El mes pasado se me olvidó subir un capítulo. Lo siento. No prometo subir dos capítulos este mes o algo parecido, pero intentaré hacer los capítulos a principios de mes para que no se me pase de largo. Espero que disfrutéis este capítulo.
Esta historia pasó unos días después de nuestro regreso de Urdu.
Como defensores del Valle de la Paz y de toda China, volvimos a nuestras habituales rutinas: levantarse pronto, desayunar, entrenar y derrotar a los malos. Oh sí. Eso era lo mejor.
Un día, tras uno de nuestros entrenamientos matutinos, los Cinco Furiosos y yo fuimos a la cocina a tomar algo. Yo entré el primero y bebí agua porque estaba sediento y cansado. Tras de mí, bebieron Grulla, Víbora, Mono y Mantis, que se posó después en mi hombro. Tigresa, que seguía con energías, se preparó un té y preguntó en alto cómo era posible que mi estado físico hubiese caído tanto por haber estado varios días sin entrenar. Yo le respondí que no estaba cansado y que estaba listo para eso y mucho más. Salté en el sitio con mis brazos levantados como si fuese un boxeador y di algunos puñetazos en el aire, mostrando una energía que no tenía.
Entonces, oímos un crujido y fuimos corriendo a la Sala de los Guerreros a ver qué pasaba. Salimos en nuestras posturas de combate, listos para enfrentar cualquier cosa, y resultó que Zeng había tirado la Urna de Guerreros Susurrantes. Todos nos relajamos y comenté:
—Al menos, esta vez no he sido yo.
El pato saltó, se acercó agitado y dijo trabándose:
—Yo no he sido. Yo no la he tirado. Os juro que no he tocado la urna. Ni siquiera estaba cerca de ella.
—¿Y qué haces con ese plumero?— preguntó Mono.
—Yo estaba limpiando los pedestales y las reliquias. Sé lo que puede parecer, pero aún no estaba cerca de la Urna. Tenéis que creerme.
—Basta ya— dijo Mantis—. Este espectáculo es lamentable. No vale la pena que sigas.
—Pero que yo no la he tirado.
—Zeng, ya tienes una edad para asumir tus responsabilidades. Si la has tirado, hazte cargo. —Bien dicho Mantis— afirmó Tigresa—. Volvamos a la cocina, que se me va a enfriar el té.
Nos giramos y anduvimos de regreso a la cocina.
—Ah. Otra vez a pegarla— se quejó Zeng.
Su comentario me hizo gracia y solté una risilla. Ya en la cocina, Tigresa se tomó su té tranuilamente y los demás disfrutábamos de unos bollos. Mientras tanto, cada uno contaba qué iba a hacer hasta la hora de comer. Grulla dijo que haría caligrafía en su cuarto; Mono y Mantis decían que no tenían nada que hacer, lo que significaba que estaban preparando alguna broma; Víbora iba a ir de compras porque próximamente iba a ser el cumpleaños de su padre; Tigresa dijo que seguiría entrenando y todos la abucheamos.
—¿Por qué tienes que entrenar de más?¿Acaso quieres dejarnos mal?— preguntó Mono.
—Yo entreno porque me gusta pasar el tiempo así. Además, nunca se está preparado del todo para enfrentar a un nuevo enemigo. ¿Quién sabe lo que puede acechar en las sombras?
—Todos sabemos que te gusta dedicarte en cuerpo y alma al entrenamiento... ¿pero no te cansa estar todos los días entrenando?— pregunté.
—No, nunca. Es mi pasión y parte de mi oficio como furiosa.
—Al igual que nosotros— intervino Grulla—. Sin embargo, deberías hacer otras cosas aparte de entrenar. Te ayudará a despejarte y relajarte.
—Muchas gracias por vuestro interés en mi, pero no es necesario.
Tigresa abandonó el comedor y Víbora me preguntó qué iba a hacer, y le respondí que iría a visitar a mi padre a su restaurante para ver qué tal le iba. Con esta última respuesta, salimos de la sala y cada uno nos fuimos por su lado. Tal y como dije, me fui al restaurante y mi padre, nada más aparecí, me saludó, me abrazó con gran efusividad y me preguntó:
—¿Qué tal te va todo?¿Estás bien? Te veo más delgado. ¿No pasaras hambre en el Palacio de Jade? Esa gente no sabe lo que necesita mi querido Po. No dudes en venir aquí y te daré de comer un gran bol de fideos para que recuperes todas tus energías.
—Papá, estoy bien. Tranquilo.
—¿Cómo quieres que esté tranquilo? Un buen padre siempre se preocupa por sus retoños.
—Ya te digo que estoy bien y bien alimentado, aunque nunca rechazaría un bol de fideos.
—¡Ese es mi hijo!— Me abrazó y le abracé de vuelta—. Sin embargo, vas a tener que esperar; hay gente que está esperando a su pedido.
—Y llevamos un buen rato— dijo una oveja de fondo.
Ese comentario acabó con el ambiente familiar y mi padre rompió el abrazo y miró en busca de aquel cliente. Sin embargo, no lo encontró, aunque yo lo vi.
—En fin, tengo que volver al trabajo. Ha sido un placer verte de nuevo.
—Lo mismo digo.
Mi padre se giro e iba a entrar en la cocina cuando le dije:
—Oye— Mi padre se giró a verme—, tengo toda la mañana libre. ¿Quieres que te ayude?
—Por supuesto— contestó alegre.
Entramos a la cocina y nos pusimos a cocinar aprisa. Al poco tiempo, habíamos terminado con las comandas de los clientes que estaban esperando y aparecieron más clientes, aunque podíamos tomárnoslo con más tranquilidad.
Mientras cortaba unos puerros, me fijé en que Tigresa estaba pasando por delante de la puerta del restaurante, lo cual me sorprendió porque me dijo que iba a estar entrenando.
—Tigresa— grité para llamar su atención.
Sin embargo, había mucho ruido en el restaurante por las animadas conversaciones de los clientes, así que le dije a mi padre que Tigresa había pasado por delante e iba a saludarla. Él me contestó que vale, pero que me diese prisa porque los fideos no se preparan solos. Salí de la cocina y del restaurante y vi que Tigresa seguía andando.
—Tigresa— grité de nuevo, pero ella no se detuvo—. Tigresa.
Como no se detuvo, fui corriendo, me puse al lado suyo y anduve con ella.
—Tigresa, ¿qué haces aquí? Creía que estabas entrenando.
Ella no volvió a responderme y me empecé a preocupar. Me puse delante suya con mis brazos estirados, listo para detenerla.
—Tigresa, no sé qué pasa, pero detente.
Tigresa siguió avanzando y llevaba tanta fuerza que me tiró y pasó por encima mío, pisándome sin preocuparse. Los aldeanos que estaban por la zona se pararon a ver cómo estaba y les respondí que estaba bien. Me levanté y fui corriendo de nuevo a por Tigresa. Esta vez la agarré por la cintura y tiré de ella, pero no la retuve. En su lugar, ella me arrastró durante un buen trecho y la solté, cansado por el esfuerzo de detenerla y por el dolor de ser arrastrado en un suelo de piedra.
—Auh, auh, auh, cómo duele— me quejé mientras me limpiaba de piedrecitas alguno de los cortes que tenía por el arrastre.
Tras quitármelas, me puse ligeramente por delante de Tigresa y anduve con ella. Le pasé la mano por delante para ver si la veía y no reaccionó. Sin embargo, fingí darle un puñetazo y ella bloqueó el ataque y me lanzó al suelo con una llave.
—Uugh. Parece que aún reacciona a las amenazas.
Me levanté, me quité el polvo y adelanté un poco a Tigresa. Me fijé en que la parte blanca de los ojos de Tigresa se había vuelto rosa. No entendía qué demonios pasaba, pero tenía la sospecha de que no era bueno. Una fuerza extraña la arrastraba y la hacía inmune a mi asombrosa fuerza de Guerrero Dragón.
Pensé en qué debía hacer y se me ocurrieron dos posibilidades: regresar al Palacio de Jade para avisar a mis compañeros del extraño comportamiento de Tigresa o seguirla y ver qué pasaba. No dudé ni un instante en seguir a Tigresa. Estaba muy preocupado. Temía con todo mi ser que le pasase algo malo a Tigresa, una de mis grandes ídolos y una íntima amiga que me había ayudado en tantos momentos difíciles. Si la dejaba ir, no sabía que le pasaría y eso me dolía… Además, siempre podía recurrir a mis compañeros más tarde.
La seguí y nuestro camino nos llevó a un pequeño claro del bosque de bambú. Yo estaba escondido detrás de una gran piedra y miraba atentamente a Tigresa, que siguió andando hasta quedarse en el centro del lugar. Esperé a ver que pasaba y, de repente, del otro lado del bosque, apareció alguien de entre los bambús. Se trataba de un pequeño lobo gris de pelo pincho, ojos rojos, orejas grandes y ovaladas y dientes blancos y afilados. Una máscara gris le cubría la parte superior del hocico y la frente y estaba adornada por unos pinchos grises alrededor de los ojos y una c horizontal morada en la parte superior. Vestía una armadura que le tapaba casi todo el cuerpo salvo la cabeza y sus patas. La armadura estaba compuesta de unas hombreras, codales azules y un peto azul que tenía el emblema de una flor, guardabrazos grises y quijotes y grebas negras. Además, el lobo portaba a su espalda una gran espada curva cuyo mango y hoja estaba recubierto de vendas. El lobo saltó, llegó ante Tigresa y gritó:
—¡Qué feliz estoy de verte! No sabía si esto iba a funcionar, pero estás aquí. Tanto trabajo ha dado sus frutos. Acompáñame amada mía. Tenemos muchas cosas que hacer y muy poco tiempo.
Aquel lobo tomó de la mano a Tigresa e iban a marcharse, pero yo salí al instante de mi escondite, dispuesto a detener a ese desconocido.
—¡Alto!— exclamé— ¿Quién eres y qué le has hecho a Tigresa?
—¿Por qué crees que le he hecho algo?
—Porque Tigresa actúa de forma muy rara y sus ojos están rosados.
—Es verdad. No me había fijado— comentó mientras los miraba y se giró a verme—. En cualquier caso, yo no he hecho nada. Tigresa está aquí por libre voluntad. ¿No es así, querida mía?
La forma en la que se refería a mi compañera y amiga me estaba irritando. No entendía cómo podía tratar a Tigresa de una forma tan íntima y ella no le pegaba o decía algo.
—Sí, estoy aquí libre y voluntariamente— comentó Tigresa.
A pesar de que había dicho eso, Tigresa lo había dicho de una forma tan automática y carente de emoción que tuve la sensación de que algo iba mal.
—Aunque Tigresa diga eso, no sé quién eres y no me voy a marchar de aquí hasta que ella regrese conmigo al Palacio de Jade.
—Guerrero Dragón, Tigresa y yo somos pareja.
—¡¿Pareja?!¡Eso es imposible! Tigresa no nos ocultaría algo así— respondí estupefacto.
—Llevamos varias semanas viéndonos a escondidas por no interferir con sus ocupaciones de furiosa y Tigresa no dijo nada a nadie porque Shifu se habría enterado y no nos habría permitido tener una relación. Llevo mucho tiempo pidiéndole que deje su trabajo como furiosa y venga conmigo para vivir una vida normal y, tras mucho tiempo, logré convencerla.
—No, eso no es verdad. Tigresa no actuaría así, ni aún estando enamorada. Su trabajo como furiosa es lo más importante para ella. Estoy seguro de que le has hecho algo. Ven conmigo al Palacio y no te resistas o sufrirás la ira del asombroso Guerrero Dragón.
—Guerrero Dragón, te recomiendo que te des media vuelta. No quiero tener que acabar contigo, pero si sigues molestando— Puso su mano derecha en el mango de su espada—, lo haré.
—No te permitiré que te vayas con Tigresa de aquí.
El lobo sacó su espada y alcé mis brazos, listo para pelear. El lobo saltó, quedándose a la altura de mi cabeza y lanzó su espada adelante, que giraba en círculos horizontales. Me agaché para esquivar el ataque, me levanté y dije:
—¿Qué vas a hacer ahora que no tienes tu arma pequeñín?
—Urrg… Vas a pagar por tus palabras.
El lobo alzó su mano y oí el sonido del arma cortando el aire más cerca. Me giré y recibí un fuerte golpe en la frente que me hizo rodar hacia atrás y me quedé sentado. El lobo, que ya había recuperado su arma, me dio con el canto de la espada en la cabeza con una fuerza sorprendente para alguien de su tamaño y me dejó inconsciente.
Desperté un par de horas más tarde y los dos ya no estaban. Se habían marchado. No sabía dónde podían estar, así que tenía que recurrir a mis compañeros y regresé a toda prisa al Palacio de Jade con fuertes palpitaciones, estrés y mucha, mucha preocupación por lo que ese malnacido le hiciese a Tigresa.
Quiero recordaros que podéis seguirme en Twitter para saber que es de mi vida bajo el nombre de Aldabius. También tengo Youtube. Podéis buscarme como Aldabius. Hago análisis, críticas y reflexiones de libros y de historias en general. También tengo Pat-reon (bajo el nombre de Aldabius, ¿cómo no?), por si queréis apoyarme económicamente para que haga más y mejores fanfics, no solo en este fandom, sino en otros. Allí en mi Pat-reon, puse una lista de animes/mangas y etcétera que he visto y sobre los que podéis pedir que haga fanfics. Si queréis alguno que no esté allí, es posible que lo haga, pero necesitaría tiempo para ver la serie/anime/etcétera y motivación (ejem, guita, ejem).
En cualquier caso, espero que os haya gustado el capítulo y comentad que os ha parecido.
