Los días se hicieron eternos y las noches parecía que nunca terminarían. Rukia aún recordaba el día en el que la foto se hizo pública, aquella foto en la que salía medio desnuda junto con Kaien. El rumor corrió tan rápido que casi no tuvo tiempo de asimilar todo lo que estaba pasando cuando de repente los teléfonos y móviles de la casa empezaron a sonar. Aquello fue caótico y, aún después de tres semanas, lo seguía siendo.
– ¿Cuándo acabará esto? –Le preguntó Rukia al abogado. Estaba junto a Byakuya en el despacho del letrado, el cuál había estado trabajando día y noche desde que empezara todo aquello. Pero aún así, eso no era suficiente para la joven Kuchiki, a la que se le notaba más que a nadie lo mucho que le estaba afectando todo eso.
– Eso no puedo decírselo, señorita Kuchiki –dijo el abogado, que no era otro que el padre de Shihoin Yoruichi–. Es algo imposible de saber.
– Quiero que pare ya –susurró con voz cansada pero imponente–. No dejan de llamar, de mandar cartas, e-mails, todo… es imposible vivir así, necesito un poco de tranquilidad.
– Me temo que no será posible en estos momentos. Esta noticia es una bomba para la prensa rosa, seguirán hurgando en la herida hasta que se cansen o cuando ya no haya nadie que haga declaraciones.
– Y siempre hay declaraciones –dijo Byakuya esta vez.
– Así es –afirmó el señor Shihoin–. Cuando no son los propios Shibas los que dicen algo, son personas que no tienen nada que ver.
– Personas a las que no conozco de nada ni ellos me conocen a mí –volvió a hablar Rukia con el mismo tono de voz que antes–. Se jactan de mí solo para hacerme daño.
– Más bien es para conseguir dinero –le corrigió Byakuya–, eso es lo único que les importa a las personas: el dinero.
– Pues ojalá se pudran en el infierno con su maldito dinero ganado a mí costa.
Byakuya suspiró al oír aquellas palabras. No podía culpar a su hermana, cada día la notaba peor, pero temía que llegara un día en el que un periodista la atosigara con preguntas y ella no pudiera aguantar más en silencio. Rukia era muy impulsiva, ya le resultaba increíble que hubiera estado tanto tiempo sin responder como acababa de hacer en ese momento.
Volvió a mirar su rostro y pudo comprobar que si seguía así no solo su entereza acabaría fallando, sino también su salud física. Estaba demacrada por el peso que había perdido, apenas había vuelto a salir de casa por lo que su piel estaba aún más blanca que antes, y sus ojos los llevaba ocultos bajo unas grandes gafas de sol. Hacía mucho que Rukia no le dejaba mirarla a los ojos.
– Esto terminará pasando, Rukia, te doy mi palabra –le dijo finalmente.
– Quiero que termine ya, estoy harta.
– Si pudiera lo haría, sabes que lo haría. No permitiría que te siguieran haciendo todo esto. Me duele verte así aunque no lo creas.
La muchacha suspiró apenada, aunque su voz seguía siendo seria y enfadada: – ¿Y qué podemos hacer entonces? Hemos venido aquí para algo, ¿no?
– Pues claro, el señor Shihoin cree haber descubierto algo en las fotos.
– Así es –volvió a hablar el letrado–, creo que han sido modificadas.
– ¿Qué han trucado las fotos? –Preguntó Rukia algo desconcertada–. Yo no le veo nada raro, sino ya os lo habría dicho. Lo único que me quité fue la camisa, por eso se me ve en sujetador.
– Sí, pero parece como si estuvierais más desnudos de lo que usted afirma –el abogado sacó una de las múltiples revistas que habían publicado la foto y se la mostró a Rukia–. ¿De verdad no nota nada raro?
Rukia no tenía ganas de volver a ver esa foto y mucho menos en una revista de prensa rosa, pero se armó de valor y tomó la revista entre sus manos para volver a mirar esa fotografía. En un principio no vio nada que no hubiera visto antes, por lo que resopló amargada.
– No veo nada raro, la foto no está trucada.
– Rukia, haz el favor y fíjate más –le dijo Byakuya–. Sé que estás cansada de todo pero por cinco minutos de tu atención no se va a morir nadie –su tono era de reproche y, en cierto modo, eso hizo reaccionar a la joven Kuchiki, aunque no mucho ya que volvió a resoplar cansada.
La chica volvió a mirar esa foto e intento poner más atención, pero estaba tan harta y dolida que no conseguía ver nada nuevo. Solo se veía a sí misma, tumbada en una cama y entregada por completo a un hombre que no la había querido nunca, y eso la entristecía y la enfurecía. Pero sobre todo, le daban ganas de llorar, siempre notaba como sus ojos se humedecían cada vez que recordaba ese momento, por eso nunca se quitaba las gafas de sol. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos de tanto llorar, de tantas lágrimas gastadas por un miserable.
Y de repente, casi sin darse cuenta, se dio cuenta: – Ya lo veo –digo alzando algo más la voz, quizás por la emoción de notar que esa foto estaba trucada–. A él no se le ven los pantalones, ni a mí la falda.
– Exacto –dijo el abogado–. Está claro que no se ve mucho de vuestras piernas porque la foto está cortada, pero si usted asegura que no llegaron a quitarse más ropa, debería verse al menos un poco de la tela.
– Sí, es cierto –susurró Rukia, mirando la foto aún sorprendida por no haberse dado cuenta antes–. Yo solo me quité la blusa, y él la camiseta. Nada más.
– Bien, trabajaremos entonces sobre ello. Toda foto trucada tiene algún fallo y ésta no va a ser menos. Podremos atacarles por ahí.
– De acuerdo, avísenos con lo que sea –dijo Byakuya levantándose–. Ahora será mejor que volvamos a casa y tú descanses un poco –le comentó a su hermana.
– No voy a ser capaz.
– Pues lo intentas al menos. Hasta pronto, señor Shihoin.
– Un placer, señor Kuchiki, y cuídese señorita –se despidió el abogado.
– Claro –dijo ella, aún con su tono cansado y pesaroso–. Gracias por todo.
Salieron del bufete y Rukia rogó para que nadie les reconociera de camino al coche. Por fortuna, el edificio tenía un garaje en la planta subterránea, y nadie del edificio se fijó en ellos, lo cual le supuso un gran alivio.
– Parece que al fin tenemos algo a lo que aferrarnos –le dijo Byakuya cuando se montaba en el coche.
– Espero que sirva de algo –susurró ella.
Ambos decidieron por mutuo acuerdo que lo mejor era ir sin chófer, por lo que Byakuya conducía y Rukia iba sentada en los asientos traseros del coche, para esconderse tras los cristales tintados de las ventanillas. Estaban ya a medio camino de casa cuando a la chica de repente le entró una sensación de hastío y a la vez angustia. No quería volver a casa y encerrarse en su cuarto para seguir llorando.
– Nii… nii-sama –dijo dubitativa.
– ¿Sí? –Preguntó alzando un poco la vista para verla a través del retrovisor.
– Yo… –tenía las manos sobre sus piernas, y se agarraba la falda con cierto miedo–. No quiero ir a casa.
El chico se extrañó al oír aquello: – ¿Y entonces a dónde quieres ir?
– No lo sé… pero no quiero volver a estar encerrada entra tantas paredes –una carcajada cargada de pena se le escapó de entre los labios–. Tiene gracia, vivimos en una de las casas más grandes de la ciudad y yo la siento como una pequeña celda. ¿Cuántos días llevo sin salir? ¿Sin ir al instituto, sin ver a mis amigos? ¿Qué pensarán ellos de mí? –Se mordió el labio con tristeza.
– Debe ser difícil… pero los que sean realmente tus amigos te apoyarán y creerán en tus palabras al igual que nosotros. ¿No te ha llamado ninguno?
– He recibido tantas llamadas al teléfono móvil que decidí apagarlo… tampoco he vuelto a mirar el correo electrónico y las cartas son todas de periodistas o de personas que no conozco… las he roto todas.
Byakuya suspiró y se dio cuenta de qué era lo que necesitaba su hermana, aunque la idea que se le pasó por la cabeza no le resultaba muy agradable. Al menos no para él, pero haría un esfuerzo por su hermana.
– Ya sé a dónde llevarte –dijo el pelinegro.
– ¿A dónde? –Preguntó ella sorprendida.
– Ahora lo verás. Tú quédate tranquila.
En vez de quedarse tranquila, se encontraba más intrigada que nunca. ¿A dónde la llevaría su hermano para que ella se sintiera más cómoda y menos alicaída? Miraba las calles a través de las ventanillas para ver si reconocía el camino y cuando al fin se dio cuenta de a dónde la llevaba casi no podía creerlo.
– Nii-sama –susurró–. ¿De verdad me dejarás…? –El chico asintió.
– Vendré a por ti a las diez, ni un minuto más tarde, ¿entendido?
– E-está bien, lo que tú digas pero… ¿estás seguro?
– Sí y no vuelvas a preguntármelo o conseguirás que me arrepienta y te lleve de nuevo a casa.
Rukia se quedó callada durante el resto del viaje para no estropear nada. Aún no creía que su hermano fuera a llevarla allí, y mucho menos que la dejará hasta tan tarde. Cuando el coche paró, empezó a quitarse el cinturón de seguridad mientras murmuraba: – Gracias… de verdad, te agradezco mucho esto.
– Sal ya –dijo él, algo serio–. Y recuerda, a las diez estoy aquí.
– Sí, a las diez. Gracias de nuevo –y antes de que volviera a reprocharle algo, Rukia salió del coche familiar, ajustándose las gafas de sol y el gorro que llevaba para que nadie pudiera reconocerla.
Caminó hasta la acera, subió las escaleras y llamó a la puerta. Se dio cuenta de que su hermano aún seguía esperando desde el coche y agradeció el gesto. Byakuya no iba a irse de allí hasta que entrara en la casa, por si acaso alguien la veía y volvían a acosarla a preguntas.
Pero nadie pasó por allí, y cuando la puerta se abrió, la chica no sabría decir si lo que sintió fueron ganas de llorar por la emoción o de sonreír de pura alegría. Al final, hizo ambas cosas mientras cierto chico pelinaranja la miraba sorprendido.
– Rukia –dijo asombrado–. ¿Estás bien?
La chica no fue capaz de contestar, por lo que se limitó a asentir mientras intentaba limpiarse las lágrimas sin quitarse las gafas de sol. Ichigo se dio cuenta al momento de lo que pasaba, por lo que miró a ambos lados de la calle y luego la hizo pasar dentro.
– Tranquila, no había nadie –dijo mientras cerraba la puerta–. Nadie te ha visto entrar, puedes estar tran… –pero la morena no le dejó terminar. Se abalanzó sobre sus brazos y empezó a llorar con fuerza. Sin saber muy bien porqué, las lágrimas le salían solas, aunque la calidez que emanaba del muchacho le transmitía mucha paz.
– Rukia –susurró él mientras la estrechaba entre sus brazos–. No-no llores.
– No puedo evitarlo –consiguió decir ella–. Ni siquiera sé muy bien por qué estoy llorando.
El muchacho dejó que la chica se desahogara mientras le acariciaba el pelo y la espalda con cariño. Se sentía destrozado de verla tan mal pero no podía demostrarlo delante de ella, tenía que ser fuerte para poder animarla.
– Vamos arriba –le dijo tomando sus manos cuando la chica se calmó un poco.
– Está bien –susurró ella, dejándose guiar por Ichigo.
Cuando subieron al cuarto, el muchacho cerró la puerta, pero aún así la joven no se sentía tan segura como lo estaba en su casa.
– ¿Podrías cerrar las ventanas y correr las cortinas? Ya no me fío de nada… necesito estar encerrada para sentirme tranquila.
– Está bien –dijo Ichigo algo desconcertado–. Pero no creo que nadie vaya a hacerte fotos, no había mucha gente en la calle cuando has venido.
– Por si acaso… por favor, cierra la ventana, que no pueda verse nada.
Ichigo al final accedió e hizo lo que la chica le pedía, por lo que tuvo que encender la luz para que no se quedaran a oscuras. Solo entonces Rukia se quitó el gorro que ligeramente la camuflaba, aunque aún era reacia a separarse de sus gafas de sol.
– Pensarás que estoy loca –murmuró la morena–. Pero después de todo lo que ha pasado no sé si podré volver a vivir con normalidad. Es horrible.
– ¿Por qué no me has llamado? –Preguntó el chico–. He intentando contactar contigo desde que se publicó esa foto pero no he sabido nada de ti desde hace un mes…
– Recibía muchas llamadas y muchos e-mails, incluso cartas. Aún las sigo recibiendo. Apagué el móvil cuando me di cuenta que no dejaría de sonar en todo el día y ahora me da miedo volver a encenderlo. He estado aislada en mi casa desde entonces, no he salido ni un solo día hasta hoy, y porque nii-sama me convenció para que fuera con él a ver al abogado.
Ichigo se sentó en la cama y le hizo un gesto a la muchacha para que ella se sentara a su lado: – Ven –le susurró–. Cuéntamelo todo.
Rukia se sentó a su lado y empezó a contarle toda la pesadilla que había vivido durante ese mes, el miedo que le daba salir a la calle, el miedo que sentía incluso de volver a ver a sus amigos y que ellos le echaran en cara lo que había pasado con Kaien. Tenía miedo de que sus compañeros confiaran más en lo que Kaien les hubiera podido contar que en la verdad de ella.
– ¿Tú crees que me creerán? –Se atrevió a preguntar.
– Algunos sí y otros no, siempre pasa así. Los que confíen en ti y te tengan aprecio te creerán, como yo.
– Tú siempre has creído en mí, desde un principio. Siento no haber venido antes a verte, soy una desconsiderada.
– No pasa nada, ahora estás aquí.
– Sí, gracias a nii-sama.
– ¿Byakuya? –Preguntó el joven confundido.
– Sí –Rukia dejó escapar una leve carcajada–. Parece mentira pero es él el que me ha traído a tu casa, incluso me deja quedarme hasta la noche. Alucinante, ¿verdad?
– Aún no me lo creo –dijo el chico alucinando.
Aquello hizo reír a Rukia, aunque muy levemente, pero solo el hecho de verla sonreír alegró al pelinaranja. Se acercó un poco a ella e hizo el ademán de quitarle las gafas de sol, pero Rukia al darse cuenta de lo que iba a hacer, giró la cara para que no se las quitara.
– Rukia… ¿ocurre algo?
– No quiero que me veas…
– ¿Por qué? ¿Qué pasa? –El chico le susurraba en el tono más cariñoso que podía para no incomodarla.
– Llevo muchos días llorando… tengo los ojos fatal, no quiero que me veas así.
– Eso no me importa, yo quiero mirarte.
– No… estoy horrible.
– ¿Tú horrible? –Ichigo río levemente y acarició su pelo–. Eso es imposible, tú siempre estás guapa.
Un leve sonrojo apareció en las mejillas de Rukia y eso volvió a darle esperanzas al muchacho, puede que al final consiguiera hacerla olvidar al menos durante unas horas. Puso una mano en su mentón con suavidad y volvió a girarle la cara, para quedar frente a frente. Ella se dejó hacer, cada vez más sonrojada, y cuando vio que Ichigo volvía a acercar sus manos para quitarle las gafas, ella no se lo impidió. Al sentir que le liberaba de esos cristales oscuros, la joven cerró los ojos con pena, pero finalmente terminó por abrirlos y mirarle a él, cruzando sus miradas.
– ¿Me sigues viendo guapa? –Dijo ella.
– Siempre –susurró él–. Pero me apena ver tanta tristeza en unos ojos tan bonitos como los tuyos.
Los tenía enrojecidos, con ojeras y algo hinchados, casi no parecían los mismos ojos de Rukia. Su color azul estaba algo apagado, e incluso parecían algo más pequeños de lo normal.
– Dicen que la mirada es el espejo del alma –volvió a hablar Ichigo–, y hoy desde luego puedo afirmar que así es –con cuidado, pasó dos dedos por debajo del contorno de los ojos de la chica, limpiando dos lágrimas que empezaban a caer–. No llores más –susurró–, no quiero ver más tristeza en ti.
– Ojalá fuera capaz –dijo ella cerrando los ojos de nuevo–, pero no puedo.
– Claro que puedes, yo te ayudaré.
– ¿Cómo?
– Bueno, eso ya lo averiguaremos, tenemos hasta la noche para buscar una solución.
Rukia suspiró y volvió a abalanzarse sobre sus brazos, dejando que el chico la rodeara con fuerza. Nunca se había sentido tan protegida a su lado, nunca se había sentido tan bien.
– Me devuelves la vida, Ichigo –susurró tras un rato de silencio–. Creo que me estoy enamorando de ti.
Aquello le pilló desprevenido. No esperaba una declaración de sentimientos tan repentina en ese momento. Sintió como sus mejillas empezaban a arder y casi no era capaz de corresponder el abrazo de Rukia. Abrió la boca varias veces, queriendo decirle algo a la pequeña Kuchiki, pero no encontraba las palabras adecuadas.
- ¿Estás bien? –Preguntó finalmente Rukia al notar como el pecho del chico se endurecía por la tensión. Ella seguía abrazada a él, con la cabeza apoyada en su torso, prácticamente a la altura del corazón. No quería perder esa protección que sentía a su lado y que tanto la calmaba.
– E-es la primera vez que me dices algo así –consiguió decir Ichigo, en un susurro tan bajo que la muchacha casi no lo escuchó.
– Creo que es la primera vez que lo siento como tal… o quizás ya lo sintiera desde hace mucho tiempo pero no era capaz de verlo.
– Pe-pero… dijiste que "crees estar enamorada"… ¿eso quiere decir que no estás segura? –Preguntó el joven armándose de valor. La chica guardó silencio durante un momento aunque seguía sin separarse de él.
– Creo… estoy casi segura de que estoy enamorada de ti.
– Vaya –Ichigo tragó saliva, muy nervioso, aunque esta vez consiguió abrazarla con fuerza–. ¿Y qué debo hacer para que estés segura?
– No depende de ti –susurró cerrando los ojos–, es cosa mía y de mi maldita mente confusa.
– Pero si te ayudara todo sería más fácil para ti.
– Shh –la chica alzó la cabeza y posó un dedo en los labios de Ichigo, gesto que provocó un mayor sonrojo en el muchacho–. Tú sigue actuando como has hecho hasta ahora, sé tú mismo Ichigo. Si no estoy enamorada ahora, sé que conseguirás enamorarme tarde o temprano. De eso sí estoy segura.
El muchacho casi no daba crédito a las palabras que estaba escuchando. Se las repetía una y otra vez en la cabeza para darse cuenta de que lo que estaba viviendo era real y no un sueño. Se dijo a sí mismo que jamás olvidaría esa tarde.
– Así lo haré –susurró, sintiendo aún el dedo de la chica sobre sus labios y aquella mirada azul fija en sus orbes marrones.
– Bien –ella sonrió levemente, apartó suavemente su dedo, y, sin pensarlo dos veces, se acercó para besarlo.
Justo en ese momento, Ichigo se sintió desmayar. Rukia le estaba besando por voluntad propia y, aunque era un beso casto y suave, le parecía el mejor beso que le habían dado en toda su vida. Quería grabar ese momento para siempre en un rincón de su memoria.
Cuando sintió que Rukia empezaba a separarse, llevó ambas manos a las mejillas de la muchacha para que no lo hiciera, logrando esta vez que fuera ella quien se sonrojara. No llegó a abrir la boca, pero sí lamió levemente los de Rukia con su lengua antes de separarse y respirar profundamente.
Ella estaba muy sonrojada, y el ver ese rubor en su rostro la hacía aún más bonita para él. Se notaba que estaba confundida pero que a la vez se había sentido muy bien con ese beso, quizás tanto como el propio Ichigo.
– Deberías besarme más veces así –susurró él para cortar el silencio que se había adueñado de ambos–. Me ha gustado…
– Y a mí también –confesó ella con timidez–. No sé de dónde saqué el valor pero lo he hecho… siento no haberlo hecho antes.
– Me sirve si empiezas a hacerlo más a menudo a partir de ahora.
– Lo-lo intentaré –cada vez estaba más sonrojada y eso enterneció al pelinaranja.
Con mucho cuidado se acercó más a ella e hizo que se sentara sobre sus piernas, para así poder abrazarla mejor y sentirla mucho más cercana a él que antes. Rukia se abrazó a él como una niña pequeña, con la cabeza apoyada en su hombro y respirando sobre el cuello de Ichigo, mientras que él acariciaba con cariño su pelo negro.
– ¿Te sientes mejor? –Preguntó suavemente el muchacho.
– Mucho mejor –susurró la morena–. Me siento demasiado bien así. Ojalá siempre estuviéramos así.
– Me gusta que te sientas así –sonrió levemente–. Significa mucho.
– ¿Tú crees?
– Si no me quisieras no desearías que estuviéramos todo el día así.
– Sí… en eso tienes razón –susurraba ella mientras acariciaba la espalda del chico–. Cada vez estoy más segura de lo que siento por ti, aunque me da vergüenza decirlo.
– Antes lo dijiste sin ningún miedo.
– Lo sé, no sé qué me pasó en ese momento –volvió a sonrojarse.
– Seguro que ahora todo será más fácil entre nosotros dos.
– ¿Tú crees? –Rukia se incorporó un poco para mirarle a los ojos, aunque sus brazos rodeaban el cuello del muchacho–. Tengo a miles de periodistas persiguiéndome por la jugada que nos han hecho los Shiba.
– A mí los periodistas no me importan.
– Pero no podremos salir a la calle sin que nos sigan, nos harían fotos, empezarían a investigar sobre ti y te harían la vida imposible como a mí. No quiero que te pase eso, a ti no. Y menos por mi culpa.
– No pasará nada, enana.
– ¡No me llames así! ¡Lo que te digo es serio, Ichigo!
– Ya lo sé, Rukia… pero me da igual, yo quiero estar contigo.
– Y estaremos juntos… pero no podremos estar como una pareja normal y corriente, al menos no por ahora.
– ¿Me estás diciendo que para una vez que te decides a salir conmigo no podré gritar a los cuatro vientos que eres mi novia?
– Sí, más o menos es eso.
Ichigo suspiró y desvió la mirada para que ella no notara la tristeza reflejada en sus ojos. En apenas unos minutos Rukia le había confesado que estaba enamorada de él, que quería salir con él, pero que no podrían decírselo a nadie. Eso implicaba que se tendrían que ver a escondidas.
– Es peor que ser solo amigos –susurró Ichigo. Sabía que aquella frase le dolería a Rukia pero no pudo evitar decirlo.
– Yo… lo siento, sé que es duro pero no quiero que te persigan, que te acosen y no tengas intimidad. Para eso ya estamos yo y mi familia.
– ¿Y qué pasaría si se enterarán de lo nuestro?
– Para empezar tendrías todos los días a unos veinte periodistas en la puerta de tu casa. No dejarían de hacerte preguntas, se informarían de todo lo que ha pasado en tu vida pero no solo de ti, sino también de la de tus padres y tus hermanas. Saldrías en la televisión y en las revistas, incluso también en algún periódico –la chica hizo una pequeña pausa y continuó–. Yo no quiero eso para ti, eso no es vida.
– Y entonces… ¿Qué haremos?
– No lo sé… supongo que vernos de vez en cuando y a escondidas.
– Lo que suponía –Ichigo resopló.
– No podemos hacer otra cosa –Rukia agachó la cabeza con pena–. Es lo único que podemos hacer si queremos seguir viéndonos.
– Preferiría verte más veces a la semana y no solo en mi habitación, con las ventanas cerradas a cal y canto. Preferiría quedar contigo los fines de semana e ir al cine, o a cenar, o simplemente a dar un paseo contigo.
– ¿Crees que yo no quiero eso? Lo deseo con todas mis fuerzas pero no podemos hacer eso. Se armaría un gran escándalo y quiero proteger tu privacidad.
– Lo sé, lo sé –Ichigo sabía que ella tenía razón, pero no podía evitar sentirse mal.
– Así al menos ellos no sabrán nada de ti.
– Si esos periodistas no dejan de acosarte pronto, algún día nos descubrirán.
– ¿Por qué?
– El hecho de que vengas a mi casa es arriesgado, a lo mejor algún día te siguen desde tu casa y saben que vienes aquí a verte con un chico. Y pasaría lo mismo si un extraño muchacho de tu edad va a la mansión Kuchiki. Los secretos no pueden mantenerse durante mucho tiempo.
– Entonces tendremos que tener cuidado –Rukia colocó una mano en la mejilla del muchacho para obligarle a que la mirara–. ¿Aún con todo esto quieres seguir estando conmigo?
– No lo dudaría ni por un momento –dijo él, aunque seguía algo apenado por la situación–. Haré lo que haga falta para que esto salga adelante.
Rukia se emocionó al escuchar esas palabras y, sin decirle nada, se acercó para volver a besarle de una forma muy tierna y cariñosa, saboreando sus labios con delicadeza. Ichigo la correspondió de la misma forma, dejándose llevar por ella y acariciando su espalda. Aunque no se daba cuenta que, de forma inconsciente, sus manos empezaban a bajar mucho más de lo que habría imaginado. La joven se tensó un poco al sentir que las manos del muchacho empezaban a acariciar sus nalgas, pero aún así no dejó de besar sus labios. Sabía que él no era como Kaien, él no intentaría aprovecharse de ella y, después de todo, era normal que un chico deseara a su novia y quisiera tocar ciertas partes de su cuerpo. Respiró fuertemente e intentó relajarse antes de separar sus labios.
– Vaya –susurró él sin abrir los ojos y sin separar las manos–. Deberíamos repetir esto más a menudo –Rukia se mordió el labio algo tímida.
– Es… es la primera vez que me tocas.
– ¿Tocarte? –Ichigo abrió los ojos algo confundido.
– Tus manos están en mi… en mi…
Ichigo no fue consciente de ello hasta que Rukia lo dijo. Fue entonces cuando se dio cuenta de dónde tenía las manos y las separó rápidamente, como si hubiera cometido un crimen al tocar a la joven de esa manera.
– Lo-lo siento, yo no me di cuenta de verdad, no-no quería hacerte sentir mal o incómoda.
– No-no pasa nada, Ichigo. Tranquilo.
– ¿Estás segura? Soy un idiota, después de todo lo que ha pasado y yo lo primero que hago cuando vienes a verme es tocarte el trasero. Soy un imbécil.
– Ichigo, no te martirices, es normal.
– No, no es normal, no quiero parecer un maldito depravado –Rukia tuvo que reírse al oírle decir aquello.
– No eres nada de eso. Es normal, llevamos muchos tiempo sin vernos, acabamos de declarar nuestros sentimientos el uno por el otro y… bueno… estoy sentada sobre ti –se sonrojó al decirlo y al notar la posición en la que estaban. En ese momento Ichigo también se percató de que, al llevar Rukia una falda y estar sentada sobre él, ésta se le había subido un poco, dejando algo más de piernas a la vista.
– Puede que tengas razón –tragó saliva al ver que tenía que contenerse demasiado solo de verla así, tanto que empezó a pensar que realmente era un depravado sexual.
– Pero… me siento cómoda así –sus dedos jugaban con varios mechones de pelo que le caían a Ichigo en la nunca–. Es la primera vez en mucho tiempo que me siento tan relajada y eso solo lo has conseguido tú.
El joven Kurosaki se sonrojó al oír aquello. Él en verdad también se sentía muy bien de estar así con ella, en una actitud tan cariñosa. Pero también despertaba otras sensaciones en su cuerpo que no sabía durante cuánto tiempo sería capaz de controlar.
– ¿Qui-quieres comer algo? –Dijo para intentar ganar algo de tiempo y así relajarse.
– Pues… la verdad es que tengo hambre. No he comido nada desde anoche.
– ¿Cómo? –Preguntó muy sorprendido–. ¿Ni siquiera has desayunado esta mañana?
– No –dijo negando apenada.
– Estás loca, no deberías dejar de comer, asís solo consigues empeorar.
– Ya lo sé, Hisana me lo dice todos los días, y nii-sama también… pero es que no me entra nada, es como si tuviera un nudo en el estómago.
– Yo te quitaré ese nudo, ahora mismo traeré algo de comer.
– ¿Y tus padres y tus hermanas?
– No les importará que por una vez les deje solos para comer en mi cuarto contigo.
– ¿De verdad?
– Pues claro, enana. Ahora levántate, que tengo que ir a la cocina.
Rukia se separó con cuidado de Ichigo y se puso en pie, colocándose bien la falda para que no se le notara nada más. Ichigo se percató de ello por lo que salió lo más rápido que pudo de la habitación y respiró hondo. Solo un momento más ahí dentro con ella y no habría sido capaz de responder a sus actos, los deseos le traicionaban y aunque la joven Kuchiki estaba más delgada y algo más desmejorada desde la última vez que la vio, seguía teniendo algo que captaba la atención del muchacho y que le volvía loco.
– Al final seré un depravado de verdad –se dijo a sí mismo mientras bajaba a la cocina–, no sé cómo puedo pensar en algo así cuando ella está tan mal psicológicamente. Si sigo así se dará cuenta de lo que me pasa.
Minutos después, Ichigo subió a su cuarto con una bandeja llena de comida. Había onigiris, ramen y tempura de verdura con gambas.
– Vaya –exclamó Rukia al ver aquello–. ¿No es demasiada comida para nosotros dos solos?
– Mi madre dice que no quiere verte salir de aquí con hambre, y que estás muy delgada así que más te vale comer y no dejar nada en el plato –dijo sonriendo.
– Tu madre se preocupa demasiado, yo estoy bien –dijo tomando un onigiri y dándole un pequeño mordisco.
– Bueno… no creo que éste sea precisamente el mejor momento de tu vida.
– No… está claro que no.
– Pues a eso nos referimos. Yo al menos no quiero volver a verte así, y si tengo que obligarte a comer lo haré –el joven sonrió–. No quiero que mi novia secreta se quede en los huesos –Rukia no pudo contener su risa.
– ¿Novia secreta? Suena raro.
– Pero es lo que somos, ¿no? –Él también rió.
– Sí, aunque queda mejor si decimos que somos amantes –el muchacho se sonrojó al oír aquella palabra.
– ¿A-amantes?
– Claro, una pareja que se ve a escondidas y que no puede decirle a nadie lo que sienten el uno por el otro –volvió a darle otro mordisco al onigiri–. Cómo si su relación estuviera prohibida y no pudieran decírselo a nadie.
– A mí me suena más a dos personas que mantienen relaciones fuera de su matrimonio.
– Bueno… –la chica se sonrojó levemente–, también puede significar eso. Pero en verdad nosotros nos queremos a escondidas aunque no lleguemos a esos límites… ¿no crees?
– Sí –respondió él mientras tomaba un poco de ramen–. Suena curioso, nunca creí que tendría una amante.
Aquello hizo reír a Rukia, por lo que él también rió con ella. La chica comió con ánimo hasta que se sintió llena, y agradeció internamente todo lo que Ichigo y su familia estaban haciendo por ella.
– Hacía tiempo que no comía tanto, creo que me hacía falta –reconoció.
– Pues a ver si así no te saltas ninguna comida más, no quiero una amante tan delgada –dijo Ichigo sonriendo.
– ¿Tan delgada estoy?
– Sí… has adelgazado mucho desde la última vez que te vi. Y tu expresión es distinta, estás como…
– Triste y decaída… eso lo sé, me lo noto todos los días al mirarme al espejo, por eso nunca me quito las gafas de sol.
– Eso se irá pasando con el tiempo, poco a poco irás recuperando los ánimos, pero también tienes que comer bien, sino no te servirá de nada.
– Lo sé… intentaré comer mejor a partir de ahora, ¿vale?
– No, prométeme que comerás todos los días como has hecho ahora.
– No sé si podrá hacer eso, Ichigo…
– Hazlo por mí al menos… no quiero verte más así, se me rompe el alma. No te pido que no llores o que estés siempre contenta, solo te pido que comas.
– Está bien... Lo haré –dijo dedicándole una leve sonrisa a Ichigo–. Gracias por preocuparte tanto por mí.
– Yo por mi amante haría lo que hiciera falta –ella volvió a reír.
– ¿Ahora te vas a burlar siempre de que somos amantes?
– No me burlo, es que me gusta cómo suena –dijo sonriendo con picardía.
– Sí que te burlas –dijo sonriendo también–. Igual que cuando me llamas enana.
– ¿Acaso no lo eres?
– ¡Claro que no! Sabes que no me gusta.
– Por eso lo digo, enana –dijo riendo.
Rukia en ese momento se levantó y se abalanzó sobre él para darle pequeños golpes en el pecho a modo de broma, pero él la esquivó y la rodeó de la cintura para hacerle cosquillas. La morena empezó a reír como hacía tiempo mientras intentaba escaparse de los brazos del pelinaranja: – Ichigo, para, para ya –decía entre risas.
Pero como Ichigo no paraba, la morena seguía intentando escapar de sus brazos hasta que ambos cayeron sobre la cama entre risas. Cuando el muchacho dejó de hacerle cosquillas, se dio cuenta de que estaba entre sentado y tumbado sobre el cuerpo de Rukia. Ella estaba con los ojos cerrados, sonriendo e intentando recuperar el aire después de haberse reído tanto. Su pecho bajaba y subía, acompasado a su fuerte respiración, y tenía las mejillas levemente sonrojadas. Aquella visión enterneció a Ichigo, pero también le excitó.
No dejó que Rukia abriera los ojos, se inclinó sobre ella y besó sus labios con un deseo que no había sentido nunca. La chica se sorprendió al instante, no solo por el beso, sino por la pasión que el chico estaba mostrando en ese momento. Intentó relajarse y corresponderle de la misma manera, pero estaba tan nerviosa que su beso quedó levemente forzado. Notaba las manos de él sobre los costados de su cuerpo, subiendo y bajando, quedando a milímetros de sus pechos los cuales no llegó a tocar, gesto que la muchacha agradeció en ese momento.
– ¿Ocurre algo? –Susurró Ichigo, que seguía rozando sus labios contra los de ella.
– E-e-estoy ner-nerviosa.
– ¿Por qué? –Siguió susurrando él, con un tono levemente sensual.
– Po-porque nunca me habías besado así, y tampoco me habías tocado así… cre-creo que sé lo que sientes y lo que quieres.
Ichigo suspiró y se separó levemente de ella, algo sonrojado porque ella tenía razón y se había dado cuenta con demasiada facilidad. Supuso que sus gestos habían sido demasiado evidentes y se maldijo a sí mismo por pensar en esas cosas cuando Rukia estaba pasando por un momento tan malo.
– Lo siento… te vi demasiado bonita y atractiva y… no pude contenerme –miró con vergüenza hacia abajo, en dirección a su entrepierna, y suspiró aliviado al ver que por lo menos esa parte de su cuerpo no había reaccionado del todo.
– No-no tienes nada de qué disculparte, e-es lo más normal en un chico.
– ¿Y en una chica no?
– Pu-pues también, nosotras también tenemos esos deseos y también nos excitamos –susurró con timidez, mordiéndose el labio–. Pero ahora me pilla demasiado pronto, no- no sé…
– Tranquila –le cortó él–, no voy a obligarte a nada. Esto solo ha sido un pequeño arrebato de pasión pero ya se me está pasando –aunque en verdad aún sentía la sangre alterada en su cuerpo–. Sí, ya se me está pasando.
– ¿Estás seguro?
– Pues claro, ¿por qué lo dudas?
– Estás nervioso, muy tenso y sonrojado –la chica posó una mano en su mejilla y la acarició con suavidad. Él suspiró y cerró los ojos ante el gesto cariñoso.
– No es nada tranquila –susurró sin abrir los ojos para intentar relajarse–. Pronto se pasará, no te…
Pero esta vez fue Rukia la que no le dejó hablar. Había posado ambas manos en las mejillas del chico y besaba sus labios con una pasión y una ferocidad que Ichigo no había sentido nunca en ella. Jamás se habían besado así, tan pasionalmente, de tal forma que parecía que el mundo se fuera a acabar en solo unos instantes y quisieran aprovechar todo el tiempo que les quedaba para saborear sus bocas.
Y no solo sus bocas…
– Ru-Rukia –consiguió susurrar Ichigo cuando notó como ella besaba su cuello, lenta pero con sensualidad, provocando que las sensaciones del pelinaranja fueran cada vez más fuertes y más difíciles de controlar.
– Quiero que me hagas olvidar, Ichigo –le susurró ella al oído, con la respiración alterada por los besos y la pasión que ambos sentían. Sus cuerpos estaban muy cerca el uno del otro, y eso les hacía despertar un calor interno que se sentía demasiado bien.
– ¿Hacerte olvidar? –Preguntó él, ruborizado por los susurros de la morena.
– Sí, solo tú puedes hacerlo –siguió susurrando Rukia–, solo tú puedes borrar de mi mente los malos momentos. Solo tú puedes hacerme ver que esto no es nada malo, sino todo lo contrario –en ese momento se separó un poco para mirar a Ichigo a los ojos, pero estaban tan cerca que casi se les nublaba la vista–. Quiero que me demuestres que hacer el amor contigo es lo más maravilloso del mundo.
Ichigo tragó saliva, con la cara completamente roja y sin poder ocultar una excitación que ya era más que evidente en su entrepierna. Sentía unas ganas tremendas de arrancarle la ropa a esa chica que tenía bajo su cuerpo y hacerla suya como tantas veces había soñado. Pero lo cierto es que también tenía miedo y mucha vergüenza.
– ¿E-estás segura de-de esto? –Titubeó.
– Completamente –dijo ella con convicción–. Ahora lo sé. Estoy enamorada de ti y quiero entregarme a ti… –respiró levemente y luego susurró–, quiero entregarme a ti, quiero que seas el primero y el único de mi vida, por favor. Te necesito a ti.
– Pero… –cerró los ojos con vergüenza–. Ambos somos primerizos, nunca antes lo hemos hecho. Tengo miedo de que esto salga mal.
– No saldrá mal –volvió a acariciar su mejilla–. Yo confío en ti, sé que irá bien. ¿Y sabes por qué?
– ¿Por qué? –Preguntó abriendo los ojos de nuevo.
– Porque nos queremos, y si nos queremos esto siempre saldrá bien –besó de nuevo sus labios, aunque con más ternura y menor desenfreno–. No tengas miedo y hazme tuya –susurró entre sus labios.
– ¿Y si te hiciera daño? –Siguió preguntando él aún entre besos.
– Es mi primera vez, no sería nada raro… pero sé que me tratarás con delicadeza, tú no me harás daño… estoy segura.
Y finalmente Ichigo respiró hondo y se dejó llevar.
Tachán, tachán, ¿qué os parece el final de este capítulo? ¿Sorprendente? xD
La verdad es que no tengo mucho tiempo así que solo me pasaba para subir el capi, que hace mucho tiempo que os tengo esperando ^^ Espero que les haya gustado.
¡Nos vemos en el siguiente! :D
