CAPÍTULO 36. LEY O JUSTICIA (II) [EPÍLOGO (4/4)]
Las horas avanzaban. Kane y Titus también habían ido a la comisaría; ellos y Abby esperaban noticias en la salita de descanso. Con puntualidad, los informáticos habían enviado correos a Jason Roth comunicándole que estaban gestionando sus peticiones. Clarke estaba casi todo el tiempo con ellos, pero de vez en cuando iba a ver el vídeo.
Aden parecía tranquilo, a veces miraba a cámara, porque sabía que lo estaban grabando. En cuanto sintió el agua mojando sus pies se dio la vuelta para llorar y Clarke se dio cuenta; la zozobra que le producía verlo así era inenarrable. Sabía que ella no podía hacer nada en una situación semejante, tan solo podía mirarle, con la esperanza de transmitirle de alguna manera mágica tranquilidad y confianza. Lo único que la tranquilizaba a ella era ver que seguía vivo y que no tenía daño aparente. Le daba igual Jason, le daba igual que se saliera con la suya, solo quería volver a abrazar a su hijo. Sí, su hijo. Ya no era el niño que Lexa quería adoptar, ya era su propio hijo, entones se dio cuenta con todo su corazón de que lo era.
—Hey —dijo Lexa con dulzura tocándole el brazo para llamar su atención.
Clarke la miró, podía percibir la tensión en su rostro, a pesar de la sonrisa que intentaba que no pareciera forzada. La detective le ofreció una taza humeante.
—No me entra nada.
A diferencia de Lexa, Clarke ni siquiera era capaz de forzar algo parecido a una sonrisa.
—Es una infusión… Haz un esfuerzo, te sentará bien.
Clarke bajó la vista.
—Si no me hubiera empeñado en remover toda esta mierda…
—Hey, no, no… Ni por un momento pienses eso.
Lexa dejó la taza sobre la mesa y la abrazó. Clarke giró la cabeza para volver a mirar el monitor.
—Está llorando.
Lexa vio cómo el cuerpecito de Aden se agitaba levemente, enroscado sobre sí mismo de cara a la pared de la piscina. Abrazó con más fuerza a su compañera y le dio un beso en la frente.
—Yo también lloraría… pero es un niño muy fuerte.
Clarke se separó y cogió la taza de la mesa.
—¿Hay alguna pista de la que tirar?
—Pronto la habrá. Ahora tengo a todo el mundo visionando cámaras, interrogando a posibles testigos y —miró al fondo de la habitación—… a Raven ya la ves.
Clarke vio cómo su amiga tecleaba como una posesa, con la vista clavada en el monitor y el cuerpo inclinado hacia él, como si quisiera meterse dentro y convertirse ella misma en ceros y unos, en un troyano humano capaz de hackear lo inhackeable.
La investigadora se acercó a ella y le tocó el hombro.
—¿Estás bien?
—Shhhhh —siseó sin despegar la vista del monitor.
Raven cogió algo del otro lado de la mesa y lo colocó junto al teclado para que su amiga lo viera, era un letrero que decía "Warning: Genius at Work" (Advertencia: Genio trabajando). Clarke no tuvo más remedio que sonreír, solo su amiga era capaz de hacerla sonreír en medio de ese caos. Le acarició la mano en señal de agradecimiento, y Raven, siempre sin quitar la vista de sus datos, le apretó la suya durante un par de segundos, el único descanso que se iba a permitir.
Ya habían pasado cuatro horas desde el email de Jason cuando Indra y Lincoln terminaron de visionar todas las cámaras de los alrededores de la casa de Abby. La oficial ya le había comunicado a Lexa que vieron transitar dos coches a gran velocidad a la hora del secuestro por las calles aledañas, pero ahora tenían más datos: enseguida sospecharon de uno de ellos, al que le habían perdido la pista en las zonas sin cámaras, así que concluyeron que, probablemente, el secuestrador habría cambiado de vehículo. Investigaron la matrícula y resultó que pertenecía a un coche comprado el día anterior, al contado, sin nombres. Murphy se encargó de ir al concesionario e interrogar al vendedor. El hombre recordaba bien al comprador y, como no había tiempo que perder, el oficial llamó inmediatamente a Lexa para contarle su descripción: era un hombre con la cabeza afeitada, joven, robusto y de mandíbula ancha.
Bellamy también acababa de visionar las cámaras de la prisión: en los diez días que Roth llevaba en la cárcel había recibido cuatro visitas. Pero ninguna de ellas era la de un hombre con la cabeza afeitada, robusto y de mandíbula ancha. Pudieron identificar la identidad de todos menos uno, así que rastrearon su rostro con el programa de reconocimiento facial. Cuando llegaron a ese punto ya habían pasado seis horas y era de noche.
Lexa se tomó unos minutos de descanso. Entró al cuarto de baño y se echó agua en la cara. Se miró su rostro cansado en el espejo. Pasaban las horas y no tenían nada, nada. Se sentía impotente y aterrada. De repente, se le ocurrió algo y cabeceó pesarosa por no haberse dado cuenta antes.
—¡Raven! —gritó en cuanto entró en la guarida de los informáticos.
La ingeniera estaba tan concentrada que se asustó y dio un bote en la silla.
—Guau, ¿qué pasa?
—¿Cómo llevas lo del vídeo?
—Mal… puede sonar la campana o me puedo tirar días con esto.
—Déjalo. Quiero que cotejes las listas de los móviles que estaban cerca del concesionario a la hora en que compraron el coche y los que estaban en la prisión cuando nuestro hombre misterioso visitó a Jason. Quiero que busques una coincidencia. Le diré a Indra que solicite los listados ahora mismo.
—No hace falta, tú dame la fecha y la hora y ya… me busco la vida yo.
Lexa se la quedó mirando con cierta reticencia.
—Será más rápido —añadió por si quedaba alguna duda.
—De acuerdo, hazlo ya.
Raven no tardó ni medio segundo en concentrarse de nuevo en su preciada máquina.
—En cinco minutos tenemos que mandar otro correo a Roth —dijo uno de los informáticos dirigiéndose a la detective—. ¿Qué le pongo ahora?
—Que estamos en ello. Y que solo falta la firma del gobernador.
Inmediatamente, Lexa fue al despacho del capitán.
—¿Alguna coincidencia en el programa de reconocimiento facial? —preguntó Gustus en cuanto la vio entrar.
—Aún no. Pero estamos cotejando los móviles que había cerca del concesionario en el momento de la venta con los de la prisión cuando ese tipo visitó a Jason.
—Claro, ¿cómo no se nos ha ocurrido antes?
—¿Y el avión?
Lexa había recuperado la energía perdida y se mostraba ansiosa por que los acontecimientos marcharan adecuadamente. Por primera vez desde que recibió la llamada de Abby veía un puntito de luz al final del túnel.
—Ya está en el aeródromo. Acabo de hablar con el gobernador y, si encontramos al niño, detendremos a Jason para que no suba a ese avión.
—No quiero policías cerca cuando él llegue, lo ha dejado bien claro en el correo y no voy a poner la vida de Aden en peligro, sabes de lo que ese malnacido es capaz.
—No va a hacer nada contra el niño antes de subir a ese avión, y lo sabes, es su única baza.
—Pero una vez en el aire puede hacer lo que le dé la gana, y no quiero darle la excusa de que haya policías cerca cuando él expresamente ha dicho que daría la orden de matarlo si veía a alguno.
—¿Entonces cómo lo detenemos si no hay policías cerca?
—Un francotirador, en este edificio. Solo para inmovilizarlo…
Lexa señaló el plano del aeródromo que había desplegado sobre la mesa del capitán.
—Veo que ya lo habías pensado.
Lexa ignoró el comentario.
—Sus hombres estarán entretenidos un buen rato revisando el avión. El francotirador puede venir por esta pista forestal —señaló sobre el mapa— y recorrer los últimos doscientos metros andando, no lo verán.
—Y si encontramos al chico —añadió Gustus—, y solo en ese caso, que le dispare a las piernas para inmovilizarlo… incluso aunque esté solo a dos metros del avión podremos pararlo así.
—Le vamos a encontrar —dijo para autoconvencerse—. Pero que no aparezca antes ningún policía cerca del aeródromo.
—De acuerdo. Voy a llamar al gobernador.
—Gracias, Gustus.
—Es mi trabajo.
Lexa inclinó la cabeza como agradecimiento y, antes de que saliera del despacho, Gustus ya había descolgado el teléfono para gestionar el nuevo plan.
La detective se dirigió a la salita donde esperaban impacientes cualquier noticia Abby, Kane, Titus y Clake.
—El avión ya está preparado —les anunció—, y el coche de los hombres de Jason lo espera en la puerta de la cárcel.
—¿Entonces va a escapar? —preguntó Clarke.
—También lo espera un francotirador en las inmediaciones del avión, dispuesto a disparar al fugitivo si recibe la orden de hacerlo.
—Si encontramos a Aden antes…
—Vamos a esperar hasta el último momento para darnos tiempo a encontrarlo.
El informático encargado de enviar los emails a Roth entró en la sala.
—Jason ha respondido al último correo… —Leyó el papel que traía en la mano—. "Me estoy impacientando y eso es peligroso para el crío. ¿Queréis verle sufrir un poquito? Al sicópata que lo tiene no le importará… Espero que el próximo email sea el definitivo".
—El puto cabrón sicópata eres tú, hijo de perra —dijo Clarke.
Lexa miró con cara asesina el texto del correo.
—Dame su número de móvil —ordenó al informático.
En cuanto lo tuvo, entró en su despacho seguida de Clarke y le llamó desde su propio teléfono. El tipo la hizo esperar hasta casi agotar todos los tonos.
—¿Sí? —escuchó Lexa al otro lado de la línea.
—Señor Roth, soy la detective Woods.
Lexa tuvo que hacer verdaderos esfuerzos de contención para llamarlo por su nombre y no por el de "puto cabrón sicópata".
—Hola, Lexa, no recuerdo haberte dicho que podías llamarme por teléfono.
Jason se dirigía a ella por su nombre, despojándola así de su rango de detective, tratándola como la madre del niño y no como la profesional de policía. Así que Lexa se dejó de formalidades e hizo lo mismo.
—Escucha, Jason, vamos a hacer lo que nos pides, pero no todo depende de nosotros y lo sabes. Tenemos que conseguir aún la autorización del gobernador… porque aunque te resulte extraño, no todo se consigue con sobornos…
La detective no pudo aguantarse las ganas de soltarle esa indirecta.
—Oh… con ironías como esa no te ganas mi simpatía, Lexa. Me has irritado, deberías pedirme perdón.
Lexa calló durante unos segundos, sin saber qué decir ante semejante petición loca.
—Pídeme perdón —insistió— o en menos de dos minutos escucharás al crío gritar.
Clarke no sabía qué le estaba diciendo Jason, pero podía ver en la cara de su pareja que no era nada bueno. Lexa apretó la mandíbula, el corazón le iba a mil, de rabia y de miedo. Ese miserable era perverso y retorcido, sin duda había subestimado su nivel de maldad.
—Jason...
—Que me pidas perdón o el puto crío gritará de dolor.
Lexa cerró los ojos y tragó saliva. Con locos no se puede razonar.
—Perdón —susurró.
Clarke la miró con gesto interrogante.
—¿Qué? No te he oído bien —se mofó el tipo.
—Perdón, Jason —dijo ahora, alto y claro.
Clarke no daba crédito y Lexa tenía la cara congestionada, como si estuviera a punto de estallar. Tragarse su orgullo y humillarse de esa manera era algo a lo que no estaba acostumbrada la detective Woods.
—Muy bien… El próximo mail, que sea el definitivo.
Y colgó. Lexa dejó el móvil sobre la mesa y Clarke pudo ver cómo le temblaba la mano. Se la cogió y la miró a los ojos.
—¿Qué pasa, Lexa?
La detective esquivó su mirada, en esos momentos ya no le era posible que una sonrisa en su rostro pareciera natural, así que ni lo intentó.
—Nada… que está loco.
—¿Qué te ha dicho?
Lexa negó con la cabeza.
—Nada nuevo… que tenemos que hacer lo que dice, ya está.
Clarke la seguía mirando como si esperara alguna explicación más.
—¿Por qué le has pedido perdón?
—Le he dicho algo que no le ha gustado… es que está muy loco, Clarke.
Era la primera vez desde que comenzó esa endiablada cuenta atrás, que veía a la detective flaquear. Le acarició la cara con ternura, siendo ahora ella la que quería transmitirle seguridad.
—Le vamos a encontrar, lo sé. Te quiero muchísimo.
Lexa no pudo evitar que las lágrimas se le escaparan, la tensión era brutal y mantener la parte emocional controlada, casi imposible; pero tenía que dominar el miedo, la tensión, los sentimientos, y mantener la mente concentrada en su trabajo.
—Sí, cariño —respiró hondo—. Enseguida tendremos algún móvil del que tirar, seguro… ya sabes de lo que Raven es capaz.
Un atisbo de sonrisa volvió a su rostro. Clarke asintió y se la devolvió.
—Me voy a la salita.
La investigadora le apretó la mano y le dio un leve beso en los labios antes de irse, para dejarla trabajar sin interferencias.
A las ocho horas, cuando faltaba una para la hora límite en la que debía Jason coger ese avión y dos para que Aden se ahogara, el programa de reconocimiento facial encontró una coincidencia.
—Es Ivon Danby —dijo Lincoln.
Lexa, Indra, Bellamy y Murphy acudieron a su mesa.
—¿El que visitó a Roth?
—Sí, es un asesino a sueldo. La descripción de su ficha coincide con la de Jason: es un "sanguinario y cruel psicópata". El equipo de Lexa la miró esperando sus órdenes.
—Nos da igual quién sea si no sabemos dónde está.
Todos bajaron la vista, porque sabían que era verdad.
—Podemos llamar a nuestros confidentes —sugirió Indra—, a ver si saben algo del tipo.
Lexa asintió sin mucho convencimiento y se dirigió a la sala de los informáticos. Allí observó de nuevo el vídeo: el agua no dejaba de subir y ya cubría medio cuerpo del niño. Aden tenía frío: tiritaba y se abrazaba a sí mismo buscando calor. La detective miró su reloj, ya no se podía ganar más tiempo.
—Dile que en cuarenta y cinco minutos podrá salir para el aeródromo.
El informático encargado de los mensajes se puso a teclear inmediatamente y Lexa volvió a la sala principal de la comisaría.
—¡Lo tengo! —gritó Raven cinco minutos después.
Todos se volvieron hacia ella.
—Había una coincidencia, este móvil estaba en los dos sitios a esas horas… Y ahora está aquí.
La ingeniera señaló un punto del mapa que Murphy había colgado sobre una pizarra al principio de la operación. Las coordenadas estaban dentro del amplio perímetro dentro del cual el oficial había calculado que debía de estar la piscina… y estaba mucho más cerca de lo que imaginaban. A unos diez kilómetros, en las afueras de la ciudad, en las instalaciones abandonadas de una empresa de piscinas prefabricadas… Tenía que ser allí.
Lexa repartió órdenes a diestro y siniestro: un grupo de élite de la policía partió hacia la vieja fábrica; Clarke y Gustus irían detrás de ellos, mientras que la detective insistió en ir al aeródromo siguiendo los pasos del francotirador, que ya estaba apostado frente al avión.
—Iré por el mismo sitio —le dijo al capitán—, no ve verán a mí tampoco y si me voy ahora llegaré antes que Roth.
El capitán aceptó, no porque creyera que era una buena idea, sino porque sabía que no podría detenerla.
Antes de marcharse, Lexa y Clarke se abrazaron. La investigadora miró a su compañera intensamente, como si quisiera transmitirle con sus palabras más de lo que decían.
—Tanto si Jason huye como si vuelve a prisión, no parará hasta vengarse de un modo u otro.
—Lo sé.
Lexa también quería transmitir algo más con su mirada. Se dieron otro abrazo y cada una emprendió su camino.
Media hora más tarde, a la hora pactada, un coche recogió a Jason en la puerta de la cárcel.
Lexa, ya en el aeródromo junto al francotirador, aguardaba al fugitivo. Estaban apostados en la terraza de un edificio cercano. Solo llevaba diez minutos allí, pero no soportaba la espera. Si Jason huía, estaban a su merced. Tenían que encontrar al niño antes. Pero el móvil no sonaba. Lexa lo revisaba cada treinta segundos. Las manos le temblaban.
El coche con el fugitivo llegó al aeródromo. La detective volvió a revisar su móvil, que seguía mudo. Vio salir a Jason del vehículo y cómo se encaminaba ufano hacia la escalerilla del avión. Le separaban apenas veinte metros de ella. Y entonces vibró el móvil y, al mismo tiempo, el francotirador se llevó la mano a su auricular.
—¡Aden está bien, cariño, está conmigo! —Clarke estaba llorando de alegría y de alivio.
A Lexa la golpeó la oleada de euforia más intensa que había sentido en su vida.
—Vale, cariño —dijo Lexa en un susurro—, tengo que colgar.
Y colgó. No podía desconcentrarse. La detective vio cómo el francotirador apuntaba a su objetivo, que ya estaba a menos de diez metros de la escalerilla. Sabía la orden que Gustus le acababa de dar. Entonces el francotirador escuchó cómo la detective le quitaba el seguro a su arma reglamentaria. Giró la cabeza y vio cómo le apuntaba con ella a unos centímetros de su cabeza. Llevaba un silenciador puesto.
—Yo dispararé, dame el rifle.
—Detective…
La cara del hombre era de absoluto desconcierto.
—Dámelo. No me hagas dispararte en una pierna —Lexa apuntó hacia uno de sus muslos. Él sabía quién era ella, sabía quién era el niño secuestrado y sabía quién era Jason. Y ella sabía que lo sabía. —Por favor… —suplicó.
Jason acababa de poner un pie en la escalerilla. El francotirador, que estaba apoyado en la barandilla en posición de disparo, dudó unos segundos eternos, pero finalmente se apartó y le cedió su puesto a Lexa. Esta empuñó el arma con presteza y pegó su ojo a la mira telescópica. Tenía a Jason a tiro.
—La orden es disparar a las rodillas —aclaró el francotirador.
—Lo sé.
Roth iba por la mitad de la escalerilla, tenía la puerta del avión a media docena de escalones, los que le separaban de librarse de sus delitos. Un disparo atravesó el viento y Jason cayó escaleras abajo. Una bala le había reventado la cabeza.
Lexa se apartó de la barandilla y le devolvió el arma al francotirador.
—He fallado.
Y se marchó sin decir ni una palabra más, dejando al hombre sin saber muy bien qué hacer con el rifle, como si le fuera ajeno a él.
—Detective…
Pero la detective ni siquiera se volvió. Entonces el francotirador presionó el auricular para comunicarse con los policías al otro lago: "Ya está hecho".
Lexa caminaba los metros que la separaban de su coche como si fuera un zombi, como si lo que acababa de vivir le hubiera ocurrido a otra persona. Su mente agotada divagaba, sin discernir exactamente las consecuencias de su acto, pero siendo consciente de que serían nefastas. Cuando estaba a pocos metros del vehículo, unas sirenas se escucharon a lo lejos. Pero ella no iba a esperar a sus compañeros. En cuanto se metió en el coche, ya no pudo retener más las lágrimas, unas lágrimas mezcla de muchas cosas: Aden estaba a salvo y ella había matado a un hombre. En cuanto pudo dejar de llorar, llamó por teléfono a Clarke.
—Ya no hay de qué preocuparse, cariño.
Lexa volvió a llorar en cuanto estrechó a Aden entre sus brazos. El niño y Clarke acababan de llegar a la comisaría cuando ella entró. Aden también empezó a llorar, aunque intentaba no hacerlo, como si quisiera mostrarse fuerte para sus mamás.
—Eres un valiente, mi amor.
Lexa le acariciaba la cara y le sonreía tontamente. Sabía que estaba bien físicamente, pero había sido una experiencia traumática, y solo era un niño. Entonces se dio cuenta de que debía de estar hambriento, así que lo llevó hasta la salita de descanso y lo puso frente a la máquina de los sándwiches para que comiera algo. Se acordó de que en ese mismo lugar fue donde, casi un año atrás, la detective se ganó la confianza del niño y el niño el corazón de la detective. Allí también lo esperaban Abby, Kane y Titus.
Después del reencuentro, Gustus la llamó a su despacho.
—¿Qué ha pasado, Lexa? —preguntó con gesto severo.
—Es ya de madrugada, deja que nos vayamos a casa y mañana hago la declaración, por favor.
Gustus aceptó sin más explicaciones y la dejó marchar. Al salir, la detective se cruzó con el francotirador, que bajó la vista antes de entrar en el despacho del capitán.
Los tres estaban exhaustos cuando llegaron a casa. Apenas hablaron de lo sucedido. El niño quería olvidarlo y sus mamás que lo olvidara. Enseguida se metieron en la cama y volvieron a dormir juntos, como ya lo hicieran aquella primera noche cuando Aden tuvo una pesadilla.
Cuando el niño se durmió, Clarke miró a Lexa y le acarició el pelo.
—¿Qué te va a pasar ahora?
—Lo he matado, Clarke —dijo como si eso lo explicara todo.
La investigadora esperó a que dijera algo más, pero no lo hizo, así que habló ella.
—Pase lo que pase, estaré contigo, siempre.
—Vamos a dormir, mañana será otro día.
Lexa intentó sonreír, pero no mucho, porque efectivamente mañana sería otro día, pero no precisamente bueno…
A primera hora del día siguiente, Lexa se presentó en el despacho de Gustus. Inmediatamente después del saludo y sin mediar más explicaciones, la detective depositó su arma reglamentaria y su placa sobre la mesa de su superior.
—Haz lo que tengas que hacer.
Gustus la miró fijamente y, tras unos segundos de silencio, empujó el arma hacia ella, devolviéndosela.
—No tengo que hacer nada.
—He matado a un hom-
—Shhh —la mandó callar—. Aquí tengo la declaración firmada de Thomas Vargas, el francotirador—. Gustus señaló una carpeta que había sobre la mesa—: resulta que las barras de la escalerilla le impedían tener una visión clara de las piernas del objetivo, así que optó por el hombro… pero falló… porque había poca luz y el objetivo iba dando saltitos mientras subía los escalones… es comprensible.
Durante su relato, Lexa lo estuvo mirando con una cara de sorna que no se molestaba en disimular.
—Sabes que eso no es lo que pasó.
—¿Vas a poner en duda la declaración de un compañero?
La detective lo miró con seriedad.
—He cruzado una línea roja, Gustus. No puedo llevar más la placa de policía.
—No has cruzado ninguna línea, Lexa. Ha ocurrido lo que tenía que ocurrir. Fin del tema.
El capitán le tendió la placa y el arma. La detective las observó sin decidirse a cogerlas.
—Hay normas que, nos gusten o no, se deben cumplir, y si me las he saltado una vez, tomándome la justicia por mi mano, lo puedo hacer otra y, entonces, ¿cómo sabré dónde está el límite?
—Yo te lo haré saber si te lo saltas.
Lexa sacudió la cabeza para que entrara en razón.
—Gustus…
—Alexandra, esta conversación no ha tenido lugar. Coge tu arma y tu placa y tómate el día libre, es una orden.
—Esto no está bien.
El capitán cambió el registro y se puso mucho más serio.
—Esto es la guerra. Es defensa propia, es justicia, llámalo como quieras. Eres tú o ellos. Guárdate las normas y los principios para cuando tu vida y la de los tuyos no corra peligro. No pienso perder a mi mejor detective. Soy así de egoísta.
Gustus le volvió a extender el arma y la placa, apremiándola a que las cogiera. Lexa amaba ser policía, pero si se saltaba la ley, ¿qué la diferenciaba a ella de los que estaban al otro lado? Gustus parecía estar adivinando sus pensamientos.
—Tendrás que vivir con ello, Lexa. Y, créeme, es mejor vivir con ello que con la muerte de Clarke o Aden… o ellos con la tuya.
Clarke y Aden. La esperaban en una heladería a la orilla del mar. Hacía un día espléndido de sol templado y brisa suave. Lexa les saludó y se sentó junto a ellos sin decir nada más. Cogió el helado de chocolate que se estaba tomando Clarke y le dio un buen lametón.
—¿Y? —preguntó Clarke como si fuera algo obvio.
La detective le sonrió de medio lado y sacó la placa del bolsillo para que la viera. Clarke asintió satisfecha.
—Te lo dije. Gustus es de los míos… —Le guiñó el ojo.
—¿Vas a seguir siendo policía? —preguntó Aden.
—Sí.
—Yo también lo sabía, el capitán mola —dijo antes de darle un bocado a su helado de vainilla.
Por fin, Clarke estaba plenamente feliz. Sabía que lo mínimo que le podía haber ocurrido a Lexa era dejar de ser policía y eso ya la habría hundido. Ya se encargaría ella de recordarle cada día de su vida que matar a esa rata era la única opción. Ella no tenía ningún remordimiento al respecto. Esta vez había ido a por el niño, pero quién sabe si la próxima iría a por Lexa.
Lexa. Ella solo necesitaba ver la sonrisa de Clarke para darse cuenta de que Gustus tenía razón: era mucho mejor vivir con lo que había hecho, que vivir sin las dos personas que tenía a su lado. O con miedo. Los tres se merecían algo mejor que eso. Y lo habían conseguido.
Lexa miró al frente y se sintió en paz. Delante de ellos se extendía un mar en calma y el horizonte aparecía ante sus ojos más despejado que nunca.
FIN
NOTA: Muchas gracias por leer. Ha sido un placer compartir esta historia con vosotras. ¡Viva Clexa!
