Mis queridas, espero que estén excelente. Les traigo la noticia de que he dado comienzo a mi trilogía "Caballo Negro", ya tengo el primer capítulo del primer libro. En eso he estado un tanto ocupada, pero mi deber está en primero terminar estos fanfics.
No les hablaré aún de mi libro, pero espero que algún día yo tenga el placer de tener a gente tan maravillosa como ustedes como lectores.
Un abrazo enorme, a leer! No me odien :(
.
XXXVI. Descontrol.
No se me ocurrió pensar que todo estaba demasiado perfecto para ser verdad. Fuera de lo de siempre relacionado con el Innombrable, en lo personal nada había fallado. Todos mis sueños se estaban haciendo realidad, todo iba de pelos. Remus no se mandaba a cambiar en las mañanas, si no que permanecía a mi lado, fielmente, cariñoso, atento, algo retraído de repente, pero sin dar luces de arrepentimiento, lo que era más de lo que podía soñar…
Desperté producto de un ruido al que no hice caso. Creí que había sido parte del sueño. El brazo del mago aún estaba en mi cintura, muerto. Acaricié su mano, dándome cuenta que respiraba en mi cuello profundamente. Sonreí. Pero, un momento. Aún estaba oscuro. Aún el reloj no sonaba para que fuera a trabajar. Me ceño se frunció levemente.
Luego, oí de nuevo el ruido… y voces. Mis ojos se abrieron de tal forma, que sentí que se me iban a salir.
Quise reaccionar, pero no lo hice: ya era demasiado tarde, mis músculos aún no despertaban por completo. Tarde estiré la mano para coger mi varita. Esconderme en el closet, bajo la cama, o taparnos hasta la cabeza no hubiera servido de nada, total, la puerta de mi cuarto ya se había abierto… y la luz ya se había encendido.
Vi el rostro asustado de mi madre, pero en un segundo se transformó al de furia y confusión.
—¿Qué pasa? — inquirió Remus somnoliento, levantando el rostro sobre mi hombro.
La respuesta estaba ante nosotros.
Las respiraciones en general se aceleraron. A mi madre también se le desorbitaron los ojos. Eran como dos huevos fritos pegados en su rostro.
—Mamá, estamos vestidos —dije estúpidamente, echando con fuerza el cubrecama hacia abajo para que viera que era cierto.
Andrómeda negó con la cabeza y nos miró avergonzada y disgustada… Pero creo que eso era poco decir. Rápidamente me puse de pie, pero de nada sirvió. Dio media vuelta dando un portazo que hizo temblar las paredes y descolgó uno de los posters. Mi corazón latía dolorosamente en mi pecho.
Me levanté y abrí la puerta de un tirón y salí corriendo. Mi madre estaba dando vueltas por la sala, resoplando, pero mi padre estaba sentado con la cabeza gacha en el sillón.
—Mamá… puedo explicarlo…
Extendió un brazo hacia mí e hizo un gesto para que me callara.
—Ahora no —farfulló con voz temblorosa dirigiéndome una mirada que partió mi alma en ese momento —. Tu padre —dijo señalando al hombre que parecía haber estado bajo la lluvia, por la forma que temblaba.
—¿Papá…?
Remus apareció en la sala, vestido con su ropa de viaje y con el bolso que había llevado. Su expresión se había congelado entre la vergüenza y el miedo. Lo ridículo hubiese sido que no le tuviera miedo a Andrómeda.
Lo miré y modulé "lo siento". Asintió.
Abrió la boca para despedirse, pero mi madre negó con la cabeza y señaló la puerta.
Mi novio miró el suelo, humillado, y se apresuró a salir sin hacer ruido alguno. Supongo que consideró que era más caballeresco irse por la puerta a irse cobardemente por la ventana.
Me volví hacia mi padre y me arrodillé y coloqué una mano en su rodilla, preocupada.
—¿Qué sucede?
Ted levantó la vista. Sus ojos estaban irritados.
—Tu abuela falleció.
—No puede ser —respondí automáticamente —. Estaba bien, ¿no? Se había hecho exámenes hace poco y salieron buenos.
Se encogió de hombros.
—Ocurrió durante la noche. Se levantó a tomar agua a la cocina… y con tu madre oímos un ruido. La encontramos en suelo, con el vaso roto —sus ojos se llenaron de lágrimas —. Sólo sufrió un ataque al corazón —se secó las lágrimas —. Tu abuelo insistió en que la lleváramos al hospital, y así lo hicimos. Pero…
Lo abracé y dejé que llorara en mi hombro.
Tras unos segundos se separó de mí.
—Estaba vieja —rió nerviosamente —. Tu abuelo está destrozado.
—Puede venir para acá si quiere…
—No. Le dijimos, pero necesita estar en su hogar, ya sabes. Ordenar las cosas y… los preparativos…
Lo acompañé hasta que decidió colocarse de pie para ir a dormir. Al fin y al cabo, eran las tres de la mañana. Me puse de pie junto con él.
Mi madre estaba tras nosotros, con los brazos cruzados. Se debatía entre la pena y la rabia, pero cuando se encontró con mis ojos, decidió por cuál sentimiento inclinarse.
—Mamá, ¿podemos hablar? —inquirí con docilidad.
—No tengo nada que hablar contigo, Nymphadora. Es tarde. Quiero dormir, y creo que tú deberías hacer lo mismo.
Me dio la espalda y caminó hasta el baño.
Regresé a mi cuarto, esperando que Remus hubiese vuelto a entrar. Pues no estaba allí.
Me apoyé en la puerta y me puse a llorar de pena, rabia y vergüenza.
—Maldita seas, mamá —farfullé con los dientes apretados. De pronto me sentí fatal, como si la hubiera traicionado.
Casi no dormí. Sentía que el corazón no paraba de latirme con violencia. Me levanté muy temprano y pasé largo rato en la ducha. Sufrí un susto terrible al mirarme al espejo: mi cabello comenzaba a desteñirse nuevamente, así que decidí relajarme un poco. No lo logré como esperaba.
Tuve que vigilar Hogwarts, así que aproveché de ir a ver a Severus. Esa misma tarde había ido donde Remus, pero no estaba, o pretendió no estar.
—No soy tu pañuelo de lágrimas —siseó Snape cuando abrió la puerta. Decidí ser cortés y respetar su privacidad golpeando la puerta antes.
—No vengo a eso —dije sinceramente. — ¿Aún haces pociones?
Arqueó una ceja, asintió y se hizo a un lado.
—Por tu aspecto, apuesto a que tu vida no anda color de rosa.
—No. Mi abuela estiró la pata —revelé sin afán de ser graciosa.
—Ya. ¿Qué puedo hacer por ti?
—Mi abuelo está muy mal. ¿Tienes algo para que lo calme? Es probable que los muggles lo droguen con medicamentos que lo van a dejar en estado inconsciente. No quiero eso.
—Tengo algo que podría servir. No hará que se le olvide lo ocurrido, pero sí calmará las penas y los nervios.
—¿Estás bien?
Sonrió sin alegría.
—Como siempre.
Se acercó a la pequeña alacena y rebuscó entre un montón de frascos. Estiró la mano y me lo entregó.
—Gracias.
—Cada doce horas, dos gotitas —asentí y me giré hacia la puerta —. Y Tonks… esto es temporal. Es mejor que soluciones tus problemas.
Lo miré con inocencia.
—No es para mí, Severus.
Al día siguiente acudimos al funeral y fue donde aproveché de entregarle la botella a mi abuelo. La encanté para que se dosificaran las gotitas y no fuera a abusar de ellas. Estuve a punto de dejármelas para mí, pero ya sabía que no iba a hacer que me olvidara de mis propios problemas.
Transcurrieron tres días en los que mi madre no me dejó cena. No sé si escondía la comida o cocinaba justo para mi padre y para ella. No me esperaba despierta, o al menos fingía dormir. Ted, por otro lado, se había ido a acompañar a su padre, pero había esperado la noche anterior para despedirse de mí. Algo que agradecía a Andrómeda, era que no le había dicho nada; mi padre no se había dado ni cuenta que Remus había pisado la sala ese día. Claro, que no lo había hecho por protegerme, si no que no quería causarle molestias a mi papá.
El asunto era que yo también tenía mi paciencia. La quinta noche me superó. No sé si lo hizo adrede, pero los muebles de la sala habían cambiado de lugar y cuando entré, tropecé y me fui de boca. Por tratar de caer hacia arriba, pasé a llevar un adorno de la mesa de centro, que se cayó, se quebró y me cortó la muñeca.
—¡Ah! ¡Lumos! Estúpida mierda…
Y así fue como el cerebro se me frió. Me reincorporé e irrumpí en la habitación de mi mamá. Estaba viendo la televisión con el volumen muy bajo.
—¿Qué sucede? —Preguntó como si nada sucediera.
—¿"Qué pasa"? Dime tú qué sucede —encendí el interruptor. La sangre corría por mi mano, pero no me importó —. Soy adulta, mamá. Tengo veinticuatro años, no estaba haciendo nada malo con Remus allí. Y para tu información, ¡perdí la virginidad a los dieciocho! ¿Crees que vengo del siglo pasado? ¿Crees que soy una especie de santa, una mojigata?
Andrómeda se paró, roja de rabia y decidió enfrentarme, por fin.
—¡Me dijiste que estabas saliendo con Savage!
—Ni siquiera conoces a Savage, mamá. ¿Acaso importa con quién estaba viéndome?
—¡Claro! Remus es tan… mayor para ti.
—¡Y qué! —Coloqué los ojos en blanco, exasperada. Sabía que era eso lo que me iba a discutir — Estamos en los noventas, Andrómeda. Además, estamos enamorados.
—¿Enamorados? ¿Sabes lo que es estar enamorada?
—Oh, no juegues con eso, mamá. Tú te enamoraste de papá muy joven. Ni se te ocurra decirme que no tengo idea de la vida o del dolor. Lo tengo muy presente.
—¿Qué te gusta de él? —Inquirió sin empatía.
—Si me pongo a enumerar las cosas buenas que tiene ese hombre, estaremos todo un día hablando. Pero es maravilloso. No es perfecto, pero juntos calzamos perfectamente.
—Me mentiste, y eso me ha dolido —luego frunció el ceño —. No me digas que fue por él quien estuviste sufriendo por tanto tiempo. ¿Cuándo tenías el cabello hecho un desastre? ¿Era por eso?
—Tuvimos… ciertos inconvenientes —evadí—. Nada que deba importarte.
—Eres mi hija. Lo que te ocurre, me concierne, sobre todo si es algo o alguien que te causó daño.
—No importa ahora, mamá —le contesté cortante.
—Alguien que hace sufrir a mi hija no merece ni mi aprobación ni mi respeto. Menos alguien que no tiene ni futuro ni trabajo... y ni siquiera hace el esfuerzo por ocultarlo.
—¿A qué te refieres? Remus tiene un trabajo… uno muy bueno. ¿Y qué tiene que ver el trabajo?
—Eres una mentirosa.
—No puedes saber si estoy mintiendo.
—Sí, puedo saberlo —se cruzó de brazos y alzó el mentón —. Vino ayer, en la mañana a disculparse.
—¿Remus? ¿Vino? —El corazón se me aceleró, pero como un mal signo. No me había dicho nada —¿Qué te dijo?
—Se disculpó por el "comportamiento inapropiado". Le pregunté si tenía trabajo y dijo que no. Tiene una casa por los suburbios de No-Sé-Dónde. Se viste de forma rara y luce enfermizo. No puede mantenerte…
—Yo trabajo, no necesito que me mantengan —la interrumpí —. Y no sé cómo te atreves a decir todas esas cosas… ¿Desde cuándo te volviste tan Black?
Sus cejas descendieron.
—Sólo quiero lo mejor para ti.
—¿Hiciste algo más que deba saber?
—Le pedí que se alejara de ti.
—Mamá… —Apreté las mandíbulas. De pronto vi una persona desconocida ante mis ojos. ¿Acaso un demonio la había poseído? Tal vez era Lucifer en persona.
—No te preocupes, dijo que eso dependía de ti. Pero… no lo dijo muy convencido. Y, dudo que tenga tanta confianza contigo, si acabas de enterarte que vino a verme.
La fulminé con la mirada. Nunca había odiado a mi madre… pero en ese instante lo hice y tuve ganas de azotarle la cabeza contra la pared. Mis instintos asesinos estaban a flor de piel, y no de una manera graciosa.
—Me decepcionas, mamá —dije calmada. Me sorprendí de mi tono de voz tan pacífico —. Nunca pensé que te fueras a dejar llevar por esas cosas ridículas… las mismas cosas que no te importaron de mi papá —se puso tensa —. Es como si te arrepintieras —sonreí desganada —. Si no te conté de Remus, fue porque pensé que montarías un espectáculo… pero nunca imaginé un ataque a mis espaldas. Buenas noches.
Di media vuelta y cerré la puerta con mucho cuidado cuando me fui de allí. Cuando llegué a mi cuarto, di vuelta mi mesa de noche, rasgué los posters y tiré como diez zapatos a la ventana. No la pude quebrar porque estaba con un hechizo irrompible, pero la idea sólo consistía en desahogarme. El último se me devolvió me dio en el estómago.
—¡Agh!
Luego me di cuenta que era una de las zapatillas que rebotaban.
—¿En serio? —susurré sin aire.
A la mañana siguiente, fui al trabajo con toda normalidad, pero mi cabeza estaba hecha un desastre. Remus no se había comunicado conmigo en varios días, y comenzaba a preocuparme. Más por mí que por él, porque él podía cuidarse solito. Temía en que me rompiera el corazón.
No obstante, decidí darle un poco más de tiempo. Pensé que, tal vez, con una semana podría pensar las cosas un poco, con suerte, podría recapacitar solito, sin que yo tuviera que estar colgándomele al cuello o arrastrándome como cuncuna, insistiendo una y otra vez en lo que ya estaba más que claro. Él me amaba, ya me lo había confirmado y yo lo creía. Es decir, siempre a uno le han dicho "¿cómo puedes amar a otro, si no eres capaz de amarte a ti mismo?". Remus se quería a sí mismo, sólo que no confiaba en él, se tenía lástima y, por sobre todo, estaba aterrado. Yo sabía que había algo más, un misterio sin resolver… Primero, claro, debía atender mis propios asuntos.
Y, si bien planeé darle esa semana para que pensara tranquilo, no alcanzó a ser más de un día. Un miembro del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos, que vivía en el límite de Inglaterra con Escocia, fue informado por uno de sus hermanos que ocurrió un disturbio de Mortífagos, porque habían dejado la Marca Tenebrosa en uno de los pueblitos. En un inicio, no fue más de lo normal que pudo haber ocurrido: una familia masacrada, una escena del crimen que atender, muggles con los que lidiar, un informe que realizar. Pero, no fue hasta la mañana siguiente, momento en que salieron los resultados de los estudios a los cuerpos.
—¡Tonks! —Gritó Daniels en medio del pasillo, corriendo hacia mí con una carpeta en la mano —. Llegué hace cinco minutos y me dijeron que te entregara esto.
—Gracias —cogí la carpeta y fui a mi oficina a leerla. No pensé que hubiera algo de real importancia allí, hasta que leí que el hombre de la familia, el padre de los muchachos, era un licántropo. Nerviosa, eché un vistazo a las fotografías y a las notas que habíamos escrito todos los investigadores del caso acerca de las víctimas, los testigos y los sospechosos: todo coincidía con que era una familia tranquila, humilde, trabajadora y que jamás se metían en problemas. De hecho, nadie sabía que el hombre era un licántropo. ¿Cómo se las había arreglado para que nadie se enterara? Ese era el menor de los problemas. Alguien había matado a una familia inocente… y creía saber el por qué.
Mi respiración se me aceleró.
—Están tomando venganza con aquellos que rechazan al Innombrable.
Por supuesto, no era una sorpresa, pero si Remus estaba anotado en la lista…
Me reincorporé temblorosa, di media vuelta y volví por el camino que había llegado, decidiendo hacerle una visita. Esperaba que estuviera allí, sano, salvo, tranquilo…
Golpeé un par de veces cuando estuve ante su puerta, pero nadie contestó, lo que hizo que las tripas se me retorcieran. Así que por las mías intenté entrar y por suerte resultó.
Mis ojos se dilataron de terror cuando vi la sala. Varias cosas estaban rasguñadas y los pocos adornos estaban destrozados en el piso. Parecía como si hubiera habido una pelea. Caminé en silencio por el área e hice un encantamiento silencioso para comprobar si había alguien en la casa. Definitivamente, había alguien. Ese encantamiento no mostraba la cantidad de gente, pero confirmaba la presencia. Por suerte, no había rastros de magia negra.
—¿Remus? ¿Estás? —Pregunté con voz trémula.
Silencio.
Avancé por la sala. Abrí las cortinas con la varita para que entrara luz.
—¿Remus?
Oí una respiración profunda y un gruñido. Me detuve por unos segundos. Los latidos de mi corazón parecían estar en mis oídos. Rápidamente me desilusioné para mimetizarme con el entorno. No quise poner a prueba mi metamorfosis; no andaba muy bien en ello.
Ese no es Remus…
Volví a oír un ruido antinatural, un gruñido, un golpe seco… Tal vez, un aullido ahogado. Luego, mi mente se iluminó.
¿Hoy es luna llena? Hoy es luna llena… maldición… ¡Pero es de día!
—¿Remus? —Susurré temerosa, avanzando hacia la habitación a paso lento. Me tomó un montón llegar para darme cuenta que Remus no estaba allí.
Tal vez fue mi imaginación. Estoy alucinando del miedo.
Me devolví a la sala y oí otro ruido. Provenía de la cocina. No me pude contener y corrí hacia allí. Y lo vi. Por un segundo, sentí alivio.
—¿Qué haces aquí? —me espetó el mago con la voz más ronca de lo normal cuando aparecí en el lugar. Estaba sentado en un rincón, delante de la puerta que conducía a un pequeño patio, con las piernas flexionadas como si se las hubiese estado abrazando. Sus ojos estaban sorprendentemente amarillos y brillosos, su rostro perlado por el sudor, y su cabello revuelto y más largo. Las venas de su cara estaban más marcadas y parecía un poco torcido de la espalda. Era evidente que me veía perfectamente, a pesar de estar como camaleón. O me olía. Esperaba no oler tan mal.
—Oh… Remus… —Avancé hasta él para agacharme, pero huyó rápidamente, gateando, hacia el otro extremo.
Me miró con ojos grandes, doloridos. Estaba sufriendo… Se estaba transformando poco a poco. Seguro que al anochecer se completaría el proceso de una manera mucho peor. Ese, aparentemente, sólo era el comienzo.
—¡No te me acerques! —Vociferó al ver que yo volvía a avanzar hacia él.
—No me vas a hacer daño… Sólo… sólo quiero que hablemos…
—Vete.
—Remus, por favor no me hagas esto. Déjame estar contigo —dije acongojada —. Ya estoy aquí.
—Esto no es un espectáculo —masculló agachando el rostro y respirando agitadamente.
Los ojos se me llenaron de lágrimas.
—Dime algo. ¿Qué puedo hacer por ti? Déjame hacer algo por ti —supliqué, agachándome. Avancé lentamente unos centímetros, pero estaba a más de dos metros de distancia de él.
—No puedes hacer nada. Es así… esto… —Se quejó levemente. Se estaba controlando.
—Déjame acompañarte. Por favor. Puedo… puedo hacer esto más liviano para ti.
Me miró fulminante, pero no contestó. Me arrastré otro poco por el suelo.
—No deberías estar aquí. Soy demasiado peligroso para ti.
—No lo eres. Estás consciente, me estás hablando…
—No te acerques —me miró con ojos grandes —¡vete! ¡Te haré daño!
—¡No me harás daño! —me acerqué otro poco. Tal vez, no debí haber sido tan insistente, pero verlo de ese modo me estaba partiendo el corazón. No me dio miedo, sino que una pena tremenda.
—¡Vete!
—¡No! —estiré el brazo para tocar su cara.
—¡DÉJAME!
Sentí un dolor agudo en el antebrazo. De la pura impresión me alejé rápidamente, y por magia involuntaria volví a ser visible. Remus se reincorporó con agilidad y apretó los puños, yendo hasta la puerta que daba al patio y colocándose delante de ella, respirando agitado. Miré mi antebrazo, que estaba sangrando por unos profundos rasguños. Sus uñas estaban crecidas, con forma de garras.
—Vete, ahora —gruñó con la mandíbula tensa.
Me paré con cuidado, con mi rostro desfigurado por la conmoción.
