Disclaimer: los Juegos del Hambre no me pertenecen.
Regalo para Giselle Jay. Nos leemos abajo.
.XXXIV.
El agua helada, se dijo a sí misma Katniss, definitivamente obraba milagros. Lo decidió así mientras sentía como su entumecido cerebro volvía a ser irrigado por la sangre y recorrido por pensamientos lógicos.
Se había emborrachado. Se había emborrachado como respuestas a Cato. Como si lo que él le hubiera dicho sobre su relación con Peeta fuera una verdad universal. ¿En qué demonios había estado pensando? Se echó hacia atrás en la tina y sumergió la cabeza, sacando las rodillas y dejando que el agua helada le cubriera el rostro. Contó hasta diez y luego emergió, jadeando por aire.
Farfulló, pasándose las manos por la cara, con tanta fuerza que Prim, que había estado cuidando de su hermana desde la puerta, se decidió a intervenir, sujetándola de las muñecas y sentándose al borde de la tina.
—Lo arruiné. ¿De verdad lo arruiné?
Prim quiso negar enfáticamente con la cabeza, pero lo cierto era que la mirada desolada que le había lanzado Peeta antes de marcharse, con todo y el perro, la había dejado bastante preocupada.
—No lo sé, Katniss— dijo suavemente— ¿Por qué no me cuentas que fue lo que sucedió?
Katniss lo hizo. A pesar de que lo que había pasado después del tercer trago se encontraba algo borroso, recordaba con dolorosa claridad todo lo que Cato le había dicho y, más aún, cómo la había hecho sentir.
—¿Y tú te creíste eso?
Katniss se encogió de hombros, doblando más las rodillas de manera que pudiera atraerlas a su pecho.
—Ha sido tan rápido… tan fácil… y Peeta ha sido tan comprensivo.
—¡Katniss! —ella se sobresaltó por el tono indignado de su hermana. Nunca, en toda su vida, le había hablado de esa manera—. Te estás comportando como una idiota— sentenció la hermana menor mientras la miraba con el ceño fruncido.
Katniss se encogió un poco más.
—Te amo— le dijo con suavidad—. Y espero que sepas que lo que sigue te lo digo con amor: si llegas a perder a Peeta por esto, será completamente tu culpa y estarás probando lo que Cato dice sobre ti, que eres tú quien resulta incapaz de mantener una relación con nadie más que con tu trabajo. Tienes a este hombre atento y cariñoso; que está dispuesto a estar contigo en igualdad de condiciones, que ha admitido que te ama y ¿lo único que se te ocurre es que está contigo por tu dinero?
Prim de verdad no era nada violenta, pero en ese momento sentía el impulso de tomar a su hermana por los hombros y sacudirla hasta que recuperara la razón.
—¿Sinceramente? No sé qué otra cosa pudo haber visto en mí.
Prim la miró con pena:
—Entonces, Katniss, tendrás que trabajar en tu autoestima. Porque si a estas alturas no eres capaz de ver lo lista, hermosa y bondadosa que eres, entonces tienes un problema.
—¿Crees que lo arruiné por completo?
—No lo sé. No sé qué piense Peeta en este momento.
—Lo arruiné— sentenció Katniss mientras dejaba que su cuerpo volviera a hundirse en el agua. Sus uñas estaban empezando a amoratarse y sus dedos se arrugaban como pasas.
—Entonces arréglalo— le ordenó Prim mientras tomaba una toalla del estante y se la pasaba a su hermana.
…
Peeta no estaba seguro de cuántas hectáreas abarcaba la propiedad de Katniss, pero cuando Muffin empezó a quedarse dormido entre la hierba, decidió que había caminado demasiado.
Alzó al cachorro, que soltó un bostezo y se arrebujó entre sus brazos; y empezó a caminar de regreso a la cabaña. No estaba seguro de si iba ahí para arreglar las cosas con Katniss o solo a recoger sus pertenencias para marcharse. Aun le costaba trabajo el ver la forma, tan inmadura, en que había manejado las cosas después de lo de Cato y lo cierto era que su orgullo, ese del que él no hacía alarde nunca, se encontraba muy dañado.
Mientras caminaba, Muffin empezó a roncar. Peeta decidió que, si las cosas entre él y Katniss terminaban ahí, él la extrañaría no solo a ella, sino también al cachorro. Lo apretó más fuerte contra su cuerpo.
Las luces de la cabaña estaban encendidas y la puerta estaba abierta. Peeta casi esperaba encontrarse con Prim ahí, pero, cuando entró, solo encontró a Katniss, con un pijama de franela verde, sentada en la cama, con el cabello, aún húmedo, recogido con pasadores. Ella lo miró, con grandes ojos grises, como esperando a que él empezara.
Pues bien, podía esperar sentada.
No le dijo nada, caminó por la habitación y dejó a Muffin en su cama en el suelo. El perro apenas si se removió antes de quedarse profundamente dormido de nuevo.
—Lo lamento.
Peeta se enderezó.
—¿Qué lamentas?
—El haberme emborrachado.
Uh… esa no era la respuesta que Peeta estaba buscando.
Él meneó la cabeza y subió su maleta a la cama.
—¿Qué estás haciendo?
—Estoy empacando— respondió, lacónico. Lo cierto era que ser así de frío le costaba mucho trabajo, pero estaba cansado de ser siempre él quien se esforzara por preservar la relación. Si Katniss realmente lo quería a él, iba a tener que asumir el papel, al menos por una vez.
—Entonces ¿te marchas?
—No quiero seguir abusando de tu dinero.
Katniss empalideció y retrocedió un paso, como si Peeta le hubiese dado un empujón.
—Yo no…
—¿Tú no qué, Katniss? ¿No piensas que estoy contigo por el hecho de que eres ridículamente rica? Porque eso ha sido precisamente lo que has dicho. Y esa ha sido, justamente, la idea que ha hecho que te emborracharas y que te expusieras que toda tu familia y la de Rory, fueran testigos de tu humillación.
—¿Estás… molesto?
Peeta resopló.
—Vale, ha sido una pregunta estúpida. Creo que nunca te había visto así de molesto.
—Nunca había estado así de molesto.
—Bueno, yo nunca había estado así de borracha. Creo que podría considerarse una noche de primeras veces— no sabía por qué estaba intentando bromear cuando era evidente que se le daba tan mal. Lo único que quería era devolver el reloj unas cuantas horas en el pasado. Quedarse en la cabaña viendo a Peeta dormir y no haber salido nunca. No haberse enfrentado a… No. Lo cierto era que haberle plantado a Cato la había hecho sentir muy bien. Como si por fin cerrara un capítulo.
El problema había venido después, cuando había proyectado sus propias inseguridades en Peeta.
Él cerró la cremallera de su equipaje y lo arrastró hasta la puerta.
—Entonces ¿simplemente te vas? ¿Cometo un error y decides que se acabó?
Katniss deseó haberse callado. A pesar de que el azul era, por definición, un color frío, Peeta nunca le había transmitido más que calidez.
Excepto en ese momento. Porque la forma en que la miraba, como si no la conociera en lo absoluto, hizo que la sangre de Katniss se helara en sus venas.
—Sí, supongo que sí— dijo él antes de salir y cerrar la puerta tras él.
El sonido que emitió la puerta al cerrarse fue como el mazo de un juez dictando sentencia.
Katniss se desplomó, en silencio, en el suelo.
Y así la encontró Prim al día siguiente.
Deshonrada yo, deshonrada mi familia, deshonrada mi vaca (acabo de notar lo difícil que es tipear la palabra deshonrada, siempre me brinco la n, que raro). Me disculpo, pero he estado enferma y atareada. Igual aquí viene el capítulo y, si me aman con sus reviews (aun y cuando sea para decirme que no les gustó), actualizo el domingo.
Un abrazo a X, puguita, Giselle Jay, Mildred, Anna Scheler, Claudia, L, SempiternalGhost (GRACIAS por el rv de varios capis), Igora Mellark, jacque-kari, Guest y Stelee Mellark.
Stelee, en atención a tu review, me disculpo por decepcionarte. Es que simplemente las cosas tomaron un rumbo diferente al que esperaba porque me di cuenta de que Katniss no tendría muchas oportunidades para enfrentarse a Cato. Así que tomé esta y eso causó que las cosas se descontrolaran y no tenía lógico que Peeta hiciera perdón y olvido porque podrá ser bueno, pero eso no lo hace idiota y Katniss tenía que reaccionar mal.
Les cuento que tengo tres capítulos más ya escritos y que ya estoy buscando un cierre en el que estoy por escribir. A ver si lo logro en ese capítulo o si necesito otro par, pero sea como sea, el final está a la vuelta de la esquina.
Gracias por acompañarme con esta historia.
Un abrazo, E.
