~25 de febrero. 5:45 a.m.~

El día de nuestra primera clase en la universidad me desperté más temprano de lo acostumbrado por dos razones. Una: teníamos que ir en bus, el cual tardaba una hora en llegar al edificio en el que estudiaríamos. Dos: de alguna manera, me sentía ansioso con todo esto.

Había elegido la carrera de medicina y sabía que era algo pesado y complicado, sumado que debía estudiar por dos años más que Mikasa, quien eligió diseño gráfico. Pero no me importaba. Aunque debía admitir que escogí estudiar en esa rama porque tenía una convicción inquebrantable: salvar vidas. El delicado asunto del pasado con mi madre me impulsó a hacerlo, a que esa necesidad de que nadie más sufra por lo que le ocurrió a ella.

Salí del baño, recién duchado, con una toalla envuelta en la cintura y otra en mi mano para secar mi cabello. Calmado, bajé las escaleras y pasé directamente a la cocina, poniendo el agua a hervir y preparando dos tazas y dos saquitos de té negro, colocándolos en ellas. Salí de allí, con intenciones de irme a mi habitación y cambiarme, mientras esperaba a que el agua en la tetera calentara. Pero mis planes fueron frustrados cuando vi a Mikasa echada en el sillón, mirando la televisión como si nada.

―Mocosa, ¿qué mierda haces? ―pregunté. Ella contestó mi pregunta, levantando el control del televisor y arqueando una ceja, cosa que demostraba un "¿qué crees que estoy haciendo?" ―. No me refiero a eso. Sólo tienes una jodida hora para prepararte y desayunar antes de irnos.

―Ya voy, ya voy ―me respondió, volviendo su vista hacia la pantalla, concentrada en lo que decía el periodista.

«La niña de doce años, Samanta Mathey, desaparecida el pasado 18 de febrero, fue encontrada con vida a diez cuadras de su residencia. Sin embargo, tras un interrogatorio y una prueba, se afirma que la menor ha sido violada por su secuestrador, del cual aún no se sabe sobre su identidad, pero se sospecha que es el mismo que ha acechado las calles de Transilvania los últimos meses. Según Samanta, a ella se le fue colocada una venda y lo único que puede aportar sobre este violador es que su voz era rasposa y grave, al igual que todos los testimonios de las anteriores víctimas»

¿Otra vez ese hijo de perra? Hace tiempo que se estaban dando estos casos y ya era evidente que, en todos y cada uno de ellos, el desgraciado malnacido era el mismo.

«Por el momento es todo lo que tenemos. Comunicaremos aún más de este caso cuando se nos garantice la información».

Chasqueé la lengua, al tiempo que Mikasa apagaba el aparato.

.
.

Al bajarnos del autobús, caminamos apresuradamente unas dos cuadras para llegar al edificio en el que estudiaríamos por estos años. Suspiré aliviado cuando estuvimos frente a la gran puerta de roble, al tiempo que observaba detalladamente la construcción.

―...

¿Por qué coño todos los edificios en Transilvania se veían tan terroríficos? Si no me avisaban que era una Universidad, fácilmente podría pensar que esto era una Casa del Terror. ¿De verdad era necesario ese aspecto tétrico con telarañas en las ventanas y esas gárgolas en los balcones?

― ¿Ves? No llegamos tarde. Eres un paranoico ―habló Mikasa, irrumpiendo mi opinión mental.

― ¿Qué quieres que te diga? Te tomas todo tu tiempo para vestirte y desayunar ―me defendí, entrando al establecimiento seguido de la mocosa.

Teníamos que ir al salón principal y, como no teníamos idea de dónde era, nos guiamos por los otros estudiantes que se encaminaban al mismo sitio.

―Exagerado ―murmuró, tomando mi mano al notar que muchos chicos que entraban o se situaban en el pasillo se habían quedado mirándola. Fruncí el ceño, reforzando el agarre y atrayéndola más hacia mí―. Y, en todo caso, si llegábamos tarde, podríamos usar mi velocidad. Asunto resuelto.

―Oh, claro. Porque es de lo más normal que dos personas aparezcan de la nada ―dije, rodando los ojos―. Además, siempre me quedo sin aire cuando haces eso, y no quiero que mi ropa y cabello se desacomoden.

Mikasa se burló de mis palabras y largó una risa justo cuando llegamos a la puerta del salón principal, donde se reunirían todos los alumnos que comenzaban con los estudios. Ella estuvo a punto de cruzar la entrada, sin embargo, halé su mano y la volteé para que quedáramos frente a frente. Le robé un beso que duró unos momentos y, al separarnos, la mocosa me miró confundida, pues yo no era de demostrar afecto frente a las personas.

Y, antes de que me cuestionara por mis acciones, me adelanté y dije unas simples palabras.

―Feliz un año... ―volví a darle otro beso, esta vez más corto.

― ¿Un año? ―preguntó desconcertada―. ¿De qué hablas? No se ha cumplido un año desde que estamos juntos.

―Pero sí desde que hablamos por primera vez... ―Mikasa sonrió, riendo ligeramente, de seguro recordando lo mismo que yo.

Sí, un 25 de febrero, Mikasa Ackerman intercambió por primera vez unas delicadas palabras conmigo: "Hazte a un lado, idiota".

.
.

~Un año después~

Suspiré cansadamente, cerrando mi carpeta y computadora, restregándome los ojos y estirando mis extremidades. Por fin había terminado con los deberes larguísimos que me dejaron ese día. Para colmo, me había tocado trabajar en la cafetería por la tarde y eso le sumaba muchos puntos a mi agotamiento.

Ya eran las 1:57 a.m. Mikasa no se encontraba en la cama, así que deduje que se hallaba en el sillón de la sala viendo alguna película, pues ella terminó su tarea mucho antes que yo y se había ido del cuarto para que me concentrara en la mía. O, mejor dicho, yo le pedí que se fuera porque estando con ella me distraía a cada momento.

Una vez que guardé todo, bajé las escaleras y me dirigí a la sala con intenciones de decirle que fuésemos a dormir, ya que podía conciliar fácilmente el sueño estando con la mocosa. Sin embargo, no había rastros de ella en el sofá y el televisor no estaba encendido.

Así que, gracias a unos ruidos, deduje que se situaba en la cocina. Entré y la hallé preparando té en la mesada, colocando un saquito en la taza.

Me acerqué con sigilo a ella, aun cuando sabía que me había escuchado perfectamente ingresar, y me posicioné detrás suyo, abrazándola por la espalda y envolviendo mis manos en su vientre. Apoyé mi mentón en su hombro, viendo detenidamente cómo echaba el agua hirviendo en la taza.

― ¿Ya acabaste? ―indagó sin voltearse. Yo asentí contra su piel, drogándome de su aroma―. Bien. Te estaba preparando té, ¿quieres?

―Preferiría otra cosa... ―la mocosa detuvo lo que hacía para mirarme y averiguar qué era―. Siendo más específico, a ti.

Vamos, no se me había pasado desapercibido el hecho de que Mikasa llevaba solo una braga roja y una de mis camisas negras. Y claro que verla así me excitaba y fascinaba de sobremanera.

Corrección: siempre me excitaba y fascinaba verla con cualquier prenda, por menos provocativa que fuera.

Mis manos subieron juguetonas por sus costados y se perdieron en la camisa, yendo en dirección a sus pechos. Los apretujé suavemente y jugué con sus pezones, aprovechando que no llevaba brasier puesto.

Hace unas semanas que no lo habíamos hecho. Y no porque no quisiéramos, sino que los deberes de la universidad nos consumían y apenas teníamos tiempo en la noche para estar juntos. Claro, solamente cuando dormíamos.

Mikasa gimió y ladeó su cabeza al notar que yo empezaba a regar mordidas por su cuello. Restregué mi erección contra su trasero, no dejando de amasar sus senos y rozar mis dientes contra su blanca y delicada piel.

―Ah...L-Levi ―jadeó, apartando la taza fuera de nuestro alcance.

La volteé y observé sus irises ya nublados ante mis caricias, a la vez que desabrochaba los botones de su (mi) camisa y me embelesaba con su cuerpo por indeterminada vez desde la primera ocasión.

―Muérdeme ―susurré contra sus labios. Ya había olvidado cuántas veces le había pedido aquello. Al principio ella se extrañó de esa petición (y quién no lo haría), pero ahora la tomaba como algo normal y, claro, se negaba para darme la contra.

―Sabes que no lo haré ―dijo, sonriendo y pasando la punta de su lengua por uno de sus colmillos, mofándose.

Chasqueé la lengua y le mordí más fuerte el cuello a modo de protesta. Mikasa rio ante mi capricho.

― ¿La cocina? ―inquirió ella, mordiéndose el labio y bajando la cremallera de mis pantalones―. ¿Qué sigue? ¿En la entrada?

Sonreí ladinamente, dejando de protestar y recordando que ya lo habíamos hecho en diferentes partes: en la sala, en el baño, en el comedor, en el pasillo que da a mi habitación, en la lavandería y en el cuarto de su mansión. Pero todavía (y sorprendentemente) no tuvimos relaciones en la cocina. Bien, nivel desbloqueado.

―Sí. ¿Algún problema con eso? ―pregunté, bajando lentamente hasta estar arrodillado frente a ella, con mi rostro quedando a la altura de su intimidad. Bajé su braga lentamente y dejé que mi aliento chocara contra su entrada, provocando que Mikasa se tensara y tomara mi cabello.

―N-No ―respondió entre jadeos―. Sigue...

―Bien ―sonreí, relamiéndome los labios.

.
.

A la mañana siguiente me desperté un poco tarde, pues habíamos continuado con una segunda ronda en la habitación aun sabiendo que no nos quedaba mucho para dormir.

―Oe, mocosa. Despierta ―sacudí su hombro un poco brusco y sus cabellos se regaron por su rostro.

―Cinco minutos... ―murmuró, tapándose hasta la cabeza.

―Cinco minutos mis pelotas. ¿Y se supone que tú eres un vampiro? ―ella rio ante mis palabras y se destapó un poco, observándome entretenida, ya que mi humor en la mañana no era muy bueno que digamos. Y más porque sólo habíamos dormido menos de dos jodidas horas ―. Tenemos que bañarnos. Se nos está haciendo tarde y nosotros seguimos oliendo a sexo.

― ¿Tercera ronda en la ducha? ―propuso, jodiéndome, pues ella sabía que yo odiaba ser impuntual.

―No molestes ―le arrojé la almohada y se incorporó justo a tiempo antes de que le diera de lleno en la cara.

―Ok, ok, vamos―se rindió, observándome entretenida con la situación.

―Eres insufrible, ¿lo sabías? ―vaya, qué linda manera de tratar a mi novia.

―Me gusta verte refunfuñando ―se destapó, dejando ver su cuerpo. Tuve que juntar toda la voluntad del mundo para no arrojarme sobre ella y explorar con mi boca esa figura que ya conocía de memoria.

.

.

Finalmente, y luego de apurar a la mocosa por su forma de derrochar lentitud, llegamos a la Universidad.

Mikasa se bajó de la moto y me entregó su casco, arreglando su cabello con sus dedos. Mientras, yo estacionaba debidamente en el lugar de aparcamiento.

Desde hace unos meses habíamos decidido comprar una moto entre los dos ―específicamente una Bajaj 400― ya que era cansador tener que tomar el autobús todos los días, el cual se hallaba siempre lleno de gente. Además, nos gustaba acelerar la velocidad de vez en cuando y competir por quién llegaba más rápido a x lugar, torneándonos para conducir. Hasta ahora íbamos en un marcador de 75 a 67, posicionándome yo en primer lugar.

Una vez que dejé el vehículo en su lugar, me encaminé a la entrada, divisando a la mocosa esperándome allí, viendo hacia arriba y mirando lo nublado del día. No me había percatado de su ropa hasta ahora; llevaba un pantalón engomado negro, que marcaba jodidamente bien su trasero, y un suéter blanco que se ceñía a su cinturita.

Dios, si tuviera opción, hubiera preferido mil veces quedarme en casa con la mocosa. Si bien, esa ropa le quedaba condenadamente perfecta, más lo era cuando sólo se paseaba con alguna camisa mía arrugada por todo el departamento.

Al estar a su lado, mi mano bajó disimuladamente y se posó sobre una de sus nalgas.

― ¡Levi! ―susurró, reprochándome.

―Lo siento. Error de mano ―me excusé y ascendí hasta posar mi palma en su espalda baja.

―Ajá, sí... ―rodó los ojos, entrando al edificio.

Nos separamos en el pasillo, ya que teníamos diferentes clases y recién podíamos vernos en los descansos. Mikasa entró a su salón y yo seguí de largo hasta estar frente al mío.

Mi clase era difícil, debía confesar. Por esa razón me sentaba solo al frente y ocupaba la mayoría de la mesa con apuntes, libros y mi laptop. Al principio me costó un poco seguir el paso del profesor, pero luego pude sobrellevarlo y alcanzaba justo a anotar y resumir todo lo que él explicaba. En ocasiones, mi letra se volvía desastrosa y ni yo mismo la entendía luego cuando necesitaba estudiar, así que optaba por usar la computadora la gran mayoría de las clases.

La mocosa también iba bastante bien. Le gustaba la carrera que había escogido y, además, para ella no era ni remotamente complicado porque había muchas cosas que ya conocía y su memoria era increíble cuando explicaban algo.

No habíamos conseguido amigos por el momento. Yo me hablaba con alguno que otro compañero de clase cuando lo requería, pero de ahí no pasaba. Y Mikasa...Bueno, los hombres que pretendían querer una amistad con ella, tenían segundas intenciones, y las mujeres se ponían celosas por ese hecho.

Aun así, a la mocosa no le importaba en lo más mínimo aquello, ya que una vez a la semana realizábamos una llamada con Hanji, Erwin y Armin. Este último podía estar horas hablando con Mikasa y, por esa razón, las llamadas eran aparte. Se notaba mucho que se extrañaban, al igual que yo extrañaba a los dos idiotas que tenía como mejores amigos.

Aunque, definitivamente, lo que no echaba de menos eran sus bromas de doble sentido, ni los pesados que eran con el tema RivaMika. Más de una vez insinuaron que nosotros nos negábamos a hacer video llamada porque de seguro teníamos marcas en el cuerpo o nos estaban pillando en un momento vergonzoso, pero la realidad de no hacer video llamada era porque Mikasa no podía verse en las cámaras. Ocurría lo mismo que con los espejos y su silueta se veía a medias.

Reí internamente al recordar la imaginación indecorosa de ambos, mientras salía del salón al terminar la última clase.

Cuando salí, Mikasa ya me esperaba a un lado de la puerta. No nos dirigimos la palabra y sólo nos dedicamos a caminar por el pasillo hacia la salida. Contra los casilleros se encontraban los nuevos estudiantes de primer año, tratando de verse bien y coqueteando con las chicas que pasaban.

Mocosos de mierda.

No les tomé la suficiente atención hasta que uno de ellos hizo un comentario que me sacó verdaderamente de mis casillas. Un estúpido comentario que me recordó al idiota cara de caballo de Jean, al cual no veíamos desde hace mucho tiempo.

― ¿Crees que esa Ackerman sería igual de silenciosa en la cama? ―esa fue la pregunta que ocasionó que una venita comenzara a crecer en mi frente.

―Qué va, sabes que dicen que las tímidas son las que más ruido hacen ―Mikasa trató de ignorar lo que decían sobre ella, mirando hacia otra dirección con su típica cara de que nada la perturbaba―. Además, si le das por el buen culo que tiene, te aseguro que de silenciosa no tendrá nada.

Listo.

No estaban hablando tan fuerte, pero sí lo suficiente para que yo escuchara cada maldita palabra.

Mala suerte para ellos.

Detuve mi camino y me volteé, mas Mikasa tomó mi mano, con una mirada que indicaba que los ignorara, que no valía la pena ponerme a pelear con los de primer año. Pero simplemente no podía. Joder, quería comprobar si decían lo mismo con unos cuantos dientes menos.

―Repite eso, idiota ―lo estampé contra el casillero y, de inmediato, atraje la atención de todos gracias al ruido que resonó en todo el pasillo. Lo que menos quería, maldita sea.

No era la primera vez que escuchaba comentarios de ese tipo dirigidos a Mikasa. Y ya me estaban cansando. Esta vez se habían pasado y yo no toleraba que hablaran así de ella.

―Vamos, repítelo―estaba tan cegado con ese tipo que no vi cuando su amigo me golpeó en el rostro y me empujó hacia atrás para que me apartara.

Tastabillé un poco y cuando procesé todo, apreté mi puño y sonreí de medio lado.

Oh, se habían metido con el equivocado.

.
.

―Eres un tonto ―Mikasa limpió mi labio partido y le colocó una especie de polvo con sus delicados dedos―. Ahora te va a quedar un moretón aquí ―me apretó el pómulo y yo gruñí, quejándome.

―Bueno ya, deja de reprocharme ―me crucé de brazos y observé su ceño fruncido―. Se lo merecían. Y lo sabes.

Sonreí engreído al recordar que no me tomó ni un mísero minuto dejarlos fuera, terminando por golpear a uno en el estómago y dejándolo sin aire. Mientras que, al otro, si no me equivoco, le rompí la nariz por la manera en que sangraba.

Obvio que Mikasa me detuvo antes de que siguiera y terminó por hipnotizarlos a ambos para que no guardaran rencores y fueran a avisar. También aprovechó para que se metieran sus comentarios en donde más le cabían.

―Lo sé, pero, aun así ―cerró el pequeño botiquín y lo colocó en la mesita frente al sillón―. A Kuchel no le gustaría que estés por la universidad repartiendo golpes.

Estaba a punto de rodar los ojos ante su comentario, cuando hubo un detalle que me heló el cuerpo.

― ¿Cómo...? ―carraspeé y ella me observó atenta, colocándose un mechón de pelo detrás de su oreja―. ¿Cómo sabes el nombre de mi madre?

.
.

Hola. De verdad lamento por tardar tanto, pero prometo que los siguientes capítulos se subirán en estos días, pues ya los tengo terminados. He aprovechado este mes para poder escribir los últimos todos seguidos.
Perdón si el capítulo es muy corto; lo necesitaba así. De todas formas, lo compensaré con los otros.
Gracias por leer.

~Akane Shiraoka~