THE RIVER
Era aquél un valle cubierto de luz y de sombras, pedregoso y verde a partes iguales. Triste y hermoso como un atardecer.
Hijo de la naturaleza en el lindar de la ocre montaña, que se alzaba hacia los cielos con timidez, desnuda de cualquier vegetación. Hijo del bosque en los extremos Este y Sureste, rodeado de pinares de verdes y oscuras ramas, y de una sombría espesura. Hijo de los hombres, sin embargo, también, en su extremo de más hacia el Norte, donde el río se hacía menos profundo, donde las piedras tenían otro color, donde la tierra había sangrado.
En esa mañana, sin embargo, el sol acababa de salir, y sus cálidos dedos comenzaban ya a hundirse en el agua del río, calentándola, animándola, dotándola de luz. Borrando de ese modo las penas que la noche y la oscuridad inducían en las aguas siempre. Recuerdos.
El río que, hacía unas horas, parecía muerto, falto de vida, respiraba ahora corrientes, espumas, saltos de piedras. Sus altivas aguas golpeaban con arrogancia los rayos que osaban besar su fondo, doblándolos como castigo por querer mostrar los secretos que éste ocultaba. Mas aquello era algo que al alto sol no parecía importar, puesto que seguía iluminando el valle, con su lucífero rostro, otro día más, como había hecho siempre. Como siempre iba a hacer.
Las aguas besaban el bosque; besaban el valle, el monte; besaban la piedra esculpida, también. La piedra pulida por manos hábiles, cincelada; las estatuas de hombres, mujeres y dioses, sin dedos, ni manos, ni cabezas. Besaban los antiguos hogares, los antiguos templos.
Besaban el pueblo que, sembrado de lágrimas, había sido arrasado, abandonado, olvidado, junto al cauce de aquel río; cuando ambos habían compartido su juventud.
Y ahora el río corría, quizás como antes. Seguía la corriente por su cauce, hollado en el tiempo. Avanzaba a través del valle, y bordeaba otros centenares de pueblos, de bosques de valles, antes de desaparecer, de fundirse con otros ríos, mares o lagos. Y, sin embargo, su historia solo había sido escrita allí: en aquel valle, junto a aquel bosque, frente a aquel pueblo. Solo allí.
Por eso lloraban las aguas al atardecer, cuando los rayos del sol sangraban sobre el río, por eso su murmullo era siempre triste y desgraciado.
Silencioso, sombrío, oscuro, como un túmulo del pasado. Por eso los hombres huían del río cuando se hacía la noche. Aquella oscuridad, aquella tristeza, les devoraba el corazón. Incluso de día, les hacía querer encogerse.
Por eso el eco de aquellos pasos, de aquel jadeo, resonó con tanta fuerza, con tanta intensidad.
Por eso sus gritos sonaron, incluso, más desesperados.
Por eso el río se estremeció.
No debía de tener más de diecisiete años, y sin embargo había en sus negros ojos un miedo que salpicaba de sombras su paso. Ella corría, solo corría, sin que importara hacia donde. Solo contaba huir.
Sus descalzos pies se movían con rapidez a través del bosque, mientras trataba, torpemente, de esquivar las traicioneras raíces para evitar tropezar y caer. Resbaló, empero, un par de veces, llegando incluso a caer de bruces frente a la base de una antigua columna blanca, golpeándose en el costado, quedándose sin respiración. Sin embargo, el miedo fue más poderoso que el dolor, por lo menos en esa ocasión, y logró incorporarse, aún con dificultad, para proseguir con su frenética huída. O, al menos, para intentarlo, pues era tarde ya.
-¡Te tengo!- clamó, finalmente una áspera voz, al mismo tiempo que una sombra oscura se lanzaba sobre la muchacha como un perro contra su presa, arrojándola al suelo.
-¡No, no, no!- gritaba ella, desesperada. Usando todas sus fuerzas para quitarse a aquella bestia de encima. Tratando de golpearle con sus piernas, con sus rodillas, con sus brazos. -¡No! ¡Déjame! ¡No...!- Pero sus escasas fuerzas nada podían hacer para hacer frente a aquel criminal y, sola como estaba, sus gritos tampoco iban a obtener más que el eco por respuesta. Su voz se apagó.
-Sí... así... shhhh...- murmuró, entonces, aquel hombre, de piel clara, pelo largo y corazón oscuro que, inmovilizando a la muchacha usando sus manos y su propio peso, estaba a punto de cobrar el trofeo que hacía tiempo que pretendía conseguir.
-No...- trató ella de reaccionar, cada vez con menos fuerza, buscando librarse de la presa de su asaltante pero cada vez menos convencida de que lo fuera, realmente a lograr.
Bregó con él unos segundos más, golpeándolo, forcejeando, hasta que cedió de modo definitivo. Finalmente se relajó, tuvo que hacerlo. Dejó de luchar, se abandonó. No podía más, solo deseaba que aquello terminara, rendirse. No creía poder combatir a aquella bestia, y simplemente cesó en sus empeños por resistirse a él.
Su cabello color miel quedó extendido en la ribera del río, como un segundo astro, recibiendo los reflejos dorados de aquel cálido sol. Sus ojos negros se apagaron, mirando al vacío. Mordió los labios hasta que sangraron, al sentir las manos del depravado que la estaba intentando forzar, al escuchar el rasgado de su kimono, al sentir su aliento en su blanco rostro. Entonces la muchacha cerró los ojos, contuvo la respiración, y, en el espacio de un suspiro, le golpeó.
-¡Ah! ¡Zorra!- masculló el hombre del yukata oscuro, llevándose las manos a la cara. A la vez que la joven aprovechaba para empujarlo con todas sus fuerzas y quitárselo de encima.
Sorprendido, desequilibrado, el asaltante cayó de espaldas al suelo, entre su propia sangre, liberando a la adolescente de modo inmediato.
Ésta, al verse libre, y aún sintiéndose aturdida por el cabezazo lanzado al frustrado violador, se levantó con toda la rapidez que pudo, haciendo caso omiso a la sangre que le corría por la frente hasta los labios, y corrió. Corrió con toda su alma, de nuevo, con toda su mente, con todo su cuerpo. Corrió sin mirar atrás, sin hacer caso de los gritos de furia que la golpeaban desde la espalda. Solo corrió.
Corrió, siguiendo el trágico río, huyendo de los susurros, de las sombras, de los árboles que se hacían manchas difusas a su paso. Corrió, con el rostro pintado de sangre, escapando del dolor. Corrió, hasta que, cuando menos lo esperaba, éste la alcanzó.
Estaba corriendo, sin pensar en nada más que huir, cuando un espasmo la sacudió de modo violento.
Primero no sabía que había sido, no lo entendía. Sus piernas estaban moviéndose y, un segundo después, ya no respondían. Fue como si un frío glacial hubiera entrado, de repente, en su pierna derecha, separándola, aislándola de su cuerpo.
Cuando se quiso dar cuenta, volvía a estar en el suelo, incapaz de moverse. Solo que esta vez no había nadie encima de ella, no había nadie aprisionándola, impidiendo que se moviese. Y, empero, había dolor, mucho dolor.
Atenazada por el dolor, abrumada de tal modo que no le salían las palabras, la joven trató de revolverse, de mirar hacia atrás y ver lo que le había sucedido. Lo que vio la dejó sin respiración.
Su pierna derecha, su pierna... prácticamente no estaba.
-¡Aaaah!- chilló, entonces, destrozada, tomando conciencia de todo.
Al contemplar la causa de su aflicción, el difuso dolor se había hecho real. Superándola.
Ver aquella tosca hacha clavada profundamente en su carne, por encima de su rodilla, quebrando el hueso, la desmoronó por completo. Su amargo llanto se hizo eco, de nuevo, en las profundidades de aquel valle, antaño sagrado, al contemplar la masacre que aquella arma de leñador había producido en su pierna.
Sus ojos estaban fuera de sí, enrojecidos, y su tez estaba tan blanca que podían verse las azules venas a través de su translúcida piel. Toda ella temblaba, toda ella tiritaba, de frío y de miedo, y de dolor. Más aún cuando una sombra, oscura y sangrienta se acercó hacia ella, con el rostro satisfecho a pesar de la nariz rota y, mirándosela con desprecio, le escupió.
-Jodida zorra...- masculló, vengativo, tomando el lígneo mango del hacha y retorciéndolo con sádico placer. Relamiéndose.
A su lado, otra sombra tomó cuerpo. Era otro hombre, parecido al primero en porte y corte de cabello, largo y grisáceo, pero éste con un yukata marrón. Por el modo en que se frotaba, lentamente, las callosas manos, parecía ser el que había lanzado el hacha. El que había asestado el cruel y fatídico golpe.
Mirando a la chica de cerca, se vio en su anguloso rostro un reflejo que casi pareció lamentar el hachazo dado, aunque no había manera de saber si aquel era, realmente, un sentimiento de arrepentimiento o la congoja por haber estropeado una mercancía tan bonita con su brutalidad.
Sea como fuere, pasados unos segundos se encogió de hombros, lanzó un aburrido suspiro y, con un fuerte tirón de ambas manos, liberó la tosca hacha, provocando en la adolescente un renovado y punzante dolor.
El otro hombre, con la nariz rota, sonrió, complacido, y palmeó de modo desenfadado la espalda de su compañero, felicitándolo, al parecer, por el trofeo obtenido, por el golpe dado. Al ver aquello, aquel gesto, la joven dejó, súbitamente de sentir dolor.
Sus negros ojos se abrieron, entre un mar de lágrimas y sangre. Su cansado corazón resonó con fuerza de nuevo, instando a su cuerpo a moverse, a arrastrarse, a huir. Volvió el miedo. Había vuelto.
El miedo a morir.
Temblorosa, frenética, se arrastró como pudo, empujando con sus codos y su pierna izquierda, abriéndose paso con las exiguas fuerzas que le quedaban.
"¿Para qué?" repetía su mente, tratando de abrirse paso. "¿para qué esto? ¿para qué? No vas a poder huir, no huirás... es imposible" Pero su cuerpo se negaba a hacer caso a esas palabras, a esa verdad. Solo pensaba en salvarse, en alejarse de aquellos hombres, de aquellos desgraciados, de aquellos bandidos.
Y se arrastró, entre la tierra húmeda de la ribera del río, entre el fango pantanoso. Sintiendo el roce de su destrozada pierna como si fueran cristales con el suelo, acallando, sin embargo, el dolor. Reptando en una agonía que, a pesar de todo, supo que había terminado al tratar de avanzar un nuevo palmo y encontrarse de frente con unos pies firmemente plantados en la tierra.
Derrotada, la muchacha, cerró los ojos, secos de lágrimas, arrasados, y simplemente, gimió, de dolor y de miedo. Ahora sí que ya no había nada que ella pudiera hacer.
Las voces, empero, que escuchó a su espalda, concedieron a su esperanza una nueva oportunidad.
-¡Eh, tú! ¿De dónde coño has salido?- bramó, extrañada, la voz del violador.
Sin embargo, nadie le respondía. Solo el susurro del viento, el fluir de las aguas, y una acompasada y firme respiración.
Con sus últimas fuerzas, la joven alzó la mirada hacia el cielo, hacia esa nueva sombra, ese nuevo desconocido, y vio a un hombre de pelo moreno, vestido con un yukata grisáceo, que la contemplaba con sus azules ojos, sin decir nada, interrogante.
No respondió, ni siquiera pareció reaccionar a la imagen de la hermosa muchacha, salvajemente mutilada, ni a los dos bárbaros que la habían maltratado. Simplemente la miró, con sus azules ojos, en silencio.
Era un hombre de mediana edad, aunque se veía en su gesto que aún conservaba el vigor de la juventud. La blanca piel de su rostro contrastaba sobremanera con sus negros y ondulados cabellos, y con su oscura y descuidada barba de semanas. Aunque lo más destacado de su aspecto, de su porte, de su forma de actuar, era sin duda el aire ausente que mantenía en todo momento, la extraña sensación de no pertenecer a aquel lugar.
Los oscuros ojos de la joven, se fijaron en los de él, una vez más. Tratando de comunicarse, de compartir sus penas, de hablar. Durante unos segundos que parecieron horas, ambos se miraron, callados. Ella aturdida por el dolor, por el miedo. Él, sobrecogido también por alguna silenciosa inquietud.
Así, sin hablar, se comunicaron, hasta que un desgarrador grito los sobresaltó.
Ella, dándose cuenta de la situación, tendió la mano hacia el desconocido, buscando, tal vez, ayuda, tal vez consuelo. Tal vez advertirlo, tan solo, del mal que se cernía sobre él.
El hombre de la nariz rota, vestido con sus oscuros ropajes, se había lanzado sobre él, blandiendo una espada corta y de filo oxidado. Harto de aquella extraña figura que había aparecido de improviso, de aquel porte místico y silencioso, simplemente había resuelto terminar con él. Apartarlo de su camino y consumar su macabra venganza con la joven.
Así, con gran violencia y a traición, se había cernido sobre aquel hombre, un rival desarmado. Pero, a pesar de inerme, de ningún modo indefenso.
El último paso que el asaltante había dado hacia ellos había sido para tomar impulso, para impactar con toda su fuerza contra el desguarnecido torso del recién llegado y así abrirlo fácilmente en canal. Sin embargo, en el corto instante en que el bandido, cegado por la ira, había cargado violentamente contra él, el desconocido había corregido la postura de su cuerpo, haciéndose a un lado, volteando su torso de un modo lento e hipnotizador. Logrando así, que el hombre de la nariz rota errara en su blanco, de modo imposible, perdiendo el equilibrio y cayendo de bruces al río. Quedando en su fracturado rostro una mueca de estupefacción.
Tan sorpresivo había sido aquel movimiento, que el otro bandido, el que portaba el hacha, tardó varios segundos en reaccionar.
Al hacerlo, empero, cargó también contra el desconocido, con toda su fuerza. Erró.
Su hachazo golpeó el vacío primero, y luego el pantanoso suelo, quedando el hacha clavada durante unos segundos en él. El mandoble había sido perfecto, potente, preciso. Y, sin embargo, ni siquiera había rozado a aquel silencioso extraño que acababa de aparecer.
El bandido luchó, durante unos segundos, para liberar el hacha del abrazo del suelo y, al lograrlo por fin, se hizo atrás unos pasos y clavó los ojos en su, aparentemente, indefenso rival. Lo miraba, en silencio, callado, sin proferir siquiera una provocación o un improperio. Solo lo miraba, con un aire triste y ausente en aquellos ojos azules. Lo miraba mientras, a su espalda, su compañero, con el rostro sucio e hinchado por la sangre seca, se posicionaba para acometerlo por detrás.
Un segundo, sería cuestión de un segundo. Pensó. Atacándolo por delante y por detrás, a la vez, sería imposible que los evitara. Imposible.
Sus ojos lo seguían mirando.
El bandido tragó saliva, posicionando las piernas, balanceando el hacha. Miró de reojo a los pies del extraño, también, y vio que la muchacha apenas si se movía. Tensó las mandíbulas. Aquella mañana habría dos nuevos cadáveres allí, junto a las aguas de aquel río maldito. Se dijo, y su mirada asintió al encontrarse con la de su compañero.
Ya.
Todo sucedió en cuestión de un suspiro, de un mísero suspiro.
El bandido de la nariz rota le embistió por detrás, lanzando una estocada a la altura de los riñones con el brazo perfectamente extendido. Falló.
De algún extraño modo, el desconocido le había estado esperando. Había sabido, en todo momento, que él estaba allí, que tenía esa arma, y que la iba a utilizar de aquel modo. Por eso le fue tan sencillo aprisionar su brazo y, con un giro sobre si mismo, desarmarlo.
Sea como fuere, aquello era algo que ninguno de los dos bandidos esperaba, ya que el primero perdió su arma, y el segundo toda su ventaja. Su totalidad.
Antes de que hubiera podido reaccionar, con el hacha ya decidida a talar aquel cuerpo, se encontró con una espada corta clavada en su vientre con la mortal precisión que solo podía dar un brazo experto.
Ni siquiera sintió aquella estocada fantasma, ni siquiera notó el dolor. Solo percibió una súbita sensación de frío y el convencimiento de que todo había terminado, de que iba a morir. Sin embargo, hasta el preciso momento en que aquel extraño de ojos claros no retiró su espada de su cuerpo, no supo que le habían alcanzado, que, para él y para su compañero, todo estaba dicho ya.
Pues, con el mismo impulso de retorno de sacar el arma del cuerpo del primer bandido, giró sobre sí mismo, empujó levemente al otro, al que tenía preso, y lo degolló.
Cayó, entonces, el cuerpo del bandido al suelo, con las manos sobre la destrozada tráquea, de rodillas. Hasta que la vida escapó por completo de su cuerpo y éste tiñó de muerte el río. Justo a su lado, su compañero yacía, con los brazos a los costados, cara al suelo, sin respirar.
Entre ambos, un hombre silencioso, callado, vestido con un yukata grisáceo, con el gesto ausente y un arma entre las manos, que ahora miraba con curiosidad. Circunspecto, tragó saliva, y pareció sacudir la cabeza al tiempo que tomaba conciencia de lo que acababa de hacer, de lo que había hecho. Y dejó caer la espada al suelo, como si, en aquellos breves segundos, no la hubiera sentido parte de él, y dirigió su atención al cuerpo que, moribundo, apenas si se movía a sus pies.
Lentamente, con delicadeza, se agachó frente a la muchacha, frente a la joven adolescente, y le acarició la cara con suavidad, apartando de su frente sus claros cabellos castaños.
Y la miró, y ella abrió los ojos, levemente, como si todo aquello hubiera de ser un sueño, como si le costara no dormirse. Como si la verdadera lucha, ahora mismo, fuera por tener las suficientes fuerzas para despertar.
Y, entonces, por vez primera, el desconocido habló, en aquella tierra extraña. Sin importarle, siquiera, si aquella joven moribunda lo iba a poder entender. Él solo habló, con voz triste, preocupada. Le dijo:
-¿Dónde ha ido la luz?-
