Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de J. K. Rowling. Ésta historia está escrita sin ánimo de lucro.
Advertencias: Este fanfic será Slash con Lemon. Es decir, contendrá relaciones, algunas explícitas, entre chicos. Más adelante Mpreg. También habrá parejas hetero, muerte de algún personaje y mucha angustia. Si alguna de éstas situaciones no te es grata, no lo leas. Sólo aviso.
Nota: He tenido que modificar algunos detalles del pasado, carácter y edades de algunos personajes, así como características y funcionamiento de algunos hechizos y objetos mágicos, para poder adaptarlos a mi historia. Espero no incomodarles.
Que la disfruten.
K. Kinomoto.
Quiero agradecer a Devi, por su review.
Y a todas aquéllas personas que leen esta historia, muchas gracias.
XXV
En busca de respuestas.
Segunda Parte.
Draco se encontraba en el laboratorio de su padrino terminando de elaborar una poción fungicida. A su regreso, la profesora Sprout se había encontrado con la desagradable sorpresa de que en un rincón de su invernadero proliferada una plaga, que amenazaba con destruir sus amadas plantas.
Aunque sus manos manejaban con destreza los ingredientes, su mente se hallaba vagando en otra parte. Durante toda la tarde no había dejado de pensar en lo ocurrido ésa mañana con Oliver. Le costaba trabajo aceptar que se sentía atraído por ése halo de serenidad que rodeaba al moreno.
Pese a todo, debía admitir que a su lado sentía una gran paz, como hace mucho tiempo no la sentía. Y eso le provocaba muchas sensaciones. Ternura, miedo... desconcierto... y una gran necesidad de protegerlo a él y a su bebé. No quiso seguir analizando ésa mezcla de emociones que lo envolvían.
No le gustaba sentirse confundido. Él se había propuesto cumplir la última voluntad de Blaise de no dejarlo solo, y eso era lo que estaba haciendo. Pero era lo único que debía hacer, nada más que eso. Nada de preocuparse de más. Sólo... no dejarlo solo. Observó que la poción ya estaba en su punto exacto para agregar el último ingrediente.
Tomó con cuidado un pequeño frasco y cuando estaba por arrojar su contenido al caldero una mano firme lo detuvo, sosteniendo su muñeca. Draco saltó por la impresión y giró su mirada para ver quién había logrado entrar al laboratorio sin su consentimiento. Se asustó ante el extraño con barba que seguía sosteniendo su mano. El hombre habló y los grises ojos se abrieron, sorprendidos.
-Recuerda que debes protegerte con un escudo cuando agregues los polvos de azufre. Eres muy joven y bello para quedar con el rostro quemado.
-¡Severus! –Draco olvidó la poción y se lanzó a los brazos de su padrino, sin importarle el terrible aspecto que presentaba-. ¿Te dejaron libre? ¡No puedo creerlo! ¡Tienes barba! ¡Y apestas!
-¿Y qué esperabas? En todo el tiempo que estuve ahí me lanzaron un hechizo limpiador sólo una vez –Severus sonrió al tiempo que correspondía al emocionado abrazo de su ahijado. Con la nariz fruncida de una forma muy graciosa, Draco lo miró de pies a cabeza antes de apagar el caldero y arrastrarlo fuera del laboratorio hacia sus habitaciones privadas.
-Tendrás que contarme todo con lujo de detalles. Pero antes necesitas un buen baño a menos que quieras que Harry salga huyendo de ti –Severus asintió en silencio, observando al rubio que con un hechizo le dejaba preparada la bañera con agua caliente y burbujeante-. ¿Él ya sabe que has salido de Azkaban?
-Aún no. Acabo de llegar –el hombre se despojó de sus negras prendas y Draco salió del baño para darle la privacidad que necesitaba. Severus siguió hablando, sabiendo que su ahijado lo escuchaba detrás de la puerta-. Pero si los abogados se han movido rápido, no me sorprendería que a ésta hora ya lo supiera.
-¿Cómo fue que lograste salir? –le preguntó el muchacho abriendo el ropero del profesor para elegirle una muda limpia.
-Black retiró la denuncia –Draco se alegró al escucharlo. Se sentó en la orilla de la cama para esperar a que su padrino terminara de asearse. Poco después, Severus salió del baño con una toalla en la cintura. Al verlo, Draco supo porqué a Harry le gustaba tanto su cuerpo. A pesar de haber perdido algunos kilos en prisión sus músculos seguían siendo firmes y definidos, pero sin excesos-. ¿Cómo está Harry? Tu padre me dio la noticia...
-Harry está tranquilo, padrino –una sombra de tristeza atravesó el rostro maduro, ya sin la molesta barba-. Debes saber que ha tomado su situación con bastante calma.
-Tengo muchas ganas de verlo, pero primero iré a la enfermería. También quiero ver a Albus –Draco asintió, en total acuerdo con su decisión-. Lucius me ha dicho que aún sigue inconsciente.
-No estoy muy bien enterado del asunto. La profesora McGonagall es quien sabe todo al respecto –Draco le señaló la ropa sobre la cama, detalle que Severus le agradeció con un ligero asentimiento-. ¿Quieres que vaya por Harry y te alcance en la enfermería?
Severus lo meditó por un instante y miró a su ahijado con una media sonrisa. Al verlo, Draco imaginó que su padrino ya tenía una mejor idea.
oooooooOooooooo
La lechuza que se posó en la ventana de los aposentos de Lucius lo distrajo de su lectura. Dejando el libro a un lado, el rubio despidió al ave después de tomar el pergamino que llevaba consigo. Su gesto de concentración cambió a uno de satisfacción cuando terminó de leerla. Momentos después llamaba a la puerta de su vecino y compañero.
-Hola, Lucius. En éste instante pensaba ir a verte –Remus lo saludó con un ligero beso y lo condujo hacia la sala. Por el tono de su voz, el rubio imaginó que ya debía estar al tanto. Aún así le extendió la carta, que Remus leyó sin dejar de sonreír-. Acabo de enterarme.
-Según los abogados, fue el mismo Black quien retiró la denuncia –el licántropo asintió a sus palabras-. ¿Te había mencionado algo sobre ésa decisión?
-No con exactitud –fue la sincera respuesta del profesor-. Hace algunos días fui a verlo. Estaba algo deprimido por algunas cosas que Harry le dijo... creo que fue lo ocurrido con él lo que lo hizo cambiar de parecer.
-Pues lo que sea que Potter le dijera, dio buen resultado.
-Así parece... –Remus no quiso ahondar en ése asunto. El recuerdo de Sirius abrazado a él, llorando, aún hacía que su corazón se apretara en gran preocupación.
Aquél día no había querido insistirle, pero su actitud desesperada le había dejado muy en claro que su mejor amigo guardaba dentro de él un gran dolor. Y le inquietaba lo que pudiera pasar a partir de ése momento, con Sirius consciente que ahora no habría impedimento alguno en que Severus y Harry reforzaran su relación de pareja.
Era seguro que Sirius no iba a querer ser testigo de ésa relación. Pensando en tal posibilidad, se prometió que iría más tarde a verlo. Sería necesario recordarle que contaba con un amigo. Presentía que Sirius necesitaría apoyo y consejo, y él estaba dispuesto a ofrecérselos sin ninguna condición.
-¿Potter ya sabe que Severus está libre? –Remus volvió de sus pensamientos para responder a la pregunta del rubio.
-No lo sabe aún. Al parecer, Draco y Severus se han puesto de acuerdo para sorprenderlo –Lucius lo miró, interrogante. El profesor sonrió sentándose junto a él en el sillón-. Draco vino por él y se lo llevó no sé a dónde. Severus está ahora visitando a Albus.
-En ése caso, será mejor que lo alcance en la enfermería antes de que se encuentre con Potter –Remus lo miró sin entender-. Ten por seguro que ésos dos no se soltarán en toda la noche.
Remus se sonrojó ante la insinuación de su compañero. Asintió dándole la razón y se separó de él para tomar su capa del perchero, momento que Lucius aprovechó para recuperar su silla.
-Entonces te acompañaré. Yo también quisiera verlo antes de que Harry se apodere de él –tomó un puñado de polvos de la chimenea y Lucius abrazó con fuerza su cintura cuando Remus se sentó sobre sus piernas-. ¿Te incomoda?
-En lo absoluto –atrajo su rostro para besarlo con intensidad-. Puedes hacerlo cuantas veces quieras.
Aunque Remus rió divertido ante la oferta del rubio, algo dentro de él le hizo pensar en serio. Ése hombre le gustaba cada vez más, y le estaba resultando muy difícil hacerse el tonto ante algo que para él ya era más que cierto.
oooooooOooooooo
Sentado en la misma silla que Minerva ocupara tantas veces, Severus contemplaba el rostro dormido de su protector. Con la línea de su entrecejo más profunda que nunca, sostenía con firmeza entre sus manos fuertes y expertas en pociones, las arrugadas manos del anciano mago.
-¿Qué hiciste, Albus? –le preguntaba una y otra vez en un murmullo doloroso. Deseaba con fuerza que ésos ojos azules, siempre brillantes para él se abrieran y le dijeran que todo estaría bien. Como todas las veces que él buscaba en ésa calidez azul cuando necesitaba un consejo. Un consuelo que nunca se le negaba-. ¿Por qué hiciste semejante locura?
El silencio fue la única respuesta a sus preguntas. Apretó entre las suyas las cálidas manos de su Director. Le estaba muy agradecido. Lo estaría por todo lo que le restaba de vida, porque sabía que no habría nada que pudiera hacer, para pagar ése gesto tan generoso de su maestro. Pero también estaba enojado. Con Albus, con él mismo por haber olvidado algo tan importante como el mayor defecto del anciano: Su costumbre de manipular la verdad.
Él jamás habría aceptado ése regalo si hubiera tenido la más mínima idea de lo que encerraba ése hechizo de protección. "Nada importante..." Y él le había creído con los ojos cerrados y se había puesto el medallón. Y con ello, había confinado a uno de los magos más poderosos a una cama, condenándolo a un sueño del que nadie sabía si algún día despertaría.
-¿Cómo pude permitir que sucediera? –Severus se separó del anciano para cubrirse el rostro, lleno de frustración, de rabia contra él mismo-. ¿Cómo pude dejar que se me escapara de las manos algo tan importante como eso?
-El señor Flamel está haciendo todo lo posible para encontrar el modo de despertarlo –Minerva, que en ése momento llegaba, acercó otra silla para sentarse junto a él. Severus volvió a tomar las manos del Director, sin responder al comentario optimista de su compañera-. Tengamos fe en que lo logre.
-¿Me pides que tenga fe? No estaríamos aquí ahora, si Albus hubiera tenido más fe en mi capacidad como espía –la mujer suspiró ante las duras palabras del profesor. El hombre se levantó de su lugar junto Albus para recorrer la pequeña habitación de un lado a otro, mientras continuaba-. Esto era una guerra. Yo era responsable por mi seguridad, no él. Si algo me hubiera pasado, habría sido sólo mi culpa.
-Albus jamás desestimó tu capacidad como espía –le contradijo la animaga, sorprendida y molesta por la confusión del profesor-. Él confiaba en ti más que en nadie. Él sabía el riesgo tan grande que corrías y lo único que hizo fue tratar de protegerte.
-No debió hacerlo. No a costa de... él mismo –Severus recargó la frente contra pared, renuente a dejar que Minerva pudiera descubrir la gran tristeza que sentía-. Yo no merecía... no lo merecía.
-Todos los que estuvimos ésa noche en la Mansión Riddle corrimos un gran riesgo... –Minerva se acercó al profesor y colocó una mano en su hombro. La negra mirada se alzó para perderse en el techo pintado de blanco-. ¿No te has preguntado por qué decidió protegerte a ti, en vez de a Harry o a cualquier otro?
Severus no fue capaz de responder a ésa pregunta. Pero Minerva supo que la había comprendido muy bien cuando el profesor regresó a su lugar en la silla, para volver a tomar las manos de su tutor.
-No sé... qué fue lo que hice para merecerlo...
-Creo que sí lo sabes, Severus. Pero sería bueno que cuando él despierte ya lo tengas muy en claro, porque te advierto que Albus no te aceptará ningún reclamo –Minerva se acercó al Director y depositó un suave beso en su frente, como acostumbraba hacer cada noche para despedirse de su amigo. Se dirigió a la puerta y antes de marcharse volteó a ver al profesor-. Me alegra que ya estés de vuelta, Severus.
-¿Deberé buscar trabajo en otro lado, o aún conservo mi puesto como profesor de pociones?
-Las clases comienzan el jueves. Y espero que para entonces ya tengas listo tu programa de estudios –fue la respuesta firme de la nueva Directora-. Y te aviso que el señor Malfoy ha sido dado de alta en la nómina como tu auxiliar.
Minerva se marchó, dejando a Severus más tranquilo al saber que aún conservaba su trabajo en el Colegio. Observó el semblante sereno del Director, meditando en las palabras de la profesora. Un largo suspiro escapó de sus labios al tiempo que estrujaba con fuerza sus ojos cerrados. Le dolían, casi tanto como horas atrás cuando luchaban contra la luz del atardecer. Sólo que ésta vez no era por culpa del sol.
oooooooOooooooo
Las piedras lanzadas hacia las aguas del lago formaban suaves ondas que se perdían a lo lejos. Aún así, no eran capaces de perturbar el tranquilo sueño del Calamar Gigante. Ésa noche, y por primera vez desde que despertara de su inconsciencia, Harry se sentía contento. Y la razón se debía a las cosas buenas que sucedieron a lo largo del día.
Durante el desayuno con los Weasley, Ron le había dado la gran noticia de la existencia de los diarios de Hermione. Además, el tratamiento que la doctora le administraba estaba resultando muy eficaz. Harry no había necesitado que se lo dijeran, pues cada vez que concentraba sus pensamientos en su amiga ya no sentía su depresión con la misma fuerza de antes.
Por otro lado, Remus le había comentado en el almuerzo que estaría presente en las terapias de Lucius y que además, se aprendería todos los ejercicios para ayudarlo en lo que pudiera. A Harry no le pasó por alto la emoción que percibió en el corazón de su gran amigo. No era la primera vez que sucedía cuando el licántropo le hablaba de Lucius y tuvo el presentimiento de que ésa relación se estaba volviendo más profunda. Se alegró mucho por él.
Pero lo que en verdad lo tenía sorprendido, era el gran afecto que comenzaba a surgir entre Draco y su ex capitán de Quidditch. Él jamás se imaginó que el rubio fuera capaz de hacer su rencor a un lado y abrir sus brazos, para que Oliver pudiera refugiarse en ellos. Él podía sentir el dolor de los dos por la pérdida de la persona que tanto amaran, y comprendía que lo que movía a ambos a buscarse el uno al otro era la necesidad de consuelo.
Lo que no dejaba de inquietarle, era el hecho de que Oliver no supiera del verdadero lazo que alguna vez uniera a Draco con quien fuera su pareja. Al preguntarle a su amigo si tenía pensado decírselo, el rubio le había respondido que tal vez algún día. Pero que por el momento era mejor dejarlo así, pues el bienestar de Oliver y el de su bebé era lo más importante ahora.
Harry siguió lanzando piedras al lago, perdido en sus pensamientos. Saber que la situación de sus seres más queridos se estaba solucionando poco a poco le daba mucha alegría. Pero por otra parte, no podía dejar de lamentar el que su propia situación no se viera muy optimista. Remus no dejaba de insistirle que fueran a ver a un medimago y cuanto antes, pues corría el riesgo de que con el paso del tiempo su ceguera ya no tuviera solución.
Pero él se había negado de forma tajante, alegando que no iría a ninguna parte si Severus no estaba a su lado. Y ése era otro detalle que no dejaba de preocuparle. Faltaban sólo dos días para el Juicio en contra de su pareja y Sirius seguía sin dar su brazo a torcer. A ése paso, Harry iba a terminar aceptando la propuesta del animago de irse a París con él. Y lo haría. Haría cualquier cosa con tal de que Severus no terminara sus días en prisión.
Al menos tenía el consuelo de que la rueda de prensa había servido para limpiar el nombre de su pareja. Ahora, los diarios se dedicaban a resaltar la participación de Severus a favor de la Orden. La presión ejercida por el cuarto poder, más algunos organismos privados interesados en exaltar la contribución de los héroes de guerra al derrocamiento del Lord Oscuro, hizo que el Ministerio lo anotara el primero en la lista de candidatos a recibir la Orden de Merlín.
Sintió otra piedra en la palma de su mano y la lanzó con todas sus fuerzas. Por la suave risa que escuchó junto a él, supo que había perdido otra vez.
-No es posible que me ganes tantas veces –le reclamó, fingiendo molestia-. Se me hace que me estás dando las piedras más pesadas.
-¿Insinúas que hago trampa? –Draco lanzó una última piedra antes de tomar el brazo de Harry para alejarlo de la orilla-. Que sepas que dejé las malas mañas cuando me volví niño bueno.
-O sea, que nunca –ambos rieron ésta vez. Draco lo guió hacia el pie de un árbol, donde Harry se sentó-. Será mejor que me consiga un bastón lo más pronto posible. Siento dar tantas molestias.
-No me molesta que me uses de lazarillo –Draco se sentó frente a él y procuró quedarse quieto para que Harry no tuviera que girar la cabeza buscando su voz-. Pero por otro lado te doy la razón. ¿Por qué no te consigues un perro guía? –por la tristeza que se reflejó en el rostro de su amigo, el rubio supo que había cometido un error-. Lo siento, Harry. Yo...
-Está bien, Draco. No hay problema –el moreno trató de ocultar el pesar que sintió al recordar a Sirius en su forma de animago-. Pronto comenzarán las clases y entonces Remus no podrá estar todo el tiempo a mi lado para guiarme. Así que lo más seguro es que consiga el bastón. Tal vez lo hechice para que me conduzca hacia los lugares que necesite.
-Ésa es una buena idea –Draco guardó un breve momento de silencio, para después volver su mirada gris hacia su amigo-. Hablando de Lupin, ¿Sabías que se ofreció acompañar a mi padre en sus terapias?
-Algo me comentó al respecto –Harry pudo sentir la molestia de su amigo-. Parece que no te agrada mucho la idea.
-¿Sabes qué pienso? Pienso que quiere seducirlo. Es más que claro que le está coqueteando –Harry tuvo que reprimir la risa al escucharlo. Dejó que el rubio continuara con sus quejas-. Sé que lo quieres mucho y todo eso pero... si tú pudieras verlo... ¡Se le está metiendo entre los ojos! Y lo peor del asunto es que a mi padre parece estar gustándole el jueguito.
Harry no pudo aguantar más y comenzó a reír. Draco se cruzó de brazos, un mohín de fastidio y sus ojos refulgiendo.
-Te ríes porque tú no los has visto –el otro trató de ponerse serio, pero era más que obvio que Draco no podía disimular sus celos-. Les brillan los ojos cada vez que se ven. Y casi puedo adivinar que en éstos momentos están juntos.
-Tal vez están haciendo travesuras.
-No bromees con eso. No es gracioso –Harry se puso serio de repente. Le parecía divertido que Draco estuviera tan celoso. Pero por otro lado tenía que admitir que el rubio no era un paranoico. Remus y Lucius debían ser más discretos si no querían que Draco se enterara de su relación antes de tiempo-. Harry... tú que sientes lo que los demás... ¿No podrías concentrarte en Lupin y decirme cuáles son sus intenciones con mi padre?
-Vamos, Draco. Mi empatía no llega a tanto –Draco no insistió, cosa que Harry agradeció en su interior. Aunque no podía saber lo que las personas pensaban, percibía con claridad lo que sentían. Lo que había entre Remus y Lucius era algo mucho más fuerte que un simple gusto, y no hubiera querido mentirle a su amigo. Se puso de pie-. Creo que ya es hora de volver, está comenzando a refrescar –no obtuvo respuesta-. ¿Draco?
Caminó unos pasos hacia donde momentos antes escuchara la voz de su amigo. Tanteó con las manos intentando ubicarlo, pero sólo logró atrapar el aire. Trató de regresar al árbol pero después de dar unos pasos más y no hallarlo comenzó a asustarse. Su corazón empezó a latir con fuerza y sólo atinó a quedarse en el mismo sitio, sin atreverse a dar un paso más por temor a perderse en medio de la espesura del bosque a un costado.
-Si esto es una broma de una vez te digo que no me está gustando –el silencio fue roto por el sonido de unos pasos que se detuvieron cerca de él-. ¿Draco? –silencio-. Basta, deja de estar jugando.
Una suave brisa meció sus cabellos, haciendo que a su nariz llegara una fragancia que reconoció de inmediato, haciendo que su corazón brincara dentro de su pecho. Deseando no estar equivocado, levantó ambas manos y caminó con pasos vacilantes hacia el lugar de donde provenía. Sus ojos se humedecieron y sus hombros cayeron, vencidos, cuando el aroma se desvaneció en el aire tan pronto como había llegado.
Se dejó caer de rodillas sobre en el pasto, sus manos cubriendo sus ojos, que estrujó con desespero deseando con ello devolverles la luz. Unas suaves manos impidieron que siguiera lastimándose y Harry volvió a percibir ésa deliciosa esencia que sólo en una persona había tenido la dicha que conocer. Sintió ésa firmes manos temblar con ligereza cuando tomaron las suyas para guiarlas hacia un destino fijo.
El muchacho jadeó cuando las puntas de sus dedos exploraron el rostro amado. Se deleitó en cada ángulo de ésas varoniles facciones cuyos detalles a pesar de que no podía verlos, los recordaba a la perfección. Una lágrima se deslizó por su mejilla cuando sus dedos se enredaron en sus suaves cabellos, que en su mente imaginó tan negros como la noche.
Intentó hablar y las palabras murieron en su boca al sentir unos húmedos labios posándose sobre los de él, reclamándolos. Suspirando, se aferró al fuerte cuerpo que lo sostenía y correspondió a su apasionado beso con todas las fuerzas de su ser.
oooooooOooooooo
Tras ser testigo del reencuentro entre Harry y su padrino, Draco decidió que ya no tenía nada qué hacer en el lago y volvió al laboratorio para terminar con lo que había empezado. Frustrado al ver que su trabajo estaba arruinado, pensó que no sería problema si la profesora Sprout luchaba una noche más contra la plaga de su invernadero.
Intuyendo que Severus y Harry no tardarían en llegar, prefirió marcharse para cenar con su padre. Enfiló por el pasillo rumbo a sus habitaciones, y se sorprendió al ver salir a Lucius y dirigirse a los aposentos del profesor de Defensa. El hombre lo distinguió a lo lejos y detuvo su silla esperando que su hijo lo alcanzara.
-Hola, Draco –lo saludó su padre. El muchacho iba a preguntar algo cuando la puerta del profesor se abrió y la figura de Remus se perfiló debajo del dintel-. Tenemos reservaciones para ir a cenar ésta noche, ¿Te gustaría acompañarnos?
El muchacho no respondió al momento. Su mirada estaba puesta en el profesor, quien en ése instante terminaba de abrochar su larga capa color chocolate sobre un elegante traje en color beige claro. Draco no pudo dejar de apreciar el hermoso ámbar incrustado en el broche de oro de la fina capa. "Hace juego con sus ojos", pensó sin despegar su mirada del hombre frente a él. Un carraspeo de Lucius lo volvió al presente.
-No, padre. Estoy cansado –fue su respuesta después de apartar su mirada gris del profesor. Sonrojado ante el escrutador examen de su ex alumno, Remus tomó los asideros de la silla de Lucius y sonrió con timidez al muchacho-. Pediré que me lleven la cena a mis habitaciones y me dormiré temprano.
-Si necesitas algo, estaremos en el i Hambleton /i –Draco asintió a las palabras de su padre al tiempo que pronunciaba la contraseña de sus aposentos. Remus se despidió con una inclinación de cabeza y ambos enfilaron por el largo pasillo hasta perderse de vista.
A solas en su habitación, Draco trató de distraerse leyendo un libro. Aún era temprano y no tenía mucha hambre. Pero después de repasar más de cinco veces el mismo párrafo sin entenderle, dejó el libro a un lado y se recostó en la cama, sonriendo. El regreso de su padrino le había hecho tan feliz, que ni siquiera el ver a su padre con el profesor Lupin había opacado ése sentimiento.
Y si él estaba así de contento, ya podía suponer lo dichoso que debía estar Harry en ése momento. Él podía imaginar qué razón tan poderosa había conseguido que al final Sirius Black retirara la denuncia en contra de su padrino. Harry ya le había contado sobre lo ocurrido entre ellos la mañana que se marchara de Grimmauld Place, y el rubio había tenido que consolarlo cuando el moreno lloró al recordar las palabras tan duras que le dijera al animago antes de su partida.
Black se las merecía, de eso no le cabía ninguna duda. Harry lo había puesto en su lugar, sin darle oportunidad de justificar algo que no tenía justificación alguna. Aún así, él no se imaginaba a sí mismo diciéndole a Severus palabras tan duras como ésas. Sabía que el hombre lo amaba como a un hijo y que a pesar de su carácter tan difícil, era un hombre lleno de sentimientos. Era seguro que no soportaría palabras tan duras como las que Harry le dijera a su padrino.
Dejó sus pensamientos sobre Black a un lado y se dirigió al baño para darse una ducha. Su idea inicial de ponerse el pijama y cenar en la cama no logró seducirlo. Terminó de vestirse y minutos después se encaminaba a las habitaciones de Oliver. Faltaban tres horas para que su turno en la enfermería comenzara, y pensó que cenar con él sería una mejor idea.
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Desde el lujoso privado que Lucius reservara en el restaurante del Hambleton Hall, Remus admiraba los vastos jardines que se extendían rodeando el suntuoso hotel, ubicado sobre una península en mitad del Lago Rutland. A su lado, Lucius se concentraba en escoger el mejor de los vinos mientras aguardaban la llegada del camarero que los atendería ésa noche.
Remus cerró los ojos y recargó su cabeza sobre el hombro de su acompañante. Lucius dejó la carta de los vinos y concentró su atención en él, robándole un beso apasionado. Alguien tocó a la puerta del privado y tuvieron que separarse cuando el camarero entró para atenderlos.
-Buenas noches, caballeros. Sean bienvenidos –el joven los saludó al mismo tiempo que les ofrecía la carta del menú. Sus ojos grises se abrieron, sorprendidos al reconocer a los dos hombres frente a él-. ¿Remus?
-¿Ron? –Remus se separó de Lucius para envolver al muchacho en un cálido abrazo-. Harry me dijo que estabas trabajando en un restaurante, pero no me dijo en dónde. ¿Cómo está Hermione? ¿Es cierto que está respondiendo al tratamiento?
-Así es, Remus. Aunque aún es muy pronto para ver grandes resultados –se volvió hacia el rubio-. Buenas noches, señor Malfoy.
Lucius correspondió al saludo con un ligero asentimiento y se concentró en la carta que el muchacho acababa de entregarle, dando espacio a Remus para que siguiera conversando con su amigo. Comprendiendo que el joven corría el riesgo de ser reprendido, pues se encontraba en horas de trabajo, Remus volvió a su lugar junto a Lucius.
Ron esperó con paciencia a que se decidieran y después de tomar su orden salió del privado. Ya tendrían tiempo para conversar en otro lugar y momento.
-Tengo entendido que nadie puede recuperarse de un beso de Dementor –Remus asintió a las palabras de Lucius, dándole la razón-. ¿Cómo es que ésa muchacha lo está logrando?
-Tal vez porque el beso no alcanzó a robarle su alma, sólo sus recuerdos –fue la respuesta de su compañero-. Tengo entendido que le están administrando una droga controlada para reducir su depresión. Además, parece que Hermione llevaba un diario de vida, lo que les da esperanzas de que pueda recuperar su pasado.
Lucius escuchaba a su pareja en silencio. Mientras hablaba, Remus se distraía en el hermoso paisaje que se apreciaba desde el balcón del privado, amueblado en un estilo clásico y muy elegante, en colores claros.
-Por desgracia... el tratamiento es costoso y aunque Ron cuenta con nuestro apoyo económico, no es suficiente y se ha visto en la necesidad de buscar un trabajo.
-Pero... ¿Qué ha pasado con la ayuda que brinda el Ministerio a los héroes de guerra?
-Arthur ya se encargó de solicitarla –Remus suspiró, frustrado-. Pero la lista de gente que necesita ayuda es muy larga, y Ron está consciente que si se atiene a ella, nunca logrará ayudar a su novia.
Lucius frunció el ceño ante las últimas palabras de su compañero. Él tenía entendido que los trámites de ayuda a héroes de guerra a veces tardaban más de un año. Pero también podían adelantarse si se contactaba a las personas apropiadas. Con toda seguridad, Weasley no contaba con tales contactos en el Ministerio, pues de ser así, su hijo ya habría recibido la ayuda que tanto necesitaba.
Dejó sus pensamientos para después cuando Remus acarició su frente, tratando de borrar la línea que se le acababa de formar en el entrecejo. Lucius aprovechó para atraerlo hacia él y besarlo, y Remus se olvidó del paisaje para enfocar toda su atención en ése beso, que poco a poco se tornaba más ardiente.
Ninguno de los dos puso atención a la cena que apareció junto a ellos, ni a la puerta que se cerró en silencio mientras un sonrojado pelirrojo se regañaba a sí mismo, recordando una de las reglas básicas del restaurante: Nunca entrar a un privado sin tocar primero.
oooooooOooooooo
Las sombras que proyectaban las llamas de la chimenea contra la oscura pared, se confundían una con la otra al enredarse los ansiosos cuerpos de sus dueños. Era una estremecida danza capaz de engañar a la vista cuando de pronto las sombras se volvían una sola, para después separarse y volver a enredarse con desespero.
Sobre una suave alfombra frente al fogón, dos pieles ardientes de deseo y libres ya de las molestas prendas que las cubrieran, se deleitaban rozándose una contra la otra. Pieles enrojecidas por las huellas de labios y dientes desesperados por recordar sabores tan amados y tan extrañados. Cuerpos ávidos celebrando el reencuentro de las dos almas gemelas que habitaban dentro de ellos.
Los oídos de Severus se deleitaban con los gemidos que emergían de los labios de su pareja. Frases entrecortadas por la falta de aliento y luego otros gemidos más, que lo hacían enloquecer. Harry apresaba entre sus brazos el fuerte cuerpo, resbaloso de sudor y saliva, aferrándose a él con la poca fuerza que su propio placer aún no era capaz de robarle.
Severus se escapó de los brazos que lo mantenían cautivo contra el cálido cuerpo del más joven, para escurrirse sobre él siguiendo una ruta descendente. Sus manos, sus labios, su misma piel reconociendo el sabor de la otra piel. Harry se mordió los labios con fuerza para no gritar cuando su hombría fue presa de los labios sedientos de su pareja. Severus aferró sus caderas dejando las huellas de sus dedos, marcándolas.
-Ah... Severus... –Harry no fue capaz de decir más. La boca del mayor hizo estragos sobre su cuerpo, dejándole sin respiración. Enredó sus dedos entre los negros y suaves cabellos, incitándolo, guiándolo. Severus se deleitó con el sabor salado que manaba de él y Harry se arqueó, su mente nublada por el placer.
El cuerpo joven onduló con gracia para escurrirse por debajo del otro cuerpo, deseando corresponder a sus caricias. Reclamando una posición privilegiada sobre Severus se guió con manos y boca, recorriendo con avidez cada centímetro de ésa piel que tanto deseaba. Severus se dejó hacer, deleitándose con el ansioso toque cada vez más experto, cada vez más audaz.
A veces su espalda, a veces sus piernas... a veces su rostro. Harry no llevaba un orden en sus caricias y Severus no podía hacer nada más que temblar, su cuerpo convertido en arcilla entre las manos de su joven artífice. Harry hacía con él lo que a su antojo venía, trastornándolo, llevándolo al límite y deteniéndose de repente para hacerlo empezar otra vez.
Ansioso, Severus aprisionó las muñecas del muchacho, dominándole. Harry se dejó llevar cuando Severus lo colocó bocabajo y gimió cuando la suave pelusa de la alfombra hizo cosquillas en su bajo vientre. Fue una sensación que duró sólo segundos antes de sentir que Severus lo acomodaba sobre sus piernas, de espaldas a él. Un largo gemido mitad placer y dolor lo embargó al sentir la carne dura y palpitante entrar en su cuerpo y llenarlo por completo.
Harry se apretó más contra él, los ojos cerrados por el placer de sentirlo entrar y salir. Se impulsó hacia arriba para volver de repente sin dar oportunidad a que el otro lo extrañara. Severus mordisqueó su oreja, sosteniendo su cintura y aumentando la fricción de los cuerpos. Sus manos viajaron más abajo y Harry gritó al sentirse atrapado entre unos hábiles dedos que lo acariciaron con urgencia, apretándolo, volviéndolo loco.
Severus detuvo sus caricias y sus movimientos. Harry sintió el vacío cuando el hombre se separó de su cuerpo y lo hizo colocarse sobre la alfombra de nuevo, ésta vez boca arriba. Cualquier pregunta murió en la boca del más joven cuando Severus se montó sobre sus caderas y se unió a él de un solo golpe, haciendo que Harry volviera a gritar por la sensación de estar dentro de ésa cálida estrechez que tanto extrañaba.
Harry sentía la urgencia de Severus en el vaivén sobre su vientre. Una danza erótica que cambiaba de ritmo cuando menos se lo esperaba. Lento, rápido... lento... y levantaba su cadera para su encuentro con la otra, sintiéndose enloquecer con cada oscilación del cálido y húmedo cuerpo sobre él. Severus se arqueaba buscando más contacto, gimiendo y mordiéndose los labios hinchados de sus besos.
No podía verlo, pero podía imaginarlo así. Su cabeza levantada hasta un ángulo casi imposible, exponiendo su cuello, su rostro concentrado en el placer. Una visión en su mente de la cual había sido testigo muchas veces y que le era imposible olvidar. Severus se inclinó hacia él para besarlo, y Harry sostuvo con fuerza su cintura, induciéndole a acelerar. Severus no hizo caso a su exigencia y Harry suspiró cuando sintió el cuerpo de su pareja posarse con suavidad sobre su cuerpo.
-Te extrañé... tanto... –susurró pegado a su oreja y Harry se estremeció al sentir la punta de su lengua introduciéndose en ella, excitándole más si eso era posible. Severus se quedó quieto por un breve instante, abrazado a él. Dejó que Harry besara y lamiera su cuello, percibiendo a través de sus venas los acelerados latidos de su corazón. Severus volvió a mecerse sobre su cuerpo. Lento... rápido... lento-. Cada día... cada noche... Harry... te extrañé... ah...
Incapaz de hablar, Harry buscó sus labios con urgencia para morderlos, bebiendo de ellos con sed. Sus uñas se clavaron en los hombros del mayor dejando pequeñas medias lunas tatuadas en su piel. Sus manos abandonaron el ancho espacio de su espalda y buscaron su rostro, y Severus cerró los ojos al sentir la caricia de sus largos dedos recorriendo todo su contorno. ¡Cuánto lo había extrañado también!
Harry quiso decírselo, pero el aliento le faltó y sólo alcanzó a echar su cabeza hacia atrás. Rápido... más rápido... más... y cuando Severus gimió en total éxtasis humedeciendo sus vientres él perdió la noción de sí mismo. Extenuado, el cuerpo de su pareja encontró descanso sobre el suyo tembloroso. Él lo estrechó ya sin fuerzas, satisfecho, feliz.
-Yo también te extrañé... como no te imaginas –le confesó cuando al fin recuperó el aliento. Severus rió con ligereza deleitando sus oídos con su risa ronca y besó sus ojos, su nariz, sus labios... deseando con ello expresarle todo lo que su corazón guardaba. Harry suspiró, sintiendo su corazón lleno de ése amor tan profundo, tan grande como grande era el amor que él sentía también.
Junto a ellos, el fuego continuaba reflejando sus sombras en la pared como una sola. Severus permaneció abrazado a él, disfrutando del calor de Harry dentro de su cuerpo húmedo. Renuente a dejarlo ir, Harry lo estrechó entre sus brazos con más fuerza. La noche aún era joven y él quería seguir así todo el tiempo que pudieran.
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La mañana del martes, Remus despertó con un ligero cargo de conciencia. Aunque se había propuesto ir a visitar a Sirius, la velada en compañía de Lucius había sido tan placentera que se olvidó por completo de su promesa. Se estiró entre las sábanas, renuente a levantarse y deseando que su cama no se sintiera tan grande. De forma involuntaria, recreó su imaginación en una figura de finas facciones mirándole con deseo, sus largos cabellos rubios desparramados sobre su almohada.
-Uno de estos días... –se dijo a sí mismo antes de dirigirse a la ducha.
Imaginando que no vería a Harry en todo el día, desayunó con rapidez y se encaminó a la chimenea, donde lanzó un puñado de polvos antes de mencionar las habitaciones del profesor de Pociones.
-¿Severus? ¿Harry? ¿Están ahí? –el licántropo esperó con paciencia antes de escuchar la voz de su colega.
-¿Qué quieres, Lupin? –le pareció notar un ligero tono de enfado.
-Remus... hola –la voz de Harry instantes después, algo agitada-. ¿Sucede algo?
-Hola, Harry –lo saludó el hombre mientras sacudía la cabeza, tratando de alejar de su mente cualquier imagen relacionada con lo que con toda certeza acababa de interrumpir-. Te recuerdo que no debes dejar pasar más tiempo antes de ir a ver al especialista que el doctor Curtis te recomendó.
-Gracias, Remus –fue la respuesta de Harry del otro lado-. Haré cita para ésta misma tarde. ¿Irás con nosotros?
-Haré todo lo posible. Yo... debo salir y no sé a qué hora volveré.
-¿Irás a ver a Sirius? –el hombre no respondió-. Si lo ves... dile que hay muchas cosas de las que quisiera hablar con él.
Después de despedirse del muchacho, el hombre lanzó otro puñado de polvos y momentos después emergía de la chimenea de Sirius. Nico se apresuró a recibir al visitante de su amo, con su rostro lloroso que a Remus no le pasó por alto.
-¿Tu amo está bien?
-Nico no lo sabe, señor amigo del amo –Remus suspiró, imaginando que su amigo había vuelto a caer en una depresión. Su sorpresa fue grande cuando terminó de escuchar al elfo-. El amo Sirius empacó algunas de sus cosas en su baúl y se marchó anoche.
-¿Sirius se ha ido? –fue una pregunta más para sí mismo que para la criatura frente a él-. Tal vez... regresó a París.
-Nico no lo cree, amigo del amo –le interrumpió el fiel sirviente-. Se fue por la Red Flú hacia el caldero Chorreante. Nico le preguntó muchas cosas, pero el amo no quiso responderle.
-El Caldero Chorreante... –Remus volvió a tomar otro puñado de polvos, dejando al pequeño elfo solo con su angustia.
-Así es, señor Lupin. El señor Black pasó la noche en una de nuestras habitaciones –Tom, el encargado del mostrador, conocía la amistad entre ellos y respondió a las preguntas del licántropo sin ningún reparo-. Pero ésta mañana desayunó muy temprano y después se marchó.
-¿Le comentó a dónde iría?
-Me pidió la chimenea... lo único que alcancé a escuchar fue el nombre de Gringotts, pero nada más.
Remus depositó unas monedas en el mostrador y regresó a la chimenea. En Gringotts, buscó entre los pocos clientes sin encontrar a su amigo. Esperó un tiempo razonable para ver si el animago volvía de las cámaras subterráneas, sin resultado. Ni siquiera se tomó la molestia de preguntar a un Gnomo, éstos no eran igual de atentos que Tom, y le lanzarían alguna maldición antes de otorgarle información sobre uno de sus clientes.
Salió del lugar, su rostro ensombrecido. Permaneció parado en mitad de la calle, su mirada perdida en el ir y venir de las personas a su alrededor. No tenía la menor idea de dónde pudiera estar Sirius, y con creciente dolor se dio cuenta que no conocía mucho de aquél al que consideraba su mejor amigo. Ni siquiera sabía la dirección de su departamento en París, y aunque la supiera ése sería el último lugar a donde Sirius iría porque como era obvio, no quería ser encontrado.
-El mundo Muggle... –no había otra explicación para la presencia de Sirius en Gringotts. Las posibilidades de encontrarlo se reducían al mínimo ante ésa perspectiva-. ¿Cómo se lo diré a Harry?
Empezó a caminar sin rumbo fijo y sin ánimos de volver pronto a Hogwarts, no sin una explicación razonable para dar a Harry. Ésa mañana lo había notado muy entusiasmado al mencionar a su padrino. Con toda seguridad, el muchacho creía que al fin el hombre había decidido aceptar su relación con Severus, y que el retirar la denuncia era una prueba de ello. Tal vez Harry buscaba una reconciliación. Y ahora con esto Sirius volvería a desilusionar a su ahijado, sin duda alguna.
De regreso en Grimmauld Place, preguntó al elfo si conocía algún sitio Muggle que el animago frecuentara, cosa que el elfo negó. Remus dejó de insistirle y se dirigió a la habitación de Sirius, pero no encontró nada que le indicara dónde pudiera estar su amigo. Momentos después, el pequeño sirviente le entregó la carta que su amo dejara sobre la cama de su ahijado. En ella, sus abogados le notificaban que sus instrucciones habían sido llevadas a cabo, y que Severus Snape acababa de ser liberado.
Suspiró, imaginando lo difícil que debió ser para su amigo tomar ésa decisión. Incluso, podía comprender que se marchara a cualquier parte antes de tener que ver a Harry con Snape. Regresó a la sala y momentos después se encontraba en sus aposentos en Hogwarts. No vería a Harry ésa tarde, ni siquiera lo acompañaría en su visita al especialista. Quería retrasar el trago amargo al muchacho el mayor tiempo posible.
-Ah, Sirius... Sirius... algo me dice que Harry estaba dispuesto a arreglar las cosas contigo... –murmuró mientras observaba la carta que el elfo le entregara-. ¿Por qué tenías que volver a equivocarte?
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La fresca brisa otoñal mecía los árboles cercanos a donde se hallaba Hermione, haciendo que sus hojas secas se confundieran con su larga melena castaña cuando el viento las depositaba con suavidad sobre su cabeza. Y a pesar de que el aire ya era frío a principios de noviembre, la banquita blanca de la terraza era el único lugar donde ella podía leer con calma los diarios que su doctora le entregara.
Hermione levantó la mirada por un momento. Faltaban pocos minutos para que el sol se pusiera. Aunque sabía que era muy rápida leyendo, ella no quería hacer lo mismo que con todos los demás libros que estudiaba. No quería devorarlos. Quería leerlos con calma, entender cada palabra escrita en ellos. Palabras que ella no podía creer aún, que hubieran sido trazadas por su propia mano.
Cuando la luz natural ya no fue suficiente, cerró con cuidado el diario número tres. Permaneció sentada en la banquita observando el atardecer. La doctora Sayers se sentó junto a ella y esperó a que su paciente se decidiera a hablar. Hermione suspiró y cerró los ojos, tratando de encontrar las palabras adecuadas para lo que estaba sintiendo.
-Nada... –fue lo único que atinó a decir. La doctora Sayers permaneció en silencio, esperando una explicación más clara. Hermione abrió el diario y repasó las hojas ya leídas-. Es decir... hay muchas cosas que recuerdo haber conocido. Mi casa, mis padres... aquí he escrito las cosas buenas y malas que me ocurrieron en aquellos años. Pero sólo guardo en mi mente las cosas malas.
-¿Y qué hay de los recuerdos buenos?
-Hasta ahora... no he logrado que influyan en mí. No los siento... míos.
-¿Quieres decir que te son ajenos?
-Por completo. Me siento como si... yo no fuera la protagonista de las cosas buenas que escribí en estos diarios –la doctora asintió, comprendiendo sus palabras-. ¿Usted podría explicarme?
-Tiene sentido, si tomamos en cuenta que el Dementor se robó tus recuerdos buenos. Junto con ellos se llevó también tus emociones positivas, tu optimismo –Hermione asintió, comprendiendo-. A cambio, sólo te dejó la depresión que ocasiona el vivir de malos recuerdos.
-Entonces... no tiene sentido que siga leyendo estos diarios.
-No creo que debamos ser tan drásticas, Hermione. No olvides que la mente humana es muy compleja –se puso de pie y con un gesto la invitó a caminar con ella hacia su habitación. La noche comenzaba a ser muy fría-. Fuiste rescatada a tiempo para evitar que tu alma fuera robada. Tal vez el Dementor tampoco tuvo tiempo de robarte todos tus buenos recuerdos.
-Si así fue... ¿Por qué entonces no recuerdo nada bueno? –en éste punto, la muchacha alzó la mirada y a la luz de las farolas que se encendían, la doctora pudo ver que sus ojos brillaban. Sonrió. Su paciente comenzaba a comprender todo lo que pasaba a su alrededor-. ¿Por qué lo único que recuerdo es lo malo que me ha ocurrido?
-¿Estás segura de eso? –la muchacha la miró sin entender-. ¿Recuerdas cuál es el color que más te gusta utilizar cuando pintas?
-El rojo –respondió sin vacilar-. Es el que más recuerdos me trae. Y ninguno bueno. Aunque a veces... siento algo...
-¿Es doloroso?
-No –Hermione se detuvo frente a la puerta de su habitación, donde una enfermera ya la esperaba para darle su poción-. Al contrario... es cálido y... muy agradable.
-Entonces... no todo está perdido, Hermione –la muchacha asintió en silencio y se sentó en la orilla de la cama, abrazando con fuerza su diario-. No te des por vencida. Son trece diarios y apenas vas por el tercero.
-¿Usted cree que en ellos encontraré la respuesta a lo que siento cuando pienso en el rojo? –preguntó la muchacha, su mirada fija en el libro que sostenía-. ¿Usted cree que eso ayude a que sienta como míos todos estos recuerdos?
-En cuanto a lo primero... yo creo que tus diarios te dirán lo que ha significado el rojo a lo largo de tu vida. Sólo es cuestión de que mantengas los ojos y la mente muy abiertos –la doctora Sayers palmeó su hombro y se dirigió a la puerta-. En cuanto a lo segundo... no es algo que te pueda responder ahora. Dame tiempo, te prometo que me avocaré a la tarea de investigar el motivo por el que no puedes asimilar tus propios recuerdos.
Ya a solas, Hermione permaneció un momento más observando el diario. Después de guardarlo junto con los demás se preparó para dormir. Se acostó de lado y cerró los ojos, ignorando en lo posible el blanco de las paredes de su habitación. Haría caso a la doctora, seguiría adelante. Leería todos sus diarios hasta aprenderse de memoria cada uno de sus recuerdos, aunque los sintiera ajenos.
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Severus tomó con cuidado el cuerpo de Harry, dormido entre sus brazos después de hacer el amor en la sala. Lo vistió con un pijama y lo arropó con las cálidas sábanas, para después avivar el fuego de la chimenea y salir en silencio. En la tranquilidad de su oficina, su mirada se enfocó en las páginas amarillas del libro que dos meses atrás Minerva le entregara de parte de Nicolás Flamel.
Desde el instante en que leyó la primera página supo de qué se trataba. El libro contenía capítulos enteros dedicados a una gran cantidad de especies de serpientes venenosas. El libro estaba repleto de fórmulas para la elaboración de antídotos y sueros con base en ésos venenos, y lo más interesante, el autor parecía haberse llevado toda una vida en separar e identificar las distintas toxinas y enzimas que componían ésos venenos.
Era un escrito completo, que a Severus le abría un gran mundo de posibilidades para encontrar una solución al problema de Harry. Solución que hasta ése momento, ningún tratamiento había logrado. Los medimagos a los que consultaron lo habían examinado, y todos coincidieron en un resultado: El veneno de Nagini tenía una enzima muy poco común en la mayoría de las especies.
Ésa enzima al ser absorbida por alguna herida o al viajar por el cuerpo, provocaba pequeños coágulos en algunos vasos. La razón de la pérdida de la vista de Harry, era que al hacer el veneno contacto con sus ojos, algunos de ésos pequeños coágulos se habían desarrollado en los vasos retinianos, provocando la obstrucción de sangre hacia la retina.
Se había intentado de todo. Hasta la dilatación de los vasos retinianos por inhalación de mezclas de dióxido de carbono/oxígeno, un método muy eficaz aplicado en la Medicina Muggle. Pero ningún tratamiento había logrado deshacer los coágulos. La intervención quirúrgica era un riesgo muy grande que ni Severus ni Harry aceptaron correr, y no se conocía alguna poción que pudiera ser capaz de disolver los coágulos ya formados.
-Viperidae... –era la palabra clave que Severus buscaba dentro del libro. Muy pocas eran las especies de serpientes que contenían la enzima tipo Trombina, capaz de provocar coágulos sanguíneos pequeños en el interior de un vaso, activando el factor X de la coagulación en la sangre.
-Les sugiero que tomen en cuenta la necesidad de una intervención –les había advertido el último medimago al que consultaran-. Si dejan pasar más tiempo, el riesgo de una obstrucción mayor pondría la vida del muchacho en gran peligro.
Él no quería eso. Estaba consciente que la obstrucción podría convertirse en algo muy grave y provocar que la sangre dejara de circular el algunas zonas muy delicadas, como el cerebro. Pero también sabía que las venas retinales eran muy diminutas y frágiles, y cualquier pequeño error durante la operación no le devolvería la vista a Harry nunca jamás.
-Sé que tú puedes encontrar el modo de disolver estos coágulos sin que tengan que operarme –a solas en la intimidad, las palabras de Harry le habían demostrado una gran fe en su capacidad como experto en pociones-. Sólo dime que lo intentarás. Eso será suficiente para mí.
Y Severus sólo había atinado a abrazarlo y hacerle el amor. Desde entonces, impartía sus clases en el día y trabajaba en su oficina de noche. Como su auxiliar, Draco se dedicaba a calificar los trabajos de sus alumnos y a elaborar las pociones para dejar que Severus sólo se limitara a dar clases, y a buscar en el libro de Flamel la solución al problema de su pareja.
Severus hizo sus pensamientos a un lado cuando el reloj de pared marcó la hora. Las dos de la mañana. Suspiró, frotándose los ojos con fuerza. Se le iría toda la noche buscando información en el libro, y aún iba por los primeros capítulos. Ni Harry ni Draco sabían de sus desvelos, de lo contrario hacía tiempo que le habrían dado una buena reprimenda.
-Bothrops lateralis... Bothrops nasutus... –hasta ése momento, el hombre había logrado identificar a varias serpientes de la especie Viperidae, pero ninguna de ellas era Nagini. Si quería crear una poción para deshacer los coágulos en los ojos de Harry, primero debía identificar en su veneno a la enzima coagulante que había sido capaz de formarlos y junto con ella, la enzima capaz de deshacerlos.
Según el libro de Flamel, el veneno de la mayoría de las serpientes Viperidae estaba compuesto por enzimas de tipo Trombina, responsables de la formación de coágulos sanguíneos en los vasos. Pero el mismo veneno también estaba compuesto por enzimas de tipo Plasmina de potencial utilidad para disolver los coágulos de sangre.
El libro explicaba que el cuerpo humano también posee ésas enzimas, que funcionan sobre los coágulos formados en los vasos sanguíneos, pero sólo en condiciones normales. En el caso de Harry los coágulos eran anormales, pues habían sido ocasionados por el veneno de Nagini, por lo que las enzimas tipo Plasmina que su propio organismo producía, no habían sido capaces de disolverlos.
Severus estaba consciente que debía encontrar las enzimas tipo Plasmina que fueran capaces de deshacer los coágulos ocasionados por las enzimas tipo Trombina del veneno de Nagini. Pero no podía confiar en el veneno de cualquier serpiente, aunque perteneciera en apariencia a la misma especie de Nagini.
Él sabía que la composición de los venenos de las serpientes variaban hasta en ejemplares de la misma especie y familia, así que debía encontrar en ése libro a la misma Nagini. El problema radicaba en que no conocía su nombre científico, por lo tanto, no tenía la certeza de la especie a la que pertenecía, y eso hacía probable que Nagini no estuviera en ése libro.
Lo que al final convertiría todo su tiempo frente al libro, en tiempo perdido. Un tiempo muy valioso del que Harry no disponía. Debía encontrar el modo de acortar el camino. Seguiría estudiando el libro, pero ya no pondría atención a las especies, sino a las fórmulas que le ayudarían a analizar cada componente del veneno de Nagini que él guardaba en su laboratorio, hasta encontrar las dos enzimas que buscaba.
-Manos a la obra... –murmuró mientras cerraba el libro y lo llevaba con él al laboratorio. Lo dejó sobre su mesa de trabajo para buscar la caja de Voldemort que Draco guardara en el estante de los ingredientes peligrosos.
Con la bella caja en sus manos conteniendo los veinte frascos del veneno de Nagini, Severus sonrió con ironía. Si Voldemort hubiera imaginado que el mismo veneno que dejara ciego a su enemigo, tenía el poder de devolverle la vista también, lo hubiera pensado dos veces antes de dejarlo al alcance de las manos curiosas de Albus.
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Ron abrió sus grises ojos con lentitud, molesto cuando el sol dio de lleno sobre su cama. Vio la hora en el reloj de su mesita y suspiró con frustración al comprobar que sólo había dormido tres horas. Se vio tentado a correr la cortina y seguir durmiendo, pero la voz de su madre llamándolo le impidió cumplir su deseo. Se baño y se arregló, resignado a no recuperar sus horas perdidas de sueño.
-Perdón por haberte despertado –se disculpó Molly mientras colocaba su almuerzo frente a él.
-Ya estaba despierto, no te preocupes –el muchacho bebió un poco de jugo y echó un vistazo a su plato antes de comenzar-. ¿Para qué me llamabas?
-Tu papá quiere que vayas a su oficina, apenas termines de almorzar –Molly se sentó a su lado y acomodó un húmedo mechón rojo sobre la sien de su hijo-. Creo que tiene algo que ver con firmar unos papeles o algo así... en realidad no me lo explicó muy bien porque tenía cosas qué hacer.
-¿Qué clases de papeles podrán ser? –le preguntó el muchacho, intrigado-. Los únicos que he tramitado son los de la pensión para Hermione... y no creo que estén hasta mediados del próximo año.
Su madre se encogió de hombros sin saber qué responder. En el fondo, albergaba la esperanza de que se tratara de eso. Ya no podía ver cómo su hijo se mataba día y noche en ése restaurante para pagar el tratamiento de su novia, y que encima de eso, no le quedara nada para él.
-Lo averiguarás pronto, ahora termina tu almuerzo –el muchacho asintió y se dedicó a comer, escuchando a su madre hablarle de su día-. Harry vino a visitarte ésta mañana, pero cuando supo que dormías prefirió no despertarte. Te dejó sus saludos... y este cheque.
Ron observó el documento por un largo minuto. Aunque al principio se había negado a recibir dinero de su mejor amigo, había terminado cediendo ante su insistencia por querer ayudar a Hermione. Remus también lo estaba apoyando -aunque con una cantidad mucho menor dada su propia situación económica-, cosa que no le había sorprendido demasiado pues el licántropo aún se sentía un poco responsable por lo ocurrido.
Pero la primera vez que Sirius le envió un cheque con una gran cantidad, no había podido evitar sentirse abrumado. A pesar de todos los problemas que sus amigos tenían, habían encontrado un pequeño espacio entre sus asuntos para acordarse de él. Y se sentía muy agradecido con ellos. Suspiró, dejando el cheque a un lado y continuó con su almuerzo. Molly siguió conversando con él hasta que terminó, tras lo cual se despidió de su madre con un beso.
-Iré a ver a Harry ésta misma tarde –le prometió a Molly antes de cruzar el umbral de la chimenea hacia la oficina de su padre.
Arthur correspondió al saludo de su hijo con una inclinación de cabeza, mientras terminaba de atender a dos Aurores en su oficina. Ron se sentó en un modesto sillón, observando a su padre trabajar hasta que los hombres se retiraron.
-Mamá me dijo que querías verme.
-Te llamaron del departamento de Pensiones –Arthur pudo ver cómo el rostro de su hijo se iluminaba, haciendo que sus ojos grises brillaran de anticipación. Se levantó de su lugar en el escritorio y su hijo lo siguió por los intrincados pasillos de las oficinas del Ministerio-. No sé cómo, pero los trámites para la ayuda a Hermione ya están casi listos. Sólo necesitan que vayas con la secretaria de la dirección. Ella te entregará unos documentos para que los firmes.
-¿Cómo pudieron quedar listos tan pronto? –su hijo seguía con viveza los rápidos pasos de su padre hacia las oficinas de Pensiones-. Ellos mismos me dijeron que si tenía suerte, quedarían hasta julio o agosto del año entrante.
Su padre negó con la cabeza. Él tampoco podía entender lo ocurrido, pues a pesar de ser un Auror al servicio del Ministerio, no había podido encontrar a los contactos que necesitaba para agilizar la documentación. Él también quería saber cómo había sucedido tan pronto.
Arthur detuvo sus pasos cuando llegaron al departamento de Pensiones. Ron suspiró al ver la larga fila de gente que esperaba con visible impaciencia, para ser atendidos por las cuatro secretarias que parecían no darse abasto con todos ellos. Pasando de largo todos los escritorios, Arthur se detuvo en una pequeña oficina al final del pasillo, y cuya puerta de cristal tocó dos veces antes de entrar y saludar a su ocupante.
-Buenas tardes, Helen –la secretaria del director correspondió al saludo de su compañero de trabajo con una sonrisa, invitándoles a tomar asiento frente a ella-. ¿Es verdad que ya están listos los documentos de la pensión para Hermione?
-Así es. Arthur –la mujer, de mediana estatura y ojos cafés detrás de unas gruesas gafas de marco de carey, se giró para buscar unos documentos en un archivero detrás de ella. La cadena con cuentas color rosa que sostenía sus gafas bailó al ligero movimiento sobre el cuello de su blusa blanca, cuando regresó a su posición anterior frente a los Weasley. Se dirigió a Ron-. Ésta misma mañana el director dio la autorización para dar de alta a la señorita Granger en el sistema de pensiones.
Mientras le hablaba, extendió su mano hacia él para entregarle un cheque que el muchacho tomó, vacilante. No pudo evitar un gesto de sorpresa al ver la cantidad impresa en él. El cheque cubría el monto total de lo abonado en San Mungo hasta la fecha.
-¿Ésta cantidad es la pensión total que le corresponde a Hermione? –preguntó el muchacho, pensando en que la devolución de ése dinero era una ayuda bastante considerable. Aunque eso significaba que tendría que seguir trabajando para cubrir todos los demás gastos que el tratamiento generara en adelante, como lo venía haciendo hasta entonces. Pero al menos ya tendría una cuenta que serviría para sus gastos extras, un dinero que no tocaría al menos que fuese necesario.
-No, Ron. Ése es sólo el reembolso de todos los gastos que has cubierto hasta ahora –le respondió Helen, con la confianza de quien conocía a la familia Weasley de muchos años atrás-. Es sólo una parte del arreglo total, que incluye la devolución del importe que hasta ahora has cubierto por tu cuenta. La pensión de ayuda es independiente de esto.
Ron y su padre se miraron, sin poder creer lo que estaban escuchando. Arthur tenía entendido que el apoyo a héroes de guerra, sólo incluía el pago de un porcentaje para sus tratamientos, o una pensión fija de por vida que se traducía en una cantidad irrisoria. Pero no la devolución de los gastos incurridos antes de la autorización de dicha pensión.
-No lo entiendo, Helen... ¿Por qué? –preguntó, queriendo saber qué había motivado el que se hiciera una excepción en el caso de su hijo. No es que le disgustara, todo lo contrario. Pero necesitaba saberlo. Como respuesta, la mujer se encogió de hombros y sus ojos cafés se entornaron detrás de sus gruesas gafas, dándole a entender a su amigo que había información que quedaba fuera de su alcance.
-Lo único que sé, es que el bufete de abogados que apresuró la agilización de los trámites, también exigió que todas las cuentas del hospital relacionadas con el tratamiento de la señorita Granger le fueran reembolsadas a Ron –dirigió su mirada café al muchacho, quien continuaba con el cheque en la mano y su rostro en total confusión-. También, la pensión cubrirá a partir de ahora la mitad de los gastos que eroguen del tratamiento.
–No lo entiendo, señorita Helen –Ron levantó la mirada hacia la mujer al tiempo que preguntaba-: Si el Ministerio va a cubrir el cincuenta por ciento de los gastos, ¿Por qué me están reembolsando todo lo que he pagado? ¿No debería ser también el cincuenta por ciento?
-No lo sé, Ron. Eso ha sido un arreglo ente el director del departamento de Pensiones y el bufete de abogados que hizo el trámite –antes de que Ron o su padre pudieran seguir preguntando, la mujer extendió unos pergaminos frente a Ron-. Te sugiero que firmes los documentos cuanto antes para dar de alta a tu novia en el Sistema de Pensiones. ¿O deseas esperar algunos meses más?
-De ninguna manera –Ron tomó la pluma que una sonriente Helen le ofrecía y se apresuró a firmar cuanto antes. Devolvió los papeles ya firmados y guardó el cheque en el bolsillo de su túnica-. Muchas gracias.
-Te lo agradezco mucho, Helen –Arthur y su hijo se pusieron de pie para salir de la oficina. Helen sólo movió las manos, rechazando cualquier mérito propio-. Dale las gracias a tu jefe de mi parte.
La mujer asintió y ambos salieron de la oficina para dirigirse a la del Auror. Caminaron en completo silencio, sin poder creer aún en la suerte del muchacho.
-¿Qué harás con ése dinero? –preguntó Arthur cuando ya se encontraban en su oficina. Ron se encogió de hombros y palpó el cheque debajo de sus prendas.
-No lo sé... supongo que lo devolveré a todos los que me han apoyado hasta ahora.
-¿Y crees que nosotros vamos a aceptar que nos lo devuelvas? –Ron sólo lo miró a los ojos, y su padre negó con la cabeza antes de sentarse en su escritorio-. Nada de eso, ni tus hermanos ni Harry, y hablo también por Sirius y Remus. Ellos no querrán que les devuelvas nada. ¿Por qué no mejor guardas ese dinero en una cuenta a tu nombre? Podrás ocuparlo más adelante para lo que tú quieras.
-Entonces les compraré un regalo a cada uno... en agradecimiento por toda su ayuda.
-Bueno... eso suena mejor. Te aseguro que lo apreciarán mucho más –Arthur se frotó la barbilla, pensativo-. Por mi parte... yo necesito un traje nuevo para Navidad...
Ron rió con fuerza al escuchar a su padre.
-Ten por seguro que lo tendrás –le respondió sin dejar de reír. Se dirigió a la chimenea-. Le contaré a mamá y después iré a Gringotts para depositar el cheque.
Cuando su hijo se marchó, Arthur tomó un rollo de pergaminos y trató de concentrarse en los reportes que debía presentar ésa misma tarde a sus superiores. Pero después de varios minutos con el vuela pluma inmóvil, se puso de pie y lanzó un puñado de polvos. Momentos después, la voz de Helen respondía desde la chimenea de la oficina que él y su hijo acababan de visitar.
-Helen, ¿De casualidad tienes el nombre del bufete de abogados que aceleró los trámites de la pensión?
-Espera un momento... –Arthur esperó tres minutos antes de volver a escuchar la voz femenina del otro lado-. El bufete se llama Mansfield & Raddal. ¿Los conoces?
-Sí, los conozco –Arthur guardó un breve momento de silencio para ordenar las ideas que revoloteaban en su mente-. ¿Tienes el nombre de la persona a la que el bufete representó?
-Me temo que no, Arthur. El trato fue directo con los abogados –fue la respuesta de su amiga-. Pero... tengo un conocido en ése bufete que me puede ayudar con el dato.
-¿Podrías...? –Helen pudo advertir la impaciencia en la voz del Auror.
-Claro que sí. Sólo déjame ver si lo localizo –Arthur dibujó una sonrisa de satisfacción que la mujer no vio-. Dame algunos minutos.
Mientras el Auror esperaba, comenzó a pasear de un lado a otro de su oficina. Si su memoria no le fallaba, Mansfield y Raddal eran los abogados que llevaban el caso de Severus. Un bufete cuyos servicios no cualquiera en el Mundo Mágico podía pagar. Con toda seguridad Harry había tenido que ver con ello, pues aparte de Remus, era el único que tenía conocimiento de los trámites de la pensión. Y era el único amigo de Ron que poseía el capital suficiente para pagar ésos servicios.
-Tengo el nombre de la persona a la que representó el bufete –Arthur emergió de sus pensamientos al escuchar la voz de su amiga-. Fue el señor Lucius Malfoy –un prolongado silencio fue lo que Helen recibió como respuesta-. ¿Arthur? ¿Estás ahí?
-Sí, Helen... aquí sigo –el Auror reaccionó al escuchar la voz preocupada de la secretaria.
-¿Todo está bien?
-Sí, no te preocupes. Muchas gracias por tu ayuda, Helen.
-No me lo agradezcas, fue un placer.
Arthur permaneció parado frente a la chimenea tiempo después de que la conexión con Helen se cortara, el nombre de Lucius Malfoy rondando en su mente una y otra vez.
-¿Por qué? –era una pregunta que no dejaba de hacerse mientras terminaba de llenar sus reportes. Podría haberlo esperado de cualquiera, hasta del mismo Sirius que a pesar de todos los reclamos de la familia Weasley por lo hecho a Severus, no había dejado de apreciarlos. Pero jamás se hubiera imaginado que Lucius Malfoy fuera capaz de hacer algo bueno por alguno de su familia.
-No sé por qué hizo esto el señor Malfoy, pero ha ayudado a mi hijo como no tiene idea –meditó el Auror, sin poder creerlo aún-. Sólo espero tener la oportunidad de devolverle el favor... algún día.
Continuará...
Próximo capítulo: Sólo tú para sostenerme.
Notas:
Muchas gracias a todos por sus reviews y por seguir leyendo esta historia.
Besitos.
Rebeca (K. Kinomoto)
