CAPITULO 34

MINI BONUS ESPECIAL

Starring: una pareja que ya conocemos

Guest Star: Vernon Dursley.

Original script by Sorg, based upon the novels of J.K Rowling and the Expanded Potterverse (under sorg's copyrights)

VERNON DURSLEY NO CAMBIARÍA NUNCA…

Tío Vernon era de esas personas que catalogan a un hombre por su coche. Pero Harry estaba seguro de que su opinión sobre el señor Weasley no mejoraría ni aunque condujera un Ferrari…(HP and the Goblet of Fire. Traducción propia)

Valle del Loira, Francia, abril de 2009

Vernon Dursley era de esas personas que no cambian nunca. Por esa razón, aquel viaje a los Castillos del Loira le parecía, en términos exactos, una mariconada. Pero tragaba porque el señor Grunnings, el propietario, presidente y gran jefazo de la empresa para la que trabajaba había insistido en atender la invitación de Monsieur y Madame D'Allençy para visitar su Château en el Loira. El señor D'Allençy era el propietario de numerosas empresas en China que fabricaban e importaban taladros, y subcontratar la producción podría suponer un recorte sustancial en los costes, algo esencial en tiempos de crisis. Había varias empresas interesadas, entre ellas un par de grandes, una estadounidense y la principal rival, una alemana. Por eso Vernon y su esposa Petunia estaban allí, para hacer la pelota a los D'Allençy, que no eran nobles aunque tuvieran un castillo pero sí muy ricos, y allanar el terreno para la firma del contrato.

Y como ya no le quedaba tanto para jubilarse, Vernon Dursley transigió porque tal vez el señor Grunnings le daría un buen bonus si finalmente firmaban que engrosaría felizmente su fondo de pensiones. Además, Petunia estaba disfrutando de lo lindo con tanto francés por aquí y por allá, el vino, la comida y los châteaux… ¡En fin! ¡Cosas de mujeres! ¡Con lo afeminados que eran estos franceses!...

Al señor Dursley le dolían los pies de patear aquel pueblo "con encanto" y un suelo de adoquines que debían estar ahí, machacando juanetes y callos ingleses, desde que Ricardo Corazón de León, otro nenaza en su opinión, trotaba por Francia en lugar de ocuparse de Inglaterra. ¡Bendita Inglaterra! Vernon Dursley era de aquellos que recordaba con orgullo aquel parte de la BBC que tras anunciar tormentas en el Canal de la Mancha proclamó con rotundidad que el continente estaba incomunicado.

Inglaterra… ¡qué bonito recuerdo! El señor Vernon Dursley tenía muchos recuerdos gratos de su vida. Sus éxitos profesionales, su mujer, Petunia, tan elegante y grácil, siempre con tanto saber estar, su hijo Dudley, que había terminado siendo probador de video juegos bélicos y ganaba una pasta, o eso decía… aquella casita de Little Winging…- Evocó mientras resoplaba sudoroso tras trepar aquella cuesta…- ¡Bah!, eso no era memorable, un montón de pareados idénticos para clase media alta. ... Al fin y al cabo, ahora vivían en un sitio muchísimo más caro en una casa única y exclusiva.

El señor Dursley sacudió la cabeza con energía y abandonó el recuerdo de Little Winging en la "papelera" de su cerebro mientras recuperaba el resuello. Al fin y al cabo, tenía experiencia en olvidar. Por ejemplo, había sido capaz de borrar de su memoria que había tenido un sobrino, que lo había criado en su casa y que el sobrino en cuestión era… era… hasta eso lo había olvidado.

¡Qué pesadez de pueblo! ¡Si todos eran iguales! Casitas con la pintura cuidada, muchos geranios y flores, todo muy limpio y atildado, châteaux aburridos… y los adoquines. Cuando ¡por fin! Llegaron a la que debía ser la única calle asfaltada, lo vio. Aparcado junto a un hotel que Petunia habría calificado con la cursi expresión de "coquetón".

De hecho, estaba tan embelesado que no escuchó a Petunia cuando dijo que ella y Madame D'Allençy –por favor, querida, llámame Josèphine – entraban en aquel anticuario que en realidad parecía una tienda de trastos viejos.

Era rojo y plano, como un lenguado. Reluciente como recién sacado del concesionario. Carísimo. Matrícula italiana. ¡Vaya! En los conceptos del Señor Dursley, los italianos eran todos gentes de poco fiar, aunque fueran los "padres" de aquella máquina. Vio bajarse al conductor, un tipo alto, rubio, de hombros anchos y aspecto de asiduo de gimnasio. El señor Dursley pensó inmediatamente en un niñato de papá atiborrado de esteroides y que, puesto a levantar un peso, se rompería, porque eso era lo que sucedía con los play boys actuales, que eran pura fachada pero después, nada de nada. Seguro que también nada de nada en… bueno, ahí precisamente, donde uno demuestra que es un tío y que vale lo que tiene que valer...

Se abrió la portezuela del asiento del acompañante y una mujer dejó ver su cabeza. Tenía el pelo castaño claro recogido en una coleta y gafas de sol de marca. Sacó un pie calzado con una sandalia que tenía aspecto de ser carísima y después el resto, ayudada por la mano galante del gigoló. Llevaba un vestido blanco, por encima de la rodilla, de corte moderno y que no ocultaba su abdomen, que estaba enorme. El señor Dursley observó cómo el hombre sonreía ampliamente. Después la besó en los labios, mientras pulsaba un mando a distancia para abrir el maletero. Vernon Dursley pensó que cuando naciera el niño el coche no les serviría mientras se acercaba a buen paso para contemplar mejor el vehículo.

El italiano había sacado dos maletas de buen tamaño y las había colocado cuidadosamente sobre la acera bajo la atenta mirada de la mujer de las gafas que había envuelto sus brazos en un chal de color tostado. ¡Caramba! ¿Quién hubiera dicho que el maletero de un Ferrari tenía tanta capacidad? Sin duda debía estar bien aprovechado… meditaba Vernon Dursley.

Y ya estaba sacando el móvil para fotografiarse junto al cochazo a las primeras de cambio cuando se detuvo en seco, los ojos abiertos como platos y la boca desencajada.

-¿Le pasa algo? ¿Se encuentra bien? – Le preguntó una amable viejecita en francés. Vernon no entendió nada. Y aunque hubiera entendido, habría dado igual. Dio un salto del susto, pegó un grito agudo y estridente que provocó que toda la calle se girara para mirarlo, incluida la pareja del Ferrari, y salió corriendo con una agilidad insospechada para alguien de su volumen y su edad.

-¿Qué le pasa a ese señor? – Preguntó la mujer en italiano.

-Es como si estuviera aterrorizado…- Contestó el hombre rascándose la barbilla.- ¿No te habrá visto…?

-No, que va.- Dijo ella negando con la cabeza. – La tengo oculta en los pliegues del chal. Y total, si la hubiera visto le habría parecido una ramita de árbol…

El hombre miró fijamente el equipaje que aguardaba en el suelo.

-De todas formas.- Dijo mientras cargaba con las dos maletas.- No estaría de más que tuviéramos mas cuidado.

-Está bien. Supongo que debería comenzar por llevar solamente lo exclusivamente imprescindible en la maleta…

-No es mala idea. ¿Te encuentras bien? – La mujer se había detenido en la acera, una mano en los riñones y la otra en lo alto del enorme barrigón.

-Si, estoy perfectamente. Pero parece como si estuvieran jugando juntos al quidd… al fútbol. Con mi vejiga por balón. Creo que tendré que ir al baño.

El hombre sonrió.

-Vamos. Cuanto antes nos instalemos en el hotel, antes podrás descansar.

Vernon Dursley era de esas personas que no cambian nunca. Siempre tendría un par de rasgos acusados en su personalidad: una innata habilidad para distinguir a los magos entre los demás mortales y un, probablemente también innato, terror visceral a la magia. Y también una mala suerte tremenda. Por mucho que se empeñara en olvidar, la magia le perseguía, aunque fuera vestida de Versacce y montada en un Ferrari.

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Y resulta que pasando hojas de The Goblet encuentro que Harry piensa en el señor Weasley montado en un Ferrari mientras espera que se lo lleven del domicilio de los tíos para ir a los Mundiales… una tentación demasiado fuerte para dejarla pasar. Y me temo que no será la última vez…