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El caso Regulus
34
El final
Parte 1
By Gyllenhaal
No podré beber este café hasta que te meta en mi armario Dejaré que él me mate de un tiro y acabe conmigo Dedúcelo de su murmullo: no eres tan duro
Es el fuego a través de tu camisón
Creo que ayer por la noche estabas dando vueltas a mi alrededor
(Greg Laswell "Your Ghost")
Opening: "Your Ghost" de Greg Laswell
«¡Levántate infeliz!», gritaba una voz, como un trueno en medio de la noche. ¿Quién hablaba?, se preguntó Sherlock. Seguía inmerso en las tinieblas, nadando en las profundidades del océano que eran aquellos ojos; estaba extraviado.
«¡Por favor!», vociferaba la misma voz, desgarradora, esta vez había en ella un atisbo de familiaridad. ¿Qué era? ¿Qué era ese tono que le provocaba temblores en el cuerpo, y un dolor descomunal en el pecho?
«¡No me dejes!», imploraba. La voz flaqueaba. De los restos de coraje y determinación que había en ella, ya no quedaba nada. Era la misma voz con que un niño pequeño ruega a su madre que no lo abandone, con la que un padre llora por un hijo, con la que un hombre guarda en silencio su llanto por la pérdida de la persona amada. Ahora lo sabía bien. No estaba seguro de cómo, porque Sherlock no era de las personas que comprendieran fácilmente la calidez humana, lo desgarrador que podía ser un sentimiento, o la felicidad que podría provocar. Pero ahora lo sabía. Ahora sentía el calor sobre él, sentía la humedad en sus mejillas, el aroma de John en su boca.
Abrió los ojos, y ahí estaba él.
Sherlock tenía el rostro impregnado de las lágrimas que John había derramado en su ataque de ansiedad. Sin embargo, el detective no se movió. John continuaba sobre él, cegado por la desesperación y las lágrimas que brotaban casi a borbotones de sus ojos; estaba desesperado, y no había notado que Sherlock ya estaba despierto. El detective se sintió mal por verlo ahí, sufriendo así. Levantó una de sus manos y la apoyó sobre una de John.
El doctor quedó paralizado. Como si no pudiera creerlo. Como si, en algún remoto lugar de su cabeza, se hubiera resignado ya a la posibilidad de perderlo.
Primero sonrió, lo abrazó, y luego le asestó un beso directamente en la boca, sin importarle nada más. Sherlock lo recibió y lo correspondió. Descubrió que los labios desesperados de John eran como ambrosía de dioses, y que nada tenía que ver la pasión con que ahora lo empujaba al suelo, con la desesperación con que intentó despertarlo.
—¿Estás bien? —preguntó John después de un instante, cuando hubo reparado en que Sherlock acababa de despertar y cuando logró separarse de él.
El detective se permitió una sonrisa ante la ingenuidad de John; quizá por haberse dejado llevar por sus sentimientos.
—Siempre es bueno verte, John —dijo Sherlock finalmente. Volvió a acercarse a John y le dio un beso. John sostuvo su cabeza entre sus manos y lo besó repetidamente, una y otra vez; estaba feliz de poder tenerlo ahí, de nuevo junto a él.
John sonrió. Se quitó el abrigo y cubrió con él a Sherlock, que hasta hacía un segundo estaba desnudo sobre el suelo frío, casi lodoso.
—Uno de los guardias debió haberte golpeado —comentó John, mientras lo ayudaba a incorporarse.
—Así fue —respondió Sherlock—. Me descubrió desatándome y procedió a golpearme. Quizá haya sido algo bueno, creo que fue en el momento justo. —A juzgar por su expresión comenzaba a ser consciente de todo, nuevamente, había vuelto la mirada hacia los guardias que estaban tirados en el suelo, hasta llegar al punto donde una bala chocó con el suelo. La misma que iba dirigida a él, a su pierna, según calculó, para inmovilizarlo.
John se puso de pie también; estaba inseguro, procuraba con la mirada a Sherlock y vigilaba que su comportamiento fuera el habitual, que la contusión no hubiera causado estragos en su cuerpo o en su aparato psicomotor.
El detective, sin embargo parecía estar haciendo todo bien; no se detuvo hasta después de concretados un par de pasos.
—¿Dónde está? —preguntó de pronto a John.
El doctor comprendió de inmediato.
—Adentro, con el chiquillo —contestó—. Pero estamos siendo vigilados, Sherlock. Hay un par de francotiradores apuntándonos.
Sherlock miró a John. Él podría correr, llegar al edificio a salvo, porque estaba seguro de que las intenciones de la mujer no eran matarlo; pero tanto él como John sabían que el doctor no corría con la misma fortuna. Si decidía correr era más probable que le apuntaran. No lo habían hecho cuando acudió a Sherlock, pero eso no era garantía de que no lo fueran a hacer ahora que el detective se había levantado.
—¿Qué hacemos? —preguntó John.
Sherlock estaba analizando todas las posibilidades: si procedían a correr se convertirían en un blanco fácil. Si se caminaban era lo mismo. Pero casi podría decirse lo mismo de ellos si se quedaban ahí, parados. La puntería de los otros francotiradores, era, sin lugar a dudas, cuestionable. Había numerosos agujeros en el suelo, indicio de los muchos tiros que habían fallado. Probablemente, el único que tuviera una buena puntería hubiera sido el francotirador sobre la terraza del edificio, al que los guardias consiguieron asestar algunos tiros y derribar.
Sherlock comprobó en el suelo la existencia de varias armas, propiedad de los ahora cadáveres. Eran numerosas, y estaban ahí, dispuestas y listas; sin embargo, no resultaría conveniente provocar un tiroteo. Sobre todo cuando Sherlock y John estaban expuestos, descubiertos sobre una superficie baja y totalmente plana. Los francotiradores, sin lugar a dudas, estaban situados en el lugar perfecto.
Entonces se le ocurrió.
—John, abrázame —dijo severamente.
El doctor lo miró dubitativamente; evidenciaba en el rostro su falta de comprensión. Definitivamente el plan de Sherlock era un enigma para él.
Sin embargo el doctor no protestó. Procedió a obedecer a su amigo, y a continuación se dirigió a abrazarlo. Pero Sherlock lo detuvo; abrió el abrigo y le indicó que lo abrazara por debajo del mismo. John se sonrojó; incluso sus orejas se tornaron de un color rosa intenso. Pero avanzó lentamente, sin hacer preguntas, y abrazó la desnudez de Sherlock, quien procedió a envolverlo con el abrigo.
Jhon se sintió avergonzado, enrojecido por la curiosa vergüenza que le provocaba ver a su amigo desnudo, sentirlo, olerlo. Se sintió apenado por ello, y por la carga que representaba él mismo refugiándose en el abrigo de Sherlock. Pero sólo entonces descubrió cuál era su plan.
Avanzaron lentamente, juntos; Sherlock resguardaba al doctor con su propio cuerpo. Estaba seguro de que los francotiradores no se animarían a disparar sabiendo que corrían el riesgo de fallar el tiro, y podrían acertar a alguno de los dos.
Con pasos pequeños llegaron al edificio, y una vez ahí atravesaron la reja para llegar al salón en el que, según comentó John a Sherlock, estaba la mujer responsable de todo; de las difamaciones y acusaciones hacia el detective. Para su sorpresa se encontraron con el lugar vacío.
Sherlock se arrojó al suelo, ya parecía estar repuesto de los tambaleos ocasionales, estragos del golpe en la cabeza dado por el guardia y rematado por la piedra sobre la que cayó.
Observó con meticulosidad el suelo, y pasó un dedo por él un par de veces.
—Subieron —dijo al final de un minuto—. Llevan al muchacho arrastrando; lo han atado —murmuró—. Eran dos aquí. Una mujer y un hombre corpulento; o eso parece. Lo veo en la distancia entre sus pasos y el número del zapato. Tomaron las escaleras de allá —señaló un largo pasillo a la derecha, uno distinto al que John había usado para descender del muro—. Toma —agregó, y le extendió una pistola. John lo miró, perplejo. No se había dado cuenta de en qué momento la había tomado de los cadáveres que había afuera. Pero así solía ser con Sherlock: se adelantaba a todo.
—¿Y tú? —preguntó el doctor, preocupado.
En ese momento un estridente golpe se escuchó desde lejos. Sherlock miró a John.
—La policía ha derribado la entrada. Hay que apresurarnos —añadió. Corrieron hacia el pasillo que Sherlock había señalado, y después subieron por una escalera. Ahí había una enorme puerta de acero; era el piso donde trabajaban los detectives. Las celdas estaban del lado oeste de Scotland Yard, y se podía atravesar de norte a sur sin necesidad de pasar por ellas; es por eso que los presos continuaban encerrados, custodiados por otros miembros de la policía.
Muchos de ellos se habían excitado con los disparos, y sus gritos se pudieron escuchar, tan solo opacados por los de las personas, que huyeron despavoridos del muro y de todo Scotland Yard cuando el tiroteo se desató.
Sherlock se aseguró de cerrar la puerta de acero tras él, quizá, pensó John, quería enfrentar solo a esa mujer y resolver el caso de una vez por todas. De modo ni que los guardias ni los policías pasarían por ella, o al menos se llevarían otra media hora tratando de abrirla.
John siguió a Sherlock a lo largo de otras escaleras, y por último, de una escalinata de mármol que desembocaba en el techo. Iba despacio, pues su pierna le causaba dolor.
El viento sopló inclemente; frío. La nevada se había ido pero había dejado ahí el aire, gélido y poderoso. También las nubes grises, inmensas sobre Londres, se habían quedado. Eran cúmulos gigantescos, unos sobre otros, que impedían el paso del sol; ni siquiera un rayo las atravesaba. Sin embargo, por debajo de ellas podía notarse que ya atardecía; algunas nubes se miraban azules, brillantes gracias al brillo del sol que ellas obstaculizaban.
El aroma del lodo llegaba hasta la nariz de Sherlock; una fragancia única, casi como la de tierra húmeda. En el aire revoloteaban hojas secas, recordatorio del frío invierno que ya estaba llegando.
Ante ellos estaba Evelyne, déspota, con una sonrisa siniestra. Miraba justo al lugar por donde el detective y el doctor accedían a la azotea. Al lado de ella estaban tres hombres. Uno de ellos, el corpulento hombre que maltrató a John, y los otros dos, francotiradores que llevaban sus rifles al hombro. Entre ellos estaba Regulus, atado de manos y pies. Lo habían arrastrado hasta ahí; se le notaba en las magulladuras del cuerpo, en los raspones y las rasgaduras de la ropa. Su saco estaba hecho girones sobre su brazo. Temblaba, tanto de frío como de miedo, y estaba amordazado.
—Bienvenido, señor Holmes —dijo la mujer, ampliando la sonrisa—. Es un placer encontrarnos de nuevo.
John miró de soslayo a Sherlock, sin dar crédito a las palabras que la mujer acababa de pronunciar. ¿En qué momento se habían conocido esos dos?
Sherlock, sin embargo, no dijo nada, ni miró a John. Estaba concentrado en la mujer. Como siempre se concentraba en la resolución de alguno de sus casos.
—Debo disculparme, señorita Evelyne por mi apariencia —contestó Holmes, cínico—. No es la apropiada para hablar con una dama.
—Descuide usted, señor Holmes —contestó ella, siguiéndole el juego—. Entiendo que sus circunstancias actuales son… difíciles.
—Oh, vaya que lo han sido. —Sherlock sonrió—. Pero no es más de lo que puedo soportar. Poquísimas personas me han hecho extrapolar mis límites.
Ella lo miró con ira. Evidenció con su gesto que las palabras de Holmes la habían insultado; sin duda alguna ella se sentía merecedora de reconocimientos y créditos por haber hecho pasar a Holmes por tan gravísimas vicisitudes, y el detective, sin embargo, se mostró firme. Y además osó burlarse de ella.
—Lamento no haber satisfecho su límite —dijo ella—. De verdad que lo lamento.
—Estoy completamente seguro de ello —contestó Holmes.
Ambos se miraron fijamente. Intercambiaban tal concentración que John se perdió un instante en sus miradas.
La de ella, sin embargo, era una mirada iracunda. Llameante. Irradiaba odio. Y John se preguntó qué clase de situación podía hacer sentir a una mujer tal odio. Por un instante brevísimo pensó en Mary, en qué sería de ella cuando supiera que John estaba enamorado de Sherlock, que no podía dejarlo, que no lo abandonaría y que cancelaría su compromiso con ella. Pero fue sólo un instante; lo que más importaba en ese momento era salir de esa circunstancia.
—«Los buenos amigos no deberían pelear» —dijo de pronto Sherlock, en voz alta. Como un grito triunfal—. Tomé muy en serio su consejo, madame —complementó.
—Ya veo —dijo ella—. Por el acto heroico del doctor puedo pensar que han consumado lo suyo; o al menos que los rumores eran ciertos. Me refiero, claro, a decidirse a cargarlo a usted por casi toda la calle; debo añadir que la reacción de la gente me dejó mucho qué desear. En realidad pensé que todos se molestarían con ustedes y los apedrearían…, o algo peor.
»No entiendo por qué a todos se les ablanda el corazón cuando se trata de azotar a una persona. Yo siempre he pensado que los golpes son necesarios para educar a la gente.
John frunció el ceño; lo que aquella mujer decía eran disparates. No entendía cómo una mujer de tal belleza podía hablar de esa manera.
—Pero alguna vez usted tuvo un corazón frágil —dijo Sherlock, ignorando los gimoteos que Regulus daba en el suelo—. ¿No es así?
La mujer retrocedió un paso.
Flaqueó.
John lo notó. También se percató de la expresión triunfal en el rostro de Sherlock.
—No sé a qué se refiere —dijo ella, con fingida indiferencia. En sus contracciones faciales se notaba que aún luchaba por sobreponerse del golpe que el detective le propinó con sus palabras.
—No debería subestimarme, señorita Evelyne —sentenció Sherlock. Se adelantó un paso, pero uno de los hombres que estaban con la mujer le apuntó.
—Tranquilo —le dijo Evelyne al francotirador—. No es parte de los métodos del señor Holmes el atacar al villano sin antes haberlo confrontado. —Una sonrisa agria se dibujó en sus labios.
»Lo he estudiado con mucha determinación, señor Holmes.
—Puedo verlo —dijo el detective. John avanzó un paso, y se detuvo al lado de su amigo.
»Escuchémosla pues, si es tan amable, señorita Evelyne. Cuéntenos su historia; mi amigo y yo estaremos gustosos de oir sus motivos.
En ese momento una potente ventisca los sacudió a todos. El aire parecía ser cada vez más frío.
—Mi historia comienza con este mocoso —dijo ella, señalando a Regulus—. Estoy segura de que le contó a usted, señor Holmes, que es un huérfano, que viene de uno de esos orfanatos donde ponen a trabajar a los niños en calderas, o donde los maltratan. Es su táctica habitual: va y se pasa ahí un par de días hasta que es capaz de engañar al más famoso detective de todos los tiempos. —Sonrió.
»Fue eso lo que le dijo, ¿no es cierto? —el detective frunció el ceño. John recordó en ese momento cuando vio a Regulus por primera vez, en aquel restaurante, al lado de Sherlock, y más tarde, cuando salieron juntos, Sherlock le reveló sus deducciones: las cicatrices en sus manos; marcas de golpes que hacen en el orfanato Gudman (le había explicado Sherlock), y las marcas de cabello quemado de los niños a los que mandan a trabajar en las calderas. Sin embargo, John no vio flaquear a su amigo. Seguía tan firme como al principio; como era típico de Sherlock cuando confrontaba a algún delincuente. Aunque John había albergado la esperanza de que su amigo tuviera consideraciones para con ella, tratándose de una mujer. Un pensamiento que le sacudía la cabeza cuando recordaba todo por lo que los había hecho pasar. Sobre todo a Sherlock.
»Verá, la verdad es que Regulus y yo somos…
—Hermanos —interrumpió Sherlock—. Sea tan amable de evitar las obviedades, por favor. La policía no nos dará mucho tiempo para conversar. Puedo escucharlos tratando de derribar las puertas.
Ella se sobresaltó. Quizá por la deducción de Sherlock.
—Eso es… muy cierto, señor. Somos hermanos —continuó, retomando su tono serio—. Él y yo crecimos juntos, cuando teníamos 10 años nuestros padres fallecieron en Glasgow. Fue una pérdida terrible, como podrá imaginar. Perdimos nuestro hogar; la que siempre había sido nuestra casa. Todo lo que siempre había sido nuestro. Excepto la calle. Nos criamos en ellas, en las frías calles de Glasgow, en callejones, peleando con ratas por la comida, o incluso comiéndonoslas a ellas. Fue durísimo, señor Holmes. Hasta que un hombre se acercó a nosotros. Era todo un caballero; no estoy segura de que sea cierto, pero en aquel entonces se presentó como un Lord. "Lord Alfred" —al pronunciarlo levantó las manos en un ademán ostentoso—. Así se hizo llamar… O así se hace llamar. "Soy un gran señor", nos dijo. No había nada en él que fuera extraño; y aunque lo hubiera habido, nosotros dos estábamos solos, desamparados. Éramos pobres, comíamos ratas y de eso ya llevábamos poco más de un año. No vi en su sonrisa aperlada nada que me motivara a desconfiar. Era un hombre que se perfumaba, se aceitaba el pelo, y usualmente le olía a almendras. Siempre despedía una fragancia de flores. Tomó de la mano a Regulus y a mí me indicó que lo siguiera. Jamás hubiera podido saber sus intenciones.
»Nos llevó a una casa grande. Inmensa, era como un palacio; sobre todo después de habernos recogido de la calle. Nos atendió bien. A cada uno nos asignó un cuarto y puso a nuestra disposición un par de criados para que nos ayudaran. Como usted podrá imaginar, señor Holmes, nos sentimos en el cielo.
»Poco después mandó a traer a Regulus, y comenzó a educarlo. Yo no sabía ni cómo ni por qué. Era una niña de la calle, poco podía permitirme en cuanto a preguntas y cuestionamientos. Así que no dije nada. Fui discreta, obediente siempre que se me encomendaba alguna tarea. Fui perfecta.
»Pero incluso así el preferido siempre fue Regulus. No entendí por qué hasta tiempo después. Nacimos el mismo año, en épocas distintas, y en mi cumpleaños doce fui corriendo a buscar a mi hermano para pedirle mi abrazo… y entonces lo vi. Me repugna decirlo, pero me encontré con mi pequeño hermano dándole placer a aquel hombre.
»Sentí asco.
»Lo que pasó después fue sencillo: nos separaron. Regulus se quedó con Lord Alfred y yo partí de Glasgow, hacia aquí, Londres. Todos los gastos los sufragó el Lord. El amo de los hombres, se decía él. Tenía burdeles por y para hombres, en los que satisfacía las más desaforadas fantasías de sus clientes. Y pagaban bien. Porque, como usted sabrá, la indecencia moral se paga cara en Inglaterra.
»Cuando llegué aquí rápidamente fui asignada a una escuela religiosa; pero yo me prometí siempre que salvaría a mi hermano. Porque, aunque me repugnaba la visión de él debajo de ese Lord, no podía sacarme de la cabeza la idea de que mi hermano lo complacía para que él y yo pudiéramos tener una vida pacífica, llena de comodidades que de otro modo no podríamos pagar.
»Me eduqué con esa esperanza. Regulus y yo siempre destacamos en la escuela. Y así pasé los años, aprendiendo del arte y de la vida. Más tarde me comprometí con un caballero. Un buen mozo que me prometió ayudarme en mi caso. Era amable, apuesto. Era todo lo que una dama podría desear.
»Regulus y yo nunca fuimos tan tontos como la mayoría de nuestros compañeros. Pero cuando pude tomar un tren en dirección a Glasgow me encontré con que mi hermano era ya una de las principales atracciones de Lord Alfred. "Soy el señor, o amo, de estos jóvenes. Porque los he provisto de los placeres que ellos ansían y anhelan. Los he amaestrado en el arte del amor", se presentaba siempre, ante cualquier cliente. Tuve muchas dificultades para encontrarme con Regulus. Eso fue hace un año.
»Cuando finalmente él y yo pudimos vernos y hablar (gracias a que mi prometido arregló una cita), le rogué que huyera conmigo. Que abandonara todo aquello. Le dije que yo era capaz de solventar nuestros gastos, de mantenernos; tenía estudios, un poco de dinero del trabajo, y sabía que él debería tener otro poco. Podríamos huir. Podríamos recomenzar nuestra vida, mezclarnos en la sociedad y formar parte de ella. Así él podría dejar a un lado sus ilícitas actividades… Pero él rechazó todo ofrecimiento.
»—Me gusta —me dijo a gritos. Y yo sentí que me daría un infarto.
»—Eso es imposible —le dije—. Eso está mal. Eso no es lo correcto.
»—¿Y qué lo es? —me cuestionó—. Sabes que estamos muy por encima de los convencionalismos, hermanita. Para ti y para mí esas cosas no funcionan. Simplemente no lo hacen. Disfruto lo que soy, hago lo que me gusta y me gusta lo que hago. Es así de simple… Y creo, que estoy enamorado.
»Por supuesto imaginará lo que me provocó aquella declaración. Salí corriendo. No podía escuchar más sus palabras. No podía quedarme por alguien corrompido, alguien tan... sucio. Sin embargo, no era solamente eso. Después de hablar con mi prometido, él me pidió que esperara. Que no desistiera tan pronto. Me ofreció su apoyo, y finalmente me convenció. También se trataba de mi hermano la persona a la que quería ayudar. Así que me tranquilicé. Descansé una noche y al día siguiente volví a buscarlo.
»—Entiendo tus motivos. Entiendo lo que eres, y te puedo aceptar como tal —le dije—. Pero ven conmigo. Abandona a Lord Alfred, y sigue tu sueño. Yo… podría aceptar al hombre que amas. Sólo necesito que vengas conmigo.
»Pero mi hermano se negó, naturalmente.
»—Yo puedo buscarlo, no necesito de ti —me dijo. Eso me hizo pensar en muchas cosas: ¿de quién se trataba el hombre al que amaba? ¿Estaba lejos? ¿Por qué debía "buscarlo"?
»Y entonces Regulus hizo lo que desató todo. Me confesó la más amarga de las cosas: se revolcó con mi prometido. Y no sólo eso. Lo hizo para que yo lo dejara en paz. Lo engatusó con sus habilidades…. Por eso mi prometido me rogó con tanta insistencia que nos quedáramos. Fue entonces cuando después de tanta amargura, de soportar los caprichos de mi hermano, a los que tan acostumbrado se había vuelto, decidí hacerlo sufrir.
»Por supuesto una afrenta entre hermanos y una mujer despechada, son cuestiones que deben temerse. Pero yo lo medité tranquilamente. Me tomé varios días. Muchos. A veces pensaba que debía abandonar a Regulus. Dejarlo a su suerte y simplemente olvidarlo todo. Otros días pensaba que no. Que, en efecto, merecía todos y cada uno de los males que pasaban por mi cabeza. Lo odiaba, lo amaba. Pero creo que siempre fue más el desprecio, el repudio. Había estado dispuesta a perdonar sus faltas, sus gustos indecorosos y sus malos hábitos, quizá sus caprichos, incluso, pero… no pude. No después de sus confesiones.
»Así que decidí hacerle la vida miserable. Lo perseguía a donde fuera, frustraba sus planes. Hice todo por vengarme, hasta el día en que me enteré de quién era ese hombre especial por el que él sentía tanto amor: Sherlock Holmes. El aclamado detective —dijo, como una proclamación—. Un fenómeno internacional, capaz de resolver cualquier enigma. Y decidí molestarlo a usted, señor Holmes.
»Por supuesto advertí a Regulus de mis intenciones, y fue cuando él decidió abandonar Glasgow para venir y encontrarse con usted; quizá sus intenciones eran cuidarlo. Quizá sólo quería confesarse o advertirle los peligros a los que se enfrentaría. Pero no dudo que no haya podido hacerlo, cegado por su orgullo y sus caprichos infantiles. Seguramente fue tan egoísta como en Glasgow. Siempre lo ha sido; tan egoísta como es promiscuo. Un cerdo —al decirlo escupió al chico en el suelo—. Me repugnas —le dijo.
»¿Sabe usted quién me ha estado ayudando, señor Holmes?
Sherlock tenía la mirada fija en el escupitajo, que escurría por la mejilla de Regulus. Tenía el rostro impasible, y sus ojos estaban cubiertos por un velo oscuro, de una agresividad pasiva, que podía desatarse en cualquier momento.
John vio la contracción en su nariz y su ojo derecho. No había sido el relato lo que había impulsado su molestia, ni tampoco el conocimiento de que todo por lo que había pasado fuera producto de una disputa entre hermanos, tuviera que ver lo que tuviera que ver. No. Fue ese último acto de ella el que despertó la furia en el detective. John lo entendía. El desprecio de la mujer fue evidente, la manera en que lo hizo le provocó pena por el pobre muchacho, indefenso. Él también sintió ira. Y quizá no tanta como Holmes. Ahora sabía, cien por ciento cierto, que los sentimientos de Regulus hacia él, aunque extraños, eran sinceros.
—Adrien Fellow, ¿quién si no él? —respondió Sherlock secamente.
—Así es. Es mi amante, señor Holmes. Espero que algún día se case conmigo y consumemos uno de los matrimonios más espléndidos de toda Inglaterra.
—¿No fue sólo una marioneta? —preguntó Sherlock, sarcásticamente.
—Podría decirse eso también —respondió Evelyne—. Es un tanto… complicado. También hay mucha conveniencia en esto. A su lado no puedo temer nada. Soy inmune, incluso ante la mismísima reina.
Lo dijo déspota. Con los ojos desorbitados, casi cegados por el orgullo que su reciente declaración le producía.
Todo se hizo silencio. El viento siguió corriendo, y un tumulto de gritos comenzó a escucharse: la gente que ahora vociferaba, desde el otro lado del muro. No se entendía qué gritaban. Quizá, pensó John, estarían enfrentándose contra los policías para poder acceder de nuevo y ver qué estaba pasando.
—Me encargaré personalmente de que la Mano derecha de la Reina sea destituida —dijo Sherlock, con cierta furia irradiando por los ojos—. Y créame, señorita Evelyne, siempre hago lo que me place.
—Amenazas vanas, señor Holmes. —Ella sonrió—. Es imposible que cumpla esa promesa, dado que morirá aquí mismo. Por su propia cuenta.
John pestañeó. No entendió a qué se refería esa mujer.
—¿De qué habla? —preguntó el doctor, sin poder contenerse.
—Bueno… Es simple. —Cuando comenzó a hablar bajó las manos y empezó a caminar alrededor de ellos—. Verá, doctor. Si el señor Holmes se atreve a hacerme algo (situación que no espero, dado sus métodos), entonces no podrá salvarse del castigo que ya la Mano derecha de la reina le ha impuesto. Ya se habrá percatado usted de lo mucho que ellos disfrutan haciendo este tipo de cosas.
»Me refiero, claro, a expiar sus errores inculpando a otros por ellos; en este caso Holmes. Si usted revisa el veredicto oficial, verá que hay en él muchísimos crímenes que el señor Holmes ni por muy desesperado cometería; todos ellos por supuesto son descuidos de esas cinco personas: robos en bancos, pérdidas de joyas, secuestros, asesinatos de Lords e importantes comerciantes. Incluso se le acusa de los descuidos que la Mano derecha de la reina ha cometido en las transacciones; por supuesto al señor Holmes se le han cargado como robos. Ellos han disfrutado esto más que yo, o eso creo. Lady Windermere, sobre todo, se ha mostrado bastante… emotiva.
»Se ha hecho de muchos enemigos, señor Holmes. Muchos lo odian. Y creo que ellos antes que nadie. Ha supuesto un verdadero tope para todo lo que hacen; ya ha resuelto uno u otro caso en el que involucraban a personas de su confianza. Según sé, ellos calculaban que sólo era cuestión de tiempo para que usted se entrometiera en todos sus asuntos. Así que, podría decirse, que mi propuesta, en voz de Adrien fue más que bien recibida. Y por supuesto, como ha visto y sufrido, todo ha salido según el plan.
Según vio John, algo iba verdaderamente mal con Evelyne. Estaba feliz. Irradiaba el triunfo. Incluso se había apresurado a decir que todo su plan había salido tal como lo había diseñado. Se estaba proclamando la vencedora sobre Sherlock. Y eso no era normal. Ella estaba ahí, en el techo, siendo asediada por él, John, y por Sherlock. Además la policía llegaría en cualquier momento, y la única salida disponible era esa por la que ellos entrarían.
—Se apresura —dijo Sherlock de pronto. John comprendió que si él mismo había descubierto esa discordancia en el plan de Evelyne, con mucha mayor razón Sherlock la debió haber contemplado, y más aún, tratándose del Sherlock que él conocía—. Las muertes en Glasgow no son algo de lo que se pueda escapar fácilmente; tengo a alguien ayudando con eso. A estas alturas la carta en la que se explican las pruebas debe estar ya en las manos de la Reina.
Evelyne retrocedió, insegura.
—¿A qué se refiere? —preguntó. El labio inferior le temblaba. Sin dudas un tic nervioso.
—A qué estos policías ya no vienen por mí, sino por usted.
En el rostro de Sherlock se dibujó la sonrisa más gratificadora que John hubiera visto. Y él mismo pudo sentir un alivio sin igual, que se extendió por todo su cuerpo. Por primera vez en mucho tiempo John se permitió suspirar de alivio.
Las facciones en el rostro de Evelyne, en cambio, se tornaron agresivas. Se contrajeron hasta deformar la belleza de la que tanto podía presumir, y sus ojos, brillantes como la miel, perdieron el brillo y se tornaron oscuros, diminutos bajo las mejillas y el ceño arrugados de la mujer.
—¡Maténlo! —rugió.
Los francotiradores se movieron, tan veloces como pudieron, pero la destreza que John había perfeccionado durante la guerra fue suficiente para que pudiera disparar y asestar el tiro antes de que uno de los francotiradores apuntara siquiera; lo inmovilizó dándole justo en el pecho. Pero con el otro no tuvo la misma suerte; su arma se atoró. Sorpresivamente, Sherlock no reaccionó tan rápido como solía ser, y cuando disparó al otro francotirador, éste ya había apuntado y jalado el gatillo, que asestó en el hombro del doctor.
John ahogó un grito. No estaba dispuesto a preocupar a Sherlock en un momento tan crucial.
—¡John! —gritó Sherlock, conmocionado. Pero no hizo más. Era demasiado profesional como para dejarse llevar por sus impulsos en un momento como ese. Incluso cuando sus pies hubieran avanzado hacia John, Sherlock recuperó el control de ellos y se adelantó hacia la mujer. Entonces el hombre corpulento se adelantó, dispuesto a defenderla, pero Regulus, atado en el suelo, estiró sus pies para hacerlo tropezar. El hombre se tambaleó y Sherlock lo embistió en el momento justo para que cayera al suelo y rodara un par de metros más allá.
Comenzaron a escucharse disparos procedentes del interior del edificio. Sin duda, ante el disparo de John, Sherlock y el francotirador, los policías se habían alarmado y decidieron adelantar su avance derribando las puertas.
Sherlock también había caído, producto de la coalición contra el hombre corpulento.
Evelyne avanzó, y para sorpresa de John, en lugar de escapar o intentar atacar a Sherlock, sacó un arma y se aceró apuntándole a él.
De pronto Regulus se levantó; había logrado desatarse. Sin duda era muy hábil para haberlo logrado; corrió hacia su hermana, por su espalda.
—Es una pena que tenga que acabarlo a usted, doctor —dijo ella, con voz seca—. Al menos esto destruirá a aquel a quien mi hermano ama…
Cuando lo dijo Regulus se acercó por detrás de ella y la empujó. El arma se disparó, pero la bala se perdió en el aire. Sherlock trató de ponerse de pie, pero tantos golpes comenzaban a realizar estragos en su cuerpo. Se levantó con dificultad; sus ojos estaban ligeramente desenfocados. John notó en la manera en que sacudía la cabeza que su amigo no podría hacer mucho si no se quedaba quieto al menos un minuto.
—¿Está bien, doctor? —le preguntó Regulus. Se arrancó una manga de la camisa y se la puso a John en la parte donde sangraba.
En ese momento el hombre corpulento se puso de pie, amenazador, detrás de Sherlock.
—¡Sherlock! —gritó John, lo más fuerte que pudo. Su amigo volteó, pero fue incapaz de defenderse ante el golpe que el hombre le asestó. Salió despedido por el aire. Regulus miró hacia él. Avanzó unos pasos para ayudar a Sherlock, pero en ese momento el sonido de una detonación lo detuvo.
Por la cabeza de Regulus pasó la idea, aterradora y descabellada, de que su hermana había disparado hacia John. Quizá lo hubiera matado.
John lo vio volver la vista, con incredulidad. Regulus lo examinó, como si esperara encontrar en él el agujero de la bala. John se examinó a sí mismo, confuso, pensando que quizá hubiera visto mal al principio. El doctor estaba bien; de la herida del hombro manaba sangre, roja oscura. Pero el sangrado comenzaba a amortizarlo el pedazo de tela que Regulus le había dado. Entonces volvió la vista hacia Regulus, y descubrió con sorpresa, tal como un instante atrás, que la bala había caído justo en el pecho del muchacho.
Sus miradas se cruzaron, incrédulas. Regulus no lo entendió al principio. Quizá no sintió dolor y fue la expresión en el rostro de John la que lo hizo comprender lo que pasó. Bajó la mirada a su pecho, y a continuación se desplomó en el suelo, dando ligeros temblores.
Pero John recordó que la mujer tenía el arma, volvió la mirada hacia ella y descubrió, con sorpresa, cómo ella se llevaba el arma hacia la boca, y se pegaba un tiro.
En ese momento los policías comenzaron a entrar. John les pidió que detuvieran al hombre corpulento. «Sólo a él», le imploró a Lestrade. Quien lo escuchó y obedeció, como casi siempre hacía con Sherlock.
—Regulus —gimoteó John. Se acercó a él. Estaba a poco más de un palmo de él. Seguía temblando.
—Doctor… —dijo con dificultad—. La policía… la policía —repitió.
John entendió. Llamó a Lestrade para que escuchara lo que el muchacho estaba por decir. Lestrade se acercó de inmediato; a diferencia de los policías bajo su mando, él no estaba tan conmocionado.
—Fue mi culpa —dijo Regulus—. Yo inventé todo para que acusaran al señor Holmes —dijo con voz grave; opacada por el regurgitar de sangre, que salía a raudales por su pecho y en un delgado hilo por su boca—. Él no hizo nada, inspector —le dijo. Lestrade tenía los ojos muy abiertos. Pero aun así no estaba tan sorprendido como lo estaba John, ante aquellas palabras; mentiras, pero firmes, convincentes. Estaba consciente de que con ello esperaba exonerar a Sherlock de todas sus acusaciones; con sus últimas palabras. Pero no estaba seguro de que fuera suficiente—. El señor Holmes es bueno… todos son logros. Todos, incluso este… —John entendió, como al parecer Lestrade, que se refería a sobrevivir a la crueldad de sus reclusos.
Cuando terminó de decir eso, Sherlock se acercó.
—Lestrade, permítanos un momento —le dijo.
Lestrade lo miró con desconfianza.
—Deben atenderse sus heridas —dijo.
—No —se apresuró a decir Regulus—. Ya no hay nada por hacer, ¿verdad, doctor? —se dirigió a John. Al doctor se le erizaron los vellos en la nuca y se le helaron los brazos. Quizá por el entumecimiento que la herida le causaba, o quizá por las palabras sinceras que decía Regulus. Era un doctor entrenado, había sobrevivido a la guerra en Afganistán, y heridas como aquella había visto cientos: no tenía posibilidad de sobrevivir. John asintió, devastado.
Lestrade se alejó en cuanto lo hizo. John, que no estaba tan grave como hacía ver su herida, hizo ademán de levantarse, pero Regulus lo detuvo, jalándolo por la camisa.
—Señor Holmes —dijo el muchacho, dirigiéndose a Sherlock—, en su equipaje están los papeles. —Sonrió—. Señor Holmes —dijo después de una pausa, en la que escupió un poco de sangre—. Discúlpeme por todo… Yo… No sé… —Hizo otra pausa—. Mis sentimientos son honestos, señor.
—Lo sé muchacho —dijo Sherlock, con una mirada enternecedora, triste. Tomó por las manos al chico—. Te agradezco todo.
—Lo amo, señor Holmes. Tal como siempre lo he hecho.
Sherlock no dijo nada. Se limitó a apretar con más fuerzas las manos del muchacho.
—Señor Watson… cuídelo por mí, por favor.
John lo miró. Era, indudablemente, más sensible que el propio Sherlock. Tenía los ojos enrojecidos; llenos de lágrimas que se negaba a derramar. Todo estaba mezclado en ellas: tristeza, miedo, impotencia, agradecimiento, orgullo…
—Te lo prometo —le dijo al fin.
—Gracias.
Fue la última palabra de Regulus, antes de que su cabeza se dejara caer sobre los brazos de Sherlock y de que su última lágrima se derramara por su mejilla, ya sin vida.
John se quedó quieto, esperando a que Sherlock reaccionara. No sabía de qué modo podría impactarlo todo aquello. Así que esperó pacientemente.
Al cabo de un minuto se dirigió a John.
—¿Estás bien? —preguntó, con un hilo de voz. Triste y a la vez preocupado. Una preocupación auténtica por John.
—Sí. No es la gran cosa —dijo John, tranquilo, mirando su herida—. ¿Y tú?
—Estoy mareado —confesó Sherlock—. Puedo retener todo en mi cabeza, pero en este momento no soy capaz de deducir ni entender nada. Sé mi voz y mis ojos ante Lestrade por favor.
Dicho eso se dejó caer sobre el pecho de John, por encima del cuerpo de Regulus.
«Por fin terminó», pensó John, abrazando a sus amigos. Al vivo, cansado y herido en su pecho, y al fallecido. Un verdadero héroe.
"Comes and Goes (In Waves)" de Greg Laswell
¡Un agradecimiento especial a Dan, HarleyJaneJackson y a FriiJWatson por ayudarme con la traducción del epígrafe! Muchísimas gracias!
También les agradezco a todas las demás, por su constante apoyo y paciencia en este fic. Por sus reviews! Aunque luego no dejen todos xD Siento que tengo poquitos, últimamente estoy sediento de reviews xD
Como podrán ver esta es la primera parte del final.
La segunda parte vendrá después, junto con un breve epílogo dedicado a estos dos, para que ya de una vez por todas puedan estar juntos. O eso espero!
Por cierto, les recomiendo 100% las canciones que les pongo, como en el capítulo anterior, están escogidas especialmente para este capítulo. Con el final (2) será excepcional, porque serán las 2 canciones que inspiraron este fic.
De nuevo, muchísimas gracias a todas por el apoyo! Por sus reviews! Por su tiempo!
(Sniff sniff, no voy a llorar, no voy a llorar xD)
Creo que me pondré emotivo al final :)
Saludos!
