IN FRAGANTI
Por: Tita Calderón
CAPITULO XXXV
"Vamos a ser Papás"
Esta frase barrió con todos sus pensamientos en un segundo.
-¡Oh, Dios! – Albert balbuceó por primera vez en su vida.
Definitivamente Candy sabía cómo dejarlo sin palabras, ni pensamientos.
-¿Papás? – preguntó luego de interminables segundos de silencio absoluto sin poder articular ninguna palabra más.
-Si, Papás – corroboró Candy con una amplia sonrisa.
Había imaginado todo, menos esto: un bebé de Candy y suyo.
"Nuestro" resonó desde adentro.
-¿Estás bien? – le preguntó Candy al ver que se había quedado de piedra mientras se sentaba en la cama.
Albert no respondió, se limitó hacer un asentimiento con la cabeza mientras la miraba con adoración.
Se acercó despacio, tan lento que era como si lo hiciera en cámara lenta, depositó un beso fino en la frente de Candy. Fue un roce tan suave como si besara el pétalo de una rosa. Luego, continuó depositando otro beso igual de suave en su sien y otro en cada una de sus mejillas y continuó con otro en la punta de la nariz para culminar en sus labios, iniciando en la comisura para ir lentamente y con suma delicadeza al centro de sus labios, para besarla con todo el fervor con el que su corazón latía.
Sus grandes manos tomaron el rostro de Candy con la sutileza que se toma el bien más preciado, profundizó el beso con devoción, entregándole su alma misma como tributo a la vida que crecía en su vientre y que desde este momento adoraba más que a su propia vida.
Candy deslizó sus palpitantes dedos entre los cortos cabellos de oro de él para besarlo con la febril ansia que sólo se siente por el ser amado.
-Candy, Candy, Candy… – repitió Albert entre murmullos entre sus labios – me has dado la noticia más inesperadamente extraordinaria que me podías haber dado en esta vida…- confesó colmado de amor.
-¿Estás feliz? – preguntó Candy alejándose un poco para verle a los ojos.
-Estoy más que feliz, estoy simplemente extasiado – confesó mientras la besaba nuevamente apretándola entre sus brazos.
La soltó suavemente y con sumo cuidado deslizó la mano hasta tocar su vientre plano, casi con temor.
-Aun no se me nota – dijo Candy poniendo su mano sobre la de Albert que temblaba levemente – El doctor dijo que apenas estoy de cinco semanas.
Albert la miró maravillado acariciando con suma sutileza donde crecía el fruto de su amor. ¡Oh Dios! Allí estaba su hijo.
-¿Esto era lo que me ocultabas? – le preguntó quitando la mano y entrelazando sus dedos con los de ella.
-Si – Candy sonrió – Quería sorprenderte, por eso salí a comprar estos zapatitos de bebe – le indicó los escarpines que estaban en la almohada - quería decírtelo ayer mismo, pero en la tienda no tenían en color blanco, sólo azul y rosa y yo quería blanco porque aún no sabemos que es…- confesó.
-Y yo pensando lo peor – admitió Albert poniendo los ojos en blanco pero visiblemente aliviado – pensé que estabas enferma…
-Jajajaja – Candy ahogó su risa tapándose la boca con una mano.
-No te rías, que estuve muy preocupado – le regañó tocándole la punta de la nariz.
-Lo siento, no fue mi intención preocuparte – le dio un beso en la mano – estaba preocupada porque Dalia me dijo que le preguntaste a donde fuimos y la pobre sufría pensando que nos ibas a descubrir.
Albert sonrió mientras acariciaba su mejilla.
-Sospeché que algo me ocultaban gracias a su nerviosismo – confesó Albert – Si me lo hubiera propuesto lo habría descubierto ayer mismo – le aseguró levantando una ceja.
-Jajajajajaja – rió Candy – Estoy segura de eso – aseguró Candy convencida de las habilidades investigativas de Albert.
-¿Pero de seguro ya lo sospechabas? – le preguntó Albert al recordar que ella decía que no era nada lo que tenía.
-¿Qué?
-Que tus síntomas eran por el bebé – le miró el vientre.
-No - negó con la cabeza - ¿Lo puedes creer? Toda una enfermera certificada y no tenía ni idea de que todos mis mareos y de más achaques eran porque estaba embarazada – rió incrédula por su falta de atención a los obvios síntomas. – Perdí totalmente mis cuentas – añadió con rubor en sus mejillas recordando su periodo perdido.
-Si te consuela, tampoco yo lo vi venir – admitió Albert, él era tan intuitivo pero esta vez su intuición no había funcionado para nada.
Candy sonrió.
-El doctor dijo que los mareos y los otros síntomas podrían aumentar conforme avance el primer trimestre del embarazo, así que más vale que me vaya preparando – le comentó Candy suspirando.
-Que nos vayamos preparando – le corrigió Albert con una sonrisa mientras le acariciaba el rostro.
-Tienes razón jajajaja – rió Candy feliz – Creo que tú serás uno de las más afectados – admitió Candy sacándole la lengua.
-Ó el más beneficiado – le sonrió.
-Te amo.
-Yo también te amo.
-¿Por cierto, cuándo les diremos a todos lo del bebé? – le preguntó Candy.
-Mmm – Albert lo pensó un poco – ¿Qué te parece si les decimos cuando regresemos a Chicago? – le propuso Albert…
-Genial – aceptó Candy feliz – será nuestro secreto hasta que regresemos – le encantaba compartir secretos con Albert los hacían más suyos. Y éste en especial.
La mañana llegó con nauseas matutinas a primera hora. Albert estuvo a su lado sujetándole la cabeza.
-Ya estoy bien – dijo respirando hondo – al menos ya sabemos porque son las náuseas…
Albert no dijo nada sólo la abrazó por detrás.
Antes de salir a la reunión que tenía en la mañana acarició el rostro de Candy.
-Se me cuidan - le pidió en un susurro cerca del oído antes de darle un beso en la mejilla primero y luego en los labios.
Candy simplemente flotó ante la sutil petición.
Concentrado totalmente en la construcción de la cajita de la felicidad, Stear pasó sus días ocupados y fue una especie de terapia que lo ayudó a no internarse en demasía en los traumas que traía en la mente de la guerra.
A veces solía quedarse en medio de un martilleo mientras por su mente pasaban imágenes nefastas de la crueldad que había vivido, entonces pestañeaba y volvía a la realidad y trabajaba con más ahínco en su invento.
Candy lo miraba quedarse como en pausa de vez en cuando y cerrar los ojos con fuerza mientras rogaba para sus adentros por él.
-Sigues escribiendo la misma carta desde hace días – le sorprendió Stear con su aseveración una tarde que se habían quedado solos los dos.
-Pues si – contestó Candy en medio de un suspiro levantando levemente los hombros – Es que creo que estoy un poco trabada…
-Tal vez si te das una vuelta… - le sugirió Stear con una sonrisa.
-Me he dado mil vueltas y no sé qué más escribirle para animarla en la distancia. – soltó por último Candy, total era por Stear que Patty estaba sufriendo.
-¿Animarla? ¿A quién?
Candy suspiró profundamente, dejó la pluma a un lado, se levantó, fue hacia donde estaba Stear, lo tomó del brazo y lo llevó al jardín.
-Ven Stear, caminemos un poco…
Caminaron lentamente mientras un viento suave les movía los cabellos.
-Lo que te voy a contar… – empezó diciendo Candy luego de mirar al cielo –…es algo que pasó hace tiempo – tomó una bocanada de aire – Y te daré una patada al puro estilo vaquero si abres la boca al respecto.
Stear sonrió.
-No diré nada, seré una tumba – le prometió con una sonrisa.
-Mejor dicho, yo te mandaré a la tumba si se te sale por casualidad – le advirtió Candy.
Stear sonrió más ampliamente.
-Patty te ama, Stear, no lo dudes – le dijo Candy con firmeza – Te ama tanto que cuando nos dijeron que habías muerto, ella…- guardó silencio un momento –…ella intentó quitarse la vida – le confesó con una gran exhalación.
Stear se detuvo y sus ojos se abrieron como platos.
-¿Por qué? – preguntó luego de un momento, totalmente serio.
-Porque no quería vivir una vida en la que tú no estuvieras…
-Es algo tan tonto – murmuró enojado alejándose unos cuantos pasos.
-Fue muy duro para todos creerte muerto, pero en especial lo fue para ella…
-Pero eso no justifica una decisión tan…tan absurda… - movió la cabeza.
-Lo sé…pero te imaginas cuán grande es su amor por ti…que no quería vivir una vida en la que tú no estuvieras…- Candy lo dejó correr…
-O lo fue… - dijo Stear refiriéndose al amor que Patty sentía o sintió por él.
-Lo es, Stear, no lo dudes…
Ambos guardaron silencio mientras un viento fuerte agitaba las ramas de los árboles.
Archie regresaba al siguiente día a América, mientras Stear viajaría junto con Candy y Albert luego de una semana y media. Pero a última hora de la tarde, Stear decidió regresar con su hermano. La charla mantenida con Candy le quemaba el alma.
Albert sólo levantó una ceja y miró a Candy con profundidad sabiendo que ella tenía mucho que ver en la repentina partida de Stear.
-Creo que Stear no quiere separarse de Archie – dijo Candy mientras los despedían la siguiente mañana en el puerto.
-Por qué tengo la ligera impresión que tu estas ligeramente implicada en su partida… - dijo Albert suspicaz.
-¿Yo? ¿Cómo? Si quería que se quedara hasta que terminara mi cajita de la felicidad. – desvió la mirada. – Albert creo que se me acaba de antojar un helado – añadió cambiando de conversación, tratando de distraerlo – o mejor una fruta – lo pensó un poco sabiendo que tenía toda la atención de Abert – mmm creo que mejor algo de sal…
Lo consiguió, si alguien sabía cómo distraer a Albert era definitivamente Candy…
Stear miró al horizonte azul mientras viajaban de regreso a su hogar, tal vez no visitaría a Patty en Florida, pero al menos estaría en el mismo continente.
Pero cuando desembarcó en Nueva York su decisión flaqueó.
-Archie, creo que…- guardó silencio unos instantes -…que vas a tener que regresar solo a casa…- dijo rascándose la cabeza con incomodidad.
-¿Por qué?
-Creo que…es decir…- bajó la mirada - quiero ir a Florida – admitió al final.
-¿Quieres ir a ver a Patty? – preguntó Archie levantando una ceja.
-No exactamente a verla – le aclaró – más bien quiero…asegurarme que esté bien…- la palabra suicidio campaneaba en su mente…
-¿Y por qué no va a estar bien? – preguntó Archie, refiriéndose a Patty.
-Quiero verla de lejos…nada más. – dijo cumpliendo la palabra que le había dado a Candy de no decir a nadie sobre el intento de suicidio de Patty.
Archie lo miró un momento.
-¿Y cómo la vas a encontrar? – le preguntó Archie.
-Candy me pidió que pusiera esta carta en el buzón cuando llegara aquí – le mostró el sobre dirigido a Patty.
-Bien…- Archie sonrió – Te acompañaré…- afirmó.
-No es necesario…no quiero retrasarte.
-Stear…eres mi único hermano – le aseguró. – Te creí muerto por demasiado tiempo como para ahora querer estar pegado a ti como si fueras mi siamés – admitió esquivando la mirada que ahora estaba nublada – te prometo que no estorbaré si decides hablar con Patty, pero también puedo prestarte mi hombro para que llores si ella ya te ha reemplazado – esto último lo dijo para aguijonearlo.
Stear abrió los ojos, pensar que Patty lo olvidaría fue peor que caer del avión.
-¿Reemplazarme? – murmuró como para sí mismo.
-Ya sabes cómo son las mujeres…un día te quieren y al siguiente te tratan como un paria – comentó Archie como si hablara del tiempo.
-Si me retrasas Archie, te juro que no haré ninguna caja de la felicidad para Annie – lo amenazó.
-Trato hecho – Archie sonrió aliviado.
Stear no le dio tiempo a Archie ni de mirar el paisaje de Nueva York, le encaminó a paso ligero a la estación de tren para comprar los pasajes a Florida.
Cuando Stear vislumbró la casa de Patty en la distancia se detuvo, el valor se le había ido.
-No me digas que te estas arrepintiendo – le molestó Archie.
-Recuerda que no vine a visitarla, sólo quiero asegurarme que esté bien. – le recordó Stear.
-Pues entonces ve y pregunta si está bien. – le propuso Archie.
-No seas idiota – le retó Stear – no quiero que sepa que vine.
-¿Quieres que yo pregunte? – se ofreció Archie levantando los hombros.
-Lo que me estoy preguntando – dijo Stear mirándolo fijamente - ¿Es por qué dejé que me acompañaras?
-Porque soy tu hermano favorito y no puedes vivir sin mí.
-Eres mi único hermano Archie – le recordó Stear.
-Lo sé…soy único – Archie sonrió de oreja a oreja mientras Stear ponía los ojos en blanco – Sabes que…mientras te decides voy por un refresco al lobby del hotel – era mejor dejarlo batallar solo con sus demonios románticos.
Archie caminó por donde habían venido mirando el paisaje y fue ahí que descubrió en la lejanía una figura muy particular que miraba al mar…
-Stear…- lo llamó regresando sobre sus pasos.
-¿No te ibas al hotel? – le preguntó Stear molesto.
-Eso estaba haciendo…pero mira quien creo que está por allá – le indicó hacia la playa una figura solitaria sentada mirando al infinito.
-¿Patty? – no veía tan bien como Archie y por eso dudó.
-Se parece bastante – Archie se pasó una mano por la barbilla – bueno ya la viste, parece que está bien, ahora vámonos.
-¿Estás apurado? – le preguntó molesto Stear dando un par de pasos hacia la lejana silueta.
-Acalorado, para ser exactos. – le confesó Archie.
-Pues vete…
-Mira Stear, deja de ser un imbécil, no se te da para nada lo de mártir.
-¿Qué?
-Que vayas a hablar de una vez con ella.
-¿Y qué le voy a decir?
-Podrías empezar diciéndole que la recuerdas – le propuso.
-No…- declaró Stear con firmeza
-Entonces dile que viniste a dejarle la carta de Candy – le sugirió poniendo los ojos en blanco – pero yo en tu lugar mejor no le daría esa carta…- miró hacia el bolsillo donde Stear guardaba la carta -Conociendo a Candy es capaz de haberle sugerido que comience una nueva vida sin ti – le aguijoneó sabiendo que Candy jamás haría eso, su propósito era que Stear se animara a hablar con Patty, sus ojos estaban entristecidos y anhelantes mirándola en la distancia.
-¿Tú crees? – preguntó Stear preocupado.
-No, no lo creo – dijo Archie negando con la cabeza – lo que creo es que si no das el primer paso y vences tus miedos, ella encontrará algún día, alguien que no tenga miedo de amarla… - sentenció firmemente.
Stear lo miró apesadumbrado.
-Ve Stear, lucha por tu amor y si te rechaza estaré en el lobby dispuesto a prestarte mi hombro y decirte que al menos lo intentaste.
Archie empezó a caminar sin regresar a ver y rogó para sus adentros que Stear se animara a buscar a la chica que amaba.
Stear se quedó mirando a la silueta borrosa en la lejanía…
¿Qué tal si era la abuela Martha?
Despegó la mirada de esa figura que lo atraía como un imán y buscó a Archie pero él casi desaparecía por el camino.
Dio un respiro y caminó por la arena con algo de dificultad, cuando estuvo lo suficientemente cerca de la silueta se detuvo unos instantes sopesando la idea de regresar, entonces miró que junto a Patty estaban las marionetas que él le había hecho, hace ya mucho tiempo.
Se sentó tras ella a un par de metros de distancia, Patty estaba sumida en sus pensamientos mirando al horizonte sin percatarse de nada.
-Creo que de todos mis inventos, esas marionetas son las únicas que aún siguen funcionando – dijo Stear luego de tomar aire varias veces y de darse de cachetadas imaginariamente para armarse de valor.
Patty totalmente asustada regresó a ver con los ojos desorbitados.
-Stear… - balbuceó limpiándose las lágrimas. Siempre que iba allí lloraba.
Stear había optado por acoger la segunda sugerencia de Archie, entregarle la carta de Candy, asegurarse que estuviera bien y marcharse como si aún no la recordara, pero cuando vio los ojos marrones llenos de lágrimas su férrea voluntad se quebró.
Decidió en un segundo que haría caso a la sugerencia de Albert, de Candy y de Archie…le daría una oportunidad a este tonto amor que en lugar de debilitarse con el tiempo se había fortalecido con la distancia.
-Yo…acabo de regresar de Londres…- confesó Stear mientras la brisa marina movía sus largos cabellos largos despejando la cicatriz en su mejilla.
Patty no dijo nada, sólo se arrodilló en la arena para mirarlo en la distancia con los ojos nublados de amor, de tristeza y de alegría. Era tan guapo, incluso con esa cicatriz, le parecía más apuesto que antes.
-Vine…vine porque quería decirte…que…- la garganta se le cerró, no sabía cómo decirle que la recordaba. Una brisa marina movió con fuerza sus largos cabellos negros callando sus razones y haciendo que hablara su corazón - …que te amo…- le soltó de golpe - que nunca he dejado de amarte…que te recordé la tarde antes de mi partida y no te dije nada porque tuve miedo que al ver las heridas que ahora llenan todo mi cuerpo y mi mente te alejaras…- bajó la mirada avergonzado.
-Stear…- dijo Patty tocándose las mejillas mientras gruesas lágrimas de incredulidad nublaban sus ojos. Stear la amaba…
-No quiero que me digas nada antes de que veas lo que la guerra hizo conmigo…- la miró un segundo y luego miró al horizonte – tengo traumas que no creo superar nunca, a veces siento que aún estoy en el frente de batalla y otros no se ni dónde estoy, tomo medicación para aplacar mis miedos y para dormir en las noches…pero creo que todo eso no es nada comparado con…con esto…
Stear tragó con fuerza y luego de una honda respiración se levantó la camisa que ocultaba sus heridas de un tirón.
A Patty se le subieron los colores al rostro, jamás había visto el cuerpo de nadie, quería morirse de vergüenza y quiso decirle que no era necesario…pero fue la furia de Stear al levantarse la camisa lo que calló sus palabras…
Sus heridas, eran heridas y por ilógico que fuera a ella esto le produjo calor en sus entrañas. Amaba cada herida que cruzaba su piel…lo amaba a él.
Stear se bajó la camisa con violencia.
-No soy el que fui y tal vez nunca lo sea – dijo Stear mirando al horizonte – tengo traumas que jamás olvidaré pero mi amor sigue intacto – dicho esto se levantó y empezó a caminar por donde había venido. No le pediría nada.
Patty lo alcanzó luego de un par de segundos de reaccionar a sus palabras.
-¡Espera! – le pidió casi gritando - Mi amor no sigue intacto… – admitió Patty.
Stear bajó la mirada y se detuvo un instante, no sabía porque le dolía tanto escuchar aquello, si se lo había esperado.
-Mi amor ha crecido cada minuto y hoy…yo…yo…te amo más que antes – admitió con todos los colores al rostro.
Stear levantó los ojos totalmente asombrado y se giró despacio.
-¿Aún me amas? – le preguntó incrédulo.
-Más que ayer – dijo Patty mirando a sus pies.
-¿Incluso con estas heridas?
-Te amo más, por esas heridas – dijo Patty – tal vez no pueda desaparecerlas, ni curarlas, pero puedo amarlas porque ellas te trajeron de vuelta a mí…
Stear acortó la distancia sin decir una palabra y simplemente la abrazó.
.
-¿Crees que Stear se anime a ver a Patty? – le preguntó Candy a Albert mientras paseaban tomados del brazo por los jardines de la casa en Londres.
-Espero que si – le dijo Albert tocando su mano que posaba sobre su brazo.
-Estoy preocupada porque le dije del intento de suicidio de Patty – confesó Candy sin poder más con su conciencia - no debí abrir mi bocota – admitió Candy apenada.
Albert la miró sin ningún reproche.
-Tal vez eso fue lo que le motivó a viajar con Archie en lugar de esperar a viajar con nosotros – la tranquilizó.
-Eso espero…- dijo en un suspiro - ¿hice mal verdad?
-No amor, tarde o temprano Stear debía saberlo – sonrió levemente mientras la miraba.
-Pero justamente tuve que ser yo la que tuve que decírselo – dijo con culpa – lo que me consuela es que le hice jurar a Stear que no diría que yo se lo dije
-Jajaja, puede decir que fue Archie…
-Si…jajajajaja - Candy rió algo aliviada.
Caminaron otro poco.
-¿Estás segura que quieres ir a Escocia? – le preguntó Albert luego de un momento.
-Si – dijo Candy con una enorme sonrisa.
Viajar a Escocia era algo que tenían planeado hacer desde que salieron de Chicago.
-De todas maneras es un viaje largo. – meditó Albert mirándola.
-Pero podemos hacer varias paradas – sugirió Candy.
-Mañana saldremos a Escocia entonces – sentenció Albert - pero nos hospedaremos en uno o dos lugares antes de llegar. – dijo Albert luego de un momento.
-La primera vez que viajé, apenas descansamos una vez y solo fue para estirar las piernas – le comentó Candy.
-Pero ahí no estabas embarazada – le aclaró.
-Tienes razón, descasaremos donde tú quieras, entonces. – estaba tan feliz de ir a Escocia que casi dio saltitos.
Cuando llegaron a Escocia todos los recuerdos de Candy de aquel verano la envolvieron con una nostalgia diferente. Suspiró mirando el firmamento irregular de montañas que los rodeaban y apretando la mano de Albert con emoción.
Los empleados que habían viajado con ellos desde Londres se encargaron de abrir las puertas y ventanas de par en par mientras Candy miraba maravillada la casa veraniega de la cual ahora era la dueña y señora.
Sonrió pagada de sí misma al caer en cuenta que Elisa nunca más podría hacer una fiesta aquí. De ahora en adelante ella sería la encargada de hacer y deshacer fiestas y reuniones. Si alguien se lo hubiera dicho, hubiera pensado que estaba loco.
Giró el rostro y se encontró a Albert mirando con nostalgia la casa de su niñez.
-¿Todo bien? – le preguntó al verlo sumido en sus pensamientos.
-Hace tanto tiempo que no venía a esta casa…desde que papá murió…
Albert giró un poco y miró todo a su alrededor, casi todo permanecía tal como lo recordaba.
-Esta casa tienes tantos recuerdos felices que me siento un poco abrumado – admitió con una sonrisa, dirigiéndose a la repisa encima de la chimenea en la sala principal.
Allí había un rifle colgado.
-A papá le gustaba disparar blancos fijos, pero jamás disparaba a los animales…a no ser que fuera en defensa propia – acarició con suavidad el antiguo rifle recordando a su padre.
Candy lo miró mientras se daba cuenta que sus recuerdos de aquel verano eran ínfimos comparados con los recuerdos que Albert tenía de este lugar, suspiró feliz de que él los compartiera con ella.
-¿Y tienes recuerdos de tu mamá?
-Los recuerdos que tengo de ella son aún más borrosos, apenas recuerdo su sonrisa, no sé si es un recuerdo mío o de alguna de las fotografías – señaló la enorme pintura donde una hermosa mujer rubia con hermosos ojos azules como los de Albert sonreía enamorada.
-Tu mamá era hermosa – aseguró Candy sin dejar de mirarla, encontrando en ella varios rasgos de Albert como la nariz y las cejas.
-Si, realmente era muy hermosa – corroboró Albert sumergido en las añoradas facciones de su madre – será mejor que te sientes – le sugirió al verla de pie mirando la imagen.
-Estoy cansada de estar sentada – le aclaró Candy – mejor conozcamos toda la casa.
Albert guió a Candy en un recorrido por la casa, contándole un poco sobre sus vivencias en cada rincón.
-Me gustaría dar una vuelta por los alrededores – le pidió mientras miraban desde el balcón de la alcoba principal el impresionante paisaje que los rodeaba.
-Eso lo haremos mañana, no quiero que te esfuerces sin motivo.
-Pero estoy bien – refunfuñó Candy.
-Y quiero que sigas estando bien, recuerda que hay una personita aquí dentro – le tocó el vientre con infinita ternura – que requiere de toda precaución.
-Lo sé – sonrió Candy – Creo que me voy a recostar un ratito, ¿te parece?
-Buena idea.
Candy apenas pudo descansar, porque en cuanto se enteraron que el mismísimo heredero del clan Andrew estaba allí, todos los amigos y familiares de la familia Andrew los visitaron a distintas horas.
Candy tuvo que organizar una cena para agradecer a todos por sus atenciones en los días posteriores y pese a su poca experiencia organizando cenas, todo le quedó perfecto.
Los parientes escoceses de Albert resultaron ser unas personas con un gran sentido del humor y mientras contaban sus divertidas anécdotas con el Kilt y el viento, Candy se preguntó porque la tía Elroy no heredaría este sentido del humor. A lo mejor era adoptada, pensó para sus adentros tratando de entenderla.
Los días en Escocia transcurrieron cálidos entre cortos paseos e invitaciones a almorzar y cenar por todas partes.
Albert solía salir muy temprano en la mañana a cabalgar por los alrededores junto con el administrador de sus tierras tratando de ponerse al día en cuanto a los animales y sembríos que allí tenían.
Esa mañana se demoró un poco más en regresar porque fueron hasta las tierras en la colina donde pastaban las más de doscientas ovejas, repartidas en rebaños de su propiedad.
En cuanto llegó, Ben, el mayordomo que había venido desde Londres lo estaba esperando en el patio de las caballerizas.
-Señor estaba por ir a buscarlo, dice Dalia que la señora no se siente bien.
-¿Candy? – su rostro se transformó en un segundo.
Albert dejó las riendas en las manos del ayudante de cuadra
-¿Qué le pasa? – preguntó mientras se encaminaba a grandes pasos a la casa.
Albert ni siquiera escuchó la respuesta de Ben, porque su corazón empezó a tronar en sus oídos.
-¿Dónde está mi esposa? – le preguntó a Dalia que en ese momento acababa de bajar las gradas para decirle a Ben que fuera por el doctor.
-Arriba señor, en la habitación.
Albert subió las gradas de cuatro en cuatro y entró a la habitación como un huracán.
-¿Candy? – la llamó al ver que ella no estaba en la cama como esperaba.
Candy salió del baño con el rostro bañado en lágrimas y descompuesto.
- Estoy sangrando – le dijo mientras se arrojaba a sus brazos a llorar…
Continuará…
Notas de la autora:
No se admiten mensajes con altos niveles de agresión a mi persona… jajajaja.
No se crean yo también estoy con el corazón en la boca.
Cualquier cosa por favor me lo dicen por medio de un review….
Gracias por leer.
Tita Calderón
