Aclaración:

- Naruto es propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación

- La historia es una adaptación al Naruhina, la original se llama "La caída de un Libertino" de Raine Miller

Advertencias:

CATEGORIA "M"

AU - LENGUAJE VULGAR- VIOLENCIA SEXUAL


CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO

«Recuerda que debes agradecer y estar agradecido
incluso por el mero privilegio de respirar».

ELEAZAR DE BARTOTA, Sefer Rokeah

—¡Por fin! Estaba buscándote, cariño. Menos mal que estás aquí. —Hinata entró en la solana con un sobre en la mano. Fisgón brincó para saludarla y ella se detuvo para darle una palmadita cariñosa y acariciarle entre las orejas—Hola, sir Fisgón, ¿protegiendo al amo otra vez? Creo que te has olvidado de quién es tu dueña… —bromeó, haciéndole una mueca burlona a Naruto.

Hinata estaba tan deliciosa que daban ganas de comérsela, pensó Naruto.

Daba gloria verla tan sonrojada y feliz, con un vestido de pálido color rosa pastel.

Se preguntó si tendría un niño o una niña, e imaginó un pelo azabache y unos ojos perlas en una cara de querubín. En un instante las emociones lo sobrepasaron y notó que le picaban los ojos. Parpadeó y controló aquel sentimiento, preguntándose si sus lesiones le habrían debilitado la mente tanto como el cuerpo.

No quería que Hinata lo viera así.

Le tendió los brazos y le ofreció sus labios.

—¿Me echabas de menos? —bromeó en tono provocativo.

—Siempre —repuso ella, entrelazando sus dedos y besándolo con dulzura.

—Pensaba que estabas muy ocupada con los planes de mi abuela para la fiesta, encargando vestidos nuevos y regalos para Navidad. Mi abuelo y yo tenemos mañana cita con el sastre. No sé cómo lo hace. —Tiró de ella para que cayera sobre su regazo y se abalanzó sobre su cuello al tiempo que le recorría las costillas y los pechos con las manos—. Me alegro de que hayas decidido buscarme. —Suspiró, embriagado por su suavidad y el olor de su piel.

—Sí, pero he logrado escaparme. Tu abuela es una anfitriona muy diligente y capaz, y está empeñada en que la fiesta resulte perfecta, así que imagino que será la mejor fiesta que uno pueda esperar. Esta tarde tengo que acompañarla a encargar un vestido adecuado y a conocer a las damas con las que toma el té. Tu abuela quiere presentarme a sus amigas.

Pues mi consejo es que te pintes una sonrisa en la cara y te sientes con ellas mostrándote hermosa, lo que no debería ser un problema para ti. A esas mujeres les gusta dominar la conversación, así que no será necesario que hables. Mucho ánimo, señora Namikaze.

—Suena muy divertido. Estoy impaciente… No veo la hora de que llegue el momento —repuso ella con una mueca de desagrado.

—No te preocupes, cariño, tienes muchísimas virtudes que yo adoro y aprecio —aseguró, arqueando las cejas sugerentemente—. Entre otras, la paciencia. ¿A qué debo el honor de esta agradable visita?

—A dos razones, Naruto. —Ella alzó la mano y le peinó el pelo—. La primera es Sai, el chico que nos ayudó la noche que te hirieron.

—¿Sí? ¿Qué ocurre con él?

—Bueno, según Ino, Kakashi le ha cogido mucho cariño y hemos pensado que… si tú tuvieras algo para él… Ya sabes, para apartarle de las calles.

—Algunas personas prefieren ser libres en las calles que tener un trabajo más sedentario. —Disfrutaba jugando con ella; aún no le había contado que ese problema ya estaba solucionado.

Hinata meneó levemente la cabeza al tiempo que alzaba un poco la barbilla.

—No creo que eso ocurra con Sai. Ino dice que acude todos los días a ayudar a Kakashi con los caballos, que se ocupa de los recados y otras cosas similares. Lo cierto es que tanto Ino como Kakashi están encandilados con ese chico.

—¿Ah, sí? ¿De veras? ¿Y no crees que mas bien es que Ino esté encandilada con el chico Sai? He visto que tu doncella mira al chico con chiribitas en los ojos.

Hinata le tomó la cara entre las manos.

—Es posible que imite la manera en que yo te miro a ti.

Naruto asintió con la cabeza lentamente para lograr un efecto más dramático.

—Así que quieres que ceda a los deseos de nuestra querida doncella.

—Bueno, en este caso, sí, Naruto —replicó ella con voz cantarina—. No puedo creer que juzgues una molestia de esos dos jóvenes a que se cortejen. Y, puesto que te considero el mejor de los hombres, ayudar a Sai sería algo digno de ti. Estoy segura de que encontrarás la manera de proteger a ese pobre chico. Ella esperó su respuesta encaramada en su regazo.

—¿Lo harás? —preguntó tras un largo rato de silencio. Sus palabras contenían ahora una nota de frustración.

Él la besó antes de contestar.

—Jamás me habías pedido nada y me encanta que lo hagas. Espero que sea la primera de muchas peticiones. Si tú eres feliz, yo también lo soy. Sí, cariño, ayudaré a Sai. De hecho, ya he dispuesto la mejor manera de conseguirlo.

Me reuní con Kakashi y con Sai hace menos de una hora y ya está todo arreglado; ese chico vivirá en Hallborough y trabajará a las órdenes de Kakashi, que le instruirá como cochero.

—¿Cuentan mis actos con su aprobación, mi señora esposa?

—Sabes que sí, Naruto. Gracias por ayudar a Sai, es lo más correcto. Le debo más de lo que jamás podré pagarle.

Naruto sopesó aquella declaración y la consideró un poco dramática.

—Bueno, sí, ha jugado un papel importante en tu rescate, pero…

—No, Naruto. Esa no es la razón por la que le debo tanto a ese muchacho.

—¿Cuál es entonces la razón? —preguntó él, intrigado.

—Tú. Tú eres mi razón, Naruto. —Lo besó en la frente—. Si Sai no hubiera conocido el camino, no habríamos llegado tan pronto al hospital. Kakashi no sabía por dónde ir y Sai nos llevó directamente, justo a tiempo de que el doctor Nara te salvara la vida. Le debes tu vida.

—Y no solo a él. También a ti, Hinata.

La abrazó largamente, preguntándose si no estaría viviendo un sueño. Los cimientos sobre los que había levantado su vida hasta que la conoció eran ahora como aire bajo sus pies. Todo lo que le importaba antes ahora le parecían minucias. Búsquedas absurdas del placer… Entretenimientos que no tenían ninguna razón de ser.

—¿Te encuentras bien? Pareces muy lejos de aquí.

Él le sonrió con amor.

—Estoy bien, cariño. Solo soñaba despierto y pensaba en la suerte que tengo.

—Se inclinó para besarla en la nariz—. Sobre todo, pensaba en ti. —Recordó las anteriores palabras de Hinata

—¿No dijiste que tenías que decirme dos cosas?

—Sí. Cariño, ha llegado el correo y tienes una carta de…, bueno, esta carta.

—Su voz era sosegada cuando le tendió un sobre y se levantó de su regazo.

Naruto tomó el sobre y leyó la dirección del remitente: « Madame T. Mei». Sintió una punzada de temor. Tenía miedo de leer esa misiva.

¿Qué noticias traería? ¡Maldición! Los asuntos que tenían en común ya habían concluido. ¿Por qué querría hablar con él ahora? ¿Tendría un hijo ilegítimo que jamás había conocido? ¿Cómo sería posible tal cosa? Siempre había tomado precauciones y jamás había estado con Mei de esa manera. Era la madame, no una de las chicas. No podía imaginar qué tenía que comunicarle ella, pero no podía ser bueno.

Hinata lo miraba muy seria desde el asiento. Sacudió la cabeza.

—No sé lo que contiene ni imagino qué tiene que tratar ella conmigo, pero, sea lo que sea, quiero que tú también lo escuches. Me enfrentaré a cualquier noticia que ella quiera darme si tú no me abandonas.

Ella se levantó de su sillón y se acercó. Naruto se puso lentamente en pie sin dejar de mirarla.

Una intensa emoción lo envolvió de nuevo y notó que se le empañaba la vista.

—Jamás me he sentido más indefenso y aterrado que cuando estabas en poder de Toneri. Me moría por protegerte; eres lo más precioso para mí. —Se inclinó hacia ella—. Sea lo que sea lo que Mei quiera de mí, lo solucionaré si te tengo a mi lado, y sé que siempre estarás ahí.

Hinata le miró intensamente.

—Sabes que será así, Naruto —le aseguró con seriedad—. Por favor, no dudes de mi lealtad, ni ahora ni nunca. Después de todo lo que hemos pasado, deberías tenerlo muy claro. —Su voz se hizo un poco más ronca, adquiriendo aquel tono que él adoraba—. Pensaba que habíamos acordado perdonar todo lo que hubiera ocurrido antes de conocernos.

Clavó los ojos en su mujer durante un buen rato. Observó que fruncía el ceño con solemnidad y actitud resuelta. Fue lo único que pudo hacer hasta que las palabras acudieron a sus labios.

—Jamás creí en el amor. Pensé que se trataba de tonterías de poetas y artistas, pero me equivocaba; me equivocaba mucho. Fui consciente de mi error el día que te espié bajo la lluvia, en Oakfield. En esos momentos algo se rompió en mi pecho y me sentí diferente al instante: había cambiado. Lo sentí, pero no supe cómo o por qué me poseían tales sentimientos, solo sabía que te deseaba. A ti. Solo a ti. —Le sostuvo la mirada con seriedad—. En ese momento cambié mi manera de pensar sobre el amor y no lo lamenté. Quería amarte, sí, pero sobre todo quería que tú me amaras. —Le tendió las dos manos y ella las tomo con fuerza. Él suspiró aliviado—. Sé que ya lo haces.

Atrajo a Hinata a sus brazos. Era sólida bajo sus manos temblorosas y aquel silencioso abrazo le proporcionó toda la tranquilidad que necesitaba. Sí, su Hinata era una mujer tierna, pero más fuerte que cualquier otra que conociera. Tenía el valor de una diosa de la Grecia antigua. Era su Artemisa, con el arco dispuesto a hacer volar una mortífera flecha. Inquebrantable hasta el final. ¡Qué cuadro compondría su Hinata posando como Artemisa!

—Tenías razón —susurró.

—¿Sobre qué?

—Es doloroso amar a alguien así. Y he aprendido más cosas también… Ante ti, todo el duro y el salvaje comportamiento con otras… —Se atragantó con las palabras y le tembló la voz, pero contaría a Hinata todos sus sentimientos. Aquello era importante y ella merecía saberlo. Respiró hondo y volvió a intentarlo—Ahora sé que lo que buscaba era sentir algo, porque mi espíritu estaba vacío.

Entonces no lo sabía… Ahora lo sé porque contigo puedo sentir. Conocerte fue como entrar en la luz y ver mi vida por primera vez. Es muy diferente sentir contigo, mi Hinata. Y fue algo repentino; lo noté al instante, como no había percibido nada antes. —Naruto acarició la cara a Hinata con ternura—. Por favor, no me dejes nunca, Hinata. No podría vivir en un mundo sin ti. Ahora sé qué felicidad proporciona tu amor y que la vida sin ti ni siquiera sería vida.

—No tienes de qué preocuparte. Yo también creo que la existencia sin ti no merecería el nombre de vida.

—Esta es la parte del amor que duele. —Hinata lo miró insegura y enderezó la cabeza—Tener la seguridad de que no podrías vivir sin esa persona. Que la necesitas tanto que te morirías si se fuera o la perdieras… Es lo que le ocurrió a mi madre. Cuando mi padre la dejó, ella murió; no quiso seguir viviendo. Me había prometido a mí mismo que jamás entregaría mi corazón como hizo ella, pero la historia tiende a repetirse, supongo. —Sonrió—. Porque eso es, exactamente, lo que he hecho contigo.