Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.

Quiero agradecer los comentarios de: ShinigamiRiku, Linda4257 y Serket Girgam.


XXXV

A la mañana siguiente, Tino estaba disfrutando como siempre de las bondades de no tener que trabajar ese día. Estaba demasiado cansado por todo lo que había ocurrido durante la semana que recién había pasado y pensaba quedarse allí en la ahora cama conjunta hasta reponer todas sus energías. Ese domingo parecía como cualquier otro, con la diferencia de que la relación con el sueco había avanzado más de lo que finés pudo haber imaginado.

Nada o nadie podía arruinar la nueva calma que había adquirido. Por unas horas, todas sus preocupaciones se habían ido al olvido y habían dado paso a esta felicidad de la cual nunca antes había experimentado. Sin duda, todo había adquirido un rumbo inesperado pero muy bien recibido.

Alrededor de las nueve de la mañana, el teléfono del muchacho comenzó a sonar. Éste aún estaba sobre la cama, con los ojos cerrados y soñando quién sabe qué. Sin embargo, el ruido lo tomó tan desprevenido que se cayó de la cama por culpa del mismo. Después de recomponerse un poco y soportar el dolor de haberse estampado contra el suelo, miró de quién se trataba. Por la forma en que insistía, parecía que se trataba de un asunto urgente.

En el momento de darse cuenta de quién era, Tino sintió unas reverendas ganas de lanzar el aparato contra la pared, para luego esconderse debajo de la cama hasta que dejara de sonar. Pero por mucho que lo deseara hacer realmente, no tenía escapatoria. Aún cuando esa persona no estaba allí presente, sentía la obligación de atenderle.

—Ni siquiera un domingo… —se lamentó antes de decidirse finalmente a responder a ese alguien —. ¿Hola?

—¡Tino! Sé que te he despertado o algo por el estilo. Pero quería saber si tenías algo qué hacer hoy —respondió el ruso sin disculparse en lo absoluto por lo que había hecho.

—Bueno, es mi día libre —comentó para evitar de alguna forma tener que ver a ese hombre.

—Justamente, por eso te estaba llamando. ¿Quieres ir al almorzar conmigo? Ya tengo las reservas, es un lugar muy exclusivo. Creo que te gustará —explicó éste, quien ya había organizado todos los planes sin siquiera consultar al muchacho, pues estaba seguro de que no podría rechazarle.

—No sé qué decir —Tino estaba sumamente sorprendido, no sabía qué hacer. Su jefe se le estaba insinuando demasiado y no encontraba la respuesta adecuada para la situación en la cual ahora estaba. Realmente le había colocado en una posición sumamente incómoda y comprometedora.

—Espero que estés listo para el mediodía —Luego, cortó. Estaba más que satisfecho por cómo había ido la conversación.

No obstante, el muchacho estaba anonadado por lo que acababa de suceder. De hecho, aún no podía creer que eso había ocurrido. Quería pensar que era una pesadilla de la cual no conseguía despertarse o que había sido una broma de pésimo gusto. Claramente, esto no había sido así y en tan sólo unas cuantas horas, Iván estaría esperándolo.

Lo único que se le ocurrió fue salir despavorido de la habitación para luego hundir su rostro en el sofá. Quería desaparecer antes de tener que ir a esa cita. Además, se suponía que durante ese día, iba a pasarlo al lado del sueco, viendo películas y haciendo algunas cosillas más. En cuestión de minutos, sus planes habían cambiado de una forma radical.

Mientras tanto, Berwald había preparado el desayuno y lo había puesto en una bandeja, para poder comerlo en la cama. Sin embargo, al ver la cama vacía, se extrañó. Sabía que Tino estaba despierto pues había escuchado su voz unos instantes atrás. Tampoco el baño estaba ocupado, así que solamente quedaba una opción y ésa era la sala.

No le fue obvio el lugar donde estaba el finlandés, hasta que estuvo a punto de sentar encima de él. Al darse cuenta de que algo respiraba, se dio la vuelta y ahí lo halló. Parecía que se estaba quejando por algo, aunque no sabía por qué ya que no le entendía en lo absoluto. Posó su mano sobre su espalda para que se diera cuenta de su presencia.

—¿Qué ocurre? —preguntó intrigado el hombre.

—¡Berwald! —Éste no tardó en abrazar al sueco y quedarse por unos momentos allí. Luego se apartó para poder comentarle lo que había pasado unos minutos atrás y la razón por la cual estaba tan inquieto —. Iván me llamó y quiere almorzar conmigo —respondió con mucho desgano.

—¿Irás? —Eso era lo único que realmente le importaba.

—No me dio opción…

Al hombre no le hizo mucha gracia que el ruso le invitara a salir a su novio. Sin embargo, por la forma de hablar del finlandés, se dio cuenta de que éste simplemente lo había aceptado porque no pudo hacer otra cosa más. Aunque se sentía impotente por no poder hacer algo más al respecto, al menos intentó hacer sentir mejor al muchacho, así que lo abrazó.

—¡Pero no va a pasar nada! ¡Te lo prometo! —aseguró el muchacho, olvidándose por un momento del dilema en el que se encontraba para que el sueco no malpensara —. Sólo lo hago porque no tengo otra solución. No es que me guste o algo por el estilo —opinó mientras que sonreía.

—Confío en ti —En el que no tenía una pizca de confianza era en ese ruso. Honestamente, si no fuera porque era el jefe del muchacho, ya le hubiera dicho un par de cosas. Sin embargo, sabía lo importante que dicho trabajo representaba para el finlandés y mientras que la línea no fuera sobrepasada, no era mucho lo que podía hacer más que esperar que todo saliera bien.

A pesar de que realmente temía de lo que pudiera suceder, al menos la salida sería en un lugar público. Además, en tanto no le diera ninguna esperanza al ruso, no debería ocurrir algo para lamentarse. Dejó escapar un suspiro y enseguida se recompuso al notar el desayuno que el sueco había preparado. Prefirió disfrutar ese momento antes de continuar lamentándose por la situación.

—Vaya, todo se ve demasiado delicioso —El finlandés no tenía la menor idea de dónde comenzar, lo único que podía afirmar era que la boca se le estaba derritiendo al ver tanta cantidad de dulces.

El tiempo pasó bastante rápido, antes de que se dieran cuenta ya había llegado las once de la mañana. El sueco estaba considerando hacer algo al respecto para que el ruso no se lo llevara de su lado, mas sabía que Tino no lo iba a querer. Aunque trató de disfrutar la película que estaban viendo desde hacía una hora, no podía dejar de mostrarse molesto y algo irritado.

El finlandés lo notó enseguida, tal vez porque le estaba apretando demasiado fuerte la mano o porque murmuró algo que no consiguió entender. Lo cierto era que a Berwald no le gustaba el plan de Iván y estaba frustrado por no ser capaz de hacer algo. Ya había dejado atrás su intento de disimular su disgusto, no había forma de que estuviera tranquilo con ello.

—¿Sabes? Cuando regrese, podemos lo que tú quieres —El muchacho quiso levantar el ánimo del otro, aunque parecía que no había algo que pudiera contentarlo —. Es sólo un almuerzo, después de todo.

—Pero es tu día libre… —protestó éste.

—Lo sé, lo sé —acarició el rostro del sueco —. Yo tampoco estoy emocionado por ello. Pero, no creo que tarde demasiado —sonrió, intentando ser positivo al respecto —. Te prometo que luego nos divertiremos.

El muchacho se retiró para ir a vestirse. El hombre se quedó allí, hasta que no regresara de aquella salida, no cambiaría de expresión. No podía confiar en ese empresario, no después de lo que había visto en los vídeos que le había facilitado Andersen. ¿Y si tratara de hacer algo con el finlandés? Sacudió su cabeza, debía intentar ser positivo al igual que Tino.

Salió al balcón y observó por un momento lo que ocurría a las afueras del edificio. Un automóvil de una prestigiosa marca se estacionó justo enfrente. Arqueó una de sus cejas, no le cabía ninguna duda de que dicho vehículo pertenecía a Iván. Respiró profundamente para contenerse y no echarlo.

—¿Ya está aquí? —indagó el finés, al notar lo concentrado que estaba su compañero.

—Sí —contestó con cierta molestia.

—No te preocupes, no va a pasar nada —Se puso en puntas de pies para poder darle un beso de despedida al otro.

Al ver como el muchacho se iba por la puerta, tuvo unas fuertes ganas de correr y detenerlo. Sin embargo, había tomado la decisión de controlarse. Quizás tenía razón y no ocurriría nada, solamente se trataba de un almuerzo después de todo. No había ningún motivo en particular por el cual alarmarse. Respiró profundamente, no quería ser de esos hombres que se ponía celoso antes cualquier persona que tuviera una mísera atención con su chico. Sin embargo, aunque quería estar convencido de ello, no le cabía en la cabeza.

Volvió a sentarse en el sofá en donde ambos habían estado recostados hacía unos minutos atrás. ¿Cómo fue posible que ese ruso pudiera salirse con la suya? Todavía recordaba la imagen donde éste ponía su mano sobre el muslo del finlandés. Dejando de lado cualquier paranoia o celo que podría interponerse en su camino, estaba seguro de que eso había ocurrido.

Y mientras que él luchaba por aceptar lo que recién había pasado, Tino se había subido en el automóvil del ruso. Apenas puso un pie sobre el tapiz y recordó el miedo que le tenía a Iván. Si ya de por sí la situación era más que incómoda, aquello se había multiplicado por mil ahora que el sueco era su pareja. Se suponía que esto no debería estar haciéndolo con otro hombre, pero decirle que no a ese hombre de cabellos blancos y ojos violetas era imposible.

—¡Tino! ¿Por qué no te acercas más? —indagó éste y sin pedir permiso, tomó la mano del finlandés y lo arrastró a su lado —.Esto es un cita así que no dudes en ponerte bien cómodo.

—Sí… —Al darse cuenta de que no había ninguna escapatoria hasta que terminara el almuerzo, trató de recomponerse. Respiró profundamente para armarse de valor y por lo menos, fingir lo contento que estaba con la invitación del ruso.

—Vamos a pasar un lindo domingo —Iván miró a través de la ventana y observó el sol resplandeciente.

—Claro que sí —Procuró demostrar algo de entusiasmo aunque la verdad es que prefería mil veces estar con Berwald viendo alguna película o paseando por las calles de la ciudad.

Llegaron a un restaurante de lo más elegante y lujoso. Tino se quedó mirando por un rato la edificación, ya que nunca la había visto antes. Sin duda, era cierto lo que le había mencionado el ruso. Éste sonrió al ver la cara del finlandés y luego le jaló de la mano, como si fueran pareja, e ingresaron al mencionado lugar. Si algo Tino podía afirmar en ese momento, era que jamás podría costear la comida de ese sitio.

El mesero enseguida les recibió y atendió. A diferencia de los otros que aún estaban haciendo cola, ambos no tardaron en tener la atención del gerente. Era claro que el ruso tenía la suficiente influencia y riqueza para tener dicho poder, lo cual le hacía temer todavía más al finlandés. Aunque le mostraba una faceta, sabía que Iván tenía otra mucho más oscura.

Después de haber tomado asiento en un lugar bastante íntimo y alejado del resto de los mortales que iban a comer en ese carísimo sitio, Iván dejó escapar una gran sonrisa. Estaba muy complacido por el hecho de tener a Tino a su lado, sin ninguna distracción que pudiera interrumpirlos. Decidió entonces que era el momento de acercarse un poco más a él y se sentó a su lado. Pasó su brazo alrededor del respaldo de la silla del muchacho, como si quisiera dar a entender que nadie más podría acercarse a éste.

—Dime, Tino. Mientras que esperamos que nos traiga la comida, ¿cómo ha sido tu estancia en esta gran ciudad? —preguntó el ruso.

—Ah, bastante bien. No puedo quejarme —rió nerviosamente, mientras que mantenía la imagen del sueco en su mente.

—¿Y ya estás saliendo con alguien? Supongo que un chico como tú no puede estar soltero por mucho tiempo —acarició el rostro del joven a la par que decía eso.

Tembló, pues no esperaba semejante pregunta por parte del hombre. La respuesta era más que sencilla, muy simple de contestar. Sin embargo, algo en su interior le hacía pensar que el ruso estaba esperando una negativa. Estaba en un serio aprieto, no podía negar la existencia de su novio solamente por el miedo al que estaba siendo sometido.

—Ése silencio me lo ha dicho todo —contestó Iván. Sin embargo, no estaba dispuesto aceptar aquel hecho sin dar un poco de pelea —. Aunque, yo podría darte lo que tú quisieras — le susurró.

Pasaron un par de horas desde que el finlandés se había ido. Había intentado de todo para mantenerse ocupado, sin mucho éxito. Aunque se empeñaba a realizar algunos de sus trabajos pendientes, no podía dejar de preocuparse por el bienestar del muchacho. No recibía ninguna noticia de él, lo cual podría considerarse algo bueno. Sin embargo, también podría significar que no había tenido la oportunidad de sacar su móvil.

¿Cuánto tiempo más podría tomarse? ¿Una media hora, una hora o dos tal vez? Tenía ganas de salir otra vez al balcón, pero durante el tiempo que había transcurrido desde que el finés había salido, el clima había tenido un cambio brusco y la lluvia caía fortísima. Prendió el televisor y de esa forma, distraerse por unos minutos. Respiró profundamente al ver que estaba solo.

Para ése entonces, habían dado las cuatro de la tarde y el vehículo del ruso se estacionó enfrente del edificio nuevamente. Esta vez, Iván acompañó a Tino hasta la entrada del mencionado sitio, sin dejar de sujetarlo de la mano. Una vez que llegaron a la puerta principal, el finlandés se apresuró en ingresar. Sin embargo, el ruso no se lo hizo muy fácil.

—¡Espera! —exclamó el hombre antes de que el otro se fuera de su campo visual.

—¿Eh? —Éste no veía la hora de deshacerse de esa persona, estaba demasiado ansioso por llegar a su piso.

—Quiero que pienses en lo que te propuse —explicó el ruso —. De verdad, sé que puedo darte lo que quieras —regresó a su vehículo.

El muchacho salió corriendo hasta su apartamento. Se apresuró en abrir la perilla, pero estaba tan nervioso y tenso que tardó varios minutos antes de poder insertar correctamente la llave. Luego, miró por todas partes como desesperado y cuando halló lo que tanto ansiaba, se tiró a sus brazos, abrazándolo con todas sus fuerzas.

—¿Qué pasó?

—Sólo quiero estar contigo. No hablemos de eso, por favor —fue toda la contestación que el sueco recibió, mas fue suficiente porque ahora sí estaba a su lado.