Disclaimer: Dragon Ball no me pertenece. La serie y sus personajes son propiedad de Akira Toriyama.
El Legado
Capítulo XXXIII
Alianzas
No era difícil llegar a palacio, siempre había gran concurrencia de soldados debido a los dos patios de despegues que tenían en su interior, sería fácil mezclarse entre la gente que iba y venía de misiones, pero hoy no era un día normal. Toda misión había sido cancelada por el príncipe Vegeta y se debía estar listo al llamado para ataque. La última vez que estuvo en palacio era un niño y su padre lo trajo a él y Kakarotto para entrenar, ahora era extraño ver un lugar tan grande completamente desolado y tranquilo, a como lo recordaba. Por un momento pensó que sería problemático ingresar, que la vigilancia sería más estricta, pero con los últimos acontecimientos y las órdenes de detener las misiones, las cosas no funcionaban como antes y se apreciaba poco movimiento.
No fue difícil para Raditz encontrar un guerrero con la marca en la armadura que lo identificaba como guerrero de la reina. A diferencia de lo que pensaba Koora, aún quedaban muchos de sus soldados en el planeta, pese a que les dio la libertad de marcharse si así gustaban. Todos los hombres que trabajaron para ella a lo largo de los últimos años tenían el mismo pensamiento e ideal. No estaba sola en cuanto a despreciar las matanzas y sometimientos en otros planetas, el derramamiento de sangre y sufrimiento era algo que querían dejar atrás, pero en un planeta como Vegetasei era muy difícil debido a sus costumbres barbáricas, además eran ampliamente superados en número, lo que sería una desventaja a la hora de un intento de revuelta. También, estaba el factor del miedo, muchos de estos guerreros tenían relaciones de afecto con sus familias, y la mayoría de estos eran saiyajin sin poderes, por lo tanto, no podrían defenderse y quedarían expuestos a represalias si se supiera que no están de acuerdo con las conquistas. Una opción era marcharse del planeta y comenzar desde cero, sin embargo, muchos de estos saiyajin había vivido toda su vida en el planeta y pese a no contar con el nivel de pelea necesario para considerarse guerreros, conservaban aquel gran orgullo de la raza. En fin, era extremadamente complejo encontrar una forma de cambiar sus vidas.
Estos saiyajin "atrofiados" encontraron en Koora un líder a quien seguir. Se trataba de la reina, un alto mando dentro de palacio que compartía sus mismos ideales. Durante los años que estuvieron con ella hicieron cosas diferentes, incluso ayudaron en forma anónima en muchos planetas, algo que jamás habían imaginado en toda su vida y por fin se dieron cuenta que no eran un número tan reducido, pero aún necesitaban ser más en cifras para lograr algo significante. Es por eso que la gran mayoría aún permanecía en sus puestos pese a que tenían la libertad de marcharse y comenzar una nueva vida, algunos lo hicieron, mientras que el resto aún pensaban que su reina volvería y los guiaría a algo más grande, tenían la esperanza de que podrían organizarse y levantarse. Era tal la lealtad, que pese a que ella misma había dicho que se marcharía, continuaban en sus puestos, esperando por su líder, a la mujer que seguirían hasta el fin del mundo si fuese necesario.
Raditz se detuvo y dudó antes de acercarse a los dos soldados que conversaban en lugar de hacer guardia. Iba tan decidido que ni siquiera había pensado en qué decir para que el hombre le creyera; lo más probable es que pensara que se trataba de una trampa o algo parecido y terminaría encarcelado o muerto, pero debía arriesgarse, no podía acobardarse en el último momento, además, nadie lo había obligado a venir, debía comportarse como un guerrero y ya casi era un hombre, no podía estar perdiendo el tiempo.
No lo pensó más, ni siquiera ordenó las ideas antes de acercarse a los soldados, hablaría lo primero que se le viniera a la mente.
Ginn aprovechó que el patio de despegues estaba vacío para ir a limpiar su nave por dentro. Debido a la orden de Vegeta de suspender todo viaje hasta nuevo aviso, el lugar se encontraba casi deshabitado y eso era raro de ver. Su nave se encontraba dentro de los terrenos de palacio, pero no en el patio privado de la familia real, aunque sí tenía un puesto privilegiado ya que formaba parte del escuadrón de élite del príncipe. Mantuvo la compuerta abierta para dejar entrar la luz y ver donde estuviese sucio o con sangre seca, ya que pese a gustarle mancharse de sangre durante la batalla, muy diferente era tener la nave o ropa sucia una vez terminado todo. Apoyó la espalda en el respaldo de su asiento y se mantuvo un rato con la mirada perdida, le era imposible concentrarse, estaba demasiado distraída y lo único que hacía era pensar en Vegeta y la situación del imperio. Desearía poder hacer más, pero no se le ocurría qué ni cómo, además el príncipe no pedía ayuda pese a necesitarla.
Metió la mano bajo el asiento, palpando si había algo que sacar. Un pequeño libro de menos de cien páginas fue lo único que encontró, lo observó con detención, debía haber estado metido ahí hace mucho porque recuerda que fue lo primero que pudo leer sola, sin ayuda de Tarble y además lo entendió. Ese pobre y sencillo libro era el único sobreviviente de la masacre realizada por Vegeta en la biblioteca, lo guardaría y se lo llevaría a Tarble para intentar subirle el ánimo, aunque lo dudaba mucho. Si es verdad lo que decía Vegeta, la reina estaba muerta y a manos de él, no había nada en el mundo que pudiera animarlo, ya bien lo sabía ella que sufrió tanto cuando perdió a su madre y luego a su hermana. Quizás por eso se había acercado tanto a Tarble: era como tener un hermano pequeño, uno bastante diferente a lo que hubiese esperado para hermano, pero le agradaba, había aprendido mucho con el niño, e incluso apreciaba las cosas de diferente manera. Hace un año le hubiera importado nada el ataque a la biblioteca, hoy lo sintió demasiado, pero claro, contrastado con la muerte de la reina, no había comparación. Lo que no lograba entender era el silencio de Vegeta. Todos están como locos buscando al traidor que filtra información y por lo que entendió, se trata de la reina, aunque claro, también sería difícil para ella delatar a su propia madre. Por muy frío que Vegeta quiera lucir, no puede delatar a su madre así como así, por eso no cree que la haya asesinado, algo más debía haber.
Estaba tan concentrada en sus pensamientos que no escuchó cuando se pararon junto a su nave. Solo reaccionó cuando le arrebataron el libro de las manos.
—Cuando te dije que te acercaras al príncipe, me refería a Vegeta, no a esa niña patética y llorona —dijo Straw y luego arrojó el libro hacia atrás.
Ginn miró a su padre y se puso de pie enseguida, molesta.
—No es problema tuyo con quien me junte. —Caminó unos pasos para recoger el libro.
El hombre se apoyó en la nave y la miró.
—¿Has hablado con Vegeta? —Fue directo al grano.
—¿De qué estás hablando? —Sabía muy bien a qué se refería, pero no le daría en el gusto, además estaba consciente que tenía más cercanía con el hermano del rey que con el monarca mismo, por lo tanto, por eso y miles de razones más no confiaba en él.
—Desapareció unas semanas y ahora volvió dando órdenes a mis soldados y no le ha informado nada a nadie.
—Es el príncipe, no tiene que informar a nadie. Y si tuviese, debería ir con el rey, la reina o Paragus, cualquiera de ellos, menos a ti.
—¿Estás altanera porque te metes con el príncipe? —dijo con una sonrisa burlona. Straw jamás había visto como iguales a los saiyajin débiles y a las mujeres, aunque estas fueran guerreras poderosas y por supuesto con Ginn no hacía excepción, especialmente luego de perder a su hija mayor, la cual dio la vida por Ginn. Era la única mujer por la que sintió un poco de respeto y admiración. Hubiese sido mejor para él que Ginn hubiera muerto ese día en lugar de su hija mayor.
—Eso a ti no te importa —dijo la joven y apretó tan fuerte el libro entre sus manos que lo deformó.
—Todo el mundo sabe que te coge y también a las putas del harén, no hay una sola diferencia entre ellas y tú.
—¿Te molesta que en poco tiempo logré acercarme a la familia real y es algo que tú no lograrás en toda tu vida? Porque no ha servido de mucho tu amistad con el hermano del rey —dijo con tono tranquilo para molestarlo, y agregó—: ¿O también quieres que me acueste con uno de los hijos de Torn para que alguien logre tomarte en serio alguna vez y puedas escalar? O tal vez con los dos, porque por tu propia cuenta no has logrado nada y has tenido que usar a tu hija para eso y eres tan patético que ni siquiera eso ha funcionado. Yo sé muy bien cuál es mi lugar aquí, y después de tanto tiempo deberías conocer el tuyo. —No esperó réplica, se dio la media vuelta y se marchó rumbo a palacio.
El corazón le latía a mil por hora de emoción, antes, por mucho menos hubiera terminado en el suelo de un golpe por insolente, pero esta vez notó su cara de asombro por sus palabras, ninguno de los dos se esperaba algo así, pero él no tenía derecho de decirle nada. Había logrado ser parte del ejército de élite del príncipe por mérito propio, Vegeta la aceptó por sus capacidades, nada tenía que ver que tuvieran sexo y eso lo sabían todos, pero claro, era más fácil pensar lo otro, porque era mujer y joven.
Tarble continuaba tirado en la cama. No había salido de su cuarto desde que Vegeta lo golpeó y ordenó permanecer encerrado. No se debía a la orden en sí, ya que aunque su hermano no hubiese dicho nada, la situación sería la misma. De no ser por Ginn tampoco hubiera comido ni preocupado de cambiar las vendas y limpiar sus heridas, pero es que no tenía fuerzas para nada, su cabeza repasaba una y otra vez las miles de formas que Vegeta pudo haber matado a su madre y eso lo destruía más. Ya no le quedaban lágrimas, él que pensaba que debía tener una fuente infinita por todas las veces que debió reprimir el llanto, pero al tercer día de llorar sin parar se agotaron y ahora solo quedaba la respiración ahogada y desolación.
No sabía qué hacer, ni hacia dónde ir, todo su mundo había dado un vuelco y sin su madre las cosas habían cambiado totalmente. Se sentía tan desorientado y débil, que perfectamente podría dejarse morir y renunciar.
Escuchó la puerta abrir, pero lo ignoró, solo Ginn lo venía a visitar.
—No es necesario que vengas, Ginn —dijo completamente desganado—. No quiero que tengas problemas con mi hermano. —Ni siquiera volteó, permaneció en su posición.
—Tarble.
El niño volteó enseguida al escuchar la voz masculina. Le tomó unos segundos reconocerlo, pero era imposible no hacerlo, ese cabello característico y el hecho que los meses que estuvieron compartiendo los entrenamientos, siempre admiró y deseó tener una relación de hermanos como la de él y Kakarotto.
—Raditz, ¿qué haces aquí? —preguntó sorprendido. Inconscientemente limpió sus ojos. Estaba acostumbrado a ocultar cualquier debilidad ante terceros.
El adolescente resopló antes de comenzar a hablar.
—No te muevas, queda poco —dijo Bardock, concentrado en cambiar las vendas del rostro de Koora.
Ambos estaban sentados en la cama, frente a frente, con todo lo necesario para la limpieza y curaciones. Las vendas sucias y ensangrentadas se acumularon en el suelo.
—Lo siento. —Se sentía incómoda, jamás había estado así de grave y era realmente difícil fijar la vista con un solo ojo, pero no tenía otra opción, debería acostumbrarse. Se mantuvo en silencio, observando al hombre que continuaba trabajando en ella.
—Lo mejor es que te vayas luego de hablar con Tarble. Pronto todo el planeta sabrá que eres la que filtraba información.
—Han pasado cuatro días y aún la noticia no se esparce por el planeta… Tal vez Vegeta no ha dicho nada.
Bardock no respondió ante ese comentario, no tenía caso hablar de cómo realmente era su hijo mayor, pero sí la miró de reojo por un segundo antes de continuar vendándola, y ella lo notó.
—No conoces a mi hijo —dijo molesta, pero no insistió. Le dolía demasiado la cabeza y no era el momento para discutir, después de todo, puede que esta sea la última vez que esté con Bardock y estaba agotada.
—¡Está viva! —exclamó dichoso, renovado, como si su alma hubiera regresado a su cuerpo malherido, pero pronto recordó lo peligroso que era la situación y cubrió su boca con ambas manos, pero sin dejar de sonreír como un tonto. No puso en duda por ningún segundo la noticia, perfectamente podría tratarse de una trampa para inculparlo y deshacerse de él, pero su instinto le decía que su madre sí estaba viva y que Vegeta no era capaz de eliminarla, no entendía cómo pudo creer semejante mentira. Además sabía muy bien que su madre confiaba a ojos cerrados en Bardock, y en un momento de crisis recurriría a él.
Raditz corrió un poco la cortina para mirar hacia el exterior. No había muchos soldados, sería muy fácil salir.
—Debemos apurarnos. La reina necesita hablar contigo.
—¡Sí! —No le importó la orden de Vegeta, podía irse al mismo demonio, debía ver a su madre—. ¿Se encuentra bien? —Necesitaba saber, ya que se supone que su hermano la había asesinado.
—Está muy lastimada, pero es poderosa, se pondrá bien… No podemos dejar que nos vean, mucho menos el príncipe Vegeta, no pueden seguirnos. —Lo observó mientras terminaba de vestirse. No podía creer que ahora tuviera algo tan grande en común con los príncipes. Una hermana que de cierta forma los unía, pero decidió optar por el silencio ya que era información delicada y peligrosa, especialmente para su padre y la misma princesa.
—Sé por dónde. —El niño no perdió el tiempo. Se puso sus botas y corrió a la puerta para salir de palacio a encontrarse con su madre. Nada ni nadie impediría el encuentro.
Al abrir la puerta se encontró cara a cara con Ginn, quien traía un pequeño y deforme libro en una de sus manos.
—Mira lo que encontré, no está en muy buenas condiciones, pero… —La chica se calló al ver al joven alto en la habitación de Tarble. No lo pensó y en menos de un parpadeo el libro terminó en el suelo y ella ya estaba delante del príncipe para protegerlo—. ¡Sal de aquí, Tarble! —dijo y se puso en posición de ataque, pero su contrincante permaneció de brazos caídos sin intenciones de pelear.
—¡No, Ginn! —Se apresuró en cerrar la puerta para no ser descubiertos por algún soldado y corrió para ponerse entre los dos guerreros y así evitar un enfrentamiento—. Raditz es un amigo.
—¿Un amigo? Jamás lo había visto por aquí.
—Hace unos años él y su hermano entrenaron conmigo y Vegeta.
—¿Estás seguro? —preguntó sin dejar su postura.
—¡Claro que sí! —dijo ansioso. Quería estar con su madre, ¡ya!
—¿Y qué estás haciendo aquí, Raditz? —dejó la pose amenazante y se cruzó de brazos, un tanto desconfiada. Por su armadura podía saber que se trataba de un simple guerrero de misiones.
Raditz permaneció en silencio, no esperaba que algo así sucediera y no supo qué decir.
—Tengo que salir, Ginn —dijo Tarble—. Y Vegeta ni nadie se puede enterar.
—Vegeta dijo que…
—Vegeta dijo que mató a mi madre, no tengo que obedecerle —respondió decidido.
Ante eso, la joven no fue capaz de debatir nada.
—Está bien, pero no quiero saber nada, no quiero estar involucrada en lo que tú y tu amigo vayan a hacer.
—No hay problema —dijo el niño, evidentemente más animado que la última vez que se vieron, lo cual era curioso para la joven, ya que hace un par de horas estaba completamente destrozado por la muerte de su madre.
—¿Esto no perjudica a Vegeta, verdad?
—No. Y te prometo que volveré antes que sepa que me ausenté.
Ginn se acercó a Raditz y en ningún momento se vio intimidada ante su gran estatura.
—Si le pasa algo al príncipe te aseguro que vas a arrepentirte de haberme conocido.
—Está bien —respondió un tanto tímido. No estaba acostumbrado a hablar con mujeres de su edad. En la mayoría de las misiones que había estado, sus compañeros siempre eran hombres o mujeres mayores, las cuales no eran para nada atractivas, no como esta que acababa de conocer.
—¡Vámonos ya! —dijo Tarble a Raditz, para que dejara de mirar a la chica con cara de bobo y lo siguiera, sabía muy bien qué camino tomar para pasar desapercibidos.
En cuanto salieron corriendo del cuarto, Ginn recogió el libro del suelo y lo dejó en el velador, junto a la cama. No debería haberle permitido salir, menos con ese extraño, pero había algo que la hacía creer ciegamente en ese niño, era tan inteligente y abierto que sentía que no era capaz de mentirle, era por eso que lo pasaba tan mal en un ambiente como el de Vegetasei. Tal vez estaría mucho mejor en un lugar diferente, pero lamentablemente era donde le tocó nacer y tenía que ser fuerte, todos tenían que ser fuertes en diferentes aspectos porque en los peores momentos de debilidad, poco y nada importaba el poder de pelea o lo ágiles que eran para combatir.
Pensaba abandonar el cuarto cuando escuchó ruido en el exterior de palacio. Se acercó a una de las ventanas para ver qué sucedía y entonces reconoció a dos soldados del escuadrón de Vegeta y por supuesto compañeros suyos. Ambos corrían y se dirigían a la misma dirección, entonces no lo pensó dos veces y salió por la ventana para seguirlos.
Debió recurrir a tecnología de otros para realizar un viaje extenso en tan poco tiempo. No le gustaba deberle nada a nadie, no era su estilo, pero en esta delicada situación era imposible llegar atacando el planeta, matar a sus habitantes y robar sus naves, después de todo no contaba con las personas que pudieran pilotearla con la experticia necesaria para sacar el mejor provecho de éstas y así llegar a su destino. Ahora le debía un favor a los reyes de un pequeño y avanzado planeta, pero era lo de menos, lo único que pidieron fue no ser blanco de ataque de los saiyajin y otro planeta similar al de ellos para sus investigaciones, lo cual era fácil de cumplir, ya que no tenían intenciones de utilizar soldados en otra misión que no sea la de acabar con los ejércitos y estrellas de Alina y en cuanto al planeta, eso sería pan comido.
Odiaba admitirlo, pero al ser destituido de su cargo de forma momentánea, le habían salvado la vida. Era tal el caos en su planeta que ya casi podía oler una rebelión por parte de sus hombres y encabezada por su hermano, por supuesto no se quedaría quieto sin hacer nada y se defendería hasta que no quedara nadie en pie, pero eso solo significaba el fin inminente de su raza y planeta. No estaban en condiciones de una guerra civil, primero debían deshacerse del enemigo exterior y luego se encargaría de retomar su puesto en el trono y mataría a cualquiera que cuestionase su regreso.
Estaba lleno de odio. Deseaba tener a Alina en frente suyo para torturarla y luego acabar con ella. Esa maldita mujer se había reído de él por última vez y lo que más le alteraba, además del hecho que fuese mujer, era que no poseía ningún poder de pelea, lo cual lo hacía sentir más humillado aún, pero cuando la atrape se encargará de hacerla hablar; poseía muchas tácticas para que le dijeran la verdad y contrario a lo que pudiese pensar el resto, sabía hasta dónde llegar para no acabar con su vida enseguida. No, no se lo haría tan fácil, esa perra pagaría por cada humillación vivida. Ella, y quien sea que haya filtrado información. No le importaba quien fuese, lo haría pagar también.
—Su Majestad, han dado la aprobación para ingresar al planeta —dijo un soldado luego de entrar con cuidado al cuarto del monarca. Esperó unos segundos, pero jamás hubo respuesta, por lo que decidió abandonar la habitación.
Vegeta continuó de pie frente a la ventana, observando el exterior. El planeta rojo al que ingresarían tenía muchas similitudes al suyo, pero era más grande y definitivamente contaba con más número de guerreros. Hizo una mueca de desagrado por el tiempo que le hicieron esperar por una respuesta, pues era obvio que lo dejarían entrar, solo estaban fastidiando para probar un punto: esta vez ellos eran los que tenían la ventaja y se los harían saber.
Hace muchos años su abuelo realizó un tratado con el soberano de aquel entonces. Vegeta solo era un niño, pero estuvo presente y recordaba muy bien lo sucedido. Ambos reinos acordaron dejarse en paz para no caer en una guerra que terminaría con la extinción de sus razas y respetarían los dominios del otro, centrándose en sus respectivas localidades para no toparse. El tratado había sido respetado tan bien que no supo más de ellos hasta el día de hoy, que debía recurrir a ellos como medida desesperada para salvar su imperio, estaba seguro que la noticia de su caída había ya llegado a oídos de Atlas, el actual rey, y debería soportar las burlas y comentarios, pero no caería en sus juegos. Era el rey de Vegetasei y recuperaría su puesto a como diera lugar.
Luego de salir del patio de naves fueron recibidos por lo que parecía un niño, debido al tamaño y apariencia, pero su voz ronca y la forma de expresarse evidenció que se trataba de un hombre mayor. El rey Vegeta y toda su comitiva de veinte soldados fueron guiados por la extraña criatura hasta el interior de palacio, una construcción mucho más elegante de lo que recordaba de los draxon, quienes en la época del tratado vestían taparrabos y vivían en pequeñas tiendas de cuero de algún animal muy grande y tosco. Ahora recorrían un palacio con columnas hechas de alguna piedra costosa que podría venderse a muy buen precio, al igual que el piso negro por donde caminaban. No había mucha decoración en el lugar, salvo grandes y lujosas estatuas de distintas civilizaciones y planetas lejanos, que seguramente fueron robadas en cientos de purgas. A medida que el rey y sus hombres se acercaban al salón principal para ser recibidos por el monarca, se podía oír el escándalo y jolgorio característico de una celebración y en cuanto llegaron al salón principal, la suposición fue confirmada. En circunstancias diferentes, Vegeta hubiera disfrutado la fiesta como antaño, cuando los triunfos eran seguidos por toda clase de excesos, pero en esta ocasión festejar era lo último que pasaba por su cabeza.
El espectáculo presenciado no difería mucho de los propios festejos realizados en su planeta, solo que estos no habían sido censurados por una reina que despreciaba cierto tipo de intervenciones, ya que según ella no estaban a la altura de reyes, y claro, como Vegeta estaba obsesionado en complacer a su reina, puso límites a los shows dentro de palacio.
Las mesas rebosantes de comida y alcohol no eran dejadas de lado pese a que los más de cincuenta invitados, todos fuertes guerreros del rey Atlas, centraban su atención a los combates en el centro del salón. Las pozas de sangre no detenían a los fieros asesinos que apostaban sus vidas solo porque a uno le gustó la forma en que el otro lo miró. Cerca de ellos, prostitutas de diferentes razas también disfrutaban del show a sabiendas que en cuanto uno terminara con el cráneo destrozado, la atención volvería a volcarse en ellas.
Atlas, sentado en trono y con un pedazo de carne cruda en una mano y una copa de vino en la otra, disfrutaba la pelea y vitoreaba por su favorito, mientras comía y bebía hasta hartarse con la certeza que las esclavas detrás suyo se encargarían de tener sus manos llenas todo el tiempo. Era tal la agitación por el combate que vino verdoso y trozos de carne caían en su musculoso pecho desnudo. Todos sus hombres tenían la misma costumbre de no cubrir sus gruesos y poderosos torsos, de ese modo podían lucir su piel amarillenta cubierta de gruesas cicatrices oscuras, que con el tiempo se tornaban gruesas y rojas. La mayoría de los hombres tenía los ojos de color celeste claro o amarillo que intimidaba a cualquier adversario, por muy poderoso que fuese. Todos superaban los dos metros de altura y no había un solo guerrero que no tuviera su arma a su lado, ya sea una espada, hacha o lanza. No era necesario el uso de éstas, sus duros puños eran suficiente para exterminar al adversario, pero los draxon sentían un placer perverso al emplearlas para abrir la carne.
A la derecha de Atlas, en su correspondiente trono menor, una pequeña, delgada y tímida mujer de piel azulada y antenas dirigía sus grandes y expresivos ojos verdes hacia cualquier lado, con tal de no ver la pelea. Era evidente que no quería estar en ese lugar y aborrecía todo lo que sucedía, pero como mujer del rey, era su deber permanecer a su lado cuando celebraban victorias relevantes, y luego, someterse a sus asquerosos actos de lujuria que luego dejaban evidentes marcas en su piel, que se encargaba de cubrir con maquillaje y ropa. Aquello era por algo personal, de dignidad, ya que a nadie le importaba lo que pudiese pasar con ella.
—¡Rey Vegeta! ¡Ven y siéntate a mi lado! —gritó el monarca al reconocer al rey de los saiyajin. Él también era un niño cuando presenció el tratado entre sus abuelos, pero lo recordaba muy bien, especialmente por el asombroso parecido del antiguo emperador saiyajin y este—. ¡Rápido, una silla para el rey! —gritó con su grave voz ronca, pero afectada por el exceso de alcohol y adrenalina.
Inmediatamente dos esclavos delgados y pequeños trajeron un asiento digno del rey, el cual situaron a mano izquierda del dueño de casa.
Vegeta quería ir directo al grano, no perder el tiempo en estupideces y conseguir lo que había venido a buscar, pero no tenía más opción que tragarse su orgullo y seguirle la corriente, ya que de haberlo encontrado en condiciones menos festivas, podrían haber terminado en una gresca imposible de detener. Los draxon no se caracterizaban por su buen humor, y su rey le hacía honor a todas las leyendas, por lo que debía sacar provecho a la situación y conseguir lo que quería justo ahora que accedió a atenderlo y se encontraba de tan buen humor, seguramente por alguna victoria rotunda.
—Así que la noticia era cierta. El gran rey Vegeta, soberano de los saiyajin, ha manchado años y años de soberanía, y todo por una mujer que no tiene idea de cómo pelear… ¡¿Qué se siente que una puta te dé por el culo?! —Bebió de su copa y gritó por la victoria de su hombre que terminó por rebanar el cuello a su adversario. El corte había sido tan profundo que la sangre salpicó hasta casi tocarle los pies. Esperaba que para el próximo combate lograra alcanzarle el rostro.
—El imperio saiyajin sigue intacto —respondió y mordió su lengua para no decir nada inapropiado. Cuando se acercó un esclavo con una copa de vino la aceptó sin mirar a quien la trajo. No podía tomar atención de nada, de los combates a muerte, las mujeres hermosas teniendo sexo, nada, absolutamente nada. Su mente y alma estaban enfocados en un solo objetivo: posicionar su planeta en el lugar de siempre. ¿Y para qué? Por supuesto que su objetivo número uno era regresar a su trono de forma triunfante, que nadie olvidara de qué era capaz, pero también necesitaba demostrarse a Koora quien era. Algo había pasado dentro de él cuando su mujer, quien creía conocer, no lo apoyó durante la reunión del consejo, pero no se permitiría pensar al respecto, eso solo sería muestra de debilidad y lo último que haría en esta situación era darse el lujo de ser débil. Cuando todo se hubiese solucionado, se encargaría de aclarar todo con su mujer.
—¿Entonces qué haces aquí, Vegeta? Pensé que teníamos un tratado. Yo no me meto en tus dominios ni tú en los míos.
—Estoy aquí para hablar de negocios, Atlas.
—¿Qué podría interesarme de un planeta que va en caída? —Bebió de un solo tirón el contenido de su copa e inmediatamente después su esclava la llenó hasta el tope, tal y como le gustaba—. Tengo de sobra planetas mierderos como para interesarme en los tuyos.
—Hay muchos planetas interesantes de mi lado de la frontera que podrían interesarte. Sé que te gusta el oro y que en tú lado ese metal no abunda.
Atlas nuevamente gritó ante los nuevos guerreros que peleaban a muerte con sus armas. Bebió más, limpió su boca con el brazo antes de responder.
—Interesante… pero puedo conseguir todo eso sin tu ayuda. Muy pronto tu planeta va a caer y no habrá tratado que respetar.
—Porque es más fácil tomar de los planetas ya controlados que perder el tiempo en buscar los que tienen oro. Y porque Vegetasei no va a caer y eso bien lo sabes, Atlas. Es un mal momento que pronto acabará y podemos sacar provecho de esto.
—¿Has traído oro? —preguntó con el ceño fruncido y mirándolo por primera vez desde que se sentó a su lado, en cambio Vegeta no había quitado sus ojos de él.
—El cargamento que cupo en mi nave.
Atlas rio con ganas ante aquel regalo. Después de los combates y el sexo, el oro era lo que seguía a los placeres de su raza guerrera.
—Nuestros abuelos hicieron un pacto para alejarse, pero esos viejos ya están muertos y son polvo. Es hora que las cosas cambien.
Vegeta sonrió por primera vez en mucho tiempo. Jamás pensó que sería tan simple.
Ginn no quiso llamar la atención de sus compañeros. No se llevaba bien con la mayoría de ellos, ya que eran hombres sobre los veinticinco años que no podían entender que una joven de dieciséis años pudiese estar en el escuadrón de elite del príncipe si no era para coger con él y nada más. Pese a que había demostrado en reiteradas ocasiones lo contrario, continuaban opinando lo mismo y ella no tenía intenciones de esforzarse por ellos, todo lo que importaba era hacer bien su trabajo para mantener su puesto y que Vegeta estuviese satisfecho de su desempeño. Es por eso que siguió a sus compañeros desde lejos y se ocultó para no ser descubierta cuando encontró a casi la totalidad del escuadrón de Vegeta reunido con él. Estaban formados y escuchando instrucciones, las cuales no duraron más de tres minutos, y si bien, Ginn no fue capaz de escuchar con claridad todo, entendió a la perfección cuando el príncipe dijo las palabras "zona negra" en más de una ocasión.
En cuanto los soldados levantaron vuelo, precisamente en dirección a la Zona Negra, la joven se apresuró en ir hacia Vegeta que estaba a punto de partir.
—Vegeta —se apuró en llamarlo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó serio. Por todo lo sucedido andaba de peor carácter que de costumbre.
—Vas a la Zona Negra… ¿Qué piensas hacer? —Era extraño que el príncipe se dirigiera a esos terrenos junto con su escuadrón. Ni siquiera ella visitaba ese lugar lleno de parias y renegados.
—No sabía que debía informarte de mis decisiones. —No esperó respuesta y voló a toda velocidad. Por supuesto, Ginn lo siguió.
—Tan solo quiero ayudar —dijo en cuanto se puso a su lado y debió gritar para hacerse escuchar—. Convocaste a tu escuadrón y yo soy parte de él.
—Te ordené que vigilaras a Tarble.
—Y eso he hecho. —Miró hacia otro lado cuando respondió. No se sentía a gusto mintiéndole, pero no podía decirle lo que había hecho.
—Tarble no puede abandonar palacio.
—Y así ha sido. Estuve con él hace unos minutos, sigue destrozado por la muerte de la reina. —Quiso mirarlo para identificar alguna emoción en su rostro al mencionar a su madre, pero nada—… Vegeta, nadie sabe aún que la reina es la traidora, no le has informado a nadie, ni siquiera al rey o Paragus.
Vegeta no respondió. Continuó concentrado con la mirada al frente, mientras el viento movía con violencia el flequillo que cubría sus ojos.
Ginn podía entender que aún no diera la noticia, después de todo, se trataba de su madre y ella hubiera reaccionado de la misma forma o peor. Pero la situación iba más allá de los lazos; se trataba de la reina, de un tema de alta traición y la supuesta muerte de ésta.
—No te preocupes, no diré nada. Es tu decisión si quieres o no…
—Ginn, basta —dijo con desagrado, e incrementó su energía para volar más rápido.
La saiyajin maldijo en voz baja antes de aumentar la velocidad para no perderlo de vista. Hacía muchos años que no visitaba la Zona Negra y no quería perderse.
Los hombres de Vegeta llegaron unos minutos antes, pero fue lo suficiente para seguir al pie de la letra las instrucciones del príncipe, lo cual era reunir a los saiyajin que mandaban en el lugar. Fue relativamente simple llamar la atención de éstos, ya que no era para nada común ver soldados de elite visitar el lugar.
Los seis castrados que aguardaban junto a los soldados hicieron una burda reverencia cuando el joven príncipe arribó. Bajo otras circunstancias no lo hubieran hecho, pero se dieron cuenta que podían ganar algo de esta inesperada visita y lo mejor era comenzar con el pie derecho, de nada importaba que los soldados les hubieran advertido comportarse de forma respetuosa ante la autoridad.
—Príncipe Vegeta —saludó uno de los castrados e intentó acercársele, pero dos guerreros se pusieron en su camino para impedirlo—. ¿Qué pasa? ¿El príncipe nos tiene miedo?
—Respeta a tu príncipe o te cortaré la lengua, castrado —exclamó un soldado.
—Está bien, Figgo. Deja que se acerque —dijo el joven y se cruzó de brazos.
Mientras tanto Ginn permaneció unos pasos atrás observando la situación. No se imaginaba para qué demonios había venido Vegeta a este lugar.
—Tu nombre —demandó Vegeta al saiyajin. Era un hombre alto y fornido, con cabellera larga y frondosa y una gran nariz deforme a causa de tantos golpes violentos en su rostro. Su simple apariencia física daba a entender que era un guerrero poderoso.
—Blak, Su Majestad, y estoy a cargo de todo este lugar, si se lo pregunta —respondió con una sonrisa cínica.
Vegeta pasó por alto la aptitud del hombre. Tenía la cabeza en cualquier lado y solo se enfocaba en su objetivo, en un intento de no perder la cordura.
—Seré conciso, Blak. Quiero que reúnas a todos los guerreros que estén en condición de pelear. Jóvenes y adultos, hombres y mujeres, los quiero a todos esta noche en los patios de entrenamiento de palacio para recibir instrucción. —No era necesario dar más detalles. La noticia sobre el declive del imperio ya se conocía en muchos planetas y había que hacer algo al respecto antes que más enemigos decidieran atacar. Seguramente habían esperado tanto tiempo por una oportunidad como esta que ya debían estar preparados para eso.
El hombre se tomó unos segundos para procesar la información.
—Sabía que estaban perdiendo la guerra, pero nunca pensé que los estuvieran aplastando —y añadió con una sonrisa burlona—. Ahora entiendo por qué nadie apoyó al rey... debe ser una mierda heredar un planeta acabado, príncipe Vegeta. —Al terminar de hablar escupió al suelo.
—Cuando abras la boca que sea para responder a mis órdenes, de lo contrario yo mismo te cortaré la cabeza y me entenderé con otro castrado de por aquí —dijo tranquilo, mirándolo a los ojos y con su eterna mueca de desagrado—. Imagino que los despojos que habitan esta zona están interesados en regresar a las batallas, no hagas que quiera cambiar de opinión.
Blak no pudo ocultar la emoción al escuchar eso último y aunque no volteó a ver a sus hombre, supo que todos reaccionaron igual y de la misma forma aquellos que observaban ocultos detrás de construcciones antiguas y derrumbadas.
Al ver el cambio de actitud del castrado, Vegeta continuó.
—No volveré a repetirlo. Los quiero a todos reunidos para recibir instrucción. —Se volteó con la intención de retirarse, pero Blak le habló.
—Un momento, príncipe. ¿Si combatimos para usted seremos aceptados como guerreros saiyajin nuevamente?
Vegeta respondió sin voltear.
—No olvides en qué posición estás, castrado.
—¡Pero vamos a pelear por ustedes, a su lado! —exclamó otro de los saiyajin, uno más joven y menos corpulento que Blak—. ¡Vamos a arriesgar la vida por quienes nos despreciaron! ¡Merecemos algo a cambio!
Los otros hombres hablaron al mismo tiempo, casi desesperados por ser escuchados, casi sin respirar y todos de acuerdo con lo que acababa de decir el joven guerrero.
—Luchen y venzan —dijo el príncipe—. Los sobrevivientes tendrán su retribución. —Se elevó y marchó del lugar. Ginn fue detrás de él.
—Ya lo saben —exclamó Figgo y añadió con evidente desprecio—. Obedezcan al príncipe y quizás puedan salir de esta miseria. —Luego se dirigió a sus compañeros—: ¡Vamos!
Los soldados desaparecieron del lugar con la misma rapidez que llegaron.
—¿Qué es lo que vas hacer con los castrados? —preguntó Ginn—. ¡Muchos de ellos están ahí por traición o faltar a la corona! ¡No se puede confiar en ellos! ¡No van a pelear como nosotros!
—Eso me tiene sin cuidado —respondió Vegeta—. Me interesa terminar de una vez por todas con esta historia y necesito un ejército poderoso para atacar.
—¡Podrían traicionarnos si se da la oportunidad! —No le agradaba la idea de combatir con ellos a su lado.
—Si alguno intenta traicionarnos tendrá el mismo final que la reina. Nadie se mete con los saiyajin —dijo con la mandíbula apretada. No podía quitarse la imagen de su mente: él, frustrado, agotado e impotente en el suelo con su madre a su lado, desangrándose y medio moribunda, pero viva al fin de cuentas porque no fue capaz de asesinarla como se lo merecía. Tan solo deseaba que ya estuviera muerta por las graves heridas que le causó.
—Permíteme decirte que no creo que sea buena idea. Esos saiyajin no pelean en equipo ni por este planeta hace mucho tiempo —insistió. Sentía que Vegeta estaba actuando sin pensar y todo por lo sucedido con su madre, y por lo tanto, debía decírselo. No quería que su planeta terminara de derrumbarse—. Lo más probable es que al primer momento que se suban a una nave se marchen y no vamos a tener ni los hombres ni naves necesarias para un ataque.
—Primero probaré sus habilidades al interior del planeta. Luego decidiré si son aptos para combatir en la guerra —dijo el joven, mirando hacia adelante, mientras que la chica no le quitaba la vista de encima mientras hablaban.
—¿Qué vas a hacer con ellos?
—El rey se confió, yo me confié y por eso Koora se rio de nosotros e hizo lo que quiso y a causa de eso enfrentamos una de las peores crisis, pero ella no actuó sola.
—¿Y qué tienen que ver los saiyajin castrados?
—Te dije que cualquiera que traicione la corona lo pagará con la vida y es eso lo que sucederá. Es hora de hacer una limpieza en el planeta y los castrados se encargarán de la basura.
A Ginn le tomó unos segundos comprender de lo que hablaba Vegeta, pero luego fue muy obvio.
—¡Los hombres de la reina! ¡Pero no sabemos si ellos...!
—Koora no es estúpida, no va a tener gente a su alrededor que no piense como ella, de lo contrario sería muy fácil descubrirla y delatarla. Es imposible que en todos estos años trabajando para ella no supieran sus verdaderas intenciones… No permitiré que escoria traidora continúe con vida en este planeta. —Su voz se volvió más ronca y llena de odio.
Ginn no dijo nada. Lo más seguro es que Vegeta tuviera razón y todos los soldados cercanos de Koora supieran en cierto grado la verdad en torno a ella e incluso compartieran sus creencias. Tenía varios conocidos que trabajaban para la reina y lamentaba lo que se venía para ellos, pero no podía hacer ni decir nada. No haría nada que significara traicionar a su príncipe y con haber permitido que Tarble escapara ya tenía suficiente. Tan solo esperaba que regresara a palacio antes que la masacre comenzara. No quiso mencionarle a Vegeta que cuando habló de Koora lo hizo como si estuviera viva.
Vegeta aumentó la velocidad. Tenía mucho qué hacer y poco tiempo. Antes de atacar al enemigo externo debía concentrarse en el que continuaba al interior del planeta, de ese modo todos aprenderían que nadie puede burlarse de la corona. No le importaba exterminar la mitad de los habitantes de Vegetasei con tal de acabar con los traidores y sería mucho más fácil ahora, que aún no se enteraban de la traición de Koora, ya que continuaban con la guardia baja y seguramente esperando instrucciones que jamás llegarían, porque pudo no haberla matado, pero estaba seguro que no se encontraba en condiciones de hablar.
Tal vez no tuvo las agallas de acabar con ella, pero si lo haría con el resto de los que se atrevieron a violar la esencia de la raza saiyajin. Pagarían muy caro por su atrevimiento y se encargaría de hacérselo saber a Koora, quien fue capaz de tal deslealtad por no querer derramar más sangre, sería la responsable de uno de los baños de sangre más violentos en la historia de su gente.
Continuará…
Hola! Por fin volvemos a vernos después de tanto tiempo. Más de un mes! Pero es que, adivinen… Sí! exacto, la universidad. Para resumir: Muchas tareas, estudios, disertaciones, trabajos, poco dormir y además la práctica donde soy asistente de una profesora de Inglés. Estoy realmente muerta de cansancio y voy a explotar, hasta creo que nuevamente se me está cayendo el pelo, pero me ha ido súper bien y he sacado buenas calificaciones. Aun así me hice el tiempo para terminar el capítulo y poder al fin publicar. Extrañaba tanto actualizar!
Dos nuevas alianzas. El príncipe con los guerreros de la Zona Negra y el rey con los guerreros draxon. Y les aviso que nada bueno va a salir de esto. Vegeta piensa acabar con todos los hombres fieles a la reina, por lo que habrá un baño de sangre al interior de Vegetasei.
Tarble salió del infierno que lo sumió la mentira de su hermano y va al encuentro con Koora. La reunión de madre e hijo se verá en el siguiente capítulo.
No quiero adelantar más para que sea sorpresa, así que no me queda más que agradecer que no dejen de lado mi amado fic pese a que me tardo más en actualizar, pero para que vean, dejé todos los otros de lado para terminar este. Y miles de gracias a quienes se dieron el tiempo de dejar rw: A mi querida Karen, a Ukyryo, Nyrak, Claudia, Josselinpaola, Silvin, Zauberry, Vanerod, Lol0210, Perla, Dbgochi, Sidny, Tour, Isabel, Sophy, Anny, Caroonte y en especial a Ina que me escucha cuando no puedo escribir y es mi amada amiga.
En cuanto a algunas dudas o comentarios en los rws lo respondo por aquí:
Muy pronto la historia se irá a la Tierra, así que ya sabrán de Bulma, Yamcha y los demás.
Vegeta no podía matar a su madre pese a que lo deseaba. La crianza de Koora en él logró afectarle pese a que no quisiera admitirlo, y continuará pesándole hasta el final de esta historia.
Varias han criticado a Bardock, y claro, si lo que ha hecho está mal. No sería real si todos fueran perfectos y no cometieran errores, al igual que Koora. A veces piensan que hacen lo mejor pero se equivocan y eso tiene consecuencias.
Eso es todo por hoy, espero poder tener el próximo capítulo en menos tiempo que este. Me queda un mes de clases y luego tendré vacaciones así que ahí aprovecharé de escribir más. Agradezco mucho sus visitas y rws, me llenan de alegría y con ganas de escribir más. Y les cuento que este fic está a punto de alcanzar las 200 mil palabras y será mi fic más largo.
Muchas muchas gracias de nuevo y nos vemos en una próxima actualización.
Miles de besos,
Dev.
03/06/2017
