-Como siempre, mi muy querido publico, la historia es de mi completa autoria más esta ligeramente inspirada en la serie "Kösem La Sultana" producida por Timur Savci, que narra la vida de una de las más poderosas mujeres y regentes del Imperio Otomano, quien gobernó mediante su esposo, dos de sus hijos y su nieto. Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corren por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capitulo 35

Mikoto se apretaba las manos nerviosamente.

A su lado se encontraban Shina y Sarada con la pequeña Izumi de dos años que parecía estar sumamente triste ante la preocupación que reinaba en los semblantes de sus hermanas. Sarada murmuraba sutilmente una súplica desesperada, rogando porque su madre llegara de un momento a otro trayendo a sus hermanos completamente a salvo, pero ella misma dudaba de ello.

Las puertas se abrieron de manera repentina haciendo que ella y sus hermanas se levantaran, sonriendo en cuanto vieron entrar a Daisuke, Rai, Kagami y Shisui, cada una abrazando a uno de sus hermanos entre lágrimas. Mikoto beso efusivamente las mejillas de su pequeño hermano guerrero quien se atrevió a sonreír ante el gesto tan infantil de su hermana mayor. Choji observo plenamente feliz a los Príncipes y Sultanas.

-¿Todos están bien?—pidió saber Mikoto.

La Sultana pelirosa rompió el abrazo y observo con completa preocupación a sus hermanos, tomándolos del mentón y observándolos de arriba abajo, temiendo verlos heridos o sangrantes, pero en efecto no tenían golpe o moretón alguno, mucho menos heridas. El pequeño Shisui rio escasamente ante su minucioso examen que parecía estarle provocando autenticas cosquillas.

-Fue obra de su majestad—anuncio Choji con una inusual felicidad plasmada en su rostro, cosa que desconcertó a las Sultanas presentes.

Mikoto levanto su confusa mirada hacia el Akimichi quien había escoltado a los príncipes durante todo el camino. Debía de tratarse de Baru, nadie más tenía el poder para evitar algo así. Pero si aquello era cierto, ¿dónde estaba Baru? Mikoto se abstuvo completamente de proferir temor alguno de sus labios, sintiendo su sangre helarse en el interior de su cuerpo ante la sola idea de creer que su hermano mayor estuviera en peligro.

-¿Mi hermano Baru?—menciono Mikoto deseando saber dónde estaba su hermano.

Choji negó ante la pregunta de la Sultana.

-Nuestro padre volvió—confeso Kagami, siendo abrazado por Shina.

Las Sultanas observaron completamente anonadadas a sus hermanos, esperando una objeción, pero no recibieron otra cosa más que sonrisas y gesto de afirmación absoluta. Mikoto abrazo a Daisuke a ella, acallando las lágrimas de felicidad que deseaba liberar con toda la disposición y libertad del mundo.

Su padre estaba vivo.


Tsunade cerró la puerta de sus aposentos tras de sí.

Las lagrimas bañaban su rostro y no solo por haber presenciado y sido testigo absoluto de la muerte del pequeño Príncipe Daiki de apenas unos días de nacido. Había consolado a Mirai hasta que esta se hubiera quedado dormida pese al ajetreo reinante en los pasillos donde se mantenían lagos de sangre nacientes de los cuerpos que se encontraban repartidos en cada punto del palacio. Pero no había abandonado su lugar junto a Mirai por simple deseo de estar sola, sino porque una de sus doncellas había llegado con una devastadora noticia para ella.

Cuidadosamente, Tsunade aparto la cola de su vestido y se sentó sobre la cama, acariciando con sumo cuidado el rostro de su esposo que no volvería a abrir sus ojos, que había muerto a manos de sus propios pupilos, asesinados por los mismos jenízaros que él había formado. Tsunade cerró los ojos, pero ni aun así las lágrimas consiguieron ser contenidas por sus ojos, cayendo sutilmente sobre el rostro de su esposo.

Era viuda nuevamente.


El ascenso y caída de un nuevo Sultan no era algo que preocupara o alterara al pueblo.

Tal suceso no era sino algo puramente político, el pueblo solo protestaba cuando un Sultan era cruel o no se preocupaba por su pueblo como era debido. Por ello el repentino derrocamiento del Sultan Baru había pasado sin más dilación entre la gente que ahora se amotinaba para ver al Sultan que, en un carruaje abierto, recorría las calles en compañía de su madre, la Sultana Mei, su hermana, la Sultana Rin y el esposo de esta, su nuevo Gran Visir, Obito Pasha.

Revestida en sus galas azul oscuro bordadas en oro y diamante con joyas engarzadas a juego con una capa igual de exquisita, con una solemne y soberbia corona sobre su cabeza, Mei hacia enormes esfuerzos por no preocuparse de la salud mental de su hijo quien sonreía de oreja a oreja, olvidando el protocolo e inusualmente feliz sin razón aparente. La madre el nuevo Sultan no era ajena a la compleja o nula salud mental de su hijo que bien podía considerarse un completo loco. Pero un loco que la había llevado a la cima del poder en medio de un mar de sangre y torturas inimaginables que se había visto forzada a aguantar durante años. Su hija Rin, sentada a su lado, vistiendo completamente de purpura y dorado con s largo cabello adornado por joyas, hacia igual que ella y lanzaba monedas de oro a la multitud que se inclinaba feliz por la muestra de "aparente" amor por el pueblo.

Ahora ella era la madre Sultana.


Sakura corrió por los pasillos del palacio tan rápidamente como se lo permitieron sus piernas, sujetándose la falda del vestido para no tropezar, sintiendo los pasos de Shikamaru a espalda, siguiéndola fielmente.

Quería confiar en las palabras pronunciadas por Rin y Mei, en esa promesa de que sus hijos estarían en el palacio de su hija Mikoto en cuanto ella hubiera cumplido lo prometido, y lo había hecho. Pero ahora su mayor preocupación era Baru, su hijo mayor quien era el verdadero y absoluto obstáculo de Mei para que Yosuke llegara al trono a quien ella había ordenado liberar para marcar el cese de las agresividades. Con el alma en vilo y el corazón latiendo desbocado, Sakura se detuvo frente a las puertas de los aposentos del Sultan, levando sus manos hacía las perillas, asustada y nerviosa como nunca, reproduciendo aquella vieja imagen de su difunto hijo Itachi, muerto por obra de Mei…no. Estaba vez no podía volver a pasar algo así.

La Sultana sostuvo las perillas firmemente entre sus anos, viendo parcialmente a los dos fieles soldados jenízaros tirados en el suelo, degollados bajo un charco de sangre que se encontraba a solo un par de centímetros de tocar sus zapatos. Suspirando sonoramente y encontrando serenidad de donde ni ella comprendía que la había, Sakura abrió las puertas lentamente pero sin atreverse a entrar en aquellos aposentos. Shikamaru, detrás de ella, espero a que actuara porque ni él mismo se atrevía contemplar una imagen tan similar como la había sido la muerte del Príncipe Itachi. Ni siquiera la supervivencia de los Príncipes Daisuke, Rai, Kagami y Shisui era segura, ¿Cómo atreverse a creer que el Sultan Baru estuviera vivo aun?

Tranquilizándose entre el mar de nervios que intentaba doblegarla, Sakura volvió a sujetarse la falda y entro velozmente a los aposentos, dispuesta enfrentarse a lo que sea que hubiera al interior. Los ojos de Sakura se abrieron de horro puro, soltando su falda y dejándola caer en holas a sus pies. Shikamaru a su espalda observo horrorizado aquella escena, cerrando los ojos y bajando la mirada con dolor de solo imaginar lo que su Sultana estaba sintiendo.

Sakura dejo que las lágrimas bajaran libremente por sus rostro, cayendo de rodilla frente al cadáver de su hijo mayor, su Baru, su primogénito…decapitado igual que Itachi solo que ni siquiera se habían dignado a separar la espada del espacio que separaba su cabeza de su cuerpo bajo los cuales se hallaba un prominente charco de sangre. Temblando ante aquella imagen y sollozando tan suavemente como le era posible Sakura tomo la espalda con una de sus manos, aun viendo la sangre impregnada en el acero de aquella hoja que había arrebatado la vida de su hijo.

La Sultana dejo caer sonoramente la espalda a su lado, manchándose las manos de manera inconsciente con la sangre de su propio hijo. Dándose cuenta de esto, Sakura apretó sus nidillos hasta que estos adquirieran un matiz blanquecino por la fuerza de su agarre, sintiendo sus uñas clavarse en las palmas de sus manos. Sin poder aguantar más y de manera repentina, Sakura grito a pleno pulmón como jamás recordaba haberlo hecho, llorando desconsolada. Una de sus manos se colocó sobre su pecho, intentando acallar los latidos vertiginosos de su propio corazón.

Su padre, su madre, su hermana…Sasuke, su Itachi, Baru…¿Qué faltaba?, ¿Qué más debía de perder?, ¿Mei y Rin cumplirían con su promesa?, ¿Daisuke, Rai, Kagami seguirían con vida o todo serian una mentira?

Solo he obtenido desdicha a través de mi vida, la alegría me ha estado privada, la humildad y austeridad han sido mi refugio. En vida me torturaron y me arrebataron a quienes más amaba. Ya no tengo mucho por lo que pelear, pero si pierdo todo aquello cuanto me queda, sé que perderé totalmente la cordura, pues nada salvo el amor me mantiene viva en estas horribles circunstancias

No existe mujer más desdichada que yo, al menos de eso estoy segura…

Sakura siguió llorando, sintiendo sus lágrimas caer sobre la alfombra borgoña a sus pies, manchada con la sangre de su hijo. Escucho un repentino jadeo de parte de Shikamaru más no se esforzó en levantar la vista. Si se trataba de los verdugos, mejor así. Quiso removerse incomoda al sentir el tacto de alguien sobre sus hombros, más algo le decía que no se resistiera, sentía que esa inusual presencia a su lado no era enemiga, sino aliada incólume, reconfortándola de cierta forma que ni ella misma podía comprender.

-Sakura—la consoló una voz que ella llevaba tiempo sin oír.

Sobrecogida e incapaz de hablar ante aquella voz que no tenía similitud con ninguna otra, Sakura giro su rostro para comprobar que no estaba equivocada en su teoría de quien estaba tras ella. Con las mejillas inundadas de lágrimas, Sakura observo totalmente incrédula a Sasuke que la envolvía en un abrazo. Su corazón y mente latían nuevamente pese al inconmensurable dolor que llenaba su existencia al haber sido testigo de la muertes de tantos a quienes amaba. Sumida en su incredulidad y dolor, Sakura se dejó levantar del suelo por Sasuke que evadió aquella escena con su mirada, únicamente concentrándose en ella y en apartarla de aquello.

Para asegurarse de que aquello no era una mentira o ilusión de su propio dolor, Sakura levanto una de sus manos, trazando suave y cuidadosamente el rostro de Sasuke que no aparto sus ojos de los de ella. Creyendo totalmente, Sakura rompió en llano, ocultando su rostro en el pecho del Uchiha que la envolvió protectoramente en un abrazo. Sasuke giro su rostro hacia las puertas donde dos de sus fieles escoltas jenízaros entraron, sin más orden que la mirada del Sultan, de la forma más cuidadosa posible, los dos jenízaros se dispusieron a retirar el cuerpo del asesinado hijo del Sultan. Sasuke le dio una dolida mirada al cadáver de su hijo, sosteniendo firmemente la empuñadura de la espada que le había quitado la vida.

Sin soltar a Sakura, y siendo seguido por Shikamaru, Sasuke abandono los aposentos sirviéndole de apoyo a ella que se sentí débil cual hoja de papel entre sus brazos. Tenían que salir de allí antes que los guardias se dispusieran a retirar todos los cuerpos que regaban los pasillos y le informaran a Mei que él seguía con vida. No, por ahora debía de permanecer oculto hasta que el momento oportuno llegara. Pero la espada que sostenía en su mano izquierda era la prueba irrefutable de que haría pagar con creces a todos los que habían herido a sus hijos y a Sakura.

Esta vez no le interesaba ser cruel o no, sino que solo impartir lo que él consideraba que era justo: la muerte para los traidores.


1 mes después

Los días de turbulencia y premura habían pasado para Rin. Los momentos angustiosos ya eran cosa del pasado mientras se encontraba junto a su amado esposo Obito que la colmaba de la mayor felicidad posible que se pudiera concebir. El nombre de Sakura ya no era mencionado por nadie y se corría el rumor, que ella sabía era cierto, que sus hijos habían sido asesinados y con ello había dejado de ser una Sultana. Su nombre ya no era digno de ser recordado o venerado siquiera y Rin y su madre consideraban apropiado tal suceso.

Vistiendo unas sobrias galas ónix que resplandecían como una verdadera joya bajo una chaqueta granate bordada en rubí, cerrada a la altura de su vientre a juego con una corona de oro, ónix y rubíes sobre su largo cabello que caía por sobre sus hombros, Rin acaricio el rostro de su esposo que se dedicaba a admirar su belleza, ambos completamente perdidos en la mirada del otro y en aquella extraña quietud y paz. Por fin los problemas eran cosa del pasado.

-Nuestro triunfo es total, mi Sultana—le recordó Obito, acariciando cuidadosamente su rostro.

Rin sonrió feliz y confiado ante ello, entrelazando su mano con la de su esposo, sin apartar el tacto de él de su rostro. Él conseguía leer sin el menor problema sus pensamientos, sabiendo y comprendiendo aquello que ella deseaba como si fuera un mismo ser, una sola persona. La Sultana entreabrió los labios para corresponderle a sus palabras cuando el repentino eco de pasos fuera de sus aposentos los hizo distanciarse de aquel romántico momento.

-¿Qué es ese ruido?—cuestiono Rin, apartando su mirada de Obito y dirigiéndola hacia las puertas

-No lo sé…- admitió Obito.

Sin permiso aparente, las puertas se abrieron con un chirrido permitiendo a un destacamento conformado por cinco jenízaros, un capitán y cuatro soldados normales. El capitán era uno de los miembros más leales del ejercito al Imperio y al Sultanato de la Sultana Sakura, conocedor del-para mucho—incierto hecho de la supervivencia del Sultan Sasuke: Kiba Inuzuka.

-¿Qué hacen aquí?—demando saber Obito, levantándose del diván al igual que su esposa que destilaba tanto veneno con su mirada como él.

Kiba avanzo dos pasos hasta situarse frente a Obito, observándolo despectivamente de arriba abajo, recordando los días pasados cuando ambos habían sido reclutas jenízaros, justo como Neji que ahora era prisionero en el palacio producto de sus propias ambiciones y orígenes.

-Por orden del juez Darui, Obito Pasha está acusado de alta traición contra el difunto Sultana Baru Uchiha, así como contra el Sultan Sasuke- acuso el Inuzuka notando el repentino nerviosismo que azoro las facciones del Pasha. Rin, de pie a su lado, parecía igual de preocupada. Aparentemente ninguno de los dos creía recibir castigo por sus crímenes, -en breve será conducido a la mazmorra del Tabezo donde permanecerá en espera de su sentencia.

Incapaz de proferir palabra alguna, debido a su sorpresa, Rin se vio forzada a ver como dos de los soldados e acercaban a Obito bruscamente, atándole las manos para evitar que se resistiera. Viendo a su esposo siendo sacado contra su voluntad de la habitación, la Sultana recobro la razón y avanzo hacia el capitán que aun permanecía en la habitación en compañía con dos de sus delegados.

-Esperen, no lo hagan…- debatió Rin, furiosa.

-Lo lamento Sultana, pero el juez ya ha ordenado—decreto el soldado, tratando con falso respeto a la Sultana a quien no se atrevía a reverenciar.

Rin, observo partir al destacamento de jenízaros plenamente boquiabierta, incrédula de que algo así estuviera pasando y sin entender el porqué. Su esposo era el ahora Gran Visir del Imperio, su hermano el Sultan Yosuke así lo había decretado, ella no conseguía encontrar respuesta para lo que estaba sucediendo. Como si estuviera olvidando algo poco importante, el capitán del destacamento se detuvo antes de salir, tomándose el mentón en un gesto ligeramente intrigante, girándose hacia la hermana del Sultan que lo observo anonada, aun incapaz de aceptar que se llevaran a su esposo.

-Y por si no lo sabía—inicio el jenízaro sin ánimos de respetar a la Sultana, -el juez está del lado de la Sultana Sakura—Rin sintió su cuerpo a punto de desvanecerse ante esas palabras. -Téngalo en cuenta.

Como última cita, el jenízaro se retiró dejando a la asustada Sultana que se sentó en el diván en un intento por calmar su corazón. No, tenía que tratarse únicamente de una mala broma, Sakura ya no era una Sultana. ¿Por qué la llamaban Sultana? Tenía que hablar con su madre y rápido, solo ella podía y debía tener en su poder las respuestas necesarias para salvar a Obito.

Debía hacerlo.


Vestida únicamente con una bata sobre su camisón de seda y aun sin reparar en vestirse para el suceso que tendría lugar ese mismo día, Sakura se encontraba sentada tras su hija, peinando minuciosamente su cabello mientras Sarada se arreglaba frente al espejo. Su matrimonio con Inojin Pasha se concretaría dentro de dos años más cuando cumpliera quince, pero por ahora la etapa del compromiso debía de efectuarse con la normalidad y serenidad más correcta posible. Ella era la hija del Sultan y ninguna cosa en el mundo era demasiado para su persona.

-Mi rosa albana—adulo cariñosamente Sakura a su hija quien dejo de arreglarse y se dedicó a permanecer quieta para ver las expresiones de su madre, -las cosas pueden parecer oscuras ahora pero, con el tiempo, se arreglaran y cambiaran a nuestro favor—menciono aludiendo las latentes vidas de Mei, Obito y Rin que habrían de desaparecer. -Primero acabaremos con aquellos que son un obstáculo para nosotros; Mei, Obito y Rin.

Sarada asintió a modo de respuesta, más que de acuerdo con deshacerse de aquellos que habían acabado con dos de sus hermanos y dos de sus sobrinos, siendo uno un bebé de apenas unos días de nacido y otro un bebé no nato que en nada había pecado. Para ella las vidas de Mei, Obito y Rin eran poco, pero siempre estaría de acuerdo con lo que su madre y padre decidieran.

-¿Es una buena estrategia, madre? No lo dudo—rebatió Sarada tras escuchar a su madre quien frunció ligeramente el ceño ante el tono que su hija estaba usando, -pero…quiero aprender.

Con una sonrisa plenamente sincera, que no había mostrado desde la muerte de su primogénito, Sakura beso la coronilla de su hija quien le sonrió de igual modo. Puede que Sasuke tuviera toda la razón, ella y Sarada se parecían mucho y eso colaboraba exorbitantemente para que pudieran unir sus mentes como una y trabajar al ciento diez por ciento sin el menor problema. Sakura se había encargado de sugerir a Inojin como candidato a esposo para su hija, pero no solo porque fuera el heredero de una gran fortuna, sino también porque era un hombre que carecía de grandes ambiciones pero que tenía una posición sólida en el Imperio, un hombre pasivo, alguien que le brindara todo lo necesario a su hija. Sarada tenía un derecho por nacimiento al ser una Sultana.

Sin importar que estuviera casada, el matrimonio no tenía por qué consumarse si ella no lo deseaba, y eso era suficiente como para que Sakura estuviera tranquila ya que su palabra era ley absoluta.

-Eres mi hija, Sarada y necesito que aprendas que, en una guerra, batalla o conflicto, ha de prevalecer la justicia…- recordó Sakura viendo asentir a su hija que parecía memorizar sus palabras como un mantra, -pero para ganar también se han de usar todos los medios posibles—contradijo la pelirosa más que nostálgica de todo lo que había hecho a lo largo de los años para sobrevivir y proteger a sus Príncipes y Sultanas. -Lo importante es ganar…no importa por encima de quien pasemos—menciono esperando que Sarada la debatiera producto de su inocencia, pero para su sorpresa aquello no sucedió. -El triunfo es más satisfactorio cuando se lucha para alcanzarlo.

Sarada le sonrió a su madre delante del espejo en que ambas se encontraban reflejadas. Su verdadero triunfo solo estaba empezando y las victorias más grandes estarían por venir a cada paso que dieran. Este día solo era un triunfo nimio comparado con todo lo que ahora volvería a ser de ellas, de los Príncipes, del Sultan y del Imperio de los Uchiha.

Toda cortesía para con sus enemigos eran innecesaria.


Mei termino de prepararse para almorzar en compañía de su hijo, enfundándose en unas elegantemente ostentosas galas azul variando a turquesa bordadas en oro con diamantes engarzados sobre un vestido azul oscuro, casi negro, de escote redondo y mangas holgadas que casi cubrían sus manos por completo. Una de sus doncellas coloco cuidadosamente una pesada corona d oro y zafiros sobre su cabeza a juego con un par de largos pendientes en forma de zarcillos.

La Sultana termino de cerrarse la chaqueta por su cuenta, sintiendo como las puertas de sus aposentos eran abiertos sin su autorización. Si no se trataba de su hijo, solo podía aludir a que se trataba de Rin. Mei se giró de manera inmediata corroborando que, en efecto, se trataba de su hija quien parecía severamente preocupada.

-Madre…-inicio Rin de modo suplicante, cayendo de rodillas frente a su madre.

Con una sola mirada escueta y directa, Mei les ordenó a sus doncellas abandonar sus aposentos, dejándola sola con su hija. Orden que todas cumplieron diligentemente, retirándose con la mirada baja, dejando a solas a la Sultana y su hija. Con cuidado, Mei hizo que su hija se levantara del suelo y la ayudo a sentarse en uno de los divanes con ella en frente, esperando que hablara y explicara el porqué de aquella reacción tan premeditada.

-¿Qué ocurre Rin?—indago Mei, sujetando las manos de su hija entre las suyas, sintiéndola temblar nerviosamente. -¿Qué te tiene tan agitada?

Rin trago saliva sonoramente, aferrándose a las manos de su madre que intentaba tranquilizarla, haciéndole sentir su miedo. No temía por lo que Sakura pudiera hacer, sino por lo que fuera a pasarle a Obito. Sakura debía de ser destruida lo más pronto posible antes de que todos tuvieran que pagar las consecuencias por culpa de la ambición y los desmanes de ella.

-El Juez de la capital ha declarado a mi esposo culpable del derrocamiento y muerte de Baru…y lo acusan de orquestar el atentado contra mí difunto hermano, el Sultan Sasuke—confeso Rin tartamudeando ante la preocupación que sentía por su esposo. -Sakura es un peligro que debemos eliminar.

La preocupación de Mei se transformó en ironía al ver a su hija preocupada por algo que no tenía fundamento, entornando los ojos y sonriendo con suficiencia ante las absurdas preocupaciones de su hija. Las preocupaciones que rondaban la mente de Rin, sin ánimo de ofender, eran estúpidas. Sakura ya no tenía hijos que le aseguraran una posición segura o privilegiada, ya no era una Sultana y por ende no podía contar con el apoyo ni la ayuda de nadie a su alrededor porque nadie pretendería arriesgarse por una mujer que no tenía nada que ofrecerles.

-No exageres Rin, ella no puede hacer nada—le recordó Mei, intentando hacer que su hija recupera el buen juicio. -Obito es ahora el Gran Visir, no puede ser derrocado de esa forma por crímenes injustificados.

El Gran Visir del Imperio, por ley y derecho, solo podía ser destituido por el mismísimo Sultan, nadie más tenia tal privilegio, la ley así lo dictaba de manera incólume y Mei estaba segura de que Obito le serviría a su causa por muchos, muchos años o hasta que ella lo estimara conveniente. Por ahora él, al igual que ellos, estaba a salvo producto del poder que ahora poseía, nadie debía de temer por nada que fuera a suceder porque nada podía alterar esa paz. Rin, sin embargo, no soltó las manos de su madre, cargando su mirada suplicante sobre su progenitora que no conseguía entender su desmedida preocupación

-Madre, por favor—volvió a suplicar Rin, con la voz quebrada por la sola idea de perder a su esposo. -Deshagámonos de Sakura como siempre debimos haberlo hecho—rogo destilando veneno en su voz, dirigido hacia la Sultana pelirosa, -de lo contrario no dejara de ser una amenaza para nuestras vidas y la de mi hermano.

Suspirando sonoramente, Mei aparto sus manos de las de su hija quien le observo preocupada y dolida, sabiendo que su madre no abogaría en lo absoluto puesto que no le creía, el poder la estaba volviendo confiada de una posición que aún no era segura y que se suponía debía de defender. Mei observo a la nada con una arrogancia característica en su semblante, aparto su rostro de la mirada de su hija.

-No haremos nada, Rin—dio por zanjado, Mei. -Sakura ya no es una amenaza


La mazmorra del Tabezo era una especie de torre que conformaba un complejo de prisiones comunes de donde nadie salía vivo, jamás. Los nombres no se registraban, todos eran desconocidos y sus nombres jamás eran recordados, ni siquiera sus cadáveres abandonaban esa mazmorra. Quien entraba, siendo prisionero, no volvía a ver la luz del sol y eso era minuciosamente cuidado por sus carceleros y verdugos que permanecían ahí hasta cumplir con las órdenes dadas por un Pasha o por el propio Sultan.

Con las manos atadas tras su espalda, Obito fue conducido a una celda, escoltado por dos jenízaros que no le soltaban los brazos mientras que el capitán Kiba Inuzuka abría la puerta y entraba en la estancia antes que ellos. La sorpresa de Obito, quien consiguió ocultar sus emociones, el Sultan Sasuke se encontraba dentro de la celda, esperando a que llegara, siendo flaqueado por dos jenízaros. Vestía un pesado abrigo de piel color negro que le daba una imagen imponente, ocultando las dignas galas de Sultan que usaba bajo el abrigo, bordadas en oro.

-Señor…¿A qué debo este honor?—pregunto el Pasha sin demasiado interés.

Sasuke, que hasta entonces había mantenido sus manos ocultas tras su espalda, desenfundo la espada que mantenía dentro de su funda, atada a su cadera, rebelando la misma espada con la que habían decapitado a su hijo Baru, aun manchada con la sangre de este como prueba de lo que había tenido lugar hace ya tiempo, pero algo que ni Sakura ni él podrían olvidar jamás.

-¿Reconoces esto?—pregunto Sasuke notando el desinterés de Obito, cosa que solo le resultaba aún más agradable para cumplir con lo que él tenía previsto que hicieran con Obito. -Con esta misma espada decapitaste a mi hijo, el Sultan Baru—recordó Sasuke creyendo más que merecedor el hecho de que su difunto primogénito fuera recordado como el Sultan que había sido. -Por encima de todo, pasaste por encima de mi esposa y mis hijos…eso es algo que yo no le perdono a nadie—advirtió Sasuke.

Obito, en otra circunstancia, hubiera temido por su vida pero, y siendo desconocido por todos, si Sasuke estaba vivo, ¿Eso de que servía?, ¿Qué autoridad podría tener ahora?, ¿Qué podía hacer? Ya no era el poderoso Sultan que había sido en el pasado, ya no podía contar con el apoyo de nadie a su alrededor, justo como la Sultana Sakura que ya no tenia hijos.

-¿Es qué planea matarme?—ironizo el Pasha, burlándose del Sultan como si fuera su igual.

Sin embargo a Sasuke no le hizo gracia tal suposición, por más absurda que fuera.

-¿Me crees tan idiota como para rebajarme de ese modo?—hablo Sasuke de manera soberbia, como si estuviera hablando con una basura y eso era Obito a sus ojos. -No, no te matare yo—corto el Uchiha centrando su mirada en el Inuzuka. –Capitan Inuzuka…asegúrese que muera lo más lentamente posible. Quiero que sienta el infierno en la tierra por la afrenta que hizo—ordeno sabiendo que ninguno de los jenízaros ahí presentes se opondría, más aún porque él mismo había sido instruido por los jenízaros y además permanecería allí para asegurar que su orden fuera cumplida al pie de la letra. -Nadie, ¡Nadie! Atenta contra mi familia sin recibir castigo y la muerte ya es piedad para él—rebeló Sasuke destilando veneno en su voz.

-Como ordene, majestad—reverencio Kiba Inuzuka al Sultan.

Obito no consiguió evitar fruncir el ceño ante aquellas palabras. Acaso…

-¿Majestad?—pronuncio Obito confundido.

El Uchiha sonrió ladinamente ante aquella pregunta. Yosuke no seguiría siendo el Sultan, pronto seria destituido puesto que habían informes médicos sobre este que corroboraban que no estaba capacitado para gobernar en lo absoluto producto de su desequilibrio y desorden mental que lo volvía impotente, incapaz y prácticamente demente o lunático. Era el momento perfecto para que él se revelara vivo y a salvo, reclamando el trono que jamás estaría dispuesto entregarle a nadie salvo a sus propios hijos, siendo que Baru había muerto a causa de eso.

-Tus planes nunca han servido ni servirán de nada, Obito—espeto el Uchiha sin apartar sus orbes ónix, bañados en ira, de los ojos del Pasha. -Tu Sultan—menciono, aludiendo a Yosuke, -Mei y tu esposa tienen los instantes contados—rebeló sin sentir ni una gota de remordimiento por saberse artífice de la muerte de su hermana Rin y la nueva reclusión para su hermano Yosuke. -Para mañana está revuelta habrá desaparecido. Muere con esa información.

Sasuke apoyo su espalda en la pared, permaneciendo de pie y absolutamente distante de aquella escena, asintiendo ante la mirada del capitán Inuzuka que no tardo en proceder ante aquel gesto. El ruido de los huesos desprendiéndose de sus bases y rompiéndose como si fueran ramas delgadas, los quejidos ahogados por parte del Pasha y la sangre manchando el suelo no fueron nada para Sasuke que no conseguía sentir compasión por el hombre al que torturaron y desmembraron delante de él de la forma más inhumana posible.

Los jenízaros se caracterizaban por una cosa en específico: sus castigos. Aquel que fuera, de manera efectiva, catalogado y probado como traidor no sobrevivía, la muerte y la tortura eran una pena absoluta para todo aquel que fuera o hubiera sido jenízaro y Sasuke no estaba haciendo otra coa que dar a respetar una ley que llevaba décadas, por no decidir siglos, vigente. Tras largos instantes de tortura, el capitán Inuzuka y sus hombres dejaron que el cadáver del Pasha que desplomara sobre el suelo de roca, bañado en su propia sangre y con todos sus huesos rotos de extremo a extremo, víctima de sus propios planes y ambiciones, víctima de sus ideas y confabulaciones, víctimas de sus conspiraciones y deseos absurdamente grandes.

Víctima de sí mismo.


Vistiendo unas exquisitas galas azul claro de cuello alto y en V, mangas ajustadas, bordadas en oro con diamantes engarzados, su largo cabello caía libremente tras su espalda, adornado por una discreta diadema de oro y perlas. Frente a ella se encontraba Choji mientras sus doncellas embalaban sus cosas dentro de los cofres y alforjas en espera de las órdenes de la Sultana para partir de regreso a Egipto.

Ahora que era viuda por segunda vez y que no tenía hijos a los que unir en matrimonio mediante la seguridad política, Tsunade sabía que no tenía por qué permanecer en el palacio ni en los dominios capitales de los Uchiha. Solo quería volver a Egipto y vivir en paz, lejos de tantos desmanes y conflictos. Yosuke era el Sultan ahora y Mei no era de su confianza como para arriesgarse y permanecer en el palacio por más tiempo. Sabía que era solo cuestión de tiempo para que Mei o Rin intentaran algo en su contra y no quería esperar y averiguar que era "eso" exactamente, prefería marcharse cuanto antes.

-¿Nos deja, Sultana Tsunade?—pregunto el Akimichi, ligeramente triste.

Tras la muerte de la Sultana Mito, su lealtad se había dirigido hacia la verdad y el centro del poder del palacio, claramente sirviéndole a la Sultana Tsunade por ser la hija de su anterior Sultana, pero ahora que todo se había vuelto turbulento y que el Sultan Sasuke estaba vivo, no tenía muy en claro que hacer. Deseaba acompañar a su Sultana al exilio en Egipto, pero también quería permanecer en el palacio al saberse importante y necesario para la Sultana Sakura

-No tengo porque quedarme, Choji—respondió Tsunade con la mirada triste al sentir el enorme pesar que aun causaba la muerte d su esposo sobre su persona. -He perdido todo lo que amaba en la vida, mi padre, mis hermanos y hermanas, mi madre, mi esposo—nombro paso por paso, preguntándose, ¿Qué había hecho para merecer tal carga emocional?, pero inusualmente feliz al saber que su sobrino Sasuke aún seguía con vida y que, por ende, la jerarquía Imperial se mantendría sin importar lo que pasara. -Mi sobrino afortunadamente está vivo, pero la muerte de Baru, Itachi y esos dos pequeños bebés inocentes es demasiado como para permanecer aquí—espeto Tsunade, recordando a Mirai que ahora se encontraba en un monasterio como funcionaria leal, dimitiendo de todo su anterior poder para vivir en tristeza y soledad, justo como Korotsuchi. -Mi corazón no soportaría otra perdida—confeso apretando los labios al siempre permanente recuerdo de su esposo sobre su mente. -Puedes venir conmigo si lo deseas—sugirió la Sultana al ver la tristeza que cubría al Akimichi.

Choji titubeo entre si contestar o no. El ofrecimiento era de su agrado en demasía, pero sabía que su auténtico deber era serle leal a la Sultana Sakura que era la mujer más poderosa del Imperio, era su deber darle absoluta lealtad a la mujer más poderosa del mundo, y en parte también deseaba supervisar personalmente que todo se mantuviera en orden ante la inminente proclamación del Sultan.

-Me gustaría Sultana, pero…- inicio Choji.

Una ligera sonrisa feliz se plasmó ne el rostro de Tsunade al entender lo que deseaba decir.

Sakura era poderosa, inteligente y noble, amaba a Sasuke y a sus hijos, era leal al Imperio y a los estatutos que perduraban en el tiempo. Tsunade nunca hubiera estado más tranquila de dejar el cargo del Imperio y el poder a nadie salvo a la pelirosa que volvería a ser la Sultana más poderosa del mundo con el nuevo ascenso de Sasuke como el único y verdadero Sultan del Imperio. Una nueva y resplandeciente era se abría ante el mundo gracias a ambos.

-Al menos me has dado una alegría—lo felicito Tsunade, comprendiendo las palabras que él había intentado pronunciar. -Sasuke ascenderá al trono nuevamente, ¿cierto?—indago recibiendo un asentimiento de parte del Akimichi que sonrió ligeramente ante su mención, sabiendo que a ella no le molestaba que permaneciera en el Palacio Imperial. -Entonces mi partida será feliz porque sabré a salvo a este Imperio—cuidadosamente, la Sultana sujeto una de las manos del Akimichi entre las suyas, opacando toda tristeza sentida con anterioridad. -No estés triste Choji. Nos volveremos a ver—garantizo Tsunade.

Ambos se sonrieron únicamente. Pero...quizá el próximo encuentro no fuese sino en la siguiente vida.


El ejército jenízaro, que hacía un mes atrás se había atrevido a entrar a la fuerza en el palacio Imperial, ahora era enjuiciado entre sí.

Aquellos leales a la Familia Imperia; el Sultan Sasuke, la Sultana Sakura, los Príncipes y Sultanas, enjuiciaban a todos aquellos que le hubieran dado su lealtad a Mei, Rin, Obito y Yosuke por los beneficios y sobornos que una proclamación le hubiera brindado al ejercito si este estaba del lado del nuevo Sultan. Era la primera vez que el ejército se enjuiciaría a si mimo, asesinando a sus compañeros por los motines que habían realizado y por cómo habían actuado en momentos de crisis.

Los jenízaros se encontraban divididos en filas con un traidor arrodillado frente a ellos, con la cabeza inclinada para realizar una limpia decapitación. De manera instantánea y ante la señal del nuevo capital del ejército, todos descendieron sus espadas cuales yunques, cercenando las cabezas de quienes habían estado frente a ellos. Otro grupo se encontraba separado, conformado por tres traidores en específico que habían organizado todo el motín y habiendo ayudado a Obito Pasha para asesinar al Sultan Baru y colaborando en el atentado contra el Sultan Sasuke.

La muerte que aguardaba a aquellos conspiradores era diferente. Ya de por si se encontraban golpeados y lacerados bajo las ordenes explicitas del Sultan, pero aún faltaba el auténtico castigo. El Sultan había ordenado el desmembramiento para quienes habían orquestado todo, estando vivos y ellos no serían la excepción a esa regla, en lo absoluto. El capitán del ejército avanzo hacia los golpeados soldados, situándose tras ellos como una sombra.

-Ustedes tienen un castigo especial—susurro el capitán, amedrentando a los tres traidores que temblaron únicamente ante aquella alusión, desconociendo la naturaleza de su próxima e inminente sentencia. -El Sultan Sasuke y la Sultana Sakura les desean una dolorosa estadía en el infierno.

Retrocediendo, el capitán se apartó para dejarle el camino libre a nueve soldados que ataron las piernas y brazos de los traidores con cadenas que se ataban a sus sillas de montar, subiendo a sus cabellos y halando fuertemente hasta escuchar los gritos de dolor provenir de los labios de aquellos infames traidores, cuya sangre manchaba la tierra y cuyos lamentos eran la agonía que marcaba sus decesos.


Rin recorrió los pasillos luego de haber abandonado los aposentos de su madre, notoriamente triste por no haber conseguido hacer nada para proteger a Obito o evitar su sufrimiento. De nada le servía hablar con Yosuke porque este solo escuchaba y confiaba en su madre, claro, en ella también…pero no en la misma medida. Aparentemente solo le quedaba guardar silencio total, esperar y ver que tenía lugar en el resto del día y en los sucesivos que estaban por venir. Su paciencia era escasa pero habría de aguantar por Obito, creyendo firmemente en que él volvería a su lado como siempre había pasado hasta entonces. Quizá su madre tenía razón: si Sakura ya no era una Sultana y no tenía hijos, ¿Por qué otros habrían de apoyarla o seguirla siquiera? Ella ya no podía ofrecerle nada a nadie, ya no tenía poder alguno.

Tras ella caminaban sus dos doncellas, con la mirada baja, andar correcto y discreto. Una concubina apareció en su camino más se hizo a un lado y reverencio a la Sultana debidamente, sonriendo ladinamente al ver a la Sultana pasar delante suyo sin darle la importancia que—en su caso—debió de darle. Su nombre era Tamaki y le debía lealtad a la Sultana Sakura.

-Sultana…- pronuncio la pelicastaña, osando levanta la voz.

Frunciendo el ceño ante semejante muestra de desacato, Rin detuvo su andar y se giró hacia aquella insignificante criatura que había osado interrumpir sus pensamientos e inmiscuirse en aquello que no le concernía. Al momento de girar, Rin se encontró con que la concubina se mantenía con la mirada baja, levantando su rostro lentamente hacia la Sultana, manteniendo su mirada ambarina sobre los orbes oscuros de esta, sonriendo confiada ante lo que pretendía hacer.

-El Sultan Sasuke y la Sultana Sakura se despiden de usted para que parta el infierno—pronuncio Tamaki.

Rin intento contener su extrañeza ante aquella palabras, más sus ojos se desviaron hacia las manos de la concubina quien desenfundo una daga entre los pliegues de la chaqueta superior que usaba sobre un vestido naranja. Los orbes asustados de la Sultana se elevaron hacia la concubina quien levanto el brazo y avanzo hacia ella. Rin espero que sus doncellas hicieran algo más estas permanecieron quietas y con la mirada abaja, ignorando lo que estaba a punto de pasar. Un jadeo escapo de los labios de la Sultan en cuanto sintió la daga clavarse profundamente sobre su pecho hasta atravesarla. Tamaki la observo con arrogancia ante de retirar su daga, dejándola caer al suelo y retirándose sin voltear a ver a la Sultana.

Un hilo de sangre se deslizo de entre los labios de la Sultana ante la herida que ahora yacía atravesando su corazón. Los ojos de la Sultana se cerraron con dolor mientras sus fuerzas fallaban y la hacían caer de rodillas sobre el suelo de mármol, apoyando sus manos sobre el suelo para sostener su peso. De manera lenta, los ojos de la Sultana se cerraron y sus fuerzas desaparecieron haciéndola desplomarse inerte sobre el suelo que se manchaba de sangre bajo su cuerpo mientras dejaba de respirar.

Rin había muerto


Mei bebió amenamente de su copa, tragando el contenido y percibiendo un tinte amargo en el sabor de este, pasando inadvertido al creer que se trataba de algo producido en su propio paladar. La Sultana se tocó ligeramente la tráquea, olvidando aquel disgusto y más que dispuesta a no beber más.

Yosuke levanto su sonriente mirada hacia su madre que le sonrió de igual modo, plenamente feliz de ver a su hijo, el Sultan y dueño absoluto del mundo. Había peleado por su seguridad y bienestar desde la muerte de su primogénito, Itachi, todo por saberlo merecedor del poderoso Imperio de los Uchiha. Ella lo ayudaría a gobernar ante su desequilibrio mental, ella sería su apoyo, su madre y su regente si aquello hacía falta, todo en pro de su hijo y de un filial buen futuro para ella, para Yosuke y para Rin, como siempre debió de haber sido y como seria de ahora en más.

Una de las jóvenes del Harem, atestadas cerca de la puerta, observo en silencio l escena antes de acercarse hacia la mesa con un último pequeño plato que deposito frente a la Sultana. Mei levanto la mirada hacia la joven, arqueando una ceja al presentársele un platillo que ella no había pedido. La joven llamada Hana, con una sonrisa extrañamente arrogante y confiada, destapo el pequeño plato, rebelando un diminuto frasco que contenía un líquido color limón en su interior.

-El Sultan Sasuke y la Sultana Sakura le desean una dolorosa estadía en el infierno—pronuncio la joven con toda la osadía del mundo.

Una repentina sensación de sofoco se instaló en el pecho de Mei, viendo a la joven alejarse de ella y retirarse junto a su compañera sin rendirle explicaciones a nadie. Rememorando aquellas palabras que aseguraban la supervivencia de Sasuke, Mei respiro pesadamente, sabiendo que el amargo sabor sentido en su comida no era otra cosa que veneno. Una mano se posó sobre su pecho, en un intento por respirar bien mientras su ojos se clavaban sobre su hijo que se encontraba sentado frente a ella.

-Yosuke…- murmuro Mei, apenas con un hilo de voz.

El inofensivo y delirante Sultan levanto su mirada hacia su madre, frunciendo escasamente el ceño al verla agitada, sin comprender exactamente el por qué para que ella estuviera así.

-¿Madre?…-indago Yosuke hacia su progenitora.

Mei dejó caer la mano que se había instalado sobre su pecho encima del plato que estaba frente a ella, intentando sostenerlo inútilmente, dejándolo caer al suelo ante el flaqueo de sus fuerzas. Yosuke se levantó de su lugar al verla pálida en extremo. Mei, apenas y pudiendo respirar, consiguió levantarse, sintiendo sus piernas temblar ante el efecto que el veneno estaba recorriendo su sistema. Ante aquella falla en su cuerpo, Mei apenas y percibió el dolor en sus rodillas al caer al suelo, tosiendo sangre. La Sultana levanto su mirada con sus últimas fuerzas, observando a su hijo tristemente.

De manera repentina, el ascenso y descenso del pecho de la Sultana se detuvo, haciéndola desplomarse sobre la alfombra que recubría el suelo, inerte. Sus ojos permanecieron abiertos en una expresión de miedo ante la muerte que ahora se había adueñado de ella y que Yosuke estaba presenciando sin alcanzar a comprender lo que realmente estaba sucediendo.

Los enemigos de Sasuke y Sakura habían muerto.


PD: mis palabras para con el capitulo son innecesarias solo les informo que la historia esta llegando a su fin y que, si leen el Epilogo, con toda seguridad, abran lo que se viene en el proximo Fic "El Siglo Magnifico: La Sultana Sakura" cuya fecha de publicación aun no esta clara pero si quieren saber aglo de ese fic comenten esta historia y los mantendré informados :3