36. La batalla final

Era el treinta de junio, y la tarde estaba cayendo hacia el anochecer. Por todas partes del mundo, magos y brujas rezaban sus últimas plegarias, abrazaban a sus seres queridos, tenían sus últimas cenas. La noticia de que esa noche sería el fin definitivo para todos ellos había corrido por los periódicos mágicos de todo el mundo, y todos estaban viviendo a su manera las horas finales.

-Está pasando –dijo Luna, mostrándole a Harry un artículo de El Profeta donde se veían fotografías en movimiento de todas partes del mundo, de magos y brujas celebrando el último día, con un lema que decía "Nunca nos quitarán la magia", que aparecía en grandes letreros, afiches, posters y todo tipo de imágenes, en todos los idiomas, por todo el mundo. Los magos y brujas habían salido a celebrar el último día, no a llorarlo, desafiando a las fuerzas oscuras, mostrándoles que no importaba qué les hicieran: ellos no iban a llorar y pedir piedad, se alzarían con la frente en alto y, si tenían que morir, morirían de pie y siempre con valentía y honor.

-Está pasando en todo el mundo –dijo Harry, asintiendo, con muchos nervios encima, mientras veía las fotografías: en la Torre Eiffel, en la Gran Torre Santiago, en el Empire State Building, en la Torre de Los Cinco Magos (la torre más alta del mundo, normalmente invisible para los muggles), en la Estatua de la Libertad, en la Torre Inclinada de Pisa; en todos estos lugares y más, magos y brujas estaban congregados, despidiendo el último día.

Pero eso no era todo, no terminaba ahí. Se habían reunido, por primera vez en la historia de los últimos quinientos años, de forma visible a los muggles. Parte de la campaña "Nunca nos quitarán la magia" fue que, si iban a morir, no iban a hacerlo en las sombras.

Por eso, brujas y magos de todo el mundo salieron vestidos con sus túnicas, con sus varitas, incluso realizando magia y exhibiéndola, en las principales calles y avenidas muggle de todo el mundo. El lema "Nunca nos quitarán la magia" fue exhibido de forma mágica en los cielos, en los edificios, en todos lados.

Los edificios mágicos normalmente invisibles para muggles, incluyendo la Torre de Los Cinco Magos, en Alemania, las ciudades mágicas que Harry había visitado en Australia, y todos los demás, quitaron sus encantamientos de seguridad por primera vez en la historia: todos se volvieron completamente visibles para todos los muggles.

Donde sea que Harry mirara una fotografía o una noticia del mundo muggle, había noticieros con sus pantallas mostrando la noticia de que la magia había salido a la luz, los magos habían salido de la oscuridad y se habían exhibido al mundo entero.

El Estatuto del Secreto había caído. Ya no había necesidad de esconderse.

-Si no lo logramos, Harry, será una lástima todo esto –dijo Luna, mirando con ojos soñadores las fotografías, y acariciando una en que se leía en letras mayúsculas en un letrero llevado por una multitud de brujas por las calles de Nueva York "No nos quitarán la magia". –Me encantaría poder vivir un día más, para ver cómo sigue el mundo después de esto…

-Sí, es hermoso –dijo Harry, de acuerdo con ella, mirando una fotografía de Brasil donde los magos y los muggles se daban la mano en una playa, y muchos muggles sorprendidos de sus poderes, en lugar de asustarse o huir, sonreían y les pedían que se sacaran fotografías con ellos, como si los magos fueran celebridades.

-Nos aceptan –dijo Luna, maravillada-. Los muggles nos aceptan, nos quieren. Creo que les encantamos.

-Claro que sí –dijo Harry, esbozando una sonrisa-. Los magos nunca fuimos unos marginados, ni nada así. Pero supongo que nadie se habría animado a hacer algo así de audaz antes, si no fuera porque…

Entonces, Harry miró hacia arriba. Estaban en el Gran Salón de Hogwarts, y el cielo se había puesto rojo sangre, iluminado por los últimos rayos de sol de la tarde. Pronto, el sol se iría de una vez; y quizás, para siempre para ellos.

-Es hora de irme –dijo Harry, poniéndose de pie-. Llegó la hora.

-Voy contigo –dijo Luna, poniéndose de pie también.

-¿No irás con tu padre? –preguntó Harry, mirándola de costado con sorpresa.

-No necesito pasar mis últimos momentos con mi padre –dijo ella entonces, adoptando una expresión de feroz valentía que rayaba en el repentino enfurecimiento, y que Harry nunca le había visto antes-. Porque no vamos a morir. Vamos a ganar esta batalla.

Entonces, Harry salió del Gran Salón, caminando con pasos pesados, llevando algo grande bajo su brazo. Luna iba junto a él, con su varita aferrada con fuerza y pasos decididos. Ambos salieron por las enormes puertas, hacia la batalla. Estaban completamente solos, ya que no quedaba absolutamente nadie más allí. Los pocos magos y brujas que habían quedado en Hogwarts se habían retirado ese día, yendo con sus familias y amigos a pasar el último día.

Harry y Luna, los últimos dos magos en pie en el castillo, salieron por la puerta principal hacia el exterior. Harry sintió un repentino aire de batalla mientras observaba el sol desaparecer en el horizonte, tras los árboles del bosque prohibido. Un aire que parecía traído exactamente de un año atrás, cuando en esos mismos terrenos habían luchado una feroz batalla por sus vidas y por la del mundo mágico también. Ahora, un año después, la batalla se repetía, esta vez por el mundo entero.

Y esta vez, Harry y Luna eran los únicos dos magos vivos en el campo.

Los vivos.

Pero Harry sabía que, en verdad, había cientos de almas con ellos, a su alrededor, en ese campo de batalla: todos los caídos estaban presentes en espíritu, junto a ellos. Nadie realmente se había nunca ido.

-Llegó el momento –dijo Luna, cuando el sol desapareció por completo en el horizonte.

Entonces, Harry alzó su mano izquierda al cielo, la mano en que llevaba su varita ese día, y lanzó un hechizo color verde que subió como un fuego artificial hasta el cielo, por encima del castillo y de todo, alcanzando una altura más elevada que las montañas. Una gigantesca marca tenebrosa, enorme, se dibujó entre las nubes, más feroz y brillante que ninguna otra antes conjurada.

Harry esperó, inmóvil, sujetando la varita con fuerza con la mano izquierda.

De pronto, una especie de humo empezó a dibujarse ante él, a unos diez metros de distancia. Un humo negro que fue cambiando de forma, y mutando, hasta de pronto una figura emergió de él.

El Cazador de Brujas salió caminando de allí, con pasos lentos. Miró a su alrededor, al lugar en el que estaba. Harry vio que llevaba en su mano la Varita de Saúco, y colgada a sus hombros parecía estar la capa para hacerse invisible. A su vez, pudo ver que en uno de sus dedos brillaba algo: la Piedra de la Resurrección había sido forjada a un anillo, tal como Harry había pensado una vez que estaba, con los Gaunt.

-Has sido un estúpido en llamarme a este lugar, Harry Potter –dijo el mago, girando su máscara de nuevo hacia Harry.

Harry miró la marca tenebrosa en lo alto. Sabía que El Cazador de Brujas iría allí si la usaba. Sabía que lo haría, creyendo que su hermano estaba allí.

-Debo confesar que deseaba torturar a ese imbécil primero –dijo El Cazador de Brujas, examinando su varita como imaginando usarla para esos fines-, antes de llevar a cabo mi gran plan. Pero el cobarde se ha escondido de mí…

-No por más tiempo –dijo entonces una voz.

El Cazador de Brujas alzó la mirada, sorprendido, cuando una persona que había estado oculta por un encantamiento desilusionador, junto a Harry, se quitó el hechizo y se reveló ante los demás: Steve Granger.

-Vaya, vaya, vaya –el Cazador de Brujas miró a su hermano, acariciando su varita, como con deleite-. Veo que te has resignado a darme mi último gusto, ¿no es así?

-Todo lo que te daré es una buena paliza –dijo Steve Granger, y Harry se quedó mirando a su hijo de casi cuarenta años, con cabello corto negro azabache, aunque con los ojos de Hermione, mientras este sacaba su varita de dentro de la túnica-. Debo decir que he esperado más que suficiente tiempo para hacerlo.

El Cazador de Brujas movió ligeramente los pies en el piso, adoptando una posición de combate.

-Papi no te salvará de morir torturado por mí, de una vez por todas –dijo El Cazador de Brujas-. Nadie va a salvarte ahora.

-Ya quítate esa estúpida máscara –le dijo entonces Steve, apretando los dientes, junto a Harry-. Si vas a pelear conmigo, da la cara.

Hubo un instante de silencio y expectación. Entonces, El Cazador de Brujas se quitó su máscara de lobo y la arrojó a un lado. Harry pudo ver el mismo rostro que la última vez: el muchacho de diecinueve años con cabello largo negro azabache, y el rostro un poco más redondo que el de su hermano, contorsionado por algunas cicatrices que este no tenía. Harry pudo ver, con horror, que los ojos de Christopher, el hermano malvado, eran mucho más como los de Harry que como los de Hermione, a diferencia de Steve.

-Esta será la cara que verás cuando estés revolcándote en tu propio charco de sangre –dijo Christopher. Su anterior locura por matar, y ansias de sangre, habían ahora dado paso a una ira desenfrenada en su rostro. Aquello, a diferencia de sus otros crímenes, era personal.

-Tú serás el que se revolcará hasta morir –dijo Steve, sus ojos desencajados por la furia-. Hoy pagarás por todos tus crímenes.

-¿Y cómo piensas hacerlo? –le preguntó su hermano, apretado su varita con fuerza y clavando sus ojos en los de su hermano-. Tengo las tres Reliquias de la Muerte, soy el amo supremo de la vida y la muerte, puedo hacerte polvo con solo desearlo. ¿Qué tienes tú?

-Me tiene a mí –dijo Harry entonces, apretando su varita, en la mano izquierda.

El Cazador de Brujas empezó a desternillarse de la risa, con maldad.

-Tú no eres nada, padre –dijo, ahora clavando sus ojos en Harry-. Has sido engañado por mí tantos años… como un pobre estúpido, ¿lo sabes? –se rio más y más, con crueldad y con una sonrisa con dientes torcidos-. Eras todo un idiota, papá, yo mataba y torturaba, y tú siempre me defendías como un imbécil… un ingenuo… no tenías idea… te creías un auror fuerte, pero eras débil y estúpido. Dime, pobre tonto, ¿cómo piensas detenerme tú?

Entonces, con un fuerte y audible "¡crack!", cientos de figuras se empezaron a aparecer allí: magos y brujas venidos de todas partes, de todo tipo de ciudades y lugares mágicos, no solo de Inglaterra sino de todo el mundo, todos se fueron apareciendo allí de la nada, en los terrenos de Hogwarts, todos juntos Harry y Steve, enfrentados a El Cazador de Brujas.

-Con nuestra ayuda –dijo Kingsley, junto a Millan, Jack y otros aurores.

-Y la nuestra –dijo el señor Weasley, con la expresión muy seria, que sujetaba de la mano a la señora Weasley, que parecía aún muy afectada pero decidida a atacar. A su lado, Percy apareció también, su varita en alto y expresión de ira total.

Junto a ellos, Harry vio que seguían apareciéndose cientos y cientos de magos, completando los terrenos de Hogwarts en un frente de batalla enorme, todos formando una fila alrededor de Harry y Steve y frente a El Cazador de Brujas. Magos que hablaban alemán, sueco, finlandés, español, y toda clase de idiomas; magos enviados por MACUSA, magos de Australia, Argentina, Chile, España, México, y todos los países se fueron apareciendo. Pronto, los terrenos de Hogwarts no fueron suficientes para la cantidad de brujas y magos que se acababan de aparecer allí, y estos empezaron a aparecerse rodeando al castillo, hacia los lindes del bosque y hacia las afueras, por fuera de las paredes que salían de Hogwarts.

Harry vio a la presidenta del MACUSA, entre muchos otros magos allí. El Cazador de Brujas tuvo que dar unos pasos hacia atrás. Tenía toda una perfecta línea de miles de magos formados ante él, con sus varitas apuntándolo, ante una próxima batalla que sería de miles contra uno, contra él solo.

-No son suficientes –dijo El Cazador de Brujas, entornando los ojos y apuntando la Varita de Saúco hacia los magos y brujas formados ante él, al enorme grupo que lo enfrentaba-. No pueden contra mí. Soy el amo indiscutible de la muerte. ¡Puedo matarlos a todos al instante!

Se relamió los labios, mirando alrededor, y empezó a reír nuevamente.

-¿Quieren sumar magos a la batalla? Pues hagámoslo –dijo entonces. Entonces, el mago oscuro lanzó un hechizo con su varita, sujetando la Piedra de la Resurrección entre los dedos de la otra mano mientras lo hacía, y un portal se abrió detrás de él, un portal negro del que salieron algunas figuras que hicieron que más de una mano de varita allí presente temblara: Gellert Grindelwald, Gregory Killman, Bellatrix Lestrange, Fenrir y Jacob Greyback, y el mismísimo Lord Voldemort salieron caminando del portal, con rostros sádicos y hambrientos de muerte, junto a otros magos y brujas oscuros; todos saliendo del portal, con varita en mano y rostros asesinos y despiadados, dispuestos a matar.

-¿Aún creen tener algún tipo de oportunidad de destruirme? –dijo El Cazador de Brujas, riendo nuevamente-. Ni siquiera los necesito a ellos. Me alcanza con las tres Reliquias. Pero los traje para que estén aquí presentes, disfrutando este bello momento. ¡Disfrutando la muerte de todos ustedes!

Entonces, miró nuevamente a Steve, clavando los ojos en su hermano.

-¿Este es tu plan, hermano? –le gritó, sádico-. ¿Traer un montón de inútiles que jamás se han batido a un duelo ante mí y a los magos oscuros más poderosos que jamás han existido, y conmigo teniendo las tres Reliquias de la Muerte? ¡Dime ahora, hermano! ¡Dime de una vez! ¿Ese era tu plan? ¿Cómo vas a hacer para vencerme? ¿Cómo harás para evitar que te torture hasta que me pidas por favor que te mate?

-Conmigo –repitió Harry, mirando a Christopher con los ojos inyectados en furia.

-¿Contigo, y con cuántos más? –se burló Christopher, mirando a los miles de magos ante él y riendo a carcajadas, como si no fueran rivales para ellos.

Entonces, Harry levantó finalmente el objeto que llevaba en la mano derecha: un arma con un cañón de disparos enorme, y gatillo; el arma que Steve había recuperado de su antigua mansión, sin que su hermano lo notara, y había llevado a Harry ese día; la misma arma que Steve había estado armando durante años en Land's End para unir al portal hacia el mundo de los muertos, igual que como había hecho Christopher con la Varita de Saúco, y luego había escondido en su mansión, en su despacho. Esta, en lugar de ser una varita súper poderosa, era un arma parecida a las que luego aprendiera a hacer George, pero creada por Steve Granger con una tecnología ligada al portal de Land's End, y que tenía el mismo poder de utilizar el portal por medio de ella.

Harry miró a los ojos a su malvado hijo, y entonces guardó su varita en el bolsillo para poder sujetar la pesada arma con ambas manos.

-Y también con ellos –dijo Harry entonces.

Harry apretó el gatillo, y un chorro de luz salió del arma disparado hacia adelante. Christopher Potter dejó de reír, y observó alrededor: de pronto, de la nada, empezaron a abrirse portales de luz blanca.

Por delante de las otras brujas y magos, en medio del campo de batalla formado en Hogwarts, los portales se fueron abriendo en la nada, uniéndose entre sí y formando un único y gigantesco portal, bañado de cegadora luz blanca.

Y de allí dentro empezaron a salir personas, con pasos firmes para la batalla, sacando varitas de sus túnicas y tomando posiciones frente a El Cazador de Brujas y los magos oscuros, todos ellos con miradas audaces y feroces: Bill, Fleur, George, Evangelina, Neville, cientos de magos y brujas de Hogsmeade y del Callejón Diagon, Hagrid, Ginny, Sirius, Oliver, Goyle, Malfoy, Charlie, aurores del Ministerio que habían caído en batalla, la familia Adams real, Karen Granger, Vincent McGreggor, el mayordomo Edward, el jugador de Quidditch de Inglaterra, duendes de Gringotts enfurecidos y listos para pelear, las hermanas Astoria y Daphne Greengrass y su familia, y otros magos y brujas que se habían aparecido y luego caído luchando contra El Cazador de Brujas aquella noche en Hogsmeade.

Christopher se apartó el cabello negro, largo y enmarañado de la cara, y miró con los dientes apretados a los miles y miles de magos y brujas que ahora estaban frente a ellos, que no eran más de diez, todos con sus varitas apuntándolos, deseosos de venganza.

Cerrando las filas, Ron y Hermione salieron juntos del portal de luz blanca, con sus varitas en alto y rostros desafiantes, poniéndose uno a cada lado de Harry y Steve y apuntando a los magos oscuros también, listos para pelear.

-Vaya que han ideado una linda pelea –dijo Christopher entonces, tratando de sonreír con malicia-. Se ven tan furiosos, tan listos para pelea… Es una lástima… Es una lástima que no tengo tiempo para darles el beneficio de una pelea.

Entonces, Christopher miró al cielo oscuro, ya nocturno, y a la luna llena que brillaba en lo alto.

-Me encantaría quedarnos a pelear, de verdad –dijo, y entonces se afirmó la capa en los hombros y apretó la piedra y la varita con fuerza-. Pero temo que hice una promesa. Prometí que usaría las Reliquias de la Muerte para matar a todos los magos y brujas del mundo al anochecer del día de hoy… y eso es lo que voy a hacer.

Entonces, El Cazador de Brujas unió las tres Reliquias de la Muerte en sus manos, y una brillante luz empezó a salir de ellas, frente a los rostros asustados de todos los allí presentes. La brillante luz blanca destelló en sus manos, mientras el mago alzaba sus manos por encima de su cabeza, con una sonrisa horrenda.

-Adiós, perdedores –dijo, entonando cada palabra con maldad, con los ojos pasando entre la fila de magos y brujas ante él, relamiéndose y gozando el momento-. Este es su fin. Mueran de una vez, y para siempre.

El Cazador de Brujas lanzó un grito de triunfo, apuntó al cielo con los tres objetos y lanzó su deseo mortal y terrible hacia la noche, hacia el cielo y las estrellas. Su terrible deseo de exterminio global de todos los magos y brujas del mundo.

Todos se quedaron expectantes, con los rostros congelados, como esperando desaparecer en cualquier momento, o morir de pronto.

Pero nada pasaba. Nada ocurría.

Entonces, la luz dejó de brillar en las manos de El Cazador de Brujas. Nada pasó.

Su rostro dejó de sonreír, y se puso serio. No había funcionado. Las Reliquias no le habían respondido. Nadie había muerto.

-Veo que te cuesta entender la magia detrás de esos objetos –le dijo entonces Harry, triunfante, mirándolo con audacia-. Igual que al mago que tienes a tu lado, Voldemort, es como si simplemente quisieran poder, pero no se informaran bien sobre el correcto funcionamiento de los objetos que se empeñan en conseguir.

El Cazador de Brujas se puso serio, y miró a Harry con el rostro lleno de odio.

-Tienes los tres, sí, así que en cierta forma te responden –dijo Harry-. Por eso emiten esa luz, y te habrán dado algún que otro truco a tu favor… Pero no eres el Amo de la Muerte aún. No tienes el poder de hacer un exterminio en masa. Y eso se debe a que, si bien eres el amo legítimo de dos de ellos, la Varita de Saúco y la capa de invisibilidad, no eres el amo legítimo del tercero. Verás, cada Reliquia tiene una regla de pertenencia a un amo, no solo la Varita de Saúco: la Piedra de la Resurrección solo responderá al último mago a quien haya sido obsequiada, de forma legítima, o a quien se la hayan arrebatado en batalla. No a uno que la tomó de un cajón.

Harry entonces extendió la mano, y la Piedra de la Resurrección saltó hacia él, atravesando los metros que lo distanciaban de El Cazador de Brujas. Harry giró la piedra en su mano, y entonces nuevas figuras aparecieron junto a él en el campo de batalla: Lily, James, Lupin, Tonks, Dumbledore, Fred, Snape, Ollivander, Bertha Jorkins, Frank Bryce, Cedric Diggory, Amelia Bones, Regulus Black, Alastor Moody, Dobby, Colin Creevey, y Lavender Brown. Todos ellos, en forma fantasmal, pero con poder, alzaron sus varitas también, formados frente a los demás, y apuntaron a El Cazador de Brujas.

-Ahora, dime –dijo Harry entonces, clavando los ojos en los de su hijo y fulminándolo con la mirada, mientras pasaba su varita a su otra mano, la derecha, y la alzaba hacia él-. ¿Estás tú listo para la batalla?