¡Hola a todos! ¡Regresé! XD
¡Siento muchísimo la espera! Este último mes y medio ha estado lleno de compromisos e imprevistos. He tenido tres cumpleaños y un aniversario en mi casa, así que fiestas, regalos y mucho estrés por doquier... En fin. Al menos la tranquilidad regresó al calor de mi hogar XD
Y con ella "La luz de Edoras".
Antes de nada las respuestas a los reviews sin cuenta de ff.
BetoMarcador: con cada comentario tuyo consigues halagarme. No creo que este fic sea merecedor de tantos elogios. Soy consciente de que tiene muchos fallos aunque sí es cierto que hago un esfuerzo sobrehumano para mejorar.
Me encantó lo que me dijiste de las mutaciones de trama :) Es cierto que intento que haya un poco de todo, amor, batallas, sangre, algunas vísceras, etc. Intento hacerlo completo, y me honras con tu aprobación. ¡Y alucino de que consideres la historia rápida en ocasiones! Pero sí es cierto, es muy difícil mantener un ritmo constante, además si alargo demasiado algunas de las escenas o transiciones se haría algo pesado creo yo. Pero para este capítulo ya he tenido en cuenta estas impresiones tuyas.
Respecto a Thranduil en Minas Tirith, a parte de pasear su cuerpo serrano y beber su propio vino, yo tampoco se qué puede hacer ese elfo... ¡Veremos qué depara el destino! XD
Me apena Maedhros, y es un personaje que adoro. Me deja un vacío enorme cuando deja de aparecer en el Silmarillion y considero que algunas de las cagadas más grandes de los elfos en su historia fueron cometidas por él, el pelirrojo manco... De hecho estoy pensando en leer de nuevo el Silmarillion, en cuanto termine este fic, claro. ¡Un saludo BetoMarcador!
Este es un capítulo lleno de melancolía, de detalles y descripciones, de vida cotidiana. De transición. Aunque espero que os guste, ¡me costó muchísimo escribirlo!
Y aunque os parezca corto, tengo el siguiente ya en revisión, y podré subirlo dentro de tres o cuatro días. De modo que esta vez la espera no será tan larguiiiiisima.
¡Os dejo ya con el capítulo!
¡Disfrutadlo!
.:: En Edoras ::.
Respiró profundamente antes de la ejecución.
Eso era para ella. A pesar del buen fin, no dejaba de estar arrebatándole la vida a un ser, que, aún siendo peligroso, era inocente. Un ser vivo más cuya peculiaridad para cazar suponía una alarma constante para los granjeros y sus familias, habituados a estar siempre en los campos.
Pero si con la muerte de aquel ejemplar podía asegurar la vida de unas cuantas personas, habría valido la pena el trance.
La sujetó firmemente por la cabeza y le dio un golpe seco con el filo de su daga. De un tajo cortó la médula espinal, y Érewyn supo que el pobre animal había dejado de sentir. Su muerte por lo menos sería indolora.
Arrugó el rostro y limpió la sangre del filo de la daga antes de guardarla de nuevo en su vaina. El reptil aún se movía cuando lo soltó en el suelo. Se incorporó y lo miró.
Las serpientes escupidoras no eran reptiles demasiado grandes, no era su tamaño lo que las hacía peligrosas. Sus madrigueras solían estar en zonas de hierba alta, como los campos de heno y los trigales maduros. Eso solía ser un problema en época de siega ya que, al final del verano las celosas madres y sus crías infestaban los campos, y las mordeduras accidentales solían dar muchos problemas. Pero lo peor de todo, lo que las hacía más peligrosas, era que tenían la capacidad de escupir su veneno a medio metro de distancia, con la intención de cegar a sus enemigos.
Una de las tareas que Érewyn se había autoasignado era la caza de serpientes venenosas.
Estaban a mediados de abril, en plena época de cría. Era el momento de cazar serpientes, ya que, con el celo, estos reptiles se volvían menos cuidadosos y se arriesgaban a salir a campo abierto con tal de encontrar una pareja. Y allí podían ser vistos.
Además, con el veneno que les extraía, Érewyn estaba fabricando antídotos mediante el proceso largo. De este modo, para cuando estuvieran en época de siega tendrían un buen arsenal de antídotos preparado para tratar las mordeduras.
Se limpió de sangre las manos en sus propios pantalones, aunque la mayor parte ya se había secado y producía un olor bastante desagradable.
Tomó a la serpiente muerta del extremo de la cola y la introdujo en una bolsa de piel curtida, en la que aguardaban otros dos ejemplares.
Con aquellos calculaba que podría fabricar un cuarto de litro de antídoto.
Cerró la bolsa anudando las correas y comenzó a caminar, alejándose de la zona de las madrigueras de serpiente.
Hacía calor. El sol azotaba su cabeza y gruesas gotas de sudor descendían por su frente. Pero debía llevar los brazos cubiertos con aquellos guardabrazos de cuero rígido y las manos con guanteletes, para manipular sin peligro las serpientes. En aquel momento sentía que podría desmayarse de calor.
–Por lo menos podrías haberme esperado algo más cerca... – Resopló entre dientes, increpando a Fanor, que la esperaba alejado casi cincuenta metros del lugar donde Érewyn había capturado a la serpiente. El Meara agitó la cabeza arriba y abajo, nervioso. ¡Ni loco se acercaba a esos bichos!
Por fin alcanzó su montura y ató la bolsa a una de las múltiples correas. Sacó su odre de agua de la alforja y bebió un buen trago. Estaba caliente pero igualmente le supo a gloria.
Dio un gran suspiro al saciar su sed. Se secó los labios con la manga y miró a su alrededor, con los ojos entrecerrados.
El calor movía fantasmagóricamente el horizonte, el brillo del sol era cegador y las cigarras taladraban sus oídos sin cesar. El viento silbaba suavemente y la alta hierba ondeaba bajo su influjo como un gran mar de color verde. Hasta su respiración le parecía un sonido forzado en medio de aquel paisaje.
Todo había estado igual desde hacía un par de horas. El medio día estaba cercano, y la calma rebosaba.
Sin embargo, ella buscó, escuchó más detenidamente y analizó el aroma del viento.
Los ojos de Érewyn se posaron en un lugar, muy cerca del charco de sangre de la serpiente, en la zona donde la hierba era más alta.
Permaneció quieta unos segundos y después procedió a guardar tranquilamente el odre de agua en la alforja.
Subió al caballo y puso rumbo a Edoras. Fanor trotó algo nervioso, pero contento de alejarse de allí. Ella en cambio no sonreía ni un ápice. A su alrededor algo no iba bien. Había notado el momento exacto en que algo había cambiado en el ambiente, en algún lugar, en aquella pradera.
Pronto permitió galopar al Meara y le guió de vuelta a la capital.
Lo que le había dicho la Dama Galadriel era cierto. Desde que visitaron Lórien hacía diez días no había dejado de notar cambios en sí misma. En su percepción. En su sensibilidad.
Si anteriormente había poseído ya un agudo sentido del oído, ahora escuchaba hasta los sonidos más imperceptibles. Identificaba si provenían de seres vivos o no. Tenía en la cabeza una constante señal de alarma ante cualquier cosa fuera de lo común o acostumbrado.
Tal y como acababa de ocurrir en aquella pradera. A pesar de no haberlo visto, Érewyn estaba segura de que, oculto entre la alta hierba, había un rastreador de los Balchoth.
Habían sido muchos los rastreadores capturados en aquellos parajes. Poca información podía llegarle ya al jefe de los orientales. La estrategia defensiva ideada por Éomer estaba dando sus frutos, y ésta, sumada a la inquebrantable defensa del fuerte del Páramo había ampliado la zona segura de Rohan. El perímetro sin peligro era amplio y ocupaba el este del país, desde el fuerte del Páramo, siguiendo la orilla occidental del Anduin, y pasando por los Saltos del Rauros hasta el bosque de Firien. Aldburg, la segunda población más importante de la Marca, y la zona más peligrosa desde la Guerra del Anillo, había sido despejada también.
Había sido una suerte que Éomer ejecutara un ataque defensivo tan contundente en cuanto regresó del Bosque de Lórien junto a su hermana. Las informaciones de boca de Celeborn habían calado hondo y enseguida puso manos a la obra para asegurar las defensas de su país.
Pero aún así, y con todas las precauciones y vigilancias, los rastreadores de los Balchoth eran sibilinos, silenciosos, efectivos, y de vez en cuando les encontraban en las inmediaciones de las ciudades principales. En cuanto a pasar desapercibidos, los Balchoth eran expertos y era algo con lo que debían tener mucho cuidado.
Érewyn se detuvo al pie de la torre de vigilancia de Edoras.
–¡Rastreadores! ¡A medio kilómetro al sur de la granja de los Nowbourn! – Exclamó desde su base. El soldado de guardia se asomó por sobre la rústica barandilla de madera, alarmado.
–¿Estáis segura, mi señora? – Preguntó, al comprobar que se trataba de Lady Érewyn.
–No podría estar más segura. ¡Haz sonar el cuerno, vamos! – Ordenó. Y arrancó a galope una vez más, subiendo por el empinado sendero que pasaba entre los túmulos de Symbelmïne.
El cuerno de avistamientos resonó en el Vale Sagrado, y todos los habitantes de Edoras se apresuraron a refugiarse tras la alta empalizada. Érewyn se cruzó con Grimbold, primer teniente de la Guardia de Edoras, en la gran puerta de madera, y le dio rápidas indicaciones del lugar exacto donde había detectado a los enemigos.
Grimbold realizó una pequeña reverencia con la cabeza antes de dar la señal y salir a galope con un grupo de veinte soldados.
El portón de la empalizada se cerró tras Érewyn y la muchacha llevó a Fanor al trote hasta arriba de la colina, desmontando al pie de las escaleras de Meduseld.
Fanor fue atendido enseguida por un mozo y Érewyn suspiró tras tenderle las riendas. Miró a su alrededor.
La gente estaba adaptándose bastante bien a la nueva rutina de encerrarse en Edoras cuando avistaban enemigos. Pero aún así, el miedo y la alarma eran inevitables. Se oía el llanto de algún niño pequeño, asustado, y las madres buscaban con la mirada y llamaban a viva voz a sus hijos, que aún no habían regresado a casa.
Las tierras de los Nowbourn, donde había detectado a los enemigos, estaban sólo a tres kilómetros de Edoras. Aquella vez, los orientales se habían arriesgado mucho al enviar a sus rastreadores.
La muchacha no tenía ni idea de qué era lo que buscaban tan cerca de la capital de la Marca.
Puso rumbo a la puerta trasera de las cocinas de Meduseld, espantando a unas gallinas que le entorpecían el paso, y abrió la puerta con energía. Tal y como lo había imaginado: las cocineras no se hallaban allí. Debían estar vigilando que sus pequeños regresaran a casa y se quedaran allí hasta que sonara de nuevo el cuerno. A fuego lento hervía el caldo en una olla grande, la cena del día, y sobre la mesa de trabajo, de grueso y oscuro roble, aún permanecían las peladuras de patata y zanahoria, y las plumas de algún pollo que había acabado en el puchero.
Érewyn se puso de puntillas y alcanzó una vieja cesta de mimbre de un estante oscuro y fresco. Las más hermosas manzanas rojas brotaban siempre de aquella cesta, y Érewyn se hizo con tres de ellas. Frotó la más grande y le dio un buen mordisco mientras regresaba al exterior, cerrando con cuidado la puerta tras de sí.
Redirigió sus pasos hacia las caballerizas, pasando de nuevo frente a las escaleras de Meduseld.
Pese a estar inevitablemente preocupada, sabía que había dado la señal de alarma a tiempo y los soldados de Grimbold regresarían victoriosos. Pero no podía evitar sentir algo de impotencia al no tener permiso expreso para encargarse ella misma de los que iba detectando.
El acuerdo con su hermano había sido conciso y claro.
Como era tozuda como una mula y no quería saber nada de escoltas, Érewyn y Éomer habían acordado que la joven podía campar a sus anchas por las tierras del Valle Sagrado, hasta El Sagrario, en soledad, pero debía ir siempre a caballo y sin alejarse de su montura en caso de desmontar. Debía llevar su espada, por si acaso, pero debía regresar inmediatamente en caso de detectar peligro.
No podía enfrentarse ella sola a ningún enemigo. Éomer así lo había dispuesto tras ver los grandes grupos en los que solían moverse los Balchoth.
Pero a pesar de ello, Érewyn se había vuelto a su manera una excelente rastreadora: detectaba a los enemigos aunque se hallaran ocultos, inmóviles y en completo silencio. Y esto suponía una gran ventaja para los rohirrim. Pero Éomer no deseaba que su hermana pequeña se pusiera en peligro bajo ningún concepto, y más habiendo rechazado tantas veces salir de la pequeña ciudad en compañía de una escolta.
Ingresó en el fresco establo terminando los últimos bocados de su manzana, espantó las moscas que le cerraban el paso, revoloteando sin sentido en círculos, y se dirigió a la cuadra donde descansaba el Meara.
–Toma Fanor. Te las has ganado... ¡Pero no engullas tan deprisa! – Reía la muchacha. Fanor tragaba grandes bocados de manzana con fruición.
Dio una fuerte y cariñosa palmada en el robusto cuello del caballo, recuperó la bolsa con las serpientes muertas y se alejó por el pasillo. Una voz la detuvo a mitad de su recorrido.
–Estos enredos son imposibles de quitar… ¿Qué has hecho, Bichito? – La pequeña Elanor cepillaba con cuidado las crines del pequeño caballo sureño que Érewyn le regaló tras regresar de Minas Tirith. La princesa sonrió al verla. Realmente le recordaba mucho a ella misma.
–Prueba a remojar las crines con cerveza. Las fibras se suavizarán y no le darás tantos tirones… Fijate: le estás arrancando la mitad del pelo con cada cepillada. – Le aconsejó Érewyn. Elanor se quedó pensativa un instante, y luego su mirada se iluminó. La pequeña salió de la cuadra corriendo, exclamando un "¡Gracias!" bien sonoro a mitad del pasillo. –¡Acuérdate de cerrar el grifo del barril cuando termines! ¡Y que no te vea tu abuela! – Le recordó Érewyn.
La Dama de Rohan salió de las caballerizas despojándose de su cinto, y se internó en las frescas sombras del castillo con la funda de su espada ya en la mano.
–¡Mi señora! – La llamó una voz, con urgencia. Érewyn se volteó para ver a la doncella que se acercaba, apresurada. – ¡Ha llegado un mensajero esta mañana! Ha traído correspondencia para vos. ¡Era un elfo, señora Érewyn!
Érewyn abrió los ojos al máximo. La doncella llevaba con cuidado una bandeja de plata, donde le ofrecía un sobre lacrado. La joven lo tomó en sus manos rápidamente y dejó sobre la bandeja, a cambio, la negra bolsa manchada de sangre, ante el estupor de la doncella.
–Lleva esto a la fresquera, por favor. Más tarde me haré cargo de ellas. – Murmuró Érewyn. – Y, ¡ah! ¡Muchas gracias! – Exclamó. Realizó una delicada reverencia y comenzó a alejarse a grandes zancadas por el corredor.
–No hay de qué, señora… – Murmuró la doncella. Y se quedó allí de pie pensando la manera de llevar aquello al sótano sin tocarlo demasiado. No tenía ningunas ganas de saber qué había dentro...
Érewyn echó a correr escaleras arriba, subiendo los peldaños de tres en tres. Por el camino, daba ojeadas hambrientas al sobre. Reconoció el emblema del sello enseguida. Lo había visto finamente tallado en la empuñadura de las dagas de Legolas. Se trataba de una forma romboide rodeada de ramificaciones que se asemejaban a los cuernos de un ciervo. Sonrió de oreja a oreja.
Se encerró en su habitación y se lanzó en su cama aún mirando el sobre que llevaba entre las manos.
Rompió el lacre y, controlando el temblor de sus manos, desplegó el papel con cuidado.
Su sonrisa se amplió aún más y no pudo evitar que un acusador rubor inundara su rostro. No había visto nunca antes su caligrafía y, como todo en él, era perfecta, entendible, masculina, hasta sensual. Con mayúsculas elegantes y palitos alargados en las t.
Y rezaba así:
"Querida Érewyn,
Llegamos al Bosque Oscuro sin problemas. En nuestro camino encontramos algunas patrullas de orientales en los Páramos. El cauce del Anduin no es un lugar seguro.
Mi padre, mi hermano, su esposa y su hijo están perfectamente. Thanion, mi sobrino, no se separa de mí ni un momento. Tiene miedo de que me marche de nuevo…
Mi padre tenía planificada una alianza con el reino de Dorwinion que me implicaba a mí de una forma que yo no estaba dispuesto a asumir. De modo que no ha tenido más remedio que romper las negociaciones con Dorwinion y firmar el Pacto de los Pueblos Libres con Aragorn y Éomer. A cambio, yo me he ofrecido voluntario para dirigir las tropas en la vigilancia de la frontera sur del reino, que ahora llega hasta las montañas. Se lo debo, es mi obligación para con mi pueblo, y por supuesto con mi padre, después de causarle tantos inconvenientes.
El reino de mi padre se ha ampliado mucho. El norte del bosque, donde habitamos, se llama ahora Eryn Lasgalen y esperamos que no tarde mucho en reverdecer de nuevo. Pero las fronteras están más lejos, la zona es demasiado grande y aún hay peligros que amenazan la seguridad de mi pueblo. Espero estar a la altura y acabar de una vez por todas con las amenazas del Este.
Le he hablado a mi padre de ti. No puedo decirte que esté feliz. Pero a mí no me importa. Viajará junto a mí a Minas Tirith para firmar el Pacto directamente con Aragorn y con tu hermano. Necesita comprobar en persona si puede confiar en ellos. Además, aunque no está contento con nuestra relación, desea conocerte.
Estoy contando los días que faltan para comenzar el viaje a Gondor. Te echo mucho de menos, Érewyn. Siento que me falta un pedazo de mi alma si no estás conmigo.
No veo el momento de estar junto a ti otra vez. Ya no quiero separarme de ti nunca más. Mel nîn, tengo muchas cosas que decirte, y muchos planes para nosotros, para nuestro futuro, juntos.
Cormamin niuve tenna' ta elea lle au'.
Legolas."
Sonrió. A pesar de no entender la frase de despedida, estaba segura de que Legolas le decía algo muy dulce con aquellas palabras.
Le sorprendió saber que el Rey Thranduil sentía curiosidad por ella. La figura del gran Rey Elfo le provocaba mucho respeto. ¿Sería su carácter parecido al de Galadriel o Celeborn?
Sus ojos viajaron de nuevo a la parte en la que Legolas decía que la añoraba. Y su sonrisa se borró. Ella tampoco veía el momento de verle de nuevo. La espera se estaba haciendo eterna, y nada le hubiera gustado más que volver a tenerle entre sus brazos y no separarse de él jamás.
Miró su firma y la acarició con los dedos. La melancolía la invadió.
Todo en Edoras le recordaba a él. Los fríos corredores de Meduseld. Los tapices. La noche estrellada. La brisa. Y, a la vez, había tantas otras cosas que aún no conocía de él y que ansiaba saber: cómo era su hogar, su vida en el bosque, su familia, sus amigos.
Érewyn abrazó la misiva y suspiró. Se forzó a pensar cosas positivas, no debía caer ahora en la añoranza, se lo había prometido a sí misma… Pero no podía evitar preguntarse si él se sentiría igual de desubicado, si tendría la misma enorme presión en el pecho que ella sentía en su ausencia.
Tumbada sobre su gran lecho, Érewyn tenía visión directa a las dos dagas de su padre, expuestas en la pared, sobre un soporte de madera oscura. Las observó detenidamente. Cada vez que lo hacía podía sentir su mente llenarse de paz, igual que le pasó cuando vio a Erethor en el espejo de Galadriel, y esa sensación la reconfortaba, la calmaba.
Apartó definitivamente el sentimiento de morriña y se levantó enérgicamente de la cama. Se arrojó sobre el escritorio y comenzó a escribir. El mensajero saldría de regreso al día siguiente, de modo que si se daba prisa podría encontrarle en la posada y entregarle la respuesta para Legolas.
La plumilla rasgó el pergamino sin cesar, y Érewyn sentía que le iba a faltar papel para escribir todo lo que quería que Legolas leyera.
Era como si su mano se hubiera adueñado de su voluntad. Ansiaba, con absoluta desesperación, que él supiera cuánto le añoraba, cuánto le necesitaba. ¿Explicarle su día a día en Edoras? ¿Contarle la realidad de su país, la situación actual? Aunque necesario, lo consideró una banalidad.
Egoísta, Érewyn plasmó en el papel lo que para ella era lo más esencial en aquel momento: El ansia por tenerle, por sentirle cerca, que supiera que cuando pensaba en él, en su calor, en su presencia, el aliento la abandonaba. Que, en definitiva, su ausencia era un veneno tan mortal como el de las serpientes que capturaba. Y la consumía. Vaya si lo hacía.
Tras casi una hora, al fin, la misiva estuvo terminada. Sólo faltaba la frase de despedida. Érewyn dudó unos momentos, y finalmente escribió una frase corta en rohirric, cuyo trazo quedó grabado con fuerza en el papel.
"Tha mi ag iarraidh a bhith grèim thu, pòg thu, gràdhach thu."
Respiró hondo y admiró su labor. Colocó los tres trozos de pergamino escritos cerca de la ventana, para que la tinta se secara bien y comenzó a desmontar la plumilla para limpiarla.
Tras comprobarlo unas diez veces, la tinta al fin se secó por completo, y Érewyn voló escaleras abajo, en dirección al despacho del rey, en busca del sello real y la cera para lacrar el sobre.
Y al llegar frente a la puerta del despacho, la encontró abierta, y a través de ella vio a Éomer con la cabeza enterrada en las manos, y su mesa llena de un montón de papeles.
Aquella tarde, Éomer estaba cansado, sumamente cansado.
No había recibido noticias acerca de la extraña criatura cuyas huellas había visto en la orilla del Limclaro. Ya no había vuelto a saber nada más desde que regresaron de Lorien. Era como si se la hubiera tragado la tierra. Aunque Alheim aún tenía instrucciones precisas de inspeccionar los Páramos y las orillas de los ríos para buscar pistas sobre ella. La alerta permanecería presente hasta nueva orden, y Éomer había evitado hablar de este tema con nadie más. Sólo los soldados de más confianza de Alheim en el Páramo conocían la existencia de la criatura, y nadie la había visto ni siquiera una sola vez. Su aspecto era desconocido para todos.
En cuanto a la situación defensiva del resto del país, parecía que mejoraba y Éomer podía centrarse ahora en el aspecto económico, que no era boyante en absoluto.
Se había visto obligado a abrir el granero real para repartir sacos de grano para que los campos más dañados pudieran ser re–sembrados. Aún estaban a tiempo para una siembra tardía. No cosecharían nada de gran calidad pero al menos les mantendría vivos el invierno siguiente.
La puerta del despacho se abrió del todo, provocando una tenue brisa que reconfortó a Éomer. El joven levantó la cabeza, miró hacia allí y vio a su hermana más joven sonriéndole con cariño. Le devolvió la sonrisa y le hizo un gesto mudo para que pasara.
La muchacha se acercó a la antigua mesa repleta de papeles con pasos sordos mientras Éomer recogía despreocupadamente parte de ellos y los colocaba debajo de un libro pesado. Parecía el libro de cuentas de Gríma…
Érewyn se sentó y escudriñó el rostro del rohir. Éomer observó en el de su hermana la expresión que usaba siempre cuando sospechaba algo: los ojos semicerrados y la cabeza ladeada. Sonrió y se frotó los ojos.
–¿Qué ocurre? – Preguntó ella, preocupada. Éomer apartó las manos de su rostro y volvió a mirarla.
–Nada serio, en realidad. Estoy muy cansado.
Érewyn asintió, algo más tranquila. De hecho, el agotamiento era más que evidente en el rostro de su hermano. La joven frunció el ceño, y cuando se disponía a darle un sermón a Éomer acerca de las horas adecuadas de sueño, se oyeron unos fuertes pasos en el corredor. Gamelin irrumpió en el dintel de la puerta, ocupando todo el espacio.
–Éomer… Mi señor… Majestad. – Gamelin estaba teniendo problemas para readaptar su forma de dirigirse a Éomer, el nuevo Rey. Tras ser amigos desde niños, creía que nunca iba a lograrlo. Éomer agitó la mano, quitando importancia a ese matiz, y Gamelin se acercó a la mesa. – Ha muerto el maestre Daeron…
Éomer cerró los ojos y soltó un suspiro. La enésima mala noticia del día.
–Era de esperar, esa herida no podía tener buen final. Ni siquiera él mismo fue capaz de encontrar un tratamiento adecuado. – Murmuró el Rey, apesadumbrado.
–¡Eso fue porque no existía tal tratamiento! Daeron arrastraba esa herida desde hacía meses, y todo comenzó después de una discusión con Lengua de Serpiente… Ese maldito Gríma le maldijo… – Gamelin escupía las palabras con desprecio. Éomer alzó las cejas, curioso ante la posibilidad, y Érewyn rodó sus ojos.
–¡No digas tonterías, Gamelin! Se le infectó la úlcera del tobillo, no fue ningún conjuro. – Desmintió la joven. Gamelin se encogió de hombros.
–Yo sólo digo lo que se dice en las calles, y nadie deseaba ser tratado por Daeron. Incluso hay niños que arrastran resfriados mal curados desde el pasado invierno… Además, el viejo sufría espasmos inhumanos, se quedaba tirado en el suelo contínuamente, incluso pensé que moriría de un golpe en la cabeza. – Érewyn observó a su hermano, Éomer se levantó la de la mesa y caminó hasta Gamelin.
–Como sea, Gamelin: que el maestre Daeron tenga un buen entierro… Ahora lo más importante es encontrar un nuevo maestre, ¿sabes si Daeron tenía algún discípulo que pueda sustituírle? – Gamelin suspiró y negó con la cabeza.
–No, Éomer. Jamás quiso un aprendiz. Era muy celoso de su trabajo, y argumentaba que los discípulos le molestaban.
–¡Viejo cabezota! – Rugió el Rey.
–¡Éomer! – Exclamó Érewyn. – El pobre hombre aún está de cuerpo presente…
–Lo siento… Pero últimamente sólo me llegan problemas… Sin aprendices o discípulos, ¿de dónde sacamos ahora un nuevo maestre? Edoras no puede estar sin un sanador. Tú mismo lo has dicho, Gamelin, hay niños que necesitan curas, tratamientos. La situación es delicada.
–Mmmh… – Murmuró Érewyn. La muchacha se recostó en la ancha butaca con aire pensativo. – Necesitamos un maestro cirujano, alguien con amplios conocimientos contra las enfermedades más comunes, y con capacidad suficiente para desenvolverse con males desconocidos. Deberá saber de procedimientos, de terapias… Necesitamos alguien que haya dedicado su vida a la sanación.
–Y, ¿de dónde sacamos a alguien así? – Preguntó Gamelin. Éomer se atusó la barba. El problema era realmente grave, y ahora se convertía en una prioridad, por delante incluso que la bestia del Páramo.
–No hay en Edoras nadie con semejantes conocimientos, y la gente necesita un médico. Pronto pasará el verano, y con el frío llegarán las primeras enfermedades. – Concluyó el Rey. Arrojó sobre la mesa la plumilla desmontada y se levantó. Caminó por delante de Gamelin y Érewyn y se paró ante la ventana. A través de ella, Éomer observó un grupo de pequeños que jugaba dentro de un corral, persiguiendo a las gallinas. Uno de ellos tosía, pero no dejaba de correr y reír. El rohir negó con la cabeza.
–¿Y si le pedimos ayuda a Aragorn? – Dijo Érewyn, de repente. Gamelin y Éomer se giraron para mirarla. – En las Casas de Curación hay decenas de buenos médicos, casi ninguno a la altura de Ioreth, pero cualquiera de ellos podría ser un buen maestre para Edoras.
Gamelin y Éomer se miraron, y una luz se encendió en sus ojos. La joven acababa de tener una genial idea. El Rey se acercó de nuevo a su escritorio, y agarró por el camino un buen pedazo de pergamino.
–Es lo mejor que podemos hacer. Enviaré cuanto antes una carta a Aragorn para agilizar el tema. – Dijo, y recuperó la plumilla para montarla de nuevo en el mástil.
–Dispondré todo para que el mensajero pueda salir con urgencia. – Dijo Gamelin, haciendo un saludo marcial antes de retirarse.
–Gracias, Gamelin. – Dijo Éomer, observando su marcha. – Espero que haya caballos frescos. Hoy han llegado varios correos, uno de ellos de Rivendel.
Éomer sacudió la plumilla y la golpeó con suavidad sobre la mesa. La tinta se había secado y había obstruido el cabezal. Érewyn le observó en su típico ritual. Desde que podía recordar, Éomer siempre, siempre había atascado las plumillas. Él y su manía de no retirar los restos de tinta justo al acabar de usarlas.
–¿Qué nuevas llegan de Rivendel? – Preguntó la muchacha. Éomer la miró brevemente antes de responder.
–Elrond y sus hijos han partido ya y se dirigen a Minas Tirith, para la coronación de Aragorn.
–¡Oh! – Dijo ella, como única respuesta. Era cierto, la hija de Elrond Medio-elfo era la prometida del montaraz. Tras la coronación se celebraría la boda.
–Según la misiva, la ruta está prevista por Acebeda y el Paso de Rohan. Si mis cálculos no me fallan, llegarán a Edoras en poco más de dos semanas. Y desde aquí reemprenderán el camino a Minas Tirith junto a nosotros. Teniendo en cuenta la peligrosidad de la frontera sureste de Rohan, los de Rivendel necesitan unir fuerzas para evitar ataques de los Orientales en el tramo entre Arroyo Merino y el Bosque Drúadan.
–Necesitan nuestra protección, entonces. – Dijo Érewyn, pensativa. Éomer sonrió al oír la palabra "nuestra".
–Lo que me recuerda algo importante, – Confesó. Se levantó y dejó la plumilla calentándose al sol en el alféizar de la ventana, sobre un trozo de pergamino. Miró a su hermana y le hizo un gesto con la mano para que le siguiera. Érewyn levantó la cejas, curiosa.
Los pasos de los dos hermanos cruzaron la sala de armas y pasaron junto al lugar donde la espada de Eorl presidía la pared.
–Han tardado lo indecible en fabricarla, pero yo mismo insistía en que fuera perfecta. – Explicaba Éomer, con aire misterioso.
–¿De qué hablas? – Preguntó Érewyn.
En aquella cámara abovedada, el sonido de las botas de ambos resonaba en las paredes, y el ambiente era frío, igual que el de la bodega. Y es que sus paredes estaban desnudas de cortinas o tapices. Tan sólo la fría y gastada piedra que formaba el conjunto del castillo podía verse. Eso y las decenas de armas que cubrían las paredes, además de las armaduras montadas sobre estructuras de madera.
Un bulto se hallaba tapado con una fina tela de color crudo. Los dos hermanos se detuvieron junto a él y Éomer sonrió, con expresión burlesca.
–¡Adelante! – Dijo como única explicación.
Érewyn, que no entendía nada, se acercó a la tela desconfiando un poco, y estiró con cuidado de uno de los extremos. Lo que la tela reveló la dejó sin respiración.
Una preciosa y reluciente armadura, adornada con filigranas en tonos oscuros, brillos y mates. La parte interior estaba hecha de grueso cuero de varias capas entrecruzadas, en lugar de la pesada cota de malla tradicional. El tamaño del conjunto era muy pequeño, demasiado pequeño para un guerrero corpulento como Éomer, más bien tenía el tamaño perfecto para un joven soldado, un adolescente de apenas trece o catorce años.
Estaba compuesta por coraza, hombreras, avambrazos, escarcelas y grebas con rodilleras. Y las sujeciones consistían en fuertes correas de cuero.
–No entiendo...– susurró Érewyn. – ¿Qué es esto?
–¿Acaso no es obvio? – Contestó con burla, Éomer. –Te creía más perspicaz, ratoncito.
–¿Es para mí? – gritó ella, con gesto de puro asombro en el rostro. Éomer sonrió ampliamente antes de recibir el abrazo instantáneo de su hermana, que se aferró a su cuello como si no hubiera un mañana. – ¡Gracias, gracias, gracias, gracias….!
La risa estridente de Éomer no tardó en hacerse oír. Érewyn se separó de él y acarició delicadamente los dedos por la superficie finamente adornada del peto. Tenía grabado un hermoso caballo rodeado por un círculo de estrellas. El estandarte de Rohan y el emblema de Erethor, unidos en uno solo.
–¡Es perfecta! – Rió ella, feliz. Desabrochó las correas de los avambrazos y se los probó. – Son magníficos! ¡Casi no noto que los llevo puestos! ¡Son muy ligeros!
–Debes llevar el jubón de cuero unos cuantos días seguidos para que se adapte a ti. Es lo más incómodo de todo. Úntalo con grasa de caballo. Apestarás, pero cederá como un guante. –Le aconsejó Éomer. Érewyn asintió con energía, colocándose la segunda greba. Su hermano sonrió. – Me alegro de que te guste.
–¡Me encanta! ¿Cómo no iba a gustarme? – Aclaró ella. – Pero aún desconozco el motivo. No creo haber hecho nada para merecer este regalo. – Dijo, con sinceridad. Las cejas de Éomer subieron en su frente, incrédulo por lo que oía.
–Ya que luchar es tu elección, como guerrera de Rohan no deberías pasearte por el campo de batalla con un pedazo de hierro oxidado y viejo a modo de coraza. Esto es lo menos que puedo hacer por ti después de tu heroicidad en el Pelennor. – Érewyn sonrió a su hermano y estrechó su mano con cariño. Éomer dejó caer su pesada mano libre sobre las dos de su hermana. – Oh, y aún hay otra cosa más.
Se dirigió hacia un pequeño aparador y abrió una elegante caja de madera de forma alargada y forrada de terciopelo por dentro. De su interior sacó una espada ligera, con la hoja estrecha, grabada con algunas palabras en rohirric y la empuñadura cómoda y perfecta para una mano pequeña.
–Madre habría querido que la tuvieras tú. – Explicó, tendiéndosela a su hermana. Érewyn levantó las cejas sin poder creérselo. Tomó la fina y elegante espada en sus manos.
–¿La espada de Madre? – Preguntó, emocionada. Éomer asintió, serio. Érewyn la movió en el aire con soltura. Era como si no pesara nada. ¡Qué comodidad! ¡Qué buen agarre! A pesar de haberse acostumbrado a su corta espada de Cuernavilla, aquella le daba mil vueltas. Entonces Érewyn borró la sonrisa de su rostro y miró a su hermano. – Pero... Éowyn... Ella es la mayor, debería ser para ella. – Dijo. Éomer negó con la cabeza y comenzó a caminar de vuelta al despacho, la sala contigua. Éowyn le siguió, aún con la espada en las manos.
–Éowyn también quiso que fuera para ti. De hecho, Tío pretendió regalársela, hace ya años.
–¿De verdad? ¿Y ella la rechazó? – Preguntó Érewyn, incrédula. Éomer asintió y recuperó la plumilla del alféizar de la ventana. La sumergió en la jofaina para deshacerse de los restos de tinta volvió a sentarse en su gran butaca mientras la secaba.
–Sí. Deseaba que fuera para ti. – Explicó. – Y además, entre tú y yo… Éowyn tiene el brazo demasiado corto para esta espada. Fréwif es más adecuada para ella.
La joven asintió y se sentó de nuevo en la butaca frente a la mesa de Éomer, colocando con cuidado la espada sobre sus muslos y admirando su belleza.
En aquella posición la observó Éomer. Su ratoncito luciría imponente con aquella armadura, había sido un gran acierto no desechar la vieja coraza que Érewyn había usado en Cuernavilla y el Pelennor, había servido de molde perfecto para los maestros armeros de Edoras.
Sin poder evitarlo, el rohir soltó una carcajada. Érewyn le lanzó una mirada curiosa.
–¿Qué ocurre? – Preguntó, inocente.
–¡Si el elfo te hubiera visto de primeras con esta armadura, se lo habría pensado dos veces antes de caer como un pichón ante ti! – Se mofó él. Ella le miró, indignada, y su rostro se tiñó de rojo.
–Legolas no cayó como un pichón… – Se defendió tímidamente.
De nuevo la punzada en el pecho, de nuevo la melancolía y la añoranza.
Éomer leyó su rostro como un libro abierto y se inclinó hacia delante.
–¿Le echas de menos?
Los ojos de Érewyn volaron hacia la ventana y sus cejas se contrajeron en un gesto casi doloroso.
–Muchísimo... – Respondió.
El silencio se apoderó de la estancia entonces. El rey comenzó la misiva lanzando miradas de tanto en cuanto a su hermana, que permaneció en la misma pose inmóvil por un rato más.
–Tengo entendido que también ha arribado un mensajero del norte con una carta procedente del Reino del Bosque. – Comentó Éomer. Érewyn volvió a mirarle y recuperó la sonrisa, aunque tímida.
–Sí, Legolas me ha enviado una carta.
–De modo que el pichón al fin dio señales de vida. – Ella rodó los ojos, pero sonrió. – ¿Cómo está la situación por allí? – Preguntó Éomer, esta vez seriamente.
–Parece que está controlada. Ellos tienen problemas con los Uruk Hai que escaparon del cerco de Cuernavilla. Por lo visto un grupo numeroso se esconde en Eryn Lasgalen.
–¿Eryn Lasgalen? – Preguntó Éomer, extrañado.
–Es el nuevo nombre del reino de los elfos. Ya no será más el Bosque Oscuro.
–Mmmmh… Eso habrá que verlo… –Murmuró Éomer, no muy convencido. Érewyn arrugó el rostro.
–A propósito, Legolas decía en su carta que el Rey Thranduil viajará también a Minas Tirith para firmar el Pacto contigo y con Aragorn. – Éomer cesó de escribir, y apoyó la plumilla en el tintero.
–Vaya, – se asombró, – el orgulloso rey elfo emerge de su caverna para firmar un papel con dos simples mortales. La verdad es que no sé cómo tomármelo… ¿Como un halago, quizás? – Masculló entre dientes. Érewyn chasqueó la lengua.
–Vamos, Éomer. No puede ser tan malo. – Comentó ella. Éomer alzó las cejas y esbozó una sonrisa.
–Jamás le he visto en persona, pero hay leyendas de hace siglos que hablan de ese mismo Rey Elfo, y no, no es tan malo. –Al decir esto el rostro de Érewyn se relajó. – Es peor. – Finalizó él. La preocupación y la duda regresaron al rostro de la joven mientras observaba a su hermano retomar la carta. – ¡Suerte con tu futuro suegro!
–¡Uugh… Éomer! – Gruñó la joven. Fastidiada, se levantó y tomó con violencia el sello y la cera antes de salir escopeteada de las dependencias del Rey, mientras escuchaba la risa socarrona de su hermano, a sus espaldas.
.:: En Eryn Lasgalen ::.
Si alguien hubiera preguntado a los viajeros y comerciantes que viajaban por el Viejo Camino del Bosque qué era lo más resaltable de los elfos, todos habrían coincidido en lo mismo: su silencio.
El modo casi mágico de pasar desapercibidos ante el resto de seres que les rodeaban. Eran invisibles.
De ese modo seguía la vida en el Bosque Oscuro. Los hombres del Bosque, dueños ahora por derecho de la parte central del mismo, habían retomado su actividad económica con Ciudad de Valle y Esgaroth, y las caravanas en ambos sentidos atravesaban una vez por semana el Viejo Camino, pasando muy cerca de la oculta senda de los elfos, la que conducía a la Caverna de Thranduil, pero sin llegar a avistarlos, y tampoco a oírlos.
Sin reparar en su presencia.
Sin ser conscientes de su continua vigilancia.
Sin saber que en Eryn Lasgalen la guerra continuaba.
Una guerra silenciosa, y esta vez los atacantes eran los elfos, y los que resistían, los orcos.
Y la brillante estrategia que estaba poniendo en jaque a los Uruk Hai se decidía desde el campamento base de la Frontera Sur del reino, situado en el emplazamiento del antiguo reino de Oropher, en las laderas septentrionales de las Emyn Duir. Y en el interior de una sencilla tienda de tela gruesa, de color gris y verde, el temible Capitán estudiaba un mapa.
Acababan de aniquilar un grupo de orcos, y, aunque habían triunfado, él no estaba satisfecho con el final de la batalla: no había habido supervivientes entre sus enemigos.
Frunció el ceño y entrecerró los ojos, completamente concentrado en aquel viejo mapa de las Emyn Duir, una zona que le había sido prohibida durante siglos, cuando sólo era un elfito inexperto, tales eran los peligros y el mal que las frecuentaba.
Pero ahora, curtido en las más feroces batallas, el hijo más joven del Rey Elfo defendía con tenacidad los límites del reino de su padre, y trataba de discernir cuál era la destinación de aquellos orcos.
Estaba claro que se dirigían hacia las montañas. Pero, ¿con qué fines? ¿Qué oscuras intenciones tenían? A pesar de que aquella zona siempre fue comúnmente habitada por criaturas de Sauron, Legolas se había propuesto arrasar con todas ellas. Ahora era SU reino, el sur del hogar de los elfos. Mientras estuviera en su mano no permitiría que ni un solo Uruk pusiera un sucio pie en Eryn Lasgalen.
Pero era frustrante. Esas criaturas luchaban sin temor a la muerte, como salvajes privados de juicio. Y arriesgaban todo con tal de vencer. Y sus acciones eran tan peligrosas que los elfos que los interceptaban no tenían más remedio que acabar con ellos sin contemplaciones. Esa raza de orcos no conocía la rendición.
Y sin rendición no había prisioneros, y sin prisioneros, Legolas se quedaba sin información, una información que podía ser crucial para controlar del todo la zona y limpiar las montañas.
Suspiró y se dejó caer en una rústica butaca. Y en aquel preciso instante, la cortina que hacía las veces de puerta de la tienda se movió a un lado, revelando una visita totalmente inesperada para él.
–¡Adar! – Exclamó Legolas. Se apresuró a levantarse y rodeó la mesa, en busca de su padre. Thranduil le sonrió y le recibió con los brazos abiertos. –No debiste abandonar las cavernas. – Murmuró Legolas. Thranduil frunció el ceño y le miró a los ojos.
–¿Con quién crees que estás hablando? – Susurró. Legolas sonrió y relajó el gesto.
–Lo siento, Adar. Mi estancia aquí me obliga a preocuparme en demasía por la seguridad del Rey. – Thranduil observó a su hijo y estrechó su hombro, afectuosamente.
–Precisamente eso es lo que me ha traído hasta aquí. Hace más de una semana que no regresas a los Salones. Y no nos llega información de la frontera sur, Legolas. ¿Comprendes que esté preocupado?
–Ada, la situación está bajo control. No debías preocuparte. – Se defendió Legolas. – Como Capitán de la frontera Sur, decidí que la estrategia más adecuada a seguir ahora era el completo hermetismo. Nadie sale ni entra en el campamento desde hace días. Y eso es porque estamos cerca. Sé que lo estamos. – Legolas se acercó a la mesa y Thranduil siguió sus pasos. El rey reparó enseguida en el detallado mapa que presidía la ordenada mesa de su hijo. – Las patrullas de orcos vienen del oeste. – Indicó Legolas, señalando un punto concreto del mapa. – Atraviesan siempre la senda del norte y cruzan el Arroyo Encantado. No son numerosos, no suelen significar un gran peligro. Podemos vencerles sin problemas. Pero siempre regresan, siempre hay más. – Concluyó el joven elfo. Thranduil observaba en silencio el mapa.
–¿Qué sospechas tienes, ionnin? – Preguntó el rey. Thranduil se sentó majestuosamente en una butaca cercana a la mesa, mientras Legolas seguía observando, de nuevo con gesto de concentración, el viejo mapa.
–Ni siquiera tengo sospechas, adar. – Resopló Legolas y frunció el ceño, frustrado. A pesar de estar comandando las tropas de forma ejemplar y de no haber causado ninguna baja entre los suyos, ni siquiera heridos leves, Legolas sentía que se le acababan las ideas. – Son como el caudal de un río: no dejan de aparecer más y más y más. Y aunque desde aquí controlamos su presencia, me temo que buscan llegar a la montaña por algún motivo. Estamos buscando otros posibles senderos. Quizá estén enviando patrullas hacia aquí para despistarnos y poder seguir otra ruta en secreto… Quizá tengan ya un campamento base en las montañas… Ya no sé qué pensar.
Legolas se apoyó con ambas manos en la mesa y cerró los ojos. Thranduil levantó una mano, un simple gesto que obligó a su hijo a prestarle atención. Era una señal única que su padre había ejecutado siempre con él y Eglaron y siempre había tenido el efecto deseado. Tras aquella explosión de frustración, Legolas aguardaba las palabras de su padre.
–Quizá si hubieras regresado a su debido tiempo a los Salones tu frustración se habría visto en parte aliviada. – Thranduil hablaba a un ritmo pausado y su tranquilidad hizo sospechar a Legolas.
–¿En qué sentido? –Preguntó. Thranduil le observó con su gélida mirada y levantó las cejas.
–A las cavernas llegan mensajeros de Esgaroth, al menos una vez por semana. Traen misivas de los principales comerciantes de allí y de Ciudad de Valle. La última traía unas líneas realmente esperanzadoras. Esgaroth ha restablecido el comercio con los hombres del bosque. A la ciudad vuelven a llegar las partidas de brea*, de modo que las embarcaciones de pesca pueden volver a salir al lago. Tu vigilancia de la base de las montañas ha dado como resultado un Camino Viejo más seguro, por lo tanto, Legolas, no vas desencaminado. Les estás cerrando el cerco, ionnin.
–Desconocía por completo ese dato… – Comentó Legolas, sorprendido. Thranduil chasqueó la lengua y le miró, altivo.
–Por supuesto que lo desconocías. Como alto mando debes retirarte a los Salones con la debida frecuencia. Es necesario hacerlo para ampliar las miras y conocer más de la situación general. Pero si te mantienes aquí encerrado, si no permites que la información llegue a ti desde todas las fuentes posibles, puedes llegar a estancarte. No toda la fuerza reside en el campo de batalla, Legolas, esa es una lección que aún debes aprender.
Legolas sonrió y suspiró, aliviado y feliz de conocer que él había contribuido a que la gente de Esgaroth comenzara a rehacer su vida.
–Lo siento, Adar. Tomaré en cuenta tus consejos y regresaré a casa al menos una vez por semana.
–Es la segunda vez que pides perdón ante mí desde que llegué, y no ha pasado ni una hora ionnin… Basta de disculpas. – Legolas asintió con energía y se irguió ante su padre. –Mucho mejor. – Sonrió el rey. – Hay dos temas más que me han traído aquí. Uno de ellos es la partida hacia Minas Tirith. Tú eres quien posee más experiencia en tierra hostil. – Legolas torció el gesto, confundido.
–¿Te refieres a Rohan?
–Por supuesto. – Respondió Thranduil, con celeridad. Legolas apretó la quijada pero no respondió. – Teniendo en cuenta los gratos resultados de tu estrategia defensiva aquí, creo que es conveniente que comiences a planificar la ruta que seguiremos. Debes tener en cuenta, además, que los señores de los Galadrim se nos unirán a nuestro paso por Lórien. ¿Con tres días tendrás suficiente?
–No habrá problema, Adar. En tres días podríamos salir si así lo deseas. Dejaré órdenes estrictas de la estrategia a seguir. Organizaré las guardias y las zonas de vigilancia. Mi segundo podrá fácilmente encargarse de todo en mi ausencia.
–Magnífico. – Respondió Thranduil, satisfecho.
–Y… Acerca de Minas Tirith… – Murmuró Legolas. Los ojos de Thranduil brillaron un instante. – Hay un asunto importante del que debo ocuparme allí. – Thranduil apoyó los brazos en la butaca y miró a su hijo, aguardando su explicación. Legolas observó a su padre en silencio. Era aterrador cuando ponía esa expresión, tras siglos de contemplarla aún lo pensaba…
–¿Qué asunto es, Legolas? –Preguntó con calma el Rey. Legolas se acercó a su padre.
–Aragorn me hizo una propuesta antes de marcharme. Como agradecimiento a la ayuda prestada, me planteó la posibilidad de formar una nueva colonia en Ithilien. Y es algo en lo que he estado pensando mucho, últimamente... Me parece una gran idea. Ithilien es un lugar maravilloso para vivir. Y había pensado organizar una expedición con algunos rastreadores, para inspeccionar el bosque.
Thranduil le miró en silencio. Su expresión y su pose no varió un ápice, y aún así, Legolas notaba como si la atmósfera alrededor de su padre se acabara de hacer más densa. Tragó fuerte y aguardó.
Pero a diferencia de la reacción que Legolas había esperado, de repente, Thranduil sonrió y desvió la vista hacia la cortina de la entrada.
–¿De verdad es tan especial ese bosque para ti, ionnin? – Preguntó con suavidad.
–Sí. No pude adentrarme demasiado cuando regresé del Morannon, pero su aura es encantadora, mística y antigua. Y a pesar de haber estado tan cerca de la sombra, es verde, Adar. Permanece imperturbable. Tengo la impresión de que es tan antiguo como Fangorn.
Thranduil se levantó. Acababa de sentir el peso de los milenios sobre sus hombros, por primera vez en su vida. Se acercó a Legolas, que había apartado la mirada hacia la mesa, le tomó por el mentón y le obligó a mirarle, con firmeza pero suavidad.
–¿Estás seguro de que esa es la decisión que deseas tomar? – Preguntó el Rey. Y en sus ojos, Legolas pudo ver con claridad el dolor que le provocaba la idea de separarse de él. Thranduil acababa de recuperarle y Legolas le hablaba de marcharse de nuevo.
Pero realmente, era lo que deseaba. Jamás tuvo una intención especial por permanecer para siempre en el reino de su padre.
–Completamente seguro. – Contestó, con firmeza. – Pero antes, cumpliré con mi palabra. No abandonaré este bosque hasta que los Uruks desaparezcan para siempre de aquí y no existan más peligros para los habitantes del bosque.
Thranduil le abrazó por los hombros y le guió hacia el exterior de la tienda, suspirando.
–En ese caso, quizá dispongas de mucho tiempo para replantearte tu marcha, hasta que cumplas del todo con tu palabra.
Legolas observó los quehaceres del campamento con aire distraído y suspiró.
–Quién sabe… Por cierto, ¿cuál es el tercer asunto que te ha traído hasta aquí, Ada?
Thranduil le miró un instante antes de rebuscar en uno de los bolsillos de su casaca de montar. Miró la carta cuidadosamente doblada antes de tenderla a su hijo, con clara disconformidad.
–Al parecer no soy el único que se preocupa por ti.
Legolas miró a su padre, extrañado por sus palabras, y reconoció el lacre que sellaba la misiva.
El caballo de Rohan.
Levantó las cejas, sorprendido de que fuera su padre, en persona, quien le hiciera llegar una carta. Para esos menesteres estaban los mensajeros reales. Un gesto brusco de la mano de Thranduil le animó a acercarse a él.
–No te acostumbres a esto. Salíamos hacia aquí cuando el correo arribó con una carta de la princesa de Rohan para el príncipe de Eryn Lasgalen. Lo dijo tan alto que creo que ahora mismo eres la comidilla de toda la corte… ¡Tómala de una vez, Legolas!
Legolas tomó bruscamente la carta de manos de su padre y sonrió. Acarició con el pulgar el lacre. Lo rompió y desplegó la carta, y, aunque el grosor ya lo confirmaba, Legolas descubrió una larga misiva escrita en tres hojas de pergamino. Anhelante, miró a su padre.
Thranduil chasqueó la lengua y levantó el mentón, desviando la mirada.
–Haz lo que tengas que hacer.
La simple respuesta de su padre provocó una amplia sonrisa en los labios de Legolas.
–Gracias Adar. – Respondió.
Y sus rápidos pasos le llevaron de nuevo a la tienda desde donde comandaba su ejército.
Y durante un momento, mientras sus ojos devoraban las letras, quiso no ser Capitán, no ser soldado, no ser un Príncipe.
Al leer las palabras llenas de sentimiento de Érewyn, Legolas deseó ser simplemente el elfo viajero, miembro de la compañía del Anillo, el que miró a los ojos a la muerte. El elfo que dejó su corazón y su alma en el tejado de una torre de Meduseld.
Traducciones
Sindarin
Cormamin niuve tenna' ta elea lle au' - Mi corazón llorará hasta que te vea de nuevo.
Ionnin - Hijo mío.
Rohirric
Tha mi ag iarraidh a bhith grèim thu, pòg thu, gràdhach thu - Ardo en deseos de abrazarte, de besarte, de amarte
