36 Espadas

Hacía más de quinientos años, cuando la tierra y la vida eran sencillas, cuando el dominio de grandes youkais era conocido y superior, cuando la política eran guerras, por aquellos días existió un gran enfrentamiento del que los demonios y hombres hablaron durante mucho, mucho tiempo.

Un daiyoukai extraordinario reclamó las tierras que por derecho de sangre le correspondían. Ese daiyoukai desconocía las fuertes rivalidades que había despertado en aquellos que se consideraban sus pares, aquellos que habían usurpado sus dominios.

Sesshomaru nunca había querido aprender a jugar con otros. Sesshomaru no hablaba de concesiones, préstamos o perdones. Sesshomaru hacía.

Confiado en la superioridad de su sangre, el daiyoukai enfrentó a todos sus enemigos en una misma batalla.

Tres días y tres noches después, Sesshomaru se declaró victorioso. El costo, no obstante, fueron todas sus armas. Grandes espadas con excelsos poderes. Espadas que sólo su dueño podía dominar. Robadas. Perdidas.

Desde entonces, más ofendido que indefenso, Sesshomaru se dedicó, pacientemente, a buscar una por una.

—¿Señor?

Inuyasha abandonó la contemplación que hacía de su última adquisición y le dedicó una impaciente mirada al anciano frente a él.

—¿Qué?

—Tiene una visita.

—¿Quién?

—El lobo Koga.

—Llévate eso —ordenó— y busca una sacerdotisa lo suficientemente poderosa para que repare el sello.

—Sí, señor.

—Y haz pasar al lobo —accedió pesadamente.

—Inuyasha, perro tonto —la voz del recién llegado viajaba a través del pasillo, prometiéndole a otro forzado anfitrión una incordiante conversación—. Te concedo la desfachatez de robarle a tu propio hermano pero…

Medio hermano —interrumpió.

Koga apareció en el estudio.

—Explícame esa tontería.

—¿Perdón?

—Inuyasha…

—Koga —interrumpió nuevamente—, cállate. No soporto el sonido de tu voz, ni qué decir de tu presencia. Si Sesshomaru te tiene de cartero, pasa el mensaje y vete.

—Eso —sonrió, sentándose frente a su interlocutor—. Sesshomaru quiere saber qué rayos pretendes hacer con una espada que no puedes manejar.

—¿Qué te hace pensar que no puedo?

—Tu triste naturaleza hanyou.

Inuyasha descargó parte de su irritación con un puñetazo a la mesa, permitiendo la aparición de unas grietas en la madera.

—Lamento que lo de Kagome no funcionara.

El hanyou le dedicó una mirada furibunda, que de haber tenido cierto poder lo habría hecho desaparecer en una nube de cenizas.

—En fin —Koga se sirvió del sake que había allí y bebió—. Francamente me sorprende que siquiera hayas pensando en robarle a Sesshomaru, debe ser lo más estúpido que has hecho en toda tu vida. Sin embargo, no quisiera que esto se saliera de control. Te recomiendo que la devuelvas, y con una notita pidiendo disculpas, escrita de tu puño y letra. Sesshomaru apreciará el detalle.

Inuyasha guardó las manos en las mangas de su kimono y con una media sonrisa, lo miró.

—Has perdido el juicio.

Koga hizo un gesto lleno de frustración.

—Bestia…

—Lobo —tercera interrupción—, cállate. Cállate y vete. Desaparece de mi vista y no vayas a pisar mi casa otra vez. Me exasperas.

—De acuerdo —se puso de pie e Inuyasha lo imitó—. Olvida Tokijin. Olvidemos Tokijin. Tu hermano…

Medio hermano.

—… vendrá, la encontrará y se la llevará. Pero…

—¿Y ahora qué?

—¿De dónde has sacado la maldita costumbre de interrumpir?

—Sólo contigo, lobo.

—Escúchame —la repentina seriedad en su voz aplacó sus ánimos belicosos y esperó a que continuara—. Naraku reapareció y ese es un problema que nos concierne a todos. Kagome necesitará de la ayuda de todos nosotros.

—Fue muy específica a la hora de decidir en quién confiar.

—Esto no es algo que Sesshomaru me manda a decir, esto lo digo yo: piénsalo.

Koga abandonó su presencia antes de escucharlo negarse por impulso. Tenía la esperanza de que tal vez meditara su propuesta.