La historia ni los personajes me pertencen. La historia es de David Levitha y los personajes de Stephenie Meyer.


Día 6028

Al día siguiente, domingo, me despierto en el cuerpo de Ainsley Mills: alérgica al gluten, con miedo a las arañas, orgullosa dueña de tres terrieres escoceses, dos de los cuales duermen con ella en la cama.

En circunstancias normales, pensaría que este va a ser un día normal.

Nathan me manda un mensaje en el que dice que quiere verme; que si tengo coche, puedo ir a su casa.

Sus padres han salido a pasar el día fuera, así que no tiene quién le lleve.

Isabella no me ha escrito, así que elijo a Nathan.

Ainsley les dice a sus padres que se va de compras con unas amigas. No le hacen preguntas. Le dejan las llaves del coche de su madre y le piden que no vuelva muy tarde, que tenga que cuidar de su hermana a partir de las cinco.

Solo son las once. Les aseguro que volveré mucho antes.

Nathan solo está a quince minutos. Imagino que no voy a tener que estar mucho rato. Tan solo tengo que demostrarle que soy la misma persona que ayer y ya está. No creo que la cosa dé para mucho más.

A partir de ahí, es asunto suyo.

Se queda sorprendido cuando abre la puerta y me ve. Imagino que no me creyó realmente… pero ahora, sí. Está nervioso y se lo achaco al hecho de que estoy en su casa. La reconozco, a pesar de que ya ha empezado a mezclarse con todas las demás en las que he vivido. Si me dejases en la entrada y cerrases todas las puertas, dudo mucho que supiera qué hay detrás de cada una de ellas.

Nathan me lleva a la sala de estar, que es adonde se lleva a los invitados, cosa que no he dejado de ser por mucho que haya pasado un día dentro de su cuerpo.

—Así que eres tú… pero en otro cuerpo.

Asiento y me siento en el sofá.

— ¿Quieres beber algo?

Le digo que me vale con un vaso de agua. No le digo que pienso marcharme enseguida y que, posiblemente, ni siquiera le dé un sorbo al agua.

Mientras va a por ella, estudio alguna de las fotos familiares que hay en la habitación. Es como si Nathan estuviera incómodo en todas ellas… y también su padre. La madre es la única que sonríe.

Oigo que vuelve pero no levanto la mirada, así que me llevo un buen susto cuando oigo una voz que no es la suya:

—Me alegro mucho de conocerte.

Se trata de un hombre con el pelo blanco y un traje gris. Lleva corbata, pero el nudo está medio suelto —como si esa fuera su manera de mostrar naturalidad—. Me pongo de pie, pero Ainsley es pequeñita y no alcanzo a mirarle directamente a los ojos.

—Por favor —dice el reverendo Poole—, no es necesario que te levantes. Sentémonos.

Cierra la puerta tras de sí y elige un sillón que queda entre la puerta y yo. Es, por lo menos, el doble de grande que Ainsley, así que, si quisiera, podría impedir que me marchase. La cuestión es si querrá hacerlo o no. El hecho de que mi instinto me esté haciendo pensar en estas cosas me inquieta. Decido

Jugar fuerte.

—Es domingo, ¿no debería estar en la iglesia?

—Aquí hay cosas más importantes para mí —y sonríe.

Así es como debió de ser el momento en que Caperucita Roja conoció al lobo. Debió de sentir tanta intriga como terror.

— ¿Qué quiere?

Cruza las piernas a la altura de la rodilla.

—Nathan me ha contado una historia muy interesante… y me pregunto si es cierta.

— ¡No debería habérselo contado a nadie! —qué sentido tiene negarlo. Grito para ver si Nathan me oye.

—Mientras que tú has dejado colgado a Nathan durante el mes pasado, yo he intentado darle respuestas. Es normal que confíe en mí cuando le cuentan algo así.

No le falta razón. Es cierto. La cuestión es que no sé a dónde quiere llegar.

—No soy el diablo. No soy un demonio. No soy ninguna de esas cosas que quiere que sea.

Solamente soy una persona. Una persona que toma prestada la vida de otras durante un día.

— ¿Y no ves en eso la mano del diablo?

—No —niego con la cabeza—. Nathan no tuvo dentro al diablo. Esta chica no tiene dentro al diablo. Solamente me tuvieron a mí.

—Es ahí donde te equivocas. Estás dentro de todos estos cuerpos, sí, pero ¿quién está dentro de ti? ¿Por qué crees que eres cómo eres? ¿No sientes que podría ser obra del diablo?

—Lo que hago no es obra del diablo —respondo calmadamente.

Poole se ríe.

—Tranquilízate, Edward, tranquilízate. Ambos estamos en el mismo bando.

—Muy bien; entonces, deje que me vaya.

Me pongo de pie y me encamino a la puerta, pero se interpone y me empuja al sofá.

—No tan rápido. No he acabado.

—Ya veo que estamos en el mismo bando.

Su sonrisa desaparece y, durante unos instantes, veo algo en sus ojos. No tengo claro lo que es, pero me paraliza.

—Te conozco mucho mejor de lo que piensas. ¿Acaso crees que esto es una casualidad? ¿Acaso crees que soy un fanático religioso que pretende exorcizar tus demonios? ¿No te preguntas por qué quiero catalogar estos fenómenos? ¿Por qué intento dar con ellos? Tú eres la respuesta, Edward. Y los que son como tú.

Está tirando la caña, a ver qué pesca. Seguro.

—No hay otros como yo.

Sus ojos vuelven a relucir.

—Por supuesto que sí. Que seas diferente no quiere decir que seas único.

No sé qué pretende. Y tampoco quiero saberlo.

—Mírame —me ordena.

Lo miro. Lo miro a los ojos y lo entiendo. Entiendo lo que quiere decir.

—Lo increíble es que todavía no hayas aprendido a quedarte dentro más de un día. No tienes ni idea del poder que posees.

—Usted no es el reverendo Poole —y me aparto de él, incapaz de conseguir que deje de temblarme la voz.

—Lo soy hoy y lo fui ayer. ¿Mañana? Quién sabe… Tengo que dilucidar qué es lo que más me conviene. Pero no iba a perderme esto.

Quiere que mire a través de su cristal… pero sé que no me va a gustar lo que voy a ver.

—Hay mejores maneras de vivir tu vida. Y yo puedo enseñártelas.

Veo reconocimiento en sus ojos, sí… pero también veo amenaza. Y algo más… súplica. Como si el verdadero reverendo Poole siguiese dentro y estuviese intentando advertirme.

—No me toques —y me pongo de pie nuevamente.

—Pero si no te estoy tocando —parece que le haga gracia—. Estoy aquí sentado, charlando contigo.

— ¡No me toques! —lo digo aún más alto y empiezo a arrancarme la blusa. Los botones salen despedidos.

—Pero…

— ¡Que no me toques! —chillo con todas mis fuerzas al tiempo que lloriqueo. Y el chillido es una petición de ayuda a la que, tal y como había supuesto, Nathan acude.

Ha estado escuchándolo todo al otro lado de la puerta y entra de golpe… a tiempo para ver cómo lloro y cómo grito con la blusa rota. Poole está de pie, delante de mí y me mira como si quisiera matarme.

Lo he apostado todo a la carta de la decencia que hay en Nathan, la decencia que vi cuando estuve en su interior. Y aunque está aterrado, dicha decencia se impone porque, en vez de marcharse, cerrar la puerta tras de sí o escuchar a Poole, le grita: «¿¡Qué está haciendo!?», mantiene la puerta abierta para que me vaya y se interpone entre el reverendo —o quien quiera que haya en su interior— y yo para que no me coja mientras huyo hacia el coche. Nathan hace lo imposible por impedir que el reverendo me siga y me da esos segundos cruciales que necesito; así que, para cuando Poole está en el jardín, yo estoy metiendo la llave en el contacto.

— ¡Da igual que huyas! ¡Volverás a mí! ¡Como todos los demás!

Tembloroso, enciendo la radio y ahogo sus gritos con una canción y el sonido de mi huida.

No quiero creerle. Quiero pensar que es un actor, un charlatán, un impostor.

Pero, cuando le he mirado fijamente a los ojos, he visto que había otra persona en su interior. La he reconocido igual que Isabella me reconoce a mí.

Solo que he sentido el peligro.

He visto a alguien que no juega de acuerdo a las mismas reglas que yo.

Nada más alejarme, me arrepiento de no haberme quedado unos minutos más, de no haber dejado que hablara un poco más. Ahora, tengo muchísimas más preguntas de las que había tenido jamás… y él podría tener las respuestas.

Pero si me hubiera quedado esos minutos, no habría podido marcharme. Y habría condenado a Ainsley a la misma lucha que a Nathan —o a algo peor—. No sé qué habría hecho Poole con ella. Qué habríamos hecho con ella.

Podría ser un mentiroso. Me obligo a recordarme que podría ser un mentiroso.

No soy el único. No puedo dejar de pensar en eso. En que podría haber otros. Podrían haber estado en el mismo instituto que yo, en la misma habitación, en la misma familia. Pero, como mantenemos el secreto, nunca nos habríamos dado cuenta.

Pienso en ese chico de Montana cuya historia se parecía tanto a la mía. ¿Será verdad? ¿O será una trampa de Poole?

Hay otros.

Eso podría cambiarlo todo.

O nada.

Mientras conduzco de vuelta a casa de Ainsley, me doy cuenta de que la elección es mía.