Año 35

Distrito 12

Faith Gump – 16 años


He tenido una mañana bastante pesada, lo cual no es algo a lo que esté desacostumbrada, pero a la actividad física extenuante que me he autoexigido debo añadir el pánico que me causa saber que en dos días estaré compitiendo en los Juegos del Hambre, estoy molida física y moralmente. Si bien en principio odiaba a Caitlin por escoger mi nombre, hoy sé que es alguien con quien puedo contar, hace algunos años nuestra única vencedora se suicidó, dejándonos en desventaja frente a los demás distritos, sin embargo ella ha asumido el rol. Conell y yo no tenemos quejas al respecto, para ser una Capitolina es competente, además no cree que el mundo gira alrededor de su ombligo.

Siguiendo sus consejos ayer estuve aprendiendo sobre caza, recolección y supervivencia en general. Hoy he decidido irme por el acondicionamiento físico y la práctica de estrategias de combate cuerpo a cuerpo y no es por alabarme, pero me ha ido bastante bien. También me apetecía visitar la sección de armas, pero desde ayer está copada con los seis voluntarios, cada uno dispuesto a enseñarnos sin lugar a dudas las distintas maneras en que pueden acabar con nosotros. Son unos fanfarrones, pero profesionales o no, no me dejaré intimidar por ellos. Temprano en la mañana la niñita del Cinco quiso intentar en el simulador, pero Trevor, Horatio y Zackary le impidieron el paso, burlándose de ella, diciéndole que no tenía nada que hacer allí, que era carne de baño y que su fin llegaría antes de poner sus diminutas manos en algún arma de las del cuerno.

Todavía se ve afectada por las amenazas de esos imbéciles, sentada sola en la mesa del rincón más alejado del comedor, me da tanta pena porque es la única chica pequeña este año y hasta donde sé nadie le ha ofrecido una alianza. Yo todavía no me decido si ir por mi cuenta o unirme a mi compañero... Mientras hago la fila para retirar mi almuerzo los profesionales continúan con su acostumbrado alboroto, risas y bromas, como si estuviéramos en el comedor de un colegio y lo que viniera a continuación fuera una competencia deportiva. La verdad no son más que unos imbéciles que se creen superiores sólo porque el Capitolio les da su favor, en mi Distrito no serían nada, no podrían sobrevivir, estoy segura. Probablemente en el Cinco tampoco. Igual me cabrea que vayan jodiendo por ahí a los más débiles, asustándolos, torturándolos psicológicamente; sin que nadie haga nada por evitarlo. Los vigilantes ven todo lo que ocurre aquí a través de las paredes de cristal o de las múltiples cámaras, pero en el mejor de los casos ignoran las burlas, otros sonríen o muestran abiertamente su favoritismo hacia los profesionales. Me asquea que las condiciones no sean equitativas, que no nos traten por igual.

Tomo mi bandeja y me dirijo hacia la mesa más cercana, está casi vacía, en un extremo cuchichean entre sí las chicas del Nueve y el Once; en el centro está Neo, el raro del Tres. Tras de mí desfilan las profesionales del Cuatro y el Dos, la primera ha adoptado un enfoque de coquetería y seducción, que no le queda para nada a la otra, que no se limita de ir pinchando a uno que otro tributo. Y esta vez soy el blanco, estoy segura que Brigitte, la hombruna profesional del Dos, fingió el traspié que terminó con la mitad de su ensalada Nicoise desparramada en mi cabello; nunca he sido de las que cuidan en exceso su apariencia, pero demonios ¡hay pescado en mi cabello!

Ella se disculpa con una sonrisita socarrona y pretende seguir su camino, pero me ha tocado las narices y no se lo voy a pasar por alto. Me levanto sin decir una palabra, lentamente, sin llamar la atención de nadie, aunque Vera y Keisha no me quitan los ojos de encima, despacio levanto mi bandeja con ambas manos y se la estrello en la coronilla, tenemos casi la misma altura y no me causa ninguna dificultad.

Tras el golpe, el silencio que sigue es absoluto, tan sólo roto por una profunda inhalación de Sharon. Nadie mueve un pelo, Brigitte se toma unos segundos antes de dar un grito de furia y se gira con ímpetu tratando de darme una bofetada, pero doy un paso atrás esperando el contraataque y se queda corta.

—¡Perra estúpida…! ¿Crees que esto se va a quedar así?

—También quise compartir la comida contigo, Uno. —Escupo manteniendo la distancia de ella.

—¡Eres una imbécil, pero pagarás por esto, júralo, alimaña!— me insulta, pero no hace más intento de atacarme, en cambio mira por encima de mi hombro desde donde se escuchan pasos aproximándose.

Aprovecho su descuido y su indignación para írmele encima y derribarla, quedo sobre ella y le planto un par de sonoras cachetadas, que son la gloria. Dejo de prestar atención a lo que pasa alrededor, sólo me importa bajar de su nube particular a esta profesional, le clavo las uñas (las postizas largas y esmaltadas que me pusieron para el desfile y que tan sólo he limado un poco, pues podrían serme de utilidad en la arena) en el rostro y le dejo cuatro surcos ensangrentados a cada lado, cuando ya casi satisfecha me atrevo a escupirla alguien me toma por atrás. Lucho por soltarme, pero son dos agentes de la paz que me sacan del comedor.

Me llevan en volandas hasta el ascensor, así que supongo que me confinarán en mi piso y perderé la oportunidad de entrenar toda la tarde. De pronto noto que se trata de un elevador distinto, más pequeño y sin vistas al exterior, además no está subiendo sino bajando. La adrenalina empieza a abandonarme, dando paso a una gran incertidumbre que rápidamente se convierte en temor. Ninguno de los agentes habla, sólo se limitan a transportarme, pero sé que no me he ganado nada bueno. El ascensor se detiene y, con el persistente silencio de un avox, uno de ellos se agacha para quitarme zapatos y calcetines, luego me empuja dentro de una pequeña celda donde me dejan encerrada.

El cuarto es de cemento pulido, gris, austero y diminuto, no hay ningún mueble dentro, tan sólo unas argollas adosadas a la pared del fondo y un bombillo de tenue luz amarilla. Permanezco de pie como media hora, aunque tal vez sea menos, cruzando los brazos sobre el pecho, tratando de controlar mi respiración, de mostrarme más valiente de lo que me siento. No hay duda de que me he metido en un gran lío, explícitamente está prohibido atacar a otro tributo y todo tipo de violencia física, pero estaba cansada de sus estupideces, ellos han visto todo lo que nos han hecho, pero deciden castigarme a mí por responder a sus provocaciones. Esto es muy injusto.

Al rato aparecen dos hombres de edad madura, con bata de médicos, a duras penas cabemos los tres en el diminuto espacio. Retrocedo, sintiendo grima por la coloración grisácea de la piel de ambos, aunque no es cosa de moda, ambos parecen estar mal de salud y necesitar una buena temporada bajo el sol; quedo recostada de espalda en la pared del fondo y cada uno asegura una de mis muñecas a las argollas con unas cadenas plateadas. Sé que, como mínimo, me espera una buena paliza.

—Bueno, señorita Gump, usted se lo ha buscado— Son las únicas palabras que me dirige el de los graciosos bigotes. El otro ni siquiera se atreve a mirarme a los ojos.

Se retiran, dejándome atada con los brazos extendidos por encima de la cabeza. La incertidumbre se siente como un agujero en mi estómago, pese a ello sigo manteniéndome firme, nada podrá hacer que me arrepienta de lo que hice, ella lo merecía, los seis merecen lo que hice y mucho más…

Minutos después empieza a filtrarse agua por el suelo, mojándome los pies descalzos. Está muy fría, pero apenas empapa mis plantas. Mi respiración se agita cuando la luz baja de intensidad y un corrientazo se extiende a través de mi cuerpo. Jadeo. Ya ha pasado... sólo duró un segundo.

La luz recupera su tono, pero segundos después el bombillo parpadea y vuelvo a sentir, ahora más fuerte, la electricidad disipándose por todo mi cuerpo. Intento levantar las piernas, sacarlas del contacto con el agua, pero están flácidas y no responden bien, también siento espasmos en los brazos. Se repite el ciclo, el bombillo cede su corriente y mi cuerpo la recibe, ya sin poder contenerme aúllo de dolor.

No hay reprimendas, no hay ningún tipo de regaño, simplemente el castigo, fuerte, directo y contundente.


¡Hola! ¡Hola! ¡Hola!

He vuelto un poco antes esta vez, llamémoslo un golpe de suerte...

Paulys: Yo también pienso que Sierra tenía posibilidades, era inteligente, confiaba en su instinto y estaba dispuesta a todo. Por desgracia, puso su confianza donde no correspondía. Serena también me gustó, era algo indisciplinada (por eso no fue con los pro) y muy vanidosa (eso determinó su fin). Los juegos como te comenté fueron desastrosos, el vigilante en jefe quiso hacer algo novedoso y sobre todo jugar con la psique de los tributos, pero tomó muy malas decisiones, y pese a la genial arena y los mutos (estilo los habitante del castillo de la Bestia, pero aterradores) los juegos fueron un fracaso. Rodaron muchas cabezas en los principales cargos, excepto en el de diseñador de Arena, Snow la encontró digna y perdonó la vida de Adonay Wills, quien repite en su posición este año.

El Vencedor de la Edición N° 34 fue Noah Goldsberry de 16 años, proveniente del distrito 6. Los profesionales al no encontrar otros tributos en la inmensa arena se lanzaron unos contra otros, esto animó un poco los juegos, pero el chico del Dos, que fue el último con vida, no sobrevivió a sus heridas. Dejándolos a todos por fuera de la final. La mayor parte de las muertes fueron a causa de los mutos, del estilo de la muerte de Sierra, lentas y aburridas.

¡Gracias por pasarse por acá!

SS.