Vaati encabezaba la retirada hacia el lago Hylia, seguido de cerca por Midna y Zelda. Link aún no había salido del templo y la princesa se había negado a irse sin él. No obstante, en cuanto vio aparecer una manada de monstruos por el lateral del templo, no tuvo más remedio que echar a correr tras Vaati. Sabía que, si se quedaba, Link se cabrearía y la única posibilidad de salvar Hyrule desaparecería con ella.

Les costó casi media hora salir de las murallas que protegían la ciudad. Habían tenido que vérselas con más monstruos, soldados gerudo y hechiceros twili. Por suerte, la magia de los twili no era tan potente como habían creído y fue fácil derrotarles con un poco de magia de Midna. Ahora que caminaban a la sombra de un saliente, sin nadie que les pisara los talones, Zelda no dejaba de observar a su amiga. Aparentemente, Midna no había cambiado en absoluto. Seguía teniendo ese humor negro que la caracterizaba y alejaba de ella a todo aquel que no supiera entenderla; seguía teniendo ese pelo naranja y esos ojos con lentillas que provocaban cierto reparo. Y, por supuesto, mantenía su estilo oscuro de vestir, aunque hicieran treinta y cinco grados a la sombra a finales de junio.

No lo entendía. Sencillamente, no comprendía cómo no se había dado cuenta del poder que tenía su amiga. Como si la hubiera invocado, Midna se volvió hacia ella y le sonrió un poco.

-Te va a salir humo de la cabeza-comentó, señalándole el pelo.

Zelda sacudió la cabeza y desvió la mirada, indecisa. Midna se apiadó de ella y se puso a su altura, separándose así un par de metros de Vaati para que no la escuchara.

-Si quieres preguntarme algo, adelante-la animó con algo más de suavidad en la voz-. No voy a comerte.

Zelda la miró de soslayo.

-Creía que lo sabía todo de ti-admitió finalmente en voz baja-. Veo que me equivocaba.

Midna asintió con la cabeza y suspiró, fijando sus ojos en la espalda de Vaati.

-Nunca conocerás por completo a una persona, Zelda-la miró de reojo-. Yo podría hacerte algunas preguntas también, pero dudo que vayas a contarme nada de eso-señaló con el pulgar a su espalda, donde las tres columnas de luz dorada seguían hendiendo el cielo-. Además, ¿de qué sirve atormentarte con algo que no puedes comprender? Sé bien que lo que manejas no está al alcance de cualquiera. Sé que tú no confiabas en la magia hacia cuatro años, que todo eso te parecía demasiado fantasioso. ¡Si incluso dudabas de la existencia de las diosas!-rio, echando la cabeza hacia atrás- Y, aun así, empezaste a creer gracias a Link.

»No te estoy diciendo con esto que tengas que contármelo o, si no, me enfadaré. No. Solo te digo que puedes contar conmigo si necesitas ayuda-se miró las manos, dubitativa-. Aunque mi poder no se acerque al tuyo ni por asomo.

Zelda giró la cabeza completamente hacia ella, sorprendida.

-¿Por qué dices eso? ¿Has visto lo que has hecho en el templo? ¡Has creado una barrera enorme y fuerte para que nada ni nadie pudiera echar abajo la puerta! Y yo solo consigo sacar una bolita de luz dorada que se convierte en tres torres de luz.

Midna negó con la cabeza.

-No, Zelda. Esa es la señal de que tu poder está activo-le puso un dedo en el pecho, quedando justo frente a ella-. Ahora tienes dos fuentes: el altar del templo y tu propio cuerpo. Has dividido tu fuerza para no quedarte sin energía si te atacan directamente. Es magia elemental.

-Eso lo sabes tú-repuso Zelda, quitándose el dedo de encima-, pero yo no. Se ve que tú tienes más conocimientos y experiencia en la magia que yo. Y ahora, por culpa de mi estupidez y de no saber lo que estaba haciendo, Link se ha quedado en el templo para protegernos y asegurarse de que pudiéramos escapar-la voz se le quebró en las últimas palabras-. ¿No te parece injusto? Yo también nací con esto-puso las dos manos frente a su pecho y dejó que surgiera un poco de luz de su interior-, pero hasta hace poco no he querido saber usarlo.

Midna frunció el ceño.

-¿Sabías lo que podías hacer cuando me conociste en Ordon?

-¡No!-exclamó Zelda, haciendo que Vaati, que había continuado a paso más lento, se detuviera de pronto y se girara hacia ellas como movido por un resorte- Lo supe cuando regresé a casa y cumplí los dieciocho años. Parece un cuento de hadas pero no lo es. Soy la reencarnación de una diosa caprichosa que se enamoró de un humano corriente y tuvo que bajar a Hyrule para intentar salvarle-soltó a toda prisa, llevándose las manos a la cabeza-. Tengo dos voces aquí dentro, tengo dos almas y un solo cuerpo. Estoy constantemente luchando contra mis impulsos porque no sé si son míos o de ella, ¡de Hylia! ¿Entiendes? Si ya de por sí mi vida es complicada, ¡añadámosle una diosa!

Midna guardó silencio un par de minutos para asimilar todo lo que Zelda le acababa de decir. Entonces, levantó las dos manos y las puso sobre sus hombros. Zelda se la quedó mirando, anonadada.

-Si tienes que controlarte, es por algo, ¿no te parece?-Zelda se encogió de hombros- Vamos a ver… ¿Con quién tienes que controlarte más?

Zelda no tuvo ni que pensarlo.

-Link-respondió al momento.

-¿Y con los demás? ¿Tienes que controlarte siempre?

-No… Solo cuando estoy realmente enfadada.

Midna asintió con la cabeza una sola vez.

-Bien. ¿Qué te dice eso?

Zelda abrió la boca, pero la cerró al instante. Volvió a abrirla, aunque tuvo que cerrarla otra vez.

-Pareces un besugo, Zelda-resopló Midna; la zarandeó con suavidad y alzó las cejas-. Por las Farore, ¡piensa! Sois como los imanes. Se atraen aunque estén separados. ¿Por quién sentirá atracción la diosa?

Los engranajes dentro de la cabeza de Zelda empezaron a moverse.

-¿Por… el… humano?-intentó adivinar Zelda.

-¡Exacto!-exclamó Midna, algo satisfecha- Y si tú eres esa diosa, ¿quién será el Héroe del Tiempo del que se enamoró Hylia?

Uno. Dos. Tres.

Zelda sintió que el aire se le escapaba de los pulmones, que el mundo le daba vueltas y que le iba a explotar la cabeza.

-Link…-dijo con un hilo de voz.

… … … …

Link luchaba con lo poco que le quedaba en el cinturón. Solo tenía dos granadas explosivas pequeñas, una granada de humo y su espada, de la que nunca se separaba y siempre mantenía afilada. El suelo del templo había desaparecido bajo una montaña de cuerpos negros que se desintegraban y se convertían en humo y sombras una vez muertos. Había algunos soldados gerudo repartidos entre los monstruos oscuros. Había abatido a un par de extrañas criaturas voladoras que le habían arrancado de cuajo parte de la espalda de la camiseta, dejando varios surcos de arañazos en su piel.

En esos momentos, las fuerzas de Ganondorf le daban un respiro, unos cuantos minutos para poder secarse el sudor de la cara y quitarse la camiseta negra del uniforme real. Lo cierto era que, aunque le gustaba cómo le quedaba esa ropa, hacía que sus movimientos fueran más lentos y menos precisos. Le costaba alzar los brazos con esa camiseta tan pegada, como si fuera una segunda piel. Miró unos segundos la ropa hecha jirones en el suelo y esbozó una media sonrisa.

-Lo siento, Zelda, era la única que tenía limpia-murmuró para sí mismo, no sin cierto desdén.

Al nombrarla, se le vino a la cabeza la imagen de ella en el templo, junto a él, sin querer irse de su lado. Tuvo que empujarla para que saliera de allí. Sabía que había tenido que huir sin él, había visto los monstruos acechando los costados del templo. Solo esperaba que Midna y el cobarde de Vaati cuidaran bien de ella.

Giró el rostro hacia el altar, desde donde se había defendido todo el tiempo. Las tres columnas seguían brillando a su espalda, inmóviles, persistentes. Lo cierto era que la luz que procedía de ellas hacía retroceder unos centímetros a los enemigos, facilitándole la tarea a Link. Era la magia de Zelda la que le protegía y eso le hacía mirar las columnas con otros ojos. Por fin había despertado por completo el poder de Hylia dentro de Zelda. Estaba seguro de que ella estaría preocupada por haberla visto de nuevo en aquella situación, pero se prometió a sí mismo que la tranquilizaría y le contaría todo lo que sabía en cuanto pudiera verla de nuevo.

Decidido, Link sacudió la cabeza y se echó el pelo hacia atrás con una mano. Alzó la vista hacia el techo y vio que ya no surgía de allí ningún bicho más. Dudaba que salir fuera la mejor opción, pero no pensaba quedarse ahí encerrado. Limpió la sangre tornasolada de las criaturas del Crepúsculo y se dirigió a la entrada principal, cuya puerta de doble hoja había caído cuan larga era. Salió al exterior y vio que el cielo ya no tenía ese azul potente de hacía unos minutos, sino que tenía un color arenoso que le obligaba a entrecerrar los ojos. Era como si toda la arena del Desierto Gerudo se hubiera instalado allí arriba, tapando la luz del sol.

Se puso una mano sobre los ojos a modo de pantalla y miró hacia el horizonte. El jaleo por la intrusión de los monstruos se había ido disipando poco a poco. Veía a algunas criaturas vigilar las calles más anchas, pero ignorando por completo el templo. Link frunció el ceño.

-Esto es demasiado raro-murmuró, suspicaz.

«Nunca pensé que pasarían de largo de la luz de Hylia», admitió la voz del Héroe dentro de él.

-Eso solo lo hace más extraño-miró a ambos lados.

Se pegó a la pared de ladrillo y mármol del templo y anduvo de lado hasta situarse bajo el árbol que cubría la entrada secreta.

-«¿Qué se supone que debo hacer ahora? No sé dónde está Zelda, la capital está plagada de mierdas de estas y yo estoy casi desarmado. No puedo luchar contra esos tanques»-Link señaló la parte superior de uno de los carros de combate, que sobresalía por encima de algunas casas.

«¿Tanques? Eso es solo metal. Es fácil de fundir».

-«Perdona, pero no pienso incendiar la ciudad solo para fundir los tanques. Además, ¿crees que eso no está blindado? Hará falta una gran cantidad de calor y fuego para derretir eso».

«¿Y qué me dices de las columnas de luz?»

Link alzó una ceja.

-«Te has dado un buen golpe ahí dentro, ¿eh?»-se burló Link, estupefacto.

«No. El único que se ha dado un buen golpe eres tú. ¡Reacciona, joder! Tienes tres fuentes de luz y calor a tu alcance. ¿O me vas a decir ahora que la marca de la mano no te escuece un poco?»

-Bueno…-dijo en voz baja, arrascándose el dorso de la mano marcada con el mismo símbolo que adornaba el altar.

«Tienes que redirigir la luz hacia ellos. Estallaran como las palomitas en un microondas».

Link puso los ojos en blanco.

-«Te adaptas rápido».

«Llevo viviendo en este siglo el mismo tiempo que tú. Lo que tú aprendes, lo aprendo yo. Aunque voy a seguir ganándote por los siglos de los siglos, nunca conseguirás mi experiencia».

-Bah, cállate-espetó Link en voz baja, vigilando los pasos de los monstruos y los gerudo-. No hay más magos twili por aquí.

«Estarán todos en el castillo, protegiendo a Ganondorf y a Zant y acechando a Gaépora».

Link esbozó una media sonrisa maliciosa.

-Yupi.

… … … …

Zant se aburría como una ostra. Tras haber matado a tres docenas de soldados de a pie de Hyrule, nadie se había atrevido a cuestionar su poder y plantarle cara. De hecho, el príncipe incluso había tenido que gritar que alguien le llevase agua porque nadie quería acercarse a él, no fuera a ser que le aniquilara después. Sabía que su padre seguía en la torre convocando a todo el Crepúsculo.

Al final, su plan había dado su fruto. Siempre había odiado a los hylianos y a todas las razas que vivían allí. Siempre había pensado que se creían superiores a él o a su pueblo. Ahora, demostraba que eso no era así, que su poder era legendario, que podía arrebatar vidas o perdonarlas con un chasquido de dedos. En cuanto su padre consiguiera Hyrule, le daría a él el mando de uno de los dos reinos. Les demostraría a todos que no era un crío y que, a pesar de ser algo egoísta en sus planes, sus ideas eran endemoniadamente buenas. La gente le tomaría en serio. Nadie podría reírse de él con tanta libertad.

Estaba planeando cómo comenzar su nuevo reinado cuando vio aparecer al fondo del pasillo la silueta baja de dos mujeres gerudo. Zant hizo una muesca de asco. Las conocía. Eran gemelas, algo muy extraño de ver en el pueblo gerudo. Habían sido las guardianas del Espejo hasta que su padre les había pedido ayuda a cambio de poder y venganza. Se habían mostrado muy receptivas ante el príncipe, pero Zant las había rechazado sin ningún miramiento. Tener que verlas ahora, a solas, le hacía tan poca gracia como estar cruzado de brazos.

Las dos mujeres llegaron a su altura y se inclinaron ante él

-¿Qué queréis?-exigió saber Zant con voz afilada.

-Mi señor-ronroneó una de ellas-, mi hermana Kotake y yo estábamos pensando que sería bueno que tomarais un descanso.

-Vuestro padre se sentiría muy decepcionado si no os detuvierais un poco a recuperar fuerzas, ¿no es cierto, Koume?-intervino Kotake, la otra mujer gerudo.

Zant soltó una risa histérica.

-¿Y dejar la entrada a la torre sin protección? Ni de coña.

-Pero… Señor…-fue a protestar Koume.

-¡Silencio!-ordenó Zant, alzando una mano y empujándolas para alejarlas de él.

Las mujeres abrieron la boca para decir algo, pero entonces algo explotó entre ellos, creando una barrera de humo espeso que les impedía ver nada más allá de los dedos de sus manos.

-¡Koume!-gritó Kotake, buscando a su hermana.

-¡Kotake!-chilló a su vez Koume.

Zant empezó a farfulla un conjuro para esparcir el humo. Sin embargo, se detuvo al escuchar un jadeó proveniente del lugar donde se encontraban las gemelas gerudo.

-¡Eh!-llamó Zant, confuso- ¿Dónde estáis?

Sin embargo, nadie le respondió. Apretando los dientes, Zant retomó el conjuro. A medida que iba soltando las palabras, el humo se iba disipando poco a poco. Parecía que iba a encontrar a las mujeres gerudo pataleando; en su lugar, las encontró una junto a la otra, con los ojos vueltos hacia la nada y un hilillo de sangre recorriéndoles el cuello. Zant alzó la mirada del suelo y fue recorriendo unas piernas enfundadas en unas botas negras y unos pantalones ajustados, a los cuales se ceñía un cinturón del que colgaban dos pequeñas bolas marrones con anilla y una larga espada con la empuñadura cerúlea. Zant posó por fin los ojos en el rostro de aquel que había asesinado a dos de las últimas magas del pueblo gerudo, el mismo que había estado a punto de romperle la cabeza hacía unas horas. Esta vez, nada le cubría el torso. Iba a pecho descubierto, sin miedo, con la furia y el desafío pintados en sus ojos azules. Una sonrisa le cruzaba la cara. Parecía como si los rasguños y las heridas del cuerpo no le dolieran en absoluto.

-Valiente perro hijo de…-empezó a maldecir Zant, pero Link alzó una mano, haciéndole callar.

-Sh… No, no, no. Así no se saluda a la persona que va a rebanarte la cabeza del resto de tu cuerpo-respondió Link con toda la tranquilidad del mundo, como si fuera obvio que el sol aparece por el este y se pone por el oeste.

Zant escupió a sus pies, dándole a los rostros compungidos sin vida de las dos brujas gerudo.

-Eres más estúpido de lo que creía-espetó Zant con una sonrisa, enseñando todos los dientes afilados que había tras sus labios casi inexistentes.

Link se encogió de hombros.

-Si no fuera tan estúpido, probablemente no estaría aquí-giró la espada en su mano derecha un par de veces para quitar la sangre del filo metálico-. Dado que eres tan valiente, no te importará luchar a la antigua usanza, ¿verdad?

Zant apretó los dientes e invocó con un chasquido de dedos una espada con el filo negro y la empuñadura plateada, nada que ver con la finura y sutileza del arma de Link.

-No sabes las ganas que tengo de matarte…-susurró Zant, acercándose a él.

Link amplió su sonrisa.

-Pues más que vas a tener.