CAPÍTULO ESPECIAL

Había aprovechado que Levi, Hange, Mikasa y Eren se habían marchado a casa de los Jaeger para realizar su propia búsqueda, una completamente diferente. Había tenido que discutir con algunos compañeros, pero, finalmente, había descendido por el muro y Jean había terminado por unirse a ella, temeroso de que le pudiera suceder algo dado su mal aspecto y la herida en su brazo que no dejaba de sangrar.

Ella tenía esperanza. Había sobrevivido milagrosamente a una onda expansiva. ¿Quién podía decirle que alguien más no hubiera corrido esa suerte? Lo último que recordaba antes de perder el conocimiento era a Moblit a lo lejos. Intentó estirar su brazo hacia él, pero sus dedos solo rozaron el aire, apenas acortando la extensa distancia que los separaba.

Entró en una casa que permanecía en pie. La puerta estaba atrancada, así que propinó varias patadas hasta que logró abrirla a la fuerza. La madera, ya cuarteada, crujió con un chasquido y la puerta salió disparada hacia el interior. Un desagradable olor a humedad le golpeó la cara y tuvo que cubrirse la nariz con la mano derecha. La casa por dentro estaba repleta de polvo y un par de ratas corretearon de un lado al otro del salón al escuchar sus pasos. Estar en casa de alguien que no conocía le ponía la piel de gallina, pero no por haber entrado sin permiso, sino porque todo estaba tal y cómo las personas que habían vivido allí lo habían dejado entonces. Sobre la mesa había unos vasos con bebida que parecía haberse evaporado y trozos de pan duro mohoso. En una de las habitaciones, además, había unos zapatos de mujer tirados en el suelo. Imaginó a una madre cogiendo a sus hijos pequeños y salir descalza a la calle, huyendo lo antes posible del destino que los aguardaba.

De repente, se quedó parada en el pasillo. Por unos momentos, era incapaz de pensar en nada, su mente se había quedado en blanco. Tuvo la sensación de que las paredes se estrechaban y de que su visión empeoraba. Se tambaleó, preguntándose qué estaba haciendo en aquel lugar. Se sentía confundida. Estaba mareada y quería salir de allí, pero sus piernas no respondían. Su cuerpo se estremeció y tosió con tanta violencia que los pinchazos de dolor que sintió en los costados le dejaron prácticamente doblada en el suelo. Cayó de rodillas, se cubrió la boca con ambas manos. Cuando la tos se detuvo, comprobó que la palma de su mano estaba manchada de sangre y comenzó a temblar, aterrorizada por lo que pudiera estarle pasando.

Se puso en pie y salió de la casa arrastrando los pies. A los lados de la calle había escombros y se apoyó en una pila de piedras y trozos de madera. Jean pronto apareció a su lado, instándola a volver. Ella estaba de acuerdo, pero, tan pronto como pronunció aquellas palabras, vio unos pies asomando entre una pila de objetos.

Todos los dolores que sentía desaparecieron. Se precipitó hacia aquel montón de escombros y comenzó a apartarlos. Jean rápidamente se unió a ella para ayudarla y, bajo aquella pila, había un cuerpo cubierto de blanco por la cal de los edificios. Tuvo un golpe de intuición y, a pesar de no poder apreciar bien de quién se trataba, supo que en realidad era la persona que había estado buscando.

—¡Moblit! —gritó.

Se colocó de rodillas junto al cuerpo. Le limpió el polvo blanco que lo cubría y descubrió que, efectivamente, se trataba de su compañero. Las lágrimas inundaron sus ojos mientras escuchaba a Jean murmurar que aquello no podía ser cierto, que era imposible que hubieran encontrado el cuerpo. Ella apoyó su frente contra la de él y, al hacerlo, escuchó una especie de silbido.

—¡Está vivo!

—¿Qué?

—¡Está vivo, Jean! —la chica le tomó el rostro de su compañero con ambas manos— ¡Moblit! ¡Moblit, soy yo! ¡Soy _ _ _ _!

—Estará inconsciente —Jean se agachó junto a ella, no dando crédito a lo que sucedía.

Se giró para echar un vistazo. Parte del uniforme se había desintegrado y la piel que había quedado expuesta lucía unas feas quemaduras. Éstas ocupaban prácticamente todo su torso y ascendían por el cuello hasta su mejilla derecha. Un hilo de sangre caía por la comisura de sus labios y, a simple vista, tenía también varios huesos rotos. Jean tragó saliva, a sabiendas de que Moblit no sobreviviría mucho más en aquellas condiciones. Por eso, la reacción de su compañera lo sorprendió.

—Voy a buscar unas sábanas —la chica se puso en pie—. Lo llevaremos con nosotros —Jean se quedó inmóvil—. ¡Rápido!

A su orden, el muchacho se puso inmediatamente en pie. Los dos entraron en las casas y cogieron varias sábanas. Ella le ató una a Jean y el chico se colocó a Moblit a la espalda para poder cargarlo con mayor facilidad. Cuando regresaron al muro, Connie y Armin no daban crédito a lo que veían sus ojos. Al igual que Jean, estaban convencidos de que, por mucho que ella lo intentara, Moblit no podría ser salvado.

Ella, mientras tanto, sacudió las otras sábanas que habían cogido. Cogió las cantimploras que todavía conservaban algo de agua y la derramó por encima del cuerpo de Moblit. A continuación, y con el mayor cuidado que pudo, arrancó la ropa ya rota de su cuerpo. Rasgó como pudo las sábanas con las cuchillas ya gastadas, sacando trozos de tela que fue mojando de nuevo y poniéndolos con cuidado alrededor del cuerpo de Moblit, esperando que eso les diera más tiempo hasta que regresaran a Trost.

—Vas a ponerte bien, Moblit —la chica acarició con cuidado la mejilla de Moblit—. Te lo prometo. Así que tienes que aguantar, ¿vale?

—Tu brazo sigue sangrando mucho, _ —le dijo Armin—, pero no nos quedan vendas.

—No pasa nada —la muchacha sonrió sin mucha convicción. La herida de su brazo izquierdo no dejaba de sangrar y las vendas que Connie le había puesto hacía varios minutos ya estaban completamente teñidas de rojo, empapando también la chaqueta de su uniforme o lo que quedaba de ella.

—¿Estás segura de que estás bien? —Jean se acercó, visiblemente preocupado.

Asintió, porque tenía la impresión de que, si pronunciaba más palabras, vomitaría. Debía guardar sus energías para lo que les quedaba de viaje. El haber encontrado a Moblit, aunque fuera en esas circunstancias, le había infundado nuevas esperanzas y le había otorgado las fuerzas que necesitaba para seguir manteniéndose despierta.

Cuando Hange, Levi, Eren y Mikasa regresaron, se vieron sorprendidos por lo que encontraron y, aunque no disponían de los medios idóneos para transportarlo, ninguno tuvo el valor suficiente para decirle que Moblit, por mucho que todavía respirara, era una causa perdida. Jean se ofreció a cargar al chico a su espalda en el regreso a Trost. La muchacha no se separó de él, vigilando en todo momento que Moblit pudiera ir lo más cómodo posible y que sus quemaduras no se vieran más afectadas de lo que ya estaban.

Cuando los soldados que había en lo alto de la muralla los vieron llegar a lo lejos, prepararon los ascensores que pudieran transportarlos a lo alto con comodidad. Los saludaron efusivamente, pero ninguno de ellos se sentía con ánimos para responder de la misma forma. Ni siquiera se sintieron mejor cuando la población los esperaba al otro lado con vítores, como si fueran héroes. Caminaron por las calles de Trost siendo escoltados, con la mirada perdida, pero eso no parecía importar a nadie. La misión había sido un éxito, se había recuperado la Muralla María y el hecho de que solo regresaran diez personas tampoco era relevante.

En el cuartel los esperaban miembros de las Tropas Estacionarias y la Policía Militar. Las primeras instrucciones que dieron fueron que les atendieran médicos.

—¿Qué ha pasado? —preguntó uno de los doctores mientras examinaba a Sasha y ordenaba que trajeran una camilla para moverla.

—Hubo una explosión —le explicó la chica—. Parece que tiene alguna costilla rota, pero el golpe de la cabeza es lo que más me preocupa. No disponía en Shiganshina de los materiales necesarios para tratarla —señaló a Moblit a continuación—. Él es el que más me preocupa . Está muy grave—dos médicos se acercaron hasta él y sus rostros se desencajaron al verlo—. Tiene quemaduras muy graves por todo el cuerpo y varios huesos rotos. Lo he desvestido para poder echar agua en su piel, pero apenas teníamos nada. Habrá que limpiar las heridas y-

—Es suficiente, soldado —pronunció uno de los médicos al ver el aspecto de la muchacha—. Debería verla uno de mis compañeros.

—Estoy bien. Tengo que ayudar a Moblit.

—Déjanoslo a nosotros.

Asintió con lentitud. De repente, al verse liberada de la carga de tener que curar a Moblit, sintió como si algo dentro de ella se desinflara. Una arcada ascendió por su garganta y sintió cómo la sangre se acumulaba en su boca.

—¡Traed otra camilla inmediatamente! —gritó una enfermera.

—Me… Me estoy… desangrando —balbuceó mientras le caía sangre por la barbilla. Sus piernas fallaron, pero Jean, que a pesar de estas junto a Sasha no le había quitado ojo de encima, saltó para poder agarrarla antes de que su cuerpo golpeara contra el suelo—. D-De lado. P-Ponme…

—¡Se va a ahogar en su propia sangre! —aquella voz ella ya había dejado de reconocerla, pues su consciencia había comenzado a perderse— ¡Capitán! —aquel gemido de súplica fue lo último que escuchó antes de sumirse en un profundo sueño.

Jean sintió que algo se movía. El chico se incorporó ligeramente en la silla, sintiendo un pinchazo en su espalda. Se había quedado dormido, apoyando su cabeza contra el colchón de la cama. Se rascó los ojos, intentando despejarse, pero lo que de verdad hizo efecto fue percatarse de que ella se había despertado. Posiblemente aturdida tras haber pasado tanto tiempo inconsciente, se agitaba en la cama. Jean se echó sobre ella y la aferró con fuerza de las muñecas para inmovilizarla y que no se abrieran sus heridas.

—¡Ayuda! —gritó.

Un médico entró corriendo en el cuarto y consiguieron volver a dormirla. Jean se dejó caer sobre el respaldo de la silla. Definitivamente, no estaba hecho para esas cosas.

Cuando la muchacha volvió a despertar, era su madre la que estaba sentada en la silla, vigilándola. Después de aquello, fue revisada por los doctores. Recibió las visitas de otros compañeros de la legión, quienes le explicaron todo lo que había ocurrido y lo que habían descubierto en el sótano. También le visitó él, Levi Ackerman, pero ella no deseaba verlo, al menos no durante los primeros días. El moreno era el que había tomado la dolorosa decisión de elegir a Armin por encima de Erwin. Pero, finalmente, la chica supo recapacitar y pidió disculpas a Levi por todo el dolor que su comportamiento y falta de empatía podían haberle causado.

Una vez pudo volver a caminar, cuando sus costillas fracturadas y su fea herida en el brazo izquierdo estuvieron mejor, visitó a su hermano, quien fallecía lentamente a causa de una enfermedad que desconocían. Y, por supuesto, también visitó a Moblit. Su compañero permanecía en la cama, la mayoría de las veces sumido en un profundo sueño producto de las fuertes medicinas que le daban. Hilda, la madre de Moblit, le explicó que era mejor que permaneciera así, pues, cada vez que despertaba, lo hacía entre alaridos debido al fuerte dolor que todavía le provocaban las quemaduras.

Todos los días, aun habiendo recibido el alta, iba a visitar a Moblit al hospital. Algunas noches incluso se quedaba haciendo guardia. Poco a poco, la situación del chico fue mejorando y, aunque lucía un aspecto muy desmejorado debido al poco alimento que había ingerido en todo aquel tiempo, los médicos eran mucho más optimista sobre su supervivencia.

—Dicen que somos un milagro.

La muchacha sonrió a su lado. La voz de Moblit sonaba ronca, posiblemente porque sus cuerdas vocales se habrían visto también afectadas por la explosión.

—Qué va. Yo no soy un milagro. El milagro eres tú.

Moblit notó su ligero cambio de expresión, apenada. Los ojos de Moblit se deslizaron hacia su cuerpo, desnudo todavía sobre aquella cama. Su brazo y pierna derechos, su torso y el cuello estaban cubiertos de vendas. Su mejilla y su oreja estaban tapadas también por apósitos. Había adelgazado muchísimo y sus músculos habían perdido la forma que en su día habían ganado por el ejercicio. Apenas podía moverse todavía, necesitaba ayuda para todo, incluso para comer. Lo cierto era que aún no comprendía por qué había logrado sobrevivir.

—Puedes irte. Ya no necesito tener a alguien vigilándome las veinticuatro horas del día.

—No me importa estar aquí.

—_ _ _ _...

—Lo digo de verdad.

—¿Has hablado con el capitán Levi? Deberíais estar juntos.

—Moblit —la chica le taladró con la mirada—, no me pienso mover de aquí. Hice una promesa y la pienso cumplir hasta mis últimas consecuencias.

—¿Una promesa? —Moblit reflexionó unos instantes y por el silencio de ella pudo adivinar de qué se trataba— ¿Eso es lo que hablaste con mi madre aquel día? _ _ _ _, no me debes nada. Soy tu amigo, pero no tienes que arriesgar tu vida por mí.

—¡Te equivocas! —se puso en pie, apretando sus puños con fuerza— Hice aquella promesa a tu madre creyendo de verdad que nunca la cumpliría. ¡Quiero vivir! Me aterroriza la muerte y, sin embargo, cuando supe que Bertholdt Hoover iba a transformarse y tú ibas a sacrificar tu vida por Hange me moví por instinto. Jamás pensé que estaría dispuesta a arriesgar mi vida por alguien —sus ojos se llenaron de lágrimas—. Me sentí miserable cuando desperté y supe que no había logrado alcanzarte, así que no pienso moverme de aquí. Vas a salir de este hospital, regresarás a casa y yo voy a estar ahí para ayudarte.

Ella se limpió discretamente una lágrima que caía por su mejilla y Moblit sonrió.

La chica sostuvo a Hilda con cuidado. Las dos, en un rincón de la habitación, observaban con detenimiento cómo los médicos retiraban finalmente las vendas de Moblit, pues sus quemaduras ya estaban completamente cicatrizadas. Sin tantas vendas, Moblit sentía que podía moverse algo mejor, pero era consciente de que necesitaría mucha rehabilitación para volver a caminar por sí solo.

Lo tumbaron sobre la cama de nuevo, ya vestido. La ropa no le molestaba, pero sentía un tacto diferente e, incluso, como le pasaba en la pierna y en el brazo, la falta de él.

—Quiero un espejo —pronunció de repente.

Su madre y la muchacha se quedaron paralizadas. Las dos parecieron dudar. Ambas sabían que tarde o temprano Moblit tendría que ver su aspecto físico, pero no estaban preparadas para su reacción. Ni siquiera sabían qué debían decirle.

—Un espejo —insistió, sus ojos fijos sobre la pared.

La chica se acercó hasta un mueble del que cogió un espejo de mano. Con lentitud, se acercó hasta la cama y se lo tendió. Con manos temblorosas, Moblit cogió el espejo, cerró los ojos, lo colocó frente a su rostro y los abrió de nuevo.

Moblit sintió que su respiración se detenía. Examinó su mejilla y parte de su cuello con quemaduras. Se marcaban sus pómulos por el peso que había perdido. Le invadió una furia desconocida y con rabia, lanzó el espejo al suelo, sobresaltando a su madre, que permanecía inmóvil en un rincón de la habitación.

—¡Moblit! —la chica se apartó, procurando no pisar ningún trozo de cristal.

—¿Un milagro? ¡Y una mierda! ¡Soy un monstruo!

—No digas eso, hijo, por favor —pronunció Hilda con voz temblorosa.

—¿Habéis visto que cara? ¡Tengo casi todo el cuerpo quemado! ¡No podré volver a andar bien! ¿¡Qué clase de vida es esta!?

Las dos mujeres estaban mudas. Durante las semanas que había permanecido plenamente consciente, Moblit parecía el de siempre. O eso era lo que ellas creían. Verse en aquel espejo le había hecho estallar, dejar de guardar para sí mismo toda la frustración que sentía.

—¿Qué utilidad voy a tener ahora? —prosiguió, clavando sus ojos sobre ella— No voy a poder volver a la legión. ¡Lo mejor es que me hubiera muerto! ¿¡Por qué pusiste tanto empeño en salvarme!? ¡Mira lo que has hecho! Necesitaré ayuda para muchas tareas cotidianas y-

—¡Cállate! —le gritó la chica— Y si necesitas ayuda, ¿qué? Yo te ayudaré. Tu madre te ayudará. ¡Estás aquí, Moblit! ¡Estás vivo! —se acercó dando dos zancadas hasta la cama—¿Crees que serás una carga para nosotras? ¿¡De qué demonios estás hablando!? ¡Nunca lo serías! ¡Jamás!

Antes de darle tiempo a replicar, Moblit sintió cómo los brazos de la muchacha se aferraban alrededor de su cuello y lo empujaban levemente contra ella. Moblit guardó la respiración, pues ella lo abrazaba con fuerza. Finalmente, Moblit sintió que su furia se desvanecía lentamente y posó sus manos sobre la espalda de ella.

Levi abrió la puerta de la habitación. La madre de Moblit se levantó inmediatamente de la silla y caminó hacia la puerta. Levi se hizo hacia un lado para que la mujer pudiera pasar. Ésta, antes de salir, le dedicó una sonrisa de disculpa y el moreno frunció ligeramente el ceño.

—¿Querías hablar conmigo? —preguntó directamente.

—Puede acercarse, capitán —Moblit sonrió.

Levi dudó unos instantes, pero, finalmente, se aproximó hacia la cama. A diferencia de la única vez que había ido a verlo al hospital, Moblit ya llevaba ropa, pero su aspecto seguía siendo deplorable. Había adelgazado mucho y las quemaduras, que ascendían por su cuello y su mejilla, así como su mano abrasada, seguían advirtiendo de lo que había bajo su vestimenta.

—¿Va todo bien? Espero que la capitán no le esté metiendo en problemas.

—Sigue siendo igual de cuatrojos que siempre.

Moblit emitió una leve risita.

—¿Está usted enamorado de _ _ _ _?

Levi se sorprendió por aquella pregunta tan directa.

—Bueno, tampoco es necesario que me responda. Ella me lo ha contado todo —Moblit sonrió de nuevo. Parecía nervioso, como era habitual en él, pero Levi también le percibía más decidido que de costumbre—. Quería saber sus intenciones porque estoy interesado en pedirle que sea mi esposa.

—¿Y para qué necesitas saberlas?

—Sé que _ _ _ _ está enamorada de usted, capitán. No es que yo esté enamorado de _ _ _ _, somos amigos, pero tenía pensado hacer esto antes de marcharnos a recuperar la Muralla María y quería seguir con ese plan.

—¿Por qué se lo pedirías si no estás enamorado?

—Porque estoy convencido de que no encontraremos a nadie mejor para ser felices cuando todo esto termine.

Se cruzó de brazos mientras dialogaba con uno de los doctores.

—Tendréis que tener paciencia. Esto es muy traumático para una persona.

—Lo sé.

—Ahora está tranquilo, pero volverá a tener momentos en los que su ánimo decaiga. Sé que tú lo sabes mejor que nadie, _ _ _ _.

—Yo hablaré con su madre. Ella también entenderá que, cuando diga cosas horribles, no es porque de verdad las sienta —tragó saliva—. Me duele tantísimo ver su cuerpo así… Está tan quemado… Y ese también es el problema. La gente que viene a verlo lo mira con mucha pena…

—Entiendo que eso te preocupe, le altera, pero tendrá que aprender a convivir con ello. Ese es su nuevo aspecto ahora.

—Lo sé —suspiró con resignación.

—Ahora descansa —el médico puso su mano sobre el hombro de ella y lo apretó cariñosamente, para infundirle ánimo—. Mañana hay que seguir con la rehabilitación.

—Gracias, doctor.

La chica se giró y abrió la puerta de la habitación. Moblit, que estaba sentando en la cama leyendo el periódico, lo apoyó sobre sus piernas para seguirla con la mirada.

—¿Y bien?

—No hay nada de lo que tengas que preocuparte.

Moblit asintió. La chica se sentó en la silla al lado de su cama y cerró los ojos. Por encima del periódico, la observó. Estaba más delgada y tenía unas feas ojeras sobre sus ojos.

—Oye, _ _ _ _, ¿tú te casarías conmigo?

—¿Qué? —la chica abrió los ojos somnolienta. Moblit carraspeó. Había lanzado la pregunta de forma directa y ahora que ella le miraba no sabía si sería capaz de volver a pronunciar la proposición en voz alta.

—Que… Bueno —carraspeó—. Qué si te casarías conmigo.

Los ojos de ella se fueron abriendo de par en par lentamente.

—¿Lo dices en serio?

Moblit tragó saliva. La expresión de desconcierto en su rostro le hizo cambiar de parecer.

—Estaba bromeando —soltó una carcajada tímida—. Venías muy seria.

La chica frunció el ceño y sonrió, pero por eso no se sintió más tranquila.

—Hola.

Levi, sentado en el muro bajo del orfanato, miró ligeramente hacia su derecha. La chica se había sentado a su lado y, como él, observaba a los niños jugar.

—Hola —le respondió el moreno.

—Hace mucho que no hablamos.

—Sí.

Permanecieron en silencio durante varios minutos. O segundos. Ninguno de los dos lo tenía demasiado claro, pero les dio la sensación de que el ambiente era espeso y de que parecía que habían pasado horas ahí sentados, en silencio. Se sentían casi como dos desconocidos.

—¿Puedo confesarte una cosa?

Levi la miró de reojo. La chica seguía con sus ojos puestos al frente, aparentando tranquilad, pero Levi se percató de que sus manos sudaban y de que estaba clavando las uñas en la piedra del muro sobre el que se sentaban. El moreno no pronunció ni una sola palabra, pero aquello dio pie a la chica a continuar, sabía que era lo que él esperaba.

—Moblit me ha pedido que me case con él.

Levi siguió sin decir nada.

—¿C-Creo? N-No estoy segura. Me parecía que la pregunta iba en serio, pero, después, dijo que era una broma —la chica jugueteó con sus dedos—. Me parece que lo decía en serio, pero debí de poner una cara tan horrible que le hice cambiar de parecer. Soy una persona horrible.

Levi cerró los ojos y emitió un leve suspiro. Los volvió a abrir y se giró para mirarla.

—¿A qué esperas para decirle que sí?

La chica se incorporó ligeramente. Estaba sorprendida. Balbuceó varias veces antes de hablar.

—¿Qué?

—Ya me has oído. No sé qué estás haciendo aquí en vez de decirle que te casarás con él.

—Pero yo… Levi-

—Ya lo sé —la cortó—. Él también lo sabe. Pero yo no puedo darte nunca eso.

—No me importa.

—Pero a mí sí, idiota. Aprende a valorarte más a ti misma.

—Ya lo hago, idiota —le repitió—. Yo he decidido qué es lo que quiero y estoy bien así contigo.

—No. No lo estarás. Tengo una misión que completar, _ _ _ _. Le hice una promesa a Erwin que voy a cumplir, aunque eso me cueste la vida. Lo entiendes, ¿verdad?

—Claro que lo entiendo.

—Preferiría que te alejaras de mí para que yo pudiera concentrarme en otras cosas —la chica lo miró anonadada—. No estaréis enamorados, no aún, pero creo de verdad que ese matrimonio funcionaría. No encontrareis a alguien mejor con quien llevar la pesada carga que soportaremos una vez haya acabado esto —añadió, repitiendo la frase que Moblit le había dicho aquel día.

Ella lo miró dolida y, sin embargo, sopesó sus palabras.

Moblit dio un paso más y, al hacerlo, su pierna falló y cayó al suelo. La muchacha corrió hacia él y lo ayudó como pudo a levantarse. Lo condujo hasta una silla cercana y Moblit se dejó caer en ella, sudoroso por el esfuerzo. El chico echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y se mordió el labio con fuerza.

—Vas mucho mejor —dijo ella para animarlo—. Ya verás cómo pronto podrás caminar sin cansarte tanto. Ya puedes dar bastantes pasos tu solo y-

—¿Por qué eres tan optimista?

—¿Cómo que por qué soy optimista? Hay motivos para estarlo. Estás rehabilitándote y empezando a caminar.

—¡Apenas he avanzado nada! —Moblit se pasó la mano por el pelo— Esto es ridículo. ¿Por qué sigues aquí? ¿Por qué sigues esforzándote?

—Vamos a casarnos, Moblit. Sería absurdo si no lo hiciera.

—No necesito que te cases conmigo por pena —prácticamente escupió aquellas palabras y, tan pronto cómo las pronunció, sintió la fuerza de la bofetada que ella le propinó. Moblit quiso fulminarla con la mirada, pero cuando la vio, los labios apretados en una fina línea y sus ojos redondos y abiertos por la ira, quedó paralizado.

—¡Ya está bien! Todos sabemos que estás mal, que es incomprensible que hayas vivido, que tendrás dolorosas secuelas para toda la vida pero, ¡deja de compadecerte de ti mismo de una vez! Y deja de utilizar tu situación para tratar al resto de la gente, que solo quiere ayudarte, como una mierda. ¿Crees de verdad que yo me casaría con alguien por pena? ¿Tan miserable me ves? Me caso contigo porque somos un equipo, siempre lo hemos sido, desde que entré en la legión, no por pena.

La chica dio media vuelta y salió de la habitación dando un portazo. Moblit permaneció sentado, reflexionando, durante varios minutos. Él no era así. Él nunca se había portado mal con la gente. Pero, desde lo que había pasado en Shigashina, el verse en esa situación, el apenas poder reconocer su propio cuerpo, le superaba y suponía que era más fácil pagar su miseria con otros que asumir que su vida iba a ser muy diferente a partir de ahora.

Frunció el ceño y se puso en pie. Ella tenía razón. Debía seguir intentándolo. De lo contrario, sabía que iba a arrepentirse toda la vida.

Las campanas resonaron por las calles que había alrededor. Los invitados aplaudieron y gritaron los nombres de los novios. Levi, al lado de Hange, terminó por curvar sus labios ligeramente hacia arriba en una sonrisa. Ella lucía preciosa con aquel vestido blanco y la corona de flores con su cabello recogido. Con una amplia sonrisa en su rostro, ella sonreía a la salida de la iglesia sosteniéndose con fuerza al brazo de un Moblit que se apoyaba ligeramente en un bastón tallado en madera.

Observaron boquiabiertos cómo Eren, en su forma de titán, emergía del agua y aplastaba a aquel barco procedente de Marley. Protegidos por una roca, vieron cómo los soldados llegaban hasta la costa. Hange y Levi, intentando mostrarse amenazantes, les exigieron que se rindieran, pero uno de aquellos soldados se revolvió y disparó. La bala pasó rozando a Hange, quien cayó hacia atrás. Todos se sobresaltaron, pero, lo que de verdad llamó la atención del moreno fue el gesto que hizo ella, que se llevó las manos a su tripa para protegerla.

Hange y ella apilaban algunas cajas en los rincones de la pared. Levi, que entró en ese momento en la habitación, se quedó parado bajo el quicio de la puerta. El moreno dejó caer sus párpados con lentitud. Las dos mujeres se percataron rápidamente de su presencia y le saludaron con una sonrisa, como si no sucediera nada, pero Levi no cambió ni un ápice su expresión.

—¿Qué creéis que estáis haciendo?

—Estamos colocando estas cajas —respondió Hange con inocencia.

—Ya, ya lo veo. Pero no sé por qué lo estáis haciendo vosotras y no otra persona.

—¿Para qué? Nos las apañamos perfectamente.

—¿Es que eres idiota, cuatrojos? —Levi le arrebató a _ _ _ _ la caja que llevaba— ¿Dejas que una embarazada cargue peso?

—Levi, que estoy embarazada, no inválida —la chica puso los brazos en jarras.

—No vas a hacer nada más. ¿Me has oído?

—Eres peor que mi suegra —la chica se cruzó de brazos—. Puedo hacer cosas.

—No en la legión, desde luego.

—¿Todavía sigues con esas? ¿Vas a sermonearme otra vez, Levi? No voy a dejar la legión. Es algo que está hablado con Moblit y los dos estamos de acuerdo. El bebé nacerá, me tomaré un descanso de unos dos años de lo que es puramente la acción del ejército y regresaré.

—¿No tienes nada que decir al respecto? —Levi se giró para hablar a Hange, quien se encogió de hombros.

—Es su decisión, Levi. Respétala. Todos los superiores, incluida yo, han aprobado esta decisión. No será transferida a otra facción del ejército.

—Ese niño-

—Este niño —le cortó la muchacha, señalándose la abultada barriga— no va a quedarse sin madre si es lo que te preocupa, Levi.

—Tch —Levi giró sobre sus talones para salir de la habitación.

—Hay que ver… —Hange le miró marchar y negó con la cabeza—. Qué sensible se pone con estos temas.

La chica, en cambio, no pudo evitar sonreír. Sabía mucho sobre Levi y lo que significaba para él que el hijo, precisamente de ella, creciera con su madre. Pero ella tampoco quería renunciar a su trabajo ni a luchar por aquello que un día le había hecho cambiar de rama en el ejército.

Moblit permaneció sentado en el butacón, observando las llamas en la chimenea danzar. El ruido que había en la otra habitación había cesado hacía varios minutos y, de vez en cuando, escuchaba algunas voces. Por otro lado, aunque no podía ver a Hange, sí que la escuchaba desplazarse un lado al otro de la habitación, inquieta.

Finalmente, la puerta se abrió. Hilda, sudorosa, salió de la habitación acompañada del doctor. El hombre les sonrió, pero fue Hilda la que habló.

—Es un niño —los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas.

—¡Un niño! —exclamó Hange— ¿Has oído eso, Moblit? —la mujer emitió una sonora carcajada.

—Puedes pasar a verlo —le invitó el doctor—. Me pasaré mañana para ver cómo se encuentran.

—Muchas gracias. Le acompaño —la mujer hizo un gesto al hombre y los dos caminaron hacia la puerta.

Moblit, en cambio, permaneció inmóvil en el butacón. No sabía que ser padre pudiera darle tanto miedo, sobre todo cuando él se había visto cara a cara con tantos titanes. Pero había otros muchos temores que le asaltaban, como…

Moblit se sobresaltó ligeramente al sentir la mano de Hange sobre su hombro. Giró ligeramente su rostro para mirarla. La mujer se lo apretó cariñosamente, invitándole a entrar en la habitación. Moblit tragó saliva y, ayudándose de su bastón, se levantó.

Al entrar en la habitación, sintió que el olor era fuerte y diferente. Habían limpiado ya las sábanas y se habían llevado los paños, pero le seguía oliendo a sangre.

—No te quedes ahí. Pasa —le dijo ella, sentada en la cama con la espalda apoyada en el cabecero—. Hay alguien que quiere conocerte.

Moblit se acercó. Su mujer lucía cansada, pero le pareció que la estampa de ella, sosteniendo a su bebé en brazos mientras la tenue luz de la luna se filtraba a través de la ventana, era verdaderamente hermosa. Se sentó al borde de la cama. El bebé mamaba con torpeza mientras su madre lo ayudaba a que pudiera agarrarse bien a su pecho.

—¿No es fantástico? —le susurró ella, pasando con cuidado sus dedos por la suave cabeza del pequeño.

Moblit estaba mudo. No podía creerse que aquel ser tan pequeño y frágil fuera suyo. De los dos.

—¿Crees… Crees que me tendrá miedo?

Ella levantó la vista del pequeño y clavó sus ojos sobre él, escrutándole con la mirada. Leyó muchas cosas en el rostro de su marido y, en parte, entendió su temor a que su propio hijo le aborreciera cuando apreciara sus quemaduras.

—Nunca tendría miedo de ti —le dijo ella para tranquilizarlo, completamente segura de sus palabras—. Eres su padre, Moblit.

Moblit extendió su brazo tembloroso hacia él. Sus dedos arrugados, su piel quemada, rozaron el pequeño cuerpo del bebé. No podía sentir con aquella mano, pero podía adivinar que era cálido y suave. El pequeño, al sentir que algo le rozaba, estiró su bracito y aferró su diminuta mano con fuerza alrededor del dedo de su padre. Moblit sintió que un nudo se hacía en su garganta y se inclinó ligeramente hacia su mujer para, con delicadeza, besarla en el pelo y, después, apoyar su frente contra la de ella.

—Gracias —le murmuró, porque de verdad que en ese momento se sentía muy agradecido hacia a ella. Si no hubiera sido por ella, habría muerto en Shiganshina.

La suave brisa agitó su cabello. Desde el banco de madera en el que estaba sentado, bajo el porche de su casa, observaba a su hijo reír a carcajadas mientras jugaba con el perro. El animal correteaba detrás del niño y las carcajadas del pequeño resonaban por toda la pradera.

A lo lejos, comenzó a vislumbrar dos figuras que se acercaban. Achinó los ojos para intentar ver mejor, pero pronto distinguió la figura de su madre y su mujer, cargadas de cestas repletas de comida.

—¡Ve a ayudar! —le gritó a su hijo.

—Sí, papá.

El pequeño, servicial, corrió hacia su madre y a su abuela. Su madre le tendió una cesta y el niño cargó como pudo con ella hacia la casa. Moblit se puso en pie para recibirlas.

—¿Por qué tenéis que ir al mercado y volver siempre así de cargadas?

—Es que tenía todo muy buena pinta —se defendió su mujer.

—Y cualquiera le dice que no —Hilda rio—. Siempre hace lo mismo cuando está embarazada.

—Mamá, ¿puedo salir a jugar otra vez?

—Sí, pero ten cuidado.

El niño salió a grandes zancadas de la casa. Moblit le siguió con la mirada. Una vez cruzó el quicio de la puerta y lo perdió de vista, se giró para observar a su mujer y a su madre ordenando todo en la cocina. Sonrió. Habían pasado varios años y la vida había mejorado para todos. Aquel segundo bebé que estaban esperando nacería en una nueva era, un mundo de posibilidades se abriría también ante sus hijos y en ese momento pensó que todo el sufrimiento y el dolor por el que habían pasado había merecido la pena.


¡Hola a todos! Estoy ya de vuelta con un capítulo especial de Moblit que mucha gente me pidió. Me parecía que, en el punto en el que estaba la historia, quedaría muy bien. Para marcar un antes y un después en la trama de Más allá de las murallas, como también fue todo en SnK a partir del tomo 22. Por otro lado, ahora estoy de vacaciones y tendréis actualización con la continuación más pronto de lo que de costumbre.
Siento también no responder a vuestras reviews, pero estoy bastante ocupada. Ya sabéis que me gusta responderos a todos. Solo me queda desearos una feliz Navidad :-)

¡Nos leemos!