Tenés el perfume que mejor queda con el de mi piel.
La lluvia ha cesado por completo.
Hace bastante que las gotas han dejado de caer, y las calles comenzaron a secarse.
No habías llevado a lo de Tony más que tu mera presencia, y la cercanía de su departamento con el de Danny permitió que fueras caminando (para ese entonces ya ni siquiera llovía); cuando arribaste a lo de tu hermano lloviznaba, y cuando te fuiste en un taxi que pagaste al llegar a tu casa ya la lluvia había desaparecido por completo, quedando sólo el recuerdo de la tormenta.
Afuera en las calles ya no se escuchan truenos ni el cielo es iluminado por relámpagos.
El ambiente en tu departamento es calmo, silencioso, y la oscuridad que cae sobre tu habitación lo absorbe todo, haciendo apenas visible tu figura ovillada en el centro de la cama, haciendo imposible saber si tus ojos negros están o no abiertos (por momentos vos misma perdés noción de este detalle), haciendo que resalten brillantes los números rojos que desde el radio reloj que reposa en tu mesita anuncian que son las once de la noche con veintidós minutos, lo cual significa que faltan siete horas con treinta y ocho minutos para que vuelvas a verlo.
Odiaste tener que irte de pronto después de haber pasado una mañana y una tarde tan lindas, simplemente besándose, descansando, hablando de tanto en tanto; pero tenías que ir a ver a Danny, no disponías de ninguna otra opción.
Cuando de tu hermano (nunca te gustó agregar el 'medio' delante de esa palabra, aunque la gente tiende a entrar en tecnicismos muy seguido y recordarte de ese modo que biológicamente sólo comparten a uno de sus padres) se trata, aprendiste que es mejor ocuparse de las cosas antes de que se salgan de control… El problema es que tienden a salirse de control sin necesidad de que acontezca mucho.
Todavía recordás los sucesos que se desencadenaron la última vez que fuiste un poco egoísta y rompiste tu promesa de visitarlo después del trabajo porque tenías una jaqueca terrible y querías pasar algo de tiempo en silencio, descansando.
Todavía recordás ese llamado desesperado antes de que ingiriera las pastillas.
Todavía recordás los nervios aniquilándote desde adentro mientras conducías a toda velocidad para llegar lo antes posible.
Todavía recordás que por poco no llegaste cuando ya era demasiado tarde.
Fueron experiencias dolorosas - el intento de suicidio y lo que siguió a eso- y no tenés intenciones de repetirlas, por lo cual te viste obligada a sacrificar la hermosa tarde que podrías haber pasado con él e ir a asegurarte que tu hermano siguiera estable, tomando la medicación al pie de la letra y tranquilo.
Lo encontraste, en rasgos generales, bastante bien para tratarse de la misma persona que perdió los estribos y atacó a Carrie en medio de la CTU la otra madrugada.
Insistió en invitarte una taza de café y hasta se esforzó por mantener una conversación que no implicara tópicos que durante los últimos meses se habían vuelto bastante recurrentes entre ustedes: su alcoholismo, su divorcio, sus problemas económicos, su ex esposa, lo mucho que extraña a sus hijos, Carrie…
Agradeciste el cambio, pero lo cierto es que no prestaste mucha atención a lo que decía sobre el clima y los temporales y lo horrible que es cuando llueve en Los Angeles y sus comparaciones con la meteorología de otras partes del mundo, si bien hiciste el enorme intento de mantenerte concentrada y de tanto en tanto aportabas algo a la plática.
Danny no pareció darse cuenta, contento como estaba de tener compañía, pero la realidad es que tu mente te obligaba a desconcentrarte y te llevaba de paseo a otros sitios.
Son esos mismos recuerdos en los que estás sumergida ahora, recuerdos que te tienen sonriendo como una criatura; cada onza de tristeza y sufrimiento que cargaste sobre tus hombros durante el transcurso de los últimos veinticuatro años ya no pesa, te sentís total y completamente liviana, libre y feliz.
Realmente, esos son tres adjetivos que jamás pensaste llegarías a usar para referirte a tu persona y al mismo tiempo los tres, pero así es como él te tiene.
Abrazás la almohada un poco más fuerte y enterrás la cabeza en uno de tus brazos, inhalando despacio como si temieras que se atenuase su perfume en el sweater gris que llevás puesto, creciendo aún más tu sonrisa y cayéndose tus párpados lentamente hasta que la oscuridad es absoluta y no más rota por esos números rojos mostrando que faltan quince minutos para la media noche.
Sin embargo, no permanecés así por mucho; enseguida, por centésima vez, te invade indomable la urgencia de tomar tu teléfono celular y releer los mensajes de texto que estuvieron enviándose hasta hace un rato, incapaces de contener la necesidad de sentirse unidos de alguna manera más allá de la distancia física.
Los primeros básicamente son acerca de tu hermano y cómo fueron las cosas cuando lo visitaste, pero el último puñado es definitivamente tu favorito, y no podés quitarle los ojos de encima:
"Solamente nueve horas hasta que nos veamos mañana. ¿Adónde vas a llevarme?"
"Si te digo deja de ser sorpresa"
"¿Quién te dijo que me gustan las sorpresas?"
"Yo tampoco estaba seguro de que me gustaran hasta que apareciste vos"
"No necesitás frases de películas estilo Julia Roberts para llamar mi atención, Almeida"
"No lo saqué de ninguna película: es la verdad"
"¿Vamos a ir al cine mañana?, ¿adiviné?"
"No voy a decirte, Michelle, rendite. Además, es hora de que desdobles tu pijama nuevo y vayas a dormir: tenés que descansar. No vuelvas a responderme porque si no van a ser las tres de la madrugada y vamos a seguir así. Cerrá los ojitos y dormí. Nos vemos mañana"
Por supuesto, no lograste quedarte dormida, aunque estás tratando. Pero al menos esta vez el insomnio es causado por algo mucho más lindo: la ansiedad, las ganas de que ya sean las ocho, las ganas de verlo, de pasar todo el día con él sin interrupciones.
Seguís sin saber qué etiqueta deberías ponerle a su relación, pero cuanto más lo pensás más decidís que en realidad no te interesa rotularlo como a las gavetas donde guardás tus cosas, o las cajas con la ropa de invierno que raramente usás, o esas otras cajas llenas de recuerdos que no querés ver y por eso mantenés escondidas en el fondo del ropero. No te interesa darle a esto un nombre formal, por decirlo de algún lado, porque lo único que te importa en este momento es la felicidad inmensa que parece llenar cada centímetro de tu ser.
Y si sos feliz, ¿por qué preocuparte por el resto?
El resto es ruido de fondo, y no te interesa, no cuando tenés cosas más lindas en las que concentrarte.
Como extrañarlo, por ejemplo.
Te encanta extrañarlo: es como un placer culpable.
Darías lo que sea con tal de estar en sus brazos como la noche anterior, pero a la vez te gusta esto de sentir un cosquilleo en el estómago y que recuerdos suyos dominen tu cabeza y no puedas sostener allí adentro ningún pensamiento que no esté relacionado con cuántas ganas tenés de verlo.
Sí, te gusta extrañarlo, necesitarlo, que la ansiedad te consuma.
Por primera vez te gusta sentirte ansiosa, porque esa ansiedad es producto de esperar algo que sí querés que llegue.
Y te gusta extrañarlo porque entonces cuando finalmente lo tengas junto a vos, vas a disfrutarlo muchísimo más.
Para las doce de la noche con diez minutos decidís dejar el teléfono en la mesita junto al radio reloj en lugar de sostenerlo en la mano y abrirlo a cada rato para leer sus mensajes y sonreír como una tonta en medio de la oscuridad de tu habitación.
Ya deberías estar durmiendo, descansando, soñando.
No temés a las pesadillas; esta noche no van a molestarte. Esta noche vas a soñar con lo que te espera mañana, dentro de exactamente nueve horas y cuarenta y tres minutos.
Volvés a ovillarte, tus brazos se ciernen con más fuerza alrededor de la almohada, y te encanta darte cuenta que lo que estás respirando ahora es una mezcla del perfume de ese sweater gris – su perfume – y el tuyo.
Sentís que tus párpados pesan cada vez más, tu mente va aflojándose, cediendo, perdiéndose en pensamientos que no controlás, reflexiones que aparecen solas, que van llevándote despacio y te adentran en los corredores de la inconsciencia.
Pensamientos de lo más raros, reflexiones de lo más variadas.
Tu color favorito siempre fue el lila, pero ahora de repente tu color favorito es el gris.
Porque el sweater que él te regaló es gris.
Ese sweater que estás usando ahora.
Ese sweater que tiene su perfume.
Ese perfume que se mezcla con el tuyo.
Ese sweater que es enorme, gigantesco; estás envuelta en un sweater tan grande para tu talle que debés darle a las mangas al menos dos giros para poder usar las manos.
Gris, ahora te encanta ese color
Amás ese sweater.
Querés estar envuelta en él por el resto de tu existencia, vestir eso y nada más.
Amás que él te lo haya regalado.
Amás lo segura que te sentís envuelta en ese sweater gris, que para cualquier mujer podría parecer una prenda normal, común y corriente, pero que para vos tiene un valor incalculable.
En cuanto llegaste a tu casa después de haber ido a ver a Danny te bañaste y te metiste dentro de ese sweater.
Te acurrucaste en el sillón de la sala de estar para ver las noticias sobre la mejoría de David Palmer abrigada por ese sweater gris.
Bajaste a buscar la porción de ravioles con salsa que pediste por teléfono a tu restaurante italiano favorito en sweater gris y jogging, para sorpresa del repartidor – a quien conocés desde hace bastante porque suele hacer todas las entregas – que está acostumbrado a verte siempre encerrada en tu ropa de trabajo, en esos chalecos de fuerza, como a veces los sentís.
Cenaste envuelta por ese sweater gris, pensando que después de haber probado la comida que cocina él ningún otro plato por muy rico que sea va a conformarte.
Es el sweater que Tony te regaló, sweater que antes pertenecía a él, que varias veces le viste llevar al trabajo (si mal no recordás, lo llevó al trabajo hace menos de siete días).
Es el sweater que tiene su perfume.
Y su perfume se mezcla con el tuyo, como si los químicos que componen a ambos tuvieran la capacidad de atraerse y fusionarse y fundirse y volverse uno solo, hasta que en tu estado somnoliento empieza a costarte distinguir uno de otro.
Intoxicada por esa mezcla, envuelta en ese sweater gris, vas quedándote dormida.
Y antes de que caigas profundamente en los brazos de tus sueños, un último pensamiento es captado por tus sensores mientras inhalás hondo, con intensidad: tiene el perfume que mejor queda con el de tu piel.
Muchísimas gracias por las cuatro reviews que recibí ayer: alegraron mi día y me dieron ganas de escribir este capítulo cuanto antes.
