XXXIII

Pensé en contarle a Yuri lo que me había pasado por la mañana, pero la pobre estaba muy ocupada preparando la prueba de Anatomía II que tendría que rendir el miércoles, por lo que decidí no molestarla.

No podía dejar de pensar en aquel beso. Lo admito.

Sentía su aroma de madreselvas impregnado en mí. Nunca supe porqué su fragancia me resultaba tan hipnótica y penetrante. Lograba adormecer mi conciencia y despertar mis instintos más animales, más violentos, más salvajes.

"¿Por qué no te tengo aquí conmigo, hermosa?", pensé imaginando su metro noventa de largo recostado sobre mí, susurrándome canciones al oído, con el cabello suelto y la piel fragante y suave haciéndome sentir placer al más mínimo roce.

El calor de su beso retornó, y con él, las ganas de volver a repetirlo. "¿Qué estará haciendo ella en este momento? ¿En qué estará pensando?", me pregunté a mí mismo, sujetando con fuerza el respaldo de la cama donde me hallaba recostado.

"Será mejor que me levante a hacer algo", me dije, "Ir al supermercado puede ser muy útil para el hogar así como para despejar mi mente un rato".

Salí de casa caminando. Decidí no ir en la camioneta. Sin embargo, pronto me arrepentí, debido al caudal de cosas que había comprado, y que debí cargar yo solo varias cuadras.

Llegué con las cosas al departamento, las acomodé como pude, y salí nuevamente, con mi libro de cabecera bajo el brazo, dispuesto a aprovechar la última luz de la tarde antes de que anocheciera.

Ocupé un lugar en uno de los bancos de madera y metal de la plaza, y me zambullí en la enredada trama de la novela policial que hacía bien poco Tato me había prestado para que yo leyera.

Sin embargo, la interrupción que de tan mala gana recibí, apenas me dejó llegar al primer punto de la página setenta y uno.

- ¡Mierda, Tai! – me quejé molesto – Sabés que detesto que me interrumpan cuando leo…

- ¡No sabía que leías! ¡Perdón, Ryo! – me dijo, desmontándose de su bicicleta. - ¿Todo bien? ¿Qué tenés de bueno para contar? – inquirió cuando ocupó un sitio en el mismo banco que yo.

- Como que de bueno, no mucho. Nada.

- ¿Nada? No te creo. Algo te tiene así de irritado. Y no precisamente yo – comentó con seriedad - ¡Vamos, Ryo! ¡A mí no me engañás! Nos conocemos desde que somos unos botones…

No me reí de su comentario, puesto que ya lo tenía de memoria. Pero no pude resistir la tentación de contarle todo lo que me había pasado por la mañana.

- Salí a correr hoy y me encontré con Rika – comencé con tranquilidad.

- La seguiste… - afirmó Tai ansioso y convencido.

- No – repliqué molesto – Me la encontré de casualidad. Pero no es eso lo importante. La encontré muy triste y supuse que era por lo de la separación con el gusano de Ernesto.

- Probablemente… - el joven se sobresaltó un poco al darse cuenta de que yo ya estaba demasiado enojado, por lo que decidió ser más diplomático y menos tonto. Al menos ahora, para evitar las consecuencias de mi malhumor - ¿Y qué sucedió, Ryo?

- Le pregunté, y me confirmó lo que yo ya sabía. Que hace tiempo que no están juntos. Me dijo que me había visto el otro día con Leticia y que se alegraba que yo estuviera de novio o algo así.

- Qué bueno eso, Ryo. Se alegra por vos.

- No tanto. No creas. Se puso a llorar.

- ¡Paf! ¿Y eso? ¿Tan perra puede ser una mujer, de ponerse mal con la felicidad de uno, que en el fondo, no es más que un pobre infeliz?

- No sé. Quizás se acordó de Ernesto… ¡qué sé yo! El hecho es que nos besamos.

Tai no podía creer lo que había oído.

- ¿Y bien? ¿Qué me dices? – le pregunté, sacándolo del pasmo.

- Que está loca, que no sólo te dejó, sino que ahora, te quiere ver sufrir como un perro. Te quiere destrozar con sus propias manos – empezó a decir, levantando la voz e incorporándose del asiento para gesticular exageradamente, tratando de dotar de tono grave a su discurso, absolutamente absurdo en mi opinión - … Que te quiere ver muerto, aplastarte como a una cucaracha… asfixiado, castrado, desangrándote…

- ¡Basta, Tai, no seas ridículo! – reproché – Te conté para que me dieras tu opinión. No para que dijeras todas esas estupideces.

- Está bien. Lo siento… - murmuró serenándose, tomando asiento nuevamente - …no sé qué decirte, Ryo. De corazón. Mirá: yo te vi desangrándote por Rika cuando ella te dejó. Te vi un mes completamente borracho y demacrado. Por primera vez en mi vida te vi llorar… ¿Querés que te sea sincero? No quiero verte de nuevo así. No me gustaría. Vos sos mi amigo, sos mi hermano y sufrí mucho al verte así. Por eso no quiero que te empaques de nuevo con la femme fatale.

- ¿Por qué, "femme fatale"?

- Porque es como la mala sexy de las películas, que tiene al protagonista agarrado de las pelotas…

- Ahhh…

- Mirá. Yo lo que te aconsejo es que lo olvides. Sé que quizás te sea complicado, pero quizás tan sólo necesitaba un poco de cariño en ese momento y por eso te besuqueó. Viste que a veces las mujeres son muy complicadas… Preguntale a los otros para tener más opiniones, pero no creo que disientan demasiado conmigo. Ryo, descansá. Decile chau a la pelirroja, por favor – suplicó, haciendo el gesto con ambas manos. – Me voy, man – añadió luego, cambiando de tema sin anestesia, como solía hacer – Sora dice que la engaño, porque ando mucho tiempo afuera de casa.

- ¿Y vos la engañás?

- No.

- ¿Entonces?

- Lo que pasa es que huyo despavorido porque con la menstruación se pone insoportable…

- Te entiendo.

- Te dejo. Pensalo... – pidió, agarrando su bicicleta.

- No te preocupes, nos vemos mañana.

- Chau. Hasta mañana.