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(¸.•´ (¸.•' ¤ ❀ ❁ CAPÍTULO 34

HABÍAN aparcado el vehículo militar en una zona boscosa bastante tupida. Incluso un camión con ruedas anchas, y adaptado a casi todo terreno, tuvo dificultades para penetrar hasta allí. Luego los hombres empezaron a barrer las huellas de los neumáticos y a taparlas con la hojarasca.

Dicker estaba caminando ya casi a la perfección, sólo se cansaba algo si estaba mucho tiempo de pie, quieto. Prefería andar a permanecer parado. Pero sus compañeros, queriendo que ahorrara fuerzas, no le habían permitido hacer la tarea de ocultar las pistas de camión. Habían sido demasiado osados esta vez.

Tuvieron suerte de no haber topado con ninguna patrulla. Y esa zona en donde pasarían el día estaba a unos veinte kilómetros escasos en línea recta hasta su punto de encuentro. Ya era imposible acercarse más. El resto del camino lo harían a pie la noche siguiente. Una vez en las cercanías, acamparían en unas cuevas durante el día, y al anochecer llegaría su transporte a la misma orilla de la playa.

Dicker sonreía, después de esta misión, se permitiría coger unos días de descanso. No sabía donde iría, seguramente se pegaría a Osten, que lo había casi adoptado. Hablaba de emborracharse y de ir a algún sitio a bailar con cada chica que se le cruzase en el camino. Candy no se imaginaba al cauto Osten, bailando con cada chica que hubiese en la pista de baile, y haciéndose notar.

Osten volvía sobre sus pasos, los demás le seguían a corta distancia. Mientras terminaban de ocultar el vehículo poniéndole ramas caídas o cortadas encima, discutían el siguiente paso.

—Después de comer, tenemos que dar una batida más lejos, al menos hasta el molino abandonado que dejamos atrás, y borrar nuestras huellas desde la carretera de grava a la última pista forestal. Y para eso os necesito a todos. Una vez hecho esto, dos tendrán que adelantarse a ver si el camino hasta la costa está debidamente despejado. Y por supuesto, no dejar huellas visibles por donde caminéis.

Candy sintió un escalofrío en su columna vertebral. ¿La dejarían sola? ¿Sin un arma para defenderse? Ella no había disparado en su vida, aunque Dicker le había estado enseñando como quitar el seguro de una pistola, cargar y descargar, sabía donde estaba el gatillo, por supuesto, pero no se le permitió practicar por temor a atraer con el ruido a algún pelotón de soldados que pasase cercano. Osten la debía haber observado su expresión de desasosiego, por lo que siguió con sus órdenes.

—Dicker, tu te quedas con la señorita. Ahorrarás fuerzas para la noche y montarás guardia. ¿De acuerdo?

El joven la miró y le guiñó un ojo, cómplice. Luego se sentó junto a ella en un grueso tronco caído ante la fogata que habían hecho a la llegada.

—Será divertido, esta noche haremos una excursión y un picnic en el bosque. Pero sin el toque romántico de la luna.—sonrió—Esta noche es luna nueva.

—Tendré a punto la cestita, no te preocupes. —rió.

—Pero también ha de dormir un buen rato, está pálida y no come bien señorita. —Se inclinó sobre el pequeño fuego donde había puesto a hervir al baño maría algunas latas de comida.

—Cuando esté en Inglaterra, en casa, todo será distinto.—Instintivamente se llevó la mano al vientre, Dicker malinterpretó el gesto.

—¿Tiene hambre? Puedo servirle ya la lata de sopa.

—Oh, no, no. Esperaré a los demás para el almuerzo. —disimuló como pudo, y sonrió al solícito chico.

Cromwell se bajó del lateral del camión, donde había estado haciendo equilibrio mientras tapaba con ramas lo más alto de las cubiertas. Nunca la dejaban sola, si no era Osten, era Dicker. Ambos la vigilaban y a la vez la "mimaban", como a una niña consentida.

La zorrita no estaba nada mal. Ojos grandes, cabello dorado rizado y corto, labios generosos en una boca pequeña. Si, buenas formas, a pesar de llevarlas ocultas en ese basto uniforme. El pantalón tensaba sobre su trasero de una forma deliciosa, cualquier hombre con ojos en la cara se pondría duro como una piedra ante esa curva.

Cromwell se sacudió las manos en su propio uniforme. Aunque ella ni lo miraba. La zorrita hacía todo lo posible por ignorarle.

Bueno, no importaba. En un par de días, estarían en un barco lleno de desconocidos. Sus protectores, Osten y Dicker, se quedaban allí, en tierra.

A lo mejor, cuando estuviese a solas, sin protección, se volvería, con su intervención claro, mucho más receptiva, y "cariñosa".

Pensaba aprovechar cada minuto a bordo.

Cuando terminaron de ocultar el vehículo, se reunieron alrededor del fuego para comer casi en silencio. Cada vez más cerca del final, se acumulaban las tensiones. Hasta ahora, les habían salido las cosas medianamente bien, a pesar del encuentro con aquellos dos soldados del camión de suministros. Pero eso, aunque Dicker recibiese un disparo, también les había proporcionado la ventaja de un vehículo oficial del ejército con ropa y comida, y sobre todo, salvoconductos y documentación real para moverse hasta la misma Francia ocupada si hiciese falta.

La zona costera era la más peligrosa. El resto del viaje debía de hacerse a pie y de noche. Luego evitar patrullas y puestos de vigilancia armados cada doscientos metros. No era tan fácil.

Aunque Osten lo había hecho ya bastantes veces, dos de su equipo eran nuevos en esto. Y encima estaba Candy con ellos. No sabía hasta qué punto podría resistir una caminata de noche y a buen ritmo. Sabía que Dicker, si lo tenía que dejar atrás no era un problema, el chico era belga, y conocía su país, y sabría como ocultarse. Pero la chica...

Comió la última cucharada de sopa de la misma lata. La dejó junto al fuego. Estos restos también habría que ocultarlos, y tapar bien la fogata.

Sus hombres terminaban poco después que él. Se fueron pertrechando con sus armas, y municiones. Cromwell añadió a sus bolsillos un par de granadas de mano. A Osten no le hizo gracia aquello. Pero no dijo nada. Esperaba de veras no toparse con nadie mientras borraban sus huellas.

Dio las últimas instrucciones a Dicker, se echó su fusil al hombro y junto al grupo se alejó en dirección a la carretera que les había llevado hacía allí.

Candy se había quedado apagando los rescoldos de la fogata y ocultando las latas en un hoyo tras unas piedras y matorrales.

Dicker, con su fusil preparado, se sentó en el mismo tronco que habían compartido mientras comían.

—Señorita, ¿por qué no sube al camión y duerme un rato?

—No quiero dejarte solo.

—No pasará nada. — Acomodó su Gewehr 43 (22), en su regazo mientras metía munición en los bolsillos de la guerrera. Echó dos o tres petacas, y cerró la caja. Se la pasó a Candy— Déjela en el camión, por favor, cerca.

Candy tanteó la caja de madera, llena aun hasta la mitad, pequeña pero pesada.

— ¿Cuánto podrán tardar en volver?

—¿No se fía de mi para defenderla? —le sonrió divertido.

—De ningúna manera, es que, me preocupo también por ellos.

Dicker comprobó su arma y la dejó a su lado sobre el tronco, encendió un cigarrillo.

— Llegarán hasta el viejo molino, unos seis o siete kilómetros. A paso normal ida y vuelta, tapando huellas., calculo unas tres horas. Antes de que oscurezca deberían de estar aquí. Ande, descanse un rato.

Subió al camión a instancias de su joven guardián, y cerró las cubiertas, aunque dejó abierto el portalón. Puso justo a su lado la caja de cartuchos, mientras se estiraba sobre las mantas. En realidad no tenía nada de sueño. Pero debería de aprovechar las horas de tranquilidad que le quedaban. En cuanto se pusiese el sol, caminaría unas cuantas horas por caminos apenas iluminados y campo través. Cargada con su parte de equipaje. Aún tenía su vestido malva. Y no pensaba presentarse ante su hermana vestida con aquel uniforme militar.

Se tapó, y se acomodó mejor. En breve estaría en un barco de vuelta a Inglaterra. Una mezcla de anhelo y de tristeza la embargaba. Quería volver a ver a Anny, deseaba abrazar a su hermana y conocer a su pequeña sobrina. ¡Tenían que contarse tantas cosas! Y sin embargo le dolía tanto dejar atrás a Terry. Si por ella fuese, le hubiese esperado en Berlín. ¿Estaría ya en su nuevo destino? La frontera Franco-Belga. Ella estaba ahora en Bélgica. ¿Cuántos kilómetros les separarían?

Y lo más importante, ¿acabaría algún día la guerra? Él le prometió buscarla entonces. ¿Qué sería de ellos en semanas, meses, o años? Si estaba embarazada, ¿debería comunicárselo? Cuando llegase a su país, se suponía que debía contactar con el abogado que le había indicado Terry. Su amigo Ludwick, en el que su marido confiaba plenamente, había hecho los arreglos internacionales pertinentes para pasar una cantidad mensual a su nombre.

¿Tendría que ver a menudo a dicho abogado? Si era así, no sería posible ocultar su embarazo, o a su hijo.

Se dio media vuelta en su duro lecho. Demasiadas cosas en la cabeza. Y aún no había pasado lo peor, la caminata hasta los acantilados, el embarque, y cruzar el canal, entre patrulleras de ambos bandos, submarinos.

Y aun así, hacer ese viaje, era más seguro que permanecer en Berlín.

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Terry fue preciso en las órdenes aquella mañana, repartió el terreno que les tocaba cubrir por sectores, pero mandó a sus vehículos más pesados camino al sur, él y tres soldados harían la ruta noroeste en las motocicletas. Se había quedado con el sector más probable de que se encontrase el camión a sabiendas. La zona boscosa era más cómoda para vigilar en las tres motos que disponía su pequeña unidad.

Los cuatro todo-terrenos fueron hacia las carreteras generales y secundarias en búsqueda del vehículo desaparecido. Todos tenían la orden de detener y preguntar antes de disparar. Y esperaba que respetaran su mandato. También dejó caer que podían llevar de rehén a algún civil, y que no quería limpiar daños colaterales si ocurría alguna negligencia.

La unidad había partido con las órdenes bien aprendidas y él había vuelto a tomar su motocicleta y tres soldados que no estaban muy familiarizados con la zona. Quería llevar en ello la ventaja. Si notaba algo sospechoso, alejaría a sus soldados de allí o los enviaría en dirección contraria. Al menos iba a hacer todo lo posible para que ella llegase a la costa sana y salva.

La humedad persistía en el bosque, a pesar de hacer varios días de las últimas lluvias. No se disiparía hasta casi media mañana, cuando la neblina arrastrada por la brisa del mar, se desvaneciese con los rayos de sol del mediodía.

Terry avanzaba el primero, el potente motor de su Zündapp vibraba, manteniendo una buena velocidad por la pista forestal, esquivando aquí y allá algún bache profundo con pericia. No es que hubiese sido muy aficionado a las motocicletas. Pero en los África Korps, aprendió a conducirlas, incluso por dunas, con las dificultades que eso entrañaba. Rodar por las pistas aplanadas de los cortafuegos del bosque, era una tarea sencilla y hasta monótona. Pararon unos kilómetros atrás para comer algo, y quedaban unas pocas horas de sol. Se acercarían hasta las ruinas del molino y allí daría la vuelta.

Los restos ruinosos del molino debían de ser del siglo pasado. La rueda de madera, estaba medio rota. Parte de las paredes aun blanqueaban al sol poniente. El tejado de paja a dos aguas tenía más huecos que otra cosa. Un pequeño puentecillo de madera cruzaba la corriente de agua que una vez había aprovechado para su funcionamiento. Por detrás de él casi ocultas por la emergente vegetación, se veían restos de cabañas pequeñas y miserables, de lo que alguna vez fue un poblado.

—Soldados, aquí daremos la vuelta antes de que se nos haga de noche.

Terry frenó su motocicleta, sus soldados le adelantaron unos metros para tener sitio para dar la vuelta con comodidad. Uno de los chicos de la moto del sidecar bajó unos instantes y se estiró un poco, buscando con la mirada un lugar para aliviarse. Apenas había caminado un par de metros saliéndose de la pista, se quedó inmóvil mirando al suelo, y se agachó, moviendo su mirada desde ese punto hasta un carril descuidado que parecía rodear el molino.

—Coronel Baker, aquí hay huellas recientes de un camión, parece bastante pesado, se hunde en la tierra. En la pista no se puede ver un rastro así, pero al tomar este...

A Terry no le dio tiempo a acelerar su motocicleta, para acercarse rodando, cuando un par de disparos certeros, surgidos desde las ruinas, impactaron en el pecho del joven que había reconocido el rastro. Cayó hacia atrás con la inercia, sin vida.

Y luego llegó el caos.

Más disparos volaron alrededor mientras Terry volcaba la moto para usarla de parapeto mientras gritaba orden de responder al fuego, casi sin pensar, los chicos del sidecar, se arrojaron fuera de él y se tiraron al suelo parapetándose igualmente tras el vehículo y respondiendo con sus armas.

Terry saco su pistola, quitó el seguro, y con verdadera agonía hizo fuego en dirección a donde venían los disparos. Los vio moverse, estaban vestidos con uniformes al igual que ellos, y ¡eran uniformes alemanes! ¿Serían los del grupo que acompañaba Candy? ¡Maldita sea su suerte!

Si darle tiempo a pensar en más, una granada rodó delante del sidecar, Terry gritó a los dos soldados que se retirasen, pero no les dio tiempo a intentarlo siquiera. La onda expansiva empujo a su motocicleta que servía de salvaguarda a Terry, hacia atrás, golpeándole y arrastrándole a varios metros. Perdió el casco, y su arma. Intentó rehacerse, pero en su intento de mantener los ojos abiertos, escuchó sólo los gritos de euforia de sus atacantes, y luego, solo negrura.

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Geüser desesperaba al volante del viejo camión. La zona no era segura. Había dado vueltas y más vueltas a ver si tuviesen la suerte de localizar al otro grupo. Había tenido la fortuna de pasar sin problemas el último control, pero ya no creía que su buena ventura les acompañase más tiempo. En menos de treinta horas un barco llegaría hasta las costas al amparo de una noche sin luna. Y se le había acabado el tiempo.

Si el coronel y su mujer no estaban allí, poco podría hacer. Al menos esperaba que cómo ella acompañaba al grupo de Osten, pudiese cruzar junto al otro "paquete" sin problemas. Paró en el pueblo siguiente, y buscó un teléfono público. No sabía si era la mejor idea, pero necesitaba hablar a su contacto en Berlín, por si pudiera darle alguna directriz de que hacer o de como seguir.

En la estafeta de correos, encontró uno. Mientras Klaus compraba algo para comer, entró en el pequeño cubículo y marcó el teléfono de Meré.

Una vez que le dieron línea, suspiró. Tendría que tener cuidado con lo que decía. El mismo empleado que manejaba las clavijas, podría pegar la oreja y escuchar todo lo que hablasen. Sabía que Meré era más que hábil escondiendo su natural acento, pero aun así.

—¿Meré? Soy tu primo Gerb.

—Hola, no esperaba tu llamada. ¿Sigues de viaje? ¿Y el paquete?

—Mi hermano se ha hecho cargo de él, además del suyo.

—Oh, Gerb! ¿Cómo?

—Se adelantó en el punto de recogida.

—Entonces, ¿el otro encargo que te hice?

—Ya di el recado, pero no se decide si va a viajar aún o no.

—Pero lo estarán esperando.

—Por eso te llamo. Ya no puedo hacer nada más, he intentado localizar a mi hermano, pero me habrá tomado la delantera y no le he alcanzado.

—Vuelve a casa, entonces.

—Volveré a "mi" casa, sí, mi hijo me espera.

—Entonces, —Meré calló, unos instantes. —si primo, es lo mejor, vuelve a casa con tu hijo. —la voz de la francesa sonó dulce y comprensiva

—Adiós Meré.

—Adiós.

Escuchó el clic del teléfono, durante unos segundos oyó el zumbido de la línea.

Luego salió, y pagó la conferencia. Verdaderamente, ya no podía hacer nada más.

Klaus esperaba al lado de la puerta de la estafeta sonriente. Tenía en sus manos un paquete con pan fresco de centeno, jamón cocinado, queso fresco, y una pequeña botella de vino de la región.

Otra de las pequeñas locuras de Klaus, había cambiado alguna de las cajas de verduras por aquel banquete.

—¿Qué hacemos ahora Geüser?

Geüser, le echó el brazo por los hombros a su amigo, caminando ambos hacia el camión.

—Amigo, ¿qué te parece un trabajo en el campo, cultivando hortalizas y haciendo estos negocios que tanto parecen gustarte?

Klaus se paró casi en seco.

—¿Te retiras?

—Mi familia me necesita, mi hijo está creciendo sin su padre.

Klaus palmeó la espalda de su amigo, y luego se montaron en el camión.

—Te llevo a casa Geüser.

—Joshep, soy Joshep. A partir de ahora, sólo Joshep.

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Cuando Terry volvió a la realidad, se encontró sentado en el suelo de losas de piedra, dentro del ruinoso molino, sus manos unidas, y atadas con una cuerda húmeda a una argolla de la pared.

Su guerrera estaba tirada un par de metros más allá. Lo peor fue ver a Cromwell mirarla con atención, mientras la empujaba con la punta de su fusil. Debió de darse cuenta de que había despertado porque desvió hacia él sus ojos oscuros.

—Bonita colección de medallas, quizás las arranque y me las lleve de trofeo, junto a tus brillantes galones. ¡Hola Terry! Al fin despiertas.

Terry sacudió la cabeza para despejarse, tironeó inútilmente de las ataduras.

—Creo que sí, Cromwell. —Hacía muchísimo tiempo que no usaba el inglés, sin embargo le salió natural.

—Me he quedado aquí contigo, para cerciorarme que no puedes escapar. Por mi parte hubiera preferido rematarte de un tiro en la nuca. Los chicos necesitan saber si hay más patrullas como la tuya dando vueltas por la zona, y se han dispersado, nos han dejado un ratito a solas. Además uno de tus soldaditos me ha rozado con un disparo. —Dejó la guerrera de Terry olvidada y paseó con gesto cansino hasta donde estaba atado.

—Muy amable, Neal, pero no tendrías que haberte tomado tanta molestia.

Neal rió con sorna.

—Muy gracioso Terry. Ellos no saben quién eres, pero yo te conocí de inmediato. —Elevó su fusil hacia él y lo clavó dolorosamente bajo su mandíbula para que elevase más la cara hacía él. —Nos seguíais, ¿verdad?

—Ha sido casualidad James. Seguíamos las pistas de un camión de suministros perdidos. ¿Sabes algo de ello Neal?

Cromwell dio la vuelta a su fusil con rapidez y golpeó rápido y duro en la mejilla izquierda de Terry.

— ¡Aquí hago yo las preguntas! Además, ¿no deberías estar en el frente? ¿Qué haces haciendo patrullas de poca monta? ¿Has perdido tu valor para combatir?

—Suéltame y te muestro todo mi valor.

Cromwell elevó de nuevo el fusil e impactó con fuerza con la culata entre las costillas de Terry.

—Contesta Terry, ¿Qué órdenes seguís?

Terry calló y miró hacia otro lado, hacia la puerta desvencijada del molino. Se ganó otro golpe semejante justo en el mismo sitio.

—Bien, Terry, ¿no me contestas? Puedo seguir golpeándote hasta matarte, nadie me lo impedirá.

Terry no iba a abrir la boca. Para qué, francamente estaba en desventaja. Y no iba a permitirle a Cromwell las más mínima victoria sobre él. Lo único que esperaba es que el resto del grupo volviese pronto y se largasen de allí. Y si con ellos estaba su mujer, que consiguieran sacarla de la zona antes que desde el cuartel, enviasen patrullas a buscarle porque no regresaban a su hora.

Un tercer golpe, en el bajo vientre hizo que Terry se encogiese de dolor.

—Mátame, o déjame, pero no te voy a decir nada. —siseó.

—Muy valiente coronel, eres un maldito traidor a Inglaterra, pero guardas muy bien los secretos de tu querida Alemania. Matarte, sí, pero me gustaría que sufrieses un poco más antes.

Elevó de nuevo la culata del fusil, pero una sombra en la puerta del molino llamó su atención antes de soltar el golpe.

—¡Cromwell! Déjalo ya, tenemos que marcharnos.

Cromwell dio de nuevo la vuelta a su fusil, quitó lentamente el seguro, apuntando a escasos centímetros entre los ojos de Terry.

—Adiós Coronel.

Vio el movimiento de Cromwell, había notado los ojos de odio del inglés, desde que fueron a comprobar que el pequeño grupo de soldados alemanes estaba muerto. Cuando reconoció al coronel alemán, murmuró algo en su idioma. Al parecer le conocía. Era el traidor, del que había hablado noches antes delante de la fogata. Osten notó al inglés quitar el seguro, se dio cuenta que quería acabar con el hombre atado. Instintivamente había dado tres pasos hacia ellos.

El sonido del disparo reverberó por todo el viejo edificio haciendo eco en sus rotas paredes. Una bandada de pájaros asustados emprendió el vuelo, lluvia de polvo y restos de material y pintura seca del techo, calló sobre los tres hombres.

Osten sujetaba el cañón del fusil señalando hacia arriba.

Cromwell lo miraba entre confuso y enfadado. El coronel había cerrado los ojos ante la caída de la suciedad del techo.

—No matamos a hombres indefensos, Cromwell. Sal de aquí. —Le arrebató el arma. Cromwell resopló, miró primero a Osten y luego a Terry. Se agachó un poco y tiró de la barbilla de Terry hacia arriba.

—Tienes suerte, Terry, siempre la tuviste. —Algo que brillaba en el cuello bajo la camisa de Terry llamó la atención de Cromwell. Una finísima cadena de oro, tiró de ella y se la sacó junto a la pequeña cruz. —Vaya, esto sí que es bonito, me lo llevaré como trofeo.

Osten estaba ya en la puerta, casi exasperado.

—¡Vamos Cromwell, tenemos que regresar al campamento y hacer otra ronda!

Cromwell asintió mientras comprobaba si su propio hombro sangraba más o menos. Aún así cerró su puño y lo estrelló contra la mandíbula de Terry. Su cabeza golpeó contra el muro.

—¡Cromwell! Maldita sea.

Cromwell siseó muy bajo sólo para el oído de Terry.

—Si te queda algo de consciencia Terry, quiero que sufras. Con nosotros viaja una tal señorita White, y he atado cabos. A veces a los chicos se les escapa que aunque no hablo alemán, entiendo muchas cosas. Esta cruz que te he quitado seguro que le encantará a la zorrita. Quizás se la dé, a cambio de sus favores. Porque si ha sido la puta de un traidor. No va a hacerle ascos a un compatriota. Seguro que es muy cariñosa conmigo una vez que vea el presente que le llevo. Y si no, yo sabré domarla. Tengo buenos puños.

Terry intentó otra vez abrir los ojos, gritar, tironear de sus ataduras, Candy estaba con ese grupo, y a merced de ese maldito y vengativo hombre. Pero la oscuridad fue compasiva y le hizo deslizarse de nuevo en la inconsciencia.

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Llevaba ya bastantes horas oculto en la vieja cabaña de pescadores de la pequeña cala. Desde que desembarcó de madrugada, apenas había descansado. Sus dos compañeros tampoco. Aquello era húmedo y estrecho y debían de permanecer alertas por si alguna patrulla decidía bajar a la cala para echar un vistazo.

El viejo pescador que vivía allí les había garantizado que aquello era casi improbable. Rara vez se habían molestado los soldados alemanes que patrullaban la costa de bajar hasta allí. Para todo el mundo aquello estaba habitado por tres viejos medio locos, que pescaban frente a las isletas que salpicaban aquella zona de la costa, y vendían sus productos para sobrevivir más mal que bien.

Lo que nadie sabía es que bajo esa cabaña ruinosa, se hallaba un sótano cavado en sólida roca basáltica, y que no sólo se dedicaban a la "pesca", si no al transporte de todo tipo de mercancía de contrabando.

Ni siquiera eran tan viejos, bueno, uno si, el verdadero dueño del lugar, los otros dos compañeros, rotaban a menudo, y usaban pelucas canosas bajo los gorros de pescador y las ropas harapientas.

La trampilla del sótano se hallaba abierta, por si ocurría algún problema, poder escabullirse en ella y cerrarla, de tal manera, que pareciese sólo el suelo de madera hecho de retazos de viejos barcos, sucio y polvoriento.

—Nos hemos adelantado demasiado Grandchester. —Podíamos haber llegado esta misma noche y todavía nos sobraban veinticuatro horas.

Richard echó su gorra hacia atrás, sacándosela de la cabeza, peinó sus rizos rubios con los dedos para domarlos un poco.

—Chicos, os dije que mi contacto traería aquí a la chica, pero igual podría adelantarse. No quería que ella se encontrase perdida entre desconocidos.

El que había hablado, un tipo alto y desgarbado, que fumaba en pipa y llevaba la peluca canosa mal puesta, sonrió.

—Vamos, Richard, aquí somos todos de confianza. ¿Qué te traes con la chica? ¿Es guapa?

Richard hizo un gesto con la mano para que se olvidaran del asunto.

Pero los otros volvieron a la carga, él que se encontraba repantigado sobre un banco tallando una figurita de madera con una navaja intervino.

—Tiene que serlo, nunca he visto a nadie tan nervioso por una entrega de "paquete".

Richard negó con la cabeza.

—Chicos, no es solo la chica, la conozco sí, es una mujer guapa, y valiente—señaló a ambos con el dedo— ¡No quiero que la molestéis cuando esté con nosotros con vuestros galanteos!, habrá pasado lo suyo para llegar hasta aquí, y no os consentiré que la importunéis.

Los otros dos rieron y alzaron sus manos en señal de derrota.

—Eh, —proclamó Davis, alzando su navaja en una mano y el caballito que estaba tallando en la otra— ¡los dos que estamos aquí estamos casados! felizmente, por mi parte y ¡esperando a mi segundo hijo!

Richard negó con la cabeza.

—Ya lo sé muchachos, lo que verdaderamente me preocupa es si mi hermano conseguirá llegar aquí a tiempo.

—Si le hiciste llegar el mensaje... —Convino Jones, intentando recomponer su torcida peluca gris.

—Mi amigo G, se encargaba de ello. Espero sinceramente que consiguiese hacérselo llegar. Quiero llevármelo conmigo hasta Inglaterra.

—¿Estás seguro? Por lo que nos has contado, la tiene cruda.

—Tengo potenciales testigos, ya localizados, sólo espero que el abogado con el que he estado hablando, haya podido encontrar más pruebas.

—Si regresa contigo, ¿él sabe lo que le espera?

—Si, que tendrá que defenderse ante un consejo de guerra. Y también es mejor que se entregue voluntario a que lo capturen. Ballister me lo ha advertido ya. Tengo que convencerlo.

—Convencerlo para que se arroje a los lobos. —El de la peluca canosa meneó la cabeza. —Eso es duro, amigo. Sobre todo sin tener todas las pruebas a favor.

—Tengo fe, mantengo la esperanza. Sí le dejo aquí será muchísimo peor, nunca podría regresar a Inglaterra, ni cuando acabase la guerra. No nos tenemos más que uno al otro. Cuando hace seis años le animé para que aceptase esta misión, que inconsciente fui.

—Tu no podías adivinar lo que pasaría, ni siquiera la guerra, aunque todo estaba algo revuelto. Las dimensiones que ha tomado este conflicto, eran imprevisibles. —adujo Davis.

—Mi trabajo era ese, prever acontecimientos. —suspiró, fallé en eso, fallé a mi hermano. No voy a fallar ahora.

Richard miró de nuevo por la tronera de la ventana. Se sumergió en sus pensamientos. Tenía la esperanza que Candy y su hermano llegasen a tiempo a la cala para poder embarcar los tres juntos de vuelta. Tenía una pequeña punzada nerviosa en el estómago por ver de nuevo a su institutriz. Iba a volver a verla incluso antes de lo que alguna vez hubo previsto. En principio, dos meses atrás, sólo iba a cerciorarse, y desde lejos, que llegaba sana y salva en el tren hasta Suiza. Pero el cierre de fronteras...

Lo que aún no llegaba a comprender, como había acabado bajo la protección de su hermano en Berlín.

CONTINUARA