La música en el alma
Capítulo 36: Una noche que disfrutar
Sábado, 24 de diciembre de 1870
Era Noche Buena y en mi cabeza no paraban de agitarse recuerdos de las ya pasadas, dejándome un terrible quemazón.
¿Me arrepentía de no haber acompañado a Antoinette y Meg cuando me lo ofrecieron?
Sí, mucho más de lo que pude imaginarme días atrás.
Sabía que por encima de mí se estaba celebrando una pequeña cena con los trabajadores que no habían podido marcharse con sus familias y decidían acudir a la misma. Yo me había negado, prefiriendo la tranquilidad de mi habitación y el calor del fuego frente a mí.
Me acomodé un poco más en el nido de mantas y almohadas que había creado, arremolinándolas en mi contra, cubriéndome incluso la raíz del pelo, como si fuese una de las mujeres religiosas que vivían en los monasterios.
Tuve que reírme; a una monja no le dejarían cantar en ninguna ópera, y posiblemente ni si quiera en un pequeño coro.
Agradecía no tener tal puesto.
Observé las llamas, estudiando las caricias poco decentes que ejercían a los troncos de madera que cubrían, como si se tratasen de lenguas de fuego que solo buscan otorgar el placer con su toque, dejando ceniza si insistían demasiado.
Me tumbé de lado con un resoplido, llevándome en esta ocasión las sábanas al rostro, no deseando ver nada.
¿Era así como iba a pasar la noche?
Había recordando buenos momentos con mi padre en las fechas que ahora se celebraban; incluso con mi madre. Pequeñas cosas que me hacían sonreír ligeramente, humedeciéndome los ojos además.
Una de las mejores evocaciones que tenía era sobre la mujer que me había dado a luz, sentada frente a una ventana mientras se cepillaba el pelo largo y rizado, idéntico al mío ahora. Yo había corrido con mis pequeñas piernas hasta donde se encontraba, rogándole en sueco que me hiciese lo mismo a mí para poder disfrutar de sus caricias en mi cuero cabelludo.
Su sonrisa me era inolvidable.
Habían sido años tan fáciles. Aquellos años que parecen nunca acabar porque las cosas malas siempre le pasan a otros, nunca a tu familia o amigos. Ni si quiera los adultos están preparados para la perdida, da igual lo fuerte que intentasen ser, siempre se sufría.
Y la época de Navidad era una cruel temporada para aquellos que no la podían pasar con sus parientes.
Giré la cabeza desde donde la mantenía escondida, viendo el libro de cuentos suecos a mi lado, donde lo había dejado después de leerme dos historias no demasiado tristes.
Era tan extraña la sensación que me recubría. ¿Se trataba de tristeza? No podía decidirlo, pero quería que pasase lo antes posible. Era como un letargo, una especia de neutralidad que amenazaba con romperse a la más mínima presión.
"Tendrías que haberte marchado, Christine" pensé, volviéndome a sentar.
Me estudie los dedos de los pies, los tobillos y pantorrillas, haciendo una mueca al ver un terrible cardenal con aspecto doloroso en la izquierda.
Casi olvidé el cómo sucedió: tras habernos dado las vacaciones, era como si simplemente me moviese por necesidad y no por deber, deseando así no volver a ensayar los bailes complejos de Fausto. Antoinette era quien se encargaba de enseñarnos a las mujeres del alto coro, con expresión dura en todo momento para que lo hiciéramos bien. Debía admitir que muchas de nosotras éramos patéticas. La obra era mucho más exigente —en todo— que Platea, y aquello nos dejaba con el terrible requisito de aprender a movernos en masa sin matarnos unas a otras.
El primer día de ensayo fue terrible, dejándome los músculos cansados y doloridos; el segundo fue igual; al tercero pensé que no podría levantarme en mucho tiempo.
Ahora ya conseguíamos repetir los pasos que nos decía, e incluso se relajó, alegando que no éramos tan patosas como en un principio. Además, habíamos conseguido hacerla reír al vernos caer a un grupo de seis al suelo, simplemente, porque una decidió que su cuerpo debía posicionarse en horizontal repentinamente. En aquel instante, no podría decir quién, me había pisado la carne, y ahora un terrible cardenal me decoraba.
Me estremecí y volví a esconder los pies bajo las mantas, sintiendo el frío que irradiaba el suelo. Desde mi posición vigilé el reloj sobre la mesilla; era mucho más tarde de lo que pensaba, tratándose de casi las doce.
¿Habría trabajadores todavía cenando?
Lo dudaba.
Sentía como un vórtice repentino de emociones me ocupaba el pecho; y no tendría piedad por dejarme dormir. Hoy podría ser como un día cualquiera; me debería haber metido en la cama a una hora prudente para estar mucho más descansada cuando me levantase. Pero por supuesto que no, mi cabeza prefería nadar entre un mar de dudas y corrientes que me hacían abrir cada vez más los ojos, mirando el techo por encima de mi cabeza.
De un salto me levanté, apartando las mantas que me cubrían a patadas al enredarse contra mí, como raíces que pretendían amarrarme en un mismo lugar para siempre.
Necesitaba huir de la hermosa y caliente habitación, golpeándome un dolor terrible en las sienes que me rogaba por cambiar de aires; aunque fuesen en el mismísimo interior de la ópera.
"Tal vez… El cuartucho…" meditó mi mente.
Sin vacilación tomé la gruesa capa y me dispuse a salir por la puerta, teniendo que parar en el propio marco, burlándose al otro lado una profunda oscuridad ya conocida. No podía marcharme descalza, por lo que atándome las botas lo más presta que pude y agarrando el quinqué, salí dando brincos. Subí las escaleras con mucho más cuidado, intentando escuchar cualquier sonido providente del comedor donde todavía parecía quedar algunos operarios con una juerga feliz. Demasiado feliz a decir verdad, dado que podía oír todas sus voces. Pero yo no me dirigiría hacia allá, corriendo veloz a la zona detrás del escenario; observando con, todavía, temor la trampilla bajo el tablado por la que una vez se me ocurrió meterme para más adelante salir despavorida.
Meneé la cabeza, apartando enseguida los mechones que se colaron en mi rostro, haciéndome cosquilla en la piel de las mejillas.
Al caminar por uno de los largos corredores, desde una de las ventanas que decoraban las paredes con elegancia, pude ver el exterior; y era todo tan blanco. La nieve caía como si fuesen pedazos de algodón desde unas nubes grises que no dejaban ver las estrellas del cielo, ocultándolas de mi mirada curiosa. Todo estaba cubierto de una pelusa blanquecina de aspecto suave y delicado; desde las piedras más bajas, hasta los tejados más altos de las casas más ostentosas.
Me apoyé contra una columna, dejándome ensimismar por la belleza del exterior.
Quería salir y golpear la nieve, levantarla por encima de mis hombros y dejar que se colocase en mi pelo, en mi cuerpo, para sentir el frío que la guiaba.
Debía de hacer tanto frío…
Apreté un poco más fuerte el manto ente mis manos, apoyando la cabeza contra la helada estructura de mármol. No obstante, dando un respingo enseguida, se colaron unas imágenes en mi mente: los techos de la ópera, la cúpula que vigilaba Apolo acompañado por dos Pegasos y otras dos esculturas.
Tenía que subir a verlos.
Sin preocuparme de nada más, comencé el ascenso por el camino que solíamos usar para ir a la esquina donde bebíamos mis compañeras y yo. Estaba segura que desde allí se podría salir a la superficie, de cualquier forma. Tropecé en varias ocasiones a causa de la emoción y un calor sudoroso me cubrió el cuerpo. No podía dejar de pensar en lo bien que se vería desde tan alto la ciudad; desde las pocas luces de los hogares, hasta el bosque cubierto de aquel manto blanco que duraría hasta casi entrada la primavera.
Me sujetaba las faldas con fuerza, asustada de que la lámpara en mi mano bajase la luminosidad de su llama a cada paso rápido que daba, obligándome entonces a ceder a mi apremiante nueva alegría, que solo me exigía llegar allá cuanto antes.
Tuve que subir varias escaleras más hasta llegar a la zona más alta, o al menos la que yo conocía, para ver una gran puerta de metal casi en su totalidad oxidada pero que no dejaba pasar ni un ápice del aire que podría agitarse en el exterior.
Sin mucho más que hacer me acerqué hasta ella, con los labios fruncidos por su mal aspecto.
¿Nadie la usaba?
Deposité la luz en el suelo, teniendo cuidado de apartarla para que no se apagase en el caso de que el viento se colase. Golpeé el pomo oscuro, terminando por apoyarme contra la pesada salida, gruñendo en sueco varias palabras mal sonantes que harían encogerse a cualquiera. No quería que mi única petición para la noche fuese denegada, por lo que mis intentos no cesaron, llegando a arrastrar los pies en el suelo uniforme hasta que, con un resoplido, me rendí, habiéndome manchado la ropa a causa del herrumbre.
—Maldición —murmuré al sacudirme los restos anaranjados lo más lejos posible.
Solté una patada al pórtico, llevándome las manos a las caderas, empezando a estudiar de nuevo la zona, intentando encontrar otra salida.
De la nada, resurgiendo de todas partes y de ninguna a la vez, escuché una risa; aquella risa en la que había podido deleitarme en contadas ocasiones.
Me di la vuelta, intentado saber de dónde procedía, como si en cualquier momento se fuese a mostrar ante mí.
El día anterior había sido perfecto; estuvo tocando hasta que parecí tan cansada que terminó por ordenarme que me marchase a la cama, como una cría que intenta aguantar las reuniones de los adultos por orgullo propio, pero que pronto es desairada.
Recogí el quinqué de su sitio y me coloqué mejor la ropa, intentando tener un aspecto más o menos decente a pesar de la suciedad.
—Fantasma —le llamé.
—No sabía que hoy estaría también en mi ópera.
Me llevé una mano al pelo, odiando el sonido de las dos últimas palabras que dijo.
Era tan diferente en la actualidad; si hubiese estado allí arriba meses atrás, con él hablándome a dichas horas, habría estado asustada, pensando que en cualquier momento me lanzaría lejos con su pesado humo errante y voces atronadoras; pero ahora quería hacer utilidad de sus conocimientos como supuesto dueño.
Aquello terminó por estirarme una sonrisa en los labios.
—No sabía que vendría a por mí.
—Es difícil ignorarla; no entiendo cómo nadie más no la escuchó.
"Tal vez porque eres el único que me presta más atención de la necesaria" pensé, dejando que un calor, no relacionado con el esfuerzo que hice para intentar abrir la pesada puerta, me acariciase de arriba abajo.
Sin darle tiempo a pensar nada más le cuestioné:
—Usted sabe otra forma de salir a los tejados, ¿verdad? —Señalé por encima de mí a lo que no podía usar.
—Así que eso era lo que trataba…
¿Me había estado vigilando? ¿Desde cuándo?
Reprimí un escalofrío, muy diferente a la sensación que me recorrió con anterioridad. No sabía si era con todas las personas igual, pero me era extraño tener sentimientos tan contradictorios. Debía de estar asustada porque me vigilase, pero otra parte de mí me decía que confiase en él, que el daño que no hubiese podido hacerme hasta el momento nunca vendría.
Meditó más de lo correctamente debido.
—No le puedo recomendar que salga, mademoiselle.
—No quiero recomendaciones —alegué rápida, posicionando la planta del pie en el primer escalón para bajar a un piso que de verdad conociese para guiarme.
—Entonces será mejor una orden; no salga al techo. —Di un resoplido y continué el camino, sin hacer caso a su advertencia—. Hace demasiado frío y no sería bueno para su voz, además de que con la nieve podía resbalar en cualquier lugar, caerse y, con muy mala suerte, matarse.
Su voz parecía seguirme por la espalda, levantándose fuerte para que le escuchase bien.
Esperaba que estuviese seguro de que allí no había nadie más a parte de nosotros; o más bien de mí.
—No diga esas cosas. Pensar así no sirve de nada, ¡mon dieu! —exclamé con indignación, como si me hubiese golpeado.
—Solo digo hechos que pueden ocurrir.
—También podría morir al salir a la calle, y no por ello estaré encerrada en cualquier agujero.
Esta vez fue él el que soltó el aire de manera brusca.
—Sandeces.
—Las mismas que dice usted. —Terminé por colocarme en el suelo, vigilando las esquinas, estando los muros de allí repletos de telas largas y escenas de antiguas producciones, no permitiendo ver la piedra que las formaban—. ¿Me ayudará? —Parecí rogarle—. Desearía ver la nieve, pero no quiero aventurarme a las calles a tales horas; no sería prudente.
Estaba segura con que me diría que sí; quería creerlo, y cuando sus siguientes palabras salieron desde cualquier sitio, fue como si me lanzasen una piedra justamente en la nariz.
—No, niña.
Muchas veces, en cada una de nuestras clases en general, me tenía que preguntar el por qué me llamaba de aquella forma; por supuesto que solía usar el término señorita, pero parecía preferir dicha palabra: niña.
¿Acaso era como me veía?
No creía. Había abandonado años atrás la apariencia torpe que podría ofrecerme el infantilismo, dejándome ahora con un hermoso cuerpo de rasgos redondeados y delicados. No me podía considerar una niña, y comenzaba a molestarme cada vez más cuando lo decía, como si se tratase de un insulto. Quizá pudiera ser por mi mentalidad; estaba claro que su inteligencia era muy superior a la mía, pero no hacía falta burlarse de ello. Me jugaría el cuello a que pocas personas más dentro de la ópera sabían tanto como el Fantasma, aunque fuese solo sobre temas musicales.
—Muy bien —exclamé molesta, caminando en otra dirección donde había visto con anterioridad una escalera estrecha que me podría dejar en otra área alta. Desde allí ya intentaría adivinar el cómo salir.
No dijo nada más, y cruzaba los dedos por que se hubiera marchado, dejándome sola en mi ensimismamiento, prefiriendo entonces la soledad antes que me viese hacer el ridículo por encima de los corredores habituales que solía rondar.
Allá donde caminaba era un trecho sinuoso y difícil, obligándome a agarrarme a todo lo que pudiese difícilmente con una sola mano. Mas, mi terquedad me decía que fuese de un lugar a otro; incluso se le ocurrió la idea de saltar por una de las ventanas que quedaban justas al techo, con apariencia estable.
Tuve que reprimirme; fuera estaría todo helado y lo único que conseguiría de escalar por las frías tejas sería caer a la calle, sin nada que me parase.
Eso no era una muerte decente desde mi punto de vista; bastante ridícula.
Cuadré los hombros, estudiando cada zona por la que me movía, queriendo encontrar una solución a mi problema. Deseaba tanto disfrutar de la nieve en aquel momento… Específicamente allá donde la hermosura nacía, tocada casi por las nubes, creando acordes en verdes y blancos y dorados.
Al llegar a una tercera puerta me lancé contra ella. Podía sentir la temperatura colarse entre las abertura, agitando la parte más baja de las telas de mi falda, como si se tratase de una caricia deseosa que intentaba provocarme. No obstante, la madera hinchada que me bloqueaba el paso no tenía la intención de moverse, cediéndome, otra vez, un amasijo de esperanza negadas, burlándose de mí con toda su crueldad.
Terminé por apoyar la cabeza contra ella, sintiendo ciertos aires malhumorados corroerme por no querer aceptar lo que yo quería.
No cesaría mi empeño; no era como si tuviera nada mejor que hacer.
Paseaba estudiándolo todo, con asombro por poder disfrutarlo en una noche tan profunda.
A veces sentía pavor a la oscuridad; en otras ocasiones era como si se tratase de una protección únicamente hecha para mi ayuda. Aquello era porque, una parte de mí estaba segura, de que mi maestro continuaba observándome, con sus ojos siguiéndome al igual que un búho tantea a su presa. Y me sentía bien. Era como tener una sombra protectora volcada sobre los hombros, que me dejaba ser como era, sin llegar a opinar.
Levanté la vista al techo de nuevo, con el rostro crispado, observando cómo curiosamente había allí colgado, de muchas cuerdas finas, máscaras de carnaval. Hice que mi mano izquierda agitase las más bajas; todas tenían plumas enormes, coloreadas en tonos vivos que brillaban al arrastrar la llama del quinqué frente a ellas.
Con un atroz grito, de sopetón, gracias a lo absorta que estaba en lo que había allí suspendido en el aire, no vi las extrañas bolas que se arremolinaban a mis pies, tan pequeñas como las puntas de mis dedos, y me caí. Al levantar la suela de la bota para apoyarla de nuevo pise varias de las esferas, haciendo que perdiese el equilibrio y, de culo, me sentase con brusquedad, clavándome muchas más.
Ahogué otro grito y las lágrimas que amenazaban con salir desde mis ojos. ¡Qué doloroso era! ¡Me pasaba por ser tan dichosamente distraída!
Golpeé con las piernas las que se agitaban a mis lados, deseando que se apartasen y que me dejasen sola.
Estuve a punto de lanzar la lámpara que llevaba, decidiendo con un espasmo final que no sería una buena idea, colocándola simplemente a mi lado mientras me rascaba la parte dolorida del cuerpo con pesar. Me llevé las manos a las rodillas, mirando sin ver nada en un punto concreto al final del pasillo que seguía a aquella sala tan bien ataviada.
—¿Se encuentra bien? —me preguntó, sin que me lo esperase, la resonante voz de mi maestro. Tenía cierto aspecto preocupado, como si mi cabeza hubiese chocado contra el suelo en vez de simplemente caerme de culo. Por culpa de mi ceguera autoimpuesta.
Puse los ojos en blanco, ¿qué podía esperarme de él? ¿Que se hubiera marchado?
Suspiré.
Sentía una especie de pesar por el pobre hombre. La noche pasada deduje que no debía tener ningún familiar con el que disfrutar de las festividades de la temporada de Navidad, y me compadecí de él. Por supuesto que habíamos pasado unas horas estupendas el uno junto al otro, pero no por ello significaba que nuestra relación avanzase.
¿Verdad?
Todavía seguíamos siendo profesor y estudiante. O al menos era aquello lo que él pensaba, de eso podía estar segura.
¿No?
Al tardarle en contestar, prosiguió:
—Ya le dije que no era una buena idea —me regañó con un tono sabiondo en esta ocasión. Le encantaba regocijarse en sus exactitudes.
—No me dijo nada de que la ópera sería peligrosa; me advirtió sobre salir al tejado, nada más —repliqué, levantándome con cuidado, todavía sintiendo tierna la sacudida en mi cuerpo.
—No vaya a culparme a mí ahora —espetó con una carcajada burlona.
—No lo hago, solo defiendo mi conciencia.
—Entonces deje de intentarlo, porque es pésimo —repuso él con cierta indignación—. Ya sabe que no debería moverse a estas horas por el edificio; pero veo que aún le cuesta entenderlo —me atacó.
—No sea absurdo con ese terrible tema. —Cogí el quinqué del suelo—. Hace meses que acudo a sus clases, saltándome esa norma.
—Pero eso es una justificación permitida. ¿Qué podría hoy, entonces, traerla hasta aquí para saltarse tan sensata orden? —Y en el interior de sus palabras sonaba una pizca de misterio, al igual que de curiosidad.
—Es Noche Buena, ¿lo ha olvidado? Ya lo discutimos antes.
—Por supuesto que no, señorita. ¡Estas fechas le afectan a cualquiera!
Me reí, saliendo de mi boca la risotada más alta de lo debido, pasándome enseguida los dedos por los labios.
—¿Incluso para los espectros?
—Sobre todo a los espectros.
De nuevo, el ambiente se cargó de algo parecido a la pena, como si el tema fuese doloroso; mucho más para él que para mí. Yo me encontraba distraída con el plan que había intentado conseguir, pero no sabía si el Fantasma tenía mayores cosas que hacer además de pasearse entre los gélidos muros de piedra del lugar. Solo.
Sorprendentemente, como si el hombre tuviese la necesidad de decir algo antes de que sus respiraciones se las llevase el viento, habló de forma rápida:
—Pero esas cosas ya no importan; dejemos entonces las regañinas. Tengo algo para usted, si me lo permite, en el cuarto donde ensayamos.
Moví la lámpara de un lado a otro, con repentina ilusión.
—¿Algo para mí? —tuve que cerciorarme.
—Sí, pero debe ir allí, y se lo mostraré.
Mostrarme… Podría ser que… ¿Podría ser que fuese a presentarse delante de mí?
Había intentado, en muy raras ocasiones, depositar en sus cavilaciones la idea de volverse a revelar con únicamente yo como espectadora. Verdaderamente había sido algo en lo que insistí con pesadez, hasta el día que terminó gruñéndome —y con razón— que si volvía a mencionarlo nunca jamás escucharía una de sus palabras.
Y consiguió achantarme, temiendo perderle.
En el caso de que no volviese a acudir a una de sus lecciones, no sentir la emoción que irradiaba por un tema que adoraba, o la ira por otro que detestaba; el acento particular que en ocasiones adquiría al frustrarse; los ánimos que me daba cuando las prácticas eran demasiado fatigosas… Sería casi insoportable. Para mi era alguien importante, y no sería yo quien rompiese nuestra relación.
Así que, con alegría, me dispuse a volver al cuartucho, atacándole entre preguntas de lo que me podría esperar allí, siendo él impasible, sin contestar a ninguna en particular, sorteándome todo el tiempo. Descendí el pasadizo que acababa en las cuatro paredes, no siéndome extraña la calidez que emanaba el interior de este. Al entrar, con cierta petulancia ya en el cuerpo, observé que una botella y una copa junto a un plato tapado se disponían sobre la mesa —al igual que la vez que me sirvió la comida y el vino para disculparse—. En esta ocasión no era un líquido rojo lo que había dentro de la copa, sino de un color amarillento más claro que la miel.
Intenté no mostrarme tentada al verlo todo allí, moviéndome despacio, dejando la capa y la lámpara donde solía colocarlos, yendo frente al fuego enseguida, queriendo calentarme las manos en primer lugar. No había notado el frío que tenía hasta ahora.
El Fantasma se aclaró la garganta.
—Eso que hay ahí es parada usted —susurró, siendo sus palabras las mismas que la vez anterior.
Me di la vuelta, actuando con nueva admiración, como si no lo hubiese visto al entrar. Al acercarme tomé el recipiente entre mis manos, olisqueándolo con disimulo. Pero lo que menos me llevó tiempo fue el levantar el delicado pañuelo de la vajilla blanca, habiendo encima una maravillosa tarta de mantequilla con un aspecto delicioso.
—Es muy amable por su parte —le alabé para su inmensa alegría—. No tendría que haberse molestado.
No contestó.
—Está actuando muy extraño, maestro —proseguí.
—¿De verdad?
—Decididamente.
Otro silencio cayó sobre nosotros, dejándonos tranquilos con el crepitar del fuego.
Anhelando saber qué era lo que me había traído para beber, le consulté enseguida, sin llegar a ninguna conclusión.
—Pruébelo, estoy seguro de que, con su afición a las manzanas, esto no la decepcionará —se mofó consiguiendo que me riese yo también, de buen humor.
Dando un pequeño sorbo, disfruté del sabor que dejaba en mi lengua; era incluso mejor que los vinos más dulces, no asemejándosele en nada. El gusto a frutas no me pasó desapercibido. Habiendo mojado únicamente la boca para cerciorarme, enseguida di un trago grande, dejando que cayese hasta el estómago.
El Fantasma murmuró algo divertido.
—¿Qué es?
—Chouchenn —dijo—. ¿Le gusta?
—Es delicioso.
—Me alegro entonces. —Estaba satisfecho—. Espero que la golosina que hay en el plato sí sepa lo que es.
Asentí, contenta de tener algo que comer.
Era tan extraño que se comportase así conmigo, demasiado amable y sin molestias. Me dejaba el corazón tierno por el plan que me ofrecía para pasar la velada… No era normal que tales cosas estuviesen en el cuartucho porque sí.
—Ahora, le enseñaré lo que quería mostrarle antes.
Se me hinchó aún más ese órgano que todo lo movía. Deposité la copa sobre la mesa, y crucé los dedos encima del regazo, observando la chimenea y su fuego encendido dentro.
De la nada, como era costumbre, se escucharon el abrir y cerrar de un estuche, o tal vez una maleta, y el roce de ropa contra una superficie.
Dejé que mis ojos se entornasen. Aquel hombre estaba escondido, ¿pero dónde? ¿Desde dónde era capaz de vigilar todos los actos que ocurrían? ¿Cómo le era posible estar en todas partes? ¿Quién le había enseñado tales secretos oscuros? ¿Cómo había llegado a ser un fantasma…?
Tras una aclaración de garganta, comenzó a sonar lo que parecía ser una viola, pudiéndose percibir el roce de las cuerdas que la formaban.
Había sido como el día anterior; incluso mejor. Tocaba la canción que le enseñé, con algunas notas cambiadas, nuevas añadidas y otras desaparecidas, en una melodía que me era totalmente familiar. El vello se me tornaba de punta por el placer que ejercía sobre mí. Nunca imaginé que dicha aria fuese a ser reproducida con otro instrumento; hasta el día de ayer jamás imaginé el volver a oírla. Y aquí estaba, con una mano en el pecho, vigilando cada una de las esquinas, intentando que en mi cabeza quedase todo recordado a la perfección.
No quería que acabase nunca…
Mi padre me había otorgado a aquel ser, a aquel hombre, al que ahora estudiaba con nuevos ojos; el Fantasma podría ser mi Ángel de la Música. Si con anterioridad había dudado, ahora las cosas estaban claras. Todo el amor que sentía por los reinos melodiosos en los que vivía; aquella magnificencia que mostraba al tratar el tema; el poder guiar a toda una ópera sin apenas fallos…
Tenía que serlo; un ser de los cielos con forma de demonio, con forma de humano...
Ya no importaba.
Sin que me diese cuenta acabó, y de nuevo el silencio reinaba, siendo únicamente roto por nuestras respiraciones.
Meneé la cabeza, pasándome la mano que mantuve pegada a mi cuerpo por el pelo.
—Ha sido…
—Pensé que sonaría mejor en una viola; con mucha más profundidad.
Asentí varias veces.
—No se equivocó. —Llevé mis ojos al dulce que se postraba ante mí para que lo devorase.
Aquel regalo que me había hecho fue uno de los mejores que recibí en mucho tiempo. Y ahora sentía pesar por no tener nada que darle a cambio.
—Usted —tragó saliva de forma pesada—, ¿sabe si tiene letra? Sería una lástima que no fuese así.
Sonreí con añoranza, pestañeando varias veces, como si detrás de mis párpados pudiese ver a mi padre enseñándome la letra de la canción, hacía ya tanto tiempo.
—Por supuesto que la tiene.
—Tal vez, si no es mucha molestia, ¿le gustaría compartirla conmigo?
Y de repente era como un niño, rogando por algo que deseaba con todas sus fuerzas. Pero aquello era algo que todavía no estaba dispuesta a ceder; no por el momento.
—Yo…—balbuceé, mordiéndome los labios—. En otra ocasión quizá. Preferiría no hacerlo ahora.
Silencio.
—Lo lamento —me disculpé.
—No, no. No es nada, señorita.
—Le diré que es… una pieza muy personal para mí —admití en voz muy baja.
—Y con gusto lo respetaré —alegó él de manera ferviente.
Toda presión que había sentido se disipó.
Tomé el bollo entre las manos y le di una mordida, deleitándome en su sabor; estaba delicioso.
Me distraje repasando con las uñas las betas de la madera de la mesa, sin nada en particular en lo que meditar. Era como si el solo estar allí me dejase la mente en blanco, atenta a cualquier acto por parte de mi compañero oculto.
Gracias a los cielos, él no parecía tener su hábito de convivir con la tranquilidad que tanto amaba, sino que su parte más astuta e indiscreta saltaba con lo que fuera.
—Quizá si pueda compartir conmigo algo, mademoiselle —me llamó, teniendo yo todavía la boca llena—. ¿Es Francesa?
Negué con un gesto.
—¿Cuál es su procedencia entonces? En pocas ocasiones puedo notar un acento en su voz, pero tan sutil que en verdad no sirve de ayuda. Escuché varias palabras en otro idioma cuando maldijo con anterioridad a la endemoniada puerta. No obstante, sigo sin saber.
—Suecia. Nací en Suecia, en un pequeño pueblo. —Me limpié los labios y las manos con el pañuelo blanco.
—Ya veo…. —murmuró para sí.
—¿Y usted?
—¿Yo?
—Sí, usted. ¿De dónde es? A veces también advierto un acento extranjero en su forma de hablar, pero nunca consigo adivinarlo.
Era uno singular, dejándome con la sensación de que ya lo había escuchado antes, sin comprender en quién.
—Soy francés, al menos esa fue la lengua que me enseñaron al poco tiempo de nacer.
Fruncí el ceño.
—¿De verdad?
—Oui, mademoiselle, y lamento decepcionarla.
Me reí con diversión, llenándome otra vez la copa con el líquido de la botella.
—No me decepciona, monsieur. —Volví a sonreír al aire.
—Aunque supongo, estoy seguro de ello, debo de tener el rastro de alguna de las lenguas que sé, pero puedo asegurarla que mi nacionalidad es francesa.
—¿A viajado mucho?
—Más de lo que nunca llegué a imaginar.
—¿Cuándo estuvo vivo? —me atreví a bromear.
—Antes de que me confinase en esta ópera, sí —me contestó, sin irse por las ramas, y yo decidí alejar el tema; al menos durante esta noche.
—¿Puedo saber alguno de los países? —me instó a hablar la curiosidad.
—Se trata de demasiados.
—Solo tres pues, si tantos dice que son.
—Muy bien…—Aspiró, y yo me removí inquieta, llevándome la copa a los labios, contenta de saber algo más sobre el hombre misterioso—. En los lugares que más tiempo he estado asentado han sido, de menos a más, Alemania, Italia y Persia.
La bebida decidió ir en otra dirección, haciendo que me atragantase de manera bochornosa. Me llevé de nuevo el pañuelo al rostro, intentado ocultar el color rojizo que ahora debía cubrirme las mejillas a causa de la tos.
El Fantasma se rio al ver que estaba bien.
—¿Persia? —le pregunté con la voz ronca, observando la pared de las tallas con los ojos bien abiertos.
—¿Le pasa algo a ese sito? Dígame que el mar se lo ha tragado —escupió con ironía.
—Hay un hombre aquí que también es de esa tierra. —Hice ruidos con la garganta, sintiendo como si alguien me la hubiese arañado por dentro—. Se llama Amir, ¿le conoce?
Esta vez fue él el que pareció sorprenderse.
—¿Le conocéis vos?
—Es un buen amigo de Madame Giry; ella me lo presentó.
—¡Amigo! —vociferó, haciendo que me moviese incómoda en mi asiento.
—Entonces le conoce. —Acepté sin dudar.
—No —gruñó—. Es el hombre que se dedica a mirar las paredes, ¿me equivoco? Un hombre molesto sin duda…
—No es tan terrible —le defendí, cruzándome de brazos.
—Es peor que eso.
—¿Sólo por qué tiene una tarea que hacer?
—Si con que solo la hiciera bien…
—No debería ser tan críptico con las personas —terminé por reñirle—. Algunas dan todo de sí, y no por no llegar a tan altos estándares se las ha de menospreciar.
Que él fuese un erudito de todas las artes no implicaba que al resto nos tratase como escoria. Eso nunca tenía que hacerse, me daba igual el rango social que se pudiera tener.
Mi maestro calló entonces, durante varios minutos; unos minutos muy largos en los cuales me dediqué a mirarlo todo. Pero yo no quería acabar allí la noche, no todavía. Había conseguido más que en ninguna otra; él debía de estar con la guardia muy baja a causa de la Navidad, y yo lo aprovecharía el máximo.
Todavía me encontraba aturdida por haber mencionado Persia; ¿cuántas posibilidades había de que hubiese vivido en aquel país? No demasiadas, eso sin duda. Pero, en la actualidad, nuevos extranjeros de países muy lejanos se movían en busca de la tranquilidad que no le podrían ofrecer sus lugares de nacimiento.
No obstante, ya intentaría en otro momento indagar más en el tema.
Deseando volver a la amabilidad que nos había llevado hasta allí, rompí la aparente paz que nos amenazaba. Me llevé un dedo a la barbilla, con aires pensativos.
—Otro día, no muy lejano, le traeré uno de mis libros favoritos —le dije convencida—. Es en sueco, pero podría traducírselo. Relata antiguas leyendas de mi tierra. ¡Oh! Habla de tantas cosas maravillosas y mágicas…
—Estoy seguro de ello. —Pareció notar mi intento de buen humor.
Con aquello, y la poca emoción que le hacía el que le hablase de, tal y como dijo, absurdas tonterías como las hadas y los centauros, proseguimos la velada, llegando a discutir cosas mucho más importantes, volviendo a disfrutar de las opiniones que nos dábamos, las burlas que arremetíamos contra la persona contraría a nosotros, los cumplidos que podríamos hacer… E incluso se digno a explicarme el cómo era una de las capillas más hermosas que había visto en toda su vida, en la ya mencionada Italia, quedándome asombrada por las cualidades que tenía también como aparente arquitecto.
Aquel hombre podría ser lo que quisiera.
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Wooo! Esto ha sido un capitulo… raro. Se me hace extraño que el mustio Fantasma hable tanto.
Pero es interesante; al menos ninguno de ellos pasó la Noche Buena solo.
¡Un besazo y hasta el próximo capítulo!
