CAPÍTULO 32: ENTRENAMIENTO

POV KATNISS


-PARTE II-


El entrenador se pasó las próximas dos horas observándonos y enseñándonos nuevas trampas, que ni siquiera sabíamos que existían, incluso de atrevió a hacer una red con cuerdas y luego enseñarnos el modo correcto para que un momento dado esta caiga sobre la presa o la persona, aprisionándola, la puso en práctica cerca de un árbol artificial alto que había en el puesto sobre algo que simuló ser una maseta. Con algo de peso en las puntas, la red cayó sobre un objeto que él dejó en el suelo. Luego nos aseguro que la persona, no podría escapar si alguien no la ayudaba a salir de allí. Nos dedicamos por completo a aprender la técnica, y cuando la dominamos pasamos al puesto de camuflaje, tal vez la actividad más relajante de todo el entrenamiento. Y la que más le agradaba a Peeta. Para mí resultó agradable verlo a Peeta de buen humor y relajado. Por primera vez sentí que estábamos haciendo algo normal, que no implicaba aprender las mil formas de matar a un contrincante.

Peeta pareció disfrutar de verdad con el camuflaje y se dedicó a mezclar lodo, arcilla y jugos de bayas sobre su pálida piel, y a trenzar disfraces con vides y hojas. Luego empecé yo, simplemente para distraerme, siguiendo las instrucciones de Peeta, lo intente en el dorso de mi mano. Me recordó a cuando éramos más pequeños, y él dibujaba perfectos dibujos en libretas y hojas de papel y luego él me los pasaba para que los pintara, porque yo dibujaba horrible. El entrenador que dirigía el puesto estaba entusiasmado con el trabajo de Peeta. Luego permití que trabajara sobre mis brazos y mis manos, pero esta vez su diseño me recordó a la pradera. Jugó el efecto de las sombras y el sol sobre el pasto y las flores. Las flores fueron hechas con tintes naturales y con pinceles o con sus dedos. Dientes de león, prímulas y margaritas que solíamos ver en la pradera. En un costado de la pradera hizo una especie de lago en celeste y allí dibujo las saetas de agua que me dieron mi nombre. Peeta apenas me miró estaba demasiado concentrado en su trabajo. Pero no dejó de sonreír, tal vez porque todo eso le traía buenos recuerdos al igual que a mí. De Prim, de mí, de nosotros.

Empecé a mirar con un ojo más crítico el diseño acabado del brazo izquierdo de Peeta: el dibujo, que alternaba luz y sombras, al igual que el mío, pero yo era como la pradera, él como un árbol. Me recordó a la luz del sol atravesando las hojas de los arboles del bosques y iluminando por sectores los troncos, ramas con hojas, el suelo. Tanto tiempo pintando, dibujando, y glaseando y decorando pasteles dio sus frutos, porque se veía tan real en su brazo que empecé a tocarlo para comprobar su textura. Se estaba secando, pero estaba húmedo. Era como la corteza de un tronco en apariencia. Peeta era un artista, además de un sobreviviente.

Cuando terminó el trabajo en mi brazo. Levantó su mirada hacia mí, mirándome para comprobar mi reacción. Le sonreí.

-¿No piensas decir nada?

-Es encantador, aunque no sé si podrás glasear a alguien hasta la muerte. –Le respondí en tono de broma todavía tocando por encima el camuflaje.

-No te lo creas tanto. Nunca se sabe qué te puedes encontrar en el campo de batalla. ¿Y si es un pastel gigante...? -Empezó a decir Peeta. Siguiéndome la broma.

Me reí.

-Espera ¿te estás burlando de mí? –Continuó.

Me encogí de hombros, y seguí sonriendo.

Peeta tomó un poco de la mezcla que sobro de los materiales y me manchó la mejilla, con una sonrisa traviesa. Lo fulminé con la mirada, e hice lo mismo. Él se hizo el ofendido y me manchó pero en la nariz y la otra mejilla.

-Te ves encantadora, Kat. –Comentó en tono burlón.

-No tanto como tú.

Le estampé mi mano manchada en su rostro, ensuciado su boca en su mejilla y empecé a reír. Peeta agarró un trapo y se limpió rápidamente.

-Tienes suerte de que estemos en entrenamiento. Pero no creas que te salvarás en la noche. –Su expresión prometió venganza.

-Tal vez sí. Tal vez pueda encerrarme en mi habitación antes de que me atrapes.

-Quiero ver que lo intentes. –Se rió. –Ya sabes, soy muy persistente. –Susurró en mi oído haciéndome sonrojar y luego plantando un corto beso en mis labios. Se separó un segundo después, dejándome con gusto a poco y haciéndome desear otro beso más, y se lo hubiera dado, si no hubiera mirado hacia un costado y hubiera visto a la distancia a Rue, la niña del Once mirándonos con curiosidad. Peeta siguió el camino de mi mirada y murmuró:

-Creo que tienes una sombra.

-Nos está mirando a ambos. –Corregí.

-No. Te está mirando a ti, mi amor. A mí me mira solamente porque estoy contigo. Pero durante la charla con Atala, no dejaba de observarte casi exclusivamente a ti.

La respuesta de Peeta me desconcertó.

-¿Por qué me miraría a mí?

-No lo sé, tal vez porque te presentaste voluntaria por Prim. ¿Sabes? Rue me recuerda un poco a ella.

-A mí también. Pero ¿qué tiene que ver con que me esté mirando?

-Nada creo, sólo te dije que me recuerda a tu hermana. Demasiado pequeña, tierna e inocente.

Fijé la mirada en él y sonreí. Le di un beso en sus labios y él me lo devolvió.

-¿Seguimos? –Le pregunté, sin poder dejar de pensar en la pequeña de tez morena que según Peeta, ha puesto toda su atención en mí. Internamente me pregunté si sería conveniente acercarme a ella y averiguar el motivo de su interés en mí sutilmente. Pensé que no debía ser tan difícil tratan con un tributo tan pequeño. Pero descarté la idea, porque posiblemente Rue se asustaría, se sentiría acusada, o incomoda. Además, nunca me destaqué por ser sociable. El sociable era Peeta, no yo.

-Sigamos.

En el almuerzo nos sentamos Peeta y yo solos en una pequeña mesa del comedor luego de buscar nuestras comidas. Al parecer los cocineros tienen en cuenta que el estado de deterioro de muchos es muy grave, y necesitan recuperar algo de fuerzas esta semana antes de entrar a los juegos, porque lo que nos sirvieron alimentos con muchas proteínas, carbohidratos y seguramente muchas calorías, pero con el entrenamiento que debíamos realizar por doce horas al día, esas calorías se quemarían por la ardua actividad física realizada. Incluso para Peeta y para mí fue mucha comida, comimos hasta llenarnos, sin llegar al punto de sentirnos descompuestos y el resto lo dejamos. Pero los chicos que han pasado más hambre se lo comieron todo, incluso algunos sin cubiertos, como si no hubiera un mañana, hasta el último bocado. En momentos así, mi odio hacia el gobierno del Capitolio se incrementó, porque al ver personalmente una pequeña representación de todos los distritos me di cuenta, que todos tenemos una vida miserable en nuestros distritos, en mayor o menor medida, al parecer el Distrito Doce no era el más pobre de todos, y eso bastó con verlos a ellos.

Los profesionales juntaron mesas y estaban charlando animadamente mientras se burlaban y reían de la forma de comer de algunos chicos, los más necesitados. Cerré mis manos en puño, y recordé los prejuicios de muchos comerciantes, para las personas de La Veta. Pero hasta la actitud de los comerciantes se quedó corta en comparación con la de los profesionales, porque ellos se regodearon en que sería fácil acabar con ellos en la arena, tan fácil como tenderles un pedazo de carne a los tributos, engañarlos con dárselo para luego matarlos. Yo me sentí furiosa al escuchar a mis espaldas ese comentario. Sentí la mano de Peeta acariciando mi pierna disimuladamente bajo la mesa con la clara intención de distraerme y susurró en mi oído:

-Tranquilízate. Ellos no deben ni sospechar que escuchaste. Ahora, ríete como si hubiese dicho algo gracioso.

Los dos dejamos escapar una carcajada convincente y no prestamos atención a las midas de los demás tributos.

-Hablando de anécdotas ¿Recuerdas la vez que me persiguió un oso?

-Sí, pero podrías refrescarme la situación.

Él no estuvo conmigo ese día, porque fui sola al bosque. Pero cuando se lo conté al día siguiente, luego del susto inicial, empezó a reírse. Me pareció una buena anécdota para aflojar un poco la tensión del ambiente en el comedor. Y se la volví a contar, él me interrumpió para volver a hacerme preguntas que yo le respondí. Luego yo me enteré de una anécdota de él con sus hermanos un día que iban camino de la escuela a la casa, que él nunca me había contado, pero que me hizo reír sinceramente. Me di cuenta cuanto extrañaba a todos, a mi familia, a la de Peeta –excepto a su madre – y a nuestros amigos. Jamás los volveríamos a ver, y eso dolía bastante. Pero contar cosas sobre ellos nos ayudó a tener sus recuerdos buenos presentes con nosotros.

El resto de la jornada fue dura, porque duro más tiempo, pero Peeta y yo, los del Distrito Once, e incluso los profesionales no acabamos tan cansados como el resto. Los más débiles, se quedaron en los puestos de fogata, plantas, nudos o camuflaje, como una excusa para descasar. Y los dos del Distrito Ocho, fueron a la enfermería porque se habían descompuesto. Peeta y yo probamos suerte en los puestos de armas, en los que no estaban los profesionales, y nos empezamos a familiarizar con armas que nunca en la vida habíamos tocado, sabiendo que necesitaríamos unos días para acostúmbranos a ellas, y manejarlas con algo de soltura, decidimos que iríamos cada que pudiéramos a practicar con ellas un rato.

Cuando la jornada del primer día acabó, todos nos sentimos aliviados y volvimos a nuestros respectivos pisos. Al entrar no vimos a nadie, nos separamos y nos dirigimos a las habitaciones que nos fueron asignadas, para bañarnos y cambiarnos de ropa. Cuando acabé, volví a la habitación de Peeta que estaba sentado en una silla alrededor de la mesa frente unas bandejas llenas de comida. Vi a Peeta bebiendo jugo exprimido de pomelo o naranja. Lo noté cansado al igual que yo, pero la ducha lo había aliviado un poco.

-¡Hey, Kat! Ven. –Me acerqué y me senté frente a él.

-¿Y esto?

-Lo trajo la chica avox hace unos minutos. Para los dos.

-¿Se lo pediste?

-No, ella lo trajo. No la había visto al entrar. Pero ella nos vio llegar, y decidió prepararnos algo para recuperar un poco de fuerzas supongo.

-Que amable. –Dije observando porciones dobles de casi todo.

-¿Sigues preocupada por lo mismo?

-¿De qué hablas?

-Por ella, de que te odie. –Susurró él. Cinna nos hizo ver que el único lugar seguro para hablar era el tejado. Tal vez, porque las habitaciones tenían micrófonos.

-Trato de no pensar en eso.

-Debes dejar de castigarte por algo que no puedes cambiar y no fue tu culpa.

Asentí, porque tenía razón.

-Comamos un poco y luego descansamos ¿quieres?

-Me parece perfecto. –Les respondí, y él me sonrió.

Luego de terminar de comer, nos recostamos en la cama, tapados por las sabanas y durmiendo entre los brazos del otro. Sería un rato, hasta que nos buscaran para la cena. Habíamos sobrevivido al primer día de entrenamiento.


A/N: Segunda parte del capítulo. Todavía falta. Tengan paciencia.

Buenas noches,

Lucy.