–36–
Respirando con pesadez, del todo exhausta tanto física como mentalmente, Sigyn se dejó caer contra una de las paredes de la subcámara. Sentía ganas de llorar, pero estaba demasiado cansada incluso para eso. Con un último esfuerzo, se incorporó de nuevo y salió de la Cámara, esta vez sin prestar atención a los maravillosos tesoros que encerraba. Ya no debían importarle. Había cumplido con su misión y lo demás ya daba igual.
Al cruzar el umbral, vio que los guardias a los que había noqueado seguían inconscientes. Preocupada, esta vez sí que se agachó y le tomó el pulso a uno de ellos para cerciorarse de que sólo estaban desmayados. No quería matar a nadie… al menos, a nadie más.
Aun así, tenía que admitir que, muy en el fondo, el haberse deshecho de aquellos dos hombres grandes y más fuertes que ella gracias a un ingenio "mágico" la había hecho sentirse libre, dueña de su destino. Ojalá hubiera contado con recursos así cuando los dos sicarios de Karnilla la secuestraron. Igualmente, la experiencia de contactar con alguien que se encontraba a años luz de distancia habría sido emocionante en otras circunstancias. Al final, iba a resultar que las ciencias que cultivaba su marido y que a ella le habían dado tanto miedo ahora hasta le empezaban a gustar y todo. Ojalá le hubiera pedido que le diera clases a ella en vez de a Narvi. Narvi… y Váli. De nuevo quiso echarse a llorar, como cada vez que los recordaba, pero se sentía tan cansada y en tensión que no le salía.
Atravesó de nuevo los pasillos, y la inercia la llevó hasta su habitación, su antigua habitación de su antiguo mundo. Todo estaba extrañamente vacío y ahora sabía por qué: todos los soldados estaban fuera, buscando a Loki. De todos modos no lo iban a encontrar, y eso le daba a ella cierto respiro. Le permitió llegar hasta sus aposentos sin que la interrumpieran, pero no debía hacerse ilusiones: eso no duraría demasiado tiempo.
Ya en la seguridad de su habitación, se sentó en la cama con un largo suspiro. Se sentía más cansada de lo que nunca se había sentido en su vida, sólo quería tumbarse y dormir para siempre –y eso era lo que haría–. En ese momento entró una persona y Sigyn se sobresaltó antes de darse cuenta que era Brinda. La doncella se asustó aún más que ella al verla allí.
–¡Mi señora, estáis aquí! –respingó. Parecía horrorizada por el terrible aspecto de Sigyn, cubierta de sangre y suciedad– Por el Valhalla, ¿qué os ha ocurrido? Parecéis salida del reino de los muertos –añadió temerosa–. ¿Os han atacado? –una idea terrible la asaltó–: No habrá sido vuestro esposo, ¿verdad?
–No. Y cierra la puerta. –suplicó Sigyn, agotada–. Y te ruego que no difundas que estoy aquí. Nadie debe enterarse.
Pero aunque Brinda obedeciera y guardara silencio lealmente, no le quedaba mucho tiempo. Cuando los guardias de la Cámara despertaran, seguramente avisarían a todo el mundo de su presencia, y como había dicho uno de ellos a ella también la buscaban, seguramente por complicidad. La detendrían y la llevarían ante el Padre de Todos, y ella también respondería como criminal: como la criminal que era. Había salvado una vida que no debería seguir existiendo, la vida de alguien que seguramente sería el azote, no sólo de Asgard, sino de los nueve reinos del Yggdrasil. Y aun siendo consciente de ello, no se arrepentía.
Se miró a sí misma. Aunque más de una persona le había advertido sobre su lamentable aspecto, ahora era cuando se daba cuenta de toda la suciedad, barro, sangre y lágrimas que tenía encima. Tras cumplir el único objetivo que la había traído de vuelta a la ciudad, se acordaba de aquello y empezaba a picarle y a incomodarle. Si al final la arrestaban y la llevaban ante Odín, no sería con esa facha.
–¿Podrías prepararme un baño?
Brinda hizo una ligera genuflexión, contenta por poder serle útil.
–Cómo no, mi señora.
Unos minutos después, con el cuerpo y el cabello ya limpios de toda la mugre que los cubría, y sumergida abrazándose a sí misma en la bañera con agua humeante, Sigyn por fin sintió que se relajaba y que la tensión que la había mantenido firme desde que había llegado a la ciudad de Asgard se disipaba, sólo para dar paso de nuevo al dolor, el puro y simple dolor. Por fin acudieron los sollozos, que convulsionaron violentamente sus hombros.
Lo había perdido todo. Había perdido a sus tres amores, las tres personas en el mundo que más le importaban, que era tanto como perder su vida entera. Sus hijos, sus adorados niños, aquéllos por los que habría dado la vida no una sino mil veces, habían muerto sin que ella hubiera podido hacer absolutamente nada por evitarlo. Ya nunca los iba a volver a ver, al menos mientras viviera. Casi no podía creérselo, pero era cierto. Una pesadilla cierta, de la que ya jamás despertaría.
Y Loki… quería creer que había sido otra pesadilla, otro delirio enfermo lo que la había hecho verlo allí delante de ella, declarándole ardientes palabras de amor. ¡Qué momento había escogido para ello! ¿Por qué no lo había hecho durante los años en los que ella había estado constantemente esperándole, sufriendo por culpa de su abandono; o cuando la tuvo llorando delante de él, rogándole que la quisiera? Sigyn no sabía si aquella inoportunidad era otra forma más de torturarla, o torturarse a sí mismo.
A menos que estuviera mintiendo, lo cual era otra posibilidad. Pero al mirar a sus ojos mientras lo decía… no, ella nunca había visto aquella angustia, aquel ansia desesperada por ser creído. Él nunca le había suplicado antes. Decía la verdad: sí la amaba, ahora que era demasiado tarde. Ojalá, pensó ella, hubiera estado mintiendo. Saber que la quería sólo hacía las cosas más difíciles para ella.
Porque eso no la hacía cambiar de opinión. Seguía teniendo el propósito de morir, ahora que había perdido a sus hijos, prácticamente la única cosa en el mundo que le daba ganas de seguir viviendo. Ahora estaba preparada para acabar con todo. Estirando el brazo –aún sentía los bíceps como de goma, tras el sobreesfuerzo que les había exigido durante el prolongado cautiverio de su marido–, se giró sobre un borde de la bañera y tomó el vial con el veneno que había guardado, del cual no había querido separarse. Detestaba la idea de abrasarse la garganta con el líquido del que había acabado harta en aquella cueva, pero sería rápido, y le evitaría la deshonra de ser condenada por el Padre de Todos por su complicidad con Loki.
Pensó en Nanna. Tal vez la muerte que había elegido ella sería algo más suave y menos dolorosa. La daga que se había llevado del estudio de Loki le iría bien. Un par de cortes en las muñecas, y a sumergirse en el dulce y cálido olvido del agua.
Fue el acordarse de Frigga lo que la detuvo de hacerlo. Realmente la pobre mujer ya había soportado demasiado. Había enterrado a su más querido sobrino y a la mujer de éste y había perdido a su hijo menor también, aunque éste no estuviese muerto. Por experiencia, Sigyn sabía que no había ninguna otra cosa que doliera tanto como perder a un hijo. Por no hablar de cuando se enterara de que los dos nietos a los que adoraba habían sido salvajemente asesinados. Sigyn no quería contribuir al sufrimiento de la bondadosa reina, obligándola a tener que ver su cadáver flotando en agua ensangrentada como ocurrió con Nanna. Si tenía que morir, no sería en palacio. Que todo el mundo creyera que se había fugado con Loki y al menos Frigga no se sentiría tan abrumada por toda aquella desgracia.
Salió del baño y se vistió. Ropas de luto color índigo, como las que llevaba ahora todo el mundo por Balder, pero que en el caso de Sigyn sólo eran la manifestación externa de su alma. El verdadero luto lo llevaba en el corazón, y jamás se lo quitaría.
Cuando estaba acabando de arreglarse, la puerta se abrió de nuevo y un hombre rubio y musculoso penetró en la estancia sin pedir permiso. Sigyn se giró para encarar a su cuñado con una mirada altiva. De modo que los guardias lo habían avisado a él primero, ya que debía estar a cargo de la búsqueda de su hermano.
Loki estaba en lo cierto: todo habría sido mucho mejor para ellos si Thor nunca hubiera existido. Como hijo único, Loki habría satisfecho las expectativas del Padre de Todos y habría heredado el trono. Habría sido feliz, sin necesidad de envidiar ni de demostrar nada a nadie, y seguramente habría gobernado bien. Probablemente no se habría casado con ella, pero eso no tenía importancia. Ella habría podido vivir la vida de soltera que siempre había deseado, o tal vez incluso habría podido tener otro marido, aunque ahora estaba segura de que jamás hubiera podido amar a otro hombre como lo amaba a él. Pero habría sido feliz también. Y sus niños, sus dulces pequeños, no habrían nacido para morir en la flor de la vida.
Todo era culpa de Thor. Tal vez no se tratara de una culpa voluntaria, pero el caso era que sólo por el hecho de existir, el dios del trueno había destruido sus vidas. Ojalá estuviera muerto, pensó ella. Por un momento, su mano se deslizó hacia un fondillo de su traje, donde se había guardado la daga de Loki. Su marido tenía razón, Thor era muy confiado, demasiado. Se fiaba demasiado de su fuerza y de su prodigioso martillo, al igual que Balder se había fiado demasiado de su don invulnerable. Si la dejaba acercarse lo suficiente, tal vez podría…
Se detuvo, horrorizada ante el rumbo que habían tomado sus pensamientos. ¿Desde cuándo había empezado a pensar igual que Loki? Lo peor era que, aun siendo consciente de ello, seguía encontrándole consistencia lógica a aquella atroz idea de que tanto Loki como ella habrían sido mucho más felices si su cuñado no hubiera existido.
–Thor… –lo saludó con voz gélida.
–Me alegra que hayas vuelto, estaba preocupado.
–No tenías por qué– Sigyn realizó una perfecta imitación de su marido.
–Sigyn, ¿qué está pasando aquí? –como siempre, el dios del trueno prefirió prescindir de formalismos y se acercó para sujetarla por los hombros– ¿Por qué has entrado en la Cámara de Odín? Los guardias lo han examinado todo y dicen que no falta nada, pero aun así… Loki sigue desaparecido, y cuando madre vio que los niños y tú tampoco estabais, se volvió loca de preocupación. Padre pensó que os había secuestrado y obligado a fugaros con él, especialmente desde que vio esto tirado en el suelo de tu habitación –mostró en su mano otra daga de Loki, idéntica a la que Sigyn guardaba entre sus ropas: era aquélla que ella misma había utilizado para intentar, en vano, defenderse de los guerreros Norn que Karnilla había enviado para raptarla. Aún estaba manchada con la sangre de uno de ellos.
–Loki no nos obligó a nada. Él tenía razón… –murmuró Sigyn–. Odín siempre creyó lo peor de él. Nunca le dio la menor oportunidad.
–¿Qué quieres decir? –inquirió Thor, extrañado.
–Que siempre lo condenasteis, aunque fuera inocente.
–¿Lo es, entonces? Porque en la cena en memoria de Balder parecía todo lo contrario. Tendrías que haber estado allí, Sigyn. Todo lo que dijo… fue espantoso. Realmente se excedió; los dos lo hicimos. Yo no quería golpearle, pero tendrías que haber visto cómo les habló a nuestros padres.
Ella lo escuchaba imperturbable, mientras él continuaba:
–Pero lo peor fue lo de Balder, se puso a alardear de haber maquinado su muerte. Yo… yo creía que estaba fanfarroneando, no es la primera vez que lo hace; pero desde Nidavellir hemos tenido la noticia de que el enano que fabricó la poción de Balder, una de las pocas personas que conocían el secreto del muérdago, ha desaparecido. Y la última vez que lo vieron fue en compañía de un hombre que encaja con la descripción de Loki. Yo ya no sé qué pensar. Por favor, Sigyn; si sabes algo tienes que decírmelo.
Ella no se movió ni lo rechazó, sólo le devolvió la mirada con actitud orgullosa.
–Si lo que pretendes es que hable en contra de mi marido, pierdes el tiempo.
–No, no es eso… ¿Sabes dónde está? ¡Tengo que verle! Ya te han dicho lo de la orden de busca y captura contra él, ¿verdad? A padre le ha costado emitirla, pero al final no ha tenido más remedio. Y madre está destrozada.
Ella bajó la cabeza y la sacudió, con mayor convicción aún que cuando anunció al propio Loki su decisión de morir.
–No os ayudaré a detenerle.
–No quiero detenerle, ¡sólo quiero hablar con él! Si es verdad que ha hecho eso, intentaré convencerle de que se entregue, o buscar una solución juntos, lo que sea… Sólo quiero verle –repitió.
–Le verás, cuando él esté listo –contestó ella severamente y sin mirarle–. No antes.
Thor apenas podía creerlo, ¿dónde estaba su dulce y razonable cuñada? Nunca había visto esa dureza en ella, esa indiferencia. ¿Qué le había ocurrido?
–Te lo ruego Sigyn, tienes que decirme dónde está –insistió casi con desesperación–. No por mí, sino por él. Loki necesita ayuda. Está totalmente descontrolado…
Ella levantó el rostro, mostrando por primera vez algo parecido a una emoción desde que hablaba con él:
–¡No Thor, te equivocas! ¡Cometes un error mortal pensando así!
Estupefacto, él no pudo decir nada, sólo escuchar cómo ella añadía:
–Loki sabe muy bien lo que hace, siempre lo ha sabido. No es en absoluto la persona que tú crees que es, ya no es el hermano con el que te criaste. Tal vez lo fuera hace tiempo, pero eso ya acabó. Y te odia a muerte. Ahora sólo tiene un objetivo: destruirte.
Esta vez fue el propio Thor quien bajó la cabeza, y Sigyn pensó que se pondría a llorar. Aquello debía afectarle mucho.
–Creo… –dijo tras unos segundos, con voz quebrada–, creo que una parte de mí siempre lo supo. Sólo que no podía creerlo, ni siquiera cuando él me lo dijo… supongo que me negaba a verlo.
–¿Recuerdas lo que te dije aquella noche, en el baile? –dijo ella más suavemente, compadecida al verlo sufrir tanto– Cada uno ve lo que quiere ver. Pero tú tienes que abrir los ojos y darte cuenta de la realidad. Nunca más bajes la guardia con él. Nunca vuelvas a darle la espalda –hizo una pausa, y agregó–: Ni a mí tampoco.
Thor se quedó mirándola sin poder creer lo que estaba oyendo.
–¿Qué?
–¡Estoy tratando de ser honrada contigo! Quizás sea la última ocasión en que pueda serlo. Thor, sabes que tienes mi simpatía, y moralmente mi corazón está contigo. Y por tu amabilidad conmigo y con mis hijos durante estos años te he prevenido contra Loki. Pero él es mi marido y eso no cambiará. Le debo mi lealtad. No importa lo despreciables que sean sus actos, ni lo poco de acuerdo que esté con ellos: siempre estaré de su parte, siempre. Tenlo muy presente.
Él escuchó el discurso de su cuñada con una sonrisa triste.
–Siempre serás la diosa de la fidelidad, ¿eh?
–No –ella sacudió la cabeza–, sólo soy una mujer que ama. Siempre le amaré, y eso me convierte en tu enemiga. No creo que volvamos a vernos en el futuro, pero si eso ocurre, tal vez no te convenga fiarte de mí. Lo siento.
Él asintió.
–Lo entiendo. ¿Vas a regresar con él?
Sigyn, en vez de contestar directamente, preguntó a su vez:
–¿Vas a dejarme marchar?
–Sí –él suspiró apesadumbrado–. Llámame ingenuo si quieres, pero aún tengo la esperanza de que entre los niños y tú lo hagáis cambiar.
Ella no replicó, pues tuvo que hacer acopio de todo su autocontrol para no echarse a llorar allí mismo. Los niños. Ellos ya no podrían hacer nada, y pronto ella tampoco. Pero no quiso contarle nada a Thor. Ya le había dado una terrible noticia, y de nada serviría entristecer más su noble corazón contándole el espantoso final de sus sobrinos. Ya lo averiguaría él más adelante.
–Te proporcionaré un caballo –ofreció él–. Y ordenaré que no te sigan.
–Gracias. Abraza a tu madre de mi parte. Ojalá pudiera despedirme de ella.
El dios rubio la tomó de la mano y se la besó caballerosamente.
–Espero que los chicos y tú estéis bien –dijo, sin sospechar la causa de la palidez de Sigyn cada vez que aludía a sus hijos–. ¿Irás a reunirte con ellos?
–Es posible… –murmuró ella, mientras su miraba se posaba en su tocador, sobre las joyas que había preparado, siglos atrás (o tal le parecía) para su fuga. Ya sabía dónde tenía que ir para morir… o tal vez no.
¿Realmente deseaba morir? Ni siquiera en el pasado, cuando era más joven y débil ante el sufrimiento que le provocaba la indiferencia de Loki y su infidelidad, había tenido el valor para suicidarse. En aquel momento siempre había creído que eran sus hijos los que la ataban a la vida, y ahora que no los tenía, pensaba que prácticamente era su deber unirse a ellos en la muerte. El suicidio era propio de débiles, de cobardes; y eso era lo que ella siempre había opinado de sí misma. Una mujer débil, sometida durante años al dominio y a la tiranía de su marido.
Pero no. Ella era fuerte, había dicho Loki. Era una superviviente. Había estado todos aquellos años sobrellevando la infelicidad que indefectiblemente implicaba estar casada con un hombre como él, y había aprendido a sobrevivir. Había pasado de ser una inocente sirvienta a una dama, o algo aún mejor: una mujer capaz de cuidar de sí misma. Había estado durante muchas terribles horas soportando todo aquel cansancio, sufrimientos y, finalmente, el padecimiento moral de descubrir que Loki la amaba sabiendo que nunca más podría regresar con él. Había sido capaz de matar para defenderse a ella misma y a su marido. Y había podido recurrir a un artefacto místico, empleando unas fuerzas mágicas que hasta entonces siempre la habían aterrado.
Nada de eso había podido con ella. Ni siquiera la muerte de sus hijos, lo más espantoso que le hubiera pasado nunca y que pudiera pasarle jamás. Ya no podría ocurrirle nada peor. La única ventaja que tenía el haberlo perdido todo era… que ya no se tenía nada más que perder.
¿De verdad quería quitarse la vida, entonces? Una parte de ella quería, desde luego; ansiaba reunirse con sus adorados niños, los únicos amores auténticos que había tenido en su vida. Pero otra… se resistía. Tenía el presentimiento de que aún le quedaba algo por hacer, de que sí tenía una razón para vivir, aunque en ese momento no pudiera suponer de qué se trataba.
Le fastidiaba lo indecible descubrir que Loki tenía razón y que, a pesar de todo, tal vez no quisiera morir.
Lo que sí era cierto era que nada la ataba ya a aquella vida, a su vida de Asgard. Era una vida con la que tenía que romper. Si no lo hacía, los fantasmas de sus hijos siempre estarían allí persiguiéndola… acechándola en cada rincón de palacio, en cada sitio donde ella les hubiera visto jugar, reírse, vivir.
Por no hablar de otro fantasma, mucho más grande y amenazador: Loki. Ahora él y el amor que le había manifestado le resultaban tan espectrales como sus propios niños muertos. No podía olvidar las últimas palabras que le había dirigido en aquella cueva. Cuando él fuera liberado por sus hijos de Jotunheim, era muy probable que fuera a buscarla pese a sus advertencias de que no lo hiciera, el estúpido cabezota; más por quedar él por encima que otra cosa. Ahora que se había convencido de amarla, se tomaría el reto de hacerla volver como una más de sus conquistas que tenía que obtener a cualquier precio. No, ella no se convertiría en un trofeo más para él. Lo amaba y siempre lo amaría, pero lo mejor para ambos era que no volvieran a verse. Por mucho que le doliera.
Antes de ser secuestrada por los hombres de Karnilla, había estado dispuesta a dejar esa vida atrás, con sus hijos; y empezar una nueva en la que ser libre de todo lo que suponía su relación con Loki y la familia de Odín. Y aunque sus amados niños ya no estuvieran y ella se hubiera quedado sola, ¿había cambiado ese propósito en algo? Se asombró al descubrir que no. Aún quería vivir, pero sola y en paz. Pero eso era algo que nunca podría conseguir en Asgard, mientras Loki tuviera la menor oportunidad de encontrarla.
Tenía razones para morir, pero una parte de ella no quería morir. Sobre todo las tenía para dejar todo aquello atrás. ¿Qué haría? El destino decidiría su suerte, hablando por boca de cierto guardián de ojos dorados. Si consentía en ayudarla, ella sería libre, pero si no…
Aun así, tenía que intentarlo. Quizás le quedara una oportunidad. La última.
En este capítulo veis cómo Sigyn empieza a cambiar paulatinamente, comenzando a oscurecerse su carácter, a asemejarse poco a poco al de Loki. El prolongado cautiverio que han compartido juntos la ha marcado más profundamente aún de lo que parece, y la ha llevado a desarrollar un vínculo psicológico con Loki, aparte del emocional que ya tenía de antes. No sé si identificarlo con un síndrome de Estocolmo ya que no era Loki su secuestrador (no estoy muy puesta en psicología), pero el caso es que empieza a identificarse con las ideas y métodos de su marido.
Esto también aparece en los cómics, aunque no tan resaltado. En ciertas escenas del cómic se ve que ella, a pesar de no tener ninguna razón propia para odiar a Thor, empieza a aborrecerlo tanto como Loki y en una lucha entre ellos anima a su marido a golpear a su cuñado. Supongo que en el cómic sólo será por seguir la corriente a Loki; pero con respecto al fanfic, me gusta la idea de que ella empiece a volverse más oscura y a pensar igual que Loki: empiece a gustarle la magia (en el cómic ella también tiene poderes mágicos) y a sentir aversión inconsciente hacia Thor y a culparle de todos sus males, pese a que conscientemente sepa que no tiene la culpa de nada y aún lo aprecie.
