CAPÍTULO 36
Edward, que pocas veces perdía la paciencia hasta el punto de querer abofetear a alguien, se movía en su asiento pensando en la mejor manera de mandar a paseo a aquel novato, pues llevaba media hora leyendo, párrafo a párrafo, el maldito contrato y deteniéndose cada vez que consideraba algo importante y necesario de explicar. Maldita sea, se lo sabía de memoria y allí estaba, perdiendo el tiempo y la paciencia y observando al tonto de Jasper dando muestras de interés y replicando los comentarios del señor Jeferson.
—Por todo ello, señores, la cosa está muy clara —sentenció el abogado sacando a Edward de sus cavilaciones.
—Explíquese, se lo ruego —murmuró Edward hastiado y con ganas de acabar cuanto antes.
—Las obligaciones del contrato prematrimonial se basan en una premisa muy clara... — Edward quería gritarle y zarandearle para que se dejara de tantos rodeos. Maldita sea, quería hechos, no palabrería barata.
—Disculpe, señor Jeferson, pero ese punto ya lo tengo claro.
—Edward, por favor, no interrumpas al señor Jeferson —dijo Jasper animando al joven a continuar.
—Por lo tanto, si no hay matrimonio, no hay obligaciones contractuales. — Edward se levantó y se acercó a la ventana, dando la espalda a los dos hombres, su matrimonio era tan válido como el que más, puede que durante el infierno de los seis primeros meses en los que no pudo tocar a su mujer... ¡un momento! Edward se giró rápidamente y miró al abogado. Éste parecía muy satisfecho con su trabajo.
—Exactamente, ¿a dónde quiere llegar? —preguntó Edward dejando a un lado la educación. Jasper le miró pidiéndole en silencio contención. Pues también intuía por dónde iban los tiros.
—Simple y llanamente una palabra: divorcio. — Edward, no quería oír una palabra como esa, y menos en esos momentos. Si bien su mente había procesado la información del abogado y llegado a esa misma conclusión, él no quería, ni por asomo, hablar de algo así.
—No puedo divorciarme de Bella —se quejó.
—Coincido con él —alegó Jasper—, ahora que las cosas le van bien en su casa no vamos a estropear su felicidad conyugal.
—Les entiendo perfectamente, pero no queda otra alternativa. Este contrato no deja margen legal para recurrirlo.
—Pero...un divorcio es difícil y un proceso muy lento —dijo Jasper viendo cómo Edward era incapaz de razonar tras oír la posible solución.
—No siempre. —Y dicho esto, Abel Jeferson tosió como disculpándose.
—¿Perdón? —Edward estaba a punto de estallar.
—Verá...—El abogado también se puso en pie, quizás alarmado por la mirada del señor Cullen, quería poner algo de distancia—. Es cierto que la ley es bastante rígida en ese aspecto, lógico por otra parte, sino mucha gente se pasaría el día entrando y saliendo de los despachos de los abogados cada vez que discutieran con su cónyuge...
—Vaya al grano —le cortó Edward.
—Para acelerar el proceso —tosió de nuevo—, usted debería pedir el divorcio alegando...— volvió a toser— que su esposa no cumple con sus obligaciones.
—Especifique.
—Obligaciones, ya sabe...conyugales.
—Joder. Eso duele. —Ese comentario de Jasper fue acompañado con un silbido de disgusto—. Perdón.
—Si además de eso hubiera otro tipo de comportamientos impropios de una mujer casada...
—¿Como cuáles?
—Abandono de hogar, no darle hijos, comportamientos escandalosos, infidelidades...—Al abogado cada vez le costaba más hablar. Si no se andaba con cuidado, no salía de ahí con vida.
—¿Cómo se probaría, por ejemplo, un caso de infidelidad? —preguntó Jasper, al parecer muy interesado.
—Buscando al sujeto con el cual su esposa le habría sido infiel y haciéndole comparecer ante el juez.
—Ah, bueno, entonces lo tenemos fácil. Me ofrezco voluntario —dijo Jasper.
—Deja de joder —le increpó Edward—, esto es serio.
—Perdón, pero yo solo intentaba colaborar; además, en caso de ser necesario es mejor que todo quede entre amigos, pienso yo... —Jasper... —Y así también podría presumir un poco, que Bella está de buen ver. —Se la estaba buscando. Pero Edward, que le conocía como si le hubiese parido, prefirió no seguirle el juego.
—No, mi esposa no me ha sido infiel, ese motivo no nos vale —sentenció Edward, y advirtió con la mirada a Jasper que mantuviera la boca cerrada. El abogado se abstuvo de preguntar: ¿está usted seguro?
—Entonces deberemos alegar conducta inapropiada, desinterés en sus obligaciones conyugales...
—Pero aún en el caso de que aceptara su proposición, prácticamente no tenemos tiempo.
—De hecho así es, pero si argumentamos bien los motivos por los cuales usted desea el divorcio y nos admiten el procedimiento, podemos presentarlo como prueba inequívoca de que su matrimonio no es un enlace convencional y usted ha salido altamente perjudicado.
—Maldita sea, eso implica dejar a Bella...
—Me temo que en ese punto...—se disculpó el abogado.
—Déjeme unos días, debo hablarlo con mi esposa.
—Lo siento, pero el tiempo apremia, deberíamos presentar la demanda de divorcio como muy tarde mañana para que el juez vea el caso y poder tenerlo listo cuanto antes en caso de ser necesario presentarlo como prueba. — Edward cogió sus cosas y se dirigió a la puerta.
—Primero hablaré con mi esposa —dijo sin mirar atrás y abandonando su despacho.
Divorciarse de Bella. ¿En qué cabeza cabe? Edward, disgustado con el mundo en general y consigo mismo en particular, caminaba en dirección a su casa. Necesitaba despejarse, que le diera el aire, que...
—¡Maldita sea! —murmuró entre dientes. El abogado casi imberbe tenía razón. Por mucho que se empeñara en negar la evidencia, mientras permaneciera casado no habría forma de eludir a su condenado suegro, y este lo sabía.
—¿Señora?
—¿Humm? — Bella abrió los ojos y miró a Theresa, que estaba al pie de la enorme bañera; su baño se estaba alargando demasiado, pero es que no se cansaba de probar cada una de las esencias que Edward le había regalado. Cualquier otra mujer pensaría que recibir un estuche lleno de jabones, a cada cual más exótico, no era un regalo adecuado, pero para ella suponía buenos momentos disfrutando de su baño.
—El señor está aquí y pide que baje a su despacho. —¿Edward? ¿A estas horas? Se incorporó en la bañera, Theresa debía estar bromeando. —A todos nos ha extrañado pero ha mencionado que es urgente.
—Pásame esa bata. — Salió de la bañera, se secó rápidamente, se puso una gruesa bata. Algo verdaderamente serio debía ocurrir para que él se presentara a media mañana.
—¡Señora! No puede salir así vestida. — Bella se detuvo en la puerta al oír la exclamación de Theresa.
—¿Por qué no? —preguntó sin comprender los apuros de Theresa; no iba a recibir visitas, iba a hablar con su marido. Se miró a sí misma y se encogió de hombros.
—¡No es decente! — Bella la miró aguantando las ganas de reír. ¿Decente? ¿A estas alturas?
—Theresa, no creo que a Edward le importe que yo...
—Le importará si pilla un buen resfriado, tiene el pelo húmedo.
—Ah, bueno. Visto así...—Bella cogió una toalla y envolvió su pelo—. ¿Mejor?
—No tiene remedio.
—No puedo perder más tiempo, has dicho que era urgente, ¿no? — Dejó a Theresa con la palabra en la boca y bajó las escaleras lo más deprisa que le permitían las zapatillas y entró en el gran despacho de Edward. Era cierto, por increíble que pareciera, su marido estaba en casa a media mañana un día laborable.
—¿Qué ocurre? — Edward devolvió la cortina a su sitio, se giró y la miró.
—Cierra la puerta.
Ella obedeció. Y él casi cae de rodillas al verla ataviada con un turbante en el pelo, una sencilla bata azul y las evidentes manchas de humedad, nota palpable de que la había pillado dándose un baño.
—¿No tienes frío?
—No, bueno un poco. No pasa nada.
—Siéntate, por favor.
—¿Ha ocurrido algo malo? Es tan inusual que tú...
—Depende de cómo se mire —respondió apartando la mirada para no distraerse.
—Me...estás asustando. — Bella se sentó y al hacerlo se cayó la toalla que llevaba enroscada, la dejó a un lado y empezó a desenredarse el pelo con las manos. Edward no sabía qué hacer. Tosió y se sentó tras su escritorio antes de hablar.
—Hoy ha venido a verme un abogado. —La miró de reojo para ver su reacción y prosiguió—. Tras hablar con él... —Bella se puso en pie instantáneamente.
—¿Buenas noticias?
—Buenas y malas. —Hizo una mueca—. Supongo que querrás oír primero las buenas.
—¡Por supuesto! — Sin pensárselo dos veces se acercó a él y se sentó en su regazo, cosa que no debería hacer, en opinión de Edward. Y el motivo no era que sus pantalones acabaran húmedos.
—El señor Jeferson ha encontrado la forma de...
—¡Lo sabía! —interrumpió ella besándole agradecida—. ¡Lo sabía! —repitió emocionada volviendo a besarle—. Sabía que podía confiar en ti, que eres el mejor, que...
—¡Para! —La sujetó—. Bella...no es tan sencillo. — Ella le miró sorprendida. ¿Por qué se mostraba tan fúnebre? Eran buenas noticias. Al ver que Edward mantenía esa cara, preguntó:
—Dime cuál es la mala noticia. — ¿Cómo decírselo sin hacerle daño? La apartó con cuidado y se puso en pie, caminó por la estancia. Se pasó varias veces la mano por el pelo y maldijo en voz baja sobresaltándola. —¡Habla de una vez! —estalló ella—. Sea lo que sea, quiero saberlo. — En dos zancadas se situó frente a ella, la agarró de los hombros y habló.
—Divorcio.
—¿Perdón?
—La solución pasa por pedir yo el divorcio. — Bella se le quedó inmóvil, sin desviar la mirada. ¿Había oído bien? Por supuesto que había oído bien, la cara de Edward lo decía todo. Y ya puestos, ¿por qué le afectaba tanto a él? A no ser que...Las cosas no podían salir peor. Si a Edward le afectaba es que realmente sentía algo por ella. Por lo tanto pedir el divorcio suponía separarse y separarse suponía la solución definitiva. Bella dio un paso atrás, alejándose de él. Intentando procesar toda la información, sopesar los pros y los contras. Su matrimonio, aunque ahora se llevasen bien, empezó de una forma poco ortodoxa, y aunque en esos momentos disfrutasen juntos, si las cosas se torcían...siempre quedaría la duda y Bella quería que tanto ella como Edward fueran libres, y si la única forma era esa...Debía coger el toro por los cuernos; llegados a este punto no iba a lamentarse ni a echarse para atrás. Él había encontrado la forma de liberarles a ambos, bien, no había más que pensar. La suerte estaba echada.
—Hazlo —respondió decidida.
—¿Cómo dices? — De nuevo se situó junto a él, le rodeó el cuello con los brazos y depositó un beso en sus labios.
—Haz lo que tengas que hacer —le murmuró—. Confío en ti.
—¡Por Dios, Bella! No es tan sencillo.
—¿Por qué no? —Y ahora tenía que darle las malas noticias. Suponiendo que anunciar un divorcio no fuera suficiente.
—Un proceso de divorcio es complicado y...
—Ya lo imagino, pero piénsalo, Edward. Si con eso conseguimos librarnos de ese chantaje que supone el contrato que firmó mi padre, nosotros podremos...—Se detuvo, pues estaba dando por hecho que Edward seguiría con ella después de todo—. Bueno, no hemos hablado de ello, puede que tú no quieras...
—¡Bella! ¿Cómo puedes pensar eso? Maldita sea, claro que quiero seguí casado contigo. —Y para demostrarlo la besó de esa forma que solo él podía hacer—. ¿Crees que no te quiero? —La sujetó fuertemente de la nuca obligándola a prestarle toda la atención—. Divorciarme de ti es lo último que deseo. — Bella aguantó las ganas de llorar, pues era una extraña declaración, pero al fin y al cabo lo era y ella debía sentirse feliz por eso. Aunque las circunstancias no invitaban a celebraciones.
—Edward, escúchame —le acunó el rostro—, debes hacerlo, si no nunca podremos superarlo. ¿No lo entiendes?
—Joder, Bella, con lo fácil que sería acabar con esto...no me pidas dejarte maldita sea, puedo encargarme de tu padre, para mí no es más que calderilla
—No —ella le interrumpió tapándole la boca—, no quiero que en un futuro, cuando discutamos o nos enfademos, me lo eches en cara.
—¿Me crees capaz de eso? —Edward se sintió muy ofendido.
—No quiero arriesgarme, si seguimos juntos es porque los dos así lo decidimos, sin nada que sea un lastre.
—Bella...—Dejó que ella le besara, apartando de momento el resto d las malas noticias. ¿Era mucho pedir disfrutar de su esposa un poco más? Y por lo visto ella debía estar pensando lo mismo, pues su pequeña mano estaba intentando desabrocharle la bragueta y, sinceramente, aunque lo desease con toda su alma, primero tenía que ser honesto con ella. Intentó detenerla pero ella no se daba por aludida. La agarró de las muñecas para que ella obligatoriamente le prestara atención.
—Hay algo más —dijo él jadeando.
—No quiero saberlo —protestó ella intentado soltarse.
—Bella, por favor, escúchame, es importante.
—Confío en ti, hagas lo que hagas te apoyaré.
—¿Incluso si tengo que arrastrar tu nombre por el fango? — Eso la dejó clavada en el sitio. Abrió los ojos como platos. Por mucho que lo intentara no entendía el porqué de esa afirmación. —Un divorcio es algo complicado —empezó él—, muy pocos lo consiguen, lleva mucho tiempo y la ley está pensada para que la gente desista. — Ver la cara entristecida de Bella le estaba partiendo el corazón. Había pasado de la euforia a la pesadumbre en menos de diez segundos y todavía faltaba lo peor. —Una forma, digamos...más fácil de conseguirlo es si un hombre tiene motivos para solicitar el divorcio.
—¿Y una mujer? —preguntó en voz baja.
—Me temo que la ley no piensa en las mujeres. —Edward se separó unos instantes para servir dos copas, no eran horas de beber pero los dos necesitaban ese trago.
—Entonces, ¿tienes que insultarme públicamente para divorciarte?
—No exactamente. En teoría si una esposa negara sus derechos conyugales a su marido, o si tuviera una conducta escandalosa, se negara a darle hijos y, por supuesto, le fuera infiel —Edward casi se atraganta al decir esto—, un juez consideraría justo que quisiera divorciarse de ella.
—Pero si fuera al contrario ella tendría que aguantar carros y carretas, ¿verdad?
—Sí.
—No iba a mentir.
—Por lo tanto debes mentir ante un juez y obtener el divorcio. — Edward no respondió a algo que se respondía por sí solo. Estaba siendo un cobarde, dejaba en sus manos la decisión final. Era un egoísta, pues conociendo a Bella ella jamás se rendiría y él siempre tendría que tomar el camino más fácil.
—De acuerdo. —Bella respiró profundamente—. Di lo que sea necesario, miente si es preciso. Yo no negaré ninguna de tus acusaciones.
—Bella...no solo lo sabrá el juez, maldita sea.
—¿Y? —Todos te apartarán, serás una paria social.
—Pero tú y yo seremos libres, ¿verdad?
—¿Merece la pena? —preguntó abatido.
—Sí —respondió de inmediato—. Mi padre me vendió, Edward. Le importaba muy poco si el hombre que se casaba conmigo era bueno o no, si yo era feliz o no. Le daba todo igual con tal de sacar provecho. ¿Qué hubiera pasado si en vez de casarme contigo hubiera acabado con uno de esos hombres despreciables que beben, pegan e insultan? —Bella, piénsalo bien, es una cantidad irrisoria para mí. Edward intentaba desesperadamente convencerla de lo contrario. Bella podía albergar dudas, era comprensible, respecto a si en un futuro ese extraño comienzo pudiera ser una barrera entre ambos; llegado el caso muchos matrimonios acababan distanciándose por cualquier motivo, pero él, sin dudarlo, pondría la mano en el fuego, pasase lo que pasase eso jamás sería un motivo para alejarse de ella. Si por algo era conocido Edward era por asumir las consecuencias de sus decisiones sin echar luego, en caso de torcerse el asunto, la culpa al empedrado, como hace el cojo.
—¿Y quién nos asegura que no pedirá más?
—No puede, el contrato fija los términos. Una vez liquidado se acabó.
—Me diste tu palabra...
—Lo sé, maldita sea. ¿Crees que me gusta esta situación? Haga lo que haga salgo perdiendo. Tanto si acepto pagar como si no, te pierdo, Bella. Ella no debería alegrarse, pero en medio de la tormenta cualquier luz, por débil que sea, hace que uno se aferré a ello y Bella, en esos momentos de abatimiento, buscó en todas las palabras el único pensamiento positivo. — A la desesperada se agarró a un clavo ardiendo.
—¿Con esa enrevesada afirmación...—Bella intentó sonreír— ...tan típica de ti...—contuvo las lágrimas, limpiándose de manera poco refinada la nariz— ...me estás diciendo...—sorbió por la nariz— ...que me quieres?
—¿Y tú, con esa carita de pena...—La abrazó con fuerza— ...me estás diciendo que has tenido suerte con el marido que te ha tocado? —Bella asintió fervientemente—. Claro que te quiero.
—Demuéstralo. Aquí, en el despacho, a plena luz del día.
—Sabes que eso es lo mismo que yo deseo...
—No perdamos el tiempo —Bella empezó a quitarle ropa tan deprisa como sus manos podían, y después deshizo el nudo de su bata para dejarla caer y quedarse completamente desnuda—. Por así decirlo esta será la última vez que...
—No lo digas —interrumpió él—. Pase lo que pase me ocuparé de ti, no te faltará nada, estarás al corriente de todo el proceso.
—Me faltarás tú, Edward. —A eso no podía objetar nada. Ella tenía razón, ella iba a llevarse la peor parte y soportaría el juicio público y paralelo. No se merecía una mujer así. Iba a ser, como ella bien había dicho, la última vez, y por tanto él era el encargado de suministrarle los suficientes recuerdos para que ella soportase lo que se avecinaba. Encargarse de Bella sería, a partir de ahora, su prioridad. La tumbó en la alfombra, con la precaución de colocar debajo la bata, evitando así que ella se dañase la espalda. La observó un instante, allí recostada, tan dispuesta, tan hermosa y manteniendo una sonrisa para hacerle a él todo más fácil. Después, pese a las protestas de ella, empezó a recorrer su piel, centímetro a centímetro, con la lengua. Ella protestaba e intentaba tirar de él para que se colocase encima, pero Edward se mantuvo firme, a pesar de que en un descuido ella le agarró la polla y casi acelera el desenlace. Bella le pedía con cada uno de los insinuantes movimientos de su cuerpo que se dejara de entretenimientos y una y otra vez él lo ignoraba. Dedicar el tiempo que fuera preciso en recorrer a besos las piernas de su esposa, parando en los lugares que se le antojaban como imprescindibles era la forma más divertida de excitarla y de paso de disfrutar. Por supuesto, ella no era de la misma opinión. Cuando estaba a punto de separar sus pliegues y probarla, se apartó y se puso en pie.
—¡Edward! — Ella no podía dar crédito al comportamiento de él, después de tenerla más que a punto de caramelo, se retiraba.
—Ya voy. —Y lo hizo con la copa de brandy en la mano—. No es tan refrescante como el champán pero es igual de delicioso.
—¡Ay, Dios mío! — Y se quedaba corta; él, una vez colocado de forma precisa, derramó el líquido en su vello púbico, empapándolo. Conseguido ese objetivo, y como dice el refrán, llueve sobre mojado, al no absorber más, el brandy entró en contacto con los labios vaginales donde espera una ávida lengua que no dejó caer ni una gota al suelo. La práctica hace al maestro. —Vas...vas a emborracharte —jadeó ella medio en broma.
—No me importa. — Y no lo decía en sentido figurado, pues tal y como iban a ir las cosas tras ese encuentro era para darse a la bebida.
—No me hagas esto —gimoteó ella—. No quiero más juegos, no quiero más esperas, te quiero a ti. Te quiero dentro de mí y lo quiero ahora. — Pero, aunque deseaba con todo su ser rendirse, debía aguantar un poco más. Y lo consiguió, la tuvo en ascuas, la llevó dos veces al límite antes de tumbarse en el suelo y dejar que fuera ella quien impusiera el ritmo. Ella le apartó la ropa de forma expeditiva, sin contemplaciones; él, faltaría más, se dejó hacer intentando no pensar en nada que no fuera el placer de ese instante. Ella se montó rápidamente, le agarró la polla, él siguió dejándola hacer y deshacer, resultaba increíble ver a Bella llevando las riendas, tocándole donde quería. Ella no fue tan paciente, no tardaron ni cinco minutos en alcanzar el orgasmo. Después Edward quiso abrazarla indefinidamente, pero Bella se lo impidió. Con el comportamiento típico post- coital, se quedó tumbado a la espera de cualquier cosa. Con una rapidez asombrosa ella se deshizo de sus brazos, caminó hasta el carrito de las bebidas, agarró, no la copa, sino toda la botella de brandy y le desnudó completamente, dejando, convenientemente a mano, la botella de licor, se sentó entre sus piernas y le miró con una expresión que él no supo cómo interpretar. —Eres la persona más egoísta que he conocido. —Dejó caer unas gotas en el sensibilizado glande, él siseó sorprendido—. Sabes perfectamente cuánto me gusta degustar un buen brandy. —Otra vez vertió la botella dejando esta vez que cayera mayor cantidad, sin dar importancia al hecho de que se mojase la alfombra—. Y nunca quieres compartirlo conmigo. Te lo bebes todo y me dejas muerta de sed. — Dicho lo cual se inclinó y se introdujo su polla, en vías de reanimación, a la boca, haciéndole recuperar la erección en menos de lo que canta un gallo.
