XXXV
Injusticia
La noticia de que el Veritaserum se había acabado cayó como un balde de agua fría no solamente a Hermione, sino que al resto del Wizengamot. Sin aquella pócima, era imposible verificar el testimonio de la sanadora, lo que dejaba una sola alternativa a los miembros de la Alta Corte Mágica: decidir a la antigua si la declaración de Hermione era aceptable o no. Aquello se decidía mediante una votación. El testimonio se aceptaba si el cincuenta por ciento más uno estaba a favor de éste, y lo mismo se aplicaba para el rechazo.
Hermione no sabía por qué, pero tenía un mal presentimiento sobre lo que iba a ocurrir durante la votación. De todas formas, tenía motivos para sentirse preocupada, y no había que mirar más allá de la poca preocupación del juez acerca del problema del Veritaserum. Recordaba que el abogado defensor había dedicado una larga mirada al juez, y éste había hecho lo mismo con el Auror que había anunciado el problema con el Veritaserum. No lo tenía claro, pero le daba la impresión que algo se estaba tejiendo dentro de la corte.
Y la votación tuvo lugar.
La corazonada de Hermione cobró más fuerza cuando se dio cuenta que un gran número de los miembros del Wizengamot votó en contra de su testimonio. El conteo oficial arrojó unos números bastante adversos: setenta y tres por ciento no creía en su testimonio, un veinticinco por ciento simpatizaba con ella y un dos por ciento se abstuvo de votar. Hermione no lo podía creer. Toda la preparación que había efectuado para presentar la declaración más objetiva posible había caído en oídos sordos.
—En virtud de la votación del Wizengamot, declaro el testimonio de la señorita Granger inadmisible. —El juez golpeó con el martillo y Hermione tembló con el sonido—. ¿Ha concluido el caso de la defensa?
—Sí, su señoría —respondió el abogado en jefe de Marcus Brigham.
—Entonces habrá un receso de una hora, después del cual se leerá el veredicto.
Hubo bastante movimiento en la corte, pero Hermione se había quedado como enraizada al piso, mirando sin ver hacia el estrado. Creyó que tenía al abogado en sus manos, que había conseguido manipularlo para no darle margen de realizar alguna maniobra legal con la que desarmar su testimonio. Al final, la manipulada fue ella. Y lo peor de todo era que no tenía ninguna forma de demostrar que hubo juego sucio en el juicio. Por último, se puso de pie y también abandonó la corte. No deseaba estar presente en la lectura del veredicto, pues sabía lo que iba a pasar, pero era necesario. Necesitaba tener, al menos un rayo de esperanza de que Marcus Brigham pagara por lo que le había hecho al mundo.
Decidió salir del Ministerio de la Magia a tomarse un café bien cargado, e iba rumbo a la cafetería más cercana, cuando se encontró con Draco Malfoy.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Hermione, después de propinarle un breve beso en sus labios—. Pensé que estarías en la mansión.
—Creí prudente ganar tiempo y averiguar qué condiciones necesitamos cumplir para adoptar un niño o una niña —repuso Draco, señalando el edificio donde se encontraba el Ministerio de la Magia—. Por cierto, ¿cómo te fue en el juicio?
Hermione bajó la cabeza, y Draco supo que no le había ido tan bien.
—Manipularon mi interrogatorio —dijo ella, crispando los puños en señal de impotencia—. Pienso que el juez y los abogados estaban coludidos para garantizar que mi declaración no tuviera peso en el juicio, pero no tengo forma de probarlo.
Ambos se quedaron en silencio, sin saber qué aportar a la conversación. Al final, decidieron hacer lo que Draco había dicho. De todos modos, probar que hubo juego sucio en el juicio era prácticamente imposible sin que el mismo Ministerio emprendiera una investigación oficial. Y Hermione sabía que necesitaba pruebas para hacer que el Departamento de Seguridad Mágica hiciera algo al respecto.
Ambos penetraron en el Atrio y se dirigieron al departamento correspondiente. Como era normal en el Ministerio, las oficinas estaban apiñadas unas con otras, por lo que el espacio para trasladarse era muy reducido. Después de forcejear con algunos funcionarios y una cantidad nada desdeñable de personas que iba a lo mismo que Hermione y Draco, ambos fueron atendidos por una mujer de aspecto huraño y cabello entrecano.
—Ya veo —dijo la funcionaria, consultando unos pergaminos y volviendo a posar sus ojos en la pareja—. Ambos se encuentran en una situación socioeconómica estable y se encuentran dentro de la edad legal para adoptar. Sin embargo, para adoptar un hijo, deben cumplir las mismas condiciones que se requieren para tener hijos de forma natural.
—¿A qué se refiere? —quiso saber Draco, aunque Hermione intuía que iba a obtener una respuesta que no le iba a gustar.
—Seguramente saben que, en el mundo mágico, no se reconocen los hijos nacidos fuera del matrimonio —dijo la funcionaria como si se supiera la ley de memoria—. No es como en el mundo muggle, donde necesitan pasar cierto tiempo conviviendo para gozar de los mismos beneficios que una pareja casada. En el mundo mágico, es obligación estar casado para tener hijos, sea de forma natural o por adopción. Y de acuerdo con el registro, ustedes no cumplen ese requisito. Lo lamento, pero no pueden adoptar mientras no presenten un certificado de matrimonio.
Draco y Hermione se miraron, ambos pensando en la misma cosa. Resultaba que era cierto. Necesitaban estar casados para adoptar a un hijo. Ambos no llevaban mucho tiempo juntos, demasiado poco para dar un paso tan importante. También estaba el asunto de la disponibilidad de niños a ser adoptados. La tasa de abandono de niños era baja en el mundo mágico, más que nada porque la tasa de natalidad era baja, y Draco sabía que, para cuando estuvieran en condiciones de casarse con Hermione, tendría que esperar quién sabe cuánto tiempo para adoptar un hijo. Y Draco no se caracterizaba por su paciencia.
—¿Y si nos casamos en este momento?
—Podrían, pero están en el departamento equivocado —respondió la funcionaria. Hermione miró a Draco con descortés incredulidad.
—¿No crees que te estás precipitando?
—Pero…
—Draco. El matrimonio no es algo que debas tomarte a la ligera. No me conoces bien aún. Es todo un proceso, y no, no es algo legal. Es un tema de nosotros dos. ¿Qué pasa si encuentras algo en mí que no te gusta? ¿O convivir conmigo sea un problema para ti? Es complicado el asunto del matrimonio. A veces es una cuestión de meses, otras, de años.
—Pero… pero quiero tener ese hijo, Hermione.
—Lo sé, Draco, pero lo peor que puedes hacer en este momento es pensar con el corazón. —Hermione le tomó ambas manos y le miró con ojos brillantes—. Te prometo que tendrás lo que quieres. Lo único que te pido es paciencia. Las mejores cosas de esta vida se hacen esperar, te lo aseguro.
Draco suspiró, bajando los hombros, decidiendo que, aunque no le gustara la idea, Hermione tenía razón.
—De acuerdo —dijo él, mostrando una sonrisa triste—. Esperaremos lo que sea necesario. Confío en que sigamos juntos para cuando queramos dar ese paso tan importante.
Ambos salieron del Ministerio, viendo que aún tenían tiempo para comer algo antes de volver a la corte y enterarse del veredicto. Hermione escogió una cafetería pequeña y ordenó un té para Draco (él odiaba el fenómeno muggle del café) y un capuchino para ella. Mientras llegaban los pedidos, Draco se quedó mirando a Hermione, recordando algo que le había dicho su padre antes de entrar a Hogwarts.
—¿Sabes? Estaba pensando en lo que nos dijo esa funcionaria, y me acordé de las pláticas que tenía con mi padre antes de entrar al colegio.
—¿Y qué te dijo tu padre?
—Me dijo que no podía perder tiempo encontrando a una mujer con la que me sintiera cómodo, a la que pudiera amar sin condiciones o que me apoyara en las decisiones que tomara. Decía que todo lo que me debería importar era que esa mujer fuese sana, que fuese obediente y que honrara mis deseos sin cuestionamientos ni dudas. También me decía que me mantuviera alejado de las mujeres independientes, más que nada porque iban en contra de nuestro concepto de esposa ideal.
Hermione soltó una risa suave.
—No quiero ni imaginar lo que podría pensar si te ve conmigo.
—Me importa una mierda lo que él piense —dijo Draco con un poco de enojo—. Además, él está en Azkaban. No puede decirme nada. Y si alguna vez sale de prisión y trata de desheredarme, lo va a tener muy difícil. Recuerda que sus riquezas pasaron a mis manos en el momento que él comenzó con su sentencia.
—¿Y los aceptarías nuevamente, si es que alguna vez quedan libres?
—Lo haría, siempre y cuando ellos acepten mi relación contigo —repuso Draco con una pequeña sonrisa—. Si no es así, bueno, buena suerte viviendo en la calle.
Hermione, en cualquier otra circunstancia, habría pensado que Draco estaba siendo un poco cruel con sus propios padres, pero viendo lo que ellos le habían hecho y en lo que le habían convertido, juzgaba que no era menos de lo que se merecían. A lo mejor, era posible que vivir en la pobreza les diera una lección de humildad.
—No creo que ellos toleren vivir en la calle —opinó Hermione, viendo que su capuchino venía en camino, junto con el té de Draco—. No tendrán otra alternativa que aceptar nuestra relación.
—No necesito su aceptación —dijo Draco, tomando su taza de té de las manos del garzón—. Lo único que necesito es que tú aceptes estar conmigo.
—Y eso, como bien sabes, ya lo tienes —repuso Hermione, bebiendo un sorbo de su capuchino. Podía ser una cafetería pequeña, pero ella había escogido ese local por una razón—. ¿Estás seguro de tener la paciencia suficiente para esperar a que estemos en condiciones para casarnos?
—No lo sé —respondió Draco, bebiendo un trago moderado de su té—, pero la única forma de averiguarlo es seguir esperando.
—Tienes razón. —Hermione consultó su reloj, percatándose de que faltaban diez minutos para que el juez emitiera su veredicto—. Acabemos con esto y, si quieres, me acompañas a la corte.
—¿A qué?
—A escuchar el veredicto sobre el juicio a Marcus Brigham.
Draco miró significativamente a Hermione y decidió que aquello era un asunto importante. Cuando acabó con su té, ambos pagaron sus respectivas órdenes y salieron a paso raudo al Ministerio de la Magia. Cruzaron el Atrio, el control de seguridad y llegaron a la corte con dos minutos de sobra.
Cuando el juez tomó asiento en su puesto, todo el Wizengamot se encontraba en silencio. Marcus Brigham, sentado en la silla central, como todos los acusados, ostentaba una expresión indescifrable en su cara, como si tratara de despersonalizar su situación, con independencia de lo que dijese el juez. Hermione y Draco también permanecían en silencio, a la espera del veredicto.
—Señoras y señores presentes —comenzó el juez, tomando un trozo de pergamino y poniéndolo frente a sus ojos—, esta corte ha llegado a una decisión en lo concerniente al caso del Ministerio de la Magia en contra de Marcus Brigham y asociados.
Todos en la corte parecieron contener el aliento, aunque a Hermione le daba la impresión que lo hacían por razones distintas a las de ella y Draco. Decidió seguir escuchando.
—En virtud de lo expuesto por ambas partes, el Wizengamot ha llegado a la conclusión que la parte acusadora no presentó un caso lo suficientemente sólido para condenar a Marcus Brigham de acuerdo a lo solicitado por la fiscalía. Por eso, en el cargo de cuasi delito de genocidio, el acusado es hallado… inocente, pero en el cargo de desarrollo ilegal de armas biológicas, el acusado es hallado… culpable. Sin embargo, en relación con sus asociados, la evidencia de que ellos estuvieron involucrados en actividades ilícitas se acepta. Por lo tanto, las condenas a cada uno de estos asociados serán las siguientes…
Hermione no escuchó la lista de condenas a las otras personas acusadas. Le alegraba, hasta cierto punto, que Marcus Brigham fuese culpable del desarrollo ilegal de armas biológicas, pero ella quería que él fuese condenado por el crimen de cuasi delito de genocidio, lo que implicaba una pena más alta. El mero desarrollo de armas biológicas no ameritaba una pena alta, y Marcus podía optar a una rebaja en la condena por buena conducta, lo que no ocurría con la acusación más grave.
—Y todo porque no tenían Veritaserum —dijo Hermione, los puños crispados y mirando cómo Marcus Brigham era escoltado por cuatro Aurores—. Cinco años en Azkaban, pudiendo ser reducidos a dos. Y la fianza es una caca. Veinte mil Galeones. ¡Es una injusticia!
—Lo sé —añadió Draco, solidarizando con los pensamientos de Hermione, recordando todos los malos ratos que debió pasar a causa de la enfermedad que le había dejado estéril de por vida. No había pena legal para dimensionar los agravios que había sufrido a manos de Marcus Brigham. Por su culpa debía adoptar en lugar de tener hijos por sus propios medios.
Al final, ambos decidieron marcharse de la corte. Los ánimos andaban por el subterráneo. De todos modos, darse cuenta que un genocida había recibido el equivalente legal de una palmada en el trasero, era algo que ninguna persona podía tolerar sin sentirse deprimida. El hecho que los demás involucrados hubieran recibido las penas que les correspondían era un premio de consolación que Hermione no aceptaba.
—¿Qué haremos ahora? —preguntó Draco, viendo que Hermione tenía un humor sombrío—. ¿Vas a dejar que ese infeliz se salga con la suya?
—Ya se salió con la suya —repuso Hermione en voz baja, tratando heroicamente de no mirar al suelo—. Lo único que puedo hacer es seguir con la investigación. Recuerda que tu empresa nos entrega apoyo financiero.
—Y lo seguiré entregando —dijo Draco, tomando a Hermione por el hombro—, hasta que tengas los resultados. De todas formas, lo positivo de este juicio es que mi empresa obtuvo muchos contratos con diversos hospitales mágicos para el suministro de pócimas curativas.
Hermione miró a Draco, sin entender.
—¿Y por qué? Recuerda que fue dinero de tu empresa la que financió las actividades de Dragón Negro, quienes trabajaban para Marcus Brigham.
—También debes recordar que el anuncio que hice sobre el financiamiento de tu investigación causó el efecto deseado. Además, el presidente que había autorizado los fondos se encuentra bajo arresto y esperando por juicio.
—¿Te refieres a Winston Lowell?
—El mismo. No quiero que mi empresa caiga en el descrédito solamente por un malentendido. El punto es que gozamos de buena reputación ahora, sobre todo con el asunto de tu investigación. Tienes que hacer el trabajo, Hermione. El mundo te lo va a agradecer mucho.
Hermione se quedó pensando en las palabras de Draco. Tal vez Marcus Brigham le había ganado en la arena legal, pero de ningún modo iba a permitir que le venciera en el frente científico de batalla. Tenía que haber una cura para esa enfermedad, o al menos una forma de detener su avance.
—Tienes razón —dijo ella con una pequeña sonrisa—. No puedo darme por vencida.
—¡Esa es mi chica! —exclamó Draco.
Hermione hizo más amplia su sonrisa.
Tres años después
ALIVIO MUNDIAL
Finalmente, después de unos pocos años de investigación, la enfermedad que asolaba al mundo muggle ha sido detenida.
Después de tres años de arduo trabajo, la sanadora Hermione Granger, junto a un equipo multidisciplinario, ha conseguido hallar la cura a la enfermedad que estaba dejando estéril a la gran mayoría de la población muggle. Múltiples pruebas han verificado su eficacia y se está distribuyendo, a un costo muy reducido, a todos los muggles del planeta. La empresa del magnate Draco Malfoy desempeñó un papel crucial en la manufactura y distribución del medicamento a nivel global, recaudando utilidades récord, pese al bajo costo de la cura. No obstante, tanto Hermione Granger como Draco Malfoy no han estado disponibles para dar ruedas de prensa en relación con lo sucedido. Más detalles en la página dos.
Marcus Brigham tiró el periódico a la basura con violencia. Después de todo lo que había trabajado para diezmar a la población mundial, le causaba escozor y rabia ver cómo una joven de un poco más de veinte años se las arreglaba para frustrar todos sus esquemas. No podía creer que Hermione Granger le hubiera derrotado en su propio juego. Pero aquella no era su única preocupación.
En absoluto.
Se encontraba delante del despacho del Ministro de la Magia. Por lo mismo, tragó saliva. Golpeó dos veces y la puerta se abrió. Marcus entró y se encontró con una persona que en el pasado había sido su aliada, pero que ahora se había convertido en su peor enemiga.
—Buenas tardes, señor Brigham —dijo Megan Vauxhall en un tono crudo que no auguraba nada bueno para él—. Me imagino que ya habrá leído el periódico.
—Yo y todo el mundo —murmuró Marcus, esperando que Megan no escuchara. Desafortunadamente, lo hizo.
—Yo confiaba en que usted hiciera un buen trabajo, confiaba en que desarrollara una enfermedad incurable. —Megan se puso de pie y se acercó a Marcus, quien retrocedió un poco—. Aquí podría pensar que no contó con la presencia de Hermione Granger, pero, por favor, señor Brigham, usted tiene más experiencia que esa mocosa. No debió haber permitido que ella le ganara en ingenio.
—¿Y qué quería que hiciera? Hice lo mejor que pude con los recursos que me entregaron.
—Pero ese "hice lo mejor que pude" no fue suficiente. Lo siento, señor Brigham, pero me ha decepcionado. Y es por eso que usted está aquí. No pagué su fianza para que esté libre, señor Brigham. Usted está aquí para que pague por sus errores.
Marcus Brigham sacó su varita, pero sabía que no podría hacer nada. Se encontraba en la oficina del Ministro de la Magia. Cualquier agresión que realizara sería en balde. Marcus solamente podía esperar a la caída del martillo, y, mientras veía a un equipo de Aurores penetrar en el despacho, supo que su suerte estaba echada.
Hermione regresaba de su laboratorio con el ánimo por el cielo. Aquellos tres años habían sido muy difíciles, tanto en lo laboral como en lo sentimental. Pese a que seguía junto a Draco, pruebas inesperadas salieron a su encuentro, tal como la salida prematura de los padres de Draco de Azkaban. Como era de esperarse, Lucius le hizo la vida imposible, inventando un millón de razones por las cuales ella jamás sería suficiente para Draco. Narcissa, mientras tanto, apostaba por la neutralidad, lo que siempre jugaba a favor del enemigo. Había discusiones interminables sobre el futuro de la empresa, ahora que Lucius estaba libre. Según él, Draco había erigido su compañía gracias a su dinero y, por ende, le pertenecía por derecho. Claro, también tenía la intención de desheredarlo, pues, en estricto rigor, las riquezas existentes de los Malfoy volvieron a pertenecerle. Y los dimes y diretes continuaron por varios meses, hasta que al final, Lucius se salió con la suya. Aunque Draco no se encontraba muy molesto por eso.
Ahora, Draco ya no formaba parte de la familia Malfoy. Lucius le prohibió volver a la mansión o usar su apellido para nombrar a los hijos que tuviera. Pero, como era natural, eso le venía de perlas a Draco. Podía haber perdido la riqueza de los Malfoy, pero las utilidades de la empresa (a la cual Lucius no le pudo poner las manos encima), le pertenecían por derecho. De ese modo, Draco continuó siendo un magnate del negocio de las pócimas curativas y compró una propiedad nueva, claro que no se trataba de una casa opulenta o particularmente grande. Pero Hermione había pagado muchos platos rotos en aquella contienda legal, mayormente gracias a Lucius y a algunos comentarios de Narcissa, y aquellos momentos habían sido difíciles de olvidar… hasta que encontró la cura de la enfermedad. Desde ese momento, nada pudo apagar su ánimo.
Esa noche había pasado una de las mejores noches de su vida en compañía de Draco. Jadeaba a causa del cansancio y había encontrado una excusa para tomarse una ducha. Mientras escuchaba el sonido tranquilizador del agua repiquetear sobre la cerámica, Hermione pensaba en lo que le había permitido encontrar la cura de la enfermedad de Marcus Brigham. Tenía mucho que ver con el material genético con el que el Doctor había modificado el virus del resfrío. Después de más de dos años de experimentos, Hermione consiguió aislar el grupo de genes que causaba la enfermedad. Pasaron otros meses más para poder desarrollar otro virus, genéticamente modificado para cazar y eliminar a la enfermedad. Pero la verdadera genialidad del virus era que, al insertar el código genético en el agresor, ambos se volvían completamente inocuos y eran eliminados a través de la orina, tal como la materia y la antimateria se aniquilaban entre sí para generar energía.
Cuando hubo acabado con su ducha, Hermione se envolvió la toalla alrededor de su cuerpo, asegurándose de secarse bien las orejas y entremedio de los dedos de los pies, y salió del baño, solamente para encontrarse con una sorpresa mayúscula.
La habitación no presentaba ningún rastro de que una pareja hubiera tenido sexo allí. La cama estaba hecha, había velas encendidas por todas partes, pétalos de claveles caían desde el techo y, en medio de la habitación, él, Draco Malfoy, completamente vestido y con la mano extendida hacia ella. Sobre ésta, había una pequeña almohada, en la cual descansaba un anillo con un rubí incrustado en éste. Su cara expresaba profunda determinación e ilusión.
—Me harías muy feliz, Hermione Granger, si aceptaras ser mi esposa.
La cara de Hermione lo decía todo.
