Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de Stephanie Meyer y la historia lo diré al final.
CAPITULO 33
ISABELLA POV
Una de las cosas bonitas de ir al Baile de Navidad del Bolshoi eran las bailarinas. Desde el lateral podía ver a varias de ellas girando en círculos con sus extravagantes vestidos de baile. Siempre había sido una bailarina con confianza, pero, ¿frente a esas mujeres? Apenas. Di un trago de mi champán y eché un vistazo a la multitud. Era un escenario espléndido sin ningún rastro de pretensiones. Era una celebración. Columnas de mármol blanco pulido trepaban hasta el techo a doce metros de altura.
Había un público de cuatrocientas personas o más. Músicos, bailarines, hombres y mujeres de negocios, políticos y diplomáticos. Un pequeño contingente de soldados guiado a una danza por las bailarinas bellamente vestidas del Bolshoi. Como muchas mujeres de la multitud, yo llevaba un vestido de noche y me sentía como una princesa sin ningún complejo. El vestido era de un color dorado suave, desde el corpiño ajustado de seda hasta la gran falda cubierta de tul.
Piedras de oro de imitación cubrían el corpiño y caían por la falda, creando un efecto resplandeciente bajo las luces. Elegí unos largos guantes de ópera negros para complementar mi máscara. Ah, la máscara. Era de un dorado más intenso que mi vestido y estaba adornada con pergaminos de notas musicales negras y plumas negras, plateadas y doradas en los bordes exteriores. Joyas gruesas rodeaban los ojos.
Aunque empalidecía en comparación con la rica opulencia de mi alrededor, me sentía como si estuviera en un cuento de hadas. El vodka, la música, el baile… estaban coreografiados con una precisión que quitaba la respiración. Comencé la noche tocando durante una hora con un pequeño grupo, pero otros tomaron el relevo, y pude pasar el resto de la velada evitando la política y las luchas internas y disfrutando de mi noche.
Mientras observaba un grupo de bailarines haciendo giros coordinados en el otro extremo de la sala, Aldo se acercó. Llevaba una máscara negra con una nariz larga. Yo odiaba esas máscaras, pero su esmoquin era mucho más elegante que el que normalmente vestía para las actuaciones.
—Buenas noches, Isabella —dijo, tomando mi mano enguantada e inclinándose ante ella, rozándola con los labios.
—Buenas noches, Al. —No pude evitar sonreír.
—Bailarás conmigo —afirmó. Creo que pretendía hacer una pregunta o una invitación, pero su inglés embrollado resultó imperativo.
Me lo pensé durante un momento y entonces dije: —Estaré encantada.
Aunque no tenía ganas de quedar en ridículo delante de las mejores bailarinas del mundo, yo no era mala bailarina. Y ni una de ellas era una música de clase mundial. Así que agarré la mano de Aldo y dejé que me condujera a la pista de baile. Intenté ignorar lo que nos rodeaba cuando comenzamos a bailar. Sergei Danshov, el director del ballet, era el centro de atención en un extremo del vestíbulo, rodeado de muchos de los bailarines más jóvenes y agresivos y los miembros del reparto en un círculo ruidoso.
En el extremo opuesto de la sala, Nikolai Timoshenko estaba de pie con su grupo más pequeño y de una edad ligeramente mayor. El año pasado, cuando el anterior director se retiró, probablemente por el estrés de toda la política y las luchas internas despiadadas, Nikolai fue uno de los candidatos a director del ballet. Perdió ante Sergei tras una competición feroz que a veces creía que aún no había acabado. En medio de los dos bandos, el resto observábamos y disfrutábamos del espectáculo.
Por supuesto, me había pasado toda la vida junto a músicos, la sinfónica y la ópera. Pero el Bolshoi no funcionaba igual que los demás, y ofrecía bailes que nunca había visto. A mitad del invierno ruso, aquella noche estaba llena de exuberancia. Aldo me hizo girar en un círculo mientras bailábamos y me sentí aturdida de tanto vodka y champán. Tras mi tercer giro, me paré en seco al ver a un hombre que me daba la espalda. Incluso en un mar de esmóquines negros, lo reconocería en cualquier sitio.
Aldo tropezó y dijo: — ¿Estás sana?
— ¿Perdona?
Sonrió y dijo: —Esto… ¿estás bien?
Parece que Aldo había estado estudiando vocabulario.
—Estoy sana —contesté—. Disculpa.
No había duda de que era él. Aún no me había visto, así que reduje el paso mientras cruzaba la pista y le observaba. Él vestía un esmoquin sencillo y tenía los hombros echados hacia atrás, tensos. Movía la cabeza un poco hacia atrás y hacia delante, como si estuviera buscando entre la multitud. El cabello de Edward había crecido lo suficiente para mostrar unos ligeros rizos que no sabía que tenía. Mostraba una expresión relajada que no le había visto antes.
Cuando llegué a lo que creía que era el centro de la sala, pero que estaba lejos de uno de los lados, él se dio la vuelta. Estaba a seis metros de mí, pero por la emoción que pasó entre nosotros, bien podría haber estado tocándome. A diferencia de la mayoría de hombres del baile, él no llevaba máscara. Sus ojos, de un verde deslumbrante bajo aquella luz, me cautivaron. Y me quedé helada.
Inmutable ante las bailarinas, sus citas, y las personas que creían que deberían ser bailarinas y que daban vueltas a mi alrededor en un júbilo inducido por el vodka, me esforcé un poco por mantener la compostura. Edward dio una bocanada profunda, sus hombros se alzaron, entonces levantó la barbilla ligeramente y caminó directamente hacia mí. Sentía que había fijado sus ojos en mí, temía que, si apartaba la mirada, incluso un instante, él desaparecería.
—Isabella. —Estiró la mano con confianza y pasó las yemas de sus dedos por las joyas de mi máscara.
Asentí y entonces sacudí la cabeza. Sí. No. Acciones contradictorias que reflejaban mis emociones.
— ¿Qué… cómo… por qué?
Lentamente, su otra mano se movió al otro lado de mi máscara y, con un cuidado doloroso, la levantó hasta colocarla en lo alto de mi cabeza. Deslizó las manos a los costados de mi cara, deteniéndose cuando llegó a mi mandíbula, donde las mantuvo. Reteniéndome allí.
— ¿Qué estás haciendo aquí? ¿No tienes actuaciones esta semana? —seguí hablando, mientras su mirada caía sobre mis labios.
—Ya no haré más actuaciones. He renunciado, Isabella.
Por supuesto. Lo sabía, pero eso no explicaba qué hacía él allí, sujetándome la cara. O pasando su pulgar en círculos sobre mi labio inferior. Regresé a la realidad durante un momento y volví a ser consciente de la fiesta que nos rodeaba. Me llevé la mano a la cara, agarré su mano y lo conduje a la puerta más cercana, que nos llevó a un balcón estrecho. Apenas percibí el viento helado que soplaba junto al muro exterior del edificio.
— ¿Te has ido? ¿Qué demonios quieres decir con que te has ido?
—Era hora de que hiciera algunos cambios en mi vida.
Dejé de caminar de un lado a otro y extendí las manos.
— ¿Y el violonchelo?
—Tengo otro violonchelo… uno que no es tan invaluable como para volverse más valioso que las personas de mi vida. Vendí el Montagnana…
—Lo subastaste —le interrumpí—, y diste el dinero al Conservatorio. Para un nuevo programa que estás financiando. Leí el artículo en el Globe. No puedes dejar la Orquesta de Boston, Edward.
Se encogió de hombros.
—Ya la he dejado.
—No tiene sentido. —Comencé a respirar más rápido, soltando pequeñas nubes blancas de aliento helado en el espacio que nos rodeaba. Un escalofrío me recorrió y me crucé de brazos.
—Tiene todo el sentido, Isabella. —Se quitó el esmoquin y me lo puso encima de los hombros, dejando las manos sobre mis brazos—. Puedo tocar el violonchelo en cualquier sitio.
No quería sacar el tema, pero tuve que hacerlo.
—Pero tu mujer… —Me tragué el dolor de esa frase y miré fijamente hacia delante.
—Nos divorciamos. Fue definitivo unos días antes de Navidad. —Se metió las manos en los bolsillos y dio un paso atrás.
—Entonces… ¿no lo dejaste porque siguieras con Kate y decidieras tener hijos?
Quería que eso fuera más bien un pensamiento interno y retórico, pero lo escupí igualmente. Los ojos de Edward se sobresaltaron e inclinó la cabeza hacia delante como si no me hubiera escuchado bien.
— ¿Niños? Isabella…
—Lo sé —le interrumpí—, sé que dijiste que no quieres hijos, pero no había motivos para que dejaras la Orquesta de Boston, o que vendieras tu violonchelo… o que vinieras aquí. —Resoplé porque el viento me picaba los ojos y la nariz. Por fin volví a mirarle y dije—. ¿Qué estás haciendo aquí? —Los dientes me castañetearon en la pausa previa a su respuesta.
—Vine aquí… para pedir tu perdón. Y porque nunca tuvimos la oportunidad de despedirnos.
¿Mi perdón?
—No… ¿perdonar qué?
Dio un paso hacia mí… ¿un centímetro? ¿Más? No sé cuánto se acercó. Entonces dijo:
—No estuve allí cuando me necesitaste. No pude darte prioridad. Tenía… demasiadas… cargas en mi vida. El violonchelo, la carrera, Kate… todo eso. Yo… te pido que me perdones por no hacer lo que debí hacer hace cinco años. Porque… te quiero.
—Tú… —No tuve la oportunidad de acabar mi pensamiento cuando me acercó a su cuerpo.
Había intentado olvidar la sensación de sus hombros y su pecho durante meses, pero era la misma. Tal y como la recordaba. Olía igual, tenía la misma sensación y, lo más perturbador, me hacía sentir igual que siempre lo había hecho. No sólo no pude apartar la mirada, resistirme a él. No quería. Deslizó una de sus manos por detrás de mi cuello, haciéndome inclinar la cabeza a un lado.
—No… tú.
Su mano me condujo con gentileza y mientras veía cómo separaba los labios, yo también lo hice. Entonces nuestras bocas se tocaron, primero con vacilación, y después me sujetó con fuerza contra él, sus labios insaciables contra los míos. No podría haberme resistido, aunque hubiera querido. Mis labios se amoldaron a los suyos con tanta facilidad que parecía que no hubiera pasado ni un día. Pero sí había pasado. Habían pasado cuatro meses y casi cinco años antes de eso. Cuando rozó mi labio inferior con la punta de la lengua, me aparté.
—Espera. —Me aparté, sujetándole por los hombros con las manos y manteniéndolo a distancia—. No puedes dejarlo por mí. Me culparás por eso. Ya lo he visto antes, Edward, y no puedo dejar que te hagas eso a ti mismo. O a mí.
—Nunca te culparé. No lo dejé por ti, Isabella. Lo dejé por mí. Por la persona en que me había convertido y la que quiero ser. Ya no quiero pasarme la vida encerrado solo con mi música. Me has enseñado que la vida puede significar mucho más que eso. —Se inclinó para volver a besarme, pero giré la cabeza.
—Vivo aquí, Edward. Tengo un piso y un trabajo que me satisface, y una vida propia. No sé —me detuve y miré a uno y otro lado antes de susurrar el resto de la frase—, no sé si me voy a quedar en el Bolshoi, pero tengo pensado quedarme en Europa una temporada.
Me sujetó la barbilla con suavidad entre su pulgar y su dedo índice y me giró la cabeza para que le encarara.
—Isabella, ¿me has escuchado? Estoy… quiero estar contigo. Puedo tocar donde sea. O no. Incluso si nunca me uno a otra orquesta ya he tenido una carrera de la que estoy condenadamente orgulloso. Quiero apoyarte y amarte y… estar contigo.
—Eso es lo que dijo mi padre.
—Dios —suspiró, acogiéndome en un abrazo otra vez y posando sus labios contra los míos—. No es lo mismo. Lo sabes. No hay nada más que pueda decir… oye, ¿bailas conmigo?
— ¿Qué? —Me limpié una lágrima terca y ligeramente helada de la mejilla.
—Ven a bailar conmigo. Dentro. —Edward dio un paso hacia la puerta y extendió el brazo sin decir nada más.
Escabulléndome de su esmoquin, dije: —Vas a necesitar esto.
Después de abrocharse el botón y ajustarse los gemelos, puso la mano sobre el pomo de la puerta, pero se detuvo y me agarró de la mano.
—Antes de entrar, quiero que sepas que estás completamente deslumbrante esta noche, Isabella. Ahora y cada noche desde que te conozco. Nunca lo dije lo suficiente, porque me dejas sin palabras más a menudo de lo que me gusta admitir.
Mis mejillas agradecieron el rubor que se apoderaba de ellas, y le besé suavemente antes de abrir la puerta yo misma.
—Gracias.
Dentro, me agarró de la mano, llevándome hacia la pista de baile aún abarrotada. El pecho se me tensó un poco mientras le seguía. A pesar de sus palabras, el miedo de acabar la noche, otra vez, con el corazón roto, me cohibía. Bailaría con él. Pero necesitaba más. Necesitaba saber que podía depender de él. Necesitaba saber que lo nuestro realmente iba a algún sitio. Mi inquietud desapareció cuando me tomó la mano derecha con su izquierda y puso la otra en mi cintura.
Unos segundos después estábamos bailando, sin interrupciones. Él siguió en silencio, pero sus ojos lo decían todo. Todavía me amaba, pero no estaba segura de que fuera suficiente. Ninguno de los dos llevaba la iniciativa, porque no lo necesitábamos. De la misma forma que nos respondíamos mutuamente sin palabras en el escenario, comunicándonos con las notas, el tempo y la armonía, nos comunicábamos en la pista de baile con nuestros cuerpos.
Nuestros pies y piernas y cuerpos se movían juntos en un ritmo firme, y cuanto más le miraba, más sentía su cuerpo contra el mío; cuanto más le olía, menos podía imaginar permitir que se fuera cuando la canción terminara. Cuando la banda tocó la nota final, se inclinó hacia mí, puso los labios cerca de mi oreja y susurró:
—Isabella, quiero que seas mía.
Respiré el aire de sus palabras. No podía pensar. Ni siquiera podía ver. Mis emociones estaban abrumadas. Yo estaba abrumada.
—No puedes dejar tu vida…
Mantuvo una mano con firmeza en la parte baja de mi espalda y dijo:
—Ya lo he hecho. Quiero que tú seas mi nueva vida.
Sentí el pulso en mi cuello mientras mis manos se deslizaban desde sus hombros hasta su pecho.
—Pero… ¿dónde trabajarás?
Rió suavemente.
—Fui el violonchelista principal de la Orquesta Sinfónica de Boston. Puedo trabajar donde quiera.
Me estremecí, porque sabía que tenía razón. Y no podía dejar de pensar en que hubiera renunciado a eso.
—Yo… vivo en Moscú. No tengo pensado estar aquí mucho tiempo, pero no voy a volver a Estados Unidos.
Se encogió de hombros y me susurró al oído:
—Podemos ir donde queramos, Isabella. Donde sea. Pero… que sea juntos. —Su voz se convirtió en un leve gruñido, la misma voz que tenía por las mañanas y que me había provocado escalofríos en la columna siempre durante los meses que pasamos juntos—. Isabella… te lo ruego.
Le agarré con más fuerza, él tensó los brazos y yo le susurré:
—Tengo miedo, Edward.
—No tengas miedo. Porque siempre estaré ahí. Ahora soy tuyo. Y lo seré para siempre.
Se me estremeció la barbilla mientras examinaba brevemente cómo sería mi vida sin él. Siempre preguntándome. Deseando. Arrepintiéndome. Mis labios se torcieron formando una sonrisa y solté una pequeña risita mientras mis ojos se llenaban de lágrimas.
—Para siempre —susurré, apartándome para poder besarle como quería hacer desde que le vi al otro lado de la sala de baile.
La sala se había vaciado, la hora de la cena había pasado, pero Edward y yo nos aferramos el uno al otro, y a nuestra promesa, hasta que los músicos volvieron a sus puestos una vez más. Un vals cerró el último segmento de la noche y Edward llevó la iniciativa. La música sonaba diferente, incluso aunque en el escenario actuaba el mismo grupo. La música siempre sonaba mejor con él. Con nosotros.
