba de acostumbrarse a la disciplina del equipo, pero bien que empezaba a conocerse todos los locales para ir de fiesta en los mundo muggle y mágico. Y, según la prensa, también tenía bastante experiencia tratando a ciertas brujas nacionales.
Poco a poco todos fueron saliendo de las duchas. Suárez se sentó junto a Alina e hizo un gesto bastante cómico cuando la entrenadora no miraba. Cuando finalmente McLaggen se reunió con los demás, tenía cara de malas pulgas. No se le veía feliz precisamente.
—Ahora que estamos todos, diré las cosas claras —Ana de Lebrón observó a todo el mundo con los ojos entornados—. El partido de hoy ha sido una auténtica vergüenza. No sé si estoy entrenando a un equipo de profesionales o a uno de schola mágica y espero por vuestro bien que no vuelva a repetirse o tomaré medidas severas. No estamos aquí para perder con el equipo colista. Estamos aquí para revalidar los títulos del año pasado y no acepto excusas. Y eso va por usted, McLaggen.
El aludido dio un respingo. Por una vez estaba escuchando la regañina porque solía comportarse como si nada fuera con él. Aún tenía que utilizar hechizos de traducción, pero ya había aprendido algunas palabras. María Belmonte, la más cercana a él de todos sus compañeros, se había ofrecido a enseñarle un par de veces y él había aceptado. Alina prefería no pensar en lo que habían estado haciendo realmente.
—Llegó aquí como si fuera la estrella del equipo y desde entonces no ha dejado de comportarse como tal, pero ya estoy harta. Usted no es una estrella de nada. Es arrogante y perezoso y no voy a tolerar que siga llegando tarde a los entrenamientos y que se pase mis instrucciones por el forro de los… —Ana se interrumpió y carraspeó—. Si quiere ser titular, tendrá que ganárselo.
—¿Qué quiere decir?
—Que ya está bien de regalitos. No voy a consentir que hunda al Herensuge usted solo. Por lo pronto, en el próximo partido jugarás tú, Román —El aludido asintió, aunque obviamente no daba crédito a lo que estaba oyendo.
—¡No puede hacer eso! —Protestó McLaggen—. Vine aquí con la condición de jugar. Quiero volver a la selección de mi país.
—¿En serio? Pues jugando como juega no creo que nadie le quiera en su equipo. Y sí que puedo hacer lo que quiera. Demuéstreme que es un profesional y me plantearé la opción de devolverle la titularidad. Y, ahora, lárguense de aquí. ¡Vamos! Y procuren ser amables con la prensa, por favor. Sólo faltaba que nos tachen de ser malos perdedores.
Todos asintieron y poco a poco fueron saliendo del vestuario. Alina se dio cuenta de que Guillermo Suárez lucía una sonrisa no exenta de malicia y, después de responder las preguntas de un par de periodistas, le dio un codazo en las costillas.
—Y ahora me dirás que no te alegras de que le hayan echado la bulla a McLaggen.
—Ver la cara que se le ha quedado ha tenido su gracia, sí.
—Mira que eres malo.
—¿Acaso no te lo has pasado en grande tú también?
Alina sonrió y agitó la cabeza. Nunca estaba mal ver cómo alguien con carácter ponía en su sitio a tipos como Cormac McLaggen.
—Es posible, pero Ana tiene razón en todo lo que ha dicho. McLaggen ha jugado de pena, pero nosotros tampoco hemos estado brillantes precisamente. Tenemos que mejorar un montón para recuperar el tono de otros años.
—Tú has estado espléndida —Guillermo fue totalmente sincero y Alina notó como se le subían los colores.
—Pues no ha sido suficiente. Nos han ganado las Águilas de Toledo, ¿puedes creerlo? ¡Si son malísimos!
—Hoy han jugado muy bien. Han empezado arrollándonos y no han bajado el ritmo en ningún momento. Puede que este año nos sorprendan. Y la verdad es que no estaría nada mal que ganaran a los Murciélagos o a los Flamencos. Para hacernos un favor y tal.
—Ya veremos qué pasa. Lo único que espero es que McLaggen se ponga las pilas —Alina se mordió el labio, dudando entre seguir hablando o callar. Al final optó por lo primero—. Y que deje a María en paz.
—¿María?
—¿De verdad no te has dado cuenta? Si hasta se han ido juntos.
—¿Me estás diciendo que están liados? —Alina asintió—. No puede ser.
—No tengo la certeza absoluta, pero estoy bastante segura de que tienen algo.
—¡Joder! —Guillermo soltó un resoplido de risa—. La que se puede organizar cuando se entere la prensa.
—Ana se va a cabrear de verdad.
—¡Oh, sí!
—Ya podemos ir echándonos a temblar.
—Bueno —Suárez se encogió de hombros—. Los dos son mayores de edad y se supone que saben lo que se hacen. No tenemos nada que objetar.
Alina suspiró y se frotó los ojos con las palmas de las manos.
—Ya sabía yo que ese idiota nos iba a dar un montón de quebraderos de cabeza. Si por lo menos jugara bien.
—¿Quién sabe? A lo mejor se hace el milagro y deja de hacer el imbécil y se lo toma todo más en serio.
Caminaron juntos durante unos metros más. Pronto llegaría el momento de despedirse, pero esa noche Guillermo la sorprendió con una invitación inesperada.
—Oye, ¿por qué no te vienes a Madrid y nos tomamos algo en Abadía 51? Hace un montón que no nos vamos juntos por ahí.
Antes de que Guillermo se casara, Alina y otros miembros del equipo acostumbraban a salir de vez en cuando, pero en tres años casi no habían hecho nada parecido.
—Claro. Me apetece beberme un par de cervezas antes de irme a casa.
Guillermo le sonrió y decidieron aparecerse en el barrio mágico de la capital. Había bastante ambiente porque era sábado por la noche y Alina saludó a un par de conocidos antes de llegar a la barra. Una vez acomodados, los dos eran conscientes de que los temas profesionales se habían convertido en algo más secundario y se sintieron libres de tratar asuntos más personales.
—Tendríamos que hacer esto más a menudo —Comentó Guillermo echándole un vistazo a su alrededor. Había gente que les observaba con curiosidad porque eran bastante famosos, pero no era raro ver a personalidades paseando tranquilamente por los lugares mágicos—. Lo echaba de menos.
—No me lo tomes a mal, Guille, pero no era yo la que rechazaba las invitaciones.
—Ya sabes por qué.
Alina asintió. El por qué tenía nombre propio: Susana. La que durante más de dos años fuera la esposa de Guillermo había resultado ser de lo más posesiva y controladora.
—¿Cómo lo llevas?
—Bueno, pues al principio estaba bastante jodido, pero creo que cada día estoy un poco mejor. Por lo menos no tengo a nadie al lado gritándome lo que tengo que hacer y con quién tengo que hablar.
—¡Bah! Si en el fondo te gustaba no tener que pensar en esas cosas —Alina sonrió para quitarle hierro al asunto y Guillermo optó por seguirle el rollo. Después de todo, le apetecía pasárselo bien.
—Podía resultar bastante cómodo, sí.
Alina le dijo un golpe con el hombro para animarle. Ciertamente el estado anímico de Guillermo había mejorado un montón desde que empezara la temporada. El hecho de que su hombro pareciera totalmente restablecido ayudaba bastante. Tal vez el Herensuge no había empezado el campeonato de la mejor forma posible, pero Guillermo estaba empezando a destacar como jugador. En el mes de diciembre la selección jugaría un par de partidos amistosos y se comentaba que el seleccionador podría llamarle si seguía progresando de forma tan positiva. Alina se alegraba por él porque se lo merecía.
—¿Habéis llegado ya a algún acuerdo?
—Seguimos negociando, pero no se conforma con nada de lo que ofrezco —Guillermo suspiró. Alina tenía una palabra idónea para definir a Susana, pero nunca la pronunciaba frente a su amigo—. Menos mal que no tuvimos hijos.
—¿Crees que podría haberlos utilizado?
El brujo no respondió. Se limitó a darle un largo trago a su cerveza y a mirar hacia delante. Sí que los habría utilizado, sí. Desde que la conoció, Alina supo que esa mujer era una auténtica arpía. Supuestamente estaba muy enamorada de Guillermo, tan enamorada que cuando él quiso separarse, ella decidió que le sacaría todo el dinero que pudiera.
—Supongo que después de todo lo que ha pasado no me hubiera sorprendido demasiado —Dijo finalmente él—. Pero vamos a hablar de otra cosa. Estoy convencido de que hay temas que te interesan mucho más que mi ex.
Alina se rió. Guillermo estaba superando poco a poco todo lo ocurrido, pero aún le faltaba tiempo para reponerse del todo. Y no estaban allí para deprimirse, sino para pasárselo bien y evadirse de la derrota.
—¿Has leído ya la entrevista que me hicieron el otro día los del periódico? —Sí, eso era un cambio de tema brusco y sin contemplaciones. Guillermo sonrió y asintió efusivamente.
—He averiguado lo que quieres ser de mayor.
—¿Y lo has encontrado interesante?
—Incomprensible pero interesante, sí.
Cuando el periodista le había preguntado a qué se dedicaría una vez se retirara del mundo del deporte, Alina había respondido con sinceridad: pensaba seguir la antigua tradición familiar e investigar los entresijos de la magia. Recordaba perfectamente que a su padre casi le da un síncope de alegría cuando se enteró de sus intenciones.
—¿Por qué incomprensible?
—Pues porque nunca me has dado la impresión de ser la clase de persona que se dedicaría a algo así.
—Vaya —Alina se acomodó mejor en su taburete—. Eso sí que es interesante. ¿Se puede saber qué impresión te doy?
—Siempre he creído que te gusta ir por libre. Me cuesta imaginarte encerrada en una habitación, practicando hechizos, innovando e investigando. No sé —Se encogió de hombros—. Tenía la sensación de que, al retirarte, harías lo mismo que Raúl Zarra y te dedicarías a algo relacionado con el quidditch.
—¡Vaya! Pues supongo que me alegra haberte sorprendido tanto. Pero, dime, ¿qué harás tú una vez no haya quidditch?
—¿Me creerás si te digo que no lo has pensado?
—¿No?
—Desde niño supe que quería ser jugador profesional y no me he planteado nada más.
—Pues no es por meterte prisa ni nada, pero ya va siendo hora de que mires un poco más allá.
—Tienes razón —Guillermo se llevó la mano al hombro en un gesto reflejo—. Me estoy empezando a hacer viejo.
—¡Anda, no seas exagerado!
—¿Cuántos años como profesional crees que me quedan? ¿Tres o cuatro? ¿Cinco con suerte? Y eso si no vuelvo a lesionarme.
—¿Otra vez el pesimismo?
—Es jodido estar tanto tiempo sin poder jugar. Y cuando vuelves te pasas los partidos pensando en que cualquier movimiento brusco puede echar por la borda todo lo conseguido anteriormente.
—Entiendo que te de miedo, Guille, pero ya llevamos unos meses de campeonato y estás bien. Y sí, puede que no te queden muchos años en la élite del quidditch, pero lo que tienes que hacer es dejar de darle vueltas al tema y disfrutar todo lo que puedas. Y todo eso mientras piensas en el futuro, que tampoco tienes un sueldo millonario como para vivir sin hacer nada.
Guillermo se echó a reír y pidió una nueva ronda de cervezas.
—Ya veré lo que hago. Siempre se me han dado bien las criaturas mágicas, así que puede que me tire por ahí.
—Criaturas mágicas —Alina soltó un silbidito—. Yo tampoco lo hubiera imaginado de ti.
—¡Ay! ¡Qué engañados nos tenemos el uno al otro! ¿Puedo hacerte una confesión?
—Mientras no sea demasiado escandalosa.
Guillermo miró en todas direcciones y se acercó a ella para hablarle en tono confidencial.
—Tengo un puffskein.
—¿Qué?
—Es una preciosidad azul peluda y esponjosa.
—¡No jodas! —Alina estaba demasiado sorprendida para reírse.
—Podría decirte que me lo compré después de la separación porque me sentía solo, pero la verdad es que lo tengo desde hace tres años. Se llama Triki.
—No me digas que le gustan las galletas.
—El vendedor me dijo que no era algo muy habitual, pero la verdad es que le chiflan las galletitas de chocolate.
—¡Anda ya! ¡Me estás tomando el pelo!
—Te juro que es verdad. Puedo enseñártelo cuando quieras.
Alina parpadeó y se puso en pie con decisión.
—Pues vamos ahora mismo.
—¿Ahora?
—A no ser que tengas algún inconveniente, claro.
Guillermo tardó un instante en reaccionar y al final se puso en pie.
—Pues vamos.
Puesto que el hombre tenía un precioso apartamento en uno de los edificios del barrio mágico, no tardaron nada en llegar. Alina había estado allí en algunas ocasiones. La última vez Susana aún vivía en el piso, pero ahora habían desaparecido todas sus cosas. Y las fotografías. Guillermo la dejó esperando en el salón y regresó en menos de un minuto con una cajita de zapatos entre manos. Y allí, durmiendo plácidamente sobre un par de calcetines, estaba el adorable Triki, con su pelo azul cielo y sus ojillos cerrados.
—¡Oh! ¡Es precioso!
—¿A qué sí? Y no sabes la de trucos que le he enseñado.
—Los puffskein no suelen hacer trucos.
—Pues éste sí, aunque tendrás que confiar en mi palabra porque no pienso despertarle para probarlo.
—No hace falta —Alina sonrió. Se sentía invadida por una profunda ternura. Y no se la provocaba Triki precisamente—. De verdad tienes un puffskein.
—Ya te lo dije.
—Y apuesto a que algunas veces duermes con él —Guillermo no necesitó decir nada. Se había ruborizado—. ¡Qué rico!
—No me gusta mucho que hables de mí en esos términos.
—¿Por qué no? Todo el mundo dice que eres uno de los golpeadores más fieros y con peor carácter de todo el campeonato y resulta que duermes con un puffskein. ¿Te das cuenta de lo que dirían las quinceañeras si lo supieran? Quitarían los posters de McLaggen y pondrían los tuyos.
Alina se echó a reír. Guillermo pretendió parecer molesto, pero no tuvo mucho éxito porque sabía que la chica no decía nada de eso con mala intención. Además, un poco de razón sí que tenía.
—Pues será mejor que me guardes el secreto. No me gustaría que las adolescentes se dediquen a acosarme, que ya tengo bastante con mi ex.
—Tranquilo, tu secreto está a salvo conmigo. Y realmente me encantaría esperar a que Triki se despierte, pero es tardísimo y tengo que volver a casa.
—Pues puedes pasarte a jugar con mi puffskein cuando quieras.
—Lo tendré en cuenta, no te preocupes —Alina se dispuso a marcharse—. Que durmáis bien.
Le guiñó un ojo a Guillermo y se desapareció antes de que él pudiera decir nada. A pesar de la derrota, los dos se fueron con buen sabor de boca a la cama. Y Triki no sé enteró de nada.
Hoy tocaba un poco menos de quidditch y un poquito más de relaciones personales. Espero, Sorg, que con esto se resuelvan tus escasas dudas, jeje. Besetes y hasta pronto^^.
