Charioce se inclinó y alzó la cabeza de Nina para besarla suavemente; sus ojos cálidos la miraron. Después, se apartó de ella un momento; Nina permaneció acostada sobre la capa de Charioce y emitió un suspiro satisfecho. Habían pasado la noche entre las piedras desprendidas de la torre y lo que restaba de un muro. Ella había dormido contenta y segura en brazos de Charioce; sus sentimientos de cólera y ofensa se habían disipado gracias al deseo que él le había demostrado.
Ése era el aspecto que ella no podía ignorar. Al margen de todas las dificultades que se interponían entre ellos, Charioce la deseaba. Su cólera ni siquiera podía acallar ese deseo. Y saberlo era un agradable bálsamo para el dolor de Nina.
La noche anterior, durante un momento, él la había llevado a creer que la amaba. Se regodeó en ese sentimiento y en las restantes sensaciones que Charioce encendía en ella. Se sonrojó al recordar la impaciencia de su esposo. Él la había desnudado, y luego ella hizo otro tanto con él. Ambos habían hecho el amor lentamente, saboreando todos los momentos y cada caricia, todas muy tiernas. Nina jamás hubiera podido imaginar que un día tan terrible terminaría así.
—Querida, tus sonrojos revelan lo que piensas.
Nina enrojeció todavía más, y Charioce rió satisfecho. La ayudó a incorporarse y le palmeó el trasero de un modo escandalosamente posesivo.
—Ve y haz lo que tengas que hacer —le dijo Charioce con una sonrisa—. Ya nos hemos retrasado aquí más de lo previsto.
Ella se alejó deprisa, todavía sonrojada. Cuando regresó, Charioce estaba preparando su caballo. Estaba de espaldas a Nina, de modo que no la oyó acercarse. Nina se detuvo, vacilante. De nuevo se sentía ansiosa. Le parecía imposible que Charioce no hubiera ni siquiera mencionado el asunto de la bebida con la droga somnífera. Y la joven detestaba pensar en la posibilidad de que él se enfadase nuevamente.
Dio los pocos pasos que la acercaron a la espalda de Charioce. Tampoco entonces él se volvió, y Nina unió sus propias manos, es un gesto de incertidumbre.
—¿Cómo me has encontrado tan pronto?
Trató desesperadamente de adoptar un tono despreocupado.
—Las preguntas aportaron sus resultados. Os vieron salir del camino principal. La dirección que seguíais era evidente, y por lo tanto no fue difícil encontrar el campamento, incluso después de oscurecer. Pero no esperaba descubrir que te habían secuestrado.
Él se volvió lentamente y la miró.
—Yo… me siento muy agradecida, mi señor, de que me hayas encontrado a tiempo.
—¿Sabes adónde te llevaban?
—A un castillo cercano. A un noble que practica la extorsión utilizando la tortura. —Se estremeció—. Estoy segura de que me salvaste la vida.
—Nina, no te habrían asesinado. Te habrían torturado, pero eres demasiado valiosa para matarte.
—No les importaba quién era, ni conocer mi valor. De eso estoy segura.
—Habrían conocido tu valor apenas les dijeses tu nombre.
Charioce dijo esto con expresión indiferente. El nombre de Nina no era muy conocido. Y entonces ella recordó las reacciones de los hombres cuando comprendieron quién era Charioce.
Incluso un individuo tan temerario como Derek había perdido el valor cuando comprendió que se había apoderado de la esposa del Lobo Negro.
Nina dijo con aire pensativo:
—Ahora entiendo que todos estos años he vivido muy aislada en Pershwick. No tenía idea de que podían suceder cosas como ésta.
Charioce emitió un gruñido.
—¿Cómo podías ignorarlo? Tu vecino era uno de los peores de esa clase.
—¿Vecino? ¿A quién te refieres?
—¿Quién podría ser? —la increpó Charioce, disgustado—. A Visponti y su hijo. Y no dudo de que sus vasallos también estaban complicados. Ayudaría a explicar por qué se negaron a aceptarme. Sin duda, pensaron que yo había ido allí para impartir verdadera justicia.
Nina miró a Charioce con hostilidad.
—¡No lo creo! Conozco desde siempre a los Visponti. Sir Edmond era un buen vecino, y Alessand…
—No menciones el nombre de ese muchacho —la interrumpió bruscamente Charioce—. Y lo creas o no, los Visponti eran culpables de muchos delitos. Procedían con cautela. Sus víctimas no sabían adónde las llevaban, o quiénes cobraban los rescates. Pero Enrique había recibido durante mucho tiempo quejas del territorio circundante. Sólo hace poco empezó a atar cabos.
—Es injusto de tu parte calumniar a un hombre que está muerto y no puede defenderse.
—¿Cómo crees que murió? Al fin se formó un grupo bastante numeroso de hombres honestos que conocían sus actividades y que se mostraron dispuestos a declarar contra él. Murió al resistirse al arresto. Su hijo huyó antes de que fuera posible juzgarlo.
—Pero nada de todo esto tiene sentido. Sir Edmond controlaba todo el territorio de Kempston. ¿Qué necesidad tenía de buscar provechos ilegales?
Charioce se encogió de hombros.
—Tenía un número mucho más elevado de dominios en tiempos de Esteban, y tuvo que desmantelar esos fuertes. Imagino que apeló a medios ilegales para amasar nuevamente la riqueza a la cual estaba acostumbrado. Ese hombre siempre vivió de un modo extravagante.
Nina recordó entonces que había oído hablar de las extravagancias peculiares de sir Edmond.
Recordó también algunas alusiones imprecisas de cosas que le habían desagradado, y de las cuales no deseaba conocer detalles. Quizá esos rumores habían sido el reflejo de la verdad. Le parecía difícil creerlo, sobre todo en el caso de Alessand. Quizá el padre de Alessand había sido un hombre corrupto, pero ¿el tímido y débil Alessand? ¡No!
De todos modos, no era el momento oportuno para iniciar una discusión.
—Mi señor, ¿nos ponemos en marcha? —sugirió.
—Imagino que Guy ha soportado bastante la expectativa acerca de su castigo. Sí, vamos.
Charioce montó, y después subió sobre su caballo a Nina, y la sostuvo con fuerza cuando el corcel echó a andar.
—¿Qué castigo? ¿Qué hizo el maestro de armas? —preguntó Nina.
—Te puso en peligro.
El corcel entró al bosque.
—Pero —exclamó Nina—, ¡se limitó a acatar mis órdenes!
—Ése no es el asunto. Tú estabas a su cargo. Sabía muy bien que no debía apartarse del camino principal. Tuvo suerte de que no lo matara anoche mismo. Cuando llegamos a Crewel recibirá veinte latigazos y se sentaría agradecido de que sólo sea eso. Sabe que procedió mal.
Ella se horrorizó.
—Mi señor, deseo que no lo castigues. Nadie debe sufrir por mi culpa.
Nina gritaba para imponerse al ruido de los cascos del caballo.
—Nina, puedes aceptar tu culpa, y es justo que lo hagas, pero no interferirás en mi decisión. El hombre será castigado por su descuido, y nada podrá impedirlo.
—Mi señor, ¿cual será mi castigo? —preguntó ella.
—Abrigo la esperanza de que anoche aprendieras una lección importante.
—¿También yo recibiré latigazos? —preguntó Nina—. Fui tan descuidada como el maestro de armas.
—No me tientes, Nina. Has sido más descuidada —dijo Charioce con voz dura—. Por tu culpa casi me lié a golpes con el rey.
Nina gimió.
—No, no es posible —se lamentó.
—Sí, le llamé mentiroso cuando insistió en que no te ocultabas bajo su protección.
—¡Santa María! —Nina palideció—. Le dije a Damián que iba al palacio del rey sólo para retrasar tu rastreo, no pensé que rechazarías la palabra de Enrique cuanto te dijera que yo no estaba allí.
—Sir Dias juró que no te había visto salir de Westminster Hall. Si él no hubiese advertido que faltaba la mitad de los hombres o no me lo dice, yo habría destrozado el salón de Enrique en mi esfuerzo por hallarte.
—Tú… no es cierto que llamaste mentiroso a Enrique, ¿verdad?
—Sí.
—Por Dios, ¡jamás te perdonará! ¿Qué he hecho?
—Ya me ha perdonado —dijo Charioce atenuando la severidad de su rostro—. No es un hombre insensible. Aceptó que mi conducta era comprensible. Incluso me relató tu conversación con él para ayudarme a comprender tu conducta. Yo estaba furioso, pues me irritó que revelases a Enrique por qué no me aceptas, y a mí no me dijeses una palabra.
Reinó el silencio, y después Charioce dijo:
—Y ahora compruebo que lo que dijiste a Enrique tampoco es la verdad.
—Era la verdad.
—¿Sí? Anoche juraste que no te importaba.
Nina abrió la boca, y después decidió callar. Ya habían pasado por eso sin llegar a ningún resultado. Él había aclarado su posición. No estaba dispuesto a renunciar a Gabriel. Ella no volvería a pedírselo.
Charioce suspiró.
—Nina, no vuelvas a darme brebajes. Y tampoco vuelvas a huir de mí.
—No, mi señor.
Él no dijo nada más.
