Crónica treinta y seis: Accidentes. Parte 2.
Llegamos temprano al edificio en donde se transmitía el programa de radio, así que éramos los únicos idiotas sentados en sus lugares mientras probaban los micrófonos pero, al menos, teníamos los primeros sitios.
Valeska estaba sentada a mi lado, balanceando las piernas en el borde de su silla y mirando en todos lados. Detrás de nosotros había un cristal y enfrente de la mesa también. La puerta estaba a un costado de este último y se trataba de un simple rectángulo iluminado por un foco amarillo. Un hombre fumaba debajo del umbral.
Probaron el último micrófono y, entonces, apagaron la luz rojiza que nos iluminaba y por un momento estuvimos sumergidos en la oscuridad. Después, vino el brillo de un foco amarillo, apostado justo detrás del cristal a nuestras espaldas. Ella soltó un gritito de emoción.
—¡Qué emoción, Eiri! —Exclamó ella, tomándome por el brazo y zarandeándolo con fuerza—, ¡Nunca, nadie, había hecho algo tan lindo por mí! Eres muy amable. ¡Gracias!
—Pues… no sé cuándo tenga otra oportunidad de traerte a un sitio como este, así que no te acostumbres. Esto fue casualidad —mentí. Porque en cuanto Thoma me había mostrado los boletos, pensé en ella de inmediato.
Ella sonrió. En ese momento, se me cruzó por la mente una duda que había tenido sobre ella desde que nos habíamos conocido.
—Oye… conozco a muchas mujeres y la mayoría buscan acostarse conmigo desde el primer momento en que me ven, pero tú eres distinta: para mí, no usas calificativos como "guapo", "atractivo" o "sexy". Sé que suena vanidoso, pero me parece un poco extraño. ¿En verdad eres solamente mi amiga? Eso es genial —sonreí con honestidad.
Pero ella no pareció tan conforme con eso. Su cara se deformó un poco e hizo una mueca de incomodidad. Cruzó los brazos y resaló un poco su espalda por el respaldo de la silla. Su cabello, castaño, le cubrió momentáneamente los ojos. De pronto, temí haber dicho algo indebido.
—No es eso —se apresuró a decir, al ver que yo no encontraba las palabras correctas para disculparme—. Es que, bueno, Eiri, pensé que no te iban las chicas. Todos en el campus dicen… que tú eres… uhm… bueno…
—¿Homosexual?
Tragué con dificultad. Supe que la oscuridad en la habitación no era suficiente para ocultar mi sonrojo. Sí, lo era, ¿y qué? De pronto, me sentí más discriminado que una Pepsi olvidada por culpa de una Coca-Cola.
—Sí —susurró, asustada por mi brusquedad.
—Lo soy. ¿Es eso un problema para ti?
—¡Por supuesto que no, no seas imbécil! —chilló, levantándose de golpe y tirando su bolso por la brusquedad del movimiento. Sin darme cuenta, la tenía tomada del brazo y la obligué a sentarse casi con la misma rapidez con la que se había puesto en pie. Me asusté ante la idea de que estuviéramos teniendo una pelea sin fin. Una pelea a la que no podríamos ofrecerle una solución. La que nos marcaria por mucho, mucho tiempo y arruinaría la amistad que teníamos…
Algunos técnicos nos observaron, pero de inmediato fingieron no prestar atención ante lo que, por supuesto, pensaron sería una pelea de novios en un mal momento y un mal lugar. Quise cambiar el tema, pero ya era tarde.
Aunque, tal vez, me estaba adelantando a las cosas.
—Dime, idiota, ¿alguna vez te he ofendido? Si es así, me disculpo. Pero te vaya quien te vaya, yo te quiero como mi amigo. Y hagas lo que hagas, te tengo un afecto tan grande, que no lo cambiarás. Yo te respeto. Enserio, lo hago. Eres mi único amigo.
De pronto, todo se enfrió.
Me sentí como un niño regañado después de una pelea en la que terminó con los pantalones rasgados. No quise verla como una madre comprometida con su labor. Pero lo estaba haciendo.
—Gracias.
—Y no me atraes.
—¿Ah, no?
—No.
—¿Por qué?
Pero ella no pudo responder, otras personas comenzaron a llegar y una mujer obesa se quejó de no haber obtenido los primeros sitios por retrasarse buscando un abrigo… así que me distraje regodeándome en voz alta para hacerla pasar un mal rato.
—
El programa fue divertido, muy entretenido, con diferentes temas a tratar, música japonesa popular y llamadas telefónicas de pregunta y respuesta. El tipo que lo conducía era bueno… y guapo. Pensé en hacer bromas sobre él delante de Valeska ahora que ella estaba al tanto de mis… andanzas con otros hombres, pero me contuve, porque no quería parecer libertino.
Cuando salimos, luego de comprar café ardiendo en las máquinas expendedoras, ella me tomó del brazo, algo no muy significativo si tomábamos en cuenta que mi abrigo era tan grueso y pachoncito como la piel de un oso.
—Gracias, Eiri.
—Eso ya lo habías dicho antes —le recordé, mientras caminábamos sobre las aceras húmedas, expulsando vaho por la boca.
Había gente caminando a nuestro alrededor, cubriéndose con paraguas de las pequeñas gotas que caían de las hojas de los arboles porque había llovido toda la tarde y algunas otras eran más valientes y sólo se valían de sus gorros, bufandas y guantes para combatir el frío.
Supuse que ella quería que la abrazara para parecer una pareja románticas de esas películas navideñas con argumento barato… no, gracias.
O tal vez sólo quería ser amistosa… no, gracias, igual.
De pronto, pensé en ofrecerle hacer una parada en la panadería de la esquina, en donde tenían preparadas pequeñas mesas redondas para aquellas personas que desearan hacer una parada para beber espumoso chocolate caliente y comer dulces rebanadas de tarta de cerezas o durazno con cubiertas de delicioso chantillí… y hubiera cedido ante mi deseo de no haber sido porque un bravucón que bebía cerveza, se separó de s grupo y nos interceptó.
Oh, demonios, ¿cuántas veces deseé que eso pasara para tener el pretexto de golpear a alguien sin meterme en líos con la poli? Incluso había deseado, desde lo de Kitazawa, llevar a una dama tomada de mi brazo para protegerla de gente así.
Pero en esos momentos me sobresalté cuando el tipo de melena leonina, de un profundo color negro, nos interceptó el paso y quiso apartarla de mi lado. Lo único que deseé fue poder protegerla… y creo que lo hice.
—Vale, Vale, Vale, Vale… ¡¿Quién es tu amigo?! —exclamó, tomándola de la bufando y haciendo una mueca con la que simulaba mandarle besos.
De inmediato, lo tomé por el cuello, sin prestar mucha atención a que la estaba llamado "Vale" y parecía reconocerla de algún lado y lo empujé hacia atrás. Al diablo con Tohma y sus reclamos cada vez que me veía aparecer golpeado en su departamento, buscando el agua oxigenada y las banditas.
No me importó, tampoco, ser veinte centímetros más alto que él y estar sobrio. Cayó de espaldas sobre la acera y sus amigos se percataron de la afrenta. Claro, no pensaron que su amigo la había provocado, sino que se fueron contra el idiota rubio guapo y tuve que usar los puños como jamás lo había hecho en años.
Puñetazo a la mandíbula de uno, un gancho al hígado del otro, lanzarme por encima del hombro al que me había provocado y empujar contra el poste de luz al último. En el pavimento, quedo un charco notable de cerveza maloliente.
Valeska estaba gritando por ayuda cuando el sujeto de melena oscura se levantó, me tacleó por las piernas y me derribó. Nunca he sido bueno con los dientes, así que mi labio inferior sufrió el daño provocado por la mordida.
—¡Ayuda! ¡Se van a matar! ¡Llamen a la policía! ¡Eiri!
—¡Ya cállate! —grité, sujetando al tipo por el cabello y haciendo que su cara resbalara por la superficie de un sucio contenedor de basura.
Uno de sus amigos se levantó, dispuesto a golpearme la cabeza con la única botella DE VIDRIO entre todas las latas que había regadas por el lugar.
Aparte, nadie estaba haciendo nada. Sólo en Nueva York puedes golpear a una persona hasta reventarle el hígado y nadie se queja. Es una ciudad cool.
—¡Eiri! ¡Jack! —gritó por última vez Valeska. Su voz sonaba pausada, así que me liberé un poco de mi lucha para verla. Tenía una mano sobre el pecho y, cuando la retiró, fue porque su cuerpo perdió por completo su centro de gravedad y cayó hacia su costado derecho. De inmediato, la fuga se inició.
Menos la del sujeto que me mantenía agarrado por el cuello y al que yo había estado dándole puñetazos al menos hasta que ella colapsó.
—¡Vale!
Y de pronto, tuve la extraña sensación de que había cometido un error.
—
Llamé a Tohma desde uno de los teléfonos del hospital. Mi móvil estaba perdido y no me molesté en reportarlo. El hombre maloso, que respondía al nombre de Jack, estaba sentado en la sala de espera, con una postura miserable y los ojos anegados en lágrimas, por algo que, supuse, no se relacionaba mucho con su estado de ebriedad. Tenía un ojo morado, el labio rojo y un bonito moretón del tamaño del mundo en el abdomen. Yo sentía como si me hubiera volado encima una vaca (y no es que de repente haya hecho el increíble descubrimiento de que esas cosas vuelan).
—Hermanito… ¿cómo estás? Uhm… sabes… estoy en el hospital… uhm… ¡No! ¡Estoy bien! Es… una… amiga… ¿Puedes venir? Siento que voy a morir si no estás aquí… te espero… No, no… No necesito nada… sólo… que estés aquí… lo siento…
Tohma colgó el teléfono. Hice lo mismo. Supe que pronto lo tendría ahí. Eso me reconfortó. Cansado, rendido, fui a encarar a mi amigo.
—Oye… qué diablos es lo que está pasando. Creo que merezco una explicación.
Me observó con los ojos inyectados en sangre. Olía mal y no supe si era buena idea sentarme lejos para evitar el tufo a alcohol. Al final, ocupé el lugar a su lado.
—Ella está enferma del corazón. La diagnosticaron a los catorce años. Lo había llevado bien hasta el momento, pero…
—¿Se conocen desde hace mucho? —pregunté, interesado. Ella no había hablado más que de sus padres.
—Deberíamos —suspiró. Entonces, me pareció alguien ligeramente noble—, ella es mi novia… era… bueno… la seguí hasta acá desde Trenton. Terminamos por culpa de su padre.
Guardé silencio durante unos segundos. Titubeé antes de preguntar. Estaba celoso. No porque ella me gustara, sino porque era MI amiga y no quería compartirla ni con la Reina de Inglaterra.
—¿Por qué?
—Porque la acosaba. Luego ellos se mudaron porque él había conseguido un mejor trabajo. No quise dejarla desprotegida aunque ya no éramos nada. Su madre está loca y no se entera de nada. Ese hombre puede hacerle daño y… ¡¿Por qué diablos te estoy contando esto?!
Y no lo culpé por preguntar de esa manera tan brusca: yo me preguntaba lo mismo.
—¿Qué eres de ella? —preguntó al fin, con una violencia tal, que pareció que estaba masticando algo que le espinaba la lengua.
—Su amigo —acepté, sin mentiras, sin intentar hacerme el grande como comúnmente hacía.
—¿Así se les dice a los novios ahora?
—¡No es mi novia!
Él hubiera protestado, de no haber sido porque, en esos instantes, el médico apareció. No tenía cara de buenas noticias pero, siento sinceros, ¿qué medico si la tiene?
