Estaba aburrido. Caminaba de vuelta a casa después de un caluroso día de escuela. Estaba cerca de las vacaciones de verano, pero tampoco le entusiasmaba demasiado la idea. No tener sus poderes hacía que se aburriera demasiado y no supiera qué hacer en sus ratos libres. Se había anotado en varios deportes, e incluso cobraba para entrar en los clubes, ya que sus habilidades eran perfectas gracias a los entrenamientos. Pero ese día estaba particularmente cansado. Cansado de no tener sus poderes.
– ¡Eh tú! – la voz era sumamente familiar. ¿Podía ser ella? Primero pensó que era una alucinación o un engaño de su mente que le estaba jugando una mala pasada. Pero luego detuvo sus pasos. Giró noventa grados y la vio. Llevaba una falda negra y una blusa violeta. Rukia lo miraba, intentando descifrar por qué traía esa expresión en la cara tan rara. – ¿Por qué traes esa cara de idiota?
– ¿Rukia? ¿De verdad eres tú? – preguntó, sonando muy cursi. Pero realmente no podía creer que después de tanto tiempo ella volviera. No entraba en su entendimiento.
– ¡Por supuesto! – saltó del banco en el que estaba parada y luego caminó hacia él, que se mantenía estático, con el bolso del colegio colgando en su mano, sobre su espalda. – ¿Cómo has estado? – preguntó cuando llegó junto a él. Quería preguntarle tantas cosas que nada salía de su boca.
– Bi… bien – contestó entrecortado.
– No lo creo – Rukia bajó la vista. No tenía las suficientes fuerzas para mirarlo a los ojos sin ruborizarse. Lo había extrañado y por eso había vuelto.
– Te estaba esperando – le dijo, sorprendiéndola.
Hueco Mundo
Arenas
Ukitake y Grimmjow se miraban intensamente. Ninguno de los dos debía mostrar su malestar al estar junto al otro. Además, era un simple interrogatorio rutinario y cada uno volvería a hacer lo que tenía que hacer.
– Grimmjow san, necesito que cooperes, diciéndome la verdad
– Por supuesto, Capitán san. ¿Duda de mí? – preguntó, irónicamente. Odiaba a los shinigamis y no quería ocultarlo.
– No estoy diciendo eso, simplemente es una aclaración que les hago a todos – Juushiro sonrió. – Dime, ¿dónde estabas mientras el Capitán Hitsugaya fue atacado?
– En el mundo humano – contestó inmediatamente Grimmjow, sin dudarlo un instante. Era la pura verdad, él estaba con Orihime en el mundo humano.
– ¿En el mundo humano? ¿Qué estabas haciendo allí?
– Estaba haciendo una visita – sonrió levemente.
– ¿Visita? ¿Alguien te vio allí?
– Si – miró inquisitivamente al capitán, provocándolo para que le siga preguntando.
– ¿Quién?
– Orihime Inoue – dijo con frialdad.
– ¿Inoue san? ¿Ella también estaba en el mundo humano en ese momento?
– Sí. Ella y yo fuimos a visitar a la misma persona. No fuimos juntos, pero nos encontramos de casualidad
– ¿A la misma persona en el mundo humano? ¿A quién fueron a visitar? – Ukitake suponía que esa persona era Ichigo, pero para ser objetivo debía lograr que Grimmjow lo dijera por si solo. Además estaba el hecho de que si realmente Grimmjow había estado en el mundo humano en ese momento y Orihime confirmaba que había estado con ella, quedaría exento de culpa y cargo.
– A Ichigo Kurosaki
Habitación de Kokoro
Kaien sostenía la cabeza de Kokoro firmemente con su mano derecha. Podía rozar con sus dedos la máscara de hollow, confirmando que era dura como hueso. Sus labios permanecían unidos, pero ninguno de los dos abría los ojos. Estaban demasiado cerca. Podían sentir sus latidos. Los de Kaien continuaban rápidos y golpeaban su pecho con violencia. El corazón de Kokoro también había comenzado a sentirse con fuerza.
Ella fue la primera en abrir los ojos. Él aún los mantenía cerrados. Un beso. ¿Qué significaba un beso para un ser sin corazón, incapaz de interpretar los sentimientos humanos? Nada. Pero, sin embargo, las sensaciones múltiples y nuevas que atravesaban el cuerpo de Kokoro refutaban esa hipótesis. Hizo un leve movimiento que le permitió zafarse de los labios de Kaien y correrse a su cuello. Apoyó su barbilla sobre el hombro del humano, que aún sostenía su brazo derecho y su cabeza con ambas manos.
– ¿Crees en mí? – preguntó ella, curiosa por saber a qué se refería Kaien.
– Creo en ti – confirmó él. – Eres un hollow, y yo no creía en ellos. Pero tú, tú eres distinta. No siento que seas diferente a mi – abrió sus ojos y soltó el brazo de Kokoro, llevando su mano izquierda a la cintura de la chica, acercándola más a él, que aún estaba recostado en la cama. Ella, sentada, se reclinó más sobre él.
– Pero soy un hollow y tú un humano – objetó Kokoro. – No somos iguales
– No sé qué soy – la separó de él, suavemente. Se miraron un instante, luego ella bajó su vista. – Mírame – pidió. Ella lo hizo. – ¿Tan distintos somos?
– Yo… no sé qué decir – contestó tímidamente. Era cierto, ¿eran tan distintos? Él tenía un poder extraño y ella se sentía más parecida a los humanos que cualquier otro en Hueco Mundo.
– No digas nada. Yo creo en ti – cerró sus ojos frente a Kokoro y se desvaneció, soltándola y cayendo sobre la cama.
– Kaien – lo llamó ella, en vano. – ¡Kaien! – gritó y lo movió, agarrándolo de los hombros. En ese momento sintió una intensa descarga de energía provenir desde él. Con sólo tocarlo podía notar reiatsu proveniente de su cuerpo. Pero jamás había sentido algo como eso. No era hollow, ni tampoco shinigami. Y definitivamente no era humano. Lo soltó.
Las Noches
– ¿Por qué no visitas a tus amigos del mundo humano? – preguntó Ulquiorra, que se mantenía mirando el inmaculado techo de su habitación. Estaba recostado junto a Orihime hacía varios minutos, pero ninguno de los dos decía nada.
– ¿Al mundo humano? – preguntó, algo sorprendida. Era demasiado extraño que Ulquiorra mencionara a los humanos. Giró y lo miró.
– Si. Te hará bien cambiar el aire. Hace más de dos años que no vas – comentó con normalidad, pero no miraba a su mujer.
– ¿De verdad piensas que eso me hará bien? – preguntó, más para ella que para él.
– Sí. Ellos sabrán cómo hacerte sentir mejor. Son como tú, en cambio yo soy un hollow – dijo con tranquilidad, cerrando sus ojos. Orihime se incorporó de repente, sentándose en la cama.
– No quiero que repitas eso nunca más – lo miró, con sus ojos enrojecidos. Parecía iracunda.
– Es la verdad. Ellos son humanos, yo soy un hollow. Somos diferentes – Ulquiorra continuaba con sus ojos cerrados.
– Nada de lo que ellos digan o hagan me hará sentir mejor – afirmó con seguridad. Él la miró.
– ¿Irás de todas formas? – preguntó y mantuvieron su mirada intensa por varios segundos, en silencio.
– Creo – habló Hime – que iré
Él le había sugerido hacía años que regresara al mundo humano para que se sintiera mejor, pero luego se había arrepentido de haberlo hecho. Tres años después, Rukia desaparecía y Orihime no pudo sentirse mejor. Sino que se inmiscuyó en todo lo que sucedió con Ichigo y fue demasiado duro. También por ello había decidido no volver más.
Se revolvió en la cama matrimonial, extrañando la calidez de Orihime. Ella no volvería. Pero estaba seguro de que los shinigamis la mandarían a buscar al mundo humano para que declarara. ¿Sería cierto lo que Grimmjow había dicho? ¿Él habría estado con ella allí? Si eso era verdad, Orihime lo había ocultado por alguna razón. ¿Cuál sería el motivo por el cual ella no le había comentado sobre su encuentro con Grimmjow cuando fue a ver a Kurosaki?
De pronto logró sentir el reiatsu de Orihime. Había regresado. ¿Era posible que los shinigamis la hubieran ido a buscar? ¿Tan rápido había aceptado dejar lo que estaba haciendo allí para regresar a declarar? Se sentó en la cama. Se había quitado la parte de arriba de su traje blanco, dejando al descubierto su pecho y el tatuaje con el número cuatro que aún conservaba. Exhaló con pesadez.
Ella se acercaba lentamente, sin querer llamar demasiado la atención. Intentaba caminar con normalidad, como solía hacerlo siempre. Al pasar por la puerta principal del palacio, logró ver a los capitanes y tenientes conversando entre ellos, junto a Hallibel. También pudo sentir la energía espiritual de Grimmjow alejándose en el desierto. Estaba segura de que lo habían interrogado. Apretó los dientes. Debía decir que ella había estado con él en el mundo humano cuando a Toushiro lo atacaron porque estaba segura que el ex Espada no había sido. Estaba convencida que no había sido él y no quería inculparlo.
¿Qué era lo que debía decirle a Ulquiorra? En un comienzo pensó que lo mejor era excusarse y no decirle la verdad sobre su visita. Pero no podía continuar ocultando sus verdaderas intensiones. Además, si él la ayudaba, daría más rápido con Kaien. Continuó su camino, apurando un poco el paso. Entró en el pasillo principal, a sabiendas de que Ulquiorra estaba en la habitación pudiendo reconocer su presencia.
Se enfrentó a la puerta del dormitorio. Podía imaginárselo sentado en la cama, esperándola. Mirando la puerta para descubrir qué expresión traería ella en el rostro. Y adivinando que su aparición repentina allí después de su última conversación no era normal. Tragó saliva y abrió la puerta.
– Ulquiorra – el shinigami que se acercó a él traía un rostro compungido y pálido que no le agradó para nada. Además, había dudado al llamarlo – sama – concluyó. No lo miraba a los ojos. – Hay algo
– ¡¿Qué sucedió? – gritó, perdiendo la paciencia. Tomó al joven de la solapa de su kimono.
– Su hijo – dijo, con temor. Los ojos de Ulquiorra emanaban un aura maligna.
– ¡Dime qué pasó! – lo zamarreó, iracundo.
– Nació muerto – Ulquiorra soltó al shinigami con violencia. Sus sentidos se nublaron. Las palabras que había pronunciado ese sujeto no le entraban en la cabeza. ¿Muerto? ¿Podía nacer un hijo suyo sin vida? ¿Qué había sucedido? Corrió hacia la habitación donde estaba internada Orihime, haciendo caso omiso a lo que le decían los shinigamis que estaban en su camino. No le importó golpear, empujar ni dañar a nadie en su camino.
Entró en el cuarto. Orihime yacía inconsciente en la cama. No pudo identificar si estaba dormida o desmayada, su percepción estaba totalmente alterada. Tres shingamis vestidos con batas curaban su cuerpo. Mantenía aún las piernas abiertas. Había sangre en las sábanas y en un recipiente de vidrio que estaba sobre una de las mesas. La Capitana Unohana no estaba allí, ni tampoco su hijo.
Arenas
– Entonces visitabas a Kurosaki san. Muy bien – Ukitake escribió en las planillas. – ¿Cómo te enteraste que el Capitán había sido atacado?
– Hallibel me notificó – dijo, confiando en que Hallibel jamás revelaría que él había entrado sin autorización a Las Noches.
– ¿En qué momento?
– Después de que la Comisión visitó Las Noches – era el momento exacto, y esperaba que Ukitake se conforme con esa respuesta. Juushiro lo miró, serio.
– ¿Hallibel san en persona fue a decirte? – insistió. Había algo que no le cerraba.
– Si, Ukitake san. Yo misma fui a su cueva a contarle todo lo que sucedió – en ese momento llegó Hallibel, desde detrás del capitán. Necesitaba intervenir para confirmar que lo que Grimmjow decía era verdad o se verían en problemas. Y no quería más problemas de los que ya tenía con tantos shinigamis dando vueltas por ahí. Juushiro giró y la miró.
– Ya veo. ¿Te molestaste hasta el desierto para contarle a él sobre la visita del Comité o sobre el ataque de Hitsugaya kun? – la pregunta era perfecta. ¿Por qué había ido Hallibel a ver a un desterrado? Más sabiendo que era el principal sospechoso.
– Fui después de habernos enterado que la Comisión sospechaba de nosotros, los ex Espada. No podía dejar a Grimmjow afuera. Además, siendo él el principal sospechoso, yo debía saber si había sido él o no. Confío en que Grimmjow no lo hizo, Ukitake san – la seguridad que Hallibel ponía en sus palabras amedrentaba. Grimmjow calló.
– Muy bien, eso confirma lo que Grimmjow declaró – miró al peliazul. – La zona que investigaba el Capitán Hitsugaya está bajo tu responsabilidad y custodia. ¿Cómo es que controlas esa zona?
– Hago una ronda diaria
– ¿Tienes un horario?
– Aquí no existe el tiempo, Capitán san – afirmó Grimmjow, luego sonrió. Ukitake lo miró con sorpresa, pero no dijo nada. – Normalmente lo hago en las mañanas shinigamis
– Muy bien. Eso quiere decir que luego de hacer la ronda, en la que todo estaba normal, fuiste al mundo humano
– Si, eso es correcto
– Eso es todo, Grimmjow san. Puedes retirarte
Habitación de Kokoro
Estaba parado frente a la mujer de cabello blanco. Ella había dejado caer la capa negra al suelo, sobre la arena blanca. La media luna brillaba sobre ellos. Todo estaba calmo. Ya no se escuchaba la risa frenética ni soplaba el viento helado.
– Creo – dijo Kaien con seguridad. La miraba intensamente, queriendo mostrarle que ya no dudaba de que ella era su poder. Estaba preparado para escuchar su nombre y para saber quién era. Podía intuir que una vez que lo haga nada sería igual.
– Entonces te lo diré – levantó su cabeza, alzando su vista hacia Kaien. Sus ojos habían cambiado, eran de un color azul intenso. Desde la posición del chico parecían tener brillo propio. – Mi nombre es…
