Capítulo 35: Géminis y Sagitario
Apenas había sido capaz de cerrar los ojos. Sentía un creciente nerviosismo apoderándose de él, porque aunque lo peor había pasado, para Saga todavía restaba un enorme y peligroso paso que dar… quizá, de todos, al que menos podía controlar. Eso era Kanon.
Así que, armado con toda la paciencia que quedaba en él y con la mayor indiferencia que pudiera demostrar, se aventuró fuera de su dormitorio, hacia sus dominios, esos conquistados por su gemelo. No había tenido la oportunidad de encontrarse con él la noche anterior, a su llegada. Desconocía si había sido suerte suya, desidia de ambos o prudencia de su gemelo. Pero al final, el esperado encuentro había quedado retrasado hasta ese preciso momento.
Entró a la cocina, inundada del reconfortante olor del café recién preparado y caminó directo a la cafetera. Sus ojos ignoraron todo aquello frente a él, Kanon incluido.
Sí, ahí estaba. Sentado a la mesa, con un taza de café en la mano y aquel desgraciado aparato que Saori les había traído en conjunto con los ordenadores. Saga ni siquiera se había acercado al suyo, a diferencia de Kanon que encontraba fascinante la tableta, en especial para leer las noticias por las mañanas.
Los ojos del gemelo menor siguieron con ahínco cada movimiento suyo, olvidándose de su dispositivo electrónico. Llevaba su mejor cara de póker. Incluso Saga, quien siempre trataba de ir un paso por delante de él, no estaba seguro de lo que pensaba. Su mente era complicada.
—Preparé café—dijo, tras un par de segundos demasiado largos. Saga no respondió. —No es necesario agradecer—continuó, no sin sazonar sus palabras con un toque de sarcasmo. Por supuesto, el mayor tampoco pensaba hacerlo, pero eso no le importaba a Kanon en lo absoluto. —Milo me contó todo acerca de tu pequeña aventura. Y sé que trajiste a Naia de regreso. Los sentí volver anoche.
—Ajá. —Sirvió la bebida caliente y, tras soplar un poco, bebió un solo trago. Tenía que admitirlo: el café de Kanon era mil veces más bebible que el suyo.
—¿Cómo está ella?
—En casa, aunque no gracias a ti.
—Au. Eso ha sido directo… —Kanon vio la mirada de Saga endurecerse. —Y bien cierto. Pero, oye, me alegra que esté de vuelta y que esté bien.
—Estás equivocado. —El hecho de que la voz de su hermano exudara tanta determinación, lo hizo prestar atención. A decir verdad, no pensaba que conseguiría arrancar una sola palabra de su garganta. —Todo este lío, la puesto en el ojo de la tormenta. Shion la dejado regresar, pero no creas, ni por un segundo, que despegará los ojos de ella. Estará cazándola hasta el siguiente error, o la más mínima ofensa. Así que no: Naia no esta bien.
En un inusual episodio de sensatez, Kanon guardó silencio. Apretó los labios, dispuesto a pensar cada palabra. No era que de pronto quisiera ser la persona más honorable del mundo, sino que estaba más que consciente del gran esfuerzo que Saga hacía por soportarle, y no tenía intenciones de retar a la suerte de nuevo.
Bajo ningún concepto iba a volver a los calabozos, ni mucho menos volver a ponerse en la mira del viejo. Ya no solo era cuestión de culpa, sino también de preservación personal.
—Todos por aquí estaban preocupados por ti. El arquero, Milo, Camus… —Cambió el tema, en busca de terrenos más seguros. Apartó los ojos de su gemelo y volvió a prestar atención a su periódico digital. —No sé qué les preocupaba más: qué estuvieras desaparecido, qué el viejo no te dejara regresar, o qué Apus te asesinara en un descuido. Incluso el cangrejo y la florecita estuvieron indagando por ti. Ellos no saben nada al respecto del maravilloso plan de rescate, pero puedo decirte que estaban genuinamente preocupados. Aunque quizás, la consternación de Afrodita estaba más enfocada en tu culo que en Naia—parloteó—. De hecho, hablamos el otro día y…
—¿Sabes qué? —De pronto, Saga interrumpió. Kanon levantó la vista y descubrió que había olvidado su taza de café. Había posado ambas manos al lado opuesto de la mesa, mientras sus ojos verdes parecían dispuestos a atravesarlo. —Dejemos bien claro lo que pasará aquí de ahora en adelante, así que cállate y escucha. Solo voy a decirlo una vez.
—Sé lo que vas a decir.
—¿Qué parte de callarte y escuchar no has entendido, Kanon?
—No soy muy bueno siguiendo órdenes. Mucho menos las tuyas. Pero estoy seguro de que estamos pensando precisamente en lo mismo.
—¿En serio? Yo no lo creo. —La sonrisa presuntuosa en los labios de Kanon hizo que a Saga le hirviera la sangre en las venas. Pero no iba a darle la satisfacción de verlo perder el temple. No de nuevo. —Porque, si de verdad estuviéramos pensado lo mismo, no estarías forzando esta estúpida conversación sin sentido. —Hizo acopio de fuerzas para no sonreír cuando vio al otro atrincherar los dientes. A pesar de todo, se forzó a mantener la firmeza de sus palabras y continuar con la cabeza fría. —Solo hay una cosa que quiero escuchar de ti a partir de ahora: tu silencio. Lo que pienses, lo que digas, lo que hagas, a mi no me interesa en lo absoluto, mientras te mantengas fuera de mis asuntos. Si fuera por mí, tú no estarías aquí, y me parece que tu sientes exactamente lo mismo hacia mi. Pero tenemos que vivir juntos, porque Shion no nos ha dado ninguna otra opción. Así que déjame en paz y yo te dejaré en paz. ¿Has entendido?
—Te aseguro que no tenía una sola idea diferente a lo que acabas de decir. Créeme que soy muy consciente de que el concepto de "familia feliz" no aplica para nosotros.
—¿De quién será la culpa de eso?
Se sostuvieron la mirada, sin que ninguno de los dos estuviera dispuesto a ceder. Esa obstinación era una de las pocas cosas que tenían en común.
La única satisfacción que a Saga le quedaba era que al menos el maldito cinismo se había borrado del rostro de su hermano. Kanon estaba tan serio como él, tan cuidadoso de su siguiente movimiento, como alerta del siguiente de los suyos. Por fin, lo contempló ceder.
El marina se puso en pie, tomó su tableta y se encaminó hasta la salida. Cuando estuvo justo bajo el marco de la puerta, se detuvo. Al voltear, buscó el rostro de Saga. Sus miradas chocaron, con una intensidad que ninguno se molestó en ocultar.
La sonrisa burlesca regresó para adornar los labios de Kanon y a Saga se le revolvió el estómago. Después se giró, sin soltar una sola palabras más, para marcharse definitivamente de ahí.
-X-
Antes de que comenzará la rutina de esa mañana, Deltha se había apurado a ir en busca de Nikos. Confiaba en que estaría más tranquilo y en que, quizás, podrían enmendar la tensión de la despedida de días atrás. La idea de que las cosas estuvieran raras entre ellos le disgustaba. Después de todo, ¡adoraba a Nikos! Era el hermano mayor que nunca había tenido. Así que, a cualquier costo, tenía que solucionar aquella diferencia de opiniones a la brevedad.
Decidida, fue a por él.
No le resultó difícil encontrarlo. El grupo de Aldebarán también empezaba a reunirse. La amazona husmeó desde la distancia antes de atreverse a dar un solo paso más. Pero lo cierto era que, de todos los santos dorados, el toro dorado era probablemente el menos intimidante de ellos y el más simpático a la vez. Cuando se trataba de él, era prácticamente imposible no recibir una enorme y sincera sonrisa en cada encuentro.
Descubrió que sus entrenamientos aún no comenzaban. Nikos estaba ahí, sentado sobre el suelo, equipándose. Lo vio terminar con sus preparación y entonces, se puso de pie.
Era el momento de atraparlo, antes de que la tarea del día a día diera inicio y se lo arrebatara. Con la confianza de que no ocasionaría problemas, se acercó. Lo abordó por la espalda, caminando con sigilo. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, sin hacer ningún ruido, se fue sobre él. Poniéndose de puntillas, alcanzó a cubrirle los ojos con las manos.
—¡Ey!—exclamó él. Sin embargo, rápidamente reaccionó y esbozó una sonrisa divertida. —Sé que eres tú, Del.
—¡Argh! ¡Has hecho trampa! —Admitiendo su derrota, la amazona de Apus lo dejó ir y paró frente a él, con los brazos cruzados y una mueca en su boca que el moreno no pudo ver. —¿Cómo has sabido que se trataba de mí?
—Tú y Naia son las únicas dos chicas que me atajarían de ese modo. Obviamente no era mi hermana, así que tenías que ser tú. —Era eso y el olor vainillado que había aprendido a reconocer y que tanto le gustaba. —¿Qué haces aquí? Camus te pondrá de castigo en tu primer día si llegas tarde.
—Bah. Solo será un minuto. Necesitaba hablar contigo.
—¿De qué?
Deltha miró sobre su hombro, asegurándose que nadie más atestiguara su conversación. Sin deseos de correr riesgos, tiró de él hasta apartarlo un poco del camino. A lo lejos, vio a Aldebarán levantar una ceja. Pero en vista de que no les detuvo, asumió que no habría problema por robar un par de minutos más.
Cuando estuvo segura que tenían completa privacidad, se atrevió a continuar con el motivo que la había llevado hasta ahí.
—Antes de que Saga y yo nos marcháramos, sentí que estabas contrariado conmigo.
—Sabes lo que pienso de Saga y sabes lo que siento respecto a sus ideas.
—Lo sé, lo sé. ¡Pero todo salió magnífico! Naia está aquí, yo estoy aquí y prácticamente sin mayores consecuencias.
—Lo que digas, Del. Pero no puedes negar que han tenido bastante suerte de que este asunto no saliera terriblemente mal. Podían haber sucedido mil cosas que terminaran por empeorarlo todo.
—Pero no fue así… y eso no hubiera sido posible sin tu ayuda. Sé que hiciste todo lo posible para disimular mi ausencia. ¡Lo has hecho muy bien! —Le tomó de la mano y jugó con sus dedos. —Gracias, Nikos. Gracias por cuidar de nosotras… de mi. —Y, sin mayor aviso, lo abrazó.
—Es que… no es necesario agradecer. —El santo de Orión solo suplicaba que los colores no se le hubieran subido a la cara y que, en caso de que así fuera, que al menos la amazona no lo notara. —Lo único que importa es que ambas estén bien.
Sutilmente, la alejó de él, rompiendo el abrazo. Tanta cercanía no solo lo descolocaba, sino que le ponía nervioso. Maldecía que las emociones se le hubieran cruzado con las ideas.
Le sonrió, confiando en que ella correspondía a su gesto tras la máscara. Después, revolvió con cariño la melena corta y púrpura, arrancando de su garganta una carcajada.
—Ven a cenar con nosotras esta noche—dijo la amazona—. Convenceré a Naia para que prepare algo rico y podremos conversar los tres, bien a gusto. ¿Qué dices? ¿Vendrás?
—No me lo perdería por nada.
-X-
—¡Caelum! ¡Bienvenida! —La voz de Milo la sorprendió.
—Hola, Milo. Que gusto verte también.
—¡Te extrañaba! Vamos, camina conmigo hasta nuestro sitio de entrenamiento. —Él le pasó el brazo por encima de los hombros y, tal como dijo, la acompañó. El gesto en sí la asombró. Las pocas horas de ese día habían sido así: sorpresa tras sorpresa.
La mañana la había pillado desprevenida. Naia estaba tan agotada, más emocional que físicamente, que Deltha había tenido que despertarla.
También le había costado trabajo abrir los ojos y reconocer las paredes de su diminuta cabaña. En los últimos días, lo primero que veía por la mañana, eran las hermosas e intricadas decoraciones de las habitaciones en la torre de Jamir. Pero no ese día. No la había despertado el aire frío y cruel del Himalaya, sino el olor a sal del Mediterráneo. Eso, por si solo, era un epifanía después de todo lo que le había acontecido.
Pero su día fue en detrimento de ahí en adelante.
Deltha se le había adelantado, con el pretexto de encontrar a Nikos antes de que los entrenamientos comenzarán. Estando sola, la segunda gran sorpresa del día la había golpeado de frente y sin misericordia.
—No esperaba verte por aquí tan pronto como hoy. —El santo de Escorpio irrumpió en sus pensamientos una vez más.
—¿Esperabas que el Maestro me diera días libres después de todo lo que ha pasado?
—No sé exactamente a que te has dedicado en estos días, así que todo era posible.
—Bah, bah, bah, Milo. —Rió por debajo de la máscara. Su dedo golpeó suavemente la nariz del santo. —No es como me haya ido de vacaciones.
—Mucha gente se tomó vacaciones estos días.
Naiara lo miró de soslayo, a sabiendas de lo que sus palabras significaban. No iba a poner sus ideas al descubierto, ni a expresarlas en voz alta, porque Milo sabía que las paredes escuchaban. Pero quedaba muy claro que conocía la pequeña aventura a la que había arrastrado a sus amigos.
Él no lo sabía, sin embargo, a la amazona de Caelum le resultaba prudente su silencio. Después de todo, a ella misma se le había ordenado hacer lo mismo.
La segunda sorpresa de su mañana había sido, nada más ni nada menos, que Su Ilustrísima en persona. La morena estaban segura de que había estado buscando el momento de abordarla, cuando estuviera sola y no hubiera testigo alguna de su conversación. Los trescientos años de Shion no eran en vano; era un hombre listo, perspicaz y sumamente político. Aún las pequeñas intrigas como aquella, sabía manejarlas con un toque de excepcional delicadeza. Si Naia se había atrevido a pensar que las consecuencias de los sucesos que la llevaron a Jamir y la trajeron de vuelta, terminaron la noche anterior en el Salón del Trono, estaba sumamente equivocada.
—Estás muy seria…
—¿Eh? —Despertó de sus recuerdos. No estaba seria, estaba pensativa. Tenía mucho que meditar. —Solo pensaba un poco.
—¿En qué? Dime que no tienes pesadillas con el viejo. Sé que se ha puesto severo esta vez.
—Eventualmente las tendré. —Trató de sonar divertida y graciosa, aunque aquella frase encerraba más verdad de la que le gustaría.
—Solo pórtate bien. A él le gusta que todo funcione como debería. Así que, verás, yo me aseguraré que Kanon deje de comportarse como un idiota; Saga, estoy más que seguro, hará todo lo posible por ser un hijo obediente y bueno por la siguiente temporada; y tú… tú, mi estimada Caelum, preocúpate por ti y por ser una monísima nuera, de esas que al viejo le gustan y que no le causaban problemas.
—¿Esas existen?
—Sé que hay una pelirroja por ahí que ostenta el título de nuera favorita.
—Estás en lo cierto—bufó— Y estaría bien hacerle un poco de competencia a Marin, si supiera como hacerlo.
—No puede ser tan difícil, ¿o sí?
Tras el rostro de plata, la morena arrugó la nariz y torció la boca. ¡Sí que lo era! ¡Era condenadamente difícil! En especial, considerando el hecho de que su relación con Shion había empezado con el pie equivocado.
Ese mismo día, más temprano, durante el encuentro en su cabaña, el viejo Maestro había sido más que claro en lo que deseaba y esperaba de ella a partir de entonces. Había dejado atrás los rodeos y también se había olvidado de las consideraciones. Después de todo, Saga no estaba ahí para refutarle cada palabra, ni para imponer sus propios términos por encima del sentido común. Solo estaban él y ella, nadie más, en una conversación que, a demanda suya, quedaría exclusivamente entre ambos. Nadie jamás sabría lo que se había discutido en el lugar.
Ya no se trataba solamente de discreción, sino que había ido un paso más allá, a territorios que la amazona consideraba peligrosos para su relación con Saga.
Shion no le había pedido, sino exigido, que mantuviera una distancia prudente, no solo de Saga, sino también de Kanon. A Saga jamás le pediría tal cosa, no sin esperar que se levantara en pie de guerra. Pero por el bien de ambos, había dicho el lemuriano, en uno de los dos debía caber la prudencia… aparentemente, esperaba que fuera en ella.
A Naia, la idea no le gustaba, en lo absoluto. Era una cuestión de lógica pensar que la distancia, aún si fuera infinitamente menor a la que habían enfrentado ya, solamente erosionaría su incipiente relación. ¿Cómo se podía estar con alguien, si debían cuidar apariencias y espacios todo el tiempo? ¿Cómo podrían sobrellevar el acoso del que eran víctimas, si eran los propios ojos del Maestro, aquellos que todo lo veían, los primeros en seguirles?
En aquel momento, la amazona no tenía respuestas para sus preguntas, solo muchísimo miedo. Pero se había dicho que superaría a los últimos y encontraría a las primeras. Al costo que fuera, encontraría el modo de que Saga y ella funcionaran, como la pareja que eran.
Debía ser astuta, más astuta que Shion; y mil veces más obstinada. Si quería al geminiano, tendrían que levantar la cabeza para afrontar la tormenta con estoicismo.
Saga ya había arriesgado todo por ella en dos ocasiones. Una vez le había costado el trono; la otra, había arrasado con la confianza del Patriarca. Caelum no permitiría una tercera. Él había hecho su parte, así que ahora era el turno de la suya.
El primer paso era bien claro, en palabras más o menos adecuadas en la boca de Milo: ser buena. Debía demostrarle a Shion que estaba equivocado al juzgarla. Para conseguirlo, tendría que ir más allá. Ya no solo se trataba de demostrar su valía como guerrera, sino como persona. Ese infinito cariño que sentía por los gemelos, era probablemente lo único que tenía en común con el peliverde. Entonces, si su batalla era la misma, si su objetivo era la felicidad de los chicos, ¿por qué distaban tanto en opiniones?
Naia quería a Saga, lo adoraba casi con obsesión. Pero también debía cuidarlo.
Así que sería inteligente: obedecería. Mantendría su distancia hasta donde pudiera, más no lo dejaría ir nunca. Haría los mismos sacrificios que él había hecho por ella, porque Saga lo merecía. Si le quería para ella, sortearía los obstáculos uno por uno… y Shion sería el primero.
—Caelum, ¿me estás escuchando? —Se quejó el escorpión. Llevaba un buen rato en un soliloquio que ella había pasado por alto completamente.
—¡Lo siento, Milo!
—Piensas demasiado en él. ¡Me pondré celoso! —Pero aquella mueca de disgusto en sus labios, barnizada con un dejo de travesura, la contagió y la hizo sonreír.
—Me temo que tendrás que aprender a lidiar con los celos, bicho.
—Ya me escuchará ese idiota hermano mío, ya verás.
Caminaron algunos metros más, en silencio. Para el santo todo era optimismo. Para la amazona, era una mezcla de sentimientos, todos contradictorios.
Miedo y coraje. Rabia y alegría. Decisión y dudas.
—¿Sabes, Caelum? —Naia volteó a verle. —Es bueno ver que todas las cosas vuelven a su sitio. Ya sabes… tú estás de regreso en casa después de unas largas vacaciones, Géminis vuelve a tomar vida, el arquero perdió las ojeras y Apus se ha curado milagrosamente de esa fiebre rara que la tuvo en cama por días. ¡Ah! La paz ha vuelto. Hay que preservarla. Hay que esforzarnos por ello.
Naia suspiró. Una vez más, Milo tenía razón… se aseguraría de que los buenos tiempos perduraran.
-X-
Jabu suspiró de nuevo. No tenía la menor idea de cuantas veces lo había hecho ya, pero el creciente nerviosismo que había anidado en su pecho, le hacía francamente difícil pensar en otra cosa, o incluso respirar. Echó un vistazo a Argol, que esperaba pacientemente recostado en los primeros escalones que subían hacia las Doce Casas, y por un instante, valoró la opción de sentarse junto a él.
Sin embargo, estando tan tenso como se sentía, dudaba mucho que fuera capaz de mantenerse quieto ahí por mucho tiempo, y lo que menos deseaba en su primera misión fuera del Santuario, era empezar haciendo el ridículo con sus compañeros. Todos infinitamente más capacitados que él y con mucha más experiencia.
—Relájate, chico. —La voz de Asterión le sobresaltó. El moreno se había acomodado tranquilamente junto a Argol, y por un instante, el más joven sintió la mirada de todos sobre él.
—Estoy bien. —Escuchó la risa del Santo de Canes, y no se movió. Desde donde estaba, les tenía a su espalda. Mejor así, pues estaba seguro que se había sonrojado ante la reacción del mayor.
—Jabu vivirá. —El comentario de Argol le sacó de balance.
Se llevaban bien, y a decir verdad, Jabu había encontrado en él un buen amigo y protector; pero no estaba acostumbrado a esas pequeñas defensas frente a los demás. Claro que, tampoco estaba seguro de que Perseo tuviera razón en ese caso.
Argol, por su parte, se había tomado especialmente en serio la misión que Saga le encomendase al poco de volver. Mantendría a Jabu sano y salvo, por tanto tiempo como pudiera. No era solamente por el hecho de que Saga resultaba un tipo intimidante cuando daba ordenes, sino porque de alguna manera, sabía que el benjamín del equipo también le importaba al geminiano. Tenían entre ellos al amigo más cercano de la diosa ahora que los otros cinco habían desaparecido del mapa. ¡No podían dejar que nada le sucediera! Eso, y que además, Argol siempre se había tomado muy en serio su papel como santo. Era bueno en lo que hacia, reflexivo y le gustaba pensar que además, era bueno con la estrategia. Sin embargo, la más importante de todo, era que siempre se había sentido respetado por todos en el Santuario.
Incluso Aioria, allá por los tiempos difíciles, le había mostrado respeto. Eso, le valía más que nada en el mundo, o casi. Y no estaba dispuesto a hacer nada que lo estropease, así tuviera que ser la niñera del año.
—Solamente has de concentrarte en no hacer nada estúpido, Jabu—masculló la cobra. Tatiana, mientras tanto, se mantenía más alejada, pero completamente silenciosa. Eso si, ninguno allí dudaba de que la amazona les estaba prestando máxima atención.
—Todos nos concentraremos en no hacer nada estúpido. —La voz de Saga les pilló a todos de improviso, y como si de una coreografía ensayada se tratase, voltearon en su dirección a la vez.
Jabu entreabrió los labios. Aioros acompañaba al geminiano, caminando a su derecha, y aunque les había visto vestir sus armaduras en numerosas ocasiones, aquella imagen tenía algo de especial. Se veían deslumbrantes. La larga melena azul y la inmaculada capa blanca ondeaban suavemente al son de la brisa, mientras, casi sin querer, acariciaban sutilmente a las preciosas plumas de Sagitario. Tras ellos, la escalinata zodiacal dibujaba un paisaje místico, y por primera vez, Jabu se vio totalmente embelesado por su presencia.
Era como si, simplemente, un par de dioses guerreros descendieran del Olimpo. Así se veían, y así se sentía su presencia y el cosmos que les envolvía. Jabu se sentía minúsculo frente a ellos, y aunque estaba acostumbrado a la presencia de Saga, la magia indescriptible de aquella leyenda que formaban el uno junto al otro, le dejó sin palabras. Vio de soslayo a los demás, y de alguna forma, supo que ellos habían sentido lo mismo.
—Todos sabéis ya cual es la misión, así que no hay mucho más que decir, a parte de que no quiero ninguna salida de tono. —Los ojos esmeralda de Saga se clavaron en la máscara plateada de Shaina por unos instantes. No dijo nada más, pero casi de modo inmediato, los músculos de la amazona se tensaron como respuesta.
—Evitemos los accidentes innecesarios, ¿si?—continuó Aioros. Los demás asintieron.
—Llegaremos a Metsovo aún de día. Así que evitaremos por todos los medios que los civiles puedan vernos, y nos ahorraremos un montón de explicaciones innecesarias. Y…
—Rompamos las menos cosas posibles. —Aioros, con tono casi suplicante, terminó por él.
En ese instante, Saga escuchó la dulce risa de Tatiana en su mente. Sus ojos se cruzaron con su máscara, expectantes.
—"Esto me trae muchos recuerdos." —La escuchó decir. — Buenos recuerdos."
—Marcharemos con la Otra Dimensión. —Saga vio a todos fugazmente, y cuando se cruzó con la rusa de nuevo, sonrió.
Tenía razón.
-X-
Aioria nunca había sido un ser de mañanas. Siempre, desde que tenía memoria, levantarse le resultaba la tarea más difícil del día. Aioros solía decirle que, como todos los grandes felinos, dormir el día entero era parte de su naturaleza. Pero su hermano jamás le había permitido una mañana libre desde que se pusiera a cargo de sus entrenamientos. Eso era algo que, muy a pesar de todo, Aioria había cumplido a rajatabla aún en su adultez.
Con el final del invierno en puerta y la entrada de la caliente primavera, los entrenamientos se había adelantado de horario. De ese modo, santos y amazonas podían esquivar el ardiente Sol del mediodía. Era un gran medida, a la que el león no le tenía rencor. Pero despertar al alba iba en contra de todo lo que él creía.
Lo peor era que, por la tarde, cuando toda actividad cesaba y lo único que quedaba pendiente era esperar por la hora de la cena, los ojos comenzaban a cerrársele.
Aburrido, solía tomar caminatas por los terrenos del Santuario. Por alguna extraña e incoherente razón, no le costaba mezclarse con los rangos inferiores, a pesar de las constantes humillaciones que había sufrido durante su niñez a sus manos. Recorrer los senderos y observar el funcionamiento de la Orden era lo que le había llevado a comprender la inercia de su propia gente. Además, ahora que los vientos de cambio llevaban al Santuario en la dirección correcta, le agradaba la idea de conocer a aquellos por quienes, y con quienes, habría de compartir una guerra más.
—Aioria. —Le saludó un pequeño grupo de guardias que cruzó cerca de él.
—Ey, ¿qué tal?—respondió el saludo, mientras su voz se ahogaba en un nuevo bostezo. No hubo más palabras y rápidamente, volvió a encontrarse solo.
Oteó los alrededores en busca de conocidos, pero no divisó a nadie. Así que buscó cualquier sitio cómodo para sentarse y se acomodó justo a las afueras del Coliseo. Curiosamente, a esas horas de la tarde, cuando solamente quedaban unos pocos minutos de luz solar, el Santuario revivía. Todos aquellos que se escondían del inclemente calor del Mediterráneo, salían en busca de la reconfortante y fresca brisa que soplaba desde el mar. Además, con ayuda de los rayos rojizos del sol vespertino, la magia de los dominios de la diosa despertaba.
A pesar de haber pasado su vida entera en aquel sitio, Aioria no era la excepción: conservaba esa fascinación infantil por el mundo mítico en el que vivía.
De pronto, algo lo hizo respingarse. Fue una imagen la que capturó su atención, mucho más allá, donde alcanzaba a verse la entrada de las doce casas. Se incorporó y miró con atención. Había algo tan familiar como especial en dicha visión.
Habría reconocido ese par de suaves y sutiles cosmos donde fuera. Pertenecían a un pasado que creía haber olvidado, pero que seguía ahí, escondido y resguardado en lo más profundo de su ser. La diferencia era que ahora eran reales, y no sacados de un sueño antiguo, como los recordaba. Saga y Aioros estaban ahí, enfundados en el aura magistral de Géminis y Sagitario. El brillo de sus armaduras era inconfundible. Tan único como sus cosmos. Eran una visión de pura magia.
Sin darse cuenta, sus labios se curvaron en una sonrisa. Eran esos pequeños momentos los que hacían tan especial su regreso.
—Estás de buen humor. —Miró hacia el lado opuesto y se encontró con la máscara de Marin. Ensanchó su sonrisa, invitándola a sentarse junto a él.
—En realidad estoy adormecido.
—Pues para alguien que está dormido, sonríes demasiado. Debe ser divertido soñar despierto. —La aseveración le robó una carcajada. —¿Qué tanto miras?
—Ahí, mira. —Le apuntó en dirección a donde los equipos de Saga y de Aioros se reunían. No pudo ver las emociones en su rostro pero de algún modo, la imaginó sonriendo como él. —Mi hermano y Saga se alistan para salir en una misión. Irán a cazar empusas.
—¿Empusas? ¿De verdad?
—Sí. —Repentinamente, la sonrisa se le esfumó de los labios. El ceño se le frunció ligeramente. —Parece que todos los demonios de los mitos se han liberado en el mundo real.
—Eso ha sonado muy oscuro.
—Es lo que tienen los monstruos.
Sin embargo, su mirada volvió a ser atrapada por la visión de los santos dorados a los pies de la colina zodiacal. Por un instante, se le antojó la idea de acompañarlos y volver a presenciar con sus propios ojos esa sincronía única que había hecho de ellos una leyenda.
Para su mala suerte, no podía. Se conformaría con lo que Aioros pudiera contarle a su regreso. Ya tendría otra oportunidad.
—¿Puedo preguntarte algo? —Marin volvió a despertarlo de su letargo. Asintió y la dejó hablar. —Caelum volvió al Santuario anoche y hoy se reintegró a los entrenamientos.
—Sí, así es.
—Eso fue obra de Saga, ¿cierto? —La pregunta le sorprendió. No tenía secretos con Marin, pero la historia de Saga y Naiara era una que no había compartido con ella. No era por falta de confianza, sino porque se trataba de la privacidad de alguien más. Y aquello merecía respeto.
—¿Qué sabes de todo esto?
—Solo lo que dicen los rumores. —La pelirroja encogió los hombros. —Gracias a Shaina, a Kanon y a toda esta serie de eventos desafortunados, no es ningún secreto que tienen una relación complicada. —Y aquella era solo una forma de llamarla. Por supuesto, ella no era nadie para juzgar algo que ella misma compartía con alguien más.
—Es Saga. Si hay algo que nadie le envidia, es la atención que consigue sin proponérselo.
—Es que eso es lo que me preocupa. Doy por sentado que, muy a pesar de haber conseguido su regreso, no creo que haya sido en los mejores términos con el Maestro. —Aioria escuchó con atención. No le sorprendía que Marin fuera lista y se fijara en detalles que los demás podían pasar por alto. Lo que le pillaba por sorpresa era lo acertada que podía llegar a ser. —Así que me inquieta como continuará esta historia, porque Caelum no tendrá nada sencillo a partir de ahora. Y el primer gran escollo está precisamente ahí. —Apuntó hacia donde los dos equipos se reunían.
Entre dientes, el león gruñó. No se requería de genialidad para saber de quien estaba hablando.
Shaina. Siempre era Shaina.
Jamás había entendido el funcionamiento del cerebro de esa mujer. Como amazona y compañera de Orden, le tenía un respeto infinito. Pero, con todas sus virtudes como guerrera, no podía negar que era una mujer problemática y deliberadamente belicosa. Alguna vez Marin había sido el blanco de su rabia y la Cobra se había esmerado en destruirla. Ahora que ambas eran amigas, había encontrado alguien más en quien canalizar su odio.
—Por lo que sé, el Maestro la ha puesto sobre aviso de que no tolerará un nuevo escándalo. Creo que Saga hará lo mismo—dijo él.
—¿Y crees que a ella va a importarle? Tú la conoces, sabes bien como es; eso no va a detenerla. Si puede hacer leña del árbol caído, la hará. Naiara tendrá que ser extremadamente lista y muy paciente. Shaina la pondrá a prueba, tantas veces como pueda, hasta hacerla tropezar.
—Por los dioses. —Aioria se cubrió el rostro con las manos. —¿Cuánto más lejos va a llegar esta situación? Es ridículo.
Marin no respondió. Sin embargo, su silencio lo dijo todo.
Estaba de acuerdo y, de un modo u otro, le preocupaba. Ella había sido alguna vez la víctima favorita de Shaina y sabía lo que eso representaba. La Cobra era implacable cuando se lo proponía, dura y sagaz como ninguna; la peor enemiga que cualquiera podría encontrar.
Llevó su mano a la de Aioria y enredó los dedos con los de él. Los tiempos difíciles habían terminado para ella. Pero los recordaba tan bien, que solo podía sentir una pena profunda por Caelum y una aún mayor por Saga.
-X-
El atardecer estaba cayendo cuando pisaron las afueras de Metsovo. Siendo la zona más montañosa de toda Grecia, furiosas nubes negras envolvían el nevado monte Pindo. Y el valle en el que la antigua ciudad había echado raíces, parecía hundido en una neblina permanente y húmeda, iluminado tenuemente por las luces anaranjadas de las casas más alejadas del bullicio de la ciudad.
Sabían que aquel era su destino. Fuera cual fuera el motivo, todas las criaturas que habían enfrentado hasta entonces, habían aparecido en lugares poco poblados o alejados de las muchedumbres. Era como si aquel ente divino que manejaba los hilos de la guerra desde las sombras, utilizara las zonas más despobladas y de viejas tradiciones aún muy arraigadas para sembrar el terror. Así, la lúgubre leyenda era capaz de crecer por si sola.
—Aprovechemos el tiempo que tenemos hasta que caiga la noche y hablemos de esto. Dejemos todo lo más claro posible—dijo Aioros.
—¿Por qué no ir ahora que aún tenemos luz? —Spartan no hablaba mucho. Así que escuchar su voz fue una sorpresa para todos.
—No se manifiestan de día—explicó Saga—. Todos los ataques han tenido lugar en plena noche. Además… —Llevó la vista al bosque que lamía las orillas del poblado. —Es posible que hoy sea una noche movida. Si todo lo que se cuenta de las empusas es cierto—y asumía que lo era—, la noches de luna llena las vuelve especialmente activas.
—Es probable que las encontremos a todas—continuó el castaño.
—Pero, ¿cómo vamos a encontrarlas? Por lo que sabemos, son ellas quienes "encuentran" a sus víctimas. —La pregunta de Jabu, fue seguida de un silencio. Los ojos de Aioros buscaron a los de Saga.
—Exactamente así. Dejando que elijan a una víctima. —Jabu guardó silencio, pero su mandíbula se tensó.— Pero no creo que sea necesario. Supongo, que como criaturas mitológicas que son, tengan alguna especie de cosmos o energía que podamos detectar. —Jabu se revolvió el pelo con nerviosismo. Ellos, que eran santos dorados, quizá podrían. —Además, Asterión es bueno en eso.
—Si, pero… no sé si podré ubicarlas. Es relativamente sencillo hacerlo con un ser humano, porque su mente está llena de pensamientos. Es un torbellino de ideas que está en permanente movimiento. No tengo la menor idea de que hay en la mente de una empusa… si es que queda algo una vez que se transforma.
—¿Solamente buscamos mujeres?—preguntó Tatiana.
—Técnicamente… sí. —Aioros contestó a su subordinada casi inmediatamente, pero no sonaba muy convencido. Ya había hablado de ello con Saga, y tenían serias dudas al respecto.
—Se supone que tienen cierta similitud a las lamias. Mujeres exuberantes que cazan a algún idiota desvalido, pero nunca nos hemos enfrentado a esto. No sabemos si son mujeres como tal o pueden ser más jóvenes.
—¿Niñas? —La pregunta de Shaina, era más una afirmación. Saga solamente asintió.
—De todas formas, no puede quedar ninguna viva. —Más de uno se estremeció al escucharlo hablar con tanta tranquilidad, con lo que sus palabras implicaban. —Cuidaos especialmente de las heridas sangrantes. Lo más probable es que se vuelvan locas si la huelen o la ven.
—Tampoco dejéis que os muerdan. —La voz de Aioros, que siempre solía tener un peculiar punto de alegría, sonó seria y segura. —No tenemos la menor idea de que podría suceder, pero sabiendo que son amantes de la sangre y la carne humana, mejor no arriesgarnos.
Jabu estaba seguro de que el color de su rostro iba desapareciendo por momentos. No había mencionado palabra alguna, porque lo cierto era que no sabía que preguntar. Y si decía algo, lo más probable es que fuera una tontería. Todos los demás tenían mucha más experiencia que él, y aunque el enemigo fuera una incógnita, más o menos sabían que esperar.
Respiró hondo, pero apenas el aire llegó a sus pulmones, todo cambió.
Aioros y Saga voltearon exactamente en la misma dirección, Asterión se levantó del improvisado asiento con los labios entreabiertos y el ceño fruncido.
Entonces, un alarido desgarrador resonó en la oscuridad, pero no procedía de la ciudad.
-X-
Los santos marcharon a toda velocidad a través de un camino empedrado que terminó por conducirles a la cuna del valle. Los alaridos habían cesado de repente.
La espesura del bosque allí era tal, que parecían caminar sobre una mullida alfombra de musgo prácticamente azulado. Al fondo, unas cuantas luces tenues se filtraban entre los árboles, y cuando avanzaron un poco más, descubrieron un claro donde se alzaba una iglesia minúscula y desvencijada. Junto a ella, pequeñas casas de piedra se esparcían. Todo allí era viejo, viejo y pobre, tal y como si hubieran viajado tiempo atrás, hasta una aldea del medievo.
La hierba crecía entre las piedras del piso, y el barro convertía todo en una pista resbaladiza. Sin embargo, cuando Aioros miró al suelo, frunció el ceño. Alzó la mano, y en silencio detuvo al grupo.
Sangre. Ríos de sangre entre el agua sucia y el barro.
Saga lo alcanzó, y sus ojos esmeralda siguieron el rastro. Fuera quien fuera el pobre desgraciado dueño de aquella sangre, ya debía de estar muerto. Pero ni siquiera la ausencia del cuerpo les resultó alarmante, puesto que las marcas del suelo, les decían mucho más de lo que sus ojos habían podido ver.
Avanzó un par de pasos, siguiendo las huellas, pero con su cosmos plenamente alerta, y cuando volteó a la derecha, hacia un callejón de apenas un par de metros de anchura, encontró lo que buscaba.
Su cosmos ardió y sus compañeros se pusieron en guardia rápidamente. Frente a él, dos empusas alzaron el rostro ensangrentado. Sus lenguas bífidas lamieron los goterones de sangre que rodaban por sus barbillas, y sus ojos ambarinos y centelleantes se clavaron en los suyos, olvidándose del viejo destripado muerto a sus pies. Un sacerdote, a juzgar por sus ropas.
Después, aullaron y todo se sucedió a una alarmante velocidad.
Se abalanzaron sobre él como fieras hambrientas, pero cuando su cosmos ardiente y dorado, que previamente había envuelto sus manos, impactó sobre los monstruos, nada más quedó de ellas que un reguero de sangre ahumada y goterones de bronce derretido mezclándose con el barro.
—¡Cuidado todos! ¡Vienen más!—gritó el arquero a sus espaldas.
—¿Estás listo? —La pregunta de Saga, directamente a la mente de Aioros, forzó un gesto lleno de determinación en el arquero. Hacía mucho que no atendía una misión, y a decir verdad, nunca había tenido la oportunidad de entrar en batalla. Mentiría si dijese que no estaba nervioso, pero… la adrenalina corría con tanta fuerza por sus venas, que la respuesta abandonó su mente antes de que pudiera pensarla.
—Si.
-X-
—¿Puedes leer algo en ellas?—preguntó Aioros en medio del caos.
—¡Todo es confuso!—respondió Asterión—. ¡Es como…!
—¡Tan solo averigua lo que puedas! —Aioros no lo dejó continuar. —¡Necesitamos recabar toda la información que podamos para el futuro!
Una lluvia de flechas doradas surgió de su mano cuando una de las empusas corrió a roda velocidad hacia el santo de Canes. Asterión se mantenía más estático que el resto, más expectante y concentrado en su intento por leer las mentes de aquellas criaturas, por lo que, a pesar de ser un chico muy habilidoso, era vulnerable en aquel momento. El santo se lo agradeció con un gesto de su rostro, y Aioros continuó observando.
Al menos seis empusas más habían surgido de la oscuridad. Todas eran similares, pero a la vez, ligeramente diferentes, como si su transformación no siguiera el mismo ritmo. Algunas de ellas habían visto como sus brazos antiguamente humanos, se habían transformado en las mismas cuchillas letales que sus piernas. Aparentemente, estás eran las más peligrosas, pues eran asombrosamente rápidas, pudiendo impulsarse con sus "manos" como si de una araña se tratase. Otras, sin embargo, gozaban aún de los rasgos mortales en sus extremidades superiores… y aquella similitud que aún guardaban con su antiguo cuerpo de mujer, era un recordatorio peligroso de lo que el mundo en que vivían eran capaz de hacer.
Solamente había que ver el rostro desencajado de Jabu para saberlo.
Tal y como si Argol hubiera leído su mente, una de las empusas que rápidamente se acercaba hasta el chico del Unicornio, se convirtió en piedra al contemplar el brillo de los ojos de Medusa. Después, con apenas una explosión de su cosmos, la pintoresca estatua se hizo añicos.
—Vamos, Jabu—siseó—. ¡Despierta!
Pero Aioros tampoco tuvo mucho más tiempo para atender los problemas del otro equipo. Lo cierto, es que cuando la estela dorada de Saga pasó a su lado como un rayo, recordó que ya tenían a alguien que se ocupara de ellos. Aioros tenía un equipo propio, responsabilidades.
Sonrió.
La familiar sensación de la Otra Dimensión abriéndose poco más allá, y arrastrando todo a su paso, lo trasladó por unos instantes más de quince años atrás. Aquellos tiempos en que él y Saga eran la referencia de la orden. Cuando nada ni nadie parecía capaz de hacerles frente. A aquellos tiempos en que ambos tenían grandes sueños y deseaban, con todas sus fuerzas "cambiar el mundo", tal y como Saga había mencionado una mañana soleada antes siquiera de vestir Géminis por primera vez.
Aioros sonreía, porque después de mucho tiempo, de muchas dudas y titubeos, de nuevo se sentía como lo que era: el Santo de Sagitario. Un guerrero prácticamente perfecto, con la adrenalina del combate recorriendo sus venas como la primera vez.
Elevó su cosmos, y de un modo casi instantáneo, sus alas se desplegaron, danzando con la luz dorada que él mismo emitía, y el polvo de estrellas que ellas desprendían.
—¡Trueno atómico!—gritó, y hubiera jurado escuchar, no mucho más allá, la sutil risa de Saga al contemplarlo.
-X-
—Están todas muertas. —La voz de Shaina resonó tras la máscara de plata. —Al menos éstas seis, y las otras dos—dijo, mientras dejaba caer uno de los cuerpos en el centro de la plaza, con los demás cadáveres.
Saga asintió. Después de que ambos equipos hubieran superado la bienvenida, las cosas habían ido bastante bien. Y aunque no había sido difícil deshacerse de las empusas, había algo que no terminaba de encajarle.
Oteó de un lado a otro, en busca de algo que diera respuesta a sus dudas, pero no encontró nada más que un pesado silencio. Y bien sabía que, usualmente, eso no era una buena señal. Estaban en un maldito bosque, a la orilla de un río… frente a lo que parecía un viejo monasterio o convento.
—Revisemos todo esto. Debería haber alguien más aquí.
—¿Crees que haya supervivientes? —La pregunta de Aioros no recibió respuesta. Solo una mirada fugaz de los ojos del geminiano que hablaron por él. Saga no creía que quedara nadie vivo en aquel lugar, y aunque la decepción se plasmó en los ojos del arquero, rápidamente cayó en la cuenta de que él mismo pensaba igual. El panorama era desalentador.
—Buscaremos bien, por si acaso. No puede quedar ninguna empusa, y aún las hay.
—De acuerdo, nosotros iremos por el lado izquierdo. —Saga asintió, y con un gesto de su mano, los miembros de su equipo emprendieron el camino hacia la derecha del claro.
—Separémonos. Si encontráis supervivientes, id hacia el claro y permaneced ahí con ellos. Si lo que encontráis son empusas, matadlas. No puede quedar ninguna. —Después de eso, saltó, alcanzando el tejado que quedaba a sus espaldas. —Yo iré por arriba.
-X-
Jabu se adentró en el pequeño edificio anexo a la iglesia, casi a regañadientes. Algo dentro de si, le decía que lo mejor que podía hacer en un momento como aquel, era salir tan rápido como había entrado, y confiar en que sus compañeros lograsen acabar la misión con éxito.
Estaba asustado, y se maldijo a si mismo por ello.
Ban, él, y los demás, se habían propuesto progresar hasta ser santos respetables. Sabían de sobra que no estaban a la altura, y cada paso que daban no solo solía resultar doloroso, sino que generalmente les dejaba solos frente a situaciones que jamás habían enfrentado previamente o que no sabían como manejar. Y se aplicaba lo mismo a ciertos sentimientos que afloraban de vez en cuando, como en aquel instante.
Echó la vista atrás un segundo, deseando encontrar poco más allá a Saga o Argol. Aunque lo cierto era, que cualquiera de los demás le servía. Incluso Shaina. Pero no fue así. Así que el chico, volvió la vista al frente y suspiró. Respiró hondo un par de veces y apretó los puños.
Después, se adentró en lo que parecía un destruido comedor. Fuera lo que fuese que había sucedido allí, había sido terrible. Los muebles estaban destrozados, y las paredes, ya sucias de por si por el tiempo y la humedad, lucían salpicaduras de sangre por todas partes.
El chico arrugó la nariz. El hedor hablaba por si solo. Apartó un par de tablones, y el cadáver destrozado de lo que parecía una chica, quedó completamente a la vista. Tragó saliva, y contuvo las nauseas del mejor modo que pudo. Después, cuando oteó el resto de la habitación y decidió que no había nada ahí, se dio la vuelta dispuesto a marcharse.
Sin embargo, un sonido junto a la puerta lo alertó. Uno de los armarios permanecía en pie, y el sonido, hubiera jurado que provenía de su interior. Acercó su mano titubeante hasta el pomo, y cuando abrió, soltó el aire que había contenido en sus pulmones.
Solamente era una niña. Una niña de cabello rubio y brillantes ojos ambarinos que lo miraban fijamente entre temblores.
—Todo está bien. —Se apresuró a decir. Después, le tendió la mano. —Vamos, salgamos de aquí, os ayudaremos. —Ella continuó observándolo, como si nada de lo que habían pronunciado sus labios, le resultase comprensible.
Jabu asintió para si mismo. La tomó en brazos del mejor modo que pudo, y salió de allí a toda prisa.
-X-
—¿Crees que ellas puedan identificarnos? —La pregunta de Aioros resonó en su mente.
—¿A qué te refieres?
—Las empusas, ahora que han perdido su humanidad y son solo unos monstruos mitológicos de cosmos burbujeante e incontrolado… ¿crees que pueden saber que nosotros somos Santos? ¿Crees que distinguen entre nosotros y un humano? Obviando las armaduras, claro…
—Pues…—replicó Saga tras unos segundos de silencio—. No lo sé. Podemos probarlo.
—¿Cómo?
—Tengo una idea…
-X-
Apenas llegó al claro, Jabu dejó a la chiquilla en el suelo. La observó con interés, y entonces reparó en la herida de su brazo. La carne estaba desgarrada algo más arriba del codo, y a pesar de la sangre que brotaba de ella con fuerza, podía ver el hueso. Frunció el ceño. Era una herida terrible, y la niña apenas temblaba. Debía estar inmersa en un shock terrible.
—Deja que me ocupe de eso, ¿si? —Volteó a los lados, hasta que sus ojos se toparon con Spartan, que traía de la mano a un niño hecho un mar de lágrimas. Una sonrisa se dibujó en el rostro de Jabu al reparar en él. —Bien, esto es genial—dijo cuando lo vio tuvo al lado.
—Sí… pero esto parecía una especie de… casa de acogida u orfanato. Así qué… —El moreno se encogió de hombros, mientras el llanto del pequeño, resonaba en el claro. —Las victimas que he visto… —"Son todas niños", quiso decir.
—Necesito algo con que tapar su herida. —Spartan asintió, dejó al niño junto a la chica rubia, y tras un par de minutos, volvió de nuevo con unos trozos de tela con que vendarla.
—Creo que esto bastará.
Mientras la vendaba, Jabu observó a Spartan de soslayo. Estaba nervioso, y sus ojos iban de acá para allá con rapidez, apenas reparando en lo que él hacía o dejaba de hacer. Entonces, como una exhalación, Tatiana apareció a unos metros de ellos, moviéndose a una velocidad asombrosa, y con la elegancia de un felino.
—¡Garra del Lince!—gritó.
—¡A mi la Cobra!
Después, se desató locura de alaridos una vez más. Jabu no tenía la menor idea de donde aparecían tantas, pero agradeció que sus dos compañeras estuvieran ahí, Spartan se unió a ellas rápidamente, dejándolo solo con los dos únicos supervivientes que habían encontrado hasta el momento. Sin embargo, el frenesí de las empusas parecía no ceder.
Salían de todas partes, tal y como si hubieran golpeado un avispero. Entonces, cuando se percató de la técnica de Asterión, se dio cuenta de que eso era exactamente lo que habían hecho. Cientos de réplicas del santo de Canes rodeaban el claro, atacando y enervando a las empusas atrapadas. De algún modo, habían logrado llevarlas hasta allí, y acorralarlas.
El niño junto a él, que no tendría más de siete u ocho años, se aferró a su mano con fuerza. Entonces Jabu despertó de su letargo. Llevaba desde que habían llegado deseando desaparecer, deseando volver a casa. Pero si no lograban detener esa locura, y sacar algo de provecho de ella, de nada habría servido.
Se concentró tanto como fue capaz en medio de aquel caos, y recordando todo lo que Argol y Saga le habían explicado acerca del control de su cosmos, lo prendió. Trató de aplacar sus nervios, y mantener la concentración tanto como fuera capaz, después, su cosmoenergía violácea lo rodeó, expandiéndose cual ondas dejadas por una piedra al caer a un lago.
Después, suspiró. Solo tenía que mantenerse fuerte, y su cosmos debería ser capaz de protegerlo a él y los dos chicos. Tenía que funcionar. Había estado entrenando mucho… Se había esforzado.
-X-
Argol les vio tan pronto como llegó al claro desde el otro extremo de la plaza.
Saga y Aioros, Géminis y Sagitario.
Brillando, ardientes e inmaculadas en medio de la noche, mezclando su luz de oro con la plata de la luna que se filtraba caprichosa entre las nubes. Observando, como eternos guardianes, todo lo que acontecía a sus pies. Acechando. Aguardando por su momento.
El rubio frunció el ceño al comprender. Esperaban algo. Algo importante en lo que ninguno de los demás había reparado aún.
—En toda colmena, hay una abeja reina. —Escuchó la voz de Saga en su cabeza, y rápidamente alzo el rostro hasta toparse con su silueta recortada sobre la luna. Entonces Argol comprendió, asintió y se dio la vuelta a toda prisa.
-X-
Decir que era hermosa, hubiera sido insultarla. Aquella mujer no era solamente bella. Era… Inexplicable. Un aura divina agitaba su cabello, y sus ojos, que parecían reflejar las estrellas de la noche cuando las nubes destapaban el brillo de la luna, parecían capaces de verlo todo. Caminó despacio, ignorando el desagradable piso sanguinolento y embarrado a sus pies, contoneándose como si caminara por el lecho cristalino de un río y de una ninfa se tratase.
Saga la observó tan atentamente como ella le miraba a él. Se había deshecho de Géminis, y en aquel momento, se veía tan normal como un mortal corriente.
—Eres uno de ellos—habló. Era la única de todas ellas que había articulado palabra.
—¿De ellos? —Aioros rodó los ojos tras la esquina desde donde observaba. A Saga le encantaba hacerse el tonto.
—Uno de los Santos de Athena.
—¡Vaya! ¿Qué me delató? —El geminiano sonrió de lado, y en aquel instante, la mujer se relamió los labios. Su sangre debía ser exquisita.
—No eres como ellos. Tú y tu amigo sois diferentes. Pertenecéis a los Doce. Dioses entre los mortales.
—Es capaz de distinguirnos de los demás… —La voz de Aioros resonó sorprendida.
—¿Y tú? —La mujer se acercó, hasta estar apenas separados por unos pocos centímetros. —¿Con quién tengo el gusto de hablar? —Porque fuera como fuese que funcionaban, Saga estaba seguro que no era la parte mortal quien hablaba. Ningún humano normal y corriente hubiera podido adivinar quienes eran con tanta exactitud. Y si algo sabía Saga, era como sonaba una marioneta en manos de los dioses. Él mismo lo había sido por mucho tiempo.
—Con tu perdición…—siseó, mientras rodeaba la nuca del santo con una de sus manos.
Cualquiera que les hubiera visto, pensaría que iba a besarle. Mas entonces, su cabello se incendió, y la luz del sol pareció iluminar sus ojos. Sus uñas, convertidas en garras, desgarraron la piel de su cuello, mientras la otra se tornó en bronce en un suspiro. La empusa miró sus ojos, pero el terror que vio en ellos solamente la alentó. Una carcajada enloquecida abandonó su garganta y entonces, la aguja de bronce atravesó el corazón del santo.
Después, solamente hubo silencio.
-X-
Jabu se quedó sin aliento. Aún podía escuchar el desagradable crujido de los huesos de Saga romperse cuando la aguja de bronce atravesó su pecho. La defensa de su cosmos, se tambaleó. Entreabrió los labios, queriendo gritar su nombre, queriendo despertar. Aquello no podía haber pasado… ¿Por qué…? ¿Por qué Saga se había acercado tanto? ¿Por qué se había deshecho de su armadura?
Pestañeó un par de veces. No era capaz de entender nada. Y tan concentrado estaba con lo que ocurría con el Santo de Géminis, que no reparó en lo que sucedía a sus espaldas.
La chica gruñó y se relamió. Como si sus labios agrietados fueran capaces de saborear la sangre del santo. Entonces, en medio de su delirio, su cabello rubio se encendió en furiosas lenguas de fuego.
-X-
La sangre corrió por su pecho, pero Saga solamente se llevó la mano hasta el corazón… observando después sus dedos impregnados en el líquido escarlata.
—Los hombres sois débiles—siseó la empusa—. No importa la grandeza de vuestro linaje… todos caéis ante el poder de la hermosura.
De pronto, Saga rió, y ella retrocedió un par de pasos. El Santo debía estar muerto… estaba segura de haber atravesado su corazón. Aulló, y el bronce cubrió sus piernas, convirtiéndola en un monstruo letal.
Se abalanzó sobre él, pero entonces, Saga se esfumó, y el telón de la función cayó con él. La ilusión había terminado. Era hora de ponerse serios.
—¡Destrucción infinita! —La voz de Aioros resonó en mitad de la noche, captando la atención del monstruo.
Ella gritó, sedienta de sangre, cuando una de las saetas doradas rasgo la piel de su pecho, olvidando rápidamente el engaño al que había sido sometida. Corrió hacia él, pero Aioros fue mucho más rápido. Saltó, impulsándose con la pared de piedra a sus espaldas, y batiendo las alas. Y antes de que ella pudiera verlo en lo alto del firmamento, alzándose majestuoso, se topó con el rostro sereno de Saga.
Ahí estaba el santo que la había burlado, envestido en su ropaje sagrado como debía ser, pero tan en calma como la misma ilusión que hubiera proyectado minutos atrás.
—¡Otra dimensión!
La oscuridad infinita devoró el resplandor dorado, y entonces, los ojos de la empusa se abrieron desmesuradamente. Tal y como si de una lluvia de estrellas se tratase, las saetas doradas de Sagitario surgieron del agujero negro. Veloces e implacables.
-X-
—¡Funcionó!—exclamó cuando aterrizó a su lado.
—Por supuesto que funcionó, Aioros. —El geminiano se sopló el flequillo. —¿Creías que íbamos a fallar, o qué?
—Presumido. —Saga sonrió. —Es que… nunca pudimos probar esta combinación. —Y eso que, mucho tiempo atrás, habían soñado despiertos con la cantidad de cosas que podrían hacer juntos. Todo había jugado en su contra.
—Tenía que funcionar. —Lo dijo tan bajo, y con la mirada perdida en el panorama desolador del poblado, que Aioros se vio de pronto contagiado por la melancolía.
Era como si los ojos de Saga no estuvieran viendo todos aquellos cadáveres y cuerpos… Era como si les estuviera viendo a ambos con apenas quince años, defendiendo a Nikos del maldito Athan en el coliseo. El arquero sonrió, y palmeó su espalda. ¡Ah! Si sus maestros pudieran verles ahora…
—Vayamos. —Aioros asintió. —Al menos hay algún superviviente, quizá… —Pero no continuó. Sus ojos se abrieron de par, después solo gritó.— ¡Jabu!
-X-
Cuando se dio la vuelta, Jabu entendió.
Ella apenas se movía. Lo observaba, y sus aullidos, frenéticos y antinaturales, se entremezclaban con los gemidos lastimeros de naturaleza humana. Era como si luchara contra su propia naturaleza.
—¡Mátala!
—¡Jabu! ¡Hazlo!
No supo quien gritó. Quizá fue Argol, o quizá fue Saga, o quizá los dos. Pero él fue incapaz de moverse. ¡La había salvado! ¡La chica no era…! Maldición. Malditos fueran quienes estuvieran jugando con ellos de aquella manera.
Negó rápidamente con el rostro, y cerró los ojos por un segundo, pensando que quizá todo desaparecería al abrirlos. Pero no fue así. Ella seguía allí, a un paso. Retorciéndose y sufriendo. ¡Pero no atacaba! Sin duda, debía recordarle, tenía que hacerlo. Su puño apretado tembló, y el cosmos que había reunido en él, fluctuó hasta casi desaparecer.
—¡No!—gritó de vuelta—. Esta luchando, ella no es peligrosa, ¡está…!
Peleando. Quiso decir. Tratando de sobrevivir. Tratando de…
Pero la sangre que salpicó su rostro lo acalló, y sus ojos azules se llenaron de lágrimas. Agachó el rostro, solo para contemplar como el pequeño que se había aferrado a su mano durante largas horas, se ahogaba en su propia sangre.
La mano de la chica había desaparecido. Se había retorcido, y sus dedos se habían fundido en uno solo hasta que el bronce había hecho de ellos un arma letal.
—No…—musitó, dejándose caer junto a él. Tapando la herida de su cuello con sus manos… viéndolo morir. —No…
—¡Maldita sea, Unicornio! —Esta vez si supo quién lo hablaba. La furia y la autoridad de Saga le resultó inconfundible, y por un momento, espero que la mano del santo le volteara la cara.
—¡Te dije que la mataras! —Después Argol.
Sin embargo, nada de lo que esperaba sucedió. El suelo a sus pies se cubrió de piedra blanca, y con una velocidad inusitada, antes de que el bronce engullera la piernas de la chica, la piedra de Medusa la inmovilizó. Pero Argol estaba demasiado lejos, y desde donde estaba, no podría petrificarla por completo.
Saga apareció a su lado en un pestañeo, y antes de que pudiera si quiera pensar en decir "lo siento", la mano del geminiano lo había levantado del suelo, y sus ojos verdes lo fulminaban.
—¿En qué demonios estabas pensando?—siseó—. ¿Has estado protegiendo a una empusa todo este tiempo?
—Ella… —Una lágrima rodó. —No lo era, ¡Spartan la vio! ¡Solamente tenía una herida! Creí que… —Saga le impedía verla, pero podía escucharla.
—No importa lo que creyeses. Tus ordenes eran claras. Mantén los ojos abiertos, y mata a cualquier empusa.
—Es que… —No supo que decir. Él creyó que solamente estaba asustada. O quizá, prefirió creer que lo estaba, porque ahora que pensaba en ello, sus ojos ambarinos le habían extrañado desde el principio, su silencio y su extraña calma. Quizá, Jabu simplemente no había querido verlo. —Me equivoqué… me…
—¡Sus ojos, Jabu!—farfulló Argol con desesperación—. ¿Cómo es que no te diste cuenta?
—Eres un Santo. No puedes equivocarte en una misión como esta, nunca, jamás, porque hay inocentes que dependen de ti. Y ahora, ¡ese inocente está muerto! El único superviviente, está muerto. —Las palabras de Saga lo golpearon como un yunque. —No hay hueco para las dudas en una misión. Si te hace dudar, mata. Matar o morir. O matas tú, o tus enemigos matarán a quien encuentren por el camino.
—¡Solo es una niña!
—¡Niña o no, es un enemigo! ¿Entiendes eso? Su edad no marca lo peligroso que es. —Saga apretó los dientes. Toda sensación de victoria se había esfumado. —Mátala, y marchémonos a casa. ¡Argol!
—¿Si?
—Deshagámonos de los cuerpos. —Perseo solamente asintió antes de seguirlo.
-X-
Después de la discusión, un silencio sepulcral se habían instaurado entre los dos equipos. Nadie decía nada, aunque unos y otros compartían miradas furtivas. Jabu se había quedado solo, frente a la joven y luchadora empusa, con el cuerpo del niño a sus pies. Era incapaz de dejar de mirarla, aunque lo cierto era que las lágrimas de sus ojos no le dejaban ver demasiado. Casi lo agradecía.
Había fracasado estrepitosamente, y ahora era incapaz de cumplir una orden tan simple como aquella, porque… Ni siquiera lo sabía. Jabu no había matado a nadie. ¡Era…!
Aioros se acercó hasta él, observando a la chica con visible disgusto en su rostro. Después, agachó la mirada hasta el niño, y finalmente volteó hacia Jabu.
—La primera vez es difícil para todos, Jabu. —El chico no contestó. —Pero… —Buscó muy cuidadosamente sus palabras. Jabu era responsabilidad de Saga, y muchos años atrás, ellos dos habían tenido un encontronazo a costa del valor de una vida. No quería entrometerse, y no quería equivocarse; pero si quería ayudar. —A veces es difícil de entender. Yo mismo me lo tengo que recordar continuamente, pero hay casos cuando no podemos otorgarle a nadie el beneficio de la duda, o simplemente mostrar piedad. —Suspiró. —Siempre he sido un tipo idealista. Siempre creí que nuestra misión era proteger a todos, independientemente de que fueran peligrosos o no. Me gustaría poder creer en las palabras de aquellos que se rinden o suplican clemencia una vez que los suyos han sido derrotados. Pero, ¿sabes qué, Jabu? —El chico negó en silencio. —Los ideales, son solo eso: sueños, que ojala pudieran ser ciertos. Los idealistas vivimos mucho menos, y… olvidamos que nuestra fe en todo el mundo, puede poner en peligro a muchos otros.
—Es que… —Fue lo único que atinó a decir.
—Tienes que aprender a diferenciar entre tus deseos y la realidad cuando vistas esa armadura. Porque cuando portas a Unicornio, se espera de ti que hagas justicia, que seas tú quien mantenga seguros a muchos otros que no pueden defenderse por si solos. Somos santos, somos especiales, y por ello nos toca hacer el trabajo sucio.
—Ha muerto por mi culpa—murmuró—. Y les he decepcionado. —No hizo falta que dijera nada más. Sabía que hablaba de Saga y Argol. La admiración que sentía por ambos era infinita y le resultaba evidente.
—Ha muerto por un error, si. —No tenía caso engañarle. Sin embargo, para Jabu, la voz del arquero sonaba tan dulce y con tanta sinceridad, que le resultó difícil dejar de escucharle. Aioros transmitía algo especial cuando hablaba. —Pero piensa que tú también podías haber muerto y eso les hubiera dolido más aún. Ser un Santo es una gran responsabilidad, y muchas veces, saber dominar las propias emociones y sentimientos es aún más valioso que poseer el mejor de los ataques.
—Quizá simplemente no valgo para esto…
—Tonterías. Sino sirvieras, Unicornio te hubiera abandonado. Ser un santo de bronce no significa que no hayas sido tan elegido por las estrellas como lo fuimos nosotros. Eres igual de especial, pero necesitas crecer. Necesitas experiencia.
—No sé como voy a lograrlo. —Su cosmos, aún débil para un santo, pero mucho más fuerte que meses atrás, se revolvió en su puño. —Es que no puedo…
—A nadie le gusta matar… ni a nadie le resulta fácil. Pero todos hemos pasado por ello, y todos, absolutamente todos… hemos llorado mares por tener que hacerlo. En eso nos ganan, ¿sabes? —Sonrió suavemente, y con un gesto de su rostro, señaló a Saga. —Experiencia, y muchas lágrimas ahogadas. Eso, y nunca olvidar quién eres. ¿Quién eres?
—Jabu.
—No. —Aioros chasqueó la lengua. —Eres algo más que eso.
—Jabu de Unicornio.
—Exacto. —Posó la mano en su hombro, y lo estrechó suavemente. —Tienes un equipo excelente y has aprendido mucho estos meses. No puedes hacer nada más que mejorar. —Se dio la vuelta, y se alejó, dispuesto a ayudar al resto en su desagradable cometido. —Lo harás bien y encontrarás el camino.
-X-
Saga no les había quitado la vista de encima. Le hubiera encantado escuchar que era lo que tenía que decir el arquero, pero a su mente había vuelto el recuerdo de su última misión juntos muchos años atrás, e internamente había comenzado a temblar.
En aquel entonces, Aioros le había cuestionado. Le había acusado de no valorar lo suficiente el precio de una vida, y había estado enfadado con él prácticamente hasta que todo se había ido al demonio. Sabía que aquel había sido uno de los factores que había jugado en su contra para que Shion eligiera a su heredero, y aún así…
—Estará bien. —Aioros lo alcanzó. Saga solamente asintió, mientras contemplaba como Argol petrificaba todos los cadáveres que después serían hechos polvo por su cosmos. —¿Estarás bien tú?
—¿Por qué no iba a estarlo?
—Porque te has alterado un poquito momentos atrás.
—El único superviviente muerto, y a él han estado a punto de matarlo, Aioros. ¿Puedes imaginarte como hubiera sido tener que contarle eso a la princesa?
—Lo sé… Lo entiendo, ¿sabes?
—¿El qué?
—Lo que le has dicho. O lo que querías decirle.
—A ti se te da mejor hablar que a mi.
—Yo suelo colorear más las cosas. Pero la cuestión es… —Se quitó la cinta ropa de la frente, y se revolvió el pelo. —Esta claro que eras tú quien tenía razón. —Saga alzó una ceja sin comprender. —Cuando nos dejamos llevar por los sentimientos y los sueños… —negó lentamente. —Ares ya me enseñó lo que podía pasar. —Rápidamente, Saga giró el rostro hacia otro lado. Aioros sonrió con tristeza, Saga seguía siendo incapaz de hablar de ello. —No acerté a atacarle porque para mi, eras tú. Si lo hubiera hecho, las cosas podían haber sido muy diferentes. Tú hubieras podido hacerlo, Saga.
—Creo que no es una cualidad que aprecies mucho de mi.
—Lo hago. Solo que… —Se encogió de hombros. —Los sueños son diferentes a la realidad, y tú sabes distinguir muy bien entre unos y otros. Sabes controlarte y sabes qué hacer y cómo actuar en cada ocasión. —Quizá a su muerte ambos podían considerarse igual de buenos. Pero en aquellos quince años, Saga se le había escapado, porque no había dejado de crecer; no en poder, que también, sino en experiencia. ¡Y ahora veían cuan valiosa era! —El tiempo terminó por darte la razón… Somos santos, santos dorados. Nosotros no estamos aquí para tener ideales o imponerlos. Estamos para defender a los demás del modo que sea. Estamos aquí para hacer el trabajo sucio.
—Cambiar el mundo no era tan fácil, ¿eh?
—No, parece que no. Pero… me gusto venir aquí con vosotros. —En realidad, quería decir "contigo", pero calló. —Pienso alcanzarte, ¿sabes?
—¿De que hablas?
—De lo mucho que me dejaste atrás en este tiempo. —Saga alzó una ceja, cuestionándolo, y Aioros sonrió con travesura. —Te alcanzaré. Lo prometo.
Entonces, más allá, se escuchó una voz muy familiar.
—¡Galope del Unicornio! —Y el aullido lastimero e incesante de la empusa, cesó.
Jabu había crecido. Saga sonrió débilmente, y Aioros lo imitó.
—Acabemos con esto. —El geminiano asintió. Se acercó hasta Argol, y cuando el chico de Perseo le confirmó que todos los cuerpos estaban listos, el cosmos dorado brillo en manos del peliazul.
—Explosión de Galaxias—susurró.
Después, todo rastro de las empusas petrificadas, se pulverizó en medio del espectáculo de estrellas. Desconocían como se generaban, de igual modo que desconocían que pasaba con sus cadáveres. Lo único que habían descubierto, es que su mordisco podía ser letal. La chica de Jabu se lo había confirmado.
El japonés llegó hasta Aioros con la cabeza gacha, pero sus ojos se cruzaron por un instante con la mirada esmeralda de Saga. El geminiano asintió, con el gesto más calmado que minutos atrás, más tranquilo, más orgulloso.
—Volvamos a casa. Ya estamos listos. —Jabu devolvió el gesto, y asintió.
Quizá aquello le había roto el corazón, pero no iba a volver a dejar que sucediera de nuevo. Mantendría a cuantos pudiera a salvo, y no sería un estorbo. No dejaría que sus amigos se preocuparan tanto por él. Podía valerse. Podía.
Mientras, allá a lo lejos, sobrevolando sus cabezas al cobijo de las nubes, un grifo observaba. Sus maravillosos ojos de águila no habían perdido detalle de lo acontecido, y cuando la Otra Dimensión les llevó de vuelta a casa, las esplendorosas alas del animal, se batieron con fuerza, alejándolo de allí… convirtiéndolo en fiel mensajero de su amo.
-Continuará…-
NdA:
Aioria: ¡Me declaro fan!
Milo: ¡Si, señor! ¡Ya somos dos!
Jabu: T_T
Argol: Quizá la princesa pueda consolarte…
Jabu: T_T No puedo decirle a Saori… T_T
Sunrise: ¿Y a nosotras quién va a consolarnos?
Damis: ¡Nos habéis abandonado! ¡Tenemos hambre de reviews! ¡Moriremos sin ellos! ¡Y sufriremos!
Saga: Quizá ahora que Aioros y yo hemos estado geniales, la gente os escriba.
Aioros: Hemos estado más que geniales. Merecemos muchos reviews. Montones.
Villano secreto desde las tinieblas: Mihihi! ¿Sabéis quién soy ahora?
Santitos: ¿…?
Villano secreto desde las tinieblas: u_u'
Damis: Pues… esto… Cof. Cof. ¡Os dejamos hasta el próximo capítulo!
Sunrise: ¡No os olvidéis de comentarnos! ¡Adiós!
