CAPÍTULO XXXV

La vida no se mide por las veces que respiras, sino por aquellos momentos que te dejan sin aliento.

HITCH

Los Lightwood acostumbraban a pasar las Nochebuenas en familia. Bueno, en toda la familia que les quedaba. Simon e Isabelle solían acudir a casa de Alec (que estaba pared con pared respecto a la suya) y allí los hermanos disfrutaban los manjares cocinados por el nefilim, para luego recordar momentos pasados y darse los regalos. Desde hacía tres años sin embargo, a estas reuniones familiares se les habían añadido el amigo de Alec, George, y su hermana Alice (una reputada abogada sin escrúpulos). Se les habían unido debido al hecho de haberse quedado sin padres tras un accidente de avión hacía poco tiempo. En cambio, aquel año iba a ser diferente: Alice se había casado pocos meses atrás y debido al trabajo había postergado su viaje de novios a las fechas navideñas, por lo que se hallaría ausente. George, por su parte, también había excusado su asistencia.

—De nuevo nosotros tres solos —dijo Alec en cuanto su hermana y Simon entraron por la puerta—. Le he insistido a George en que se viniera pero me ha vuelto a decir que no. ¿Creéis que estará saliendo con alguien?

—Ahora que lo dices, tenía una marca misteriosa en el cuello el día del concurso de baile —observó Simon.

—¿Pero tú en qué cosas te fijas? —preguntó Isabelle, con expresión curiosa y divertida.

—Ya sabes, soy un chupasangres. Es mi especialidad —respondió el vampiro con una sonrisa, y rodeó la cintura de su pareja con las manos para atraerla hacia sí y besarle en el cuello.

Alec desvió la mirada y fingió interesarse por lo que echaban por televisión: Love actually, una película que le obligó a ver George cuando descubrió que él no la conocía y que se ganó inmediatamente su corazón. Debía reconocer que los mundanos sabían hacer del cine un verdadero arte.

Sin prestar mucha atención a la imagen, su mente no pudo hacer otra cosa más que pensar que quizás aquella sería la última Nochebuena que pasarían ellos tres solos. A la próxima, quizás tendría a Magnus sentado a la mesa acompañado muy probablemente por Tessa y a Kevin, a George con el novio que a lo mejor estaba fraguándose en aquel mismo momento… Pero en seguida sacudió la cabeza e intentó borrar aquellas imágenes. A veces se pasaba de soñador.

Caminó hasta la zona de cocina, dejando espacio para que su hermana y el vampiro se explayaran en aquel momento de éxtasis hormonal. Comprobó el ritmo de cocción de la cena, repasó que todo estaba en su sitio justo, pero por mucho que estuviera en movimiento no podía quitarse de la cabeza a Magnus.

¿Qué estaría haciendo esa noche? ¿Con quién la pasaría? Estaba claro que se encontraba en una fiesta. ¿Vestiría muy provocativo? ¿Bebería? ¿Flirtearía con alguien? ¿Cuánta gente le echaría los trastos? Se lo imaginaba sin camisa, vistiendo exclusivamente unos boxers ajustados, luciendo su piel brillante y bronceada. Aunque el cuerpo desnudo de Magnus Bane era algo imposible de olvidar, se dio cuenta de que llevaba años sin poder verlo en vivo y en directo. En aquel momento y con su hermana teniendo lo más parecido a sexo pero con la ropa puesta en medio de su salón, no le apetecía hacer otra cosa más que mandar al cuerno el celibato que se habían impuesto y comer de arriba abajo el cuerpo entero del Gran Brujo. No sabía cuánto tiempo estuvo así, pero de pronto escuchó algo que interrumpió sus pensamientos:

—… en su lugar, soufflé de Magnus Bane.

—¿Cómo? —preguntó Alec abriendo los ojos como platos. Isabelle estaba delante de él y le hablaba, pero él no tenía ni idea de lo que le había dicho.

Su hermana rió.

—Te preguntaba que si querías que te ayudara en algo, pero veo que estás demasiado ocupado pensando en Magnus Bane…

—¿Cómo lo has podido saber?

—Es obvio —dijo ella con seguridad y desvió la mirada hacia la entrepierna de su hermano—. A no ser que te ponga verme con Simon, lo que sería un poco siniestro, si te interesa mi opinión.

—¡Isabelle! ¡Eres una pervertida incorregible! —exclamó y le lanzó el trapo de cocina a la cara.

—Sí, yo seré lo que tú quieras pero aquí el que tiene una erección que no sé cómo no le estallan los pantalones eres tú —puntualizó y mostró una sonrisa perversa.

Alec, evitando la mirada de su hermana, preguntó:

—Simon, ¿podrías controlar el fuego?

Se metió en el baño a toda prisa y cerró la puerta con pestillo.

—Joder, joder, joder —sólo en aquel momento se permitió mirar hacia su entrepierna. Tenía razón Isabelle, aquello abultaba demasiado para su propio bien—. Malditos pantalones ceñidos. Maldita Isabelle…

Se planteó qué hacer: si decidía aliviarse, Isabelle lo notaría y le humillaría. Si no, además de sufrir por razones evidentes, ella seguiría mofándose. Así que, sabiendo que de todos modos estaría perdido… se bajó la cremallera y metió la mano bajo la ropa interior. Con la mente puesta en el asiático de ojos de gato que le tenía hechizado en cuerpo y alma, se entregó a su propio placer.

Isabelle tocó a su puerta poco tiempo después:

—Alec, dime que no estás pajeándote, por favor —dijo en tono de reproche.

—¡Por el Ángel!

Con gestos apresurados, volvió a enfundarse en aquellos condenados pantalones, se lavó las manos y de paso la cara, que estaba absolutamente enrojecida. Salió con el gesto más casual que pudo con lo acalorado que estaba y caminó hacia la isla de la cocina. Por suerte, su hermana decidió ser buena y no comentar nada al respecto. Sirvió los platos y se dispusieron a cenar.

—Todo muy bueno, Alec —dijo Isabelle una vez terminado el postre, repantigándose en la silla—. Pero deja de sacar más platos que estoy a punto de estallar.

—Si todavía no he sacado los bombones, ni los pastelillos, ni…

—Ya te pareces a mamá cuando nos hinchaba a comer después de una larga ausencia —dijo ella y ambos compartieron una sonrisa nostálgica ante su recuerdo—. Venga, un café bien cargado y sanseacabó.

Cuando él le acercó el platito con su tacita de café, sobre ésta reposaba un bombón.

—Sólo uno —dijo Alec.

Isabelle bufó.

—Está bien, pero sólo porque me lo pides con esos ojitos azules. ¿Simon, qué te crees que habrá conseguido mi hermano con sólo echar esa miradita?

El vampiro, que se sentaba entre ellos pero no participaba en la comida aunque sí en la conversación, sonrió:

—De todo. Ni con la maldición imperio alguien podría conseguir tanto. Pero no es cuestión de sus ojos, es cosa de…

—¡La genética Lightwood! —exclamaron los tres al unísono y estallaron en carcajadas.

Cuando dejaron de reír, Simon propuso:

—¿Abrimos los regalos?

El bolso y los guantes para Isabelle (que ella misma había elegido), una edición de coleccionista de X-men para Simon, una nueva cazadora de cuero para Alec junto a un libro nuevo de recetas y…

—¡Isabelle, esto es cosa tuya! —exclamó en cuanto abrió el paquete del que sería su nuevo delantal. Si bien el que tenía antes (y que Isabelle por error había quemado el día de antes) mostraba la frase "Kiss the cook", éste era aún más directo y ponía "Kiss my cock".

—Simon me convenció de no regalarte preservativos con sabores personalizables, así que teníamos que regalarte algo que te sacara los colores. ¡Qué quieres —alzó las manos para excusarse—, es pura tradición!

—Bueno, esto es para los dos —dijo Alec cuando recuperó un poco la compostura y les ofreció una cajita tamaño sobre plateada.

Simon la abrió con cuidado, y tanto él como Isabelle se quedaron atónitos.

—Es un hotel muy exclusivo dirigido por subterráneos. Godfrey me habló de él, se encuentra no muy lejos de Idris. Todo el mundo que ha estado asegura que es alucinante y se asemeja mucho al país de los cazadores de sombras… pensé que os gustaría ir. Es diferente a cualquier otro lugar.

—Oh, Alec. Muchas gracias.

Tanto Isabelle como Simon le abrazaron y se lo agradecieron encarecidamente.

—¿Por qué no habéis cogido las chaquetas? —preguntó Alec, un tanto incómodo ante tanta atención y halagos enfocados hacia su persona—. ¿No vamos a salir?

Tenían por costumbre después de cenar y darse los regalos ir a algunos clubes donde bailar toda la noche y beber hasta caer rendidos.

Isabelle negó con la cabeza.

—Nosotros nos quedamos en casa, tú sales.

—¿Cómo? Eso no tiene ningún sentido —dijo sin comprender. Antes lo tenían que sacar a rastras y, si bien en los últimos años no se mostraba reticente, el tema de bailar en medio de una discoteca atestada seguía sin ser lo suyo.

—Lo que has oído —dijo ella y le dio un beso en la mejilla—. Anda, ve a felicitarle la navidad a Magnus, que sé que lo estás deseando.

—¿En serio? ¿Quieres que haga yo eso? ¿De verdad? —preguntó completamente atónito.


21 Holland Park. 24 de diciembre. 23:45 horas. 4 grados centígrados en el exterior. Alexander Lightwood espera tras la puerta mientras escucha los ruidos de la fiesta que se celebra en el interior. Está claro que ésa es la más ruidosa de todas las casas de la calle, en su mayoría deshabitadas. Finalmente, se decide a tocar al timbre. No se preocupa demasiado, seguramente con todo el escándalo del interior no habrá sido escuchado y necesitará de más intentos. Por ello, cuando a los pocos segundos la puerta se abre, se queda de piedra:

—Alexander —Magnus también se muestra sorprendido, pero se recupera antes que él. Sonríe como nunca—. Feliz navidad, ¿te apetece pasar?

El Gran Brujo vestía exclusivamente una batita roja estilo Papá Noel que no le llegaba ni a la mitad del muslo (por lo que el trasero se lo debía cubrir a duras penas). Alec pronunció las siguientes palabras con gran dificultad, sin poder evitar mirar las piernas perfectas y desnudas de Magnus.

—No. Quiero decir, sí. Pero antes… he preparado algo… es un poco tonto, la verdad. Espérate un segundo.


—Podemos ir a bailar tú y yo mientras Alec está con Magnus. ¿Lo sabes, verdad Izzy? —dijo Simon en cuanto entraron y cerraron la puerta de su casa—. Sé que no soy el tipo más bailongo del mundo, pero con el paso del tiempo he aprendido a disfrutar de una pista de baile. Todo gracias a ti, por supuesto.

—No es eso, es que hoy estoy cansada —el tono de su voz lo confirmaba—. Mejor vayamos a bailar en fin de año. ¿Me prepararías un chocolatito caliente de los tuyos mientras me pongo el pijama? No me apetece hacer nada más esta noche —concluyó haciendo un mohín.

—Claro, Izzy. Ahora mismo te lo preparo —Simon intentó no mostrar lo chafado que se sintió. Se esperaba hacer algo más… especial aquella noche. Pero si Isabelle se encontraba mal, qué se le iba a hacer. Otro día sería.

Caminó hasta la cocina, sacó la leche de la nevera y la vertió en un cazo limpio (estaba poco usado, pues solían acudir siempre a la hora de comer a casa de su cuñado). Comenzó a calentarla a fuego lento, pues recordaba que no salía igual si se hacía rápido. Después, echó unas cucharadas de chocolate. Abundantes, pues a la cazadora de sombras le gustaba así. Removió y removió hasta que, finalmente, traspasó el contenido del cazo a un tazón que llevó a la habitación que compartía con Isabelle.

Abrió la puerta y bien podría habérsele caído el tazón de pura impresión. Isabelle le esperaba recostada en posición sugerente sobre la cama. Aquello ya le podía hacer contener la respiración que en él era innecesaria, pero lo que más llamaba la atención ante todo era el atuendo que llevaba: el mismísimo bikini de la princesa Leia que había comprado semanas atrás. ¿Cómo se le había podido olvidar?

Le quedaba como un guante: la parte superior metálica le rodeaba los exuberantes pechos, mientras que la inferior cubría su sexo, acompañada de la faldilla color burdeos que se desparramaba por el lecho. El resto quedaba completamente expuesto sin pudor alguno. Los brazos decorados por brazaletes, el vientre terso y plano, las piernas con muslos incitantes. La nívea piel cubierta por blanquecinas cicatrices y alguna que otra runa relucía en toda su perfección. Simon recordaba la primera vez que había visto completamente desnuda a Isabelle; si bien le había resultado extraño ver tantas marcas en el cuerpo de una chica tan joven, se había sorprendido encontrándolas bellas, como todo en ella. La cazadora de sombras también se había hecho con los cabellos una trenza y al disfraz le había incluido la cadena con la que Organa se encontraba atada en la película: un collar en el cuello unido a una tira de eslabones de hierro. La única diferencia era que en aquella situación éstos se encontraban sujetos a la cama.

Simon posó la taza que todavía llevaba en la mano sobre la primera superficie que pudo y balbuceó:

—Isabelle, estás increíble…

—Feliz Navidad, Han Solo —dijo ella en respuesta, con una sonrisa en los labios.

Con la velocidad característica de un vampiro llegó hasta la cama y se sentó poniendo las piernas una a cada lado de la cintura ella. Le tomó con suavidad de la barbilla, recorrió con la lengua la zona del cuello y subió hasta llegar a los labios, que besó apasionadamente.

—Mi princesa… —murmuró y llevó una de sus manos a la trenza de la nefilim—. Lo lamento, pero te prefiero con el pelo suelto —y comenzó a deshacerle con dedos un tanto temblorosos la trenza.


Le costaron escasos segundos para que Magnus se diera cuenta de la canción que había comenzado a sonar por el reproductor de música que había plantado en la plataforma de entrada a la casa. Se trataba de One and Only, de Adele. Pero al mismo tiempo que la canción sonaba y la letra calaba en él, Alec sacaba unas tarjetas grandes con un mensaje escrito por él mismo que podía ir leyendo poco a poco. Decían así:

Magnus

Puede que esto sea muy cliché

Que esté sacado de una película que haya visto con George,

Pero lo cierto es que soy un idiota

Y que no sé ni cómo rimar.

Cuando pienso en ti desearía saber hacerlo,

Y antes de que pienses mal me refiero a hacer… poesía.

Porque ante todo soy un idiota enamorado,

Y si de alguien estoy enamorado es de ti.

Feliz navidad,

Alec.

Cuando terminó de pasar las tarjetas, el cazador de sombras le miró a los ojos. Si no hiciera tanto frío, seguro que tendría las mejillas coloradas. Magnus no sabía qué decir. Aquella escena sacada de Love Actually le parecía tan tierna, le acababa de decir (aunque no en voz alta) que estaba enamorado de él. Magnus no sabía qué hacer. Y a Alec parecía sucederle lo mismo. Sin embargo, fue este último quien rompió el silencio:

—Esto… ¿te apetecería dar una vuelta?

—¿Una vuelta? —Magnus enarcó una ceja. Alec señaló a la calle, donde su moto demoníaca le esperaba—. ¿Quieres que deje mi increíble y fantástica fiesta de Nochebuena para irme contigo en esa moto demoníaca con el frío que hace?

—Sí, bueno, eso decía… pero si no te apetece…

En un chasquido de dedos Magnus se despidió de su batita de Papá Noel y pasó a llevar unas botas altas negras llenas de correas y remaches, mallas plateadas y una chupa de cuero también negra. Cerró la puerta de golpe y dijo:

—Vamos.

—Pero has dicho…

—Por desgracia no puedo pasar contigo toda la noche, por supuesto. Pero puedo ausentarme durante un rato. Por cierto, esa cazadora te queda de muerte. ¿Es nueva?

—Me la acaba de regalar Isabelle.

Alec se subió a la moto y Magnus le siguió. Metió las manos por dentro de la chupa del nefilim, y para la sorpresa de éste también bajo el resto de la ropa, de modo que sus manos estaban en contacto con el torso firme y musculoso del cazador de sombras. Apretujó su cuerpo contra él. Alec se estremeció y arrancó. Pocos segundos después despegaron del suelo y se internaron en la noche londinense.


Los afilados colmillos de Simon se encontraban sobre el cuello de la cazadora de sombras. Hacía apenas unos minutos le había quitado el collar con la cadena que la ataba a la cama. Con extremada lentitud, como siempre, había aspirado el aroma que desprendía su cuello, había lamido la zona y la había besado, hasta que al final había desenfundado sus colmillos y se los había clavado.

Un leve pinchazo, nada más. Pero no tenía nada en absoluto de doloroso. La sensación de servir de alimento para su amante era excitante, embriagadora y extremadamente placentera. Sabía que para Simon, lo era mucho más. ¿Pues cómo él era capaz de detenerse cuando de haber sido por ella nunca habría visto el momento de ponerle fin? La primera vez que lo habían experimentado debía reconocer que había sentido miedo. Pero no miedo de Simon, que había sabido contenerse a tiempo. Miedo de ella misma, al pensar que era capaz de amar con tanta fuerza hasta llegar al sometimiento. Pero aquel sentimiento ya no cruzaba más por su mente, ella amaba a Simon y él le había enseñado que aquello no era malo en absoluto.

Cuando el vampiro retiró los dientes de su interior, lamió la herida hasta sellarla. Se miraron a los ojos. Los de él refulgían como sólo lo hacían cuando sentía su apetito más animal saciado. Tras unos segundos de calma y silencio, se inclinó sobre ella para volver a besarla con extremada pasión. Llevó las manos a los muslos de ella, que acarició buscando el cierre que le separaba de sus zonas más íntimas. Cuando lo encontró, gimió en su boca. Los dedos viajaron al encuentro del sexo de ella, que refulgía humedad y calor. Estaban fríos como el hielo pero a pesar de esto, en cuanto la empezaron a acariciar unos ligeros jadeos se apoderaron de ella. Lo que era un mero adelanto de todo lo que sentiría aquella noche. Si algo había descubierto a lo largo de los años era que la potencia y resistencia de los vampiros aumentaba considerablemente tras haber sido alimentados…


Mientras recorrían el sinfín de luces por doquier que era Londres en Nochebuena, Alec sentía el cálido aliento del brujo tras su oreja; la suavidad de sus cabellos le cosquilleaba en la nuca y los dedos largos y delicados del brujo hacían un viaje totalmente ajeno del que la moto llevaba sobre la ciudad del río Támesis. Se encontraba en el mismísimo cielo, y por eso cuando aparcó de nuevo en frente de la casa del brujo no quiso ser el primero en hacer ademán de moverse. Permanecieron durante un rato de este modo, hasta que por desgracia Magnus dijo:

—Alec… creo que debería entrar. Debemos estar a cero grados, no quiero que enfermes.

—Por un poco de frío no voy a… —intentó defenderse.

—Alexander, por muy fuerte que seas, el frío siempre ha sido tu punto débil y lo sabes. Cuando estuvimos en Rusia estuviste a punto de coger fiebre, ¿te acuerdas?

Retiró las manos del interior de su chaqueta y se bajó de la moto. Alec le acompañó hasta la puerta.

—¿No te apetece entrar y unirte a la fiesta?

—Otro día —dijo pero se dio cuenta de que Magnus tenía la atención puesta en otra cosa—. ¿Qué…?

—Alec, sé que prometimos mantener una especie de celibato por un tiempo pero… soy un hombre de tradiciones y nos encontramos bajo el muérdago —dijo señalando al marco superior de la puerta.

—¿Qué quieres decir? ¿Tú un hombre de tradiciones? —preguntó juntando las cejas, sin comprender.

—Nefilim estúpido…

Aquellas fueron las dos últimas palabras que escuchó antes de que sus labios se encontraran con los del brujo. Ambos estaban helados pero el ansia del uno sobre el otro y viceversa era grande. Entrelazaron sus cuerpos y sus lenguas al unísono y, sin saber cómo, el cazador de sombras acabó con la espalda contra la puerta de entrada. Podrían haber estado así durante toda la noche, pero el sonido de lo que seguramente era una ventana rompiéndose les hizo detenerse.

—Lo siento, debo irme a amenazar a unos cuantos subterráneos descontrolados. Pero tranquilo, les haré pagar haber cortado este momento tan maravilloso —murmuró Magnus con su boca todavía a escasos centímetros de la de Alec. Le regaló un casto beso y dijo—: yo también estoy enamorado de ti.

Se separaron a regañadientes. El brujo abrió de nuevo la puerta de su casa y Alec comenzó a caminar hacia la calle. Pero, justo cuando Magnus se disponía a cerrar, el nefilim se giró, corrió hasta él y le volvió a besar con ardor:

—Feliz navidad.

—Lightwoods, ¡siempre tenéis que tener la última palabra! —exclamó Magnus con un tono entre molesto y divertido mientras Alec caminaba hasta su moto y se subía en ella, esta vez, solo.


¡Se han besado, se han besado, se han besado! Ni yo misma me lo puedo creer. Son cosas del muérdago, que destroza hasta a los más fuertes de espíritu…
En fin, ¿qué os ha parecido el capítulo? ¿Y la escena de Izzy y Simon? ¿Y qué pasa si os digo que os regalaré un capítulo extra muy suculento cuando lleguemos a los ¡500 reviews! *grito fangirl*?
Gracias, sois los mejores. Hasta el próximo.

P.D No sé si os gustará Adele o no, pero para mí la canción One and Only es perfecta para estos dos. Escuchad la letra, es tan *-* Y lo de las tarjetas está sacado de la película Love Actually, tampoco sé si la habréis visto pero a mí me encanta y esa escena especialmente.

AVE ATQUE VALE!