Nymphadora permanecía sentada en la mesa, lo más lejos de su madre que pudiera. Su hija estaba sentada a un lado y ella sonreía mientras trataba de hacerle comer sin ensuciarse o sin que encontrara la diversión en bañarse de arroz y salsa.

— ¡Pero mi amor, si la comida no es para jugar! Los abuelos están aquí. ¿No quieres que ellos vean lo ordenada que eres comiendo?

La pequeña asentía, sonriendo y llena de salsa entre dientes y parte de su rostro. La mujer trataba de limpiarla, mientras su hermano cooperaba. Andrómeda había carraspeado y Severus, que hasta ese entonces miraba a su familia, ladeó la cabeza para observarla.

— Tu padre te entregará en el altar, si eso quieres Nymphadora.

— No es lo que quiero.— dijo la mujer, distraída en el rostro de su hija.— es algo que todo padre debe hacer.

— Cuando es el hombre indicado. — suspiró su padre y Nymphadora Tonks se encogió de hombros mientras alzaba una cuchara para que su hija pudiera comer.

— No necesito de tu lástima mamá, ni menos la tuya papá. Severus es el hombre que amo y con o sin ustedes, de igual forma me casaré. ¿Creen que no me hice la misma pregunta? Pueden preguntárselo a su vez. Cuántas veces no cuestioné este amor. Cuántas veces no desperté entre lágrimas, preocupada porque todo fuera una mentira. Y Severus siempre confió en mí a pesar de mis errores y sé que yo puedo confiar en él, en que me ama. A pesar de todo.

— No dudo que te ame.— intervino Andrómeda al otro lado.— solo dudo de las razones que tiene para "amarte".

Snape había guardado silencio; mientras madre e hija se observaban a través de la mesa. Parpadeó un par de veces ante el escepticismo puro, que cegaba a la madre de su futura esposa.

— Me pregunto si dices todo esto porque tuviste una vida miserable y no quieres que tu hija repita tu error, al casarse con alguien que no debe.

Ted Tonks pensaba replicar, pero Andrómeda suspiró llamando a su calma y el hombre guardó la compostura. Severus prosiguió.

— Me preguntas por razones, pero tú jamás dijiste alguna por la cuál justificar tu huida. ¿O sí? Lo amas, muy bien. Esa es una gran razón. ¿Qué esperas escuchar, algo heroico? ¿Algo ruin, como si quisiera robar su fortuna? Que una mujer sufra es doloroso, lo debes saber perfectamente. Asumo sufriste lo suficiente. Que te desprecien por un error, que te martiricen de por vida. Más fácil se me hizo perdonar porque al final de cuentas, ¿qué ganaba con odiarla? ¿Iba al pasado nuevamente y cambiaba el curso de la historia?

— Pero odias a Sirius, Remus y a James Potter.

— Diferentes razones. Ellos hicieron lo que hicieron a libre albedrío. Nymphadora estaba cegada por amor, engañada por sí misma y el señor tenebroso. Condonar errores por inocencia resulta más fácil que tratar de perdonar a un culpable con todas las de la ley.

La mujer había sonreído asintiendo.

— Bien, tienes otro buen punto. Muy bien, Severus. Me parece que tus dotes de "negociador" todavía surten efecto aunque ya no te dividas entre dos bandos que se juegan tu piel y tus huesos.

— Me alegra que te diviertas con ello. Pero creo que nunca cambiará. Las personas que son "felices" son las peores. Son aquellas que más lastiman, que más se ríen del sufrimiento ajeno. Y al final son aquellas que más sufren. Mírate, alejas a tu hija. A la única hija que tienes y estás sentada aquí, juzgando qué tan triste fue mi vida. Sí, es cierto, no tomé las mejores decisiones pero...

Nymphadora había suspirado al observar su sonrisa suave.

— Soy más "feliz" o como quieras llamarlo. Mucho más que tú que lo tienes todo y no sabes cómo aprovecharlo.

— ¿Cómo puedes ser más feliz? ¡Severus Snape hablando de felicidad! ¡Claro! Eso es lo más absurdo que jamás oí!

— Porque tengo algo que tú ya no tienes. Una familia. Y no pienso abandonarla a la primera adversidad que se presente.

Andrómeda había guardado silencio, mientras Severus daba un sorbo a su copa de vino y daba como terminado el almuerzo. Al despedirse los niños de sus abuelos, Nymphadora había inspirado con una sonrisa.

Que Severus Snape la defendiera de sus padres de aquella forma, decía muchas cosas al mismo tiempo.

Y a la hora de la siesta, lo que para ellos resultaba ser mucho más que simples horas de sueño, quería demostrarle a qué conclusiones había llegado.

— Severus...gracias. — susurró mientras sonreía sobre su cuerpo, llena de lágrimas. Quizá era más sensible con el embarazo, quizá solo estaba emocionada.

— La insensibilidad de Andrómeda frente a un caso así, me causa tanta gracia como asco y desprecio. Simplemente no puedo entenderla. Una mujer tan fina, con clase, abandona todo por un muggle y luego, años después, condena a su hija por actos de amor. ¡Es estúpido!

Y ella había sonreído, besando la comisura de sus labios, mientras el hombre trataba de sostenerla con un brazo para que no se desbalanceara y cayera. Tal como hacía con su "familia" todo el tiempo.

Desde el comienzo.

— Lo sé, olvídalo. No tiene remedio. Y mientras tanto, creo que tendremos que abstenernos de sexo por un tiempo. Si vamos a tener otro bebé.

— No puedo creerlo hasta no verlo. Estoy seguro de que no hemos cometido ni un solo error. Me pregunto si debo cuestionarme los métodos que he estado practicando.

— No, Severus. Está bien así. Para mañana tendrás unas prueba de embarazo entre tus manos. Te lo prometo.

Y el hombre había suspirado allí, en silencio mientras miraba atentamente a sus ojos y acariciaba su rostro con su mano libre. La mujer de sus pesadillas ahora, por mera casualidad, se había ido a dormir a sus sueños superficiales. Aquellos que, de vez en cuando, "alegraban" sus noches de sueño.

Ya no resultaban ser pinceladas de ira contenida, matices grises y sepias. El color rosa de su cabello, cuando sonreía y estaba feliz, era lo que adornaba muchas cosas en sus sueños. Cuando cerraba los ojos.

Podía acostumbrarse a verlo. ¿Por qué no?

— Voy a dormir con los niños. Te amo, Severus.

— Muy bien, te veré para cenar.

Y así abandonaba la cama; dejando la inmensidad para pensar. Mientras abrazaba una de las almohadas y hacía un recorrido visual desde el pasado hasta el presente y parte de su futuro.

Estar casado no parecía una tortura y ella tampoco.

Ni hablar de aquel nuevo sentimiento que estaba experimentando. Amor, enamorarse. Lo había hecho, Lily Evans podía ser testigo fiel de ello.

Pero aquello era diferente. Aquello resultaba ser correspondido y era totalmente distinto. No sabía cómo llamarlo, pero no era solamente amor.

Quizá eso había sentido ella y la había motivado a pelear y tratar de vencer por Remus Lupin.

Podía. Nunca lo sabría con exactitud.