36 – Rodillas despellejadas

Watson

El juicio del otrora profesor James Moriarty fue un asunto interminable y complicado. Se demostró que la mayoría de los miembros que formaban el primer jurado habían sido corrompidos, y quedaron automáticamente descartados. Llevó un tiempo encontrar a un procurador con la tenacidad necesaria para seguir con el caso, y aún más dar con un juez lo bastante imparcial para supervisarlo.

Aparte del juicio, tuvieron lugar otros incidentes: no menos de dos intentos de fuga desde el interior de la prisión donde estaba retenido, y al menos uno desde el exterior, un intento de asesinato entre los muros de la prisión y dos tentativas más, llevadas a cabo por aficionados, mientras era transportado a un lugar más seguro y discreto.

Me atrevería a decir que a Mycroft le habría encantado poder barrer bajo la alfombra todo lo referente al genio criminal. Deshacerse de él de esa manera limpia, anónima e indetectable que es el método predominante en tantos gobiernos modernos.

Pero él sabía lo mucho que significaba para Holmes acabar lo que había empezado, para hacer justicia y revelar las actividades clandestinas del imperio criminal de Moriarty.

No quería ensombrecer la realidad de lo que Holmes había conseguido sacar tan laboriosamente a la luz.

No creo que hubiese muchas cosas que Mycroft le hubiera negado a Holmes durante aquellas primeras semanas de nuestra convalecencia. Siempre es duro ver sufrir a los que amas.

Recuerdo vívidamente la primera mañana, porque llegó como una avalancha de dolor revelador. Me acordaba de las voces y de la suave luz de una lámpara en la oscuridad, y de menciones a la morfina, y del deseo de que me hubieran dado más. ¿Quizá había una tormenta de aguanieve en el exterior? Eso era lo único que podía explicar la sensación en mi hombro.

Una luz gris penetraba a través de las cortinas de la ventana que había junto a mi cama. Esa iluminación bastaba para vislumbrar aquella habitación desconocida.

Una sensación familiar creció en mi pecho, como si un alfiler lo atravesara para prenderme a un panel de corcho, un pavor terrible que oscurecía los rincones de mi mente. Me encontraba solo en un entorno desconocido. No había rastro de Holmes.

La ansiedad estuvo a punto de hacerme levantar, pero mi hombro no lo permitió. El intento me dejó tumbado sobre un costado, hecho un ovillo, boqueando sin aliento en un mundo repentinamente oscuro y asfixiante.

Y entonces una mano se apoyó en mi hombro y me dio la vuelta.

—¿Watson?

Apenas lo reconocí. Su rostro estaba hinchado y rasguñado, y una barba de varios días cubría su mentón. Lancé un grito y traté de golpearle con el brazo derecho. Lo atrapó torpemente con una mano temblorosa.

—Estamos bien —se apresuró a decir, apagando con el pie los restos de tabaco y ceniza que había dejado caer al suelo, y dándome distancia para que me recuperase, pero sin soltar mi brazo—. No pasa nada, Watson, todo va bien.

—¿Holmes?

Mi brazo lucía un vendaje nuevo bajo sus dedos crispados, y él llevaba sobre los hombros un batín desconocido. Su brazo izquierdo estaba sujeto a su pecho y recordé vagamente haberlo visto así la noche anterior.

¿Había sido la noche anterior?

Volví a sentir punzadas en el hombro, compartiendo su desdicha con el hueso y el tejido que lo rodeaban. Lancé un nuevo jadeo y volví la cabeza hacia la ventana.

No tenía ni idea de dónde estábamos. La sensación de calor e incomodidad me recordaba a Afganistán, y la luz gris que se tornaba amarillenta me recordaba a la habitación de mi infancia y a mi hermano, que también había estado aquí la última noche, ¿verdad?

Holmes me recordaba a la casa de Baker Street, la cual yo sabía que ya no existía.

Reconoció la causa de mi dolor y se alejó de mí, regresando con una dosis de morfina que inyectó rápidamente en mi brazo izquierdo, por debajo del hombro. ¿Dónde estaba mi camisa?

Su mano volvió a temblar al terminar y dejó la jeringuilla a un lado. Esta vez se sentó en la cama; parecía tan exhausto como yo me sentía.

—Estamos bien —repitió—. No corremos peligro inmediato.

La morfina actuó con bendita rapidez, y los gritos del músculo y los nervios destrozados se atenuaron.

—¿Por qué siento el hombro como si me lo hubiera mordisqueado un batallón de ratas? —pregunté, suplicante.

Él sonrió y, con su rostro medio destrozado, el efecto fue extrañamente horrible.

—Usted siempre ingeniándoselas para salir con sus vívidas descripciones en los momentos más inusuales.

—¿Y por qué parece que le hayan hecho lo mismo a su cara?

Enarcó una ceja.

—¿Tan terrible es mi aspecto?

—No le reconocí —admití con ligereza, y esbocé una sonrisita ante su expresión dolida (en parte, a causa de la morfina)—. Va sin afeitar.

Se tocó la barbilla, cohibido.

—No me he afeitado, Watson, porque tengo la cara despellejada. Debería mejorar considerablemente en los próximos días.

—¿Y mi hombro, qué? —pregunté, porque sentía cómo latía el maldito a pesar de las drogas, y el grueso vendaje que lo cubría me impedía verlo.

—Está hecho un desastre —admitió Holmes—. ¿Recuerda lo que ocurrió?

Sonreí con sorna, removiéndome en la cama con impaciencia. No era momento para ejercicios nemotécnicos. Necesitaba saber para poder comprender en qué atolladero nos encontrábamos ahora y calcular nuestro próximo movimiento. Necesitaba asegurarme.

—¡Holmes, ni siquiera sé de quién es la cama donde estoy!

—No hay peligro.

Casi me eché a reír. Me alegré de que mi amigo me interrumpiera, porque el sonido que habría salido de mi boca no habría sido firme ni cómico.

—Estamos a salvo —insistió Holmes, mirándome con severidad, como si quisiera dejar grabada esa frase en mi frente.

Como seguí removiéndome inquieto, apoyó su mano libre en mi hombro sano y me empujó contra el colchón.

—Es en esta cama donde necesita estar por el momento. Por favor, relájese, mi querido amigo. Deje que su cuerpo descanse y yo intentaré traer paz a su mente.

Se inclinó para coger su pipa, pero no la encendió. Intenté reconciliarme con la comodidad de la manta y las almohadas, pero sabía que no podía engañar a Holmes. Yo estaba listo para emprender el vuelo aunque no tuviera fuerzas para ello. En contraste, Holmes parecía casi lánguido, desprovisto de energía, a punto de desplomarse en el sofá y permanecer inmóvil durante varios días.

Era lo que yo quería. Le envidié por ello.

—Moran le disparó con un fusil de aire comprimido —dijo Holmes—. La bala se alojó en su escápula. No la fragmentó gracias al desarrollo del hueso tras quedar destrozado años atrás. Pero perdió una considerable cantidad de sangre y me temo que el músculo ha quedado desgarrado.

La discusión de cualquier cosa relacionada con la medicina era como un bálsamo, un movimiento calculado por Holmes para tranquilizarme y ayudarme a concentrarme en sus explicaciones.

—El cirujano que trajo Mycroft no está habituado a tratar heridas así. Le extrajo la bala, pero usted estuvo inconsciente durante dos días.

No supe si debería tranquilizarme el hecho de haber yacido impertérrito durante tanto tiempo. ¿Quién sabe qué maldades podría haber llevado a cabo Moriarty mientras tanto?

—¿Fue en la casa vacía que está enfrente de Baker Street? —recordé.

—Sí.

Holmes pareció sentirse aliviado de que lo hubiera recordado. Se sentó con la espalda apoyada contra los pies de la cama, mirándome.

—¿Qué le ocurrió a Moran? —pregunté, porque no podía imaginar que nos hubiese dejado escapar con tanta facilidad después de haber errado el blanco.

—Le disparé.

Nunca había oído la voz de mi amigo sonar tan llana e impasible.

Intenté sentarme de nuevo, y él me ayudó a apoyar la espalda sobre la pila de almohadas.

—¿Está…?

—Muerto.

Holmes recolocó y ahuecó algunas almohadas.

—No tuve elección.

Tiró de las sábanas hasta cubrir mis hombros.

—A veces es más fácil no tener elección —dije.

Holmes sonrió sombríamente y prosiguió con su explicación.

Mi amigo no suele divulgar a menudo la información que posee. Por lo general, al final de un caso revela todo lo que ha descubierto. Y, ocasionalmente, consigo sacarle detalles extra o que me cuente historias que considera intranscendentes.

Esta vez fue diferente. No estaba disfrutando, ni haciendo una disertación. Me contó de un modo sereno y conciso cómo aguardamos en la casa vacía la llegada de Moriarty, cómo le presentó mi "cadáver" y cómo me dejó allí.

Me contó cómo causó deliberadamente el accidente del coche y accedió, a su pesar, a dejarme examinar las heridas recibidas en su rostro y en sus manos.

—¿Ésa es la razón por la que lleva el brazo en cabestrillo?

—Me lo disloqué —me informó—. No es la primera vez. Probablemente por eso se desencaja con tanta facilidad.

—Tiene suerte de conservarlo —murmuré.

Mi insistente examen le cansaba, pero no se apartó y lo soportó con paciencia.

—¿Y qué ocurrió con Moriarty?

—En manos de Patterson. Me atrevería a decir que entre las garras de Lestrade y la influencia de mi hermano no le resultará tan fácil volver a escabullirse.

Y así era. Habíamos logrado nuestro propósito hacía sólo unos días.

Parecía toda una vida. Un mundo aparte. Como si me hubiera quedado dormido y tenido un sueño fantástico sólo para encontrarme al despertar con un Londres gris aún fluyendo a través de la ventana con el hedor del carbón y los excrementos de caballo.

Debería haber sido un momento triunfal. El criminal más peligroso del mundo estaba ahora en las garras de la policía. La vida cambiaría, las calles serían más seguras. Todo el submundo criminal de Londres había tenido que detenerse y reorganizarse, el legado de un hombre inteligente destruido por la tenacidad de Holmes. Y ambos estábamos vivos.

Quizá era porque ambos nos habíamos enfrentado a la muerte demasiadas veces en los últimos días. Pero haber sobrevivido no suponía un gran estímulo en ese momento.

—Entonces, ¿se acabó? —pregunté con voz pausada.

—Sí —dijo mi amigo con una amarga sonrisa—. Se acabó. La parte que nos toca, en todo caso.

Desde el exterior llegó el relincho de un caballo, el golpeteo de un martillo sobre vigas o planchas de hierro o algún otro metal. Un niño vendía periódicos con el nombre de Sherlock Holmes acaparando los titulares.

No deseaba ver esos periódicos. Aunque hubiera sido capaz de sostener uno para leerlo.

La sonrisa se convirtió en una mueca en el rostro de Holmes. Sus hombros se hundieron bajo el batín, aunque él permaneció erguido. No era una postura atípica después de un caso. A menudo guardaba silencio, sumido en un humor melancólico. Un humor negro, en el que no quería tener nada que ver con el mundo y en el que se encerraba durante días.

O se ponía frenético, escribía una monografía, llevaba a cabo un experimento y agujereaba a balazos la pared.

—Estoy cansado, Watson —admitió, observándome con ojos apagados.

Y comprendí que en esta ocasión era incapaz de experimentar emoción alguna. Estaba exhausto.

Por mi parte, me sentía entumecido, desde mi destrozado cuerpo atiborrado de morfina hasta mi confusa mente embotada por el sueño. Recordé los días de sangre y miedo que ya habían quedado atrás.

Fue como si el alfiler hubiera salido al fin de mi pecho, llevándose consigo el dolor y el terror, y, en lugar de sentir el esperado alivio, me limitara a quedarme en la misma posición, clavado a aquel mismo panel de corcho por inercia.

—Supongo que debería irse a dormir —le dije a mi amigo.

Asintió, bajando los ojos con agotada aceptación.

Puso las piernas sobre la cama y se tumbó a mi lado, descansando la cabeza sobre la colcha.

x x x

Nuestro descanso en Londres fue penoso y aburrido. Pero no creo que a ninguno de nosotros le importase mucho la inactividad.

Dejando aparte la recuperación física, no nos benefició mucho.

Tres días después, cuando abordamos el tren para Sussex, Holmes aún se sentía cansado y yo medio aturdido. Formábamos un dúo patético, uno ansioso por avanzar y el otro reacio a moverse a menos que Mycroft lo apremiara.

A instancias del hermano mayor, pronto llegamos a la pequeña casa de campo en la que nos alojaríamos durante un tiempo.

Entrar allí fue como recibir una bofetada. Ella había estado cocinando y, fuese lo que fuese, olía a Baker Street y a sus comidas calientes antes del incendio. La señora Hudson salió de la cocina y entró en la sala de estar secándose las manos con un trapo, con una emocionada sonrisa de felicidad.

—¡Oh, está aquí, querido doctor! —exclamó, y empezó a temblar.

Holmes entró detrás de mí y nuestra casera emitió un gritito ahogado. Puede que yo pareciera haber salido del infierno, pero Holmes daba la impresión de haber sido arrastrado por él.

—¡Señor Holmes! ¡No puedo dejarle solo ni un momento! —le reprendió la buena mujer—. Desaparece de mi vista unos instantes y regresa medio muerto. Sin mencionar lo de quemar una casa entera hasta los cimientos. Exactamente, ¿cuánto debería cobrarle por el alquiler?

Los labios de mi amigo temblaron, pero fue lo único que pude ver, porque mis ojos estaban nublados y húmedos. Me enjugué las lágrimas con dedos temblorosos.

La señora Hudson suspiró, la aflicción y el afecto mezclados en un mismo sonido. Me tomó del codo y me condujo hacia la luminosa y pequeña cocina.

—Sea lo que sea que hayan estado haciendo, podría haber esperado a que el doctor se metiera un pañuelo en la manga.

Holmes rió y algo se distendió ante aquel sonido, quizá mis nervios, o nuestra cordura. Poco me preocupaba esa cuestión. Me senté ante la impecable mesa, a la luz del sol, y Holmes se sentó frente a mí. Atacamos nuestro pastel de carne mientras la señora Hudson nos regañaba.

—Usted sabe que el del incendio en realidad fue Watson —murmuró el detective, ganándose un azote con el trapo de la cocina.

Permanecimos en aquel lugar de suave verdor durante un tiempo. Holmes paseaba junto a los acantilados que bordeaban un mar que parecía estar en el fin del mundo. Pasé varias tardes tumbado en el suelo herboso del huerto, contemplando el sol mientras se filtraba entre las hojas, hasta que mi piel adquirió un evocador tono marrón.

Y cuando había lluvia, ésta era suave y caía dulcemente sobre la hierba y el tejado de mi dormitorio, ayudándome a dormir.