CAPÍTULO 35. AISLAMIENTO INOPORTUNO

La conmoción generalizada no disminuyó lo suficiente como para establecer una tregua provisional entre los superhéroes. Ya fuera de manera individual o por grupos pequeños no muy definidos, el panorama adverso no daba indicios de mermar la acérrima desconfianza entre viejos camaradas.

Parecía increíble que las emboscadas y los ataques a traición abundaran en un ambiente tan hostil por sí mismo. Cualquiera aprovechaba el más mínimo descuido para apuñalar a otro por la espalda.

«Se aproxima un androide», musitó un Clase A, pendiendo bocabajo, suspendido a casi seis metros de altura aunque bien sujeto de los tobillos por unas lianas del medio selvático.

«Esperémoslo detrás del montículo junto a la ciénaga».

«Excelente idea. Hagámoslo», terció una heroína poco antes de dar la señal a la que sólo uno de ellos reaccionó expedito.

—…¿Chicos?

Nadie más se movió de su sitio.

—Esto no es gracioso.

Esperó un poco más, con la crédula convicción de que aparecerían. Habían sido sus compañeros desde hacía mucho tiempo, no le abandonarían a su suerte, ¿o sí? Incluso llegó a pensar que se había equivocado de escondite, pero en cuanto descubrió que todos bloquearon la comunicación, se temió lo peor.

No veía ningún androide, ni bajando por la ladera ni cerca de la ciénaga. Y si no fuera por un presentimiento traducido en una corriente helada en su espalda, no se habría dado la vuelta.

De inmediato le invadió un pánico devastador, lo que creyó un escondite perfecto, no había sido más que servirse a sí mismo en bandeja de plata. Ahora se hallaba frente a frente con un androide mucho más imponente que los agentes de cuerpo romboide. Este prototipo no sólo era distinto… era mortífero.

Recordó avistamientos similares y razonó: "los Clase A no deberíamos enfrentarnos a ellos, ni siquiera en grupo". Si ya de por sí, se vio amedrentado por el tamaño de la nada modesta arma de fuego que cargaba bajo el brazo. El cañón le apuntaba de lleno, y el muchacho imaginó que al primer movimiento en falso escucharía el disparo atronador que secundaría al impacto letal.

—Miren nada más a quiénes tenemos aquí —exclamó alguien, desde muy cerca, tronando sus nudillos.

Y aunque al principio no le resultara del todo familiar, lo que presenció a continuación le ayudó a reconocerle, pero sobre todo a horrorizarse e implorar que por ningún motivo fuera él su siguiente objetivo.

Una franja de luz azul en el pecho del androide se encendió a la vez que una serie de gritos desaforados delataban la tortura que sufrían sus compañeros desde los árboles, ocultos en su improvisado escondrijo; y en seguida otra luz, esta vez púrpura, tenue e intermitente, surgió cuando el suelo bajo sus pies se resquebrajó sin motivo.

La gigantesca roca a sus espaldas se alzó como inyectada por una ligereza espectral, eclipsó la luz del sol y por poco se convierte en su sepultura.

Fue increíble ver cómo el afamado superhéroe pulverizó el peñasco a mano limpia, mientras otro cambio de luz precedió a una capa densa que se expandía en resguardo del robot repeliendo la grava.

—Te tengo —esa segunda voz humana resonó justo en su oído, casi pudo sentir sus labios rozándole.

—¡Suéltame!

El castaño le retuvo con mayor fervor, sin siquiera verse obligado a darle explicación alguna, no había tiempo para ello.

De cualquier forma, le liberó tan pronto como su superior se interpuso para recibir la lluvia de rocas y derrotar al prototipo de un solo golpe. El impacto fue limpio y fulminante.

—¿Estás bien? —inquirió Rider.

—S-Sí…

—Genos tenía razón, éstos mueven cosas con la mente —con diestra celeridad, Saitama repartió un puñetazo por cada autómata dispuesto en la formación circular y estratégica en la que se venían acercando cautelosamente.

—Al final las máquinas sí robaron sus habilidades telequinéticas, es increíble.

El chico Clase A se mantenía expectante, sin decir una sola palabra. No tenía idea de que había más de un robot al acecho, y le sorprendió la rapidez con la que Saitama les derrotó. "¿Cómo lo hace?". Los mismos superhéroes Clase S habían dicho que no serían nada fáciles de vencer, estaba seguro. "Entonces es cierto que él es capaz de acabar con el planeta entero si quisiera. No exageraban ni mentían cuando insinuaron que tarde o temprano se convertiría en una amenaza nivel Dios".

—No creo que tardes en deshacerte de los que hay aquí en la zona —dijo Rider—, lo difícil será encontrar a tiempo a los que fueron enviados a las ciudades. Dudo que tu aprendiz pueda…

Pero fue atajado por una oportuna contestación en cuanto Silver les dio alcance:

«Error. Ya lo he conseguido. Quizás no lo logré de un solo golpe como mi experimentado maestro, pero tampoco me encuentro solo, y sé cómo calcular la ejecución de manera precisa», aseguró el rubio, apoyado por una fémina caprichosa:

«¡Juego de niños! Nada que me quite el sueño», culminó con una risita empalagosa.

—Ya los escuchaste —Saitama sonrió de oreja a oreja.

Debían darse prisa para evitar que los pocos robots psíquicos que restaban consumieran del todo la energía vital de Fubuki. Y aunque pareciera que les aventajaban, encontrar a los últimos sería más complicado porque durante las bajas aprendieron lo suficiente, rectificaron, y modificaron su modus operandi.

Por otra parte, debían cuidar que el felino no se expusiera al gas que esparcían los agentes romboides. Por ello es que esta vez no podía ir a la cabeza ni alejarse más de la cuenta. Claro que su instinto le dictaba qué hacer para proceder con cautela, pero de todas formas lo más prudente era no confiarse demasiado.

—Gracias por ayudarme. Ya debo regresar con mi equipo, están esperándome —el chico señaló su intercomunicador para respaldar dicha mentira; y se marchó.

No entendía por qué había una bestia de la zona experimental de su parte. "¿No se suponía que la asociación quería neutralizar al Calvo con Capa usando un veneno de las creaciones de este lugar, o algo así?".

Retornó a lo alto de los árboles, entre las lianas, sólo para descubrir dos cadáveres meciéndose como péndulos. Un chico y una chica de su equipo habían muerto estrangulados, pero en condiciones evidentemente inusuales. Las lianas se encontraban en muy mal estado, magulladas, como si hubieran sido exprimidas por una fuerza externa. Incluso las ramas y corteza del árbol mostraban claros signos de un deterioro poco habitual. "¿Ese es el poder telequinético del que hablaban? ¿Una fuerza invisible hizo esto?". Tragó saliva, y no volvió a detenerse hasta salir de allí.

Una cosa era segura, él no estaba al nivel de ellos ni de lejos y dadas las circunstancias era casi imposible saber en quién confiar. Sus propios compañeros le habían traicionado. "Y si Bofoy en verdad murió, no dudo que Saitama sea el responsable. Tiene el poder para hacerlo. Además, la esper está de su lado... Sí, ella también nos traicionó después de todo. Estos sujetos controlan a las quimeras y parece que están reprogramando a los prototipos de Bofoy, es por eso que nos atacan. No sé qué más planeen, pero tratan de engañarnos a todos".

Según su perspectiva, le quedaba sólo una cosa por hacer: "debo mantener al tanto de todo esto a Flashy Flash". Se lo diría precisamente a uno de los superhéroes Clase S que desde el inicio fungió como irrefutable partidario de Metal Knight.


—No imaginé que llegaríamos a esto —musitó Zombieman, bajo la sombra de una seta Amanita muscaria de siete metros de diámetro.

—¿Lo dices por cómo terminó este cautiverio de quimeras o por la horda de androides inquisidores con poderes mentales? —preguntó Stinger, evitando tocar la estipe del hongo venenoso. A diferencia de su compañero, quien se recargó de brazos cruzados con toda la calma del mundo, apoyando la cabeza inclusive.

—En realidad lo decía por la guerra interna, pero sí, también eso.

—Las traiciones están a la orden del día —agregó, dolido.

—Eso complica las cosas, incrementa el número de muertes de manera innecesaria —su quijada se tensó. Detestaba los genocidios más que nadie.

Ambos estaban atentos al suave movimiento de la crisálida de una quimera-insecto, la cual se mecía junto a un baobab plagado de larvas zumbantes. La vaina albergaba a un ser que, al salir, rebasaría los sesenta metros de altura. Y sería menester enfrentarlo en cuanto rompiese la membrana.

Obviamente, no eran los únicos a la espera de dicho acontecimiento.

—Convengamos que no es el mejor momento para una riña entre colegas.

No cabía duda de que por primera vez en mucho tiempo sucumbían a una ramificación forzada, donde en lugar de unirse para antagonizar con los kaijin, rivalizaban entre clases y reducidos grupos de superhéroes, potenciando una divergencia radical. Y eso sin mencionar al alienígena que, indudablemente, sobrepasó a los más asiduos detractores de Saitama. En resumen, un verdadero encuentro inusitado.

La crisálida se mantenía en constante movimiento, proyectando un chirrido crocante durante lapsos cortos e irregulares, como alertando a sus espectadores de la eventual metamorfosis. Sin embargo, todos sabían muy bien que no debían abandonar sus puestos hasta ver una fisura vertical bien definida, partiendo la vaina de extremo a extremo.

—De hecho pensé que ya no te fiarías de mí, por seguridad, supuse.

—No entiendo a qué viene eso —desvió la mirada del objetivo, y notó enseguida el sesgo pusilánime en el agobiado rostro de Stinger—. Nunca me has dado motivos para desconfiar de ti, pero veo que ya alguien te traicionó.

—Soy Clase A, y tampoco soy tu subordinado.

—¿A dónde quieres llegar?

—… —suspiró—. No es nada. Emh, ¿me prestarías un arma? Perdí la mía algo lejos de aquí.

—¿Te sirve mi Desert Eagle?

—¿No te importa que sea yo quien la use? Me conformo con un revólver modesto.

El héroe Clase S sonrió de soslayo y le extendió el arma con toda tranquilidad.

—Prefiero trabajar solo, pero no porque sea clasista, sino por comodidad. ¿Por qué insinúas que te menosprecio?

Aceptó la pistola semiautomática MarkXIX Desert Eagle, y le recorrió un ligero cosquilleo al calibrar su peso.

—Últimamente no estoy seguro de nada, eso es todo.

—Esa vez fui yo quien te buscó, ¿lo recuerdas? —Zombieman se refería a un largo tiempo atrás cuando comenzaron a tratarse, casi, como amigos. Aunque nunca llegaron a entablar una amistad propiamente dicha. Algo fácil de adjudicar al carácter del héroe zombi, usualmente reservado y distante.

—Sí.

—Pensaste que quería reclutarte, pero esa no era mi intención.

La membrana transparente del ser en metamorfosis se tornó bronce opaco; y una ranura central distendió el tejido, abriéndolo, desgarrándolo con una brusquedad taciturna. La criatura que allí se alojaba, dejó entrever un ojo gelatinoso y una extremidad como de anfibio. Asomó la cabeza. Y al estirar su cuello, desplegó una cresta magnificente.

Al precipitarse la vulva, liberando a la gigantesca quimera, hubo una reacción inmediata en la Amanita muscaria que, de un giro sepultó la mayor parte de su tallo bajo tierra y confinó a los dos héroes bajo su protección. La orilla del píleo se afianzó en la superficie, y las laminillas de la parte interna desprendieron un hálito bochornoso.

—¿Qué está pasando? —preguntó Stinger.

—Parece que es su mecanismo de defensa.

—¿Se alzará de nuevo?

Era extraño, pero producía su propia luz, así que sólo se encontraban parcialmente a oscuras.

—No lo sé.

Y aunque escuchaban todo lo que ocurría del otro lado, el sonido traspasaba en exceso atenuado.

—Me siento como en un invernadero.

—Sí, hace mucho calor —palpó las paredes internas de la seta.

—Yo no la tocaría, sinceramente.

—Soy inmune a su veneno.

—Oh, vaya. Con razón. Debí suponerlo desde que te vi recargándote con tanta confianza.

—Aun así, odio estar encerrado —dio un golpe a la rígida superficie pero fue inocuo.

En un segundo intento, optó por rebanar un buen tajo clavando su hacha, mas no le ocasionó ningún rasguño.

—Esto servirá —sin meditarlo, cargó la pistola y apuntó.

—¡No, espera! —Zombieman le cogió de la muñeca, desviando la boca del arma hacia abajo—. Estoy seguro de que si disparas, la bala rebotará.

—…Suena lógico —desistió, contrariado por la estupidez que estuvo a punto de cometer—. Demonios, ¿y ahora qué?

—No se me ocurre nada.

Stinger suspiró y se dejó caer en el suelo con pesadez.

—En serio que no voy a aguantar este calor por mucho tiempo. ¿Y si nos quedamos sin oxígeno?

—Puede que destrocen el hongo desde afuera.

—Con nosotros dentro —puntualizó, achicando los ojos y sin una pisca de entusiasmo.

—¿Qué propones? —se sentó a su lado, con las piernas ligeramente flexionadas.

—Atacar esta cosa entre los dos, lo más duro que podamos. Y si nada funciona, un tiro de suerte con la Eagle no estaría tan mal.

—Olvídalo. Aunque… —pasó el brazo por enfrente de Stinger, apoyándose muy cerca de él, rozando su pierna por muy poco.

—Nh… —ese monosílabo fue lo único que surgió. Dicha cercanía le provocó una repentina y extraña sensación que no supo definir.

—Lo haré yo —se percató del temblor en sus manos al tocar el dorso y quitarle el arma.

Luego de incorporarse, se colocó a escasos centímetros de su objetivo y jaló del gatillo tres veces seguidas, con el brazo encogido en escuadra a la altura de su estómago.

Recibió el impacto directamente, y la sangre fluyó a borbotones por unos cuantos segundos.

—Ja, lo sabía, no sirve.

Stinger puso los ojos como platos. Sabía de sobra que eso no lo mataría, pero no dejaba de sorprenderle.

—Qué sádico eres.

—¿Todavía quieres intentarlo?

—Ni loco —se acostó, apoyando la cabeza sobre sus brazos cruzados—. Y, ¿cuánto tardarás en sanar?

—Unos minutos —limpió los restos de sangre con su gabardina y la tiró a un lado, entreteniéndose en sacar los casquillos de su abdomen—. Parece que dos de las balas me perforaron el hígado.

—Qué asco.

Zombieman esbozó una pronunciada sonrisa ladina.

A continuación, se sacó la camiseta agujerada y desabrochó el cinturón, deshaciéndose de él en el acto.

Stinger le había estado mirando con mayor atención de lo que le habría gustado, como hipnotizado por el contorno de su silueta en la escasa iluminación del sitio. No negaría que rememoraba algunas situaciones del pasado. Antiguas dudas resurgían con matices más sólidos, pero a su vez le atosigaba un mareo progresivo… sentía que le faltaba el aire. "Debe ser el encierro en este horno".

—Ya no puedo soportarlo —respiró profundo, volviendo a sentarse.

—Deberías quitarte la ropa.

—¿…Eh?

—A mí no me afecta tanto, puedo soportar temperaturas peores —se dejó el pantalón puesto y le hizo compañía.

"Párate, contesta o has cualquier otra cosa. Di algo, joder", se recriminó mentalmente por exteriorizar su nerviosismo con tanta facilidad.

—¿Problemas amorosos?

—¿D-Disculpa?

"¿Ahora por qué me tiembla la voz?". Sí que era un caso perdido.

—Aquella vez… —retomó Zombieman, con un estoicismo natural—. Yo te busqué, y mi intención no era entablar una amistad, tampoco reclutarte o formar una alianza.

El héroe de menor rango desvió la mirada, instintivamente. ¿Por qué le afectaba lo que decía?, si nunca antes le dio importancia. Y aunque ahora estuvieran solos, no había ninguna diferencia. Mantenía la misma postura. "Simplemente fue una conversación que nunca se dio". Era un asunto trivial y sin sentido, no había nada más que pensar.

—Quería acercarme a ti.

¿Era su impresión, o disminuía la distancia a medida que hablaba? No, no estaba alucinando, pronto sintió que tocaba su mano sutilmente. Incluso el tono de su siguiente frase fue más profundo, impregnado de un matiz más íntimo.

—Buscaba una relación contigo, debo ser franco.

Se estremeció.

—Pero supe que había alguien más y desistí.

—No sé de qué estás hablando —le costó bastante controlar su voz.

—¿Ah, era un secreto? No lo sabía —cada sílaba denotaba una acidez hermética—. Pensé que ese ninja era tu pareja oficial. Aunque entiendo que lo ocultaras. Con sus antecedentes… me sorprende que confiaras en él.

No tenía argumentos para rebatir. El mismo Sónico se había encargado de invalidarlos con su cruda indiferencia.

—Me alegra que terminaran —musitó en su oído, tocándole la oreja con los labios, sujetando su mano en un movimiento posesivo y contundente.

Su libido siempre mantuvo una conexión inherente con su lado afectivo. Así que actúo guiándose por esa parte de él donde albergaba los sentimientos que difícilmente exteriorizaría con alguien más.

—¡No!

Se apartó de golpe, con el pulso cardíaco acelerado hasta el límite y la quijada tensa, al igual que sus puños.

—Perdón…

—¡Me da igual lo que sientas, no vuelvas a acercarte así! —el sudor perlaba su frente, y una lágrima furtiva afianzó la rabia que le consumía por dentro.

—Lo amas —murmuró.

—No te incumbe.

—Tienes toda la razón —extendió la Desert Eagle enfrente de sí, con la empuñadura en dirección a su interlocutor—. Toma, olvidé devolvértela.

Eso descolocó a Stinger. ¿No seguiría insistiendo, ni le preguntaría la razón? Incluso parecía adivinar sus pensamientos:

—A mí no me rechazan dos veces, lo entiendo muy bien a la primera —mantuvo una postura, rígida, y con el mentón en alto.

Al final aceptó el arma, pero tan pronto como la tuvo en sus manos, le quitó el seguro y apuntó hacia la frente de Zombieman.

—Como dije antes, las traiciones están a la orden del día. Y tienes razón, no sé cómo confié en Sónico —respiró profundo, llenando sus pulmones de ese asqueroso aire viciado que odiaba cada vez más—. Sería mejor eliminarte, antes de que me des una desagradable sorpresa.

El agraviado rio por lo bajo.

—Por mí has lo que quieras. ¿Te doy mi hacha? Porque te advierto que para matarme necesitarás hacerme picadillo —señaló a su propia sien—. Una bala en la cabeza no me hará más que cosquillas.

El héroe Clase A volvió a tomar una gran bocanada de aire, cerró los ojos, y exhaló despacio.

—El bochorno no me deja pensar con claridad, lo siento.

—Todavía hay suficiente oxígeno. Y eres un Clase A, no un civil sin ninguna preparación ni resistencia. Yo diría que esa ruptura amorosa te afectó más de lo crees.

—Puede que sí.

De improviso, les distrajo una resonancia difusa pero consecutiva sobre sus cabezas.

—¿…Escuchas eso?

—¿Cómo es que este hongo no explota en mil pedazos?

—Ojalá lo hiciera, porque no me ilusiona la idea de morir encerrado aquí dentro.

La ironía en su declaración hizo que Stinger fuera incapaz de aguantarse la risa.

—Tienes razón, para ti sería peor que un infierno.

—Y que lo digas. Tendría una muerte ridícula —sonrió.

—En mi caso es más sencillo. Moriría en cuestión de días, y si quisiera acelerar el proceso sólo tendría que morder un pedazo del hongo.

Por fortuna, la tensión entre ellos se había esfumado tan pronto como surgió. Y aunque el panorama no pintaba alentador, era un hecho que energías renovadas fluían por sus venas, distanciándolos de una rendición anticipada.

—Quizás funcione si combinamos ciertos ataques.

—Vale, intentémoslo.

Poco a poco, el ruido amortiguado del exterior fue cesando hasta anularse por completo. No notaron el cambio gracias a la excesiva concentración que se autoimpusieron para conseguir una perfecta sinergia. Por desgracia, ni siquiera el esfuerzo conjunto de una infinidad de ataques coordinados fue suficiente para romper la membrana. Asimismo, el vaho se había encargado de averiar los transmisores.

La decepción fue abrumadora, mas no tuvo comparación con el velo luctuoso y terriblemente mortificante que hizo mella en la expresión de Zombieman.

—Está muerta.

—¿Cómo? —inquirió Stinger sin comprender a qué se refería, tumbándose para recobrar un mínimo de aire luego de aquella exhaustiva serie de intentos fallidos. Algo no muy plausible en semejante atmósfera.

—La seta, está muerta —aclaró y palpó la superficie, notando una opacidad invasora que a su vez se tornaba una plaga de manchas ennegrecidas, como carbuncos.

—¡¿Qué es esto?! —De un segundo a otro, el hongo se volvió negro cual boca de lobo—. ¡¿Dónde estás?! ¡Zomb…!

—Tranquilo, sólo dejó de producir luz propia —pronunció en medio de la oscuridad absoluta.

El héroe de menor rango aspiraba a bocanadas. Tenía la cara completamente enrojecida y llena de sudor. El mareo que le venía incomodando se había intensificado hasta un punto insoportable.

Definitivamente, la ausencia total de luz aunada al efecto invernadero era una pésima combinación.

—Espero no te moleste —Zombieman se apresuró en encontrar su brazo a tientas, y luego bajó en una suave caricia hasta tomar su mano con firmeza.

Stinger no respondió, estaba temblando… Su respiración agitada evidenciaba la ansiedad causada por el pánico.

—Trata de calmarte, no quiero que te desmayes ahora.

—Estoy bien —espetó, receloso.

No quería mostrarse débil, pero su lengua ya se había secado; sentía la boca arenosa y un ardor horrible en la garganta, al igual que en los ojos y la nariz. Le costaba respirar, le dolía hablar; y su equilibrio se había visto entorpecido por la negrura circundante.

—Sabía que esta seta tenía la mejor protección de la zona, pero no creí que se convertiría en una jaula —sintió a Stinger recargándose en su hombro, apoyando la mano libre en su pecho desnudo—. ¿No te estás durmiendo, o sí?

—No —musitó en un hilo de voz.

—Será mejor que nos movamos.

El reducido volumen de su voz volvió a provocar un cosquilleo en sus oídos:

—Espera, necesito… —soltó su mano para deshacerse del estrecho traje que llevaba puesto. Poco le importaba quedarse en ropa interior ahora que bien podría estar al borde del colapso.

Zombieman sólo consiguió escucharle. Así que no habría adivinado que lo único que llevaba puesto ahora era un ajustado bóxer en negro, un tono irónicamente adecuado para el infernal claustro.

—Revisaré el sitio una vez más —estuvo a punto de marcharse a inspeccionar.

—Quédate —fue apenas un suspiro, la última palabra que su garganta le permitió.

—Vale... Admito que me preocupa que comiences a delirar.

Volvió a abrazarlo, esta vez sintiendo su piel desnuda. Su mano había tocado el borde superior del bóxer, y eso definitivamente le hizo reaccionar... La tentación era demasiado fuerte, y sabía que el único física y mentalmente estable era él. Cualquiera aprovecharía una situación así. Y más si el deseo invadiéndole quemaba como lenguas de fuego incitando a saciar un creciente apetito.

En un brusco movimiento, le empujó contra la pared de la seta, apresando las muñecas de Stinger por encima de su cabeza. Esta vez no hubo reclamo, su boca ya no podía emitir sonido alguno.

—No te muevas —ordenó.

Era libre de irse, porque de hecho le había soltado.

Pero por alguna razón le obedeció, y no se movió un ápice. Permaneció con los brazos arriba, preguntándose si el veneno de la seta no lo mataría, y por qué le había dejado en esa incómoda postura en primer lugar.

Aguardó hasta que, con una precisión formidable, Zombieman asestó el hacha a un par de pulgadas sobre su cabeza.

Un agujero microscópico perforó las diferentes capas de la seta, dejando pasar un insignificante punto de luz. El héroe zombi no tardó en intentar de todo para romper la corteza, pero su solidez no cedió ni siquiera con aquel precario orificio predispuesto. No obstante, al poco tiempo una quinta parte del área se volvió traslúcida, y una corriente de aire a presión se colaba por la abertura de tanto en tanto. Aquella mínima cantidad de oxígeno era de vital importancia en esos momentos.

—Bueno, peor estábamos. Espero que con esto te encuentres mucho mejor. Ya verás que pronto saldremos de aquí. Y cuando lo hagamos, iremos al lugar más cercano donde puedas tomar agua. Al menos ya no tienes que preocuparte por alejarte de las paredes o el tronco del hongo. Ya no tiene ningún veneno —lo ayudó a sentarse, recargándolo junto a la parte traslúcida—. Es de noche, ¿alcanzas ver la luna?

Asintió en respuesta; y Zombieman le abrazó, besando su frente.

El esporádico aire a presión no era suficiente para que recobraran la temperatura habitual. Aún hacía calor, y los dos podían sentir el torso del contrario humedecido por el sudor. Lucían como si hubieran hecho algo totalmente distinto, algo que los dejara agitados, sudados y semidesnudos. Nada más alejado de la realidad, por supuesto.

Al cabo de un tiempo, Stinger distinguió una sombra extraña entre los árboles del exterior. Desafortunadamente, la distancia y la falta de nitidez, le impidieron discernir algo en concreto. Si había alguien allí, debía tratarse de un héroe rezagado o malherido, ya que era evidente que la lucha contra la quimera había terminado.

Bajo una insospechada iniciativa, en esta ocasión fue el héroe Clase A quien tomó la mano del contrario, alzándola a la altura de su boca, para luego presionar el dorso con sus labios.

—Ya falta poco, resiste.

Fue lo último que alcanzó a escuchar antes de desvanecerse en sus brazos.

La Amanita muscaria se fragmentó, y capa por capa fue pulverizándose hasta quedar reducida a cenizas. La muerte afianzó su protección en una rigidez inquebrantable pero fugaz.

Cual acordes de una cadencia etérea, el viento convocaba a los humanos a deliberar. Tendrían sólo una oportunidad para actuar, y bien podrían llevar a su especie a la ruina si no eran capaces de abrir bien los ojos. Su derecho a existir se pondría en tela de juicio al término de la cuenta regresiva, consumado en un veredicto irrevocable al amanecer.