"Forbidden Paradise"

(Paraíso Prohibido)

Por: Leia Fenix

"Ella era una especie de paraíso, la mujer perfecta en todo sentido de la palabra...pero ese paraíso estaba prohibido para él...y lo sabía...estaba tan prohibido como su entrada al paraíso de los cielos."

Summary alternativo: Técnicamente de 17, Edward a sus 107 años tendrá que ser padre y madre de una joven tan hermosa como su madre, mitad vampiro mitad humana, que heredó su endemoniada personalidad y que la palabra "No está permitido" no entra en su vocabulario.

Declaimer: Absolutamente nada acerca de las historias y los personajes de la genial Stephenie Meyer me pertenece, desgraciadamente EDWAR no es mío (...solo me pertenece la genialidad y originalidad de mi historia).

Advertencia: Creo que está de más advertirles ya que lo he catalogado como reiting M, por lo tanto están avisados de que el contenido de este fic puede (o no es) apto para menores por escenas de violencia o un poco subidas de tono...me explico?¿

Ah y lo más importante Recomiendo que para leer este fanfic ya se hayan leído "Luna Nueva"

Nota de la autora:

Creo que si Edward me dedicara una canción sería "Tarde, como siempre". No tengo escusas. Para ser sincera me lo he pasado de guatita al sol en la playa, tomando mojitos por las noches con los amigos (si, quizás me rapté a los chicos Cullen y me los traje conmigo a la playa, pero no pueden culparme…estoy segura de que si ustedes pudieran también lo harían), saliendo a bailar y haciendo trabajos voluntarios de verano (sí, mi alma solidaria salió a flote).

De toda esta largo tiempo que les he hecho esperar, solo puedo rescatar algo positivo. Doña inspiración vino a hacerme una visita y pues que creen?¿ He avanzado en cuatro capítulos más. Así que espero estar actualizando por lo menos uno por semana (todo va a depender de si la señal de internet llega al lugar remoto en donde ande vacacionando).

Sin quitarles más tiempo me despido. Ejerciten el culo para que no se les atrofie luego de tener que leer 35 largas páginas de Word.

Gracias por el apoyo, por las nuevas lectoras empedernidas que se nos unen, a las que me agregan como favorite autor, favorite storie y también story alert y por las antiguas que siguen al pie del cañón a pesar de la desastrosa conspiración que parece tener el tiempo en contra mía que no me regala minutos para dedicar a la escritura. Ni se imaginan lo feliz que me hacen. Todo este apoyo incondicional es el que me motiva a no abandonar la historia. También un saludo especial al grupo ILOVEDWRDCULLEN que me apoyó desde el comienzo. Salesia, Zamara, Clara, Rizy, Krisel y tantas otras, las llevo en mi corazón…Las adoro.

Como siempre les deseo Carpe noctum

¡A LEER!

Capitulo treinta y tres: "Matthew&Margaret"

De puntillas y con mucho esfuerzo logró sacar las últimas frambuesas que le faltaban. Las arrojó junto con las demás a la cesta, no sin antes llenarse la boca con unas cuantas y se dispuso a regresar a casa. Le fascinaban aquellas frambuesas que crecían de forma salvaje a los pies de los grandes cedros, pero lo que le gustaba más aún eran los deliciosos Kuchen que le preparaba su madre, Bella, con ellas.

Apenas tenía siete años, pero había crecido toda su vida ahí, en el pequeño y perdido pueblo de Forks. Conocía aquel bosque que la rodeaba como la palma de su mano y a diferencia de los niños y niñas de su edad que disfrutaban jugando en la plaza del pueblo, montados en sus bicicletas, saltando a la cuerda, jugando con el balón o con las muñecas, a ella la tentaba el bosque con toda su belleza, tranquilidad y misterio natural.

Corría con sus pies descalzos sobre el frondoso césped, sorteando las ramas de los árboles que se retorcían fuera de la tierra y los piñones que caían de los altos pinos. Su vestido de franela azul cielo estaba hecho girones, pinchado por las ramas, salpicado con el jugo de la fruta y lleno de lodo…y su carita infantil no estaba mucho más limpia. Sus hermosos rizos color bronce estaban abatidos por el viento primaveral, cálido y húmedo, que traía consigo las fragancias de la madreselva, mezcladas con el aroma de la tierra húmeda y la vegetación podrida de los troncos. Sus mejillas salpicadas de pecas estaban teñidas de un dulce rosado al igual que sus labios, y sus ojos de un singular verde esmeralda, se camuflaban con el follaje y brillaban con los rayos de sol que se colaban entre las densas copas de los arboles.

Era uno de aquellos días inusualmente soleados en Forks que su madre adoraba. De algún modo la hacían olvidarse de la pena y la angustia con la que vivía día tras día…y eso hacía feliz a Elizabeth. No recordaba una sonrisa más sincera y bella que la de su madre cuando estaba bajo el sol.

Se detuvo para cortar unas cuantas margaritas blancas que crecían de forma salvaje entre el césped y las flores dedal de oro de las malezas de un colorido naranja. Las acercó a su nariz para absorber el aroma de la primavera en ellas. Sonrió y reanudó su trote libre y saltarín.

-Para ti mamá.- dijo con su vocecita dulce mientras le extendía el pequeño ramo artesanal de flores silvestres y dejaba las frambuesas sobre la mesa de centro de la cocina.

-¡Oh Eli son hermosas!- Le respondió Bella mientras alzaba a su pequeña en un fuerte abrazo y la hacía girar por la cocina.- ¿Frambuesas?- le preguntó alzando una ceja escéptica y una sonrisa cómplice bailando en sus labios carmesí. Sabía lo que le pediría su hijita, pero nada la complacía más que escucharla pidiendo sus caprichos.

-Creo que sabrán mejor en un kuchen ¿podemos ornear uno mamá? Por favor, por favor-

Elizabeth se relamió los labios de solo pensar en los dulces que prepararía su madre. Le respondió con una sonrisa ancha y descargó sobre ella el poder irresistible de sus ensoñadores ojos esmeralda. Bella rió con ganas y le dio un casto beso en la frente.

-De acuerdo, prepararemos un Kuchen de frambuesas juntas. ¿Qué te parece?- propuso.

-¡Siiii!- gritó de alegría Elizabeth mientras abatía sus pequeñas manos en el aire haciendo su propio baile de la felicidad.

-Ok. Lo aremos y luego me acompañaras a la tienda, me toca el turno de la tarde para que tu abuela descanse un poco…y me vendría bien una ayudante pequeña, dueña de unos maravillosos ojos verdes a quién conozco y quiero muchísimo.- dijo Bella compartiendo su alegría.- Pero antes señorita, te irás a cambiar ese vestido, lavarás tus manos y…- Bella humedeció con su lengua la punta de su delantal y luego lo frotó sobre la nariz llena de lodo de Eli para limpiarla.

-¡No mamá!- se quejaba mientras arrugaba la nariz e intentaba apartarse de su madre.

- Ese hermoso rostro que te hice yo también lo quiero limpio.- le dijo con dulzura estallando en nuevas carcajadas.

Ahora esas carcajadas sonaban como música angelical entre los recuerdos de su infancia.

Elizabeth tomó unas cuantas fresas de la ensalada de frutas que Esme le había servido esa mañana, y se las llevó a la boca. El sabor dulce y cítrico estalló en su lengua como la nostalgia de los recuerdos oprimiendo su corazón. Suspiró apenada mientras intentaba ignorar la picazón de sus ojos que amenazaban con romper en lágrimas. Como le habría gustado que su madre hubiese estado ahí para aconsejarla. En esos momentos sentía que estaba tomando la decisión correcta, pero todos parecían pensar lo contrario y en vez de apoyarla estaban enfadados con ella.

-Puede que Alice esté demasiado molesta con tu decisión como para no querer ayudarte a escoger unos buenos conjuntos para el fin de semana, pero moralmente no puedo permitirme que vayas vestida de mal gusto. No pega con la familia.- Rosalie también sonaba molesta, pero eso parecía ser un síntoma normal en ella.

Aunque Alice enfadada daba miedo y pena a partes iguales. Ella le había insistido en que si iba a la boda sólo ocurrirían una seguidilla de cosas malas de las cuales terminaría arrepentida. Les haría daño a muchas personas incluyéndola a ella. Por eso es que desde que había decidido asistir a la boda, a pesar de la resistencia de todos, Alice la ignoraba por completo. Elizabeth suspiró de forma lastimera. Odiaba estar enfadada con Alice.

Rosalie deshizo el bolso que Eli había preparado. En su femenino e inhumanamente hermoso rostro se dibujó un mohín de desaprobación. En menos de cinco minutos ya había preparado una nueva valija con todos los conjuntos, zapatos y accesorios necesarios para el fin de semana que pasaría en la hacienda de los Whitman donde se pasarían celebrando los dos días previos a la boda hasta el gran día que sería el domingo por la mañana, donde darían al sí Matthew y Margaret. Sólo unos pocos, los amigos más cercanos y familiares, habían sido invitados a pasar el fin de semana en la finca, el resto llegaría el mismo día de la boda. Eli contaba como una de las amigas cercanas del novio.

La insistente bocina del flamante, amarillo chillón, vehículo deportivo de Alice, la sobresaltó espantando sus pensamientos.

-Vamos preciosa, ¡tenemos que destruir una boda! No querrás hacer esperar a los novios ¿o sí?- Gritó Thomas tras el volante.

Eli se asomó por la ventana de su alcoba y levantó el pulgar de forma afirmativa hacia Thomas, el único que se había ofrecido gustoso de acompañarla a la boda y ser su chaperón por el fin de semana, lo que le había costado una pelea con su novia Alice…una razón más para que Eli se sintiera como un monstruo. No solo se llevaba a su chico y su lujoso Porche, sino que también creaba disputas entre ellos. El huracán Elizabeth estaba dejando estragos en su familia…otra vez.

Corrió frente al espejo de cuerpo entero e intentó ordenar, por enésima vez, en un tomate casual su indomable cabello. Reparó en su descuidado aspecto y soltó un suspiro resignada, ya no había tiempo para bucear en su enorme ropero buscando algo más elegante. Llevaba puesta una sudadera blanca, una camiseta de tirantes del mismo color, unos jeans desgastados y unos tenis que no tenían nada de glamorosos.

-Si cruzas esa puerta vestida así a Alice le dará un ataque.- le advirtió Rosalie.

-De todos modos ya está enfadada conmigo.- le respondió ella en un tono apenado mientras se recogía de hombros.

Tomó su bolso y salió.

Afuera estaban todos esperándola con caras sombrías y desilusionadas…probablemente todos influenciados por el estado de ánimo de Jasper.

Su abuela Esme evitaba verla a los ojos para no romper en lágrimas. Carlisle se despidió con un beso rápido en la mejilla excusándose con que debía estar pronto en el hospital, cuando lo único que quería era escapar del insoportable dolor que emanaba de su hijo Jasper. Edward ayudó a Eli con el equipaje, mientras en su mirada guardaba para ella una súplica muda de que se quedara para que no cometiera un error.

Alice estaba sentada sobre los escalones de mármol de la entrada hecha un ovillo abrazando sus piernas. Su infantil y hermoso rostro estaba surcado por las escalofriantes lágrimas carmín y su mentón no dejaba de temblar.

-¡Te vas a arrepentir!- bramó antes de ponerse de pié y correr a velocidad vampírica para perderse en la espesura del bosque.

Thomas tenía una expresión inconsolable en el rostro. Hizo ademán de seguirla pero Rosalie lo detuvo.

-Será mejor que yo vaya.- Dijo tajante y fue tras la pista de su hermana.

El ambiente estaba tan tenso que podría cortarse con una navaja. Jasper fue el primero en romper el silencio.

-¿Podemos conversar unos minutos más sobre esto?- su voz ronca y varonil sonaba quebrada, temerosa de lo que Eli pudiera responder.

Eli suspiró cansinamente y cruzó los brazos bajo su pecho. Bajó su mirada por unos segundos y luego la clavó con intensidad en Jasper.

-No sé qué es lo que queda por discutir.- finalmente habló a destajo. Apretó los labios cuando se percató que había sonado más dura de lo que habría querido.- Anoche quedó todo bastante claro.-

Jasper apretó sus manos empuñándolas, pero se demoró en hablar pensando en cada palabra que iba a decir. El resto de la familia permanecía como una audiencia silenciosa.

-Te amo- dijo simplemente. Sus ojos estaban de un color ónix profundo y hambriento.

Elizabeth no fue capaz de sostener esa mirada aplastante que parecía podía verle hasta el alma, así que nuevamente desvió sus ojos a la gravilla del suelo. Todas sus defensas se desarmaron. Jasper ya le había confesado aquello antes, pero nunca había sonado tan sincero y real como en ese momento. Sus brazos se soltaron cayendo a sus costados rendidos por el dolor. Sabía que Jasper no se rendiría tan fácilmente, no estaba preparada para oír todo aquello, no ahora que su corazón se disputaba entre dos personas que amaba profundamente...dos personas completamente distintas.

-Y sé que tú también me amas…solo que aún no te has dado cuenta. Por favor no cometas un error que nos hará sufrir a ambos gratuitamente, no cuando podemos ser tan felices juntos.- habló frente a todos, desnudando su muerto corazón sin pudor alguno. Para él sólo estaba Elizabeth y nadie más.

Ella se tambaleó incómoda. Se apoyó en el coche de espaldas intentando vencer a la gravedad y calmar el fuego que se expandía por su cuerpo desde su pecho. Las imaginarias mariposas que revoloteaban en su estómago le producían vértigo. Llevó una de sus manos a su abdomen intentando aplacar el hormigueo. Una vez que logró calmar su agitada respiración volvió a hablar. Esta vez más convencida de su decisión que nunca. Era inútil alargar por más tiempo éste momento.

-¿Cómo puedo estar segura de que no has usado tu poder en mí…que no me has seducido y enamorado gracias a tu don de manejar las emociones?- Sabía que no era un argumento sólido para justificar su comportamiento, pero esperaba que fuera suficiente para amedrentar la determinación de Jasper.

Y ahí estaba él, de pie frente a ella con su imponente estampa, las hermosas facciones de su masculino rostro contraídas por el dolor de su muerto corazón roto, su cabello rubio desordenado cayendo sobre sus ojos intimidantes que destilaban pura tristeza y más abajo, cruzando su marmóreo cuello, estaba la huella de los dientes de Elizabeth...aquella mordida que se quedaría para siempre como un silencioso testigo de que ambos podían perder la cordura.

Elizabeth tragó saliva pesadamente intentando aplacar la sed insaciable que sentía por la sangre de él.

Jasper necesitó un momento para recobrar fuerzas. Eli lo estaba hiriendo profundamente, tanto que dudaba que alguna vez pudiera volver a sonreír si no era a su lado. Así que defendería su amor por ella incluso si tenía que suplicar y a costa de los últimos vestigios que quedaban de su desmantelado orgullo.

-Déjame demostrarte cuan enamorados estamos el uno por el otro. Sólo te pido una oportunidad que nunca me has dado- le estaba rogando, su voz sensual continuaba teniendo un matiz de tristeza-…una que a él le has dado incontables veces pero que siempre ha desperdiciado.- cuando se refirió a Matt su voz se endureció hasta el punto de rayar en la ira. Sus rubias cejas estaban fruncidas hasta casi formar una sola.

-Yo…yo ya no sé qué es real y qué no lo es respecto a nosotros. Te mentiría si dijera que solo te amo a ti…porque no es así.- Sus cálidas lágrimas escaparon de sus ojos mojando sus mejillas, pero ella ni se molestó en secarlas. Las dejó rodar libres como todo el dolor que emanaba de ella al percatarse del sufrimiento que le producían a Jasper sus palabras sinceras.- Aunque me duela también lo amo a él, no puedo controlar eso. Lo nuestro, cualquier cosa que haya existido entre nosotros es solo una obsesión, es solo el producto de un ritual. Ya es hora de que aterricemos.-

Eli llevó sus manos temblorosas a su nuca y desabrochó la cadena que colgaba en su cuello. De ella deslizó el hermoso y fino anillo de esmeralda con forma de corazón y platino que guardaba colgado en su pecho. Jasper lo reconoció como el anillo que le había regalado cuando estaban en Seattle, fingiendo su compromiso frente a Matt. Quizás ella tenía algo de razón. Todo comenzó como un juego de celos, como una obsesión. Pero Eli se equivocaba al pensar que lo que ambos sentían continuaba siendo una obsesión…ellos se habían enamorado y aquello era tan real como que su corazón jamás volvería a latir. Lo sentía en cada terminal nerviosa de su muerto cuerpo.

Eli se acercó a él, lo suficiente para sentir su frío aliento chocando contra su frente. Tomó una de sus marmóreas y frías manos entre las cálidas de ella, la volteó dejando la palma hacia arriba y depositó con cuidado en ella el anillo. Luego empujó sus dedos empuñándolos sobre el anillo.

-¿Para qué vamos a seguir adelante con una mentira? Ya es hora de que nos dejemos de juegos Jasper…solo déjalo ir.- Intentaba sonar segura, pero estaba más asustada que nunca. Sus lágrimas continuaban cayendo silenciosas.- Ninguno de los dos está preparado para esto. Guárdalo, quizás algún día logremos averiguar si ese paso era el correcto.-

Tenía sentimientos encontrados. En su pecho no podía dejar de sentir esa extraña y molesta sensación de que algo no estaba bien. Besó con parsimonia la mano de Jasper que contenía el anillo y fue a refugiarse dentro del coche de su tía lo más veloz que pudo. Sentía como si sus pies se hubieran convertido en cubos de plomo.

Thomas entendió la indirecta y con la misma rapidez se puso tras el volante. Se despidió de todos con un gesto rápido de manos, mientras Eli se abrochaba el cinturón cabizbaja.

Thomas arrancó y se deslizaron raudos por el camino de entrada flanqueado de altos pinos. Elizabeth ahogó un grito de sorpresa con su mano cuando sintió chocar las palmas de Jasper contra el cristal de su ventana.

Thomas frenó en seco.

-No te vayas…te lo suplico.- Jamás había visto a Jasper en ese estado y eso le dolía profundamente. Pero no estaba segura si le dolía porque ella lo amaba o porque Jasper la hacía sentir de ese modo con su habilidad extrasensorial.

-Por favor Thomas no te detengas.- le pidió fríamente ignorando a Jasper.

Jasper volvió a golpear con sus puños el cristal controlando su fuerza para no romperlo. Sus ojos agónicos se volvieron de pronto duros y fríos. La traspasaban como un filoso cuchillo haciendo añicos su corazón.

-Si te marchas me iré…para cuando vuelvas ya no estaré aquí. No me volverás a ver nunca.- Las palabras que salieron de sus mortales labios fueron tan mortíferas como su veneno.

Elizabeth se negó a creer en sus palabras. Jasper sólo decía eso porque estaba enfadado. Miró a Thomas y asintió con su cabeza dando su aprobación para que se pusieran en marcha. Thomas dudó un segundo y luego apretó el acelerador a fondo sacándolos a la carretera lo más rápido posible.

Aún en la distancia Elizabeth podía oír los gritos de Jasper.

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-Y… ¿cuál es el plan?-

-¿El plan?- preguntó Eli ceñuda. Sentía su rostro tirante por las lágrimas que se habían secado solas sobre sus mejillas.

Thomas hizo un gesto tamborileando los dedos contra el volante de forma distraída.

-Supongo que tienes pensado algún plan para romper con la boda de tu chico ¿eh? Simplemente no creo que sea buena idea improvisar.-

-Tienes razón.- admitió ella mientras se llevaba un dedo a la boca y comenzaba a mordisquear nerviosa su uña.-Realmente no lo había pensado de esa forma.-

Thomas rió con ganas.

-Por suerte para ti yo ya había pensado en ello.- le dijo mientras le apartaba la mano de la boca.

Elizabeth lo observó esperanzada y esperó a que continuara.

-Si te parece bien, quizás lo más efectivo es que lo torturemos con los celos.-

-¿Los celos?- preguntó Eli sin pillarlo.

-Sí, los celos. La mayoría de los compromisos se quiebran a causa de los celos…pueden ser un arma muy poderosa en casos como estos.-

Elizabeth rió sombríamente.

-Ya he probado ese juego con Jasper y, a pesar de los celos, Matt ha seguido adelante con su nefasta boda.- dijo con un humor negro.

-Quizás no supieron presionar debidamente.- la contradijo Thomas.

Elizabeth lo miró por primera vez realmente intrigada.

-Siento decir que tú y Jasper no lograron ser del todo convincentes.- lo dijo sin intención de herir a Eli, pero de todos modos observó como ella se empequeñecía en el asiento del copiloto y sus facciones se bañaban de un halo de tristeza.-Esta vez Matt sentirá la presión de la boda y de su familia.- Continuó.- Los novios siempre están inseguros los días previos a las bodas. ¿Estarán haciendo lo correcto? ¿Es justamente eso lo que quieren para sus vidas? ¿Es el momento de hacerlo? ¿Es la persona con la que quieren pasar el resto de sus vidas? Un sinfín de cuestionamientos que hacen tambalear su seguridad. Es el momento preciso para poner en jaque sus decisiones…incluso hacer dudar a su familia.-

-Su familia no es un problema para mí. Siempre han sido muy amables y cariñosos conmigo, incluso cuando no necesariamente debían serlo…- comentó Eli en su defensa, pero Thomas la cortó.

-Pero aún así no has sido lo suficientemente buena para ellos como para ser la futura esposa de su único hijo.- dijo él sin piedad.

Eli bajó su mirada empañada a sus manos, que reposaban sobre sus rodillas, para que Thomas no viera cuanto le habían afectado sus palabras.

-Sé que esto te duele, pero soy tu amigo…o por lo menos me considero como tal, y no voy a mentirte. La verdad duele.-

Eli asintió en silencio.

-¿Cuál es el plan?- preguntó ella luego de un rato cuando sintió su voz más segura y firme.

-Preséntame como tu nuevo novio.- desvió su mirada de la carretera para posarla en ella. Luego esbozó una sonrisa deslumbrante al ver que Eli le devolvía la mirada atónita con la quijada caída.

-De ningún modo. ¡Eres el novio de mi tía!-

-Ellos no tienen porque saber eso.- le retrucó.

Eli se llevó los dedos a masajear sus sienes mientras pensaba a toda velocidad.

-Seré el chico encantador e irresistible.- Continuó Thomas sonando bastante convincente.- Aquel que va por partida doble, adorado por las mujeres jóvenes tanto como por las adultas. Y tú serás la mujer por la que estoy totalmente perdido. Además habrías encontrado a alguien mucho mejor que Mathew…y todos lo sabrían. Es justamente eso lo que desencadenaría los celos irracionales del chico. Lo volveremos loco en tan solo un fin de semana, tanto como para que se cuestione seriamente su futuro matrimonio. Ahora viene tu parte.-

-¿Mi parte?- Elizabeth dejó de frotar sus sienes y lo miró fijamente.

-Ya has hecho el papel de la chica irresistible así que no creo que esta vez te vaya a costar tanto como las anteriores. Tendrás que hacerle ver todo lo que se está perdiendo al no estar a tu lado. Recuérdale todo lo bien que lo pasaban cuando estaban juntos, desentierra los mejores momentos.-

Elizabeth recargó su cabeza contra el asiento y soltó un suspiro resignada.

-Simplemente no puedo dejar de pensar que es una locura.-

-Sí, una locura de amor.- coincidió Thomas tan risueño como siempre.- Pero el hecho de que ya estemos conduciendo hacia esa boda es parte de la locura.-

-¿Qué piensa Alice de todo esto?-

-Alice…-comenzó Thomas. Su radiante sonrisa se borró de pronto. Intentó disimular una mueca de desaprobación pero Eli alcanzó a captarla.-El problema de Alice es que es imparcial. A ella realmente no le importa lo que quieres tú, sino lo que ella quiere y eso es algo que no comparto en lo absoluto. Ella quería que te quedaras con Jasper, porque piensa que es lo mejor tanto para ti como para él, pero tú has decidido luchar por Matt. Soy un ferviente convencido de que en el amor y en la guerra todo lo vale. Por eso estoy aquí Eli…te apoyo.-

-No haré nada que los ponga en una situación difícil a ti y a Alice. Si es así iré por mi cuenta a la boda.- terció ella.

-Yo ya he decidido acompañarte.- dijo convencido y en su tono relajado de siempre.- Ya tuve esta conversación con Alice. Simplemente esta vez no hemos estado de acuerdo. No siempre las parejas lo están. Ya te he mencionado mi punto de vista y ella piensa distinto que yo al respecto. Eres mi amiga y ella es mi chica, el hecho de que te quiera ayudar como un amigo no cambia las cosas entre yo y Alice…digamos que es una especie de prueba de Fe que debemos atravesar.-

Se detuvieron en el pueblo para llenar el tanque de gasolina. Thomas bajó del vehículo y se dirigió al servicentro para sacar dinero en efectivo.

Eli permaneció en el coche. Sentía todo este barullo de sentimientos como una molesta opresión en el pecho. La despedida con Jasper la había dejado mal. Solo esperaba que sus palabras no fueran más que un arrebato del momento. Jasper solo estaba enfadado. Cuando regresara a casa él aún estaría ahí ¿verdad? Se sentía mareada. ¿Cuándo acabaría su sufrimiento? ¿Cuándo podría vivir en paz? Amar a dos personas, y tan distintas entre sí, la estaba matando.

Recorrió con su mirada las tiendas del frente. Sus ojos se detuvieron fijos en las puertas de la ferretería de los Newton. Soltó un jadeo de dolor mientras veía uno que otro transeúnte entrar en la tienda para resguardarse de la insipiente lluvia que había comenzado a caer. Guardaba tras esas puertas tantos recuerdos de su infancia y adolescencia, buenos y malos…algunos que prefería olvidar. Cerró sus ojos con fuerza para que las lágrimas no saltaran fuera de sus ojos. El dolor la estaba agotando. Se concentró en el relajante sonido de las gotas de lluvia chocando contra el cristal de su ventana intentando serenarse. De pronto se sintió demasiado cansada como para volver a abrir los ojos. Era consciente que se encontraba entre la frágil línea de lo real y el mundo de los sueños así que sin prestar más resistencia, se dejó arrastrar por la fuerza de esos recuerdos que llevaba tanto tiempo reprimiendo.

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Llovía.

La campanilla que colgaba de la puerta de la ferretería tintineó avisando la llegada de un nuevo cliente. Elizabeth dejó a un lado su trozo de kuchen de frambuesas, que había preparado esa mañana junto a su madre, para recibir a los clientes.

-Hola. Soy Elizabeth, ¿en qué puedo ayudarlos?- se presentó con una personalidad única y encantadora.

Sus labios estaban teñidos con las frambuesas y su hermoso cabello cobrizo estaba atado en una coleta alta con una elegante cinta rosa que hacía juego con su vestido. La señora Lauper pensó que era la personita más tierna que jamás había visto. Le tendió una mano cariñosa a modo de saludo y le sonrió amable.

-Que tal Elizabeth. Soy Maggy Lauper, y éstos son mi esposo Julian y mi hijo Matthew.-

Elizabeth le estrechó la mano. Se sorprendió por la suavidad de sus manos y la belleza de su rostro pecoso, pero lo que realmente la tenía fascinada era su cabello tan rojo como el fuego. Por un momento pensó que si lo tocaba se quemaría. El señor Lauper parecía mucho más mayor que ella. Su rostro era frío y calculador. Parecía que observaba al mundo desde su hombro hacia abajo. El chico chasqueó la lengua llamando la atención de Eli.

Era un poco más bajo que ella. Su cabello era de un castaño oscuro como el de su padre al igual que sus grandes ojos de un celeste glaciar que congelaban la sangre. Sin embargo, sobre sus pálidas mejillas habían desperdigadas unas cuantas pecas traviesas como las de su madre. Tenía una postura altanera y vestía demasiado elegante como para confundirse con un chico pueblerino. Su rostro estaba enfurruñado en una mueca de disgusto. No parecía estar contento de estar ahí. Aún así observaba a Eli con curiosidad. De algún modo ella se sintió intimidada, sin embargo su madre hizo aparición y desvió la atención del muchacho.

-Disculpen la demora. Soy Bella. Veo que ya conocen a mi pequeña Eli.- se presentó Bella mientras acariciaba con cariño la cabeza de su hija.- ¿En qué puedo ayudarlos?-

-Somos nuevos en el pueblo. Acabamos de llegar de Francia. Compramos una casa, pero la verdad es que está en bastante mal estado. Tendremos que reformarla por completo y nos dijeron que aquí encontraríamos los materiales que nos hacen falta para comenzar con las obras.- por primera vez habló Julian. Su voz era tan amable como la de su esposa, además que estaba marcada por un fuerte acento francés.

-Sí, han venido al lugar indicado. ¿Qué tienen pensado?-

Durante la siguiente hora Julien, Maggy y Bella discutieron acerca de los materiales más adecuados para las reformas que tan bien había dibujado el señor Lauper en unos planos. Con la conversación Eli se enteró de que el señor Lauper era un renombrado arquitecto Francés que había dedicado gran parte de sus años en ésta profesión a restaurar palacios, castillos, los famosos château franceses y las casas antiguas de millonarios por toda Europa; mientras que la señora Lauper era una codiciada diseñadora de interiores, nacida en San Francisco, que se había desenvuelto profesionalmente en la frenética y estrambótica ciudad de Nueva York. Justamente ahí había conocido al que era hoy su esposo, mientras él estaba en una convención de arquitectos. Se habían enamorado perdidamente, y a pesar de que extrañaba vivir en norte América, Maggy lo había seguido hasta Francia dejando a su familia en el nuevo continente. A pesar de la fama de su esposo, los últimos años el negocio había decaído bastante. Más tarde Eli se enteraría de que no era solo el negocio lo que iba mal en Francia, sino que el padre de Matt era un adicto al juego y sus apuestas los habían llevado a caer en una crisis económica de la que simplemente no pudieron salir teniendo que declararse en banca rota.

Así que sin más opciones habían tenido que regresar, como última opción, a América. La familia de Maggy los había ayudado a comprar una casa en Forks además de prestarles un pequeño capital para que comenzaran una microempresa de contratistas para que se desenvolvieran en sus distintas labores. Ambos funcionaban bien juntos, y el hecho de que hicieran un equipo, tanto decorando interiores como reformando casas, era una ventaja a la hora de recibir las peticiones de algún cliente.

Se quedarían dos años más en Francia mientras acababan con unos asuntos legales y para ese entonces pensaban tener su casa ya reformada para el traslado.

-Son amables ¿verdad?- le preguntó su madre abrazándola contra su costado una vez que la familia Lauper se había marchado.

Eli asintió mientras componía una de sus encantadoras sonrisitas.

-Sobre todo el pequeño Matt. No te ha quitado el ojo de encima y tu tampoco lo has dejado de mirar ¿No te parece guapo Eli?- le preguntó Bella picándola.

Eli arrugó su pequeña nariz y negó en forma desaprobatoria. Pero Bella pudo distinguir la mentira en las mejillas de su hijita ahora encendidas de un adorable rosa.

-¡Uy! Mírate nada más esa carita hermosa, estás para devorarte con esas mejillas sonrosadas.- le dijo en tono meloso mientras se abalanzaba sobre la pancita de su hija y le hacía cosquillas.

Ambas comenzaron a reír estrepitosamente mientras Eli probaba zafarse del agarre de su madre empujándola con sus pequeñas manitas. Pararon luego de un rato, recostadas sobre el suelo, recuperando el aliento. Eli se abrazó al estómago de su madre y respiró su dulce aroma. Bella se dedicó a peinar con sus dedos su largo cabello cobrizo con cariño.

-Tienes suerte, no todos podemos encontrar nuestro verdadero amor a los siete años.- le dijo su madre sin perder su dulzura, pero nuevamente su voz estaba teñida con el velo de la tristeza.

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Thomas frenó de golpe y el cinturón de seguridad de Elizabeth se incrustó contra su cuello de forma dolorosa. Pestañeó un par de veces asustada y se llevó una mano a sobar el cuello. Luego le lanzó una mirada acusadora al chofer.

-Lo siento, aparecieron de la nada.- se excusó mientras apuntaba al frente del parabrisas.

Eli escudriñó a través de la densa cortina de lluvia y pudo ver a un vigía con el símbolo de STOP mientras a sus espaldas desfilaba una fila de pequeños niños, como una cuncuna de colores, agrupándose rápidamente bajo la parada del autobús escolar evitando la lluvia.

No se había dado cuenta en qué minuto Thomas había regresado al auto y menos cuando se pusieron en marcha otra vez.

Las últimas palabras de su madre seguían dando vueltas en su cabeza. Incluso para ese entonces, con sus tempranos siete años, Bella sabía que ella y Matt estaban hechos el uno para el otro. Aún estaba algo adormilada. Había sido sacada abruptamente de su estado somnoliento y aún no se sentía con las energías suficientes como para despertar del todo. Recostó su cabeza contra el respaldo mientras se dedicaba a observar a los niños esperando el autobús escolar. Cuantos recuerdos en esa parada de autobús. Suspiró, cerró los ojos y pensó en esos recuerdos de su robada infancia, desenterrándolos con dolor.

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Aún era de noche cuando los gritos rabiosos de su abuela la despertaron de un sopetón.

-¿Aún sigues acostada holgazana? Levántate de una buena vez que ya estás retrasada. Tienes que ir a dejar un pedido a la casa de los Crowley y hacernos el desayuno a mí y a tu padre antes de que te vayas a la escuela. Si te retrasas tendrás que atenerte a las consecuencias pequeña mugrosa.-

Se levantó obediente, besó la foto de su madre que descansaba sobre la mesita de noche e hizo su cama tan rápido como sus pequeños brazos se lo permitían. Si no quedaba bien hecha la abuela se lo reprocharía. El frío de la cerámica se traspasaba a sus pequeños pies descalzos mientras caminaba apresurada al baño. Se puso de puntillas para verse mejor en el espejo que colgaba sobre el lavabo. Bajo sus grandes y brillantes ojos de un inusual color esmeralda se acentuaban unas horribles ojeras grisáceas que no debían estar allí. Se dio una ducha rápida y dejó su largo cabello cobrizo goteando sobre la espalda, no había tiempo de secarlo, mientras se dirigía apresurada a la cocina. Su padre y la abuela ya estaban ahí. Ambos le lanzaron una mirada despectiva. Ella cogió rápidamente el pan y lo puso a tostar sobre un tostador viejo, desvencijado y oxidado.

-Lo siento, no quise tardar.- se disculpó con un hilo de voz.

-Más te vale no tardar la próxima vez.- le reprochó su abuela.

Su padre sólo soltó un gruñido desde su asiento en la mesa, sin despegar sus ojos del diario que leía.

Elizabeth a sus jóvenes nueve años no llevaba la vida normal de cualquier niña de su edad. Su día a día, luego de la reciente muerte de su madre, se parecía más a la de fábulas de "La cenicienta". Su padre, Mike Newton no podía dejar de acusarla cada vez que podía de ser la responsable de la muerte de su madre…y su abuela, la madre de éste, no veía en ella una nieta, más bien para ella Elizabeth sólo se trataba de un peón más en su juego de ajedrez. La utilizaba a destajo tanto como le convenía.

Elizabeth sacó las cuatro tostadas que ya estaban listas y las puso sobre la mesa. Iba a tostar unas cuantas más cuando la abuela le quitó el pan y lo guardó en una gaveta con llave. Mike cogió dos tostadas y la abuela una. Luego de la muerte de su madre muchas cosas habían cambiado, entre ellas su desayuno, el cual Bella siempre se esmeraba tanto en preparar para ella, agregándole toda clase de cosas que le gustaban, como huevos a la copa, jamón y queso fresco. Elizabeth suspiró resignada mientras le untaba un poco de mermelada a su tostada. Al parecer tendría que acostumbrarse a su nuevo escuálido desayuno.

La tostada no aplacó el hambre que tenía, y mientras intentaba ignorar los gruñidos de su estómago, lavó rápidamente los trastos para ir a la escuela. Eran las seis de la mañana cuando salió de su casa cargando su bolso abarrotado de libros y casi más pesado que ella. Debía caminar todos los días dos quilómetros, bordeando la carretera, para llegar a la parada del autobús de la escuela…y por las tardes luego del instituto, tenía la obligación de ir a trabajar a la tienda de la abuela y cuando le quedaba algo de tiempo visitaba a su adorado abuelo Charlie. Pero por las noches, a la luz de una linterna, debía terminar sus deberes de la escuela y sólo entonces se podía permitir dormir.

Frotó sus ojos adormilados con sus manos enguantadas. Aquellas horas de sueño no eran suficientes. Los días se hacían cada vez más largos y monótonos sin su madre. Reanudó el paso más veloz para alcanzar a llegar a la parada del autobús a tiempo. Se dio ánimos mientras intentaba ignorar el frío que se colaba por sus holgadas ropas. Al menos la escuela era la mejor parte del día. A pesar de que no se llevaba bien con sus compañeros de clase, era el único momento en el día que podía dejar para ella. Las clases le agradaban y tenía una particular habilidad para aprender muy rápido, lo que le permitió ganarse la simpatía y la aprobación de varios profesores.

Llegó justo a tiempo para alcanzar el autobús, un par de chicos ya estaban ahí también esperándolo. Mientras se sentaba en un asiento libre, recordaba las veces en que Bella la iba a dejar en su viejo Chevrolet del 53 rojo hasta el autobús. Se quedaba de pie recargada contra la camioneta mientas la despedía con una mano y la promesa de que la estaría esperando de regreso luego de la escuela…pero eso ya no sería más así.

La sala estaba abarrotada cuando Elizabeth llegó. Le dolían los pies, pero se obligó a forzarlos un poco más para llegar a su pupitre al final de la sala. Todos estaban muy ocupados hablando de las recientes fiestas como para percatarse de su presencia y molestarla...práctica habitual entre sus compañeros.

Lucy Horn, la mejor amiga de Margaret Whitman, había pasado navidad y noche vieja en Irlanda con sus tíos, mientras que Adam Theron comentaba que había estado en un crucero con su familia recorriendo el Caribe. El resto no paraba de comentar la fiesta de navidad que había ofrecido la familia de Margaret en su lujosa finca en las afueras de Forks. Elizabeth había tenido que ir por obligación con su padre y su abuela…y había odiado cada minuto ahí. No recordaba una navidad más triste. Era la primera sin Bella. Todos los presentes la habían mirado con lástima y cuando le ofrecían el pésame, sólo la hacían recordar una y otra vez que su madre estaba muerta…nunca más volvería a verla, oler su perfume, besarla, abrazarla ni hablarle.

La voz de la joven profesora de artes plásticas la sacó de sus tristes recuerdos.

-Buenos días. Tengan la amabilidad de guardar silencio por favor que ya ha comenzado la clase.- Les saludó cordial mientras se quitaba su abrigo.

Tomó la tiza que descansaba sobre su escritorio y comenzó a hacer unos bosquejos en la pizarra explicando rápidamente lo que harían esa clase. Mientras explicaba, fue interrumpida por unos golpes en la puerta. Se dirigió rápidamente a ella y dejó pasar con una sonrisa amable a la directora que venía acompañada de un chico desconocido. Era el primer año de Jessica Stanley como directora del instituto luego de haber sido profesora de historia. Esperó a que todos guardaran silencio y lo presentó a toda la clase.

-Bien mis queridos alumnos. Les vengo a informar que desde hoy se integra a éste curso un nuevo alumno, el joven Matthew Lauper.- comenzó la directora dándole un empujoncito al chico tímido para que caminara al centro de la sala.-Viene desde Francia. Espero que lo reciban con toda la amabilidad que merece para que se sienta como en casa. Bienvenido Matthew.- finalizó dándole unas pequeñas palmadas en la nuca.

-Puedes sentarte en el pupitre libre al lado de Elizabeth.- lo invitó la profesora y luego continuó con su clase como si nunca la hubieran interrumpido.

Matt avanzó altanero y con una mirada desconfiada hasta el pupitre. Se sentó con movimientos rígidos y ordenó sobre la mesa de forma meticulosa los cuadernos y los lápices que llevaba consigo. Lego se sentó derecho y clavó su mirada mercurio al frente fingiendo que oía a la profesora.

-Hola.- dijo Eli en un susurro para no llamar la atención de la profesora.- Soy Elizabeth, bueno Eli.-

Pero Matt no respondió a su saludo. Tampoco volvió a tocar sus materiales ni a moverse. Era una perfecta estatua.

Elizabeth quiso seguir preguntando -¿me recuerdas? Nos conocimos en la tienda de mi abuela hace unos años.- pero la fría indiferencia de él hizo que decidiera mejor guardar silencio.

Era difícil saber si estaba respirando o no. Lo único que le aseguraba a Elizabeth de que su compañero seguía con vida era el parpadeo ocasional de sus ojos y su pausada respiración.

Con el pasar de los días Elizabeth comprobó que la desconfianza de Matthew era inquebrantable. Lo único que la hacía sentir ligeramente mejor era que al menos no era a la única a la que ignoraba, puesto que en realidad él no charlaba con nadie de la escuela.

El primer mes que transcurrió en la escuela se había vuelto una rutina. Tomaban el autobús en la misma parada, pero jamás se dirigían la palabra ni en clases ni tampoco en los recreos. Matthew siempre se ausentaba para la hora del almuerzo, y aunque Elizabeth no sabía adónde iba, él siempre regresaba a tiempo para las clases de la tarde.

Tal vez fuera el hecho de que él la ignoraba o simplemente el hecho de que fuera el chico nuevo, pero de una forma u otra Matthew Lauper la intrigaba por completo.

Elizabeth nunca hacia los deberes de la escuela y mucho menos dedicaba tiempo al estudio. La verdad es que con las tareas que le asignaba su abuela y su padre ya no tenía tiempo para cosas de la escuela. Al salir del instituto debía ir a trabajar en la tienda y luego iba a visitar a su abuelo Charlie.

Pero esa mañana el profesor de lenguas no se compadecería de ella.

-Señorita Newton. El informe de literatura contemporánea lo pedí hace ya ¡un mes! No me importa si es la alumna con las calificaciones más altas de mi clase. Siempre la he admirado por ello. Pero eso no le da el derecho a burlar mi autoridad y no entregarme el informe que pedí, aún esperando que no la haga reprobar la asignatura. No me gustaría tener que informar a su apoderado de esto.- estaba realmente enfadado. Respiró un par de veces hasta que pudo recobrar el timbre amable de su voz y recordar que sólo estaba tratando con una niña.- Señorita Newton. No me malinterprete. Es una de mis alumnas más brillantes y espero que lo siga siendo. No suelo dar tantas oportunidades así que espero realmente que aproveche ésta. Quiero ese informe mañana en mi escritorio o no podré evaluarla. ¿Nos entendemos?-

Elizabeth lanzó un resoplido mientras avanzaba rápidamente hacia la biblioteca del instituto. Por la tarde no tendría tiempo de hacer el informe, así que su única posibilidad era sacrificar la hora de almuerzo. Solo esperaba acabar el informe a tiempo. No podía permitirse reprobar. Temblaba de solo pensar en lo que diría su abuela y lo que le haría su padre si se enteraran.

La biblioteca era pequeña pero acogedora. Las pocas estanterías que plagaban el lugar estaban abarrotadas de libros. Eli fue por los libros que necesitaba cuando escuchó un murmullo que provenía de la estantería continua. Espió por entremedio de los libros y descubrió a Matthew sentado en el suelo con un pesado libro sobre las rodillas. Al parecer estaba teniendo dificultades para leerlo.

Entonces Eli lo supo. A pesar de que Matthew comprendía el inglés, no era capaz de hablarlo con fluidez y mucho menos de escribirlo correctamente. Se veía realmente atormentado y se esforzaba por pronunciar bien cada palabra.

Eli reunió el suficiente coraje para hablarle otra vez, aún si corría el riesgo de que él la volviera a humillar ignorándola.

-Si lo deseas puedo ayudarte con el inglés, se me da bien esa asignatura.- no se molestó en saludarlo, fue directa al grano.

Matthew levantó los ojos alarmado. Su rostro siempre pálido de pronto se había vuelto rojo. El rubor alcanzaba incluso sus orejas. Se puso de pie frente a ella y cerró el libro.

-A cambio quizás tú podrías enseñarme algo de francés…claro, solo si te parece bien.- le propuso ligeramente avergonzada al no recibir ninguna respuesta de él.

El rostro del chico era dubitativo. La observó por unos minutos que a Eli se le antojaron eternos y por fin habló con su marcado acento francés.

-Te recuerdo…eres la chica de la tienda ¿verdad?-

A Elizabeth la tomó por sorpresa. Iba a decir algo pero él fue más rápido.

-Acepto tu propuesta.-

-¿Ha si?- se mordió la lengua sabiendo que había sonado de lo más boba.

Él se movió algo incómodo y luego continuó.

-Lamento haber sido tan grosero todo este tiempo. Pero… ¡diablos! estoy realmente avergonzado. Me cuesta hablar inglés. Me siento como un completo idiota barboteando las palabras.- realmente sonaba afligido. Elizabeth tuvo que hacer un esfuerzo por comprender lo que decía.

-En ese caso… ¿listo para aprender inglés?- Elizabeth alargó una de sus manos hacia la de él para cerrar el trato.

Él compuso una sonrisa llena y sincera que alegró a Eli. Luego estrechó su mano.

-¿Lista para aprender francés?-

Desde entonces ella y Matt se habían hecho amigos inseparables. A Elizabeth le sorprendió la rapidez con que Matt había aprendido el inglés. En tan solo un par de meses ya lo hablaba con fluidez y escribirlo le costaba cada vez menos. Sin embargo ella y el francés no se habían logrado entender. Logró aprender unas cuantas palabras y luego lo dejó dándose por vencida. De todos modos no tenía importancia. Había ayudado a Matt y a cambio había ganado un amigo.

A Elizabeth le gustaba considerar a Matt como el hermano que nunca había tenido. Regresar con él en el autobús era uno de sus momento preferidos, como también lo eran los fines de semana, cuando ella acababa con los encargos de su abuela, y ambos escapaban al bosque de excursión.

Con Matt su vida era más fácil, era feliz. Por unos instantes se olvidaba de la horrible vida de esclavitud que llevaba al lado de su abuela y su padre…incluso Matt la hacía olvidar la pena que sentía por la pérdida de Bella.

Para cuando tenían catorce años, se habían convertido en los mejores amigos, hacían todo juntos. El resto de sus compañeros comenzaba a burlarse de ellos preguntándoles si eran novios.

Pasaban las tardes en la casa de Matt compartiendo con la familia de él o tratando de trepar los altos pinos del bosque, corriendo por las llanuras, tomando helados en la plaza del pueblo, estudiando las estrellas desde el techo de la casa de Matt y charlando de todo…incluso de su nueva archi-enemiga, Margaret Whitman.

Ella y Margaret habían sido amigas desde que tenía recuerdos. Sin embargo con la llegada de Matt, Margaret se había distanciado abrumada por los celos. Ya casi no compartía tiempo con ella y el que tenía prefería pasarlo en compañía de Matt. A medida que pasaban los años, ella y Margaret se distanciaban más. Ya no solo habían dejado de frecuentarse, sino que sus gustos eran completamente diferentes.

Ahora Margaret disfrutaba más humillándola que siendo su amiga.

Una tarde, mientras se dirigían a la parada del autobús, Matthew estaba inusualmente serio y cabizbajo, incluso nervioso. Cuando Elizabeth intentó preguntarle qué le ocurría, sólo consiguió que él se sonrojara y esquivara la pregunta. De a poco comenzaron a llegar el resto de los estudiantes y Matthew se sumió en el más sepulcral de los silencios. Elizabeth temía que se hubiera enfadado con ella. Repasaba en su mente todas las cosas que habían hecho durante el día intentando encontrar algo que pudiera haberle molestado a su amigo. Pero por más que se rebanaba los sesos no hallaba nada. Se bajaron en la misma parada. Matthew esperó a que todos se hubieran ido para hablar por fin.

-Me gustas.- fue todo lo que dijo apenas en un tímido susurro.

-Ya. Yo también te quiero bobo. Pero no veo la razón por la que eso te ponga tan nervioso.- rió ligeramente. Se dispuso a caminar hacia su casa, pero Matt la retuvo.

-Te quiero Eli.- su mirada mercurio se había vuelto intensa.

Esa revelación desconcertó a Eli por completo. Titubeó antes de contestar. Luego soltó una carcajada.

-Es la cosa más estúpida que has dicho jamás. ¿Me estás tomando el pelo?-

Matthew estaba totalmente asombrado. La respuesta de Eli no era precisamente lo que esperaba escuchar. Guardó silencio sin dejar de escrutarla con sus gélidos ojos. Eso fue todo lo que necesitó Elizabeth para entender que él no estaba jugando.

-Oh Matt. Yo te quiero, te quiero mucho, pero como una hermana. Por favor no me hagas esto. No estropees lo más lindo y preciado que tenemos…nuestra amistad.- estaba compungida y abrumada por la noticia.

Cuando eran apenas unos críos de diez años, Matt y ella se habían dado su primer beso mientras hacían ángeles de nieve. Pero eso no había pasado más allá de una travesura, de un juego. Rápidamente quedó en el baúl de los recuerdos y no habían vuelto a sacar el tema a flote hasta ahora. Realmente no estaba preparada para la declaración de Matt. Pero estaba decidida a no dejar que esa revelación arruinara su amistad.

-Yo no tenía intención de arruinar nada. ¡Yo no mando a mi corazón! Es lo que siento.- Comenzaba a cabrearse. No sabía si había escogido un mal momento para soltar la bomba o si lamentablemente ella no le correspondía a su amor.

-Creo que ha sido suficiente por hoy. Descansa y quítate esa loca idea de la cabeza. Nos vemos mañana para ir a la escuela. Adiós.- dijo apresurada y se largó corriendo hacia su casa sin mirar atrás.

-Eli…Eli…Eli…- la voz de Matt se iba perdiendo en el apabullante sonido de las hojas otoñales azotadas por el rabioso viento.

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-Eli…Eli ¡despierta!-

Elizabeth abrió los ojos de golpe aún aturdida.

-Siento haberte gritado, pero no despertabas. Creo que tenías una pesadilla.- El inhumanamente hermoso rostro de Thomas estaba muy cerca del de ella. Su aliento frio y delicioso chocaba contra su nariz y sus ojos topacio líquido la estudiaban con preocupación mientras frotaba una de sus frías manos de forma conciliadora sobre el hombro de ella.

Eli le hizo un rápido escáner reparando en los pequeños, pero no por eso menos perceptibles, cambios que se habían efectuado en él. Se había quitado los anteojos redondos que usaba por costumbre desde su vida pasada como humano, dejando al descubierto sus fantásticos ojos de un oro derretido. También se había soltado, de la típica coleta que llevaba en la nuca, su cabello largo, dejándolo caer en pequeños risos desordenados sobre sus hombros dándole un aspecto sensual y angelical, como un hermoso arcángel caído. Aún con todo no dejaba de perder ese aire intelectual que siempre lo caracterizaba.

Elizabeth sentía como la sangre llenaba sus mejillas tiñéndolas rosa. Pestañeó un par de veces intentando desencantarse del efecto que causaba en ella la cercanía del hermoso y sexy rostro del novio de su tía.

-Sí…una pesadilla.- sonrió ella un tanto compungida mientras se incorporaba en el asiento.- Oh! ya llegamos.- dijo mientras estudiaba la lujosa y gran casa de los Whitman.

-Así parece.- Le dijo Thomas tan sonriente como siempre.

Primero bajó él del vehículo y luego se dirigió a la puerta del copiloto para ayudarla a bajar, tan educado como Edward. A Elizabeth se le cayó el corazón hasta el piso cuando lo vio de pie frente a ella.

Solo Alice podía estar a la altura de ese bombón. Thomas vestía un terno gris a rayas, una camisa blanca y unos lustrosos zapatos. Para rematar llevaba un hermoso y elegantísimo pañuelo de seda, color oro opaco, atado en un sobrio moño envolviendo su marmóreo cuello y haciendo juego con sus inhumanos ojos.

Elizabeth limpió sus manos sudorosas en sus desgastados vaqueros antes de tomar la mano que le ofrecía Thomas. Se reprochó mentalmente el haber llevado a Thomas como su pareja, desentonaban completamente…sería poco creíble el decir que eran algo más que amigos, aunque en la práctica solo fingían.

El mayordomo salió a recibirlos cordial. Luego se apresuró a ayudar a sacar el equipaje mientras Thomas le daba las llaves del Porcheal valet parcking.

Una vez dentro del hall de la casa, el mayordomo guardó sus abrigos y los hizo esperar mientras anunciaba su llegada.

-Es una casa hermosa y elegante ¿no crees?- le preguntó Eli mientras daba un giro sobre sí misma admirando la decoración

Thomas observaba a su alrededor estudiando cada detalle.

- Sí está bien.- Asintió dando su aprobación, chasqueó la lengua y luego solo dijo- Claro…si te gusta vivir en un museo.- remató regalándole una abrumadora sonrisa pegajosa que provocó que Eli sonriera también.

Thomas tenía la habilidad de hacerla sentir confiada a su lado y segura de sí misma. Lograba transformar los momentos incómodos en graciosos…con Thomas todo era fácil y llevadero. Ahora más que nunca entendía el porqué congeniaba tan bien con Alice.

-¡Eli!- Gritó una mujer entusiasta tras sus espaldas.

Elizabeth dio un respingo asustada, pero antes de que pudiera recomponerse la mujer ya se había abalanzado sobre ella rodeándola con sus brazos en un efusivo abrazo.

-¡Ya estás aquí querida! Has tardado tanto en venir a vernos otra vez. Dios, cada año te pareces más a Bella.- Dijo la señora Ángela con los ojos empañados por las lágrimas. No pudo contenerse y la volvió a estrechar en un fuerte abrazo.- Déjame verte bien.- Se separó sólo lo suficiente para poder estudiar su rostro.- Aunque ahora que te observo bien tienes mucho de Edward.- sonrió con sinceridad mientras Elizabeth la miraba atónita.- Supe que eras una Cullen por la cotilla de Jessica. Aunque debo reconocer que me habría gustado saberlo de tú boca. ¡Cielos, que secreto tan grande se llevó Bella!- dijo sin malicia, más bien había usado el tono cómplice y alegre que siempre usaba en las conversaciones con su madre cuando ella aún estaba viva.

-Tía Ange. Lamento no haber podido venir antes.- Se disculpó tímida, aún estaba un poco consternada por las palabras de Ángela.

Ángela hizo un gesto con la mano restándole importancia al asunto y bebió un sorbo de su vaso de ginebra.

-¿Y tú serías…?- preguntó girándose hacia Thomas, probablemente algo embobada con su masculina e inhumana belleza.

-Soy Thomas Anderson, el nuevo novio…es un placer.- le dijo galante mientras se acercaba la mano de Ángela a los labios.

-Dios, esta familia nunca dejará de sorprenderme. Vamos, síganme por favor, los llevaré a su habitación para que desempaquen y se nos unan a la fiesta en el jardín.

Ambos la siguieron subiendo por las anchas escaleras. Thomas cargaba el equipaje de ambos sin el menor esfuerzo.

Ángela se detuvo sobre una puerta doble y los invitó a entrar.

-Bien aquí es. Los estaré esperando abajo con el resto. No se demoren, los canapés están de miedo y el gordo tío Flinch amenaza con acabárselos todos.-

Era una habitación grande con baño privado. El estilo del amueblado era totalmente campestre y acogedor, pero no por eso menos elegante. Había un gran ventanal que daba hacia el patio trasero y una enorme chimenea frente a la cama matrimonial.

Fue entonces cuando Eli se percató de ese pequeño pero perturbante detalle…solo había una cama.

-¿Hmm dónde dormirá Thomas?- preguntó Eli algo abochornada e inocente.

Ángela se giró y los observó con picardía.

-Eli querida, en vista de las circunstancias ambos pueden compartir la habitación…no soy tan retrograda como piensas.- le guiñó un ojo a Thomas y sin más se marchó para recibir a los nuevos invitados que iban llegando.

-Bien…-comenzó Thomas una vez que se encontraban solos en la privacidad del dormitorio.- el decorado matrimonial no está nada mal.- dijo conteniendo una carcajada mientras su mirada recorría los velos blancos y las flores que adornaban los muebles y la chimenea frente a la cama.

Luego brincó a la amplia cama y se dejó caer justo en el medio. Sin embargo se giró incómodo y sacó un cojín que había quedado atrapado bajo su espalda. Soltó una risotada incontenible cuando leyó el grabado en el.

-Chequea esto.- dijo entre risas y le lanzo el cojín con forma de corazón.- No imaginé que podían caer en tanto cliché.-

-"Matthew&Margarte".- Eli leyó el grabado en voz alta lo que hizo soltar renovadas carcajadas al guapo vampiro.- ¡cielos, esto sí que es cursi! Me pregunto si en todas las habitaciones habrá uno igual.- admitió ella uniéndose a las carcajadas de Thomas. Acomodó las valijas sobre una mesita baja y luego brincó a la cama junto a su tío.

Charlaron un rato y se divirtieron imaginando el decorado ridículo que seguramente había en las habitaciones de los otros invitados.

-¿Qué se supone que debemos hacer con esto?- preguntó Thomas agitando en el aire el ridículo cojín, luego lo acomodó tras su cabeza.- Oh sí, así está mejor.- cerró los ojos aún con una sonrisa bailando en sus labios.

-No te acomodes mucho, yo dormiré aquí.- afirmó Eli todavía riendo por las ocurrencias de su tío.

-¿Y qué pasó con el plan de que fingiríamos ser novios?- preguntó Thomas abriendo uno de sus ojos para estudiarla, pero sin mover ni un solo músculo.

-Te tengo una buena noticia, no es necesario que finjamos a tiempo completo. No al menos una vez que estamos protegidos en la habitación.-

-Y qué ocurre con todo eso de la era de la igualdad de sexos. Si quieren que las tratemos igual que a los hombres, pues aténganse a las consecuencias.- insistió él sin darse por vencido.

-Pues para tu información sí existe una gran diferencia entre tú y yo.- Thomas levantó una ceja pícara.- Y no es precisamente el hecho de que tú tengas un órgano reproductor distinto al mío o que no pertenezcamos del todo a la misma especie.- bramó Eli cada vez más cabreada.

-¿Ah no?- Thomas se estaba realmente divirtiendo.

-¡No!- gritó Eli sentándose a los pies de la cama para enfrentarlo mejor.

-¿Y cuál sería esa diferencia entonces?- preguntó burlón.

Elizabeth compuso una sonrisa melífera y a la vez triunfal que hizo que Thomas se removiera incómodo en la cama.

-Que tú no duermes y yo sí, así que como tú no la necesitas realmente, me pertenece por todo el fin de semana. Espero que te guste el sillón.- remato Eli pagada de sí misma.

Thomas se levantó a regañadientes sabiendo que había perdido esta vez. Elizabeth estaba intrigada con ésta nueva faceta que conocía de su nuevo tío. No sabía que Thomas podía llegar a ser tan infantil y no por eso dejar de ser menos divertido.

Él se sentó derrotado en el sillón y luego le lanzó una de sus deslumbrantes sonrisas mostrando todos sus afilados y ponzoñosos dientes perfectos.

-Me conformo, está bastante cómodo también. No pienses que carezco de caballerosidad, pensaba dejarte la cama para ti desde el comienzo- dijo intentando sofocar la risa inútilmente.

-Entonces ¿por qué me has obligado a decirte todo eso si pensabas quedarte de todos modos en el sillón?-

-Es que te ves muy graciosa cuando estás enfadada.- dijo explotando con una risa nerviosa y pegajosa.

Eli bufó asteada mientras cruzaba los brazos bajo su pecho.

-Cuando estoy enfadada no se supone que me vea graciosa…sino que realmente enfadada.-

Thomas se encogió de hombros y se hundió más en el mullido sillón deleitándose. Soltó un ronroneo y fingió dormir ignorándola.

Eli chasqueó la lengua evitando caer en su juego. Era evidente que el sólo buscaba mosquearla para divertirse, de hecho lo había confesado, así que se dispuso a buscar en su valija algún vestido apropiado y el neceser para alistare para el coctel. Tomó una toalla del armario y se dirigió al baño.

-Apresúrate calabacita…nos esperan- la apresuró Thomas luego de que ella entrara al baño.

Pero aquello sólo sirvió para que Eli se cabreara aún más.

-¡Ni se te ocurra llamarme calabacita, ni ninguno de esos ridículos apodos otra vez, sino quieres perder tus muertos testículos!- bramó desde dentro del baño. Luego abrió la puerta y le lanzó de regreso el ridículo cojín "Matthew&Margaret" que se estrelló en su inhumanamente hermoso rostro varonil ahogando sus estrepitosas carcajadas.

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Elizabeth pasó una mano quitando las arrugas de su vestido de coctel de un oro apagado. Estaba nerviosa y no sabía bien como disimularlo. Thomas caminaba a su lado, con su aire intelectual, llevándola del brazo.

-Estás hermosa, los dejarás a todos boquiabiertos. Tranquila.- Thomas intentaba inútilmente calmarla.

Por su parte él se veía tan tranquilo como de costumbre, incluso fingía estar tan entusiasmado como el resto de los invitados contagiados por la alegría de la boda. De todos modos no era ella la que dejaba a los presentes pasmados, era él, y por eso ella no podía estar más agradecida. Toda la atención iba a parar al guapo extraño.

Eli saludó cordial a todos, o al menos, a los que la reconocían. El resto eran niños y niñas de distintas edades que andaban correteando por el césped. Otros eran abuelos y abuelas que se abarrotaban en los sillones dispersos por la sala o se turnaban para jugar con el elegante ajedrez de marfil del señor Whitman.

Tía Ange se había esmerado esta vez. Generalmente todas las fiestas que ofrecía en su lujosa casa solían ser las más despampanantes y glamorosas de todo pueblo, pero ésta superaba a todas las anteriores. Todo irradiaba luz y alegría.

El elegante amoblado en tonos cremas y blancos rentado, junto con los hermosos arreglos florales dispersos por cada rincón de la casa, el jardín lleno de luces y fuentes que despedían alternadamente chorros de agua, los niños jugando en el patio con cintas de colores vivos, las abuelas exhibiendo sus extravagantes sombreros de ala grande en tonos pasteles, los hombres jugando Cricket en el césped, los camareros recorriendo el lugar ofreciendo cuantiosas cantidades de canapés y espumantes, la banda tocando música clásica, la efusiva charla de las mujeres con sus vivos trajes de coctel y las risas que inundaban el lugar le daban la armonía y la elegancia que exigía la boda de su hija.

Elizabeth ahogó un suspiro con el último sorbo de su copa de licor. Este era solo el primer día de lo que se le antojaba sería un largo fin de semana.

-Voy por otro.- dijo Thomas galante mientras tomaba la copa vacía de Eli y se perdía entre el gentío en dirección a la barra.

Eli solo atinó a asentir. Se sentía tan solitaria, insegura y fuera de lugar ahora que no estaba junto a Thomas. Paseó su mirada por los invitados intentando encontrar algún rostro conocido con el cual poder entablar una conversación, pero cuando sus ojos se encontraron con los de una persona en particular, deseó jamás haberse apartado de Thomas.

Ahí estaba la protagonista de sus pesadillas. Con más arrugas de las que pudiera contar, y postrada en una silla de ruedas, que arrastraba una flacucha enfermera para abrirse paso entre los invitados, estaba la que alguna vez llamó abuela.

La muerte de su único hijo la había avejentado y marchitado. Aparentaba ser mucho más mayor de lo que realmente era. Sin embargo cuando su mirada se encontró con la de Elizabeth, su ira, su frialdad y su crudeza impasible volvió a despertar en ella como una alarma.

Elizabeth intentó buscar un escape pero ya era tarde. La señora Newton había ordenado a la enfermera que la acercara a Elizabeth. Por su parte Eli sabía que podía marcharse sin más ignorándola. Pero había tenido que aguantarla por años, era ridículo que siguiera teniendo ganas de huir de ella. Ahora solo era una anciana inválida, solitaria y amargada. ¿Qué tenía que temer? Sin embargo el sudor frío en su frente y el temblor de sus manos decían lo contrario.

-Vaya, vaya, vaya…la pequeña Eli ha aparecido al fin.- soltó con ironía. Luego su semblante cambió volviéndose más frío y calculador.- Ingrata mal agradecida, ¿ya te has olvidado de quién alguna vez te vistió y te alimentó? Me has dejado sola atendiendo la tienda. Por tu culpa estoy a punto de perderla y ni siquiera te has dignado a aparecer para el funeral de tu padre.- su voz rasposa seguía produciendo el mismo efecto en los nervios de Eli.

-El no era mi padre.- espetó Eli. Sus ojos verdes llameaban encolerizados.

-Por supuesto que no. De ser así tendrías mejores modales. No sé qué haces aquí. No puedo imaginar que alguien te quisiera presente en ésta fiesta. Hijas bastardas como tú no son bienvenidas en fiestas religiosas como éstas.- al finalizar compuso una de sus sonrisas desdeñosas sabiendo que estaba haciendo estragos en el orgullo de Eli.

Pero antes de que pudiera volver a abrir su boca para lanzar otra chorrada de palabra hirientes, Matt salió en defensa de Eli.

-Yo la he invitado. El que Elizabeth esté aquí hoy acompañándonos es mucho más valioso que su presencia señora Newton. Más bien soy yo el que se pregunta quién es el que tuvo la desfachatez de invitarla a mí fiesta. Con el respeto que no se merece la acompañaré hasta la puerta. No es bienvenida.- Lo dijo todo de una vez sin pausa ni consideración alguna por la anciana. Luego se giró hacia Eli- Me alegra que hayas venido, estás tan hermosa como siempre.-

La señora Newton se limitaba a observarlo con los ojos desorbitados y con los labios mudos por el asombro. Matt hizo a un lado a la enfermera para arrastrar él mismo la silla de ruedas. Antes de dirigirse a la salida, miró a Elizabeth con alegría bailando en sus ojos e imprimió todo el apoyo que ella necesitaba en una sonrisa cómplice.

Elizabeth soltó el aire que había estado reteniendo mientras lo veía alejarse llevándose consigo a la escoria de su ex abuela. Era la primera vez que lo veía luego de mucho tiempo. Estaba de lo más elegante con unos pantalones oscuros y una camisa rosa claro desabotonada en el cuello. Su cabello cuidadosamente peinado y cortado y sus ojos grises llenos de una felicidad contagiosa. Como antaño, Matt había sido nuevamente su salvador. Al menos esa era una costumbre que no había perdido con el pasar del tiempo. Podía afirmar que se casaría con otra, pero en el fondo seguía protegiéndola como cuando eran niños. Una nueva ola de recuerdos dolorosos y felices la embargó, remontándose a su infancia que compartió con Matt.

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Su abuela la había ido a buscar a la escuela…eso era extraño. La única vez que lo había hecho, había sido el día en que Bella había muerto. Esto no presagiaba ningún buen augurio. Sus manos comenzaron a sudar en frío y su corazón a latir ensordecedor tras sus orejas. ¿Le habría pasado algo al abuelo Charlie? Matthew atrapó una de sus manos entre las de él dándole coraje en silencio.

-Tengo una tarea para ti. Hoy no iremos a la tienda. ¡Qué esperas, sube ya! Eres igual de perezosa de lo que era tu madre- espetó mordaz, sin piedad, detrás del volante.

Elizabeth soltó el aire que había estado conteniendo de forma dolorosa en los pulmones. A pesar de la crueldad de las palabras de su abuela, al menos Charlie estaba bien. Saltó al asiento del copiloto obediente y se mantuvo en silencio todo el trayecto hasta llegar a casa mientras su abuela escuchaba sus favoritos de la música country.

-Quiero que subas éstas cajas a la alcoba de tu padre. Vamos a guardar en ella todas las cosas inservibles que dejó tu madre.- le ordenó su abuela una vez que habían llegado a casa.

El pequeño corazón de Eli se estrujó dolorosamente en algún rincón perdido de su tórax. Miró a su abuela horrorizada.

-No me mires con esa cara pequeña mocosa. Tenerte aquí es más costoso de lo que piensas. No esperarás que te de comida y una cama donde dormir gratis eh, sin hacer nada por pagar por ello. Veremos cuánto dinero podemos conseguir vendiendo las cosas de la escoria de tu madre. ¿O prefieres ir a parar a un internado?-

Su abuela le dirigió una mirada feroz mientras Eli se esforzaba por no echarse a temblar. La siguió escaleras arriba hasta detenerse frente al armario que alguna vez perteneció a Bella. No había mucho que sacar. Bella siempre había sido austera y sencilla. Dentro de sus pertenencias no había nada de gran valor que su abuela o alguien más pudiera codiciar.

Elizabeth sabía que su abuela solo lo hacía para hacerle daño. Respiró hondo mientras intentaba con todas sus fuerzas no derramar las lágrimas que ya picaban bajo sus párpados. Sacó toda la ropa y la dejó sobre la cama.

La señora Newton estudió con cuidado cada prenda. Separo las que estaban en mejor estado y las más hermosas blusas y dejó a parte algunas más desgatadas y otros camisones y abrigos apolillados que no podría vender. Luego le ordenó a Eli que guardara la ropa que había seleccionado en las cajas.

-El resto es solo basura, puedes quedártelas. Así tendrás algo de recuerdo.- le dijo lanzando una mirada desdeñosa a la ropa que había separado en mal estado.- Te estaré esperando en la camioneta. ¡No tardes!-

Una vez que su abuela había abandonado la habitación, Elizabeth se permitió derramar las lágrimas que había estado aguantando. Lloraba en silencio desconsoladamente. Una vez que guardó todo en las cajas tomó con parsimonia las pocas prendas que le había permitido su abuela quedarse y las guardó en su habitación. Olió el perfume de su madre en ellas y eso fue lo único que logró consolarla. Se preguntaba una y otra vez que era lo que había hecho para que su abuela no la quisiera, por qué había tanta maldad en su corazón y por qué odiaba tanto a Bella…pero no hallaba respuesta a sus preguntas.

Una vez que cargaron las cajas en la camioneta, regresaron al pueblo. Su abuela mantenía su semblante impasible, como si todo aquello fuera normal, y sonreía a uno que otro lugareño cuando la reconocían y la saludaban. No tardaron mucho en llegar al sitio que su abuela había predestinado para dejar las que alguna vez fueron las ropas de Bella.

Aparcaron frente Goodwill (N/A: es una tienda de USA que se presta para el trueque o la venta de ropa usada. También a veces se destina a beneficencia).

Para ese entonces Eli no se molestaba en ocultar las lágrimas que bañaban por completo su infantil rostro.

Su abuela saludó con amabilidad a la dependienta de turno y comenzó junto con ella a desembalar las cajas.

-Pueden quedarse con todo lo que hay dentro que sea inservible, pero por lo que tenga algo de valor a cambio quiero un precio justo.-

La dependienta miró con pena a Elizabeth quién no paraba de llorar. Luego se dispuso a regatear precios con la señora Newton. Mientras estaban inmersas en su charla, Elizabeth aprovechó el momento para husmear en una de las cajas más alejadas. Si tenía suerte lograría hurtar algo y esconderlo de los ojos ávidos de su abuela.

No tuvo que escarbar mucho para encontrar un objeto sólido y rectangular. ¡Era el diario de su madre! No podía creer que su abuela lo hubiera mantenido oculto durante todo ese tiempo…y menos aún que pensara venderlo o regalarlo.

Con la agilidad y rapidez que le proporcionaban la adrenalina que viajaba por su sangre, por el solo miedo de verse descubierta, escondió bajo su holgado sweater el diario de su madre. Lo protegería con su vida su fuera necesario.

Una vez que su abuela se llenó los bolsillos de billetes, regresaron a casa con las cajas vacías.

Mike había preparado un escuálido almuerzo para su hija. Eli se negó a almorzar, simplemente no tenía apetito, pero a cambio obtuvo una buena paliza que le propinó Mike.

-Mal agradecida.- le gritó su padre una y otra vez mientras la golpeaba.- Si no hubieras matado a tu madre todo sería distinto en esta casa. ¡Te odio!-

Su vida se había transformado en una interminable historia de terror.

A Elizabeth ya ni siquiera le importaba que la enviaran a un internado. Cualquier lugar sería mejor que permanecer ahí. Pensaba que si lograba enfadar lo suficiente a su abuela y a su padre finalmente lo conseguiría. Pero no podía alejarse de su abuelo Charlie. Él estaba muy enfermo y ella se sentía con el deber de cuidarlo. Aún no era tiempo de marcharse. Sin embargo, cuando Charlie ya no la necesitara, se iría lejos…lo más lejos posible de ese infernal pueblo.

Una vez que Mike se había cansado de golpearla, Elizabeth escapó por la ventana de su habitación hacia la casa de Matt. Cruzó corriendo el oscuro bosque, ignorando las ramas que chocaban contra su cuerpo y el dolor de sus pies por tanto correr. A pesar de que a esa hora el bosque era un lugar lúgubre y de una oscuridad impenetrable, supo conocer el camino y llegar hasta la casa de su amigo.

Desde el patio se podía escuchar la música estruendosa y el ruido apabullante de la animada charla de los invitados. Como era ya costumbre, los padres de Matt habían organizado una partida de Bridge (N/A: Juego de cartas) en su casa. Las apuestas, el juego y el vino eran la mala adicción del señor Julien. Por sus indiscriminadas apuestas tenían la casa hipotecada y estaban endeudados hasta el cuello. Sabía cuánto detestaba Matt esas fiestas, como también sabía donde lo encontraría. Trepó por el alto árbol que se encontraba en el patio delantero, con cautela para no ser descubierta, hasta alcanzar el techo.

Ahí estaba su amigo. Cubierto con una manta a cuadros, miraba las estrellas como si quisiera flotar hasta ellas estando lo más lejos posible de aquél lugar.

Eli se refugió junto a él bajo la manta y dejó que la abrazara. Ambos lloraban, por distintos motivos que hacían sus vidas desgraciadas, pero al menos se tenían el uno al otro, tenían su amistad. Matt no preguntó el por qué ella estaba triste, ni Eli los motivos de la tristeza de él. Ambos sabían los motivos. Eli se quedó junto a Matt hasta que la fiesta había acabado. Luego bajaron con cuidado por el techo hasta alcanzar la ventana de la habitación de él para refugiarse del crudo frío de la noche.

-¿Te quedarás?- fue todo lo que preguntó él.

-No pienso volver a esa casa, es un infierno.-confesó ella con voz quebrada.

Matt asintió en silencio.

Luego fue al baño por el botiquín de primeros auxilios.

-Te ha partido el labio…aquí- dijo mientras pasaba con cuidado el algodón con desinfectante. Eli dio un respingo.- Lo siento, pero debo desinfectar la herida.- ella se quedó quieta obediente a pesar del dolor.

Luego pasó otro algodón curando su sien izquierda que lucía un cordón de puntitos de sangre seca.

-¿Dónde más te ha golpeado?- preguntó Matthew con severidad.

Eli se arremangó el holgado sweater y mostró los cardenales, que ya comenzaban a tomar un tono violáceo, que marcaban como con tinta indeleble, las grandes manos de Mike.

-Maldito hijo de puta.- espetó Matt con rabia contenida.-Apenas tenga la estatura voy a convertir sus huesos en polvo a punta de patadas.-

Estaba demasiado enfadado como para consolarla. Matt se lanzó a su cama y cubrió su rostro con la almohada ahogando un grito de rabia. Apenas con doce años, aún carecía de la musculatura necesaria como para darle una paliza al padre de Eli.

Elizabeth decidió que no era un buen momento para contarle todo lo que había sucedido hoy. Además sólo quería olvidar tan horrible episodio. Quizás mañana encontrara las fuerzas para confesárselo a su amigo.

Sus mejillas estaban tirantes por las lágrimas que se habían secado solas en sus mejillas. Sus ojos estaban vidriosos pero ya no tenía más lágrimas para botar. Se recostó sobre la cama a su lado y con cuidado desenterró el diario que mantenía oculto entre sus ropas y lo estrechó con cariño contra su cuerpo. Aquello era el único recuerdo tangible de que su madre había vivido…y que mientras estuvo con vida, Elizabeth fue una niña feliz. Todo lo demás había desaparecido para siempre, los vestidos de Bella que a su padre tanto le gustaba verle puestos, su perfume, su escaza joyería…todo.

Elizabeth sentía como si le arrancaran lo último que le quedaba de la vida que había vivido junto a su madre. Sentía como si estuviera viviendo la perdida de Bella por segunda vez. La tibia mano de Matt encontró la de ella a tientas en la oscuridad, entrelazando sus dedos. Y como tantas otras veces, lloró desconsolada sobre el hombro de su mejor amigo hasta que el cansancio la arrastró a los brazos de Morfeo.

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El tintinear de copas la hizo volver a la realidad. Estaba tan absorta en sus recuerdos que no se había percatado del momento en que Thomas había regresado. Estaba a su lado con dos vasos de Bloody Mary, con sus respectivos palitos de apio, y uno se la ofrecía a ella.

-Disculpa...debo ir al tocador.- se excusó y se dirigió rauda al baño.

Los ojos le dolían por contener tanto las lágrimas, pero no lloraría en frente de toda esa gente.

Thomas la siguió por un momento con la mirada hasta que se perdió en el recodo de la escalera.

-Esa señora siempre consigue afectarla.-

Thomas se giró hacia el joven que le había hablado. Era solamente un muchachito jugando a ser adulto.

-Así veo…-admitió Thomas y le ofreció el trago.- Cuando regrese tomaré otro para ella.-

-Por cierto, soy Matthew Lauper.- se presentó el chico mientras aceptaba el vaso.

-El novio…- Thomas fingió reconocerlo. Su voz era jovial y desenfadada.- Yo soy Thomas Anderson. Mucho gusto.-

-El gusto es mío.- le sonrió cordial- Veo que Eli te ha hablado mucho de mi.- dijo pagado de sí mismo. Pero el trabajo de Thomas era bajarlo de esa nueve de seguridad.

-Hmm no, la verdad es que no, lo siento.- su rostro realmente parecía acomplejado.- En nuestras conversaciones no tenemos tiempo para hablar de otras personas. Lo siento, no quiero sonar descortés. Si sirve de algo, al menos me dijo que eras un amigo de la infancia… ¡ah! Y que eras el novio, claro.- Aclaró él sin piedad dejando al chico sin palabras.

-Los tienes a todos por aquí exaltados, eres la nueva atracción.- dijo Matt luego de reponerse, como un intento desesperado por cambiar de tema.

-Así parece.- Thomas coincidió con él.

-No te preocupes, ya se les pasará.-

-No estoy preocupado en lo absoluto, de hecho me encanta ser el centro de atención de tantas damas encantadoras.- rió y Matt solo lo acompaño con una sonrisa forzada para no ser grosero.- Ya, fuera de bromas, es sólo porque soy "el nuevo". Estoy seguro que se desencantarán de mi persona en cuanto te vean en el altar. Tú eres la estrella.-

-Tienes razón.- admitió nervioso sin poder ocultar su molestia. Bebió un largo sorbo bajando a secas el Bloody Mary.- He escuchado que has venido acompañando a Eli… ¿puedo preguntar de donde se conocen?-

Thomas fingió beber de su vaso antes de contestar.

-No hay problema.- compuso una de sus deslumbrantes sonrisas y continuó.- Soy profesor de matemáticas pero antes de graduarme, Edward, el padre de Eli, fue mi profesor de música en la universidad. Es así como Eli me contacto para que fuera su tutor de matemáticas, ya sabes, clases de refuerzo.- agregó Thomas recogiéndose de hombros.

-Elizabeth no necesita clases de refuerzos en matemática, a ella le va bastante bien en todas las asignaturas…especialmente en esa.- Matt estaba intrigado y la credibilidad de Thomas estaba tambaleando.

Thomas pensó rápidamente como zafarse del asunto. Miró al chico unos segundos sin perder la tranquilidad que tanto lo caracterizaba.

-Eso lo desconocía…- se acercó el vaso a los labios pero no bebió, luego agregó- Creo que ha fingido bastante bien no saber matemáticas como para retenerme todo éste tiempo a su lado.- en su rostro se dibujó una sonrisa triunfal.

Matt casi se atraganta con su propia saliva.

-Ya que estamos ¿te importa si hago otra pregunta?-

Thomas hizo un gesto con la mano para que continuara.

-Tú y Eli…hmm bueno ¿Qué clase de relación llevan…son amigos?- carraspeó nervioso. Sus mejillas se habían sonrojado por su atrevimiento.

-Somos de la clase de amigos que se besan en los labios si a eso te refieres.- respondió en tono alegre.

Pero el rostro de Matt era todo menos alegre. Estaba casi tan pálido como Thomas y sus ojos grises se habían vuelto gélidos y tristes.

-Creí que estaba comprometida con el tal Jasper.- espetó mordaz sin poder esconder su enfado.

-Ah sí, Jasper, lo recuerdo.- Thomas tenía una mirada pensativa. Chasqueó la lengua y volvió a sonreir, pero ésta vez con picardía.- Bueno es obvio que el pobre pasó a la historia. La chica está enamorada de otro.-

Por un instante el rostro de Matt volvió a recobrar vida…pero solo duró un instante hasta que las palabras de Thomas lo volvieron a sumergir en las tinieblas.

-Otro que le da lo que ella necesita…lo que a ella le gusta.- Ahora hablaba de forma lasciva. Hizo in gesto con la mano arreglando el cinturón de su pantalón indicando de forma sugestiva su miembro.- Ya sabes a lo que me refiero compañero.- le guiñó un ojo fingiendo la típica camarería entre hombres.

Matt estaba totalmente atónito. El intenso rubor que bañaba su rostro se había extendido alcanzando también sus orejas y cuello. Era incapaz de procesar lo que acababa de escuchar. De sus labios comenzaron a brotar preguntas que lo hacían tartamudear.

-Im…imposible ¿Ella no…? ¿Tú y ella…acaso?- pero no pudo terminar la pregunta. Eli había regresado y acababa de estampar un casto beso sobre los labios de Thomas.

Él la acunó cariñosamente entre sus brazos recibiéndola. Luego ordenó uno de sus mechones cobrizos que había escapado de su improvisado moño. Tomó su pequeño y hermoso rostro con ambas manos y se inclinó más cerca de sus labios hasta que sus alientos, tibio y frío, chocaron.

Elizabeth tuvo el instinto de apartarse, pero Thomas asía su rostro con demasiada fuerza. Antes de que pudiera evitarlo los labios de él se movían con ternura y pasión sobre los de ella, sellándolos con un verdadero beso…uno creíble.

-Me alegra que hayas regresado.- le dijo Thomas mientras la mantenía cerca, abrazada a su costado.

Elizabeth quiso decir algo pero aún estaba demasiado asombrada y aturdida.

-¡Vaya, eso sí que ha sido un beso! Deberías aprender de él Matthew.- dijo Ángela quién se había acercado con su hija. Se notaba que estaba bebida por la forma en que sus pies se tambaleaban al caminar y por su lengua que se trababa al hablar.

-Qué más puedo decir, estoy completamente enamorado. Ella inspira estos besos.- Dijo Thomas en un tono ensoñador que hizo suspirar a todas las féminas que estaban cerca.

-A mí me gustan los besos de Matt.- lo defendió Margaret mientras entrelazaba uno de sus brazos a los de él.- Y creo que ya has bebido suficiente madre.- la regañó avergonzada, mientras le quitaba el vaso de jengibre medio vació de las manos y la guiaba a un sillón vacío para que se sentara y dejara de hacer el ridículo.

-¿Sabes? Estoy algo cansada, el viaje ha sido largo…creo que me iré a recostar. Tú sigue disfrutando de la fiesta si lo deseas.- Eli sonaba más bien desanimada que cansada, pero tanto Thomas como Matthew sabían el motivo de su tristeza…la señora Newton, entre otras cosas.

-Claro mi cielo.- Thomas ignoró la mirada de advertencia que le había lanzado Eli.- Ve tú primero que ya te alcanzo.- le dio una ligera nalgada y la dejó ir.

Intentó con todas sus fuerzas no reír mientras la veía subir la escalera pisoteando con rabia cada escalón y el rostro encendido en rubor. Estaba seguro que una vez estuvieran en la habitación ella se lo haría pagar. Pero hasta entonces él debía mantener la farsa.

-Bien ya me despido…para qué hacer esperar a la dama.- le dijo a Matt mientras fingía observar el trasero de Eli mientras ella subía las escaleras. - Voy a darle un poco de su medicina…ya sabes a lo que me refiero.- dio unos golpecitos a su miembro con su mano haciendo que Matt ardiera en cólera. - Hasta mañana. Bueno, si me deja salir de la habitación.- agregó con malicia para luego seguir los pasos de su "amada".

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-¿Qué ha sido eso?-

-Que parte.- quiso saber él.

-Sabes a que parte me refiero.- dijo ella enfadada.- Ignorando el hecho de que me hayas llamado "mi cielo" y de que me hayas propinado una nalgada sin mi autorización…pues nos queda el beso.-

-Ah…el beso.- dijo Thomas de forma despreocupada mientras se desabotonaba la camisa y se la quitaba, dejando al descubierto su perfecto torso de mármol.- Se supone que seamos novios ¿verdad? Sólo ha sido eso, finjo ser tu novio, los novios se besan y yo te he besado. No es nada del otro mundo.-

-Ya. Pero eso no ha sido un simple beso.- insistió Eli.- Si Alice lo ha visto, que es lo más probable, estará furiosa. De seguro quiere arrancarme la cabeza.-

Thomas rió y le dio un coscorrón desarmando por completo lo que quedaba de su peinado. Ella soltó un resoplido mientras intentaba ordenar nuevamente su indomable cabello.

-¡Ey! No me culpes por querer ser un buen actor y que todos se traguen la farsa. Si te beso apenas tocando los labios nadie creería que somos novios. De hecho mi sexualidad estaría en juego. Además podría apostar mi eternidad a que Alice debe estar destornillándose de la risa.-

-Al menos podrías haberme avisado.- dijo refunfuñando.

-No lo creo genio, teníamos mucha audiencia. Había que improvisar.-

-¿Improvisar?-

-Sí, eso he dicho, improvisar. Deberías hacerlo más seguido, de otro modo no nos creerán.-

-Ya comprendo. Lo voy a intentar.-

-Aún te quedan dos días.- Dijo Thomas mientras se quitaba los pantalones y quedaba en bóxer.

-¡Pero qué demonios haces!- gritó Eli mientras se cubría el rostro avergonzada con lo primero que encontró sobre la cama. Para mayor desgracia suya era el espantoso cojín "Matthew&Margaret"

-Me quito la ropa para ir a la ducha. Adelante, puedes mirar…es parte de nuestra farsa.-

-¡Te odio!- dijo mientras arrojaba con rabia el cojín a las brazas de la chimenea.

Thomas rió con ganas mientras se metía a la ducha.

- No seas tan mojigata, sólo me has visto en bóxers. Además somos amigos. Si te sirve de algo, entonces piensa en mí como un hermano.-

Eli prefirió omitir lo que pasaba por su mente. Era imposible pensar en Thomas como un hermano, no con ese cuerpo que debería estar prohibido. Pero Alice era un buen motivo para enfriar las hormonas. Decidió cambiar de tema.

-¿De qué hablaban tú y Matt cuando llegué?-

-De ti, de mí…pero para ser sincero él estaba más interesado en saber acerca de mí. ¿Estás segura de que es heterosexual?-

-¡Dios, Thomas! No me hagas arrepentirme de haberte traído.-

El continuó riendo mientras ataba una toalla a sus caderas marcadas y entraba nuevamente en la habitación, con su cabello largo aún escurriendo sobre sus hombros. Elizabeth aprovechó la ocasión y corrió a refugiarse al baño justo en el momento en que Thomas tiraba la toalla al suelo para ponerse el pijama.

Suspiró aliviada y admirada por su fuerza de voluntad al ignorar la tentación de mirar. Luego se dispuso a ponerse su pijama. Una vez lista, asomó sólo la cabeza por la puerta. Thomas ya estaba acomodado en el sillón frente a la chimenea.

-Hey, ya voy a salir. No mires, mantén los ojos cerrados.-

-Ok.- Thomas rodó los ojos y fingió cubrirse con las manos.

-Si espías me encargaré de vengarme. A veces puedo ser una persona muy vengativa.-

-Ya lo creo que sí.- Thomas soltó una carcajada mientras ella corría con las luces apagadas hacia la cama. Pero no fue lo suficientemente rápida como para que la aguda vista de Thomas no la interceptara.

-¿Pero qué demonios traes puesto? ¿A eso le llamas pijama? Apenas traes tela para cubrir lo necesario. En ese caso para qué tomarse la molestia, mejor dormir desnuda.-

Eli bufó cabreada mientras se cubría con las mantas hasta el mentón.

-No es mi culpa que no pueda usar un pijama decente. Alice no me deja comprar nada más que baby dolls.- su respuesta solo provocó nuevas carcajadas en Thomas.

-Y cuando hablaste acerca de "nosotros" ¿Qué dijo?- preguntó curiosa ignorando la risa incontenible de Thomas a costa suya.

-Bueno cuando habló sobre ese tema en particular sonaba como atormentado.- dijo Thomas nuevamente serio.

- ¿A qué te refieres con atormentado?... ¿atormentado como por el hecho de casarse con la oxigenada y arruinar nuestras vidas juntos o atormentado como celoso porque he venido contigo?-

-Quizás ambas.- admitió Thomas.-La verdad es que estaba un poco ebrio, pero puedo asegurarte que aún está loco por ti.-

Eli se cubrió más con las mantas por primera vez feliz.

-¿Crees que vaya a arrepentirse?- preguntó esperanzada.

-Eso, querida mía, depende de ti. Por ahora descansa y acumula fuerzas para soltar mañana la artillería pesada.-

Pasaron un rato en completo silencio. El único sonido en la habitación era el crepitar de las llamas en la chimenea. Thomas pensaba que Eli al fin se había quedado dormida cuando su paz se vio interrumpida por un susurro.

-Gracias por haber venido conmigo Thomas. Te agradezco muchísimo el que me hayas apoyado.-

-Para eso estamos los amigos.-

-Sí, me alegra que seamos amigos.-

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Bien, hemos llegado al final de este capítulo lleno de altibajos y recuerdos.

Tuve que dividir el capítulo original en dos puesto que era desalentadoramente largo. Too Much!

Durante los capítulos que vienen también habrá más recuerdos en los que se incluyen a nuestra querida y difunta Bella.

Espero que ahora podamos comprender mejor la razón por la que Matt y Eli eran tan unidos. Matthew era la única persona afectiva que le quedó luego de la muerte de Bella.

Por otro lado Thomas Anderson es todo un encanto ¿No lo creen chicas? Ya me contarán que piensan al respecto. Y apareció también Ángela!

El próximo capítulo está imperdible, se viene la despedida de soltera y la boda.

Ya saben que alegremente contestaré toda clases de comentarios (si son malos, por favor que sean constructivos), tomatazos, abrazos, buenas vibras, subidones de calentura, etc…ya saben que siempre los contesto aunque sea tarde. Para aquellos que no tienen cuenta y desean que conteste a sus comentarios, les agradecería que escribieran su e-mail para poder contestar a su correo electrónico.

Les recuerdo que aún sigue en pié la oferta para el R&R número 1500 (todavía me cuesta creer esa cifra).

Ya saben cómo sobornarme para que suba pronto.

Arrivederci, las y los adoro.

Leia Fenix.

Para que Thomas finja ser tu novio (Todos los servicios incluidos, sí incluso aquello pervertidas) pues qué esperas dale al botoncito de ahí abajo que dice REVIEW THIS STORY/CHAPTER