CAPITULO XXXVI
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-Bienvenida, Candy
-¿Dónde estoy?
Archie, vestido de esmoquin, se quitó el sombrero e hizo una venia que casi toca el suelo. Luego, enderezó la espalda, se acomodó de nuevo su sombrero sobre la cabeza y sonrió gentilmente.
-En un mundo al revés.
Estaba en el sitio correcto para hallar las cosas incorrectas. Parecía un sueño divertido.
-Camina con cuidado – me advirtió –, y no te rías muy fuerte. Podrías asustar a nuestros huéspedes.
El primer escenario era un hermoso campo de flores. Una bella joven, mientras cantaba, cultiva las rosas de su mansión. Era Elisa. No pude evitarlo, abrí la boca y empecé a reír. Recordé lo que me había dicho Archie y me callé de golpe.
Seguí caminando y encontré a Annie, vestida de enfermera, reprendiendo como el sargento más estricto e indolente a un pobre hombre que se había roto la pierna e intentaba caminar sin muletas. Le aplaudí a mi amiga. No le vendría mal un trabajo así.
En tercer lugar, hallé a Karen corriendo detrás de un niño pequeño, pelirrojo como ella, mientras cargaba otro a cuestas. Dos más aguardaban por su madre en sus carriolas. ¿Karen madre de cuatrillizos dispuesta a ser la perfecta ama de casa para Archie?, imposible. Si ambos decidían vivir juntos, Archibald terminaría en la cocina y ella en una magistral marquesina de Broadway, con cientos de admiradores a sus pies.
La siguiente estación fue encantadora. Albert y Aoi trabajando juntos en un hospital veterinario. Incansables y sonrientes, atendían a todos los animales formados en fila, quienes alegremente, les mostraban la causa de su malestar. En un mundo al revés, los animales hablaban. No tenía remedio. Sin embargo, me pregunté, ¿por qué ese destino era incorrecto para ambos? ¿No tenía que ser así?
El último lugar que visité fue un escenario. El escenario de Terry. Las luces apuntaban al sitio donde aparecería el actor principal y su dama. Así sucedió. El aplauso del público les dio la bienvenida a Terry… y a mí.
Desperté, con la frente bañada en sudor.
¿Era incorrecto? ¿Había algo mal en ello?
Terry y yo juntos, ¿Por qué no podía ser así?
Nueva York
1916
-Tienes temperatura otra vez, muchacho – el doctor Li leyó su termómetro, anotó un número en su libreta y me miró preocupado -. Debes cuidar tu salud.
-Hace unos días salí a la nieve sin chaqueta – coloqué mi camisa en los hombros para deslizarla sobre mi pecho. Tosí un par de veces y adolorido del cuerpo, bajé de la camilla para terminar con la revisión –. ¿Es grave?
-No. Pero en tu condición, sugiero que sigas mis indicaciones al pie de la letra. Puedes quedarte aquí esta noche, si quieres.
-No, gracias – me negué rotundamente –. Estaré bien en mi apartamento.
-¿Cuándo piensas comenzar tu tratamiento, Richard? – inquirió, inspeccionándome como un padre enérgico pero amoroso –. No puedes dejar pasar más tiempo. Ya lo hemos hablado.
-Quisiera evitarlo – encogí los hombros – pero no puedo. Odio las agujas.
-Richard…
-¿Puedo pensarlo unos días más, doctor?
-No voy a obligarte a cuidar de ti mismo, sin embargo…
-Sin embargo, es mi decisión – concluí –. Lo pensaré un poco más. Gracias.
-Al menos sigue estas indicaciones – dijo, garabateando en su recetario nombres extraños de píldoras – y vuelve mañana.
-¿Saldremos de paseo?, los niños estaban entusiasmados con ir al zoológico. ¿Iremos hoy?
-Espero que llegue mi nueva asistente. Tú y yo solos no podemos cuidarlos. No obstante, todos te agradecen tu compañía – el viejo sonrió complacido y recargó el brazo sobre mis hombros –. Me preguntan diariamente por ti.
-Me alegra poder ayudar – le devolví la sonrisa y caminamos hasta la puerta –. Gracias por invitarme a pasar un rato con ellos todos los días.
-Fuiste tú el voluntario.
-Quería saber… – contuve el aire y miré por la ventana –… qué se siente ser uno de ellos. De todas maneras, tenemos algo en común.
-Me gustaría hacerte otros análisis. Tal vez una segunda opinión…
-Doctor Li – nos interrumpió la enfermera al entrar por la puerta con brusquedad –. Lo busca el director. Dice que es urgente. Le espera en su oficina.
-Lo siento, Richard – se excusó, palmeando mi hombro –, hablaremos luego.
-De acuerdo, doctor.
A paso apresurado, ambos salieron dejándome sólo en medio de lo que yo llamaría un pulcro salón de tortura medieval. Agujas de diversos tamaños y formas, con puntas afiladas y resplandecientes, me observaban en silencio, como si supieran exactamente el propósito de su cruel existencia. Un escalofrío fustigó mi cuerpo y froté mis brazos en respuesta. Busqué mi valija y me la eché al hombro ignorando la fría apariencia de los otros instrumentos de castigo a mí alrededor, contenidos en frascos, gavetas, vitrinas y charolas de metal. Hubiera corrido a la puerta si no me hubiera sentido estúpido al hacerlo. Estiré el brazo para tomar la cerradura cuando de pronto, una bella mujer con voz angelical se me adelantó y asomó la cabeza graciosamente.
-¿Doctor Li? ¿Esta usted aquí?
Candy.
Se veía hermosa. No sé por qué me lo parecía cada vez más.
-Oh, lo lamento – dijo, sin desviar la mirada –. No sabía que estabas aquí.
-Obviamente – dije y respiré hondo –. Tampoco encontrarás al Doctor Li. Acaba de irse.
Sus enormes ojos verdes escudriñaron mi rostro como si fuese un texto incomprensible. ¿Qué miraba? ¿Qué quería decir? ¿Por qué no simplemente se daba la vuelta y me ignoraba como a cualquiera?
-¿Pasa algo? – acomodé mi bufanda y tragué saliva.
-N-no. Disculpa. Es que… luces pálido.
-Estoy resfriado.
-¿Te sientes bien?
-Dije que estoy resfriado – repetí, molesto sin motivo. Quizás, únicamente, me molestaba no poder acercarme a ella.
-No lo parece – repentinamente, colocó su mano en mi frente y abrí los ojos como platos –, pero sí tienes fiebre.
-¿Qué haces? – me aparté de inmediato –. Estoy bien. No eres mi enfermera.
-¿Por qué quieres discutir conmigo de nuevo?
-Lo último que recuerdo – la miré fijamente –, es que no quiero tener nada que ver contigo otra vez. Eso incluye discutir. Ahora, si me disculpas – asentí y pasé a su lado -, tengo prisa.
-Lo sé todo, Richard – dijo y me detuve de golpe.
-¿Qué, todo?
-No era mi intención inmiscuirme en tus asuntos. Yo sólo…
-¿Qué es todo? – volví a preguntar, alzando la voz.
-Estás enfermo. Tienes…
-¿Cómo te atreves? – arrojé mi bolso al piso y la miré, furioso –. ¿Hurgaste en mi expediente? ¿Para qué? ¿Para decirle a tu novio que se quede tranquilo, que mi presencia no le incomodará por mucho tiempo?
-¡Por supuesto que no!
-¡¿Entonces por qué?!
-¡Porque eres mi amigo!
-¿Metes las narices en la vida de todos tus amigos o soy privilegiado?
-No se lo he dicho a nadie.
-No tengo que darte las gracias por algo tan obvio.
-No te pedí que me agradecieras.
-¡Ni yo pedí tu compasión! - quería sacudirla y después, besarla. Añoraba su sabor. Su deliciosa respiración y sentirla respingar bajo mis brazos. Tuve que apretar los párpados con fuerza para no ceder -. Solo… aléjate de mí.
-Richard, yo…
-Candy – el doctor Li aparecía nuevamente por la enorme puerta blanca de madera –. Gracias por venir. ¿Eso quiere decir que aceptas?
-¿Aceptar? – murmuré, como si fuera de mi incumbencia.
-Buenas tardes, doctor. Sí, a eso he venido. Siento la tardanza.
-Richard – el buen hombre se acercó a mí y palmeó mi espalda por segunda vez –, parece que si podremos ir al zoológico hoy. Te presento a mi nueva asistente, la señorita Candice White Andrey.
-No puede ser… – maldije por lo bajo.
Intuí que Candy, sin proponérselo, rondaría mi vida un tiempo más por una absurda, cruel y penosa voltereta del destino.
-¿Qué tal éste?
-Es exactamente igual al anterior.
-No es verdad – objeté y me quité el sombrero para mirarlo de cerca –. El color de las puntas es distinto.
-¿Vas a verlo? – Terry enarcó una ceja y me miró como a la persona más aburrida y predecible del mundo.
-Tal vez – volví a mi camerino, busqué otro sombrero y salí para preguntar su opinión por doceava vez - ¿Y éste?
-Es igual al otro.
-¿Cómo pueden ser iguales?, no seas tonto. Éste tiene las costuras de seda.
-¿Qué te agrada de ese tipo? – se cruzó de piernas y brazos, aguardando lo que imaginó, sería una estúpida respuesta.
-Que sabe la diferencia entre éste sombrero, el anterior, y el anterior a ése.
-Estupendo. Quizás lo que buscas no es un novio sino una hermanita que cepille tu cabello y te preste su ropa.
-Envidioso – le mostré la lengua y ajusté mi sombrero, resuelta a llevar ése, el de las costuras de seda – Pero Candy te hará pagar todos tus pecados en vida. Me alegro. No te la mereces pero hacen bonita pareja. ¿Ya te despediste de ella?, el tren sale mañana temprano.
-Lo sé – Terry se levantó de su asiento y sujetó mi sombrero de los extremos –. ¿Dónde verás a Archibald?
-¿Por qué me lo preguntas? ¿Quieres que salgamos los tres?
-Dónde – insistió tajante.
-Times Square. Justo en el centro.
-Bien – asintió y tiró de mi tocado para amoldarlo a mi cabeza con descortesía –. Sé cuidadosa, ¿entiendes?
-¿Qué te pasa? ¿Por qué de pronto te preocupas por mí?, me detestas tanto como yo a ti.
-Karen – mi detestable amigo fijó su vista en la mía y carraspeó como si estuviera a punto de decirme una verdad universal – Archibald no…
-Señor, su coche le espera.
-Gracias – repuso Terry al utilero que nos interrumpió – iré en un minuto.
-Vamos, te acompaño – anudé nuestros brazos y lo escolté a la salida como si él fuese la dama y yo el caballero.
-No, aguarda.
-¿Desde cuándo viene un chofer por ti?
-Karen…
-¿Tu madre lo envió?
-No. Y no es necesario que me acompañes.
-Lo sé, pero tengo curiosidad.
A punta de tirones llegamos a la puerta donde un regio carruaje de sobrios tonos marrones combinaba a la perfección con sus jamelgos y conductor. Sobrios, aburridos e impávidos ante nuestra presencia. Observé con atención el rostro del hombre que llevaba las riendas de los caballos. Me resultó familiar. Tomé unos minutos para recordarlo pero Terrence, al darse cuenta de lo que hacía, me distrajo con una pregunta absurda.
-¿Crees que nevará hoy?
-¿Qué?, no lo sé. ¿Por qué lo dices?
-Llévate mi abrigo – dijo en el momento mismo en que se deshacía de él –. Lo que tienes puesto no te servirá de nada.
-No voy a dormir en la calle. Me encontraré con Archie e iremos a…
-Tómalo – insistió. Me pregunté por qué estaba tan feliz. Tan feliz para tratarme como a su hermana menor o su mejor amiga. Su inusual cortesía logró ponerme nerviosa. Prefería a su otro yo. El desconsiderado boquiflojo de alma sarcástica e irreverente.
-De acuerdo – dije, y al instante en que metía el segundo brazo a la prenda, recordé dónde había visto a ese chofer –. Oh, cielos – miré a Terry boquiabierta – ¿Qué haces tú con ese hombre?
-¿Qué?
-Ese es el chofer de Susana. ¿Por qué vino a recogerte hasta la puerta?
-Nada que te importe.
-Un segundo – sujeté su brazo cuando se dio la vuelta –. Ayer también estuvo aquí, ¿cierto?
-¿No tenías prisa para ir a tu cita?
-¿Qué sucede, Terry?, supuse que Susana y tú habían terminado.
-Suéltame – apartó mi mano y me miró fríamente –. Tengo que irme.
-¿Con ella?
-Te prohíbo que… - antes de terminar, se retractó y volvió a empezar –… te pido que no se lo digas a nadie. No todavía.
-Todavía… – repetí, desconcertada –. Bien, no lo haré, pero…
-Te veré mañana en la estación.
-S-sí – asentí con mil preguntas en la lengua, pero con el mal saber de tener que tragármelas –. Terry… - agregué al verlo subir al coche – ¿todo está bien?
-Lo estará mañana. Te lo aseguro.
-Sé que te gustan mucho pero, por favor, no hagas otra estupidez.
-Tú tampoco – sonrió y de un brinco entró al carruaje. El conductor arrancó de inmediato.
Sentí un hueco en el pecho. Uno que me decía que no todo se solucionaría mañana. Estaba preocupada. Sin embargo, la sonrisa de Terry era distinta. Cuando habló de mañana, era como si hablara del día en que llegaría a sus manos el mejor regalo de su vida.
Crucé los dedos de la mano izquierda por él, y después, los dedos de ambas manos por mí.
-Bienvenido, Archie. Tardaste demasiado – Elisa, sórdida y enfadosamente me recibió con una sonrisa hipócrita y un abrazo que evadí con descaro –, te esperábamos desde hace horas.
-No me quedaré. ¿Está Annie?
-¿Esos son tus modales? ¿Ni siquiera me preguntarás cómo esta la tía abuela?, al fin ha vuelto de Londres.
-¿Albert regresó con ella? – aquella fue la única pregunta que me interesó respondiera.
-No lo sé. Ese hombre ya no tiene nada que ver con nosotros.
-¿Qué dijiste?
-Esta noche te enterarás. La tía abuela hará un anuncio importante.
-No voy a quedarme a ninguna fiesta, Elisa.
-Tendrás que hacerlo. Es una orden de la tía.
-Ya no vivo con ustedes, así que no tengo porque seguir sus órdenes.
-Lo harás – dijo con una sonrisa malévola –. Antes de saludar a Annie, ve con ella. Te espera en el estudio.
Era increíble la capacidad que tenía esa mujer para hacerme olvidar de todos los buenos modales que mis padres me habían inculcado durante diecisiete años. No le dije "gracias" o "hasta pronto", porque si lo intentaba, una expresión parecida a "piérdete de mi vista" le hubiese ganado la batalla a las otras dos. Preferí callarme e ir a la habitación de Annie. Me sorprendí a mi mismo caminando con pesadez al estar a unos metros de su puerta. Era como si el aire se tornara pesado, la luz amarillenta, y mis emociones flácidas y adormiladas. Pero tenía que verla. Cogí el picaporte sin recordar que tenía que tocar primero. Así lo hice y esperé su voz decir "adelante".
-Archie – me saludó desde la cama, con un semblante renovado y una sonrisa que podía iluminar el jardín donde se llevaría a cabo la fiesta –, viniste.
-Hola, Annie – hubiese sido amable sentir lo mismo que reflejaban sus ojos, pero me sucedía lo contrario –. ¿Te sientes mejor? ¿Elisa se ha portado bien contigo?
-Sí, por supuesto. Todos lo han hecho. La tía abuela me ha dicho que puedo quedarme el tiempo que quiera. Que tal vez… - su sonrisa se ensanchó como si eso no fuera posible – ya no tengo por qué volver a casa.
-No comprendo.
-Te quedarás a la fiesta ¿verdad, Archie?
-No. Lo siento. Tengo que…
-Claro que lo hará – determinó la tía abuela desde la entrada –. Todo está listo para anunciar su compromiso. Por ningún motivo aceptaré un desaire de tu parte, Archibald – amenazó con su acostumbrada inflexibilidad – Ve a tu recámara. Tu guardarropa está listo.
-No – solté la mano de Annie impulsado por un inesperado arranque de coraje que me abofeteó el rostro –. Lo lamento. El compromiso queda cancelado.
-Archie… - mi futura esposa, que no lo sería jamás, se llevó las manos al pecho, desolada.
-Esa no es tu decisión – declaró la tía –. Obedece y guarda silencio.
-¿No me escuchaste?, no voy a comprometerme con Annie. No voy a casarme con nadie que no elija yo.
-La elegiste a ella desde hace tiempo, ¿lo has olvidado?
-Ella lo olvidó – dije accidentalmente. No quería herirla pero ninguna de las dos me dejó otra opción.
-Archie – temblando, Annie alcanzó mi mano y tiró de ella con suavidad –, te lo suplico, dame otra oportunidad. Yo… yo te amo.
-Basta – zanjó la tía –. No tienes que suplicarle nada. El matrimonio ha sido convenido por ambas familias y no hay lugar para discusión. Así sucederá.
-Perdóname, Annie. Quería decírtelo de otra forma – de reojo, miré a la tía con resentimiento – pero no ha sido posible.
-Archie, por favor…
-Lo intenté – seguí –, pero no puedo quererte. No como antes.
-Seré paciente, lo juro.
-No – sacudí la cabeza –, tu paciencia no me ayudará. Si te sirve de consuelo – añadí –, te he perdonado. Pero lo siento, no puedo casarme contigo sólo por eso.
-No me dejes, te lo ruego.
-Annie…
-¡Archibald, ve a tu habitación ahora mismo!
-Adiós – besé su mano y salí de allí, pero en dirección a la puerta y no a mi antigua alcoba.
Cuando creí que todo estaría bien, que correría a abrazar a Karen esa tarde para decirle que estaba enamorado de ella desde que la vi, el terrible poder de los Andrey se impuso frente a mis ojos con crudeza y brutalidad.
-¿Adónde vas, Archie? – preguntó Elisa cuando dos hombres de una estatura impresionante me cerraron el paso rumbo a la salida -, hay una fiesta esta noche y tú eres el invitado de honor.
-Quítense de mi camino – les pedí terminante, a pesar de saber su respuesta.
-Ríndete, Archie – dijo esa mujer que comenzaba a odiar con toda el alma –. No saldrás de aquí sino con Annie bajo tu brazo, la bendición de la tía y rumbo a la catedral.
-Quizás no fue una buena idea venir – Susana observó con decepción las nubes grises cernirse sobre el parque y se ajustó el sombrero -. ¿Prefieres volver a casa, Terry?
-Esperemos un poco más. ¿Tienes frío?
-No. Estoy bien.
-Tus manos no opinan lo mismo – al tomar una de ellas, Susana se sonrojó súbitamente y ocultó la cara. La textura de su piel era suave. Disfruté el breve contacto y no sé porque nunca me había dado cuenta antes – usa mis guantes – añadí –, no los necesito.
-No, no quiero moles...
-Pero antes de que terminara de negarse, los saqué de mi bolsillo y comencé a colocárselos.
-Gracias – sonrió tímidamente y le devolví el gesto. Después, no atiné qué mas decir o de qué hablar.
No había notado que nuestra única conversación, la que habíamos sostenido todos los días desde hacía un año, se basaba en dos simples y fastidiosas preguntas: ¿Te sientes mejor? ¿Necesitas algo? Susana no necesitaba otra cosa que conversar con alguien. Con ese alguien que la había escogido por encima de otra persona. De la persona que yo amaba.
-Que amo – rectifiqué sin percatarme que lo había hecho en voz alta.
-¿Disculpa?
-No, perdona. No fue nada.
-Tengo hambre, ¿tú no?
-No demasiada.
-Preparé suficiente comida para los dos. Los hombres comen mucho más que las mujeres, y en realidad – guiñó un ojo –, los odio. No tienen que cuidarse como nosotras. Que injusto.
-Iré al coche por la canasta. Aguarda aquí.
-Gracias – dijo y rozó mi mano, fingiendo que había sido un accidente. Tenía miedo de tocarme y no entendía por qué.
Fue hasta llegué al carruaje, que la razón de su miedo se impactó contra mí como un muro de concreto. Susana creía que yo la aborrecía. Que me repugnaba tocarla. Me quedé inmóvil por unos instantes. ¿Fui capaz de hacerle eso sin saberlo?, de inmediato trate de recordar las veces que la había tocado desde el accidente. Las ocasiones en que conversé con ella sobre sus sentimientos, sus temores, su desconsuelo y confusión.
No pude recordar ninguna. Jamás lo hice. Nunca me interesó. Creí que sería feliz conmigo a su lado, que yo era todo lo que necesitaba para superar su invalidez. Sin embargo, desde ese día, el único inválido fui yo. Para ambas, para todos y en especial para mí. Dejé de ser un hombre y me convertí en una carga. A Candy le destrocé el corazón y Susana perdió su pierna, pero las dos continuaron con su vida. Yo, lo que hice, fue tirarla a la basura.
-¿Por qué tardaste tanto? ¿Estaba muy pesada?
-No – respondí al sentarme de nuevo a su lado –. Algo huele bien y me detuve a mirar.
-Espiaste – volvió a sonreír –. De acuerdo, te perdonaré si me ayudas a levantarme.
-¿Para qué?
-Mira – señaló a la distancia y seguí su brazo para encontrar su sombrero danzando con el viento a varios metros de allí –. No quiero perderlo, es nuevo.
-Iré por él.
-No, a mi me gustaría.
-Muy pronto… – me arrodillé y la tomé de los hombros –, podrás hacer todo lo que quieras. Volverás a caminar por la calle y los parques como si nada hubiera sucedido – respiré hondo y la observé contener una lágrima –, pero ahora, déjame hacerlo a mí. Te lo debo, Susi.
-Terry…
-Volveré enseguida. Después – añadí – podríamos ir al zoológico del parque. No está lejos de aquí.
-De acuerdo.
Al ir a rescatar su sombrero, sabía que le debía más que eso. Le debía parte de mi propia salvación. A cambio de mi desprecio, ella me obsequió un hogar a dónde volver todas las tardes. Uno que jamás aprecié porque era un inválido. No podía ver, oír, sentir, pensar. No hasta que Candy volvió a mi vida y Susana reclamó el derecho de ser notada.
Los tres días que me pidió estar a su lado en pago por mi libertad, en ese momento, me parecieron insuficientes. Pero, ¿qué más podía hacer por ella sin lastimar a la persona que amaba?, ¿ofrecerle mi amistad? ¿Los tres éramos lo suficientemente maduros para soportar una relación así?
-Rayos – maldije cuando el estúpido sombrero, impulsado por el aire, se introdujo en los matorrales – ¿dónde está?
Perdí de vista a Susana, pero en cambio, hallé a un grupo de niños del otro lado de los arbustos. Sus agudos gritos y risas me distrajeron. Especialmente cuando miré a la rubia enfermera que jugaba con ellos, trepada a un árbol y haciendo graciosas muecas.
-Candy.
Mi estómago dio un vuelco. Entrecerré los ojos y observé de nuevo. Era ella. No me equivoqué. Me llevé la mano a la frente y sudaba como si de golpe hubiese enfermado de fiebre. ¿Qué demonios hacía allí?, la amarga sensación de ser descubierto en medio de un crimen me sacudió brutalmente. Traté de volver pero creí que cualquier movimiento que hiciera me delataría. ¿Cómo iba a explicarle?, aún no era el momento. Aún no podía contarle sobre…
-¿Qué haces aquí?
Giré la cara y encontré a Richard Marlowe mirándome como a un peligroso criminal introduciéndose en sus dominios.
-¿Viniste a verla o espiarla? – inquirió, apuntando a Candy con la mirada – o tal vez… ¿buscabas esto?
El sombrero de su hermana apareció en su mano y al tratar de recuperarlo, se apartó. Clavé la mirada en él como me hubiese gustado clavarle un puñal en el pecho, y extendí el brazo para recibir el objeto sin mediar palabra.
-¿Ni siquiera vas a decir "gracias"?
Negué con la cabeza y mi brazo continuó extendido, esperando. Juré que le arrancaría la cabeza si al siguiente segundo no me lo entregaba.
-¿Qué haces aquí con Susana? – preguntó de pronto. Mi estómago se hizo un nudo y contuve la respiración para mantener la calma. Todavía podía irme de allí sin que Candy notara mi presencia. No iba a dar un espectáculo que llamara la atención de todos. No, aunque Richard se esforzará por lograr lo contrario –, ¿Te reconciliaste con mi hermana y lo están celebrando con un día de campo?, muy romántico. ¿Candy lo sabe?
-Si en verdad ella te importa – musité entre dientes –, no hagas una estupidez.
-No puedo creer cómo puede amarte. Cómo Susana lo hace también.
En un descuido, le arrebaté el sombrero y me puse frente a él para darle la espalda a Candy. Lo miré fijamente y dejé de contener el aire.
-No existe la menor oportunidad de que compitas conmigo – le advertí –. Candy no va a amarte. Inténtalo cuanto puedas pero perderás. Nada de esto te incumbe, y si vuelves a entrometerte, me aseguraré de que te arrepientas de haberlo hecho.
-¿Por qué le haces esto?
-Porque la amo. Y eso es lo último que voy a decirte.
Miré a Candy por encima del hombro y venturosamente aún jugaba con sus pacientes sin darse cuenta de mi visita. Regresé con Susana y con el imperioso deseo de correr hacia Candy para revelarle todo, antes de que otro lo hiciera.
No estaba seguro de lo que haría Richard. Abrir la boca y decir una idiotez era una posibilidad. La otra, acepté furioso, es que sus sentimientos hacia Candy fueran sinceros y decidiera guardar silencio; confiar en que ella me descubriría y se alejara para siempre. Cualquier opción era horrible de imaginar. Sin embargo, aspiré hondo y confié en Candy, así como ella confiaba en mí. Todo terminaría pronto. Esa era la última noche que estaría con Susana. La última de mi vida. Sólo unas cuantas horas y después, nuestra historia, finalmente, tendría un final feliz.
-¡Abran la puerta! – como si puño fuese un martillo, golpeé la madera hasta que empecé a sangrar - ¡No voy a hacerlo! ¡Me iré de aquí no importa lo que digas! – vociferé a la tía abuela –¡Demonios, abre! ¡No soy una maldita marioneta! ¡Abre!
Podía escuchar la risa burlona de Elisa retumbar en mis oídos a pesar de que se hallaba en el jardín, ultimando detalles para mi fiesta de compromiso. Fue una trampa, una estúpida trampa en la que caí con ridícula facilidad.
Por un segundo me pregunté si Annie lo sabía. Si lo había planeado junto con mi familia. Casualmente me había pedido que la visitara ese día, sin falta. Dijo que era importante. No. Sacudí la cabeza. No era el momento de señalar culpables sino de hallar una salida. La recámara carecía de balcón. Las ventanas estaban demasiado lejos del piso y de cualquier otra habitación. Busqué durante horas el modo de escapar por el sitio menos pensado pero no pude hacerlo. No existía ese sitio. Estaba atrapado, la puerta era el único acceso. Y detrás de ella, no debía olvidarlo, había dos hombres custodiándome celosamente como a una maldita bóveda de dinero.
-¡No voy a comprometerme! – grité, golpeando y pateando la puerta – ¡No lo haré! ¡No vas a obligarme!
¿Cómo podría? ¿Iba a apuntarme con una pistola frente a todos los invitados de mi boda para que dijera "sí, acepto"? ¿Me desheredaría?, ¿Forzaría a mis padres a repudiarme?, pensé en todas las opciones posibles y ninguna, por difícil que fuera, consiguió intimidarme. Nada de lo que hiciera la tía, o el nuevo patriarca de los Andrey, podría dañarme.
La imagen sonriente de Candy, despidiéndose de sus amigos desde el puerto de Southampton, en Londres, vino a mi mente y me llenó de calma. Al menos por unos minutos. La valiente chica había renunciado a nosotros por segunda vez con los bolsillos vacíos, el futuro incierto pero la frente en alto. ¿Por qué, entonces, yo iba a tener miedo de lo que me pasara? ¿No podía sobrevivir sin la protección de los Andrey?
-¡Annie! – grité al volver a la puerta para derribarla con los puños – ¡Sé que me oyes! ¡Abre la puerta, Annie! ¡Quiero hablarte, abre!
Pero desistí de pedir su ayuda cuando recordé que era una cobarde. Un títere cuyos hilos sostenía por propia voluntad. ¿Esa clase de amor quería? ¿Un cariño falso, roto, enfermo e inexistente? ¿Cómo podía casarse con alguien que no soportaba ni siquiera mirarla?
-Karen… - consulté mi reloj y sentí náuseas. En unas horas Karen estaría en Times Square aguardando por mí entre la gente. Inquieta y sonriente. Yo tenía que estar ahí. Tenía que llegar – ¡Déjame salir, tía! – reinicié la guerra que me prometí ganar – ¡Déjame ir, abre la puerta!
¿Dónde estaba Albert?, esa pregunta me la hice cientos de veces al azotar los puños contra las puertas y ventanas de la alcoba. ¿Qué sucedió en Inglaterra con él y Aoi? ¿Por qué no había vuelto todavía y por qué demonios no estaba allí para ayudarme?
-Tranquilízate, Archie – dije antes de exhalar pesadamente –. Piensa en otro modo de salir, al menos de esta recámara. Tiene que haberlo, tiene que haberlo.
-¡Candy! ¡Mi globo!
-No te preocupes – acaricié a Martha en la cabeza y doblé las rodillas para prometerle que bajaría su globo de la rama donde estaba atorado. Me pregunté cómo estaría Paty y su abuela Martha. Hacía tanto que no tenía noticia de ella –. Lo bajaré enseguida, no llores.
-Yo lo haré – Richard extendió el brazo para coger la primer rama y trepar por el tronco pero alcancé a jalar su chaqueta – ¿Qué haces, Candy?
-Yo iré. Tengo más experiencia en esto que tú.
-¿Según quién?
-Según yo – gruñí –. Tú cuida a la niña.
-Olvídalo – al tratar de sujetar la misma rama, Richard cogió mi vestido y tiró de él –. Esas botas harán que te resbales y nos caigas encima.
-En ese caso, apártate – empujé su hombro –, y limítate a observar.
-Observa tú – me devolvió el empujón –, y hazlo en silencio.
-¿Por qué me empujas?
-Tú lo hiciste primero.
-Esa no es una razón. ¿Si te golpeo con el puño tú también lo harás?
-Con Terrence tienes suficiente ¿no lo crees?
-Richard… – dije su nombre como si hubiera dicho una soez, sucia y altisonante palabra.
-Espera aquí, Martha. Traeré tu globo.
-No – sujeté su brazo de nuevo, dispuesta a arrancárselo si daba un paso más –. Yo lo haré.
-Suéltame, Candy.
-¡Doctor Li, ayúdeme! – fingí la presencia del médico detrás de él y aproveché su distracción para chocar la rodilla contra su pierna. Tropezó y calló fácilmente. De inmediato, salté a la rama del árbol mientras Martha aplaudía emocionada.
-¡Mentirosa!
-Cállate o te caeré encima – le mostré la lengua y le di la espalda para seguir escalando.
Concentré mi atención en subir a toda prisa. Me alegró reconocer que mi condición física seguía en perfecto estado. Mis piernas y brazos se desplazaron con armoniosa facilidad entre las ramas y tronco para que en sólo minutos llegara a mi meta. El globo amarillo de…
-¡Martha, lo tengo!
Boquiabierta, contemplé el rostro triunfante de Richard sosteniendo el globo en la mano. ¿Cómo lo hizo? ¿Cómo llegó antes que yo?
-No te lo diré – fanfarroneó, como si leyera mi mente – vamos, te ayudaré a bajar.
-No lo necesito.
-Entonces, ¿qué necesitas? – inquirió molesto – ¿mirar a tu derecha y darte cuenta que has estado enamorada de un idiota?
-¿Qué?
No sabía de lo que hablaba e instintivamente obedecí. Pero antes de que lograra ver algo, las manos de Richard aferraron mi rostro y me obligaron a mirarlo.
-Olvídalo, hay que bajar.
-¿Qué quieres que vea?
-Nada. No escuches lo que digo.
-Déjame – lo intenté alejar pero tomó mis hombros torpemente, y de pronto, en medio del forcejeó, la rama crujió.
-¿Qué fue eso?
-No te muevas.
-Dame la mano – dijo y la tomó sin permiso –, hay que…
-¡No, Richard!
Grité muy tarde. La rama se partió de raíz y nos lanzó al vacío antes de que pudiéramos llegar al tronco. Cerré los ojos, sujeta de él, y dejé de respirar. Aguardé el choque contra el piso pero nunca llegó. Un violento tirón de mi brazo derecho me hizo reaccionar y volver la mirada hacia arriba. Richard se sostenía con dificultad de otra rama mientras me detenía en el aire. Jadeaba y apretaba los dientes, tratando de clavar las puntas de sus zapatos al madero. No lo consiguió y lo oí maldecir.
-Suéltame – le pedí –, no está tan alto. Puedo caer de pie desde aquí.
-¿Y dejar que te rompas una pierna?
-No me la romperé. Ya lo he hecho antes.
-¿Alcanzas esa rama? – apuntó con la mirada al norte y comenzó a balancearme –. Salta allí.
-No es necesario. Yo puedo…
-¡Hazlo! ¡No voy a dejar que te lastimes!
Sentí mi corazón contraerse al escuchar su estricta orden. Dijera lo que dijera, no iba a soltarme. Así que tenía dos opciones: romperle el brazo si seguía sujeta de él más tiempo, o aceptar su propuesta.
-De acuerdo.
Columpié los pies para ayudarle y en el segundo vaivén me impulsé con fuerza. En el momento exacto, Richard me soltó y pude coger la gruesa rama con ambas manos. Ágilmente trepé a ella y recuperé el aliento, mirándole de reojo.
-Gracias, ¿estás bien?
-Sí – respondió antes de pegar un brinco y sentarse en la rama que había evitado nuestro caída –, lo lamento. No quise gritarte, pero es verdaderamente necia.
-¡Candy! – Martha agitó las manos desde abajo – ¡Mi globo!
Richard y yo dirigimos la mirada a la esfera amarilla que se elevaba al cielo sin remedio. Lo siento, Martha, pensé en silencio, preferimos salvar nuestras vidas a salvar tu globo.
Supuse que la niña hubiera preferido que salvara su globo. No pude culparla.
-Tendrás que comprarle uno nuevo – dijo Richard.
Enseguida, estiró las piernas y bostezó perezosamente, descansando en el brazo del árbol. Lo observé y de pronto, mi visión se tornó confusa. En su lugar, vi la figura de Terry dormitar plácidamente en la rama, con una sonrisa asomada a su rostro. Sacudí la cabeza.
-Basta, tonta. No es él.
-Candy… - murmuró, y me volví a mirarlo. Aún tenía los párpados cerrados.
-¿Sí? – Richard respiró hondo, demoró unos segundos y después respondió.
-¿Por qué no puedo olvidarte?
-Candy, pronto estaremos juntas de nuevo.
Me miré al espejo y el vestido nuevo que la tía abuela había ordenado para mí era hermoso. Era natural pensar que el de mi boda no tendría comparación. Se hablaría de mí durante días, quizás semanas. Tal vez años.
Ann Cornwell Andrey. Sonaba maravilloso. Y Candy, al tomar su lugar como heredera directa de la fortuna Andrey, estaría conmigo. Volveríamos a vivir juntas, a soñar juntas, a desear lo mejor para cada una. Sin embargo…
-Señorita, ¿se siente bien?
La doncella que cepillaba mi cabello notó mi súbita preocupación. Levanté la vista y sonreí. Todo saldría bien. Confié en que la tía abuela decidiría lo mejor para Candy. Pese a eso, imaginarla como esposa de Neil me provocó escalofríos. Ella jamás lo aceptaría. Ni siquiera yo estaba segura de poder pararme frente a él sin correr asustada.
No obstante, el futuro era brillante para ambas. Para los tres. Si tan solo Archie y Candy se dieran cuenta de ello.
-Con permiso, señorita.
La mucama se excusó y me dejó sola. Cerré los ojos y traté de escuchar lo que sucedía afuera. ¿Archie estaría bien?, no, por supuesto que no. No quería estar conmigo. Lo único que deseaba era salir de allí para ir a reunirse con esa… actriz.
-¡No! – exclamé y salí de la habitación.
No lo permitiría, no con ella. Archibald no me abandonaría por la mujer de André.
Si el destino pretendía darme una lección, juré que lo cambiaría.
-¿Mañana volverás? – la carita de Martha se entristeció inesperadamente al despedirme de todos en el hospital. Me hinqué para abrazarla y asentí enérgicamente.
-Mañana y todos los días – le prometí.
-Gracias por todo, Candy – sonrió el doctor Li y tomó la mano de Martha paternalmente –. Sin tu ayuda, Richard y yo no hubiésemos podido cuidar de los niños solos. Vuelve cuando quieras. Martha – dijo a la pequeña – ve con los demás. Iré en un minuto.
-¡Hasta mañana, Candy!
-Hasta pronto – agité la mano animada y sonriente. Al verla desaparecer, mi sonrisa también desapareció y miré al doctor Li preocupada –. Doctor, ¿sabe dónde están Albert y Aoi?
-Aún no – respondió sobriamente, como si le hubiese gustado que yo tuviera la respuesta –, pero no debemos preocuparnos. Saben cuidarse solos.
-Supongo que sí.
-¿Conocías a Richard, Candy?
-¿Eh?, no. Es decir – claro que lo conocía, pero en su aspecto gentil y tierno. No en el que me mostraba cada vez que reñíamos –, lo vi algunas veces. Es amigo de la familia – en especial de Archie.
-Es un buen muchacho. Al igual que tú, se ofreció a compartir con los niños unas horas del día y divertirse con ellos mientras comienza su tratamiento.
-Él está… ¿muy enfermo?
-Es difícil decirlo. Será mejor que te marches, empieza a anochecer.
Incliné la cabeza en señal de respeto, como lo hubiera hecho Aoi, y luego lo abracé, como lo hubiese querido Albert. Agité la mano y salí del hospital con un poco de nostalgia. Quería retornar con mis pacientes. Ser enfermera.
-Olvida… lo que dije.
A la puerta del hospital, oí la voz de Richard detrás de mí. Me detuve sin voltear. Al bajar del árbol decidí no cruzar otra palabra con él. Quería mantener mi promesa pero su voz sonó tan abatida y lejana que no pude contenerme.
-Ya lo hice – repuse.
-Bien.
Pasó junto a mí sin volverse. Un frío y enorme hueco encogió mi estómago. Pero así tenía que ser. Yo amaba a Terry, y Richard sólo era… Richard.
-¿Puedo pedirte algo? – sorpresivamente, regresó y se paró frente a mí.
-¿Qué?
-Si alguna vez te sientes perdida y él no está ahí, yo…
-No sucederá.
-Candy…
-No sucederá – repetí con convicción –. Terry y yo queremos estar juntos esta vez. Confío en él, Richard. Así que no sucederá nada malo – añadí, cierta –. Lo sé.
-Tal vez no lo creas – sonrió fugazmente –, pero verte feliz, no importa con quién, creo que también me hará feliz a mí. Lo supongo – se rió de sí mismo y me miró dulcemente –. Así debe ser, ¿no?
-Richard…
-Pero aunque trato de explicárselo a mi corazón, el muy idiota no lo entiende.
-Yo… - quería consolarlo pero me quedé inmóvil –, lo lamento.
-Yo también. Cuídate.
-Mañana… ¿vendrás?
Richard levantó el brazo y se despidió sin contestar. Si no venía, lo comprendería. Pero a pesar de repetirme millones de veces que así tenía que ser, que amaba a otra persona, una parte de mí quería verlo de nuevo. Una muy absurda y estúpida parte.
No quise regresar al apartamento. Quería caminar y pensar largo rato. Tomé el tren subterráneo y sin pretenderlo, llegué a Broadway, como si mis piernas supieran a dónde ir. Las luces de las marquesinas comenzaron a empobrecer y extinguir la luz de la tarde. El ruido, la música y el cúmulo de gente paseando por las calles eran extraordinarios. Comparado, al menos, con cualquier otra ciudad en la que hubiese vivido. Terry amaba esa ciudad. Supuse que yo tendría que aprender a amarla pronto. No podía ser tan malo. La ciudad bajo la nieve lucía hermosa. Se podía respirar la Navidad en las esquinas. El olor a nueces acarameladas llegó hasta mi nariz y lo saboreé como si lo hiciera por ambos; por Terrence, misteriosamente ausente durante tres días, y por mí, su irremediable enamorada.
-¿Candy?
-¿Karen?
Las dos nos detuvimos al mismo tiempo, en dirección contraria y con los ojos entornados.
-¿Qué haces aquí? – me preguntó.
-Nada en especial. Dar un paseo ¿Y tú?
-Estoy… esperando a alguien.
-¿Archie? – sonreí traviesamente, compartiendo su alegría y las mariposas en el estómago.
-Pues sí… creo que así se llama.
-Algún día me contarás cómo se enamoraron – le pedí –, todavía me parece increíble.
-¿No estás molesta conmigo?
-¿Por qué debería?
-Su antigua prometida es tu mejor amiga. Tal vez yo lo estaría.
-De mis amigos sólo quiero su felicidad, y Annie y Archie ya no son felices juntos. Prefiero verlos alegres, aún si cada uno lo hace por un camino distinto.
-Eres odiosamente buena – dijo con una graciosa mueca–. Terry no te merece.
-Lo sé.
Ambas reímos espontáneamente y volvimos la cara al cielo cuando de pronto, un copo de nieve descendió frente a nuestros ojos con reconfortante calma.
-Aún es temprano – dijo Karen -, ¿tienes hambre?, conozco un restaurante tranquilo donde podríamos comer algo.
-¿Y tú cita?
-El lugar es allí – apuntó a los vitrales de un sitio ubicado al otro lado de la acera –. Si Archie llega, lo veremos fácilmente.
-Prefiero no interrumpir.
-No lo harás si después de cenar… te desapareces mágicamente.
Sus ojos brillaron con sensualidad y volví a reír, deleitada por su envidiable franqueza.
-Trato hecho. Me esfumaré.
-Buena chica.
-Por cierto – agregué mientras cruzábamos la calle – ¿has hablado con Terry?
-Terry… - aclaró su garganta y desvió la mirada - ¿Qué Terry?
-Karen… - refunfuñé.
-Ah, ése. Bueno… lo vi pero no hablé con él. Tenía prisa.
-¿Tú o él?
-Él... y yo también.
-No lo he visto en días. Ni siquiera ha llamado. ¿Está bien?
-Muy bien. Con dos brazos y dos piernas todavía.
-¿Qué le sucederá? ¿Estará molesto?
-Siempre lo está. Nació molesto, ¿no te ha dicho su madre?, sus primeras palabras fueron: maldita sea, déjenme dormir.
El estómago me dolió de risa al entrar al restaurante con Karen. Gracias a su prestigio como actriz, de inmediato se nos concedió una mesa. Algunos comensales, a su paso, la observaron con curiosidad, sin poder evitar murmurar algo a su compañero de mesa. Me sentí orgullosa de ir con ella, así que alcé la barbilla y marché con candencia y clase, imitándola.
-¿Vino, señorita Klaise?
-Del mejor – respondió ella, respingando la nariz –. ¿Está bien, Candy?
-Sí. Perdone, señor – me dirigí al camarero – ¿podría indicarme dónde está el tocador de damas?
El amable mesero me indicó la puerta y luego de excusarme con mi anfitriona fui hasta allí. Mojé mi cara frente al espejo para refrescarme. Recobré el aliento y me sentí mejor. Había caminado demasiado. Lo suficiente como para pedirle a Terrence que me llevara en brazos todo el camino de regreso.
Pero Terrence no estaba.
Al fin reconocí mi preocupación. ¿Por qué no me había buscado en tantos días? ¿Por qué me pidió confiar en él y después desapareció? Al menos estaba bien. De lo contrario, Karen me lo hubiera dicho. Pero, entonces, ¿por qué era tan desconsiderado?, no lo comprendía. ¿Cómo pueden los hombres decir que te aman una mañana, y olvidarse de ti al anochecer?
-No puedo creerlo – dijo una mujer al entrar por la puerta -. Las dos están cenando en el mismo restaurante y todavía no se dan cuenta. ¿No es gracioso?
-Aún se rumorea el romance entre esos dos – murmuró su amiga, en descaro cotilleo –. ¿Será cierto?
-Si es así – repuso la otra –, ¿no sería divertido que Susana se enterara de que la amante de su prometido está sentada a unas cuantas mesas de la suya?, no debe hacerle gracia.
-¿Pero qué supones que hará él?
-¿Qué podría hacer?, nada, por supuesto. Despreciarla delante de todo el mundo y seguir la velada con su novia. Se les ve tan enamorados.
-Él es tan guapo.
-Y ella una princesa hecha para él.
-Ojalá que esa mujer se vaya pronto – añadió una de ellas antes de terminar de polvearse la nariz, justo a mi costado –. No debieron dejarla entrar. Todos saben que es una zorra.
-Una zorra con suerte – rió su compañera –. Yo mataría por estar, aunque fuera unos minutos, con Terrence Granchester en mi alcoba.
-Supongo que yo también.
De la misma forma en que entraron, las dos mujeres, damas de sociedad, salieron de allí: riendo cínica y burlonamente.
Yo… yo me llevé la mano a la frente, enferma. Mis piernas se tambalearon y tuve que sujetarme del lavamanos. Creí que iba a desvanecerme. Mi vista se nubló, el corazón me martilló los oídos y de pronto la habitación se encogió alarmantemente. Me faltaba el aire. Quería salir y comprobar con mis propios ojos lo que acaba de escuchar. Terry y Susana juntos, felices, enamorados.
¿Mintieron, cierto?, me lo pregunté mirándome al espejo con los ojos rojos y un grito de desesperación en la garganta. Esas mujeres mintieron. Inventaron esa historia para divertirse. Por favor, rogué al cielo, que así sea. Que sea una mentira, un malentendido.
Pero mi pechó se contrajo y mi corazón comenzó a latir con más fuerza.
Tenía que verlo. Aunque fuese algo que jamás pudiera olvidar, tenía que verlo.
-Archie…
Al entrar a mi habitación, Annie lucía un magnífico vestido de fiesta que había sido confeccionado especialmente para ella. No supe si sentir lástima o ira. ¿Por qué intentaba encarcelarme dentro de su vida?
Ahora lo recuerdo. Tuve un sueño así una vez. Yacía dentro de un calabozo horrible mientras ella custodiaba la única salida. ¿Habrá sido una señal al igual que mis sueños con Karen?
-Te ves muy linda – dije y me acerqué a besar su mano.
-Archie – repitió, emocionada –. Tú… ¿aceptaste quedarte?
-¿Crees que me veo bien? – di un paso atrás y le mostré el atuendo que había sido reservado para mí en el armario. El fino traje decía todo lo que Annie quería escuchar: lujo, reputación, distinción, clase y belleza.
-Estás maravilloso. Pero, yo creí que… perdóname – comenzó a llorar y estudié su rostro con atención –, sé que la tía abuela ha dicho cosas que…
-No, Annie. Soy yo quien lo lamenta. Me ofusqué. Lo he pensado mucho y… supongo que tiene razón. Esto es lo mejor para mí. Tú eres lo mejor que pudo haberme pasado.
-Archie… - sus brillantes ojos, inundados de lágrimas me miraron conmovidos –, te quiero.
-Te haré la mujer más feliz del mundo, Annie.
-Lo sé. Yo también te haré feliz – dijo y se abrazó a mi cuello. Se lo agradecí. No podía sostener la mueca dulzura un segundo más. Estaba asqueado.
-Vamos, los invitados aguardan a los novios – tomé su mano y la sostuve bajo mi brazo –. ¿Me ayudarás a convencer a la tía abuela, Annie?
-¿Sobre qué?
-No quiero que esos tipos nos sigan a todos lados – le susurré al salir al pasillo y descubrir a esas paredes humanas detrás de nosotros –. Quiero estar con mi prometida esta noche. ¿O acaso cuando bailemos, tendré que bailar con ellos también?
-No… - sonrió feliz. Me pregunté si en verdad creía cada una de mis palabras o fingía hacerlo –, claro que no. Hablaré con la tía, le pediré que nadie nos moleste durante la fiesta.
-Ni antes, ni después – abracé su cintura y hundí mi rostro en su suave y perfumado cabello –, te he extrañado. Quédate conmigo esta noche.
-Archie…
-Hueles delicioso – dije al cerrar los ojos e imaginar a mi hermosa pelirroja, sonriente y complacida a mi lado –. Estaremos juntos – añadí, pensando en Karen –, te lo prometo. Nadie nos separará.
-¿Adónde fuiste? – Karen me miró con una ceja levantada, sosteniendo una copa de vino –. Tardaste mucho en el tocador. ¿No encontrabas la puerta?
-Lo siento, Karen. Tengo que irme.
-Aguarda. ¿Por qué?
-No – sujeté mi bolsa y apreté los párpados –, tengo que verlo.
-¿Ver qué?
-Sé sincera conmigo, por favor – le pedí –. Terry y Susana… ellos aún…
-No te entiendo.
-A quien debo preguntárselo es a él – admití –. Perdón, Karen. No es tu culpa pero… no sé qué hacer.
-¿Quieres sentarte, Candy?, parece que viste un fantasma.
-Es a ellos a quienes tengo que ver.
-Dime de qué hablas o voy a gritar.
-Terry y Susana están aquí.
-¿Aquí? – observé su cara, y aunque fingió asombro, fue como si lo supiera –, no lo creo. Ellos nunca salen a ningún sitio. Además, él y tú…
-¿Es cierto? – inquirí, desesperada –, ¿Siguen juntos?
-Candy…
-Olvídalo – cogí mi abrigo, furiosa –, es él quien va a contestarme esa pregunta.
-¡Espera! ¡No vayas!
No esperé nada. Corrí por entre las mesas sin importarme los buenos modales, o el que todo el mundo me mirara ofendido. Examiné cada rincón, buscándolos. Deseaba hacerlo, hallarlos juntos, pero oré porque pasara lo contrario.
-¿Dónde están? – mascullé, luego de recorrer todo el lugar – ¿Dónde están?
-Señorita, ¿puedo ayudarle en algo?
-Sí – agitada, tragué saliva y miré al camarero que pasó a mi lado –. Tengo un mensaje para el señor Granchester y la señorita Marlowe, ¿puede decirme dónde puedo encontrarlos?
-Bueno, ellos…
-Es urgente. Es cuestión de vida o muerte – no mentí, mi corazón estaba a punto de detenerse.
-Ellos están en una sala privada, señorita. En el primer piso.
-Gracias – dije y salí corriendo, haciendo a un lado a los comensales que se interpusieron en mi camino. No mintieron. Esas mujeres no mintieron. Estaban allí - ¿El señor Granchester y la señorita Marlowe? – volví a preguntar al anfitrión que salvaguardaba la entrada de aquella sección –. Es urgente, tengo que verlos.
-¿Y usted es?
-Candy, basta – Karen sujetó mi brazo, resoplando exhausta. Había corrido detrás de mí, sin darme cuenta -. Déjalo, no seas tonta.
-¿Tonta? – argüí ofendida - ¿Eso crees que soy?, ¿Una tonta?
-Confía en Terry – dijo enérgicamente –. Deja que te explique lo que hace con...
-Eso es justo lo que quiero. ¡Una explicación!
-Señorita, no puede…
-¿Dónde están? – demandé al sommelier –. Será mejor que me lo diga o gritaré tan fuerte el nombre del Terrence que me escucharán en todo el edificio.
-Champagne para la sala siete, con el señor Granchester – dijo un camarero que distraídamente obvió mi presencia.
-Gracias – sonreí y me solté de Karen.
-¡Espere! – gritó alguien a mis espaldas pero corrí sin detenerme.
-Siete, siete, siete – busqué ansiosa y con los violentos latidos de mi corazón azotando mi pecho -, éste es – cerré los ojos, cogí la cerradura y le di la vuelta. Me arrepentí, no podía continuar. Estuve a punto de girar sobre mis talones y huir. Entonces… escuché su risa. Era él.
Levanté la vista, dispuesta a mirar bien. A grabar en mi memoria ese momento que juré, nunca olvidaría. Me tragué las lágrimas, apreté los puños y empujé la puerta.
-No fui yo… pero deberías haber visto su cara.
Ambos reímos al evocar el rostro de Robert, recordando una broma absurda que le jugamos en Chicago, la noche de nuestra presentación. El día en que Candy y yo no pudimos encontrarnos.
-Estaba tan enojado que amenazó con echarnos a la calle a todos – continuó Susana –. Nadie le creyó, por supuesto. No hubiera sido sencillo conseguir a cien suplentes en una noche. No obstante, confesó que aunque hubiese tenido que entrenar a ratas, perros y gatos para la obra, lo hubiera hecho.
-No sería difícil. Nos ha entrenado a todos nosotros.
-Extraño esos días – dijo, con un suspiro – ¿Karen es buena contigo?
-Testaruda y holgazana.
-¿Quiere decir que me has echado de menos? – al instante en que lo preguntó, se mordió los labios y bajó la mirada –. Perdona, no quise importunarte. Me refería a…
-Sé lo que quisiste decir. Y la respuesta es sí.
Susana me miró brevemente, esbozando una tímida sonrisa que se desvaneció con facilidad. Aclaró su garganta y extendió la mano.
-Gracias por haber aceptado estar conmigo, Terry. No pensaré en que lo has hecho para deshacerte de mí – añadió, con humor –. Sino para hacerme feliz durante tres maravillosos días que no olvidaré. Siento haberte pedido que no se lo dijeras a Candy, pero era importante para mí.
-No es tan malo ser tu amigo – acepté.
-Candy es una chica afortunada, siempre lo he pensado. ¿Qué hizo para que la ames así?
-Creer en mí – respondí y tomé su mano.
-Yo creo en ti, ¿no es suficiente?
-Algún día – estreché la caricia –, harás a un hombre muy feliz. Perdona que ese hombre no pueda ser yo.
-Y si me peinara distinto – dijo, mirando su cabello –, de coleta, quizás. Y me pintara la cara hasta llenarla de diminutas pecas… ¿serviría?
Reí al imaginar a Susana de coletas, pecosa y subida a un árbol, colgando de él como un mono hambriento y furioso. Candy era Candy, por eso la amaba. Ninguna chica, antes o después de ella, se le comparaba. No era sólo su cabello, la serie de muecas en su rostro o la simpática forma de su nariz. Era todo, y sin eso, era nada.
Cuando me disponía a responderle a Susana, la puerta del salón privado se abrió. Miré hacia allí y con un súbito temor, guardé silencio. Muy lentamente, en el espacio vacío, vi a Candy. La ráfaga de viento que entró con ella, heló mi sangre. Olvidé mi mano, la que sujetaba la de Susana, y me perdí en sus ojos, fríos y ausentes. Nos observó con absurda calma. Parecía que su mente hacía un esfuerzo sobrehumano por concebir lo que veía, como si estuviera soñando y luchara por despertar.
-Candy… - dije e hice una pausa –, ¿qué haces aquí?
Pálida, con una expresión de repugnancia, se acercó a la mesa y cogió un vaso con agua. Miró a Susana por encima del hombro, despectivamente. Después, hundió los ojos en mí como si lo hiciera en su peor enemigo y arrojó con rudeza el agua fría sobre mi cara.
-No, Candy – Susana intentó ponerse de pie pero trastabilló y cayó de nuevo en su asiento.
-Oh, no – murmuró Karen al entrar, seguida del sommelier –, ¿qué haces aquí, grandísimo tonto? ¡aquí y con ella!
-Señorita, tendrá que abandonar de inmediato el…
-Lo sé – lo interrumpió Candy -. El señor Granchester ya recibió el mensaje.
Al verla salir, supe que había cometido un grave error. Dejé que una promesa fuera más importante que su confianza. Estúpido, estúpido, actor idiota.
Pero no iba a perderla. No, aunque viviera junto a mí, odiándome, el resto de su vida.
-Archie actúa muy extraño – murmuró Elisa cerca de mí hombro – ¿por qué está comiendo tanto?
-Dijo que no había comido nada desde esta mañana.
-¿Y tú le crees?
-¿Por qué mentiría?
-No lo sé – su prima levantó una ceja y lo escudriñó con recelo -, pero será mejor que no lo pierdas de vista.
-Todo estará bien. Confío en él.
-Yo no.
-¿Te importa, Elisa? – Archie se acercó a nosotras y tomó mi mano –, me gustaría bailar con mi prometida.
-Hace unas horas la odiabas – reviró –, ¿por qué cambiaste de opinión tan fácilmente?
-Desearías que te sucediera lo mismo, Elisa – Archie la miró de arriba abajo con desdén –, pero ninguno de tus novios ha cambiado de idea cuando se dan cuenta de que te odian y salen corriendo.
-Archie… - le reprendí.
-Idiota – dijo Elisa y se alejó de nosotros.
-No fue muy amable de tu parte.
-No intenté que lo fuera. Trataba de deshacerme de ella, y mi prima sólo entiende con insultos, no con halagos.
-Ella ha sido muy buena conmigo. Yo…
-¡Ay! – me doblé por la cintura con un repentino dolor de estómago. Más que dolor, si era posible, pretendí que fuera una enfermedad incurable que acaba de contraer. Crucé los dedos y me deseé suerte. Era el momento de huir – Annie, ayúdame.
-¿Qué te pasa? ¿Estás bien?, Archie, responde.
-No lo sé. No lo creo. ¡Ay!
-Vamos, necesitas sentarte.
-Necesito un médico.
-¿Por qué? ¿Qué sucede?
-Mi estómago. Comí demasiado.
-¿Qué puedo hacer?
-Llévame al hospital.
-Pero… ¿y la fiesta?
¿Fiesta?, demonios, ¿Qué podía importarle una fiesta a alguien, mientras otra persona moría en sus narices? Miré a Annie con incredulidad. Quise pensar que únicamente era una pobre chica asustada y torpe. La otra opción, la que sólo podía definir como "malvada y miserable", la evité por su bien.
-Quizás podamos volver – sonreí con mi supuesto dolor a cuestas.
-Probablemente haya un médico entre los invitados.
-Quiero un hospital. Por favor, Annie – dibujé un mohín sufrimiento insoportable y apreté su mano –, ayúdame.
-¿Qué le pasa? – Elisa volvió y me observó con horror.
-No se siente bien. Dice que necesita ir a un hospital.
-Por supuesto – dijo la serpiente Leegan y se cruzó de brazos -. Ya comprendo. Annie, no le creas, es un engaño.
-¡No lo es!
-Hipócrita. No te irás de aquí hasta que…
-¡Maldita sea! – golpeé la pared con el puño y me levanté bruscamente. Sujeté el brazo de Elisa por la espalda y sostuve su cuello por encima de mi codo. Si tenía que tomar de rehén a esa bruja, o a quien fuera, lo haría para salir de allí. Esperé que a alguien le importara ese reptil, si no, estaba perdido – Camina y llévame hasta la salida.
-¿Archie que estás haciendo?
-No soy muy buen actor – dije – lo siento, Annie. Será mejor que lo haga de esta manera.
-¡No lo lograrás! – bramó Elisa.
-Juro que voy a matarte si no me sacas de aquí – le advertí y saqué de la manga un cuchillo que había tomado de la mesa de aperitivos –. El truco de la comida parece que si funcionará después de todo.
-¡Archibald! – al fin, la tía abuela se aproximó con el rostro descompuesto – ¡basta! ¡suelta a tu…!
-¡Voy a contar hasta tres! – amenacé y alcé la voz por todo el salón – ¡Si no me conduces hasta la puerta juro que voy a hacer una estupidez de la que serás responsable, tía!
-¡Archie, detente, por favor! – exclamó Annie, aterrorizada. Tuve que soportar la risa. Extrañamente, toda la escena, me pareció una broma. Con suerte, el único que reiría sería yo.
-Uno… - acerqué la punta de la navaja a la barbilla de Elisa y rocé su piel mientras ella temblaba de miedo. Imaginé a Stear, Anthony y Candy aplaudiendo con entusiasmo si hubiesen estado allí.
-Eres la peor vergüenza que ha tenido la familia – dijo la tía, al borde de un ataque de nervios – ¿Cómo te atreves a hacernos esto?
-Dos… - los invitados, incrédulos, permanecieron en su sitio como estatuas de mármol.
La tía tenía razón, acababa de deshonrar a toda la familia frente a la gran sociedad norteamericana. El castigo sería el exilio, el rechazo y el repudio de los Andrey. Bravo, no pude pensar en algo mejor. Sólo quería ser libre.
-¡Es por culpa de esa mujer! – vociferó Annie – ¡La odio, la odio!
-Pero yo la amo – dije y cerró la boca.
-Fuera de mi casa – ordenó finalmente la tía – ¡fuera de aquí! ¡no eres más un Andrey! – Aleluya – ¡Has avergonzado a tus padres por el resto de su vida!
-No, tía – empujé a Elisa lejos de mí, con la sentencia del destierro a mi favor –. Cuando se los cuente personalmente, estarán orgullosos. ¿Por qué crees que jamás vienen a tus fiestas?, porque al igual que yo, prefieren estar lejos de ti.
No aguardé otro insulto. Salí corriendo con toda la fuerza de mis piernas del salón. El pasillo que me conducía a la puerta principal me pareció eterno. Llené mis pulmones de aire y sin mirar atrás, corrí tan rápido como si pudiera volar. Era libre. Lamentaría las consecuencias después. En ese instante, lo único que me importaba era llegar al cruce de caminos donde Karen me esperaba con una mueca de enojo, y cuando la hiciera reír con mi historia, una deliciosa sonrisa.
Lo escuché llamarme. Me pidió que me detuviera pero no lo hice. Ese idiota, de quien no podía pronunciar su nombre, me llamó hasta cansarse. Si lo nombraba, recordaría lo maravilloso que era y lo mucho que lo amaba. No quería hacerlo. Sólo deseé odiarlo sin usar su nombre.
Me dolía el pecho. Lloraba tan fuerte que no podía oír mis propios pensamientos, los que me gritaban "vuelve y escúchalo".
Quería gritar pero mis palabras se convertían en lágrimas al llegar a mi garganta. Lágrimas que me quemaban los ojos, y marcaban mi piel al escurrir por mis mejillas. Ciega y sin rumbo, corrí tan lejos como pude hasta que todos desaparecieron de mi vista. Ansié poder meter la mano dentro de mi pecho y arrancarme el corazón para que dejara de dolerme. Creí que iba a morir. Quería hacerlo, quería morirme.
-No puede ser cierto – me dije, inconsolable –, no puede ser cierto.
Me senté en una banca del parque a descansar. Ese parque donde nos divertimos los cuatro juntos, días atrás. Cuando creí que la felicidad estaba atada a mi vida. Cuando le creí que me quería.
Vi la sombra de un carruaje con cuatro adolescentes sobre él, riéndose del futuro. El llanto volvió con más intensidad y doblé mi cuerpo, abatida por la poderosa fuerza de la desesperación. ¿Qué iba a hacer? Temí no poder parar de llorar durante años. ¿Cómo iba a vivir ahora? ¿Sin él? ¿Sin los sueños que había construido unas horas antes?
¡Terry no tenía corazón! ¿Cómo pudo hacerlo? ¡Estaba feliz con ella! ¿Por qué me hizo creer lo contrario? ¿Por qué?
¡Te odio, te odio!, quise gritar hasta quedarme sin voz. Pero no lo odiaba. Fue horrible descubrirlo. No podría odiarlo nunca.
-Mis encuentros contigo siempre son de este modo, ¿verdad, pequeña?
Una mano, cálida y llena de paz, tocó mi hombro. Aquella simple caricia me abrigó dulcemente, como si abrazara todo mi cuerpo. Alcé la cara con la vista nublada por el llanto y entrecerré los ojos, feliz. Reconocí su voz y no podía creerlo. Por fin había vuelto.
-Albert…
Continuará…
Notas
Chicas, estoy exhausta. Perdón que no me tome el tiempo de mencionar a quienes me hicieron favor de dejarme un review el capítulo anterior, pero crean esto, se los agradezco con una venia y una rodilla en el piso. Me honran, en serio. Para responder algunas preguntas rápido diré: Sí, Candy y Terry hicieron el amor en el capítulo antepasado. Ojalá se animen a recrearnos la pupila con otra escena parecida. Ya volvió Albert! finalmente. Se tardó porque andaba en el barco pero ya llegó. Sugey, por supuesto que me acuerdo de ti. Tengo todos tus correos bien guardados. Susana le pidió a Terry tres días con ella, libre de Candy. Quería disfrutar al menos una vez el cariño de Granchester, aún si tenía que vivir sin él por el resto de su vida. ¿Qué cosa, no? ¿Felicidad aunque sea poca?, creo que voy a escribir como diez capítulos más, no sé bien, pero no pasarán de 50. Uf! vaya que si me he extendido con esto. Pero esto no se acaba, hasta que se acaba.
Es impresionante ver cómo se desbordan en sus comentarios tan amables e inmerecidos. Bueno, Candy y Terry sí se los merecen, y el resto de locos de este fic. No existe mayor agradecimiento de mi parte que seguir secuestrándolas de la realidad. Es que no se me ocurre otra cosa. Un día las invito a todas a comer helado, les parece?, no, tampoco eso sería suficiente para el álito de vida que me dan con dos, tres, o una simple palabra de cariño y respeto. Quisiera darles un comentario individual pero es casi medianoche del domingo y no paré hasta terminar este capítulo como lo prometí. Ojalá les guste. Y no se me vayan a enojar que C y T se nos acaban de pelear. Si todo fuera gloria y felicidad, esta historia llegaría a su fin, pero no! soy cruel y malévola y aún no quiero. De verdad, gracias por su buena vibra, por su buen corazón y por rondar el ciberespacio. Gente así, no se encuentra todos los días. Lo que sí me encontré hace tres años fue a una mota de polvo asqueroso cuya maldad se le regresará. De eso no tengo duda, y espero que te enteres de esto, lo que me hiciste hace tres años, manchando mi nombre con mentiras, calumnias y basura que salió de tu boca, se te regresará. No porque yo lo desee, sino porque así es la vida, todos nos cobra. Y la intensidad con la que amemos o lastimemos a alguien, es con la misma con la que nos abofetea el rostro después. No se te olvide.
Gracias, me inclino de nuevo ante ustedes con la rodilla en el piso. Mi perrita se alivió, y ahora no me deja dormir en las noches porque quiere ponerse a jugar. Pero así esta mejor no?, que me de guerra todos los días, eso es señal de buena salud. Gracias a todas las que lo desearon. Su mente fue poderosa y el deseo resultó. Ya comprobé que desear, imaginarlo y decretarlo, cualquier sueño que tengamos, se hace realidad.
Dios, su Dios, las cuide en la salud, la felicidad, y los ratos de amor.
Ya estoy alucinando, mejor me retiro a escribir lo que sigue.
Ja!
Emera-chan
