Capítulo 36: Preparación

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Tal como lo dijo, se fue directo a la cama. Las piernas las tenía agarrotadas y su cerebro no llegaba más allá del pensamiento "descansar". Sin embargo, reconocía bien el sentimiento de tranquilidad que le inundaba. El cambio de escenario era totalmente radical, así que no podía pasar por alto el volver a estar en el castillo, en paz, sin preocupaciones por el momento, sin contar a Severus, por supuesto, y el hecho de que seguía estando embarazada.

Agradeció que no hubiera estudiantes en los pasillos. Todos estaban ya en sus salas comunes, por lo que se ahorró las posibles miradas curiosas. Primero que todo, ella y Dunstan despedían olor a mar, entre algas, sal y algo podrido, y el pelo de ambas estaba apelmazado y duro, como si se hubieran echado huevo. Sus caras estaban resecas por la sal, y su andar estaba muy desgarbado y poco entusiasta. Un buen observador hubiera visto el temblor de sus extremidades inferiores al dar un paso. Lo más increíble de todo era, y que hubiese dado para comentar a los demás, que caminaban la una al lado de la otra, sin hablar, aunque con un aura extrañamente pacífica. ¿Ellas, juntas, cuando habían demostrado ser enemigas declaradas? No era algo que ocurriera con frecuencia.

―Bien, aquí nos separamos ―dijo Dunstan con una pequeña sonrisa al momento que llegaron al primer piso y tomaban caminos diferentes para llegar a sus respectivos despachos.

Merlina suspiró y asintió. Le dio una tímida palmada en el brazo derecho.

―Gracias ―reiteró con sinceridad, y tuvo que admitir que se sintió bien al expresarlo.

―No te preocupes ―repuso Agatha―. Buenas noches.

―Buenas noches.

Se dieron la espalda y apresuraron el paso. Merlina hizo el último esfuerzo para correr y lanzarse sobre su cama, sin prender la luz siquiera. Fue una sensación tan agradable caer en ese colchón blando, tibio y suave, como si no hubiese probado hace años algo tan cómodo como aquello.

Se envolvió con el cubrecama boca abajo, y cerró los ojos. El estómago le rugió de hambre y su cuerpo pidió a gritos una ducha, mas se quedó dormida profundamente, durante las quince horas siguientes.

El último pensamiento que tuvo fue: "Qué bien que no seas más mi enemiga, Dunstan, sino estaría todavía en esa celda…"

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Era la una y media de la tarde cuando despertó. La brillante luz del sol de marzo se filtró por el visillo de la ventana, brindándole un incómodo calor en la cara. Abrió los ojos lentamente para acostumbrarse a la luz de la habitación. Por unos segundos se sintió fuera de lugar: en apenas un día se había habituado a dormir en el helado suelo de piedra de Azkaban, muriéndose de frío y soportando ese hedor a muertos en vida que expelían cada una de las paredes de ese cubículo fatal.

Se alzó un poco para comprobar su habitación: todo estaba en orden, tal cual como había dejado las cosas cuando se fue. El único cambio que había, se hallaba a su derecha, encima del velador: el diario.

Estaba envuelto en el mismo papel café y tenía una nota encima, con la caligrafía de Dunstan, y dictaba un: "Si vas a revisarlo, llámame. Es mejor que yo esté presente si se arma un incendio, ya que tú no tienes varita".

La circulación de la sangre de la celadora aumentó su ritmo, esperando a que sucediera algo con ella por mirar el diario. Al menos, en los diez segundos que estuvo observándolo, no despidió fuego por los ojos. Eso era un gran avance.

Su estómago protestó por milésima vez durante el día.

― ¡Ya voy, ya voy! ―Contestó con las energías renovadas. Partió al baño para dejarse la carne viva con la esponja, hasta sacarse el último rastro de sal y suciedad.

Salió casi brillando del baño de tanta limpieza y tomó el rumbo a la cocina para devorarla completa, antes que las náuseas le atacaran y le hicieran vomitar.

Mientras comía, Merlina inició una serie de pensamientos sin ilación alguna. La mayoría se basaban simplemente en recuerdos de Severus y tuvo que reconocer que ya que podía pensar con más claridad y sin letargo, se sentía decepcionaba al haber sido Agatha, y no él quien la salvara de una muerte segura. No era malagradecida, sencillamente…

Te extraño. Te extraño tanto…

No quería llorar. No podía seguir gastando lágrimas cuando ya se estaba acostumbrando a las decepciones y a las tristezas. Debía sobrellevar lo que le ocurriera, y aceptar que, Severus, lo había hecho por el bien de ambos, aunque no le cupiera la idea en la cabeza.

Luego recordó a Harry, Ron y Hermione otra vez. ¿Dónde estaban? ¿Estarían en peligro? ¿Cumpliendo sus propias misiones? De algo estaba segura: estaban arriesgándose, dando el todo por el todo. Y también los extrañó. Deseó estar con ellos en los jardines de Hogwarts, como cuando no tenía ninguna preocupación, y cuando ni siquiera sucedía nada con Severus. Quiso conversar con ellos de cosas triviales, o con Hermione, para que resolviera sus dudas. Ella siempre tenía alguna respuesta… o casi siempre.

Se sintió cobarde. Ella, en el castillo, segura, comiendo, y extrañamente tranquila, sin trauma alguno por haber sido encerrada en el peor lugar del mundo. Eso se debía a que estaba en Hogwarts y Hogwarts, para ella, el Colegio de Magia y Hechicería, representaba seguridad, la seguridad absoluta. Ver sus poderosas e impenetrables paredes, para ella significaba vida y paz. Por eso es que estaba tranquila y, al a vez, no quería hacer nada. ¡Pero tampoco podía! ¿Cómo hacerlo si iba a arriesgar más de una vida? Esa vida era parte de ella, por eso ella debía mantenerse a salvo, a toda costa.

Miró a los elfos domésticos, quienes limpiaban losa y mesones, y cocinaban sin parar. Se veían tan tranquilos como ella, concentrados en sus tareas, sin preocupaciones.

― ¿Señorita? ―Chilló una voz aguda detrás de ella.

Merlina salió de sus pensamientos y se giró, mirando hacia abajo a un elfo con una torre de gorros de colores sobre su cabeza, dejando sobresalir sus puntiagudas orejas. Tenía gruesos calcetines impares de lana en sus piececitos. Sus grandes ojos, como pelotas de tenis, la miraban con tristeza. Llevaba un paquete de navidad en las manos muy arrugado, como si lo hubiese tenido guardado por largo tiempo.

― ¿Sí? Tú eres Dobby, ¿no?

―Sí, señorita, yo soy Dobby, el elfo doméstico. Siento mucho… ―Le temblaron las piernas ―molestarla ―completó avergonzado, agachando la vista.

―No, no te preocupes ―dijo con simpatía ―. ¿Sucede algo?

―Yo… yo querría saber si Harry Potter no vendrá más al castillo.

―Oh.

Transcurrieron unos minutos de silencio. Se miraron otra vez.

―Me temo que no ―contestó Merlina finalmente tras pensar las verdaderas posibilidades.

El elfo tragó saliva y extendió el paquete a Merlina.

―Usted es su amiga. Si lo ve, ¿puede entregarle esto?

Merlina pensó en negar la situación. No era que no fueran amigos, sino que… ¿qué posibilidades tenía de volver a ver a Harry? Era tan difícil como reencontrarse con Severus.

―Bien. Si lo veo, se lo daré en tu nombre. ¿Qué es, Dobby?

―Es un chaleco de navidad hecho por mí. Lo tengo guardado desde esa fecha. Yo… ―sus ojos se llenaron de lágrimas ―. Muchas gracias, señorita ―hizo una pronunciada reverencia para tocar el suelo con su afilada nariz y se retiró a sus labores.

―De nada. Gracias por contar conmigo.

Gracias por contar conmigo. Poco más tarde, sus propias palabras le sonaron falsas, forzadas. Jamás podría hacer la entrega.

Dado que físicamente se encontraba animada, se puso manos a la obra con la limpieza del castillo. Había suciedad por todas partes y muchas de las aulas en desuso estaban patas arribas por los vandálicos actos de Peeves.

―¡Merlina!

Casi se le salió el corazón cuando oyó el grito de Minerva. La mujer trotó hasta ella con la mano en el pecho, como si ella hubiese sido la asustada.

― ¡Merlina! ¡Oh! ¡Ya estás aquí!

―Sí, yo…

―Dunstan acaba de contármelo todo. ¡Cuánto nos preocupamos por, ti, Merlina! Pero no podíamos arriesgarnos a nada ―añadió con sinceridad ―. Teníamos que permanecer en el castillo, hasta que Agatha tomó la decisión de ir a buscarte. No sabes… ¡oh, Merlina! Me alegro tanto de que estés bien.

―Sí, profesora, no se preocupe. No me trataron mal, después de todo. Lo único malo era la celda, ni siquiera tenía camastro.

―Bien, bien… ―Inspiró aire, inflando sus aletas de la nariz y abriendo al máximo sus ojos oscuros ―Tenía que venir a comprobarlo por mí misma. ¿Recuperaste lo que necesitabas?

Merlina recordó el diario.

―Oh, sí.

―Por favor, Merlina, no vuelvas a salir del castillo por nada del mundo, ¿sí?

―No, ya no pienso hacerlo, por supuesto que no. Sólo por Hogsmeade…

―No, Merlina, ni por Hogsmeade ―corroboró la profesora con gravedad, volviendo a esa expresión de severidad usual.

La más joven arqueó las cejas.

― ¿Por qué? ¿Pasó algo malo?

― ¿En Hogsmeade? No, pero a ti y a Dunstan las están buscando ―los ojos de Merlina se abrieron como platos ―. En la mañana publicaron esto.

Le extendió un ejemplar del periódico de esa mañana de día jueves. Merlina lo cogió y miró la portada. En ella había dos fotografías. La suya apenas era del día anterior, la que se había sacado para Azkaban, y salía con una expresión hostil y, luego, cerrando los ojos por el flash, contorsionándosele la cara. Agatha, en su fotografía, salía evidentemente más joven y muy seria, y lo único que hacía era pestañar y bufar con fuerza. Un gran título de gruesas letras negras, citaba "Prófuga de Azkaban y su cómplice".

Los ojos de Merlina comenzaron a pasar rápidamente por el texto.

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Merlina Morgan Grace, de veintisiete años, fue apresada el pasado 20 de febrero, durante la tarde, luego de hacer una visita al Ministerio de Magia y tratar de causar un incendio con Fuego Demoníaco. Personal del Ministerio logró intervenir justo a tiempo, sin causar heridos. Sin embargo, siendo ya amonestada anteriormente Morgan, se le llevó a juicio, donde el Wizengamot decidió, inapelablemente, enviarla a Azkaban.

Merlina Morgan logró escapar con la ayuda de Agatha C. Dunstan, fiel amiga de años, con quien huyó, posiblemente, al Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, donde ambas trabajan.

Dolores Umbridge asegura que no tardarán en encontrarlas, para que ambas cumplan su condena.

"Posiblemente, también hallemos como cómplices al docente del colegio, lo que sería una lástima." Añade. "Es preferible, si se encuentran en el colegio, que se entreguen por sí mismas; aunque es entendible que los profesores tengan temor de actuar por su cuenta".

Mientras tanto, se ha dejado en claro que la condena para Morgan serían diez años por intento de masacre y destrucción del Ministerio, con un dementor día y noche durante su celda.

"Es peligrosa, tiene cara de pollo inocente, pero de verdad que lo es" comenta Eric Munch, quien tuvo la oportunidad de atenderla ese mismo día.

Se ruega, por otro lado, a la gente que esté atenta a estas fotografías. Merlina Morgan podría resultar pirómana y Agatha Dunstan tiene mala fama por su excesiva violencia.

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La boca de la joven no podía estar más abierta. McGonagall le observaba con una especie de lástima.

―No puedo creerlo ―soltó al final, echando a andar sus neuronas ―. "Fuego Demoníaco" ―articuló blandiendo el periódico― ¿Qué demonios es eso? ¡Ni siquiera hubiera sabido a hacer el conjuro! ¿"Juicio"? ¿Cuándo me hicieron el maldito "juicio", profesora? ¡No me dieron la oportunidad de nada! Ni siquiera de tratar de explicarme ―hizo una mueca ―. Y, para peor, Umbridge se esfuerza en tapar el segundo apellido de su sobrina. ¡Es obvio que no quiere que la conecten con ella! Está manipulando a medio mundo.

Minerva asintió con pesar.

―Lo sé, Merlina, todos lo sabemos. No podemos hacer nada. De todas formas, ella manipula porque al Ministerio lo manipulan. Es cierto que es malvada y retorcida por naturaleza, pero la amenaza de Mortífagos hace que, esa parte, salga de sí con doble intensidad. Es una mujer aprovechadora, trata sólo de quedar bien con lo que le conviene.

Merlina miró el periódico otra vez, furiosa.

Posiblemente también hallemos como cómplices al docente del colegio, lo que sería una lástima. Es preferible, si se encuentran en el colegio, que se entreguen por sí mismas; aunque es entendible que los profesores tengan temor de actuar por su cuenta.

― ¿Ve? ¡También les pone en peligro a ustedes! ¿Entregarme? ―Farfulló. Se llevó una mano a cierto lugar, inconscientemente ― No podría.

―Claro que no ―contestó Minerva altaneramente ―. Además, da igual. No podemos estar más en peligro de lo que nos encontramos ahora. No vamos a entregarte, Merlina. Además, lo único que desean ellos es poder entrar a Hogwarts ahora que no está Dumbledore. Porque ellos lo saben, pero no lo quisieron publicar para no espantar al pueblo mágico. Su fin es que, nosotros, le llamemos con la intención de que penetren en el castillo para buscarte y, lo único que harán, en realidad, es adueñarse, tomarse el poder. No lo permitiremos ―finalizó con firmeza.

Merlina sonrió y no pudo evitar abrazar a la profesora. Fue un abrazo fugaz, pero en ello expresó su agradecimiento.

―Ahora… ―Minerva la miró con un rictus en los labios ― La profesora Agatha me dijo que no te invitara a la reunión que vamos a efectuar en quince minutos más. Me dijo que podía no ser saludable para ti ―Merlina se enderezó y se rascó la cabeza para contrarrestar la impresión ―. ¿Te sucede algo malo? ¿Tienes… alguna enfermedad?

―Oh… No, no profesora. He pasado por algunas situaciones últimamente… y lo de Azkaban me dejó debilitada mentalmente. Ya sabe, los dementores…

―Entonces, te pregunto a ti, ¿deseas participar? No creo que ella deba inmiscuirse en tus decisiones.

Merlina se mordió el labio. Si Dunstan había dicho eso por ella… Debía significar algo, ¿no? Hasta ese momento había resultado tener más razón en todo.

―Si ella lo vio de ese modo, es preferible que yo no vaya.

―Bien.

Merlina se quedó parada en el mismo lugar, con las manos entrelazadas, cavilando su decisión. Cinco minutos después de irse, la voz de la profesora se oyó en el colegio completo, amplificada:

―Se les solicita a los prefectos que conduzcan a los estudiantes a sus respectivas casas y se les convoca a todo el personal de Hogwarts que se dirija de inmediato a la sala de profesores.

Merlina no se movió y oyó cómo, en pocos minutos, el colegio quedaba en un silencio absorbente.

¿Por qué era tan necesario que los estudiantes se fueran a sus salas comunes? No era algo que se pidiera tan a diario. Que fueran en grupo por los pasillos y avisaran de cualquier acto extraño, era normal.

La curiosidad mató a Merlina.

―No creo que todo esto sea más grave de lo que ya he pasado.

Caminó hasta la sala de profesores, pero no entró. Apegó el oído a la puerta y escuchó la voz de Minerva.

―… es imposible saberlo. No hemos recibido ninguna información de él, y evidentemente no está con ninguno de los de la Orden del Fénix, quienes andan haciendo sus respectivas misiones.

― ¿Quieres decir, Minerva, que tenemos que actuar por nuestra cuenta? ―Indagó Sprout, sin sonar enojada. Parecía estar de acuerdo.

―Es lo que digo yo, sí. Sé que Dumbledore no quiere dar información de su paradero; es riesgoso, pero estando como están las cosas…

― ¿Y si cometemos algún error? ¿Si exponemos a los estudiantes, o a los familiares? ―Merlina no reconoció la voz, pero era de mujer.

―Vector, los cometeríamos tanto con o sin Dumbledore ―rebatió Flitwick.

― ¿Qué tan seguro es esto de que atacarán Hogwarts? Los hechizos son poderosos, nadie podría entrar.

Merlina se sorprendió a sentir su corazón agitado. No le había causado tanta impresión la conversación: no era algo que pudiera considerarse novedoso, pero se sentía nerviosa. Ella confiaba en Hogwarts, en su protección.

―Snape lo dijo hace tiempo ― informó McGonagall.

―Pero él podría no estar de nuestra parte.

―Aún así, debe ser cierto, o en parte. El problema es, que no sabemos cuándo, por eso deberíamos actuar con prontitud.

―Pero, ¿cómo entrarían al castillo?

―No lo sabemos. Los Mortífagos cuentan con poderes lo suficientemente fuertes como para romperlos. Además… ―Minerva pareció pensar en lo que debía decir ― Snape mismo puede ser el que les haga entrar por la puerta principal. Dado las instrucciones de Dumbledore, no debemos desconfiar de él.

―Pues, yo lo hago. Discrepo de todo esto ―aquella fue la voz de Pince. A Merlina le hirvieron las entrañas.

Severus era bueno. Severus sólo arriesgaba su vida por todos ellos.

―Irma, según la decisión que tomemos aquí… Ya sabes, la mitad más uno y la decisión está tomada. No estamos desobedeciendo ninguna orden de Dumbledore. Nos dejó muy en claro que debíamos buscar la manera, fuera la que fuese, de poner a los estudiantes a salvo.

― ¿Y nosotros?

―Si logramos dejar a salvo a los estudiantes, nosotros también podremos hacerlo, hasta que llegue el momento de pelear. Bien, ¿qué dicen? ¿Evacuamos Hogwarts mañana en la mañana o esperamos a tener alguna orden del director?

Hubo silencio. ¿Qué hubiera hecho ella? ¿Qué hubiera votado? Si Severus era capaz de entrar con una veintena de Mortífagos por la puerta principal… ¿Qué haría? ¿Iría hasta él o huiría?

―Está dicho, entonces. Mañana, a las siete en punto se hará que padres puedan retirar a sus hijos. Los que no puedan, serán enviados en el expreso. Manos a la obra para enviar las cartas en no más de dos horas.

Merlina se despegó de la puerta y dio zancadas hasta la otra esquina. Su mente se hallaba en un torbellino. Hogwarts era seguro, pero si era el mismo Severus quien interviniera en la seguridad… Ni siquiera tenía varita. No tenía su maldita varita. Era tan insignificante, como un muggle, o peor.

Las náuseas llegaron hasta su boca. Corrió por el pasillo hasta el vestíbulo. Salió por las puertas, al aire libre. Llenó sus pulmones de oxígeno fresco.

Miró su entorno con cierta nostalgia y se sentó en la escalinata de piedra, tratando de concentrarse. Iba a tener que buscar un escondite una vez que evacuaran a todos. Pero deseaba ver a Severus. Si él iba a entrar al castillo…

A su lado apareció el mismo thestral que las había llevado al castillo la noche anterior. Se sentó a su lado y la observó con sus ojos blancos.

Se le ocurrió una idea riesgosa.

Alzó la mano y acarició el cuello del animal. Éste cerró los ojos, dando a entender que le gustaba.

― ¿Me ayudarías? ―Le preguntó― ¿Me ayudarías a huir de aquí? ¿Te arriesgarías?

El thestral se limitó a mover las orejas. ¿Eso era un sí? ¿Le había entendido lo que quería decir?

Cuando el calor del sol comenzó a molestarle, entró al castillo otra vez. Además, el paisaje le resultaba tétrico. El sol, ese día, estaba fuera de lugar.

El animal aguardó a que ella entrara para seguirla disimuladamente.

Merlina se inmiscuyó en las mazmorras para ir al despacho de Severus. Quería ver si podía rescatar algo de allí para echarlo en su maleta. Algo de él, algún recuerdo, o al menos para echarlo en uno de sus bolsillos, tal como había hecho con el regalo de Harry, que ocupaba lugar en un bolsillo de su túnica.

Mientras caminaba, sin embargo, oyó un sollozo. Se detuvo, alerta. ¿Sería Myrtle? No, claro que no. Éste sonaba a un lloriqueo de niño.

Caminó con cuidado, contando cada uno de sus pasos, rastreando el sonido. Éste venía detrás de uno de los tapices.

Tiró lentamente de la tela, para hacerla a un lado. Y entonces…

Un muchacho de Slytherin de primer año, estaba acurrucado en un pequeño espacio.

―Oye, chico ―llamó Merlina, estirando una mano para tocarle el hombro ― ¿Te han hecho algo?

El muchacho alzó su carita regordeta y pálida, surcada de lágrimas.

― ¿Qué te pasa?

―Y-yo… tengo una amiga ―balbució con la voz tomada.

Merlina entró al espacio, arrodillándose a su lado.

― ¿Le pasó algo a tu amiga? ―Inquirió Merlina colocándole una mano en el hombro con preocupación.

El niño negó con la cabeza fervientemente y siguió llorando.

―Lo siento, si no me cuentas lo que te ha ocurrido, no podré ayudarte. Lamentablemente no está el profesor… ―frunció los labios ― No está el profesor de casa para hacerse cargo de ti.

El niño alzó otra vez el rostro.

―E… ella es-s de Hu…Hufflepuff ―cuchicheó con dolor en sus facciones.

― ¿Y qué pasa con ella? ¿Está enferma?

El niño, que al parecer hace rato luchaba con el movimiento de sus brazos, se lanzó contra el pecho de Merlina y la abrazó.

Ella se quedó de piedra. Ningún niño la había abrazado. Nunca, ni siquiera su prima, Wealthow.

Dio unas palmaditas suaves en su cabeza, sintiendo compasión.

―Por favor, dime lo que sucede. Los profesores podrían ayudar.

Éste negó con la cabeza en el pecho de Merlina, ensuciándola de mucosidades y lágrimas saladas.

―N-no pueden… ayudar.

― ¿Por qué?

―Porque la van a matar.

Merlina tomó al muchacho de los hombros y lo separó de ella con brusquedad.

― ¿Qué dijiste?

―La van… ¡la van a matar!

― ¿Y quién la va a matar? ¿Por qué tendrían que hacerlo?

―Ellos… los-los amigos de papá… ellos la matarán.

Merlina estaba completamente desconcertada, aunque tenía una idea aproximada al temor del muchacho.

― ¿Por qué la matarían?

―Porque… porque e-es san-sangre sucia.

― ¿Quiénes son los amigos de tu padre?

―Ellos.

La joven embarazada sabía a qué se refería con "ellos". El pobre muchacho era hijo de un Mortífago.

―No la matarán ―le acarició la mejilla, tratando de ser lo más amistosa posible ―. Puedes estar tranquilo. Mañana trabajaremos en ellos. Ustedes estarán todos a salvo.

El niño soltó un desgarrador sollozo.

― ¡No! ¡N-no estaremos a s-salvo!

― ¿Por qué?

El chico, con un mohín, dirigió sus ojos vidriosos y enrojecidos a los de ella.

―Porque… ―Hipó― Papá me dijo que me ocultara aquí, para encontrarme y salvarme. Ellos vendrán esta noche, entrarán al castillo.

Tres segundos más tarde, Merlina se encontró corriendo hacia el despacho de la profesora McGonagall, con el corazón en la mano. No se había detenido a pensar las cosas. No era el momento.

Entró al despacho sin tocar. Minerva se sobresaltó: estaba cerca de la chimenea, quemando algunas cartas.

― ¡Santo Cielo! ¡Merlina! ¿Qué sucede?

―Debemos evacuar a los estudiantes, ahora ya.

Y le contó rápidamente lo que había dicho el pequeño.

La voz de la profesora volvió a tronar con fuerza en el castillo. Dos minutos más tarde, estaban debatiendo lo que debían hacer.

― ¿Por dónde sacamos a los estudiantes? Podrían tener vigilado Hogsmeade ―señaló Flitwick.

―De hecho, lo tienen vigilado ―corroboró Agatha y añadió, con cierta ironía, señalando a Merlina y, luego, a sí misma ―. Por nosotras.

―No podemos ni utilizar la red Flu, o hacerlos desaparecer. Dumbledore es el único que podría controlar el encantamiento, pero no está. Utilizar el tren es lo que se esperarían ellos, por lo tanto, el único camino que podría sernos útil, sería el del manejo de trasladores.

―Pero contamos con poco tiempo, según lo que nos ha dicho Merlina ―intervino Pomona con aflicción.

―Son las cinco y media de la tarde. Si actuamos en un margen de dos horas, podríamos salvar a cada uno de los estudiantes.

―Pero hay doscientos estudiantes. ¿Cómo lo haremos? ¡Ni siquiera podemos avisar a sus padres! ―dijo Irma, pesimista con esa hosca cara de buitre.

―Bueno, de hecho, sí podemos. Para algo sabemos utilizar el encantamiento Patronus.

―Yo creo… ―todas las cabezas se giraron hacia Merlina. Las mejillas se le arrebolaron ―Yo creo que no hay nada que discutir. Para mí, el asunto está claro. El uso de trasladores es lo único que podemos hacer. Es de esperarse que haya Mortífagos encubiertos en el Andén nueve y tres cuartos. Yo apoyo a la profesora McGonagall.

Pomona, Flitwick, Burbage, Firenze ―quien también estaba en la reunión parado en sus cuatro patas, ocupando un lugar de la mesa ―, Hooch, Pomfrey, Sinistra, Grubbly-Plank y Dunstan, sonrieron demostrando apoyo. En cambio, Babbling, Trelawney, Vector y Pince, parecían en desacuerdo. Binns era completamente indiferente. Él era fantasma y daba igual si era alcanzado por la maldición asesina.

Minerva le dedicó una sonrisa radiante.

―Bien. Necesitamos que tú, Merlina, vayas a las cocinas y ordenes a los elfos domésticos y reúnan cuarenta objetos, dentro de Hogwarts, que no tengan valor y los depositen en una caja, en el centro del Vestíbulo. Nosotros, los jefes de casa, informaremos a los estudiantes. Tú, Dunstan, te harás cargo de Slytherin.

"El plan es el siguiente: escogeremos cinco lugares muggles mientras los elfos hacen su trabajo. Ocho trasladores por lugar estaría perfecto. Entre cinco y siete estudiantes por traslador, no habría problemas de nada. Si dejamos un margen de cuatro minutos entre aparición, gastaríamos entre media hora y cuarenta minutos. Los padres o familiares sabrán hacerse cargo del resto. Una vez listo todo, Merlina, nos avisas para que nosotros, todos excepto Firenze y el profesor Binns, vayamos a programar los trasladores. Y, por favor, Merlina, fíjate muy bien en que los objetos sean basuras. Nosotros escogeremos lugares del mapa muy diferentes unos de otros, y lo más solitarios que puedan ser, alejados de centros mágicos.

"Binns, su deber es informar a los fantasmas de esto, incluyendo a Peeves. Firenze, si puedes, infórmales a los habitantes del bosque. Deben saberlo, y si están dispuestos a vigilar, a participar de alguna manera o ponerse a salvo si es necesario, hazlo.

El centauro asintió pacíficamente y se marchó a paso seguro.

―Ahora, a trabajar.

Merlina se marchó a la máxima velocidad que le permitieron sus piernas. El cuello le sudaba de los nervios y las mejillas las tenía encendidas. Los ojos, vidriosos, se fijaban inexorablemente hacia el frente. Jamás miró a los lados o se detuvo para mirar en las ventanas. Aquél familiar sonido de su corazón latir en su propia cabeza, se intensificaba poco a poco. Se sintió observada, pero tal vez fuera sólo el efecto de la tensión.

No se dio cuenta que el thestral le cuidaba las espaldas. Bajó a las bodegas, se colocó en frente del cuadro del frutero e hizo cosquilla a la pera que se convertía en pomo.

Los elfos estaban cocinando y limpiando como siempre, teniendo dulces preparados a todo momento.

Dado que no tenía varita, no podía amplificar su voz, aunque sí podía hablar fuerte. Se aclaró la garganta.

― ¡Escúchenme! ―Dijo en voz alta, sacando de inmediato a los elfos de su trabajo. Estos la miraron con atención. Los ruidos metálicos y de loza desaparecieron ― Los aliados del Innombrable ―no era su intención asustarlos diciendo "Voldemort" ― vendrán para atacar Hogwarts esta misma noche. No tenemos tiempo, así que, por favor, todos ustedes, busquen, por todos los rincones de Hogwarts, objetos sin valor para transformarlos en trasladores. Háganlo lo más rápido posible. Éstos tienen que ser depositados en el centro del vestíbulo, dentro de una caja que yo pondré allí. Los espero.

La mirada de las criaturas cambió, asombrosamente, a orgullo y valentía.

Los elfos no se fueron de inmediato de la cocina: dentro de la cocina podían encontrarse muchos tesoros inservibles. Merlina deseó más que nunca tener su varita. Con ella podría haber invocado ella misma la caja, en vez de ir a buscarla a una de las aulas vacías, llenas de polvo. No estaba loca como para ir otra vez al ministerio a recuperarla.

Cuando llegó al Vestíbulo, trece elfos domésticos la esperaban con sus bracitos repletos de objetos destinados a ser trasladores.

Merlina se dedicó a ir sacando los que no servían. En veinte, minutos estuvo con cuarenta objetos exactos para poder iniciar la parte del plan más importante: ubicar los destinos.

Aún quedaba más de una hora para que todo pudiera cumplirse tal como estaba proyectado.

―Por favor ―dijo Merlina, antes de ir a avisar a los profesores que todo estaba listo ―. No vayan a las cocinas. Vigilen el castillo desde los pisos superiores y cuando vean algo, avísenle a cualquiera del personal. Luego… Pónganse a salvo.

Los elfos asintieron entusiastas e hicieron una reverencia.

―Si es necesario que luchemos, señorita, ¡lo haremos! ―Voceó un elfo alzando un puño. Todos asintieron, imitándolo.

―No, no ―negó Merlina alzando las manos ―. Hoy no habrá guerra, no estamos preparados. Sólo refúgiense. Cuando llegue el momento… lucharemos.

Estos sonrieron felices, como si fuera su máximo deleite ayudar de esa manera.

―Listo, está todo tal como ordenó, profesora ―anunció Merlina en el aula de profesores. Todos estaban aguardándola.

―Perfecto. Ahora, vamos.

Merlina, que no tenía nada que hacer, los acompañó y vio cómo separaban en grupos de ocho a los trasladores, para luego encantarlos para ciertos lugares, de norte a sur. Extendieron en cinco hileras las cosas, dejando un espacio suficiente para que los estudiantes se acomodaran.

―Ahora, jefes de casa, vayamos a buscar a los estudiantes de manera ordenada y fórmenlos desde los más pequeños, hasta los más grandes. Y, por favor, profesora Dunstan, envíe los Patronus a las familias de los chicos.

Agatha fue mirando una lista donde se anotaban el nombre de los estudiantes a medida que apuntaba el techo con la varita, y exclamando un "Expecto Patronum" a todo pulmón.

Aquél mismo oso polar salía de la punta de su varita, fuerte y brillante, dividiéndose repetidas veces para correr por el cielo y traspasar la pared. Justo al terminar, con todos los profesores aparecieron con los estudiantes.

McGonagall descendió hasta Agatha, tomó la lista, y comenzó a llamar a uno por uno a los estudiantes, intercalando las casas. Era lo más justo, dado que no podían favorecer más a una que a otra.

En otros veinte minutos más ya todos estaban ocupando los lugares correspondientes alrededor de sus trasladores y habían llegado una infinidad de patronus de los padres de los chicos, avisando que estaban en los puntos de seguridad, aguardando.

Minerva observó un reloj de bolsillo y dijo:

―Estamos en la hora justa. En quince segundos desaparecerán ustedes, y…

― ¡Un momento! ―saltó Merlina, mirando cada uno de los grupos, buscando alguna cabellera roja, larga y lisa.

― ¿Qué sucede?

―Ginny Weasley no está.

― ¿Cómo?

El primer traslador desapareció con los primeros cinco estudiantes.

Merlina volvió a pasar la vista por cada una de las cabezas, y nada. Recordó que no la había visto durante dos días. Ella había ido a buscar el diario y, luego, al volver… ¿Dónde estaba Ginny?

¡El diario! ¡Ginny!

La celadora sabía que no alcanzaría a prepararse con nada, y más importante era encontrar a su amiga pelirroja. Por eso, dio media vuelta, y subió las escaleras del Vestíbulo, sin llamar la atención.