Audrey salió de la Sala Común de Ravenclaw rápidamente, un poco molesta con Ethan. Al parecer a su amigo no le había hecho ninguna gracia que volviera a quedar con Alfred y le había recordado varias veces cómo acabó después del baile y asegurado que ese Slytherin solo quería repetir aquello y olvidarse de ella para siempre. Bufó un poco. ¿Y él por qué presuponía que ella quería vivir una historia de amor con Alfred? Solo habían quedado para hablar, nada más. Ya sabía dónde se estaba metiendo cuando decidió acostarse con él la noche del baile.

Bajó hasta el patio en el que había quedado con él y, nada más localizarlo, se acercó rápidamente hacia donde estaba.

- Hola. – Lo saludó, dedicándole una pequeña sonrisa.

- Hola, Audrey. – Contestó él, levantándose. – ¿Cómo estás?

- Bien, ¿y tú?

- Bien. – Suspiró y se removió un poco nervioso. – Escucha, creo que tenemos que hablar de lo que pasó en el baile.

- Supongo que sí.

- Si hubiera sabido que eras virgen, no lo hubiera hecho. – Dijo, rápidamente. – No quiero que te hagas falsas esperanzas, ni voy a mentirte diciendo que quiero algo contigo porque eso no es así. Ir al baile juntos estuvo muy bien, fue divertido, pero eso es todo. No quiero nada contigo, Audrey.

- ¿Y para eso me has hecho venir hasta aquí? – La morena enarcó una ceja y negó con la cabeza. – Creía que se trataba de algo importante.

- Supuse que esto sería importante para ti.

- ¿Asumes que porque perdí mi virginidad contigo ya quiero vivir un cuento de hadas? – Puso los ojos en blanco. – Por favor, no seas estúpido, Alfred. Estoy de acuerdo contigo. Lo pasamos bien y ya está.

- Solo quería aclararlo. – Se encogió de hombros y sonrió de medio lado. – Por eso mismo salí contigo. Eres una de esas chicas.

- ¿Disculpa? ¿A qué te refieres? – Frunció el ceño y lo miró con desconfianza.

- Bueno, ya sabes. No eres como esas que solo quieren un novio y esperan conocer al amor de su vida. – Explicó. – Eres una de esas chicas con las que uno se acuesta, no con las que uno se casa.

- Eres un gilipollas.

- ¿Qué? ¡Pero si es la verdad! Tú misma lo has reconocido.

- ¿Crees que ningún chico podría salir conmigo? – Negó con la cabeza. – ¿Pero tú quién te crees que eres?

- A ver, supongo que alguno habrá, pero tú no eres una chica de relaciones. Eres una chica de un rato, de unos besos, un polvo quizás…

No lo dejó terminar. Le dio una bofetada con todas sus fuerzas y Alfred guardó silencio.

- Merlín. Eres un desgraciado.

- Solo te he dicho la verdad. – Sonrió levemente y se encogió de hombros. – Si no la aceptas, no es mi problema. Ambos sabíamos a lo que íbamos así que no entiendo a qué viene este numerito ahora.

Audrey negó con lo cabeza, se dio la vuelta y se marchó con paso firme y apresurado, con la sangre hirviendo en sus venas.

¿Pero quién se había creído ese idiota que era? Ella no era solo una chica de un rato y, si quisiera, podría salir con alguien, ¿verdad? Sintió una pequeña punzada en el estómago. ¿Y si tenía razón y nadie la quería nunca por eso? ¿Y si un día quería sentar la cabeza y ningún chico quería estar con ella porque la veían solo como chica de un polvo? A lo mejor por eso Ethan la veía solo como a una amiga… Se detuvo bruscamente y tuvo que contener un grito de frustración. ¿Y Ethan qué pintaba ahí? Estaba claro que entre ellos jamás pasaría nada, los dos buscaban cosas distintas y su amistad era demasiado importante. Estaba segura de que ya se le pasaría. Además, él acabaría saliendo con esa francesa estúpida, lo conocía lo suficiente como para saber que acabaría rendido a sus pies. Su madre había sido muy hábil.

Recorrió los pasillos hasta llegar a su torre y, tras acertar el acertijo al quinto intento, pasó al interior. Quiso irse directamente a su dormitorio, pero alguien la interceptó antes de que pudiera entrar.

–Dri, ¿estás bien?

Miró a Ethan unos instantes, negó con la cabeza y lo abrazó antes de romper a llorar.

- Eh, venga, no te preocupes. – Murmuró, tensándose por completo. – ¿Qué te ha hecho?

- Dice… dice que soy una chica de un polvo y ya está.

- Menudo gilipollas.

- Le he dicho que no quería nada con él y me ha dicho que por eso quedó conmigo, porque sabría que pasaría un buen rato y no tendría que preocuparse por nada más.

- Menudo imbécil.

- Lo sé. – Sollozó levemente y lo abrazó con más fuerza. – ¿Y si tiene razón?

- Claro que no tiene razón, Dri. Seguro que solo lo dijo porque creía que estabas enamorada de él y heriste su orgullo.

- ¿Tú crees?

- Estoy convencido de ello. – Se separó un poco de ella y le apartó un mechón de pelo de la cara. Se lo colocó detrás de la oreja antes de limpiarle las lágrimas con delicadeza. – No llores, Dri.

- Es que me ha molestado su comentario.

- Pues no debería porque no es más que una vil mentira. – Lo aseguró. – Tú eres maravillosa.

- Eres el mejor, Ethan.

Volvió a abrazarlo y cerró los ojos. No estaba segura de lo que sentía, ni de lo que les depararía el futuro, pero sí que no había lugar en el que se sintiera más segura que entre los brazos de Ethan.


Thomas acariciaba con dulzura la espalda de Carina, que estaba tumbada bocabajo y estudiaba Transformaciones.

- Voy a quedarme dormida si sigues así. – Comentó ella, con una pequeña sonrisa.

- Pues deja de estudiar un rato entonces. – Él lanzó una carcajada y se tumbó junto a ella. – Llevamos solo dos días de clase.

- ¿No se supone que los Ravenclaw sois estudiosos y responsables?

- Solo a ratos. Somos listos, podemos dejar las cosas para el último momento.

- Menudos tramposos… - Lanzó una pequeña carcajada antes de ponerse de lado y darle un beso rápido. – Pues los Hufflepuff somos trabajadores por naturaleza y no me gusta dejar las cosas para después.

- ¿Y no puedes hacer ni una excepción?

La besó con dulzura y ella sonrió en mitad del beso. Le mordió el labio y, poco a poco, el beso se fue volviendo más apasionado. El chico se tumbó sobre ella y, con cierto nerviosismo, metió las manos bajo su camiseta antes de empezar a besar su cuello. Ella rodeó su cintura con sus piernas, acercando más sus cuerpos y gimió levemente. Cada vez sus besos se tornaban más y más apasionados y pronto las manos de ambos comenzaron a recorrer sus cuerpos con cierta curiosidad. Él se deshizo de su camiseta y siguió trazando un camino de besos por el cuello y la clavícula de la chica, que le revolvía el pelo de forma cariñosa.

- Thomas…

- ¿Sí? – Levantó la cabeza y la miró.

- ¿Alguna vez has, bueno, "eso"? – Murmuró, sonrojándose levemente.

- ¿Eso? Oh, "eso". – Carraspeó ligeramente y se dejó caer hacia el lado. – No. ¿Y tú?

- Sí, yo sí. Ian y yo lo hicimos por primera vez este verano.– Se mordió el labio, sin saber muy bien qué decir. – Creía que tú ya habrías…

- Pues no. – Se encogió de hombros. – Mis amigos y yo somos el club de los vírgenes. Bueno, ya todos no.

- ¿Quiénes?

- Audrey…

- Lógicamente. – Lanzó una pequeña carcajada.

- … y Ethan.

- ¿Entre ellos o…?

- Merlín, no. – Thomas rió. – De aquí a que estos reconozcan lo que sienten podemos hacernos viejos. Ethan con Riley y Audrey con el tío con el que fue al baile de Navidad, Alfred o algo así.

- Qué fuerte. – Negó con la cabeza. – Eve lo hizo con Chris.

- ¿Pasó algo entre ellos después del baile?

- No tengo ni idea. – Se encogió de hombros y suspiró. – Pero tenía una marca en el cuello que parecía un chupetón así que supongo que se liarían otra vez.

- Si ella es feliz así…

- Lo sé, lo sé. Es mayorcita ya.

- Estoy seguro de que todo irá bien al final.

- Sí y, con respecto a nosotros…No tengo prisa, ¿sabes? Cuando surja, surgirá y será maravilloso, estoy segura.

- Seguro que sí.

Volvieron a besarse y pasaron el resto de la tarde tumbados en la cama del chico, abrazados, hablando de todo y de nada al mismo tiempo, disfrutando de la mutua compañía y, simplemente, dejando las horas pasar.


Cuando finalmente la pelirroja se marchó, Thomas suspiró y volvió a dejarse caer en la cama. Quería dar aquel paso con ella, pero estaba un poco nervioso. Y esa sensación aumentaba aún más cuando recordaba la conversación que había tenido con su primo y su cuñado antes de volver a Hogwarts. No sabía de quién había sido la idea, pero Matt, Dan y sus constantes contradicciones ("¡el sexo es fácil!", "de eso nada, es más complicado de lo que parece", "eso es porque tú eres un torpe, Dan. Sin mis consejos y los de Leah, pobre Alex, a saber cómo estaría", "perdona, pero lo importante es la conexión y puede que las primeras veces no fueran las mejores, pero era muy especial"; "¿Carina es virgen? Si lo es, vas a pasarlo mal. Yo odié desvirgar a tu hermana", "pues a mí me encantó ser el primero para Alex y que ella fuera la primera", "¡pero si es súper incómodo y ellas no lo pasan apenas bien!" y así durante una hora) solo lo habían liado más.

Suspiró. Lo mejor sería olvidar esa conversación y dejarse llevar cuando llegara el momento.


- Dri.

Audrey se incorporó en el sillón al escuchar la voz de Ethan y soltó sobre la pequeña mesita el libro que estaba intentando leer para mantener la mente ocupada. Forzó una pequeña sonrisa y se encogió de hombros y él supo que no estaba bien. Se acercó y se sentó junto a ella. Pasó un brazo sobre sus hombros y dejó que se acurrucara en su pecho. La conocía muy bien y estaba seguro de que después de lo que le había pasado aquella tarde, la chica no podría dormir bien así que había bajado a ver si estaba en el salón. Y no se había equivocado.

- ¿Sigues dándole vueltas a lo de Alfred? – Ella asintió levemente con la cabeza. – ¿Quieres hablar de ello?

- ¿Por qué nadie me quiere, Ethan? – Murmuró.

- ¿Por qué dices eso?

- Es lo que siento. Alfred tiene razón. Todos me buscan para lo mismo y el día que quiera estar con alguien no podré porque esa persona me verá como una chica con la que pasar el rato. – Cerró los ojos y suspiró. – Todo el mundo encuentra a alguien menos yo, ¿por qué? ¿Qué tengo de malo?

- Nada. – Él comenzó a acariciar su pelo con dulzura y ella se estremeció. – Eres perfecta, Dri. Ya le gustaría a las demás ser como tú.

- Solo dices eso porque eres mi amigo y no quieres que esté mal. – Respondió antes de abrir los ojos e incorporarse un poco para poder mirarlo a los ojos. – Ethan, sé que no es así.

- Si los tíos no pueden ver lo especial que eres es porque necesitan gafas. – Insistió él. – Eres encantadora, simpática, sarcástica, divertida, muy inteligente, probablemente una de las personas más inteligentes que conozco, y tan guapa... Tienes muchísimo estilo vistiendo, siempre sabes qué ponerte, eres a la que mejor le queda el uniforme y la mejor vestida cada vez que salimos a Hogsmeade.

- No exageres.

- No lo hago. Solo tienes que darte cuenta de lo especial que eres.

- Pero entonces, ¿por qué siempre me pasa igual?

- Porque aún no has encontrado al adecuado.

- ¿Por qué eres tan bueno conmigo? ¿Por qué me dices todo esto? – Su voz era apenas un murmullo y él tuvo que acercarse para escucharla. – No te merezco.

- Porque no me gusta verte desanimada y porque es la verdad. Dri, tú eres única y solo te mereces lo mejor.

- Ethan, eres el mejor chico de este maldito colegio y jamás podré agradecerte lo suficiente todo lo que haces por mí, ni de lo que significas. – Se acercaron un poco más, con las respiraciones entrecortadas. – No te haces una idea.

Terminó de acercarse lentamente y lo besó sin pensar. Él, un poco sorprendido, tardó unos instantes en reaccionar, pero finalmente empezó también a mover sus labios y en seguida profundizaron el beso. Llevaba demasiado tiempo esperando aquello y le costaba creer que estuviera pasando de verdad. Enterró una mano en su pelo y la acercó más a él, prácticamente tumbándola sobre su cuerpo, enredando sus piernas.

- Llévame a tu habitación. – Murmuró Audrey cuando separaron sus labios mientras le dedicaba una mirada entre nerviosa, tímida y decidida.

- Dri…

- Llévame. – Insistió.

- Estás triste, no sabes lo que haces y…

No dejó que siguiera. Volvió a unir sus labios y él mando la poca cordura que le quedaba a la mierda. La cogió en brazos y se puso de pie. Se dirigió hacia el dormitorio de los chicos en silencio, sin dejar de besarla. Sabía que sus compañeros estaban dormidos, pero no quería arriesgarse. La tumbó en la cama, cerró las cortinas y conjuró un muffliato antes de tumbarse sobre ella y volver a unir sus labios, dejando que el momento los guiara a ambos.