AN: Ésta es una corta secuela de "Maldito Mundo". Es triste, así que asumo que quienes la lean me odiarán. Pero no me podía sacar la historia de la cabeza, así que al final la escribí.

Tierra de Conejos

Todo ha cambiado mucho desde la última vez que escribí. Otra vez. Es una de las desventajas de vivir tanto tiempo. De partida, ya no escribo en papel. Ya no hay papel. Estoy escribiendo en una caverna, igual que un puto cavernícola. Es lento, pero da igual. Tengo todo el tiempo del mundo.

No sé qué año es. No sé qué día es. Creo que debe ser invierno, aunque con el caos climático no tengo certeza. Hace mucho que perdí la cuenta, en un largo periodo en que la pena y la sed me mantuvieron en un estado de semi-demencia.

E, idiotamente, siento la necesidad de escribir. Aunque, irónicamente, sé que nadie llegará a leer esto, a menos que los conejos se avispen y aprendan a leer. Son inteligentes, supongo. Al menos siguen vivos. Deben ser una raza superior, ya que son los únicos mamíferos que consiguieron no extinguirse.

Ahora el mundo es diametralmente opuesto al mundo en el que nací, o en el que viví. Ahora el mundo está invadido por las plantas y los insectos. Bueno, en el mar consiguieron sobrevivir algunas especies, casi puros seres sin sangre. Una vez vi un pez, así que tengo esperanza.

Ya no hay pajaritos. Ya no hay lagartijas. Ya no hay vampiros (hasta donde yo sé) salvo por la idiota que escribe (que, por alguna humorada divina, sigue aquí).

Y quiero escribir mi historia, aunque nadie la lea.

-.-

Hace más de un siglo y medio, el planeta estaba poblado y dominado por los humanos. Su gobierno, el nuevo orden, instalado y apernado luego de la primera casi extinción de los humanos, consiguió dominar el mundo por muchas décadas. Largas y tristes décadas. Lo odiaba. Toda mi familia lo odiaba. E, irónicamente, si tuviera una máquina del tiempo, volvería al pasado y procuraría que su gobierno persistiera. Así de mal están las cosas.

Yo soy un vampiro, y vivía con mi familia de vampiros. No estábamos realmente relacionados, de hecho ni siquiera éramos contemporáneos. Pero éramos una familia, con papá, mamá, mis cuatro hermanos, mis tres hermanas, y yo. Sí, éramos una familia numerosa. Yo era la menor, congelada en los catorce años y nueve meses. El mayor tenía veinte años. Carlisle, nuestro padre, tenía apenas veintitrés, aunque por su actitud parecía usualmente de sesenta. Esme, nuestra madre, era la mayor, congelada en sus veintiséis años, aunque también actuaba usualmente como si fuera mayor.

Carlisle trabajaba para el gobierno, aunque en realidad sólo lo mantenían ocupado haciendo un trabajo rutinario sin interés. Aunque tenía estudios de medicina, y tenía siglos de experiencia en el área, no se le permitía ejercer.

Vivíamos en un castillo, del otro lado del planeta, en un continente que ni siquiera sé si seguirá existiendo. Nunca intenté volver. Fue la última orden que recibí de mi hermana Alice, y respeté su deseo. "Nada a tu pueblo" me había urgido "y no te muevas de ahí". Yo le había dicho que no, que no los abandonaría a Jasper y a ella, pero cuando intenté oponerme ambos me habían gruñido en forma agresiva, con sus ojos negros, y hui despavorida, cobardemente, y no detuve mi avance hasta encontrarme con el mar, y luego los hielos, donde giré hacia el atardecer.

Pero no quiero escribir esto en forma desordenada, ya que aquí en las paredes de roca no se puede borrar. La cosa es que vivíamos en Europa.

Los humanos, superada la amenaza de extinción, se reprodujeron como conejos, trabajaron mucho, y prosperaron. Los vampiros éramos pocos. Una treintena de civiles, casi ochenta militares. Mi padre era una especie de eslabón perdido, ya que nunca supe si contarlo como un civil o un militar.

Al principio, los vampiros civiles nos resignamos a nuestra suerte. Éramos pocos, y los humanos nos tenían bien agarrados de los huevos (figurativamente hablando), nos daban casa y comida, y teníamos que sonreír contentos para los humanos. Éramos mascotas. Pero no queríamos morir, de modo que fingíamos ser mascotas felices y agradecidas. Y esperábamos, esperanzados (valga la redundancia), que el orden cambiara en algún momento.

El problema es que, a medida que pasaron las décadas, y el nuevo orden seguía tan fuerte y apernado como siempre, algunos vampiros civiles comenzaron a picarse. Y, la fuerza de paz, el grupo de vampiros militares que supuestamente debió contenerlos, no lo hizo en forma eficaz. Hubo división entre sus filas, primero en oculto, y luego en forma descarada.

Los vampiros "cansados" se quitaron sus dispositivos de rastreo, casi un símbolo de nuestra esclavitud y sumisión (no especificaré, porque no quiero tallar leseras en estas cavernas), y comenzaron a vampirizar humanos a diestra y siniestra, en forma completamente descontrolada. Estaban hartos de los humanos, y querían exterminarlos.

Muchos vampiros fueron incinerados por los vampiros de las fuerzas de paz leales al gobierno. Los que no eran tan leales desertaron, y se unieron a los insurgentes.

Puedo decir con orgullo que, aunque mi familia odiaba al nuevo orden, no participamos en eso. Carlisle, de hecho, habló públicamente llamando a la calma, al diálogo, y a la solución diplomática del conflicto en una mesa tripartita con vampiros civiles, militares, y el gobierno. No fue escuchado. Los insurgentes estaban hartos, ya habían esperado suficiente, y recordaban que el dispositivo de rastreo para vampiros había sido diseño de Carlisle en primera instancia. Era él quien los había condenado a años de humillación, con su decisión de cooperar con los humanos. Y los vampiros no olvidan.

En cosa de semanas el vampirismo cundió como la peste. Y, todos esos vampiros nuevos, de todas las edades, incluso más jóvenes que yo, hicieron (involuntariamente) el trabajo sucio. Acabaron con todos los humanos que quedaban. Y, cuando se extinguieron los humanos, siguieron con los mamíferos. Y, cuando ya no quedaban mamíferos, siguieron con cada especie con sangre en sus venas, por orden decreciente de apetencia. Y, cuando ya no quedaba nada, llegó la sed. La torturante y demencial sed. La locura. Comenzaron a matarse entre ellos, y surgieron espontáneamente grupos "humanistas" que fueron exterminando a los vampiros que fueron perdiendo la cordura.

¿Y qué pasaba con mi familia mientras tanto? Pues nos parapetamos en el castillo que había sido nuestro hogar y prisión por más de un siglo y medio. Bueno, Carlisle nos parapetó en realidad. Dejó a Esme y a Emmett (mi hermano mayor) a cargo, y él y algunos vampiros "cuerdos" de la fuerza de paz intentaron lo imposible: salvar especies y reproducirlas en laboratorio para que el caos no acabara con todo el puto planeta. Nuevamente lo vimos poco (casi nunca, en realidad), por lo que además de sedientos estuvimos muy deprimidos. El pesimismo se apoderó de nosotros, y Esme comenzó a perder la chaveta. Rosalie tomó su lugar como "líder" subrogante.

Un día, Carlisle dejó de contestar el móvil. Ya las tecnologías habían dejado de funcionar. Ya no había agua potable, ni electricidad, ni combustible. Nada. Por las mentes de vampiros que pasaron cerca del castillo supimos las noticias: lo que quedaba del gobierno había sido derrocado, y todos sus colaboradores exterminados. Anarquía. Esme salió de sus tiritones continuos y quiso correr a Berna por las cenizas de su marido. La sujetamos, la rodeamos e intentamos consolarla. Retrospectivamente, creo que debimos haberla dejado ir. En fin, hicimos lo que creímos correcto.

Todos nos deprimimos, sobre todo Esme y Edward. Alice alegaba que no había conseguido ver la muerte de Carlisle, y todos intentamos consolarla diciéndole que no era su culpa. En un mundo en caos, pocas decisiones se tomaban en forma planificada. Teníamos un poco de esperanza de que no estuviera de verdad muerto, ya que ella no había visto nada. Pero, como tampoco conseguía verlo vivo, no quisimos darle esperanzas a Esme.

Esme se suicidó. En un momento de descuido, se metió a una chimenea que habíamos prendido en un intento por darle calidez al hogar, y se hizo ovillo. Creo que Edward y Alice sabían, pero decidieron dejarla. No los culpo, no. En realidad Esme daba demasiada pena. Y, además, ninguno de nosotros había bebido sangre en casi dos meses. Estábamos sedientos, apáticos, pero nadie quería abandonar el castillo. Creo que todos nos aferrábamos al único hogar que habíamos tenido por años. Además, nada sacábamos con salir: afuera no había más sangre. Estábamos todos condenados a vivir sedientos por toda la eternidad, al menos hasta que nos mataran o la demencia nos empujara al suicidio.

Edward y Bella se abrazaron, y se sentaron a esperar. Rosalie y Emmett hicieron lo mismo. Alice y Jasper también. Alec se abrazó las rodillas, y se hizo ovillo junto a la chimenea apagada en la que todavía estaban las cenizas de Esme. Lo imité.

-.-

El milagroso retorno de Carlisle nos dio algo de esperanza por un par de días. La explosión no había quemado cada uno de sus pedazos y, bajo los escombros, en la completa oscuridad, se había terminado componiendo muy lentamente.

Un día (no sé cuántos días más tarde, ya que con la sed pierdes la noción de todo), Alice salió del sopor y corrió al patio. Edward la siguió. Todos los seguimos, intrigados. Saltamos el muro, atravesamos el parque, y saltamos la reja detrás de ellos. Corrimos por la carretera, y por fin Edward dijo lo que todos esperábamos oír: "Carlisle está vivo".

El feliz reencuentro se produjo cerca de unas ruinas, en las afueras de Berna. Carlisle cojeaba muy lentamente por la carretera y, al vernos, se le iluminó la cara. Luego notó que Esme no nos acompañaba, y miró a Edward. Todos entendimos cuando Edward bajó la vista. Carlisle nos abrazó, pero su cara lo decía todo: él no quería vivir en un mundo sin Esme.

Nos contó que había recuperado la conciencia unas horas antes, pero que le había costado mucho desenterrarse. Y ya no quedaba nadie en los alrededores que lo ayudara. Nos miró los ojos, y pareció más triste todavía. Todos teníamos los ojos completamente negros. No moríamos solamente porque los vampiros no podemos morir a menos que nos incineren.

Volvimos lentamente al castillo, y la emoción se fue apagando con las horas. Carlisle se sentó dentro de la chimenea, sobre las cenizas de Esme, y no volvió a hablar. Edward nos llevó aparte, diciendo que nuestro padre necesitaba despedirse.

-.-

No conseguimos animar a Carlisle. Todos nos sentíamos sumamente culpables por haber permitido que Esme se suicidara. Edward era el que se sentía peor, creo. Al final, luego de varios días de duelo agónico y sediento, Edward y Rosalie accedieron a matar a Carlisle. Yo intenté impedírselos, pero al verle la cara de pena a Carlisle entendí que era lo que él quería. No pude mirar, y me quedé con los otros abajo.

Pasamos los días que siguieron algo perdidos. Edward y Alec fueron los primeros cuyas mentes dejaron de funcionar. Entraron en mutismo. Luego Bella entró en mutismo con Edward.

Unos días más tarde sentimos ruido a lo lejos. Alice dijo bajito que era una brigada de "humanistas". Eran esos que agarraban a los vampiros que ya habían perdido la cordura y los ayudaban, matándolos.

Alec salió corriendo al encuentro de ellos. No pude culparlo, y suponía que reencontrarse con su hermana y sus padres debía parecerle mejor que el duelo constante y la sed indefinida. Jasper hizo un amago de pararse para ir a atajarlo, pero Alice lo sujetó, y negó con la cabeza. Jasper nos miró, desesperado, pero se produjo una especie de acuerdo tácito: ya habíamos dejado morir a Esme y a Carlisle; no había sangre; el que quería morir debía tener la libertad de hacerlo sin que lo hiciéramos sentir mal.

Edward se puso de pie, y Bella se puso de pie con él. Los miramos, entendiendo que no los volveríamos a ver. Me puse a llorar, y Alice me abrazó.

Rosalie se paró y se acercó a Edward. Se tomaron la mano. Emmett se paró, resignado, dispuesto a morir con su esposa.

Nos quedamos llorando con Alice y Jasper. Nos llegaba el olor a vampiro quemado del parque. No podía creerlo. Casi toda mi familia estaba muerta. Y estaba casi segura de que los dos que me abrazaban sólo se habían quedado por mí.

-¿Quieren ir también? –Les pregunté finalmente.

-No –dijo Jasper.

-Podemos ir los tres –propuse tiritando-. Seguro que nos encontraríamos todos luego, en el cielo.

Ambos negaron.

-¿Vez algo? –Le pregunté a Alice.

Suspiró.

-Creo que nos van a matar igual –admitió resignada.

-¿Los humanistas? –Pregunté. Ella asintió.

-¿Cuándo? -Preguntó Jasper.

-Cuando acaben en el parque –confesó ella.

-¿Escapamos? –Propuse, a pesar de estar consciente de que no había dónde escapar. Ya no quedaba sangre en ninguna parte.

Nos miramos, suponiendo que había llegado el fin. Pero, cuando los humanistas comenzaron a registrar el castillo, Jasper me agarró y saltamos los tres al techo.

Corrimos al parque, y nos persiguieron. No deben haber tenido demasiado interés en agarrarnos, ya que les fuimos sacando ventaja. Al final, después de kilómetros de persecución, Alice me tomó de los brazos de Jasper y, deteniéndose, me puso en el suelo.

-Tenemos que separarnos –dijo-. Daniela, corre en esa dirección –me ordenó, apuntando con un dedo.

-Yo quiero ir con ustedes –le dije, llorando y abrazándola.

-Nada a tu pueblo y no te muevas de ahí -me urgió, separándome de ella.

-Pero…

Ambos me gruñeron en forma agresiva, y me asusté. Retrocedí y, volviéndome, corrí. Y corrí muchísimo, sin encontrarme con nadie. Deseaba volver a casa, pero sabía que en casa no habría nadie esperándome. Y me sumergí, finalmente, en el mar, días después.

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En el mar tampoco quedaba sangre, obviamente. Aunque no era tan feo, ya que había algas y formas de vida no comestibles. No me encontré con otros vampiros ahí tampoco. Tenía la esperanza de ver en algún momento a Alice y a Jasper nadar hacia mí. Pero, si ella me había ordenado que nadara a mi pueblo, supuse que era porque esperaba que nos encontráramos allá. Y me aferré a esa esperanza, porque seguía loca de pena por mis padres y hermanos muertos.

Cuando pasaba por aguas cálidas sentí un olor esperanzador: sangre. Nadé cual tiburón, loca de sed, hasta que vi que era un diminuto pececito. Recuperé un poco de mi cordura, y me contuve. Ese pobre bicho no debía tener casi nada de sangre, y si me lo comía no podría tener hijitos. Y, si existía alguna posibilidad de que pudiera reproducirse, era deber de patriotas dejarlo. Mal que mal, Carlisle se había sacrificado para intentar salvar especies, al punto de perder a su esposa en el proceso. Le debía ese sacrificio, en honor a su memoria. Decidí, en ese momento, que aguantaría la sed aunque me cruzara con otras especies con sangre. Me alejé del pececito, rogando que encontrara una pareja.

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Nadé por aguas muy frías, por lo que asumí sería el Estrecho de Magallanes. Me emocionaba un poco volver a mi patria, a pesar de saber que nada de lo que recordaba estaría ahí. Ya no quedaba gente, ni animales, y no tenía idea en qué estado habría quedado Chile.

En un momento en que el sol se iba a poner salí a tierra, a una de las numerosas islas de la zona que más que islas parecían rocas afiladas saliendo del mar. Trepé, a contemplar la puesta de sol. No había olor a vampiro, ni a vida animal, a pesar de que seguía habiendo guano pegado en las rocas, signo inequívoco de que no tantos años antes seguía habiendo aves. Por nostalgia recorrí esa isla desierta, deseando poder alimentarme de pasto como las vacas, o de insectos.

Cuando al pisar sentí olor a estiércol me asombré. Me agaché, pero sólo encontré una bolita aplastada y seca, excremento antiguo de algún roedor. El imaginar una presa de sangre caliente me llenó la boca de veneno, y me hizo volver brevemente al estado de semi-demencia por la sed. Pero no encontré nada, no se podía oír ningún corazón, y terminé volviendo a la cordura.

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Comencé a recorrer la zona, alternando entre islas y canales. Un día incluso encontré cenizas de vampiro. No sabía quién había sido, pero me quedé un rato deseando que descansara en paz. Me pregunté cómo sería ese lugar al que Esme, Carlisle y mis hermanos habían ido a parar, en el cielo. Me pregunté si Alice y Jasper seguirían vivos. Entonces recordé que se suponía que debía volver a mi pueblo, y me paré decidida: debía dejar de vagabundear e ir a su encuentro.

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Conseguí volver. Encontré algunas ruinas en lo que había sido mi pueblo. Pero se notaba que nadie se había molestado en ir a vivir ahí luego del nuevo orden. ¿Para qué iban a hacerlo, habiendo tantos lugares mejores para vivir? No encontré la casa de mis padres. Ésa y las de mis vecinos humanos habían sido reemplazadas por una gran estructura de cemento, cuyas ruinas me hicieron pensar en un centro comercial. Recorrí la zona, y sus alrededores, esperando oler a Alice y a Jasper. Además, esperaba dejar mi olor para que, si llegaban, supieran que estaba por ahí. Incluso recorrí el bosque, pero la casa en la que había vivido por primera vez con los vampiros ya no existía. Encontré algunas cañerías y cables, enterrados en la tierra, pero nada más. Me dio mucha nostalgia, y pasé varios días ahí, hecha ovillo, deseando que mi familia volviera.

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Pasó el tiempo. La gracia de las sed extrema es que cuando llegas al piso ya no se pone peor. Y, con el entrenamiento de Carlisle, había conseguido un nivel de autocontrol que me permitió conservar la cordura a pesar de la sed.

Comencé a desplazarme, por la zona, a pesar de que sospechaba que Alice y Jasper no vendrían. Ya habían pasado varios meses. Si hubieran sobrevivido, habrían tenido tiempo de sobra para venir. Si no habían llegado, era que debían estar muertos.

Suponía que lo lógico hubiera sido hacer una pira, frotar piedras hasta prenderla, y meterme dentro. Pero siempre terminaba recordando el fiasco del suicidio de Esme, y pensando que si me suicidaba seguro que mis hermanos llegarían a los pocos días diciendo "por qué mierda no esperó un poco más". Entonces decidía esperar, y así fue pasando el tiempo.

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Un día pisé mierda fresca, y eso me hizo salir de mi estado de autómata. Inspiré, hacía días que no respiraba. Casi lloré de alegría cuando sentí el olor. ¡En algún lugar, en los alrededores, debía haber un roedor vivo! La sed hizo que se me llenara la boca de veneno, pero recordé mi promesa: no cazaría. A ese paso ya sabía que los vampiros podíamos "sobrevivir" (en un estado lamentable, sí, pero igual) aún sin beber por meses. Si había un roedor, mi deber era no cazarlo. Es más, mi deber sería garantizar que se reprodujera.

Eso me dio ánimos. Ya tenía una esperanza nueva, y un propósito. Seguiría los pasos de mi padre, como un buen clon suyo.

Me puse a seguir el rastro, cosa nada fácil ya que las lluvias caóticas de la zona borraban todo rastro en minutos. Pero, cuando la tierra se secaba por el tiempo suficiente, peinaba la zona en busca del sobreviviente.

Finalmente di con ella, y entendí por qué no la había podido encontrar. Era una coneja terrible de pilla: vivía en cuevas profundas bajo la tierra, y parecía alimentarse más de raíces que de plantas. Me costó acercarme. A mí me daba sed, y ella intuía que yo era un depredador.

Me puse a buscar a otros y, tiempo después, le encontré una pareja. Era igual de pillo que ella, y tenía toda una red de cuevas. Me costó atraparlo, ya que controlar una sed de meses requiere una enorme fuerza de voluntad. Pero, cuando tienes pocos motivos para alegrarte, te aferras a lo poco que te hace feliz. Esos conejos me hacían tremendamente feliz, y no pensaba eliminar tal fuente de felicidad.

Por suerte no murió de un infarto cuando lo capturé, y viajé con él hacia las cuevas de "Pilla", como le había llamado de cariño. Cuando encontré su rastro, junto a sus bolitas, puse a "Pillo" en la tierra para que oliera a la hembra de su especie.

Olió, efectivamente, pero se fue saltando en otra dirección. Iba a agarrarlo para montarlo aunque fuera a la fuerza sobre la coneja, pero me arrepentí. Él ya sabía que ella existía: ahora le tocaba a él hacer su parte.

Así que me alejé, dispuesta a encontrar a otros, y esperar que sin un vampiro en los alrededores se animaran a formar familia.

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Me costó mantenerme al margen, sobre todo porque mis intentos por encontrar más fauna fueron en vano. Pero, metiéndome al mar, yendo a explorar las islas, conseguí sacármelos de la cabeza.

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Cuando volví a la zona, rogando no encontrar un par de esqueletos, vi mi esfuerzo recompensado. Pronto encontré bolitas de excremento, y el rastro de un conejo que no era ni Pilla ni Pillo.

Logré verlos, a ambos y a sus hijos, por las laderas verdes. Aunque seguían con la costumbre de fondearse en cuevas la mayor parte del tiempo, a veces se los podía ver saltar tímidamente entre las hojas verdes, masticando. Aunque me daba mucha sed, me llenaba de una inmensa alegría saber que prosperarían. Suponía que Carlisle hubiera estado orgulloso.

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Como ya estaba resignada al hecho de que Alice y Jasper jamás llegarían a reunirse conmigo en mi pueblo, decidí emigrar. Pensaba que buscar nuevas especies que hubieran conseguido sobrevivir e intentar ayudarlas a encontrar pareja sería un buen propósito. Y, tal vez, cuando la zona ya estuviera llena de animalitos, incluso podría permitirme alimentarme de vez en cuando.

Tuve escaso éxito. Encontré más, pero sólo conejos. Al parecer, Pilla y Pillo no habían sido los únicos sobrevivientes subterráneos de su especie. Pero, por más que busqué, y olí, y peiné áreas, no di con rastros de otras especies. Ni siquiera ratas. Me daba mucha pena, pero al ver cómo el sur de Chile se iba llenando lentamente de conejos, además de plantas e insectos, sentí algo de esperanza. No todo estaba perdido. Tal vez, algún día, la evolución, el azar, Dios, o lo que fuera permitiría que otras especies poblaran el planeta. Suponía que ya debía haber algunos peces, en el mar, aunque yo no los hubiera visto todavía.

Cuando encontré estas grutas donde estoy ahora sentí deseos de dejar mi testimonio. Ahora entiendo a los cavernícolas, y por qué dibujaban en cuevas y en las piedras. ¿Dónde más vas a escribir, en un lugar con puras plantas, bichos, tierra y piedras? Al final, se hace lo que se puede con lo que se tiene.

No me he animado a suicidarme. Siempre pienso "mejor mañana". Sobre todo ahora que puedo permitirme un conejo de vez en cuando, sin miedo a extinguirlos. Y, si en algún momento encuentro más especies, o algún vampiro como yo, creo que volveré a esta cueva a actualizar mi historia.

-.-.-

Fin Tierra de Conejos.