Cap. 33
Cuando bajó de la habitación, buscó inmediatamente un sitio donde vendieran cigarrillos. Pensó en tocar la armónica que Candy le diera, pero eso sólo conseguía hacerlo pensar más en ella.
Sentía algo extraño en el corazón.
- Candy…tengo miedo de perderte. No sé por qué me siento así, como si algo malo fuera a ocurrir.
Respiró hondamente y exhaló el humo del cigarrillo.
Luego, revisó el periódico. La guerra aún no terminaba.
- No hay todavía acuerdos de paz. Europa sigue en guerra. Se puede sentir en el ambiente. Y yo aquí, preocupado por un matrimonio arreglado, cuando hay otros que han perdido la vida en aras de la libertad- dijo llevándose la mano a la frente.
Suspiró y salió a caminar.
Mientras caminaba, sus pasos lo llevaron a tomar un coche.
Al llegar al puerto, sintió nostalgia.
- Y pensar que hace tanto tiempo, cuando dejé Londres, me sentía tan feliz- argumentó.
Una armónica a lo lejos lo distrajo.
Caminó hacia donde la música se escuchaba.
Una voz lo sorprendió.
- No me digas que eres…¿Terry?
El actor sonrió y le dijo:
- ¡Kookie! Eres tú.
El jovencito se le acercó.
- Terry…¿cómo estás?
- Bien…veo que ya has crecido un poco más desde que dejé de verte.
- No digas eso. Recuerda que no soy tan menor que tú.
- Lo sé. Discúlpame. Y dime…¿ha cambiado tu vida?
- Mucho. Ahora ya pertenezco a la tripulación del Gaviota.
Terry asintió.
- Me da mucho gusto por ti, Kookie.
- Dime, Terry…¿cómo está Candy? ¿Sabes algo de ella?
Terry respondió.
- Sí, Kookie, está muy bien…
- Entonces…no estás con ella.
- He venido a arreglar un asunto de mi padre…
Kookie respondió.
- No te veo bien, Terry. Si quieres podemos platicar un rato.
- Por supuesto. Ven, te invito a tomar el té.
- Gracias.
Fueron a una cafetería.
- Dime, Terry. ¿Por qué estás de vuelta?
- Candy y yo hemos pasado por muchas cosas. Quizás no te suene el nombre de Susana Marlow.
- Aunque te parezca raro, me enteré que te habías casado con ella…
Terry bajó la mirada.
- Susana…está muerta, Kookie…Candy se sacrificó por la felicidad de ella…Susana tuvo un accidente que la dejó lisiada de por vida…y su vida fue tan corta…aun me duele pero…no pude hacer nada para evitar su muerte, ni para hacer un poco más agradable su vida.
- Lo lamento, Terry. Supongo que te sentiste culpable durante mucho tiempo.
- Un poco pero ahora ya no tiene sentido. Durante un tiempo me hundí en la bebida. Fue un tiempo oscuro. Luego, recuperé mi vida…y volví a ver a Candy…estábamos tan bien…hasta que llegó mi padre y se encargó de trastornarlo todo.
- ¿Tan grave es?
- Tanto que…mi padre pretende que me case con una joven de la aristocracia.
- ¿Y qué piensas hacer? ¿Te vas a casar?
- Claro que no, Kookie…eso te lo puedo asegurar…
-
- ¿No crees que este vestido está demasiado escotado, Annie?
- Para nada, Cany. Lo que pasa es que no estás acostumbrada a usar ese tipo de vestidos. Pero en cuanto te vean, se van a ir de espaldas.
- Yo no quiero que me vea nadie.
- Sin embargo, Albert se merece que te veas apropiadamente.
- A él no le importa cómo me vea- dijo Candy, enseñando ligeramente la lengua y guiñando el ojo.
- Lo sé también pero Albert ahora recibirá a mucha gente de la familia Andley. Dale el gusto de vestirte como él quiere…¿lo harás?
- Está bien, por él lo voy a hacer. Sólo será para la fiesta. Y después de eso, volveré a ser la misma.
Annie asintió. Pero veía en los ojos de Candy una tristeza oculta. Era hábil en ocultar su tristeza, tratando de que nadie la viera y así no entristecer a otros.
Y el principal era Albert.
Cuando regresó de la prueba del vestido, lo encontró mirando por la ventana de la oficina, como un pájaro enjaulado.
- Albert…el vestido casi está listo…la fiesta es en dos días, ¿cierto?
- Sí, Candy…lamento que sea con tanta premura pero…te irás en media semana.
- Claro…pero no te preocupes. Todo va a salir bien, te lo aseguro.
Albert la miró con amor.
- Candy…siempre estás alegre…¿cómo haces para sentirte feliz aun a costa de la tristeza que resguardas?
- No hay tal tristeza…Terry volverá…tú estás bien…entonces, no debo sentirme triste…
Albert le tomó las manos.
- Siempre he sentido que si estás junto a mí, nada puede salir mal.
- Lo mismo me pasa a mí…
Por un momento creían verse más allá de lo evidente, pero tal vez sólo era una quimera…
-
Tras llevar a Kookie a cenar también, Terry se despidió.
- Tal vez no te vea pronto, Kookie…por favor, no cometas la tontería de alistarte en el ejército.
- Ni tú tampoco, Terry. Piensa en Candy y no te doblegues, amigo mío.
- Gracias y suerte, Kookie.
Volvió al hotel. Su padre ya lo esperaba.
- Después de vagabundear un rato, ¿vas a escribir la nota que quiero, para el conde Gerald?
- ¿Por qué no la escribes tú?
- Porque debes ser tú quien avise al conde que irás a pedir la mano de Bárbara.
Terry se contrarió. Pero ya tenía preparado algo en mente.
- Está bien…voy a escribir la nota.
Comenzó a garrapatear unas líneas y de paso, en otra hoja, parecía estar escribiendo un mensaje para alguien más…
-
" Buenos días, señor conde. Lamento importunarlo con semejante mensaje pero sé que mi padre se ha empeñado en mortificarle a usted con un matrimonio en el que lo que menos interesa son mi opinión y la de la señorita Bárbara.
Por lo tanto, en este mensaje no encontrará las palabras correctas que quisiera utilizar. Si me lo permite, quiero sincerarme frente a usted el día del compromiso para que me conozca lo suficientemente bien y no sólo por la opinión tan deteriorada que mi padre tiene de mí. Y de paso, hacerle saber abiertamente que no pienso casarme con su hija y estoy seguro que ella tampoco querrá aceptarme. Apelo a la sensateza de usted y a la inteligencia de su hija y perdone las molestias que mi padre le está ocasionando.
Sólo permítame llegar a ese día como si nada hubiera pasado a fin de que mi padre se de cuenta de que no estoy dispuesto a aceptar ciegamente su voluntad y seguramente usted tampoco querrá como yerno a un hombre resignado que, por justa razón, pudiera hacer sufrir a la señorita Bárbara. Por favor, no comente nada de esto con mi padre. Es necesario que abiertamente se lo haga sabor. Descuide que procuraré no hacerle pasar un mal rato.
Atentamente: Terruce G. Grandchester Baker"
El conde leía este mensaje en silencio. ¿De qué se trataba eso? Las palabras del hijo del duque de Grandchester eran claras: no pensaba casarse con Bárbara. Sin embargo, albergaba una esperanza dentro de todo. ¿Debía decírselo a Bárbara? No…tal vez cuando Terruce llegara, podría albergar la posibilidad de que se enamorara de su hija.
Sin embargo, agradecía un poco al muchacho que le hiciera saber la verdad, sin tapujos, con total sinceridad, aquella de la que el duque de Grandchester había carecido totalmente.
Escondió el mensaje y decidió tomar una mejor decisión hasta ese día.
Mientras tanto, el mensaje que el duque pensaba había sido enviado, iba ya en camino.
Terry estuvo recorriendo algunas tiendas buscando ropa apropiada para la ocasión, cuando cerca de él voló un papel que decía: Scarlett. Compañía de teatro experimental. Scotland.
Trató de no poner atención pero al leer se dio cuenta que había una compañía de teatro ambulante que ahora estaba en Londres y que seguramente venía de Escocia. Se sintió tentado a ir a verlos. Pero…¿cómo podía arreglar eso? Cuando terminara la farsa con el conde Gerald, pensó, tendría tiempo de hablarles, si todavía estaba en Londres…
Eso no importaba de momento. Hubiera querido saber cómo estaba Candy. Así que se le ocurrió enviar una carta.
Garrapateó un poco algunas líneas. Seguramente pronto le llegarían a Candy. Era su mayor esperanza.
-
El día de la presentación llegó.
Candy estaba muy hermosa. Albert estaba realmente complacido con la forma en que se había arreglado. Por un momento imaginó que había sido para él. Y ese pensamiento rondó por su cabeza buena parte de la tarde. Pero luego trató de desecharlo.
- No debo hacerme ilusiones…ella nunca me aceptará. Ya debía hacerme a la idea.
Los cuchicheos entre los asistentes comenzaron.
- ¿Cómo será la hija adoptiva que William ocultaba con tanto sigilo?
- Según sé, no tiene una gota de clase.
- Sin embargo, dicen también que se parece mucho a Rosemary…
- Es verdad…-dijo alguien más.- No me extrañaría si Albert decidiera en algún momento comprometerse en matrimonio con ella…
- Pero la señora Elroy no lo aceptaría. Creo que no le cae muy bien.
- Aprovechó que no está para hacer esta fiesta. Algo quiere decir esta noche William…
Albert escuchó algunos de los comentarios.
- ¿Se divierten?- interrumpió para que las críticas no continuaran.
- Bastante, William- dijo una dama.- ¿Ya vas a presentarnos a tu protegida?
- Es hija adoptiva de los Andley. El orgullo de la familia por ser una enfermera comprometida y valiente.
- Lo que menos brilla en la familia Andley son enfermeras o médicos- dijo un hombre.- Pero queremos verla ya, William.
- Todo a su tiempo, madame. Con permiso.
Al poco rato, tocó a la puerta de la habitación de Candy.
- Candy…¿estás lista?
- Sí, Albert, estoy lista- dijo después de haber subido para hacer su presentación formal.
Bajó del brazo de Albert, entre el estupor de algunos, el asombro de otros y la admiración de la mayoría.
- Damas y caballeros…los he invitado esta noche para que conozcan a Candy White Andley, la hija adoptiva de la familia, quien es un verdadero orgullo y se encuentra esta noche con nosotros, y para quien pido un sonoro aplauso.
Candy estaba desconcertada. No quería ser una muñeca de sociedad.
- Albert…me siento rara- dijo en voz baja.
- No te preocupes…tranquila, que estoy aquí, cerca de ti. Nada malo ocurrirá.
Candy asintió, mientras sonreía ligeramente. No supo por qué razón la cercanía de Albert le dio mucha más confianza de la que esperaba sentir…
